Una escritora casi estadísticamente feliz

Mildre Hernández es una escritora niña. No aniñada o infantil ni una autora con Síndrome de Peter Pan o Wendy, en este caso. Es alguien con la capacidad de moverse en los diversos estratos de codificación-decodificación que admitirían los lectores habituados a aproximarse a la literatura infantojuvenil, dígase niños o adultos.

De poseer la asertividad de un infante, de eso podría presumir Mildre en los diálogos que conjuran la risa de grandes y pequeños, cada uno en su respectivo nivel de lectura. Porque le asiste el raro don de la empatía, y así se mueve entre los universos temporales y los imaginarios de la infancia y la adultez, con textos coloquiales, desenfadados, honestos como la palabra de un niño.

No hay un ápice de hipocresía en sus entregas, no hay imitación salvo a la vida real, no hay caricatura sino retrato veraz, tal vez un poco matizado por la travesura de una musa que agrega color a la instantánea en letras.

Sus personajes, verosímiles, auténticos, singulares, están diseñados con maestría.  No admiten cuestionamientos pues son la historia en sí mismos y cargan a cuestas con la anécdota de cada relato, sin efectismos ni rebuscamientos.

Subyacen en los textos de la autora evidentes referencias al panorama social cubano de hoy, analogías, si se quiere, ya sea desde la mirada de una vaca insumisa o de una niña estadísticamente feliz e irreverente.

A veces retrata a la isla de modo descarnado, otras tantas, sutil, pero siempre, tras la sonrisa, conmociona por lo que vemos de nuestra cotidiana existencia en las páginas que Mildre regala. 

–Es frecuente que a la literatura infantojuvenil se le subvalore o considere seudoliteratura, ¿qué crees al respecto?

En una ocasión me preguntaron por qué escribes para niños y les respondí, “escribo para seres humanos, es solo un tipo de público”. Por eso nunca he entendido ni voy a entender cómo en los concursos de LIJ ponen a autores para adultos, supuestamente para que tengan una mirada desprejuiciada, y me pregunto. ¿por qué los premios más importantes para adultos no ponen un escritor para niños en el jurado?

La LIJ se subvalora mucho, y nosotros mismos tenemos parte de culpa porque a veces escribimos cosas que no están a la altura, aunque también hay obras para adultos mal escritas. Hay escritores que piensan “eso es escribir dos o tres cuentecitos, a los escritores para niños se les paga más” y han hecho 20 libros. Así se desprestigian editores y editoriales, lo que no quiere decir que un autor no pueda escribir para ambos públicos. Yo misma tengo textos para adultos, pero me da tremendo miedo sacarlo.

foto tomada del periódico vanguardia

–¿Qué autores cubanos de LIJ sugerirías a los lectores?

Recomendaría a Enrique Pérez Díaz, escribe cosas simpáticas que le llegan a los lectores. Es un hombre que sabe lo que quiere. También a Yunier Riquenes, Leydis González, Maikel Rodríguez Calviño, Elaine Vilar. Antes recomendaba a los de la vieja guardia, ya no. Me doy cuenta que están muy ciegos y no están viendo las buenas cosas que escriben los jóvenes de hoy. Están anquilosados. Y no es por despreciarlos, también seré una anciana, pero ya no ven ciertas cosas, se quedan en temas pasados…creo que debe haber un límite de edad para ser jurado, como también debería haberlo para escribir. Imagino que cuando vaya llegando a los 60 me dedique a hacer crítica

–¿Cómo diagnosticarías al paciente LIJ hoy?

La impresión diagnóstica es reservada. Pero la aquejan la mala psicología de los personajes, es un virus fatal cuando no logras caracterizarlos bien; otros síntomas son cuando cuentas en 20 cuartillas una historia que podría haberse hecho en cinco. Cuando lo que escribes no lo pones en función de tu imaginación sino en qué dirán los escritores; también tienen malas puntuaciones, temáticas forzadas, o sea, “quiero hablar de esto porque se usa”. A veces leo libros y no veo al niño. Esas son las enfermedades, pero hay esperanza, mientras sigan haciendo antibióticos mejores. 

–Algunos de los temas que tocas en tus libros escandalizan a los adultos ¿lo haces a propósito?

Te juro que no lo hago por llamar la atención. Yo vengo del campo, de la grandilocuencia, a veces no quepo en la habitación donde estoy, tengo muchos TOCS, pero esa es mi esencia.

–El personaje de Cuasi ha divertido a niños y adultos que se han acercado a esa saga maravillosa, ¿hay una Cuasi real o es cuasimaginada?

Yo era muy parecida de pequeña. Ella le debe un poquito a la Mildre niña que lo preguntaba todo. Pero yo fui una niña muy golpeada y la madre de Cuasi es una madre amorosa, comprensiva. En la literatura una mejora a su familia, a sus amigos y se mejora a una misma. Escribir estas cosas me ha ayudado a perdonar y Cuasi me ha enseñado. Alguien me dijo “es como una Mafalda cubana”. Ahora veo que, sin darme cuenta, ella es una mirada a la sociedad cubana. 

–¿Escribir desde el centro de la isla tiene algún inconveniente?

Al contrario, si viviera en La Habana estuviera pidiendo limosnas, incluso tengo una casa en el centro de Santa Clara, pero sigo insistiendo en ese campito donde vivo porque hay mucho silencio y es donde he logrado escribir.

–¿Cuál crees que es la relación ideal del autor con el editor?

Debe ser una unión excepcional, pero no hay editores, ya lo que quieren salir del paso. Quisiera tener siempre al mismo editor porque cuando alguno me enseña un libro y me encuentra dos palabras y tres comas, digo “ese es un mal editor, quiero uno que me lleve recio.

–¿Qué sugerirías a los jóvenes autores que pretenden dedicarse a la LIJ?

Noto que hay algo que los jóvenes inéditos no hacen mucho: observar. Los jóvenes tienen que aprender a observar, a escuchar a los mayores, tienen que leer, divertirse, pero escuchar.

Que no fueran tan elitistas, que no se creyeran tantas cosas y vivieran más de una manera sencilla, sana, que observaran, aunque uno es un ser vanidoso porque de lo contrario no eres escritor, si no tienes tu ego alto no eres escritor, si no piensas que estás escribiendo el mejor libro del mundo, no eres escritor, incluso si después tienes que tomar antidepresivos, pero debes empezar por creértelo, aunque luego venga un editor y te haga trizas, eso es bueno.

–¿Es posible decir que Mildre es una mujer estadísticamente feliz?

No sé si soy estadísticamente feliz, ni siquiera si soy completamente feliz, porque sería muy aburrido. Pero con los libros, los amigos, la familia con sus defectos, la pareja que tengo, soy feliz.

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