Premio Calendario: “un espacio legítimo”

El joven Adrián Jesús Cabrera, ganador del Premio Calendario 2019 en el género de Ensayo, con el trabajo “Sociedad, encierro y orden punitivo: El discurso penitenciario y la prisión en la Cuba decimonónica”, ofrece en entrevista al Portal de la AHS sus perspectivas sobre la investigación en disímiles campos.

Con 24 años de edad y graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, Cabrera labora actualmente como asesor jurídico del MININT y cursa la Maestría en “Estudios Interdisciplinarios en América Latina, el Caribe y Cuba”. Su corta edad no ha menguado para nada la sed como investigador en tanto ha indagado en campos relacionados con el penalista cubano José Antonio González Lanuza; la psiquiatría en Cuba en su relación con la praxis judicial; el crimen, entre otros. Tiene publicados varios artículos en el extranjero y considera que el Premio Calendario le abre las puertas en Cuba.  

 Si fueras a resumir para los jóvenes lectores la esencia de esta investigación, cómo lo harías.

Es una investigación sobre como el discurso penitenciario, su finalidad penal principal (la corrección), su espacio por excelencia (el encierro) y la idea de la herramienta en la que se representa (la prisión), se apoderan del mundo del castigo en Cuba. Es una investigación sobre los trastornos que esto causó en una época.    

 ¿Qué te animó a investigar sobre el discurso penitenciario y la prisión en la Cuba del siglo XIX?

En los primeros años de mi carrera el tema penitenciario no me interesaba. Yo estaba más preocupado por conocer cómo se manejaban conceptos como el de pena, delito; sobre todo, me interesaba cuáles eran los fundamentos del castigo. Quería hacer una historia del derecho penal en Cuba. El hecho de que terminase escribiendo sobre el sistema penitenciario responde a que cada paso que daba en busca de fuentes para mis trabajos, me tropezaba con el tema del encierro: tesis doctorales, noticias periodísticas, discusión de proyectos carcelarios, debates en las revistas, confrontaciones abiertas sobre la finalidad de la ejecución de la pena privativa de libertad, etc. Terminé consumiendo todas estas fuentes porque no pude seguir ignorándolas.

En el momento posterior al que empiezo a leer y analizar todas esta información, me percaté que el espacio donde la prisión había vivido realmente su cientificidad, donde se forma discursivamente, fue la segunda mitad del siglo XIX: no la Cárcel de Tacón, no el Presidio Modelo y que la “recuperación” que hay en los años de la Revolución (que llega hasta hoy) de la prisión como corrección, como resocializadora, no es más que una reactivación de algo que vivió toda su realidad en el siglo XIX. Mostrar esto también me animó; el ensayo introductorio con que comienzo el texto, “Los límites de la prisión”, habla de que no hay en la reforma carcelaria de Tacón una verdadera reforma penitenciaria, tampoco la hay en el Presidio Modelo. El propio Tacón se vanagloriaba en sus memorias de haber “hecho” una gran cárcel sin tener en cuenta a los que querían que se construyese una prisión en Cuba. Por otro lado, en el recién publicado epistolario de Fernando Ortiz, en las cartas de la década del veinte, se nota el desencanto de este por todo el dinero que se estaba invirtiendo en la prisión en sí misma, en su forma arquitectónica; cuando para esa época se sabía que la prisión era incapaz de corregir. Tanto él, cómo Israel Castellanos, ante todo el presupuesto gastado en el reclusorio para varones de Isla de Pinos, pedían invertir otro poco en un laboratorio de Antropología que sirviera para diagnosticar a los delincuentes, clasificarlos, observar su estado de peligrosidad, sus posibilidades de enmienda, etc.; sin el cual, la edificación monstruosa erigida en aquella isla, de nada serviría. 

¿Qué importancia le concedes a esta investigación para el conocimiento de la realidad cubana de esa época?

La construcción de una racionalidad a través de la cual se buscó crear todo un entramado de encierros; una nueva forma de controlar si se quiere, creo que es una de las temáticas que la Cuba del siglo XIX nos “legó” (no digo que para bien). Además, al parecer, fue importante para el hombre contemporáneo. La utilización de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel en mi texto, entre otras funciones, muestra como impactó en la vida cotidiana todo ese entramado de encierros que llamaríamos sistema penitenciario. Creo que una investigación que trate sobre eso, dígase sobre el discurso penitenciario en Cuba en el siglo XIX y lo que trajo consigo, puede aportar algo al conocimiento de la realidad cubana de esa época.

 ¿En qué proyectos trabajas actualmente?

Tengo dos temas en los que estoy trabajando. El primero, es un “nacimiento” del concepto de individuo peligroso en Cuba; dígase, la confirmación de una sospecha que se había vivido a lo largo del siglo XIX: hay individuos esencialmente malos (jugando con la idea ilustrada de que los hay esencialmente buenos). En esta investigación he buscado mostrar como desde principios de siglo, a partir de la relación del hombre con la animalidad o de una serie de fuerzas irresistibles que se mueven desde el interior; se maneja esta idea de que hay individuos que son arrastrados hacía el crimen de forma incontrolable y por ende las posibilidades de su corrección son nulas, desde el momento en que, el delito, deja de establecer una relación causal con la voluntad. El segundo tema, es un estudio sobre la crítica a la psiquiatría para la primera mitad del siglo XX en Cuba a través del arte.

Pérez Vento, psiquiatra cubano, habría dicho en un texto dedicado a Nowack (científico austriaco que vino a La Habana y “presagió” una gran catástrofe) que, a diferencia de lo que podría haber pensado Schopenhauer, “el genio piensa y el loco delira”; no hay ninguna relación entre ellos (por cierto, para Vento, Nowack deliraba). Por otros caminos, es sabido que la psiquiatría consideró (y considera creo) el suicidio como una enfermedad a través de la llamada monomanía suicida, así como concibió al criminal, precisamente, como un sujeto peligroso. El arte a lo largo del siglo XX va a establecer una relación totalmente distinta con la locura. Desde los cuentos de Hernández Catá hasta el loquito de De la Nuez; desde el Cristo de Ponce de León hasta los populares versos de La cleptómana de Agustín Acosta (musicalizados por Manuel Luna) , desde las críticas de los diagnósticos psiquiátricos de Nerval (Nogueras, además, le dedicó un poema en Cabeza de Zanahoria de 1967) y Nietzsche en Orígenes hasta La muerte de un burócrata de Gutiérrez Alea, en donde, en definitiva, la locura se produce a partir de las propias estructuras que la diagnostican y la encierran. Todo ello representa un discurso muy particular sobre la locura y un posicionamiento bastante intransigente ante la psiquiatría como saber dominante dentro del campo de las enfermedades mentales. Es este momento, en donde el arte establece una mirada “original” sobre la locura, y es lo que estoy investigando.

¿Cómo valoras el interés por la historia entre los jóvenes cubanos de hoy?

Esta pregunta me cuesta trabajo, pues nunca he tenido mucha intuición sociológica. Creo que el interés es mínimo. Considero que transformar la enseñanza de la historia, para cambiar este panorama, es importante.

Quiero dejar claro, que cuando digo que hay que cambiar en el tema de la enseñanza, no quiero que se me relacione con ciertas conductas que tras el eufemismo de “métodos didácticos”, tan popular dentro de la pedagogía, esconden un simplismo en la enseñanza enorme. Justo hace unos meses veía yo en Facebook que alguien publicaba una noticia sobre unos juguetes que se comenzaron a vender (supongo que en Europa) que, en vez de representar a Superman o Batman, eran de Sartre, Hegel, Foucault, etc. Cada uno de estos juguetes traía aditamentos propios de cada filósofo y si se les apretaba un botón (comentaba la descripción dada en la noticia), el muñeco decía una frase propia del autor. Aquello me pareció altamente desagradable…

A diferencia de la idea que se maneja de que hay que cambiar la forma en que se enseña la historia, a mí me preocupa más lo que se dice; lo que, en efecto, se está enseñando. Me parece que ahí radica el problema. Por eso, en una clase de historia, podemos hacer juegos de participación, llevar una piñata, lo que sea; la cuestión no está allí. Y que conste que en las pocas clases que he impartido en mi vida, utilizo el humor y es algo que aconsejo; pero eso no es esencial. Se puede ser enjuto, introvertido, feo, no tener proyección de la voz, no aplicar ningún “método didáctico”, etc.; y tener un auditorio en silencio absoluto atento a lo que dices e incitar al alumnado a la investigación; sin que medie ningún tipo de represión. El problema, repito, está en lo que se dice.    

Tampoco creo que la cuestión sea la de aumentar las cantidades en las que se consume la historia. Porque ya de por sí, el consumo de la historia es obligatorio, está en todos lados. Por supuesto, aquí el problema vuelve a ser el mismo: no es cuánto se consume o se deja de consumir la historia; sino cuál es la historia que se obliga a consumir.

¿Te consideras más un jurista o un historiador?

Siempre he querido estar más cerca de la condición de historiador (los profesores que me impartieron clase en la Facultad de Derecho son los primeros que estarían de acuerdo conmigo en esto). No tengo ningún interés práctico por el Derecho, ni estimulación por el ejercicio jurídico. Ahora, en el servicio social, estoy fungiendo como asesor jurídico y creo que lo estoy haciendo bien; el ambiente laboral es bueno y eso siempre ayuda. Pero no me gusta ejercer el Derecho. No me interesa. Eso para mí está claro. Tal vez un debate (más que nada, interno) sería hasta qué punto soy o no un historiador del derecho. Yo creo que tampoco lo soy (es probable que algún que otro amigo del gremio y sobre todo los tutores de mi tesis, de seguro no coincidirán conmigo). No tendría otra explicación ahora mismo que no fuese que de forma esporádica y espontanea he ido cambiando de enfoque. Incluso creo que este texto con el que obtuve el Premio Calendario, a pesar de tocar un tema, a priori, tan jurídico, como lo es la prisión; tampoco es de historia del derecho. Aunque, nada de lo dicho quita, quiero aclarar, que interactúo en los espacios académicos propios de la historia del derecho y espero seguir haciéndolo…

Si me ponen a escoger preferiría ser un arqueólogo. Te cuento algo: apenas estoy terminando de leer El 71´ de Jorge Fornet. Con ese libro me sucedió que también pensé: “esto no es historia”. En todo caso, sucede que es una historia de las discontinuidades, de cómo los discursos se mueven, se trasladan; es una forma de hacer historia que aún resulta extraña en Cuba. Creo que yo voy por ese camino (salvando una larga distancia, claro está).

¿Qué significa el Premio Calendario de Ensayo para un joven investigador?

Está el tema de la visualización. No sé para un escritor de ficción, pero para un investigador del mundo de las ciencias sociales, salvo excepciones, la visualización es un tema siempre dificultoso. Hace poco leía las entrevistas que le hicieron a los Premios Nicolás Guillén 2017. Ese año en ensayo ganó Roberto Méndez y en novela, Ahmel Echevarría. Quería leer que ellos habían dicho, para tener “tamaño de bola”, pues nunca me habían entrevistado. Allí Méndez decía que, si bien los premios no pueden ser centrales en la vida de un escritor, te visualizan. Méndez es un autor ya experimentado, consagrado si se quiere. Para los investigadores de ciencias sociales el tema de la visualización es eterno. Con él hay que tener mucho cuidado. Foucault dijo en una entrevista que el impacto de los libros puede ser breve, el de un artículo, bueno… y que había autores, que, para visualizarse, “para ganar en importancia”, dentro de una sociedad o un partido, pueden llegar a fomentar “polémicas” irreales o, en el fondo, irrelevantes; utilizar medios patéticos, pero también peligrosos para visualizarse. Hay que tener a la vista no caer en eso; tener claro que herramientas has de utilizar para darte a conocer. En primer lugar, para mí eso es el Calendario; un espacio para la visualización que me resulta legítimo.  

Además, cuando se es joven, está esa cosa por dentro, de que uno no tiene claro cuán bueno es en lo que hace; si realmente te dedicarás a eso; y, aunque sabemos que el fallo de un premio puede llegar a ser coyuntural, al menos te deja claro a ti mismo de que estas escribiendo coherentemente, y que le resultas interesante a alguien.

Por último, el tema de la publicación. Será mi primer libro y mi primera publicación seria, en Cuba (no sé si habrá algún texto mío en algún que otro blog). Justo, cuando me presento al Calendario, lo hago pensando en ello. Por otro lado, más de un amigo me propuso publicar el texto dividio en varios artículos, en revistas bien indexadas. Al parecer ahora es mejor así por temas de puntuación; de currículo”. A pesar de ello, insistí tanto en el libro, como en poder publicar en Cuba de una vez. El Premio Calendario me ha permitido las dos.    

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