Todas las luces del Longina

No existen referentes, ni eventos musicales en el país que superen al Longina. Cada año se empeña en demostrarlo; y lo hace, se destaca sobre sí mismo y encanta, enamora, persevera y regala al público agradecido de Santa Clara (y al que llega desde muchos sitios del país) unos días repletos de buenísima trova.

La Trovuntivitis es un cuartel sólido, formado por geniales músicos que no descansan, parecen no dormir y van mutando con los días para que la organización fluya, para que los pequeños detalles queden cubiertos como se debe (lo mismo pueden estar detrás de la llegada de las guaguas, de la conformación del programa, garantizando los recursos y la logística para cada presentación y luego allí, frente al micrófono o con guitarra en mano, interpretando como han demostrado que bien saben).

Yo llegué con mi mochila al hombro, como tantos otros. Fui como público, pero ya es difícil desprenderse de esa manía de contar, sobre todo cuando uno siente, por diez días, una plenitud absoluta. No pretendo hablar de cada concierto, presentación o descarga —además de que me fue imposible asistir a todo— pero no me gustaría dejar de relatar algunos destellos.

El festival tuvo el tino, en este aniversario número veinte, de extender el plazo de la celebración en sí, por lo que del 5 al 15 de enero se vivieron momentos irrepetibles. Las jornadas se separaron en dos partes; en la primera semana el concierto de Silvio Rodríguez colocó la parada en alta zona, pero creo que ya no cayó.

ahs okEl dúo Cofradía inauguró los conciertos que se sucedieron en la Sala Marta Abreu del Teatro La Caridad. Este lugar fue un sitio casi permanente de presentaciones variadas donde, por la cercanía de los cantautores con el público, se logró un ambiente familiar haciendo que la música fuera mucho más disfrutable. En algunas ocasiones, el espacio impidió la entrada de un mayor auditorio, auditorio que se quedó en las puertas de entrada aun cuando las funciones habían comenzado.

beuna fe y frank

Pachi y Lía, desde Trinidad donde trabajan y viven, han conseguido mantener un trabajo constante en la renovación de su calidad sonora. En esta ocasión, acompañados de un bajo, una guitarra eléctrica, la batería y de la voz de Luci regalaron un musical variado sonoramente. Interpretaron temas conocidos como Lo que hay, pero estrenaron otros que demostraron la solidez que ha alcanzado su carrera artística. Minutos más tarde Ariel Barreiros, en la sede de la Uneac, bajo una lluvia intermitente, ratificó su puesto dentro de los pilares de la buena trova en el país. Cuando Ariel canta denota una maestría que solo se alcanza con los años, su voz sigue siendo la misma pero las manos que rasgan la melodía en la guitarra son más sabias. El centinela de Pompella y Un hombre continúan siendo canciones que detienen a quien escucha.

La peña habitual de Roly Berrío en el Museo de Artes Decorativas transcurrió bajo un frío inmenso. No le hace falta a Roly mucho esfuerzo; él es, sin doblajes, un personaje que atrae; es jocoso y serio a la vez con sus canciones, tiene un diapasón bien abierto de melodías que transcurren desde las más trabajadas hasta un movimiento alocado de la cabeza con un tema de rock; tiene letras líricas y otras que son un relajo tal que uno las disfruta sobremanera. Todos corearon para el final una pegajosa canción que dice así: «yo era del color de Madona, yo era del color de Brad Pitt y mira qué color cogí…». Roly continuó participando en muchas otras presentaciones, así como los demás miembros de la Trovuntivitis, pero destacaron por su fuerza los interpretados en el concierto de Ruibal, de Levis Aliaga y de Silvia Pérez Cruz.

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La primera semana concluyó en el Teatro La Caridad con el concierto de Javier Ruibal. Una maestría en la ejecución de la guitarra, una voz poderosa; temas debidamente tratados y variabilidad sonora deleitaron por casi dos horas a los asistentes. Ruibal interpretó canciones nuevas y para el final, luego de que hubieran cerrado las cortinas, hubo de regresar ante la insistencia del público para que cantara sus temas antológicos.

Comenzando por el miércoles 11, en la segunda parte del Longina llegó el tan esperado concierto de Levis Aliaga. Horas antes de esa presentación conversábamos con él y contaba que no esperaba la asistencia de tanta gente, pues no creía que aún las personas se acordaran de él. Nada más incierto. Hacía 15 años que Levis no pisaba un escenario villaclareño, pero sus grandes canciones se quedaron, desde ese entonces, en las guitarras de los trovadores y en los oídos de todo público. La Sala Marta Abreu volvió a repletarse, volvieron las personas a luchar —casi como gladiadores— para ocupar un puesto y escuchar al autor de Parece un aguacero. El concierto fue un regalo hermoso, lleno de un ambiente nostálgico y alegre. La voz de Levis es como pocas. Cantó temas nuevos, los que compuso en la lejanía de estos años, y para terminar trasladó a todos en el tiempo con la quizá más conocida e interpretada de sus canciones: Ana.

Teatro del Eclipse, conformado también por Levis y la actriz canaria Mannexy Yanes, trajeron dos obras infantiles las cuales el cantautor enriqueció muchísimo con su oportuna guitarra y sus canciones. En las obras para los más pequeños vale destacar, también, la presentación de Yaily Orozco y Teatro Sobre el Camino. Estos muchachos intercalaban la música con unas narraciones orales de una manera muy orgánica, y con escasos elementos escenográficos lograron entretener al máximo a los niños.

El viernes 13, lo más relevante, sin discusión, fue la presentación del CD de Leonardo García: Cara o Cruz. Este disco fue licenciado, recientemente, por la Egrem, comenzando así, para suerte de la misma disquera y del público su venta. Leo es uno de los trovadores más sobresalientes de la Trovuntivitis. Su música es como un farol gigante en medio de la oscuridad más plena. Cuando Leo canta uno no puede hacer más si no sumergirse en las melodías, en su voz armoniosa, en las letras, muy poéticas, de sus temas. Cara o Cruz es un disco con mucha fuerza, donde la sonoridad varía más que en sus producciones anteriores y uno se sorprende con un tema de rock and roll  donde también se rapea. Hay aquí además composiciones más reposadas y destellan pistas como Témpano azul, Llegas y Mejor así.

Durante la penúltima jornada se presentó, en la Casa de la Ciudad, Inti Santana, otro primerísimo trovador que debe mencionarse cuando se habla de este género en Cuba. La sonoridad de Inti es siempre renovadora, aunque uno la haya escuchado con anterioridad. En vivo, se disfrutan al extremo los juegos vocales que acostumbra hacer; con una espontaneidad tremenda inunda el espacio donde esté y va contando sus historias musicales entre un vaivén original de compactos versos. Inti también presentó canciones nuevas, la mayoría de temáticas sociales, pero con un matiz que las hace siempre salirse de lo común.

El otro momento más esperado fue la presentación, en la Sala Marta Abreu, de Silvia Pérez Cruz. Con toda su herencia flamenca llegó desde Barcelona esta joven y diáfana cantautora que encantó al público desde que tomó asiento con su guitarra en mano. La voz de Silvia y sus interpretaciones de variados temas (y en distintos idiomas) fue precisa y hasta conmovedora. Terminaba así unos diez días de lujo.

Santa Clara y los cantautores de la Trovuntivitis han edificado ya un hito en la cultura cubana. El Longina ha entrado con luz y vida propia a la memoria, a la vanidad sana de haber logrado edificar un cerco austero y viril para la trova.

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