El arte ha de provocar renovados deseos de vivir

Para nadie es secreto que la obra de Maikel Chávez está llena de vida. Dígase la vida física de la presencia en las tablas, sí, pero también la simbólica, esa que no es cuantificable salvo en la experiencia de los lectores y espectadores. Luego de conocer uno de los textos de Maikel, cualquiera es capaz de afirmar que el arte ha de provocar renovados deseos. Esta entrevista nació como una deuda de afecto y admiración. En el teatro de Maikel están presentes el mundo moderno y también sus grandes ecos y esperanzas.

Eres uno de los jóvenes dramaturgos más reconocidos en el panorama cultural cubano. Se ha debatido mucho acerca del éxito literario en los últimos tiempos. ¿Crees que existen determinadas “fórmulas” para que una obra pueda triunfar?

Siempre le he tenido miedo a las fórmulas. Cada nueva obra es un viaje, una aventura, un divertido juego no exento de riesgos que me hace replantearme las maneras de abordar el arte. Creo que el éxito es relativo, sobre todo cuando en materia de teatro se trata, ya que la obra depende del encuentro directo con los espectadores. El fenómeno de la recepción depende de particularidades, pero en la sala de representación muchos conectan desde su universo sentimental y cognitivo.

“Creo que mi mayor éxito ha sido encontrar un grupo como Teatro Pálpito, donde a diario establezco el dialogo con el director Ariel Bouza, con los actores, con los diseñadores. Cada una de mis obras que ha subido a escena ha sido una fiesta para el alma: ellas me han permitido explorar diversos caminos y crear de esa manera una poética que dialoga directamente con la poética del grupo.

“Mis textos se parecen a las esencias de Teatro Pálpito, que ya lleva 25 años de fundado, un espacio donde se han formado actores, dramaturgos, músicos… Mucho público ha seguido la trayectoria de esta agrupación, donde desde 2000 estoy creando dramaturgia. Ese es mi éxito. Lograr una familia desde el teatro que me permita pensar la escena desde la escena”.

¿Eres de los dramaturgos que escribe pensando en la escena o en el texto escrito?

En la escena definitivamente. Primero que todo fui actor. Recuerdo que era un niño con deseos de actuar. Trabajaba en Radio Caibarién y no paraba de preguntar, de indagar. Me gusta la práctica. En muchos de mis textos he sido el protagonista, ese doble trabajo de actor y dramaturgo me permite repensar lo escrito. Hay obras donde —después de haber escrito— cuando estamos en el montaje yo mismo me pregunto cómo es posible que ese dramaturgo escribiera ese diálogo que no lo puede decir ningún actor, y los colegas se ríen y me dicen ese dramaturgo se llama Maikel Chávez; entonces me río de nuevo y me doy cuenta que entra en conflicto el Maikel escritor y el actor.

“Eso es rico en matices, a la vez extravagante y divertido. Eso me ayuda a crecer. Desde el estreno de mis obras hasta las últimas funciones voy arreglando textos, cambiando elementos que funcionan más desde el intercambio con el público. Me encanta luego ver las publicaciones porque más allá de la obra vienen los recuerdos de todos los que estuvimos implicados en la aventura. Vienen los recuerdos de las giras, las temporadas, los premios, los aciertos y lunares”.

¿Hasta qué punto ha influido la formación académica en tu escritura? ¿Qué te enseñó y qué no el ISA?

Mi licenciatura fue en Teatrología. El culpable fue mi maestro, padre y amigo Freddy Artiles. Ya había cursado con él, el seminario de dramaturgia del centro de investigaciones de las Artes Escénicas y me dijo: “Usted tiene que hablar el idioma de los críticos”. No lo entendí hasta que pasaron los años. La carrera me permitió observar el fenómeno de mi creación desde otro ángulo. Me ha ayudado a ver diferentes procesos para llegar a un fin.

“Gracias a maestros con los que compartí como Habey Hechavarría, José Alegría, Osvaldo Cano, Vivian Martínez Tabares, Eberto García, entre muchos otros, aprendí que esta profesión nuestra lleva rigor, estudio diario, ya que las dinámicas de representación van cambiando constantemente. Yo comencé siendo un chiquillo fresco que se lanzaba, con el impulso propio de la juventud, a escribir. La academia me dio las herramientas para organizar ese trabajo, para crecer, para replantearme procesos creativos”.

No es simple para un joven dramaturgo llegar a la escena. Tu trabajo, rara avis, ha sido llevado a las tablas en numerosas ocasiones. ¿Qué crees que el público cubano busca, qué historias quieren que les cuenten?

Sin temor a excesos creo que tenemos uno de los mejores públicos del mundo. El cubano está adaptado a ver un teatro con diversidad de estilos. También es un público lector y cinéfilo, o muy musical. Sabe diferenciar entre lo bueno y lo banal. Creo que las historias que necesita el espectador de aquí y ahora son aquellas que estén bien contadas, que no hagan concesiones con lo vulgar.

“Aunque no me gusta generalizar, también es posible encontrar a aquellos que prefieren lo inmediato, lo fácil, lo vulgar, pero son los menos. Ante cada obra que escribo siempre pienso en ese espectador que irá a la sala de teatro, pienso en lo que necesito contar, en ese universo nuevo que quiero crear desde la escena. El teatro me da la oportunidad de inventar una realidad distinta, un universo nuevo, ya que desgraciadamente en el mundo en que vivimos no pasan las cosas que deseamos, ni las personas que queremos.

“Desde mi escritura creo personajes e historias que para mí son necesarias, que deseo, que añoro. Y esas las hago pensando en mis contemporáneos, o en las inquietudes de muchos que me rodean. Soy observador y me encanta escuchar toda historia que me cuenten. Eso me sirve para abordar la dramaturgia”.

En este momento de tu vida como autor, ¿qué significan los premios? ¿Tienen la misma importancia, quizás, que cuando comenzaste a escribir?

Un premio es bueno para el alma porque te estimula el ego, te acaricia el corazón, pero en realidad no determina nada. Un premio depende de muchos factores: influyen el jurado, las tendencias, los gustos estéticos e, incluso, hasta las relaciones personales del jurado con el concursante. Recuerdo la imagen de Raquel Revuelta que decía, con su cigarro en mano y su elegancia: “No creo en los premios.” Es algo muy subjetivo. Creo en el acto diario de la creación.

¿Qué historias te interesa contar y cuáles carecen de sentido para ti?

Me interesa contar todo aquello que conecte con el espectador, que tenga un sentido comunicativo en la Cuba de aquí y ahora. Aquello que me estremezca o me mueva el piso, como decimos en buen cubano. En mis obras van retazos de mi vida y de aquellos que me rodean. Si no, no encuentro sentido alguno a escribir.

“Quiero que cada obra recuerde un momento, un suceso de la vida. Lucho contra el tedio y la cotidianidad abrumadora y monótona. Me interesan historias que hagan reír y llorar: que el espectador pueda transitar por varios estados y que yo, con los espectadores, transite también”.

Recientemente, obtuviste el Premio Milanés de Teatro Infantil. ¿De qué habla la obra galardonada?

El publico hallará una locura, un universo del disparate, tan necesarios ambos en el mundo de los títeres. Mis personajes de la saga Pueblo Chiflado, de siete libros publicados por Selvi Ediciones, se encuentran con Sancho y Quijote, quienes por error llegan a este sitio creyéndolo la Ínsula Barataria. A partir de ahí suceden una serie de disparatados eventos.

“Todo esto para llevar a reflexionar a los de Pueblo Chiflado que ellos no necesitan gobernadores. Es como diría Mirta Aguirre: “creer en ínsulas es relativamente fácil, en ello entra en juego la ambición y sueños de los hombres”. El lector tendrá la posibilidad de leer una historia que juega con las claves del mundo titiritero y del teatro dentro del teatro”.

Existen, en nuestra vida personal y profesional, esenciales maestros, cuya presencia a veces es física o espiritual. ¿Lo has sentido así? ¿Quiénes son los tuyos?

Son varios. Van desde escritores a actores o directores que han estado cercanos a mí y me han ayudado a crecer espiritualmente. Te mencionaría nombres como Ariel Bouza, Marilyn Garbey, Corina Mestre, Xiomara Palacio, Freddy Artiles, Rubén Darío Salazar, Jorge Oliver Medina, Doris Brandford de Cuba y muchos que a diario se suman a la extensa lista de amigos.

¿Quiénes son los dramaturgos y directores —vivos— que dialogan más directamente con la poética que propone tu escritura?

Admiro mucho a Norge Espinosa, quien fue parte insustituible de Pálpito. Releer su Sácame del apuro o Historia de una muñeca abandonada me obliga a seguir escribiendo buen teatro. También ir tras las pistas de la escritura de Ulises Rodríguez Febles es clave fundamental.

“De los directores, dialogo con Ariel Bouza, con quien he mantenido intercambios donde a veces no sabemos dónde empieza el director y dónde el dramaturgo. Es un discurso muy sabroso: a veces él sugiere escenas o yo le sugiero elementos de montaje. También Julio César Ramírez y su Teatro D´ Dos han marcado mi visión de la teatralidad”.

Una gran parte de tu obra se concentra en la escritura para niños y jóvenes, ¿crees en serio que existe una frontera invisible entre la literatura escrita para adultos y la dirigida al público más joven, o piensas que la literatura se define en otras categorías y conceptos más allá del género literario?

Sostengo la máxima del gran director de cine Federico Fellini cuando decía que la vida hay que vivirla de manera infantil porque solo así llegan las oportunidades. Mi teatro es para toda la familia. Me interesa dialogar con el niño y con el padre que le acompaña. Además, los niños de ahora tienen a su alcance nuevas tecnologías, escuchan historias de adultos, ven telenovelas o escuchan la desagradable música de reguetón en las fiestas de cumpleaños.

“Creo que los escritores para niños y jóvenes tenemos la misión de crear una obra capaz de captar su atención, alejada del didactismo y la superficialidad. Recuerdo mi obra Con ropa de domingo, donde el protagonista Güirito es un niño de campo que creció al amparo de su padre, un cuentero natural, y su madre que le hacía los muñecos para representar. Un día decide irse a la capital porque quiere estudiar y ser titiritero. En ella abordo un tema medular en nuestro país: la emigración, la desintegración de la familia.

“Al final, los adultos terminaban llorando y los niños alegres. Entonces eso obligaba a establecer un puente comunicativo donde el padre tenía que explicar por qué lloraba. A los niños de hoy se les debe hablar sinceramente, sin los edulcorados textos de antaño. Hay que enseñarles lo bello de la vida, pero prepararles también para que asuman que existen momentos tristes.

“Por ejemplo, en mi cuento El extraño sueño de Navi hablo sin prejuicios de la muerte, porque ese es un dolor al que en algún momento el niño tiene que enfrentarse. Por eso no hay barrera… al menos en mi escritura, más bien una doble línea de acción, un doble discurso: así ganamos dos públicos, los niños y los adultos que les acompañan, ya sea en la lectura, en el teatro o viendo una película”.

Has versionado a diversos autores del canon nacional e internacional, ¿hasta qué punto sientes esas versiones como obras tuyas y hasta dónde deseas conservar la esencia del autor original?

Las obras que he versionado me sirven como punto de referencia, como intertexto o metáfora que me ayuda a acentuar mi historia. En Historias con sombrillas tomo la energía de los personajes de Cofiño, pero creo nuevos personajes y sucesos; en Con ropa de domingo, el cuento del cangrejito volador sirve como pretexto para que se acreciente el conflicto de Güirito, tan similar al cangrejo que con aspiraciones logra que le salgan alas. Yo siento que mis obras son como mis hijos, las cuido y lucho por ellas con todas las fuerzas.

Antes me hablabas de tu formación como actor pero, ¿de qué manera tu escritura se complementa con esta experiencia?

En todos los sentidos siempre está presente el actor. Me pienso diciendo los textos. A veces dibujo los personajes, me paso el día entero dibujando. Les pongo voces a los animales en la calle como ejercicio de caracterización y eso me ayuda a crear un personaje que tiene vida. Una anécdota graciosa: una vez estaba escribiendo una de mis obras, Malas pasiones, y estaba tan metido en la historia que salí un momento a buscar algo de comer para continuar. Recuerdo que una señora me paró en la calle y me dijo: “Mi niño, ¿por qué no vas al médico?” Y rápido le dije: “¿Estaba hablando solo?” La señora con cara de preocupación me dijo: “¡Traías una bronca terrible!”.

“Esa historia la incluí en el texto donde la protagonista está tan inmersa en lo que cuenta que a veces no sabe establecer límites entre realidad y ficción. En esencia me gusta estar presente en cada montaje. Cuando no estoy actuando hago la banda sonora, pongo la música, en fin… No quiero perder nunca la capacidad de preguntar todo aquello que no sé.

“A veces, entre nuestros colegas hay una actitud de que deben saberlo todo y nosotros no tenemos por qué: cada día se aprende de lo que menos te esperas. En fin, para mí el arte ha de provocar renovados deseos de vivir. Eso es lo que hace Maikel Chávez cuando actúa o escribe: sentir, desde sus creaciones, renovadores deseos de seguir para adelante. El arte me aviva siempre las esperanzas”.

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