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Una intérprete de primeras veces

La cantante Miriam Ramos Heres fue la más reciente invitada al espacio Encuentro con que se realiza cada tarde de jueves en el Salón de Mayo del capitalino Pabellón Cuba. A grandes rasgos, la también compositora y guitarrista conversó sobre sus primeros pasos en el mundo de la música y su más reciente fonograma.

Una hora bastó para que su público se reencontrara con ella y los que no la conocíamos tanto descubriéramos a una mujer sobre todo honesta. De Miriam se ha escrito poco o no tanto como ella merece; sin embargo, en lo que sí casi todos coinciden es que es una intérprete de primeras veces.

Tal vez, se atañe a su carácter compulsivo y a la perfección que quiere alcanzar, pero cada una de sus presentaciones son únicas. Sobre el tema, la propia cantante señaló que si las cosas no le salen lo mejor posible en cada momento será por falta de talento, pero nunca de ganas.

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Criada en el seno de un hogar musical, Ramos conoció desde bien temprano la música clásica. De su formación diría que es una “convencida de la importancia de la familia” y el cuidado de la educación.

Sus regalos iban siempre encauzados a la música y recuerda con agrado una ocasión en que sus padres le obsequiaron un tocadiscos y cuando las melodías de Chopin invadían su casa.

Para la década del 60, con los estudios en los conservatorios Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, su preparación se torna más completa; y es en la Escuela de Superación Profesional Ignacio Cervantes donde se gradúa en la especialidad de canto, aunque la guitarra la aprendió de forma autodidacta.

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Al recodar su primer concierto, Miriam comenta que “no tenía esa ambición artística, solo sentía cosas por la música”, pero compartir el escenario con el pianista Frank Emilio le hizo sentir más seguridad.

Aquello fue por 1964 en el Museo Nacional de Bellas Artes, y desde allí siempre se ha sentido muy bien acompañada, pues busca en los músicos esa interpretación que vaya a los detalles y a la minuciosidad de la obra.

Para Miriam lo importante nunca ha sido que la miren en la escena o rogar por los aplausos, no se siente una persona vanidosa; sino que sientan junto a ella la obra que defiende.

Se considera una artista que busca y sigue luchando en cada entrega, de ahí la armonía consigo misma. Tal vez, ese equilibrio sea la sensación de quietud cuando habla.

En su repertorio, como dice Marta Valdés, ha tratado de alejarse de “las lentejuelas y las cancioncitas”, pues siempre ha defendido lo que cree que es bueno, lo que la complace, lo que le sirve como herramienta para una reflexión.

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Aun cuando el precio del buen gusto es alto, Miriam afirma que “hay mucha gente en el mundo que ha superado la verdad y han hecho cosas muy importantes”, a pesar de que su obra se haya conocido años después de su muerte.

Sobre su faceta como compositora, conversa sin creerlo. Y es que sus canciones nacen del desbordamiento y no solo de la inspiración, sino a partir de una angustia rara que acompaña el estado de ánimo. En una entrevista diría “un buen día cojo la guitarra y nace la canción, todo junto texto y música”, pues evidentemente ese es su género.

Al preguntarle sobre si existían más intérpretes o cantantes expresó que en la actualidad hay personas que entienden la música en línea general, aunque sea más que unas notas, “un concierto no es la demostración de tus capacidades, son tus capacidades en función de decir otras cosas”.

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