José Ernesto Nováez Guerrero


La sociedad de la vigilancia

La ficci√≥n orwelliana de una sociedad comunista futura donde el Gran Hermano nos vigila a todos, donde la privacidad de nuestros hogares deja de ser un derecho y es sustituida por el ojo perenne de vigilantes sin rostro, es hoy realidad en los modernos y capitalistas estados de Occidente. Peor a√ļn, en virtud de la prepotencia imperial, es hoy una realidad posible para cualquier ciudadano de la cada vez m√°s conectada “aldea global”.

Esta es la lecci√≥n fundamental que se desprende de la lectura del m√°s reciente libro publicado en Cuba del periodista espa√Īol Ignacio Ramonet (El imperio de la vigilancia, Editorial Jos√© Mart√≠, 2017). En sus poco m√°s de cien p√°ginas el autor recorre diversos aspectos de la m√ļltiple y compleja realidad que se abre m√°s all√° de la comodidad de los ordenadores hogare√Īos, con su entramado de grandes empresas, programas esp√≠as, gigantescas redes de almacenamiento y filtrado de datos, c√°maras de vigilancia, sat√©lites, agencias fantasmas, servicios de inteligencia y los famosos “contratistas”, cuyo reconocimiento social descansa en los “importantes” (y costosos) servicios brindados desde la guerra de Afganist√°n a principios de los 2000 e, incluso, antes.

La “guerra contra el terrorismo” ha escalado hasta convertirse en una guerra de vigilancia, aunque ser√≠a m√°s correcto decir que el terrorismo fue la excusa necesaria para la m√°s reciente fundamentaci√≥n de los modernos estados policiales.

En su momento de esplendor, la temible Gestapo tuvo apenas unas decenas de miles de funcionarios y, por extensa que fuera su red de informantes, no podía llegar a la intimidad de todas las casas, conocer los gustos, expectativas y temores de los cientos de millones de seres humanos que llegaron a estar bajo su control directo o indirecto.

Las modernas redes de vigilancia, fundadas en los recursos de las grandes potencias occidentales, dejan en ridículo a la tristemente famosa policía secreta nazi. La falible y limitada acción humana es sustituida por el impersonal y casi perfecto proceder de las máquinas. Incansablemente, potentes servidores procesan noche y día toneladas de datos, buscando palabras claves que permitan identificar con antelación a posibles enemigos, aunque también captando las expresiones de descontento de sus respectivas sociedades, generando con tiempo los adecuados mecanismos de respuesta que permitan canalizar una posible situación revolucionaria sin perjuicios para el sistema.

Aunque a algunos parece no importarles, otros se organizan en diversas formas intentando articular una respuesta com√ļn contra esa violaci√≥n a la privacidad, que permite a gobiernos y empresas pensar por ellos e imponerles lo que consideran, bas√°ndose en fr√≠os algoritmos y los previos historiales en la web. Estas formas de resistencia, que Ramonet recoge en su libro, van desde procesos judiciales hasta difusi√≥n de claves que permitan a los usuarios proteger sus datos de una posible intromisi√≥n interna.

Sin embargo, la esencia de estas propuestas, y la esencia misma del libro de Ramonet, radica en considerar que la sacrosanta democracia ha sido violentada y es preciso rescatarla. No atinan a articular una crítica coherente a un problema que excede los marcos de una determinada administración y deviene un problema sistémico.

La democracia burguesa contempor√°nea da el derecho a sus ciudadanos, cada cierto n√ļmero de a√Īos, de elegir qui√©n es la cara visible del aparato estatal, pero nunca somete a votaci√≥n y control popular los poderosos capitales que son quienes verdaderamente detentan el poder en sus respectivas sociedades. De ah√≠ que apelar a una supuesta recuperaci√≥n de la democracia, sin romper los mecanismos de reproducci√≥n de los intereses del capital y, conectado con ellos, los de la √©lite pol√≠tica asociada, no llevar√≠a a ninguna soluci√≥n efectiva.

La respuesta a este “imperio de la vigilancia”, como bien lo define Ramonet, no puede ser al nivel de individuo ni puede evitar el cuestionamiento mismo del sistema imperialista, que no es m√°s que una de las fases del capitalismo como sistema.

Vuelve a la memoria una famosa interrogante, entrelazada en el argot de la pol√≠tica norteamericana: si todos somos v√≠ctimas de este aparato de vigilancia global, entonces ¬Ņqui√©n vigila al vigilante?



Chernóbyl y la guerra cultural

Las formas en que se manifiesta la guerra cultural en el contexto actual son diversas y muchas de ellas revisten un atractivo innegable. Dicha guerra se libra, fundamentalmente, en el sinuoso campo de batalla de la ideolog√≠a y las representaciones culturales, de ah√≠ que sus expresiones resulten elusivas o aparezcan como algo diferente a lo que son. Detr√°s de esta guerra lo que se negocia y decide es la hegemon√≠a simb√≥lica, la de convertir una cultura, una determinada forma de entender el mundo y el modelo econ√≥mico que subyace tras ellas, en el √ļnico modelo v√°lido, en el √ļnico posible.

Las expresiones de esta cultura dominante son entonces, por esencia, conservadoras, ya que consagran lo establecido y niegan u ocultan todo lo que adverse el orden que ellas defienden. Reproducir y aceptar estas l√≥gicas es reproducir y aceptar un determinado estado de cosas; desnudar y comprender la forma en que act√ļan es desnudar y comprender los mecanismos de dominaci√≥n ideol√≥gica y construcci√≥n de hegemon√≠a que las sustentan.

Tomada de Internet/Fotos de la serie Chernóbyl

Es en ese sentido en el cual nos proponemos leer la muy aplaudida serie de HBO Chernóbyl, la cual rescata, más de tres décadas después, el terrible accidente en la central nuclear Vladimir Ilich Lenin en la actual Ucrania. Con una cuidada factura, actuaciones de primera, una fotografía impresionante y una recreación detallista de los escenarios y ambientes de la época, la serie nos invita a revivir los trágicos esfuerzos que siguieron al accidente para evitar que los altos niveles de radiación se salieran de control de forma irreversible.

Más allá del desgarrador drama humano, que la serie recrea magistralmente, subyacen discursos que son típicos a esta clase de productos audiovisuales. Usar una historia profundamente humana para pasar de contrabando un contenido turbiamente ideológico es algo que la industria del entretenimiento ha perfeccionado a lo largo de décadas. Una lectura responsable debe pasar entonces por encima de lo emocional e ir directo a las esencias que se mueven detrás de los conflictos.

Surge entonces la pregunta: ¬Ņqu√© sentido tiene el atacar el socialismo sovi√©tico en el contexto actual, d√©cadas despu√©s de su colapso? Las respuestas son varias. La primera est√° en el rescate de una ret√≥rica de guerra fr√≠a por parte de la ultraderecha en el poder en algunos de los pa√≠ses pol√≠ticamente m√°s importantes del mundo. Esta ret√≥rica viene pareja a la reemergencia de Rusia como potencia fundamentalmente militar y el auge de la econom√≠a china.

Tomada de Internet/Fotos de la serie Chernóbyl

Socavar la legitimidad moral y política de la Unión Soviética es socavar la legitimidad de la Rusia actual, la cual es, en muchos sentidos, su heredera política. Así lo interpretaron los rusos, quienes se proponen filmar su propia visión del desastre. Pero también este tipo de productos sirven para desvirtuar la validez misma del socialismo como alternativa.

Esta serie se suma entonces a una larga lista de productos audiovisuales, literarios y de otra índole que insisten en la presentación de las sociedades este-europeas como realidades profundamente opresivas, donde el pensamiento auténtico siempre es vigilado y coartado, donde todos los burócratas son demagogos insensibles, que repiten consignas y no se preocupan por sus ciudadanos, y donde la intelligentsia, que ellos mismos han contribuido a formar, es vista con recelo y temor.

Desde la primera escena, Chern√≥byl ya est√° apelando a estas representaciones. As√≠ acudimos al suicidio, dos a√Īos despu√©s de los hechos, de uno de los personajes m√°s importantes en todo el drama de la central nuclear: un profesor cuya acci√≥n heroica evit√≥ que el da√Īo fuera a√ļn peor y cuya muerte est√° llena de desencanto e incomprensi√≥n.

El progreso de los hechos es narrado contraponiendo constantemente la negligencia criminal de los funcionarios con el heroísmo desinteresado del pueblo soviético, el cual es una víctima de su propio gobierno. Lo que falló en Chernóbyl, comprendemos, fue un modelo. En el capitalismo fallan los individuos; en el socialismo el problema es sistémico.

Sin embargo, esta serie debe servirnos para reflexionar sobre varias cuestiones. En primer lugar sobre las m√ļltiples implicaciones y riesgos de la energ√≠a at√≥mica, detr√°s de cada uno de cuyos fallos los gobiernos, no solo el sovi√©tico, han tendido siempre un manto de silencio.

Tomada de Internet/Fotos de la serie Chernóbyl

En segundo lugar, y ya que la serie lo pone nuevamente sobre el tapete, están las insuficiencias reales del modelo soviético y las lecciones que toda práctica socialista debe extraer de sus errores. La extrema verticalidad en la toma de decisiones, el no vincular adecuadamente a los científicos y los resultados de la ciencia con la dirección y la producción, el estalinismo y su influencia en la práctica histórica del socialismo posterior, la inadecuada socialización de la riqueza, la verdadera democratización y control de la dirigencia por las bases, la creación de una propiedad efectivamente social, etc.

Pero est√° tambi√©n ‚Äďuno de los problemas neur√°lgicos a la hora de analizar la experiencia sovi√©tica‚Äď, el de la naturaleza de la burocracia en el socialismo; su existencia como un sector que se coloca por encima de la sociedad y cuyos beneficios y posici√≥n privilegiada lo llevan a incubar, como un virus, la corrosiva conciencia peque√Īoburguesa, m√°s peligrosa porque no va atada a ninguna forma espec√≠fica de propiedad, sino a la miserable mentalidad del filisteo.

Estas problem√°ticas y muchas otras deben estar constantemente en nuestro debate p√ļblico, no solo asociadas al fen√≥meno de un producto audiovisual determinado. M√°xime cuando nuestro socialismo, en el proceso de relativa sovietizaci√≥n de los setenta, incorpor√≥ muchas de estas caracter√≠sticas y deficiencias. Resulta clave entonces aprender de los errores del modelo sovi√©tico para intentar resolver en el nuestro las contradicciones que ellos no pudieron resolver.

Chern√≥byl de HBO juega todav√≠a una √ļltima funci√≥n. La gran apuesta, en la guerra cultural que se nos hace, es la desmemoria. Presentar el socialismo sovi√©tico, a√ļn el de los primeros a√Īos de Gorbachov, como absurdo, negligente, ignorante, opresivo, es ocultar la realidad de un siglo XX donde la URSS fue un actor capital. Es construir el olvido de la esperanza que esta potencia represent√≥ para millones de personas que emerg√≠an del brutal capitalismo colonial y que se resist√≠an a aceptar como √ļnica opci√≥n para existir como naciones independientes, un capitalismo entreguista y subdesarrollado.

Nuestro primer acto de resistencia radica entonces en salvar la memoria. Salv√°ndola de la reescritura y del olvido, salvamos la certeza del car√°cter hist√≥rico de todas las formaciones humanas, salvamos el sacrificio de todos aquellos que lucharon por un mundo mejor y asumimos sus aciertos y errores. Salvamos la certeza de que hoy, m√°s que nunca, el socialismo es la √ļnica alternativa ante la creciente irracionalidad del capital.

Después del disfrute estético que pudieran representar estos productos, debemos siempre buscar las esencias ideológicas que los determinan. Solo así seremos capaces de dar la batalla en el propio campo en que se plantea: el de las conciencias y representaciones de las personas.



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