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El gesto de Marcel Duchamp

Hace algún tiempo que me he estado cuestionamiento el papel del arte para el hombre, y por consiguiente el papel de la crítica frente a la obra de arte. El teatro puede transformar a los hombres o por lo menos manifestar que el mundo es transformable, eso intentó demostrar Brecht con su teatro. Ahora bien, ¿dónde queda la crítica en medio de todo esto? Es polémica su utilidad cuando son numerosos los creadores y teóricos que se cuestionan lamagnitud de su alcance. Sabemos que en la prensa escrita o audiovisual la crítica especializada no tiene lugar, pues apenas hay espacio para las reseñas y su carácter eminentemente informativo o de propaganda se impone. Es en las revistas especializadas donde la crítica puede legitimarse y extenderse en sus análisis. También están los libros, pero estos por lo general, son el compendio de años de trabajo en los cuales el oficio se perfecciona y se hace posible precisamente, mediante las publicaciones regulares en una que otra revista.

Sin embargo, ¿de qué sirve que un grupo de personas interesadas en el arte lean y consuman lo que otros opinan acerca de los artistas o del arte en sí mismo?

Las respuestas evidentes e inmediatas pueden ser muchas: el crítico debe descubrir lo que nadie ve, de algún modo legitima la obra de arte, la da a conocer desde su perspectiva, la hace universal, la enmarca dentro de un contexto y presupuestos estéticos determinados. Toda obra de arte es en sus inicios tan solo un pensamiento, una idea, luego se transforma en acción, imagen, sonido, texto, es la crítica quien la devuelve convertida en lenguaje escrito, la (de)codifica. Pero aún así, me queda una sensación similar a la de un equilibrista, todo el tiempo se corre el peligro de caer en el vacío. No hay oportunidad de equivocarse, dar un paso en falso es lanzar tu trabajo al abismo, pues, ¿de qué servirá lo que piensas, escribes o haces, si no es movilizador? ¿Cómo “provocar” desde la crítica cuando ya la obra de arte o el artista constituye una provocación? ¿Cómo hacer una valoración que complete la obra y forme parte de ella desde otra dimensión?

En una clase de Apreciación de las Artes Plásticas descubrí una posible respuesta. La profesora Gretel Medina quería hacernos entender por qué con las Vanguardias Artísticas del Siglo XX se transformó el concepto de arte establecido hasta el momento. Para demostrarlo nos propuso el cortometraje francés Marcel, dirigido por Jean Achache.

Esbozaré brevemente la historia que cuenta. Dos jóvenes acuden al museo en el que está expuesto el célebre Inodoro y El portabotellas de Marcel Duchamp, artista dadá por excelencia y creador de la instalación como objeto de arte. Uno de los muchachos recuerda que en el sótano de la casa de sus padres hay un portabotellas similar y lo llevan a una galería. Intentan convencer a la encargada de que es El portabotellas original de Duchamp. Ella les asegura que el verdadero está en Pompidou, por tanto ese objeto no es una obra de arte. Los jóvenes no comprenden cómo aquel puede ser arte y este no, si son iguales. Ella les explica:

La obra de arte es el gesto del artista, tanto intelectual como físico; cuando Marcel Duchamp crea la noción de ready-made, abre una página en la historia del arte contemporáneo con un gesto artístico único al colocar ese objeto usual en otra perspectiva intelectual, atribuyéndole la posición de obra de arte.”

Uno de ellos le da a la galerista una bofetada, alegando que eso es “un gesto”, es decir, una obra de arte. Ella saca una pistola y la pone en la cabeza del joven que la golpeó. La mujer le asegura que en el principio de la obra de arte está la modificación, así que el gesto de abofetearla no modifica nada, tan solo es una repetición vulgar y común. Sin embargo, si ella dispara sobre su cabeza sí modifica, modifica la percepción de su vida misma, porque él ya no podrá percibir nada más. El joven está muy asustado, ella tiene puesto el cañón de la pistola en su frente mientras le dice con tono violento:

“El portabotellas de Marcel Duchamp modifica la noción de obra de arte en toda la civilización occidental. El portabotellas de Marcel Duchamp es como una bala en la cabeza.”

Hala el gatillo y termina el cortometraje.

 

Cuando la crítica no es solo palabra y se convierte en acción, cuando más que sustantivo y adjetivo se transforma en verbo, y deja de ser la postura de comunicar juicios para convertirse en el gesto de desentrañar, entonces puede modificar, puede ser una bala en la cabeza. Un dispositivo para cambiar y estremecer nuestro modo de mirar o de relacionarlos con la obra de arte en sí misma. Posiblemente esta aspiración no sea más que una utopía, pero ¿permitiremos que nuestras críticas sean similares a una conversación intrascendente en un domingo aburrido, un monólogo en el que alguien nos cuente lo que ya sabemos, y solo podamos contrastar nuestros criterios con un trozo de papel que no puede respondernos?

La crítica no puede ser solo exposición, tiene que ser diálogo, no debe ser solo la palabra, también es acción. No es el gesto de criticar, sino el gesto de transformar, de “entregar” después que se “recibe” la obra de arte. Por supuesto, antes, es necesario aprender el oficio. Por ahora, hasta lo elemental se me hace difícil, pero eso no detiene mis intenciones, aunque reconozco que no hay nada más inofensivo que las intenciones. El arte al igual que la crítica es gesto, no intención. Para que la obra de arte pase del pensamiento, de la intención al hecho, necesita un gesto para manifestarse. Cuando la crítica es tangible y sólida como la materia, entonces, hemos cambiado algo.

El gesto de la crítica debe ser una bala en la cabeza, no para matar, sino para modificar la perspectiva, el lugar desde donde se mira. Esto me recuerda el vocablo griego theaomai (yo te miro), que devendría luego en theatrón (lugar desde donde se mira). El pensamiento de las personas que se aglomeran en un sitio para “mirar” una obra de arte, puede ser modificado por la crítica siempre y cuando esta implique un cambio de perspectiva, en ese caso, podrá la crítica modificar no solo al artista o a la obra, sino a los que la contemplan. Tal vez no sea más que una coincidencia, pero si una palabra en el presente (perspectiva), nos remite al pasado (theatrón), demuestra que la actitud de “mirar” es un gesto universal, inherente a los hombres. Que sea nuestra mirada entonces, un disparo certero y definitivo.

 

 

 

 

 

 

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