Defender a la infancia. Maikel José y La isla iluminada

Definitivamente el siglo XXI ha sido una de las etapas más floridas de la literatura infanto-juvenil cubana. La presencia de un movimiento de jóvenes autores que desde sus miradas desmitificadoras, irreverentes y plurales, ha abierto el espectro que se tenía hasta entonces, permitiendo un diálogo más directo con los lectores de este siglo, los mismos lectores que, además de la lectura, comparten su tiempo libre entre las nuevas tecnologías, los comics, y el análisis de todo lo que ocurre a su alrededor: desde la cada día más frecuente separación de las familias, hasta las “extrañas” actitudes de los seres humanos, que muchas veces apuntan más al zoologismo que a comportamientos típicos de los hombres.

En medio de ese dialogar con las nuevas generaciones, de ese comunicar y emocionar con textos inteligentes, se encuentra la literatura de Maikel José Rodríguez Calviño. Recuerdo que recién terminada mi antología Retoños de almendro, encontré en una librería un ejemplar de Puertas de papel, su primer libro, con el que resultara ganador del premio La Edad de Oro, y lamenté no haberlo encontrado antes. Maikel sin dudas aportaría a esa y cualquier otra compilación, una mirada diferente sobre el género. Conocedor de todos los monstruos, mitos y leyendas que encierra la mitología griega, la nórdica, o cualquiera otra, este autor ubica, en medio de la sociedad cubana actual, a centauros, quimeras, náyades y los pone a convivir con niños, generalmente tan diferentes y solitarios como esos monstruos en los cuales él se ha especializado.

Más tarde en Los enigmas de la rosa de marfil descubrí a un novelista arriesgado que hacía del misterio un atractivo para los jóvenes lectores, algo que no es habitual en la literatura cubana que se escribe para los niños, adolescentes y jóvenes. Una novela que, además, se convierte en un elogio a La Habana y su arquitectura. Con este título descubrí a un conocedor de la historia del arte cubano y universal y de la psicología del público para la cual va destinado su obra.

Su tercer libro Fantasmacromía, publicado por Ediciones La Luz y resultado de la Beca de creación La Noche, de la AHS, tiene muchos puntos en común con La Isla iluminada, este que resultara ganador del premio Calendario y fuera publicado recientemente por la Casa Editora Abril. En ambos encontramos a un autor que ofrece todos los referentes que conoce, no de forma didáctica y moralizante, sino de manera orgánica, susurrándoles a los lectores que ahí está la información y que es necesario que cuando terminen la lectura profundicen en esos referentes que podrían convertirse en suyos a partir de ese momento. De ahí que no parezcan impuestas las alusiones a los dioses griegos y romanos, a los monstruos mitológicos, doncellas legendarias y otros seres fantásticos, a la obra de Teresita Fernández, Rainer María Rilke, Enrique Pérez Díaz y otros autores que evidentemente han influenciado su obra. Maikel no hace gala de su sapiencia, sino que le sale por los poros y contamina lo que escribe y eso los lectores lo agradecen.

Nueve historias aparecen en La isla iluminada. Nueve relatos que dejaron a más de un lector aturdido, tratando de descubrir esos vericuetos que se esconden detrás de los sucesos que se narran. Estamos frente a un autor que con ironía, humor, y dominio de la lengua, muestra algunos de los costados de las relaciones humanas, unos felices y otros no tanto. De ahí que la relación entre un abuelo y su nieto, la nostalgia por la ausencia de un ser querido, el booling o maltrato infantil en las escuelas, la muerte, la soledad que trae consigo la invención de un amigo imaginario, y sobre todo la esperanza de que el hombre es el único responsable de la salvación del mundo, son algunos de los temas de este cuaderno, premiado por Olga Marta Pérez, Magalys Sánchez y Geovannis Manso.

Aunque los cuentos los protagonizan niñas y niños indistintamente, vale destacar que los personajes femeninos sobresalen por su irreverencia, su rebeldía e incluso desfachatez, frente a una sociedad en la que aún prevalecen conceptos estereotipados sobre la conducta femenina. Tanto Mariana, como Tylche, o Angelina, la protagonista de “Cuentos de hadas”, que desde sus primeros años, espera a que Diego, un príncipe con un short de mezclilla, espada como la de los powers rangers y un pullover agujereado con el pececito Nemo en el pecho, venga a rescatarla del encierro que le produce la varicela, hasta la gata Musaraña, o Carmen y Yoya, las pequeñas que insisten en quedarse en su isla aunque todos los demás la abandonen, son un ejemplo de autodeterminación y valentía. Quizás en su afán de contar sobre el diferente, el excluido, ese que muchas veces, sea un personaje mítico o real, se encuentra al margen, el autor haya preferido resaltar la figura femenina.

Recomiendo especialmente el texto “La colina que vuela”, narrado de forma cinematográfica. Como si estuviésemos sentados frente a una pantalla, descubrimos imágenes de una realidad que para nada nos es ajena: El maltrato infantil. Sin embargo en vez de construir una historia lacrimógena y estereotipada, encontramos un cuento de terror al estilo Lovecraft, con escenas de suspenso que irán intrigando a más de lector, para desembocar luego en un final sorprendente, verosímil y desesperanzador.

Por el contrario en “La isla iluminada”, cuento que le da título al cuaderno, de nuevo se recupera esa esperanza perdida y dos niñas, de nuevo ellas, nos dan una lección de vida sobre la fe que el hombre necesita tener en el hombre mismo.

He aquí un cuaderno que mucho tendrán que agradecer los lectores, una lectura que recomiendo especialmente, de la mano de un autor que conoce el universo infantil y se ha convertido en uno de sus más files defensores.

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