Lino, por siempre trovador

Prefiero aferrarme a los nacimientos antes que a los adioses. Por estos días de septiembre pero de 1930 vería la luz en Guantánamo un hombre imprescindible para la trova, la radio, la prensa, en fin, para la cultura cubana.

Cuando por una escueta nota en la Revista Buenos Días supe que mis trovas de marzo no contarían con la física presencia de Lino Betancourt, solo tuve el impulso de derramarme en teclas. La pasada edición del Festival Pepe Sánchez hube de compartirlas con el auditorio y en especial con Fabián Betancourt. Hoy que la radio acerca sus fiestas y, por supuesto, a Lino en su posteridad.

 

Lino Betancourt junto a Augusto Blanca. Foto. Pepe Cárdenas. Archivo de la autora.

Cuando el martes 9 de junio de 2015 el día despertaba, una vez más me acompañó la voz del entrañable amigo Lino en una de sus Citas con la Trova. Cuál no sería la sorpresa al presentar Mercedes como primer tema. De la firma de Manuel Corona, en mi familia, la canción es mucho más que un nombre.

Conocí a Lino Betancourt algún temprano amanecer  allá por el 2002. Desde aquel día su voz y enseñanzas se hicieron presentes desde las ondas radiales que llegaban al cuarto de la residencia estudiantil en la Universidad de Holguín. Por Lino creció la pasión por la trova que ya había sembrado mi abuela materna.  

Gracias a su magisterio descubrí a varios de los grandes trovadores que había dejado en el propio Santiago. Con sus presentaciones llegaron guitarras y voces de toda Cuba y me arropé en un océano de canciones.

Amó, escribió e hizo tanto por la trova en Cuba y los trovadores que se consideró uno de ellos. Nos trajo tantas hermosas canciones, sus historias y creadores siempre en tiempo presente que era como vivir el instante mismo en que surgieron o popularizaron las trascendentales piezas de la música cubana. Lino se erigió en hacedor de canciones desde su palabra oral o escrita. Cada una de sus anotaciones y diálogos era una invocación. Por eso no es exagerado si digo que dramaturgia mediante, junto a él compartimos el instante también con cada uno de los trovadores-soneros de nuestra República Musical.

En el 2008 tuve el reto –junto al equipo de la otrora Área de Investigación Musical Pablo Hernández Balaguer– de realizar las coordinaciones del Coloquio del Festival de la Trova Pepe Sánchez. Aquella ocasión me regaló la oportunidad de tener de cuerpo y alma presente a uno de los iniciadores del primero de los festivales trovadorescos en el país, estrechamente ligado también a los momentos fundacionales de la Casa de la Trova en Santiago de Cuba.

Lino Betancourt y-Victor Casaus.

En el 2009 Eduardo Sosa y Leydis Torres le otorgaron la Presidencia Honorífica del espacio teórico. Gustaba de comenzar cada edición con la interpretación de Tristezas, pieza vertebral de la trova cubana. Para tal encomienda reclamó siempre la interpretación de Cheli Romero, importante representante de la trovadoresca al estilo “tradicional” por estos predios.

Por Las Bayamesas, dúo de hermanas del catálogo musical santiaguero sentía especial adoración. Ellas aparecían año tras año en las jornadas del espacio teórico, en ocasiones para realizar la ilustración musical de los temas impartidos por Lino; y en otras, para regalarle el beso y abrazo. En similar modo, en cada marzo expresó su admiración y afectos por trovadores como Gladys del Monte, Xiomara Vidal, las Hermanas Ferrín, el dúo cienfueguero Así Son y José Aquiles.

A Eduardo Sosa le unió una amistad profunda que trascendió las presidencias de ambos en días del “Pepe Sánchez”. Ambos compartieron los escenarios de las conferencias impartidas por Lino e ilustradas musicalmente por Sosa, en Cuba y España y en otras geografías que ahora mismo no acierto a nombrar.

Eduardo  le profesó el amor y el respeto de los más gratos alumnos. Por eso hoy, cuando interpreta uno de esos temas que nombra de la Banda Sonora de todos los cubanos, puede hacerse acompañar de las esencias históricas que dieron causa de vida a cada canción.

Lino junto al Trío Palabras. Foto Pepe Cárdenas. Archivo de la autora.

Por Lino conocimos además la maravilla del Trío Palabras. Las convidó en una primera oportunidad para ilustrar musicalmente una de sus conferencias y quedaron por siempre entre nosotros. Lino y las muchachas de Palabras hacían un impresionante acople trovadoresco. Era difícil deslindar los límites entre la palabra cantada y la guitarra a la oralidad de Lino, porque más bien lograron un impresionante trabajo a voces entre tanta maestría y pasión.

Nunca le gustó que presentara sus temas como “Conferencias” y siempre mantuve una sana porfía. Lino fue de esos intelectuales mediáticos al que conocedores, prensa y amantes de la trova esperaban con ansias. Cada una de sus clases aconteció a sala repleta fuera cual fuera el sitio escogido. Y también era un hombre modesto que confió a Silvina Díaz y a mí muchos aspectos concernientes a la organización del evento.

A partir de nuestras andanzas teórico-trovadorescas el maestro se convirtió en un amigo cercano. Sentía predilección por almorzar en Las Gallegas, restaurant particular especializado en la elaboración del carnero u ovejo como decimos por acá.

Y cuando los “emprendedores” cerraron sus puertas Lino lo sintió profundamente. En más de una ocasión visitamos juntos el Santuario del Cobre. Conversamos mucho sobre la trova, la familia, la vida…en la Casa de la Trova, la UNEAC, el Ven Café, el restaurant El Barracón y otros espacios.

Algunos fueron los sustos que Silvina y yo pasamos cuando hacía sus escapadas santiagueras. De cuna guantanamera, Lino sintió un fuerte lazo con la hospitalaria urbe, y tenía buenos amigos y conocidos a los que gustaba visitar.

Lino Betancourt junto a Yorisel Andino y Silvina Díaz. Foto Giusseppe lo Bartolo.

Era un hombre muy familiar y como ya he dicho, buen amigo. Nos mencionaba mucho a Deysi, su esposa, cuya partida física pocos años atrás le afectó sobremanera. Igual conversaba sobre su hijo y con especial reiteración y orgullo hablaba del nieto Fabián. Su casa acogió amigos como Dorita, la trabajadora de la Empresa de la Música encargada de sus viajes y hospedajes, a quien profesó una bella amistad.

Legó una importante literatura trovadoresca impresa y digital. Libros y artículos de su autoría se convirtieron en materia de obligada presencia en mi librero y mesa de trabajo. Conservo con risas y nostalgias sus originales dedicatorias que iban del verso a la caricatura.

Y como trovador al fin, era a veces un poco bellaco. Gustaba de torturarnos el oído a periodistas y estudiosos con lo atesorado en su archivo personal. Una de sus bromas predilectas fue prometer el obsequio a más de uno del Diario de Manuel Corona. Respecto a esto último hace un tiempo ya me comentó se hallaba inmerso en el proyecto de su publicación por una prestigiosa editorial cubana.

En 1918 fueron compuestas cinco canciones que con el tiempo conformarían parte indisoluble de los sonidos de la nación cubana. Manuel Corona presenta a la trascendental Longina; Mujer Bayamesa llega en la representación de Sindo Garay; Miguel Companioni le cantó entonces a una Mujer Perjura; mientras Oscar Hernández en el sendero de una vida triste hallaba una flor y para la posteridad regaló la melodía Ella y Yo.  

Tras cada una de estas canciones persisten las historias y anécdotas que junto a sus creadores, les inmortalizaron, y sobre las que en marzo del 2018 nuestro Lino disertara con el título de “Cinco Canciones Centenarias de la trova cubana”.

El viejo se había puesto un tanto nervioso con algunas incertidumbres logísticas. Por suerte, a pocas horas de comenzar la edición, Sosa logró convencerlo.

Alguna vez en que estaba abrumada conversamos vía telefónica. Dijo que rogaría a Dios. No sé si lo haría, pero las luces de su amor llegan hoy hasta aquí.

Cuando el martes 9 de junio de 2015 el día despertaba, ya habíamos escogido nombre de trova y canción para ella. Sobre las seis de la mañana, la voz de Lino me dio la confirmación y entre contracciones, aquello de creer en el destino. Adriana Mercedes, mi hija de cuatro años, algún día lo sabrá.

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