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Vanguardia y herejía están obligadas a ir siempre de la mano

Tomado de La Jiribilla

La cultura nos define y nos defiende. Sus dimensiones logran ser reconocibles cuando proceden de la idea en movimiento, de la transformación. Jerarquías, juicios de valor, políticas y participación se articulan dialogantes con la realidad. Representaciones y alcances de la vida cotidiana que en la práctica fortalecen, o no, un aprendizaje colectivo.

Ante todo, la cultura tiene que ser cr√≠tica. Si no utiliza la verdad como m√©todo de develamiento, como herramienta para preservarse y reproducirse, como condici√≥n para ver el mundo en un grano de arena, no logra rebasar la imagen que la reduce a medio de escape y deval√ļa su papel cual instrumento de enfrentamiento a los problemas.

Inventario a gran escala, el III Congreso de la Asociaci√≥n Hermanos Sa√≠z puede ser invisible ante los ojos de los que subestiman, de los que dejaron de creer en el valor movilizador de la cultura y expresan hacia ella miradas peligrosamente presentistas. Formas de ser, pensar y actuar que beben el agua del Leteo y olvidan el impacto de experiencias muy valiosas que en los √ļltimos 60 a√Īos, a escala nacional, operaron en el campo simb√≥lico, en la construcci√≥n de nuevas narrativas, en los reencuentros de una imagen propia, en la definici√≥n sonora de una identidad. Son consensos que el tiempo y las circunstancias ponen ahora a debate, pero que se establecieron descifrando los signos del mundo en su conjunto y no colocando unos a merced de los otros.

El problema principal es que la relación con los procesos de cambio que debiera animar a los círculos pensantes del país, incluido naturalmente el de los creadores, está provocando el efecto contrario. Se tiende muchas veces a la comodidad de no querer pensar. El flujo orgánico de las ideas permanece frenado por asuntos que nos parecen muy importantes, pero que nos alejan y entretienen respecto a los que verdaderamente lo son.

Situados en el rol absurdo de conciencia cr√≠tica de la sociedad, ocupados en las carencias gremiales y los imperativos econ√≥micos, podr√≠amos estar olvidando que en el fondo de los problemas culturales, la lucha por el poder pol√≠tico, por el control de las mentalidades, sigue siendo un componente principal con el cual estamos obligados a re√Īir.

En medio del tiempo turbulento que vivimos ‚ÄĒfelizmente complejo‚ÄĒ, los siguientes desaf√≠os constituyen apenas una ojeada al esfuerzo de hacer, entender y participar en el espacio que abre la cultura para nosotros:

Lo primero, l√≥gicamente, ser√≠a regresar sobre la noci√≥n misma de cultura, ampliar el marco en que la definimos, no entrar en negaciones insalvables, ni reproducir el falso y oportunista concepto que enfrenta lo culto a lo genuinamente popular. Tenemos que estudiar c√≥mo los s√≠mbolos culturales simbolizan; luchar contra el enfoque de una cultura eventista, ferial, vista √ļnicamente como servicio; y reconocer el componente comunitario como una extensi√≥n principal de todo cuanto hacemos, no para ‚Äúexportar cultura a los que no la tienen‚ÄĚ, sino para que nuestra propuesta se enriquezca con los valores, las identidades, las espiritualidades preservadas en los m√°s insospechados sitios del pa√≠s. Adem√°s, favorecer que los enunciados pol√≠ticos sean m√°s compactos en el reconocimiento de la diversidad social, que es, ante todo, una fortaleza cultural; y situar los binomios necesidad-conciencia, creaci√≥n-circulaci√≥n y contenido-forma, como columnas de un intento que refuerce el car√°cter ‚Äúcontempor√°neo‚ÄĚ de la organizaci√≥n.

En segundo lugar, cuidarnos de no acariciar una suerte de ‚Äúdogmatismo liberal‚ÄĚ, pero dogmatismo al fin, que asoma ya en varios circuitos. La creaci√≥n y el pensamiento son libres y deben continuar si√©ndolo; sin embargo, eso no implica confundir libertad con anarqu√≠a. Magnificar en la creaci√≥n los aspectos negativos, relegar a un plano secundario el lenguaje art√≠stico y su acabado t√©cnico en favor de los ‚Äúelementos cr√≠ticos‚ÄĚ que hacen m√°s p√ļblico, m√°s atractivo y m√°s comercial el discurso, acu√Īar√≠a un derivado realista que por falso y desequilibrado rematar√° lo m√°s sensible, resistente, franco y creativo de la cultura nacional.

La Asociaci√≥n, en tercer t√©rmino, debe ganar para s√≠ al conjunto de las ciencias sociales. Ver las cosas a trav√©s de ellas, mediante el empleo de sus instrumentales y propuestas. La cultura, en tanto se concibe como un hecho estrechamente atado a lo social, es abordada cada vez m√°s desde la perspectiva total, hermen√©utica de los cientistas sociales. Hay que dise√Īar un di√°logo. Abrir las puertas ampliando el concepto de investigaci√≥n para que pensadores de distintas procedencias hagan del contenido humanista un nutriente principal del ambiente art√≠stico, de esa cosmovisi√≥n del artista que se proyecta luego en el intento de su obra.

A trav√©s de un v√≠nculo horizontal, tendr√≠amos, como cuarto reto, resignificar el contenido institucional. La balanza se inclina a favor de la fragmentaci√≥n del aparato estatal. Todo conspira contra √©l. Hay que polemizar y contribuir creativamente para que las entidades sean dirigidas a trav√©s de los creadores mediante di√°logos reales y permanentes. No puede resquebrajarse uno de los pilares imprescindibles del programa de la Revoluci√≥n. El ejercicio de la pol√≠tica cultural no puede ser patrimonio absoluto de la burocracia. Debemos emplearnos a fondo para que lo que estamos asumiendo como ‚Äúactualizaci√≥n‚ÄĚ no sea un proceso zigzagueante, sesgado o rutinario, carente de extensi√≥n futura.

Estamos obligados a cuidar que las instituciones ‚ÄĒincluyendo la Asociaci√≥n‚ÄĒ no se vean reducidas a corporaciones operativas para maniobrar con el mercado, sin sufrir los ataques del Estado o logrando entendimientos con √©l. Esta lucha tendr√° que ser realmente cultural, o no ser√°. Concebir la vida cotidiana desde las leyes del capitalismo, implicar√° cada vez m√°s que la vida ciudadana y el orden pol√≠tico tiendan a reproducir esas mismas concepciones.

En quinto lugar, es preciso comprender que el tiempo histórico es mucho más que el tiempo cronológico. Es muy peligroso, poco dialéctico, concebirlo como un eterno retorno. Plantea un arduo camino hacia nosotros mismos. Hay que entender que no existen los estancamientos. En la sociedad, en el pensamiento, en la creación, se avanza o se retrocede.

La cultura cubana estuvo siempre abierta al mundo. Su carácter revolucionario radica justamente en que influencias diversas fueron procesadas, incorporadas y dispuestas luego nuevamente a la universalidad. Nos comprometimos más temprano que otros con las poéticas de la emancipación.

All√≠ donde el neoliberalismo se articul√≥ con mayor presencia, donde la represi√≥n al pensamiento ha sido descarnada y se sufre hace d√©cadas el desinfle de los sentidos por la industria del entretenimiento o la reconfiguraci√≥n pol√≠tica del poder comunicacional al servicio de la burgues√≠a, donde el conflicto entre intelectuales y acad√©micos se resolvi√≥ tristemente a favor de los segundos, existe un sinf√≠n de experiencias √ļtiles a la transici√≥n socialista. No podemos darnos el lujo de desconocerlas. Se trata ahora de seguir siendo referentes en algunos aspectos, y en otros disponernos a aprender.

El compromiso intelectual leg√≠timo es el sexto y √ļltimo de estos retos. En verdad generaliza los anteriores. Los intelectuales de domingo, los artistas- mercaderes, no tienen cabida en la circunstancia vigente y futura que proyecta una organizaci√≥n como la Asociaci√≥n. Hay que cuidarnos de no ser los fil√°ntropos de la mediocridad, de las ‚Äúbuenas intenciones‚ÄĚ que sobredimensionan la fuerza real de proyectos y creadores, que confunden el prop√≥sito de ampliar la oportunidad, que muestran referentes inmaduros y nos ubican en el circuito de la incoherencia.

La vanguardia, como he repetido muchas veces, no implica solo un v√≠nculo con la militancia pol√≠tica ‚ÄĒen nuestro caso irrenunciable‚ÄĒ, sino actuar inducidos por una √©tica y una conciencia en crecimiento. Vanguardia y herej√≠a est√°n obligadas a ir siempre de la mano, una garantiza la adultez de la otra. En ambos casos, sin embargo, es la historia, la huella en la¬†realidad real, la que emplaza los determinantes. ‚Äú¬°La raz√≥n, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballer√≠a! y morir, para que la respeten los que saben morir‚ÄĚ[1]. Los enunciados son √ļtiles, pero no suficientes. Dinamismo, pr√°ctica, renovaci√≥n, atributos nuevos, cr√≠tica participante, rumbo y orientaci√≥n para alcanzar objetivos humanos, sociales y culturales superiores, son ahora esos determinantes.

Lo m√°s importante es pretender y esforzarse. Las vanguardias se niegan a desistir de la faena de siempre incorporar. Ganan el derecho a caminar con el pueblo con el √ļnico fin de servirle mejor. Asumen lo distinto como principio inagotable de continuidad. No parcelan, no a√≠slan, no privilegian. Como el hombre de Dos R√≠os, aprenden a ser realmente buenas y a morir de cara al sol.

Notas:

[1] Martí, José: Discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, Nueva York, 10 de octubre de 1890. En: Obras completas, t.4. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1991. p. 252.

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