Tres distintas maneras de presentar a una mujer que no conozco

Presentar a una mujer que no conozco, sobre todo si se llama Elaine, con un afrancesamiento en el nombre por su origen, ríspida en sus palabras, (las que he bebido por estos días contenidas en sus versos), me remite a tres maneras distintas:

Manera 1: Buscar su nombre en la Internet y conocer de sus múltiples premios nacionales e internacionales, sus publicaciones, los textos dramáticos, el Insituto Superior de Arte (ISA), su preferencia por la narrativa y por la Ciencia Ficción, (un gusto que ambas compartimos) y la poesía, por supuesto que la poesía en Elaine.

Manera 2: También pudiera presentarla a partir del fenotipo: alta o más a lo napoleón, con el pelo natural o mechas o keratina de 2.50 la onza o blanca o de piel azul clara o rosa intensa, según los horarios de mayor actividad solar.

Pero repito que no conozco a la mujer que presento, por lo que esta segunda variante queda para cuando ya le haya reseñado quince o veinte libros más; o para cuando subamos al Turquino por la Asociación Hermanos Saíz (AHS) o conmemoremos una efeméride X de la UNEAC y tomemos agua o whisky en el mismo vaso plástico reciclado o para cuando venga de nuevo a Matanzas y nos invitemos a un café de a peso en la calle del Medio para hablar de poesía, por supuesto que la poesía en Elaine.

Por eso, a esta altura del discurso, prefiero remitirme a la Manera 3, que incluya esto, que me pareció memorable y con unas ganas tremendas por haberlo escrito yo, de la yegua desnuda encabritada que lucha en una jaula de un metro por cinco y pasta coz a coz entre la yerba.

Y cito al poeta Leymen Pérez para subir a su lado las montañas de Elaine Vilar Madruga: «Montañas que van creciendo mientras avanzamos en la lectura de este poemario de eficaz diálogo intertextual y escritura concisa».

Me es revelador un verso antitético que convoca al encierro en la poesía de esta mujer que no conozco pero quiero conocer cuesta arriba. Una mujer que no conozco pero que pertenece al deslumbramiento de una generación (que me gusta nombrar de la incertidumbre), a lo Legna, Oscar Cruz, Sergio García Zamora, Yanelys Encinosa, Jamila Medina, Liuvan Herrera, Yunier Riquenes, Yanier H. Palao, por solo citar algunos alpinistas.

Trabaja su poesía, en Las montañas de la extinción, Premio Milanés, 2015, como quien necesita calentar la brasa a temperaturas inusuales, para forjar la espada corta cabezas, la mata reyes. No se permite treguas. No le permite treguas a un lector que no sepa leer entre líneas que los íconos no son tales según el orden en que aparezcan en la oración, que los dioses y los héroes son material de estudio en las escuelas primarias y que en un mismo poema pueden coexistir tan genuinamente Charlotte Corday y el traidor de los Lannister.

Me quedan rondando las imágenes casi fotográficas de un Príamo pujando un caballo de madera, una Electra/Elaine que preferiría morir entre las moscas, una Safo abandonada con una taza de polvo entre las manos, o aquel niño ensangrentado, siempre niño en las fotos de familia, tendido sobre la línea de la playa. Imagen de las más inequívocamente brutales en Las montañas de la extinción.

Advierto por ello que esta mujer que no conozco no le teme a las palabras. Incluso se anuncia al lado de Marat, vivito y coleando, abre telones para que su madre sepa cuántos minotauros puede esperar Elaine entre las angustias, o abre las piernas, puja como una perra para expulsar toda la culpa junto a un trozo de flujo de cachorro.

Con esta mujer que no conozco, nada resulta fácil en esta treintena de poemas al rojo vivo, arrancados de la piel del alma. Porque nadie puede escribir croatoan pensando en pasar inadvertida. Nadie puede creerse en un verso que esconder el ojo de Dios bajo su nuca, la hará pasar inadvertida. Y así, en un rejuego continuo de tesis entre el toro y el matador, entre el cirujano y la muerte, en esa falta de aire que provoca Elaine cuando pretendemos escalar sus poemas y comprobamos que la carne nunca es suficiente y la esperanza es menos hierro que niebla.

De nuevo coincido con el poeta Leymen Pérez: hablamos de un eficaz diálogo intertextual, de escritura concisa. Nada sobra, todo nos lleva a un punto de inflexión que se desborda en cada apuesta por la representación dramática. Por la excelente factura de cada verso trasmutado.

Presentar a una mujer que no conozco, que no conozco…

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  • Hermosa resena, intensa sobre todo, a la altura de la obra de una poetisa como elaine vilar, quien se desnuda y entrega toda en cada verso, pero desde la intencion, la fuerza, la sangre misma que la contiene y la hace ser….

    Milho

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