El ejercicio de la crítica

En Cuba vemos hoy una apuesta de las autoridades culturales y políticas por rescatar la crítica. Mucho se ha hablado sobre este punto en las Asambleas de Balance de la AHS en todas las provincias, pero aún queda mucho por decir.

La crítica es necesaria en todas las épocas. Es el espejo donde una sociedad se mira y se comprende. La crítica de arte, en especial, tiene el deber no solo de orientar estéticamente sino, y esto más importante, de desmembrar la ilusión que implica toda obra artística y analizarla en sus múltiples aristas, con sus múltiples implicaciones. Nos permite “extrañarnos” del efecto emocional de la obra e indagar en las intenciones que la motivaron, en los artificios que la conforman.

Sin embargo, la crítica no es la panacea de todos los problemas. Debemos ser capaces de entender que ella es solo una parte de la ecuación, que depende mucho de los medios de comunicación y de otros tantos factores. No importa cuán grande sea el empeño que pongamos en una crítica de arte coherente, funcional, si descuidamos, por ejemplo, lo que se transmite por televisión.

La parrilla de la televisión cubana hoy está repleta de seriados extranjeros y de muchos programas cubanos que beben de la estética de aquellos. Esto no solo trae aparejada una comparación tácita con el modelo que se imita sino que, y esto es mucho más grave, implica también asimilar una serie de valores ideológicos y morales. No se puede calcar una estética de la superficialidad sin copiar, a un tiempo, la ideología superficial y consumista que la acompaña.

Son varios los aspectos a considerar y que están incidiendo sobre el ejercicio crítico en Cuba. En primer lugar está el hecho de que se paga muy poco por los trabajos. Este no es el principal problema, pero incide bastante, y es uno de los aspectos más mencionados del asunto. Es preciso implementar una mayor remuneración para hacer más atractivas las revistas y demás medios. Esto posibilitará, entre otras cosas, la conformación de colchones que permitan procesar cómodamente el material y evitar que las publicaciones salgan con premura o deban llenar las páginas con cualquier trabajo que aparezca a última hora.

Luego está el hecho de que hemos perdido nuestra cultura crítica. La década del sesenta en Cuba fue sumamente prolífica en este sentido. Se polemizaba desde los múltiples suplementos, revistas, boletines y se negociaban diversas perspectivas estéticas, lo que es decir que también se negociaban múltiples proyectos de país, múltiples formas de entender la realidad. Se pensaba la nación que todos querían, porque el arte es, ante todo, la forma en que la época se ve y se entiende a sí misma. Negociar, cuestionar y criticar el arte es negociar, cuestionar y criticar la época.

Esta cultura del debate no existe hoy. Los críticos son demasiado ácidos o demasiado complacientes y entran en juego demasiados egoísmos para hacer una crítica que realmente revista un mínimo de dignidad. Así, la crítica de arte no acompaña casi ninguno de los procesos artísticos de la Cuba de hoy, ni confronta a la sociedad con los discursos que genera.

Existen múltiples suplementos en físico para la crítica, pero la calidad es muy mala. Creo que debemos buscar algunas de las claves en el pasado, en esa misma década de los sesenta. Pienso, por ejemplo, en Lunes de Revolución. Polémico por sus artículos además de por las personas que trabajaron en él, en el que se desplegaba una crítica de arte que combinaba cuatro aspectos a mi parecer esenciales: concreción, claridad de las ideas, actualidad de los referentes y coherencia del análisis.

Claro que hubo también excesos y malas intenciones. Pero no es esa parte la que queremos señalar, sino la otra, donde figuras como Rine Leal, Ramiro Guerra o Antón Arrufat, desarrollaron magníficos trabajos críticos sobre diversas obras de su tiempo.

Lunes de Revolucióne due el suplemento cultural de Revolución, lo que significó que su alcance fuera multitudinario. Así se pudiera lograr una revista o suplemento crítico que funcione y la gente lea. Porque con la pobre conectividad existente en Cuba, no importa cuántos buenos sitios digitales haya, su influencia sobre el público va a ser prácticamente nula.

Por último, creo que la apuesta debe ser por una crítica que legitime y defienda, ante todo, los valores de la Revolución. No se puede, en simulacro de glásnost, permitir que se infiltren y contaminen los debates discursos mal intencionados. Se debe discutir, se debe cuestionar, se debe «cambiar todo lo que debe ser cambiado», pero sin renunciar al humanismo que está en la base de todo el proceso social cubano. No podemos perder nunca de perspectiva la lucha ideológica ni ser meros reproductores de las lógicas hegemónicas. Menos una organización como la Asociación Hermanos Saíz que, por su carácter, está llamada a constituirse en la vanguardia de todos los procesos artísticos en nuestro país.

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