La escritura, un pasaje gratis a vidas y lugares

Hace muchos años, alguien —ni siquiera recuerdo quién— me habló de Annalis Castillo Seguí. “Anna Karenina”, me dijo ese alguien, “así le decimos”. Y, de inmediato, yo pensé en Rusia y en trenes, en cierta heroína trágica de una novela. Pero luego mi memoria falla. No recuerdo otros detalles salvo una tarde de café en Camagüey, un tatuaje reciente y el prometido arroz con pollo. Y claro, su poesía. La poesía no se olvida. Conversar con una amiga es siempre un privilegio. Aunque esta entrevista, lo confieso, se alimentó solo de una conversación imaginaria que aconteció en el mundo casi físico de las redes, no pude escapar de esas preguntas que —de estar yo allá, o ella aquí— le habría hecho de todas maneras.

 

En tu trabajo como editora intentaste impulsar el desarrollo del género fantástico y de ciencia ficción en Cuba. Háblame un poco de la colección especializada que Ácana posee y también de tu escritura enfocada en el género. ¿Qué tipo de ciencia ficción y fantasía te interesan hacer?

En 2015 propuse a la dirección de Ácana la creación de una colección destinada al género fantástico, teniendo en cuenta que eran (y son) pocos los espacios destinados a la publicación de este tipo de literatura. Me dijeron que presentara un proyecto, en el que incluyera el futuro diseño de perfil. Estaba enfocada en tres cuestiones: la publicación de escritores de fantasía y ciencia ficción, noveles o consagrados; la demanda de los lectores y el enriquecimiento del catálogo editorial. El proyecto fue aprobado. Se inauguró la colección con la novela País grande, país pequeño, de Yoss. Luego se fueron sumando otros títulos, como la novela La última aurora y la antología Los mil y un zombis (la que, por falta de papel, no acaba de salir al mercado). Aunque yo en estos momentos trabajo para Unión, la colección quedó hecha. Sin embargo, está bastante apagada.

El elemento maravilloso me ronda y es casi imposible no verterlo en mi escritura, pero el tipo de literatura fantástica que me interesa hacer es una donde lo fantástico se subordine a la historia, y no viceversa. Una donde pueda desarrollar la idea de los roces entre realidades.

 

¿Te ha sido muy difícil soltar las amarras de la edición y enfrascarte en la escritura? En tu experiencia, ¿se renuncia alguna vez a la mirada del editor?, ¿cómo influye esta visión en tu propio trabajo?

Cuando uno se dedica a una profesión como esa no se renuncia al trabajo propio, sino que este se hace más difícil. La edición lleva tiempo, como mismo la escritura, y una vez que encauzas tus horas en beneficio del trabajo de otros, comienzan a quedar menos tiempo para el de uno.

Pienso que, aun inconscientemente, uno vierte lo que es en lo que crea. Alguien me dijo: “una vez que te conviertes en editor, eres editor para siempre”. En aquel momento no lo comprendí del todo, pero con el tiempo lo he hecho. Si amas esta profesión deja de importar el salario, la somnolencia, el cansancio visual, las horas consumidas, porque el resultado final te reconforta y una vez que tienes el libro impreso en tus manos, hasta deja de importar que el autor te lo agradezca, pues en ese momento tienes la certeza de que lo volverás a hacer. Entonces, si se es panadero, amolador de tijeras o editor, una vocación verdadera y que ha alcanzado tu vida, no hay modo de dejar de observar el mundo y, en este caso, tu propio trabajo, desde la visión de lo que se es.

 

Entonces, ¿cuándo decides dar el salto de fe de la escritura?

En mi caso tuvo que pasar un tiempo considerable, más del que yo misma hubiera deseado. Pero eso no ocurrió debido a mis deseos, sino a mis circunstancias. Yo nací en Antón, batey fundado por haitianos, donde solo viven 300 personas. Desde pequeña, algo en mi interior dolía, sin que lo pudiera comprender, de una manera profunda y, a la vez, hermosa. Era un oscuro esplendor. Pero nadie en esos alrededores –ni yo misma– hubiera podido decirme que eso era la poesía, que palpitaba entonces en mí como una criatura de ojos cerrados que, a pesar de eso, desea conocer el mundo. A los 20 años comencé a vivir en la ciudad de Camagüey. Allí conocí a los primeros escritores, pero decir que recibí consejo y orientación, sería mentira. Tuvo que seguir pasando el tiempo, y la historia es larga como para contarla aquí y ahora, pero si no me decidía aún era porque a pesar de que ya escribía mis primeras cosas, no estaba segura de lo que estaba haciendo. Debo decir que fui alentada luego por el poeta Domingo Peña, y que Luis Álvarez y Olga García Yero me sugirieron lecturas que me ayudaron a cultivar mi intelecto. Al graduarme de la universidad comencé a trabajar en Ácana como editora, y entonces debo decir que este trabajo que descubrí y amé, me terminó por abrir los ojos. A los 26 años envié mis primeros textos a la AHS y desde mi ingreso, hago lo que querría hacer para siempre: escribir.

 

Transitaste desde tu contexto geográfico de nacimiento a La Habana, ¿ese cambio geográfico marcó alguna variación en tu escritura?

Yo diría que sí. Mucho se ha repetido “un hombre es él y su circunstancia”. No solo te desdoblas en una nueva visión del entorno, sino que la dinámica de la vida también se impone en el propio proceso creativo.

 

Has comenzado ya a recibir tus primeros premios. Sin embargo, este no ha sido un camino fácil para ti. ¿Hasta qué punto la disciplina y la confianza en uno mismo como autor influyen en el proceso creativo, y hasta qué punto los premios determinan el camino?

Pienso que la disciplina, al menos en mi caso, es esencial: yo necesito escribir todos los días y, más que eso, leer todos los días. Ambas cosas en el tiempo que me queda, luego de la edición. Y con respecto a la confianza, hay que confiar en lo que uno hace, pero no se debe permitir que, por confiar, se subestime el trabajo de otros. Tengo fe en la obra pero, en lo personal, siempre al final tengo miedo, miedo de que no sea lo suficientemente buena, y esto me impulsa a quererme superar cada día.

Justamente, antes de leer esta pregunta, le comentaba a un amigo que estoy dando mis primeros y pequeñísimos pasos para dejar de ser invisible. Un premio no determina la calidad de una obra, eso está más que comprobado; sin embargo, sí influye en el reconocimiento de alguien como autor. El premio significa la publicación y la promoción, y solo de estas últimas formas se puede socializar el texto. Hasta tanto esto no ocurre, lo escrito es letra muerta, porque el fin del escritor es ser leído. Y, a pesar de lo que digan algunos, publicar sin ser premiado es cada vez más difícil.

 

Escribes tanto poesía rimada como en verso libre. ¿Prefieres algún tipo de estrofa para trabajar? ¿Cómo acomodas tu ritmo, tu manera de contar a través del verso? ¿Crees que la poesía rimada tiene un rigor técnico que la del verso libre no posee?

Nunca he podido decir en la décima o el soneto lo mismo que en la poesía libre. Solo que, cuando me llega el metro, no lo espero, solo fluye… Creo que son dos formas de pensamiento diferentes y que, como tales, responden a códigos distintos, pero sí es cierto el rigor técnico que posee la poesía rimada, dada su propia estructura.

 

¿Has pensado alguna vez en escribir crítica?

Lo he valorado. Y aunque disfruto mucho haciéndolo, ya comienzo a necesitar que cada día tenga 72 horas para poder hacer todo lo que quiero. Desafortunadamente, el día se empeña en seguir con sus horas habituales y, como querer no siempre es poder, por ahora, no puedo.

 

Según tu criterio, ¿qué es la escritura? ¿Cumple alguna función, todavía hoy, en la vida humana? ¿Y en ti?

La escritura es un medio para trasmitir información. En nuestro caso, prima la creatividad sobre el propósito informativo. Es la capacidad de fabricar mundos, personajes, imágenes y, en algunos casos, un discurso.

Pienso que su función inicial es entretener. Ni el surgimiento de la radio, ni el cine ni la televisión pudieron desplazar al libro (contenedor de la escritura), y aún hoy, en medio de una revolución tecnológica, la escritura sigue teniendo su lugar, tanto para los que la consumen como para los que la hacen. Es un pasaje gratis a vidas y lugares (imaginados o reales), donde el viajante puede disfrutar a través de la palabra. En mí, es una necesidad constante, una forma de vida.

 

Quiero ser curiosa. ¿Con qué autor compartirías un café?

Con Tolkien, aunque necesitaría un médium y un traductor.

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