Teatro Rumbo


Medea, ¡a buscar otros rumbos!

Teatro Rumbo celebra por todo lo alto el arribo a sus 55 años de existencia. En ese sentido, una de las acciones más significativas desarrolladas por este elenco pinareño es la reposición de los espectáculos que ha presentado en los últimos años, entre ellos Medea bajo la dirección de Yasey Muñoz.

Esta Medea que nuevamente ocupa las tablas del Teatro Milanés se estrenó en 2017 y es una versión escénica muy cercana a su referente textual escrito, Medea prefabrica, de Irán Capote.

Con relación al texto escrito por Capote podríamos decir que como hipertexto –porque el mito griego de Medea tiene acercamientos teatrales firmados por nombres eminentes como Eurípides, Séneca o Anouilh– continúa la línea de relectura de clásicos que despunta en nuestro país con títulos como Electra Garrigó, de Virgilio Piñera; Medea en el espejo, de José Triana; Los Siete contra Tebas, de Antón Arrufat, hasta obras como Jardín de Héroes, de Yerandy Fleites.

Medea prefabrica es una pieza teatral que resulta atendible, ya que se encuentra concebida para el espectador actual, particularmente nacional. Alejada de un tratamiento populachero y costumbrista en su sentido más chato, indaga en el discurso del cubano, su fisonomía económica, su expresión, su gesto y desarrollo social diverso.

También, un elemento reconocible en Medea prefabrica es que en este texto se ha acentuado de manera especial la humanidad del personaje principal, convirtiéndolo en una naturaleza resentida, pasional, con palpables rasgos de debilidad y fortaleza de carácter, con una memoria y un presente con los que no se reconcilia.

Rafael Farello y Simone Balmaseda. Cortesía/Julio de la Nuez/ Foto tomada de El Nuevo Herald

En esta obra pesa más el sufrimiento, la deconstrucción de las ilusiones y sueños de Medea, que el propio asesinato de sus hijos o su mitificación como hechicera. Algo que distingue a Medea prefabrica de otros acercamientos al mito originado en torno a la hija del Cólquida, que ha llevado al drama autores nacionales, por sólo citar algunos, como José Triana o Reinaldo Montero, quienes, sin perder valor en el plano escritural, han remarcado más en sus textos el elemento mítico y la atrocidad del matricidio de Medea.     

La Medea que presentó en 2017 y la que presenta ahora mismo, Yasey Muñoz, como antes hicimos alusión, es una versión muy cercana a Medea prefabrica. Expresa claramente en escena todo el dolor de una mujer que ha sido abandonada por el amor de su vida, Jasón.

Sin embargo, la Medea que dirige Yasey alcanza vuelo al tomar su propio rumbo y alejarse del tono realista en que están pautadas las situaciones –que para nada es una falla– en Medea prefabricada.

Muñoz, en la versión escénica de la obra de Irán Capote despliega un universo onírico, un constante tránsito fluido entre lo real y lo mágico, donde parece que los personajes se mueven en un eminente caos.

Medea es un espectáculo lleno de resonancias en que acertadamente la imagen teatral se define entre claros oscuros intensos, fruto de un cuidadoso diseño de iluminación; en el que el gesto teatral extracotidiano coexiste con el más natural comportamiento del actor; donde un dispositivo escénico mínimal (un baúl, una pequeña mesa, una butaca de madera) y un amplio registro sonoro narran perfectamente el carácter retorcido de la acción escénica que ocurre en el interior y exterior de la protagonista.

No obstante, reclamamos a la Medea de este 2019, que aunque padezca algunos escollos con que la mostraron en 2017, todavía apreciamos que un gesto o una respuesta se someten a larguísimas pausas que diluyen su efecto teatral, su significación en la acción escénica, lo que afecta incluso el ritmo de la representación. Un ejemplo de esto son las primeras escenas de la obra que se dilatan bastante.

Del mismo modo, aún no se demuestra la funcionalidad de uno de los personajes: una suerte de espectro que funge como conciencia de la protagonista y que repite, como un eco, frases cortas que enuncia la Medea, pero que carecen de efecto alguno sobre ella, los demás personajes o la acción teatral. De manera que, reiteramos, no nos queda demostrada la funcionalidad del espectro.

Igualmente estimamos que debería trabajarse seriamente en el entrenamiento técnico de los actores, particularmente en el de Yosvel Alvarado que interpreta a Jasón, a Luis Alberto Alemán como Egeo. A ambos les queda una ardua labor por delante en función de estar, vivir e interpretar orgánicamente la fábula teatral en la que habitan. No basta sólo con emitir el texto, sino tener conciencia de lo que se dice, hace y lo que esto genera; de comportarse escénicamente con la verdad que responda a un tipo de propuesta teatral muy particular como lo es la Medea, presentada por Teatro Rumbo.

A casi dos años de su estreno, Medea, dirigida por Yasey Muñoz, todavía permanece como la vimos por primera vez: un espectáculo con probados méritos artísticos puntuales (fundamentalmente en la conformación de la imagen escénica), pero que no ha madurado en todas sus partes.

Tal vez sea hora que Yasey Muñoz vuelva sobre esta representación, la repase y ciña el tejido ahí donde parece deshilvanarse. Sólo entonces encontraremos una Medea dispuesta a encontrar otros rumbos entre la madeja de su universo existencial de estos tiempos.


Ovaciones para una mujer que espera…

Con una gran ovación fue aclamado el regreso a la escena vueltabajera de Lienzo de una mujer que espera, escrito, dirigido y actuado por Jorge Luis Lugo. Con esta obra, Teatro Rumbo cierra la jornada de acciones (conferencias y presentaciones teatrales), que desarrolló durante el mes de noviembre y diciembre, con motivo de sus 55 años de existencia creativa.

Premio Caricato de Actuación Masculina (2012), entre otros; Lienzo de una mujer que espera es un monólogo, un soliloquio, como tal vez pueda definírsele, que se estrenó en 2001 con el nombre de Lienzo 5×1, en el marco del pinareño Festival “Espacio Vital”.

Desde entonces, esta obra ha permanecido en el repertorio activo y más reconocido de Teatro Rumbo. Su protagonista, Esperancita, una señora muy singular entrada en años, se busca la vida vendiendo ilegalmente cucuruchos maní y en un desesperado intento, reclama a su esposo Felipe, muerto en una travesía marítima en los 90, un sinnúmero de cosas que van desde la necesidad de compañía hasta un sustento económico que nunca ha llegado. Esperancita clama, padece lo que no tiene, lo que debe luchar amargamente para lograr algo y lo que sabe que nunca tendrá o vendrá. Sin embargo, permanece batallando, y eso es lo que cuenta.

Lienzo…, como resultado creativo, tiene la cualidad de apropiarse de la vertiente vernácula, del gusto hacia el desarrollo de temas y fábulas teatrales marcadas por la comicidad, latentes en imaginario y gran parte de la praxis escénica desplegada por los creadores pinareños; especialmente los del otrora Conjunto Dramático de Pinar del Río, grupo fundado en los primeros años de la Revolución, y que podemos reconocer ahora con el nombre de Teatro Rumbo.

Es una obra en que Jorge Luis Lugo demuestra sabiduría y talento al tejer un material teatral donde, a partir de la sugerencia, el juego con el absurdo, con lo ridículo, con el cliché, la ironía, el doble sentido, la picardía, se desata un intenso y respetuoso debate (en que el subtexto tiene mayor peso que lo que literalmente se expresa) sobre aquellas cuestiones que han marcado en el plano histórico, social, psicológico, económico, al cubano de estos tiempos, fundamentalmente aquellos que vivieron con mayor fervor el “Período Especial” y la migración de la década del 90 y en adelante.

Los hemos visto varias veces Lienzo…, hemos podido comprobar que, aun cuando tiene más de una década de concebido, no deja de ser un espectáculo interesante para el espectador actual. La arquitectura de este representación teatral está concebida de tal manera que tiene la capacidad, como el rabo del camaleón[1], de renovarse, estar siempre abierta a frescos cambios, sumas y supresiones de acciones y texto, en función del momento en que se presenta, los cuales no afectan la salud de este monólogo, su núcleo de debate principal.

 Y ello sucede fundamentalmente porque esta puesta en escena está pensada para que sean más significativos los agudos comentarios sobre la realidad social que vive el personaje principal, Esperancita, que para seguir, aunque ello es inevitable, la biografía de esta, su naturaleza psicológica. Provocar la reflexión y la discusión sobre determinados tópicos sociales, es el centro de Lienzo…

Jorge Luis Lugo es un actor talentoso, uno de los pocos que conocemos en Vueltabajo y en una buena parte del país que puede transitar de un género a otro, del drama a la comedia, a la farsa, sin reparos y con virtuosismo.

En este caso, compone una escritura que apuesta por lo esencial en las tablas. Apenas una estatuilla religiosa de un indio, una pequeña mesa con un radio que parece emitir programas en directo, un marco de un cuadro, son elementos con los que va develando poco a poco el universo existencial de Esperancita.

 Desde una partitura interpretativa que hace gala de su contención, de un cuidado en la selección de las acciones físicas y gestos (su rostro es una zona muy expresiva en su corporalidad); de una dinámica escénica que no teme explorar la danza, el riesgo de una pantomima deliciosamente expresiva (escena en que su vecina le informa a Esperancita sobre el nuevo tiempo coyuntural); nos develan un trabajo actoral digno de reconocer.

La reposición de Lienzo de una mujer que espera ha sido todo un suceso teatral en Vueltabajo no sólo por la significación de esta obra, del actor que la interpreta o porque, como pocas veces, los espectadores abarrotaron las capacidades del Teatro Milanés, sino porque esta obra, más allá de su madurez como resultado artístico, mantiene su vitalidad, su frescura, su capacidad de polemizar desde la comicidad.

Es un espectáculo serio que, bien defendido en su interpretación, nos deleita al tiempo que nos hace pensar. Esa es la clave del éxito de esta pieza tanto cuando se estrenó, como en este minuto. De ahí que su regreso a cerrar la jornada por el aniversario 55 de labor creativa de Teatro Rumbo, más que una eventualidad atendible, es todo un suceso memorable para el teatro pinareño, un cierre de oro teatral.

[1] Frase que enuncia Esperancita, protagonista de Lienzo de una mujer que espera.


Wifi libre para desconectados

El próximo día 15 abrirá al público pinareño una nueva plataforma social. Wifi, crónica de una generación desconectada, gestada por Irán Capote en los mismísimos anaqueles de Teatro Rumbo, tiene el ancho de banda suficiente para alertar, provocar debates intensos en torno a una parte de las nuevas generaciones que se reconoce en lo foráneo, se entregan al mundo virtual y sus dispositivos.

Egresado en 2018 del Seminario de Dramaturgia del ISA, la Universidad de las Artes; Premio Calendario de Dramaturgia 2019, que otorga la Asociación Hermanos Saíz; director que tiene en su haber puestas en escena como Nevada, La Casa Vieja, Arró con avichuela; creador de la reconocida peñaLa Potajera, autor de textos como Medea prefabricada, El Casting, Eau de toilet, Irán Capote ha desarrollado una impronta creativa donde fundamentalmente la ironía, lo caricaturesco, carnavalesco, son los pilares desde los que establece reflexiones relacionadas con la cotidianidad nacional.

En su obra como director y dramaturgo se denota el influjo de importantes referentes que han conformado nuestra identidad teatral como Virgilio Piñera; Carlos Díaz con sus modos irreverentes de evocar fábulas sobre la escena; la escritura teatral de las más jóvenes promociones de dramaturgos encabezadas por nombres como Yerandy Fleites, Agnieska Hernández, Rogelio Orizondo, Roberto Viña, entre otros. Desde luego, se puede denotar que en su quehacer todos esos referentes, lógicos influjos, se reformulan, ofreciendo un material escénico que responde a sus propias preocupaciones creativas.

Ahora mismo nos propone Wifi, crónica de una generación desconectada, un texto y puesta en escena de su autoría que se centra en un fenómeno que cobra cada día matices más perniciosos: la supeditación de las nuevas generaciones al fenómeno redes sociales y lo foráneo. Y como en este caso, deviene un homenaje al legado cultural de Virgilio Piñera, toma uno de los personajes de este autor, Luz Marina, de Aire Frío, y lo hace habitar en estos tiempos junto a sus descendientes, hijos de un matrimonio disfuncional que viven en y para las redes y los dispositivos que facilitan este modo existir.

La fábula teatral que Capote esgrime resulta una metáfora, una relectura compleja de la actualidad, en vista de que no sólo se acerca y debate el problema de la supeditación de las nuevas generaciones al titán redes sociales, sino que su mirada se extiende mucho más allá. Implica a todos aquellos, edades, las cuales representa Luz Marina, que de manera directa o colateral, se hacen ecos de lo intrascendente, de las oleadas de promesas y sueños huecos que han provenido de las plataformas virtuales.

La señal que proviene desde la plataforma Wifi, crónica de una generación desconectada descubre cómo terriblemente lo foráneo se cuela entre las rendijas, las venas de nuestras casas modificando caracteres, valores históricos, formas de relación y proyección sociales (la exhibición de lo íntimo en las redes se convierte en un proceso muy natural). Como metáfora escénica, nos muestra el efecto de la metalización, la “objetualización”, el consumismo alentado, la asunción de patrones posmodernos que destruyen identidades, al ser humano irreversiblemente.

Toda esa materia tóxica extraída de la realidad en toda su absurdidad es colocada en escena por Irán Capote, quien inteligentemente la recompone; organizada en una escritura escénica rizomática, donde los cuadros, fundamentalmente monólogos, si bien se resisten a la mera ilación de la historia, ofrecen un caudal amplio de información que permite comprender lo que acontece escénicamente.

El espectador, no obstante, es el máximo responsable de su penetración, de su relación escénica con la sustancia-plataforma escénica.

Una de las cosas que más nos interesan de este espectáculo es que visiblemente se sustenta sobre un proceso investigativo, donde una multiplicidad de referentes (entre estos textos martianos) arman la reflexión de la que el espectador se podrá apropiar.

Se muestra desde una visualidad y acción escénica en que los contrastes, los provocados momentos dramáticos, melodramáticos, absurdos, carnavalescos, se suceden con la mayor naturalidad y organicidad. Las coreografías, la transformabilidad y movilidad de los paneles que representan diferentes dispositivos para acceder a plataformas digitalesconstruyen una dinámica, atmósferas que se inflan y desinflan con facilidad; en las que el juego deliberado con lo kitsch, lo grotesco, lo ridículo, la cita, la subversión del referente, actúan como agentes movilizadores, vehículos en los que se gesta y refuerza el todo el discurso escénico.

Los acores de Teatro Rumbo, antes entrenados en un ejercicio de la puesta en escena realista, ahora se han reentrenado para hacer de sus corporalidades un paso fluido a la ficción, asumir con visceralidad cada uno de los matices por los que transita la puesta en escena y sus personajes.En fin, con relación a otros procesos que se han llevado a escena en Teatro Rumbo, demuestran un crecimiento sustancial en cuanto a su labor escénica.

Wifi, crónica de una generación desconectada, que se estrenará este fin de semana, tiene el valor de ser el resultado de las preocupaciones e indagaciones de jóvenes que reaccionan ante la devoción por la conectividad, por la búsqueda incesante de dispositivos para acceder al mundo virtual y toda la pacotilla del mercado.

Este espectáculo, desde su conciencia, es una invitación a la revisión, a estar alertas sobre aquello en lo que ponemos fe y que puede alejarnos de nuestra condición de seres humanos sensibles y racionales. De ahí el principal mérito de esta puesta en escena que se muestra con mirada crítica; un de compromiso con la realidad de estos tiempos.