Teatro de Las Estaciones


Ella escribe mucho más que prólogos*

Revisando mi libro de entrevistas descubrí que estaba lleno de hombres, directores y dramaturgos, pero había pocas mujeres, y aún menos, mujeres que no fueran dramaturgas o actrices. Eso me alarmó mucho porque reconocí en mis propias elecciones lo mismo que veo repetido hasta el cansancio en miles de espacios, a la hora de seleccionar o de ser seleccionadas solemos ser menos, a no ser en espacios que se declaren especialmente de “mujeres”.

Pues bien, empecé a observar (a veces mientras más cerca tienes a las personas menos las ves, es triste pero pasa todo el tiempo) a mi alrededor, y estoy rodeada de grandes mujeres de todas las disciplinas.

Rápidamente pensé en Yudd Favier, que también ha editado numerosos libros del sello Ediciones Alarcos. Teatróloga y profesora de la Universidad de las Artes, con quien podría hablar además, honestamente, sobre la crítica, en tiempos en los que muchos creen descubrir el agua tibia y le ponen nuevos nombres a problemas añejos y proponen soluciones descabelladas e impuestas que demuestran ignorancia e insensibilidad.

Yudd es graduada de Teatrología, asesora grupos que están entre lo mejor de la escena cubana (Teatro de Las Estaciones, La Salamandra…). Agrupaciones en las que no se desempeña como asesora, reconocen en sus criterios una buena parte de los aciertos y de las alertas necesarias para construir su camino y poética.

¿Tendrá que ver con el oficio de una espectadora especializada, con el talento para mirar y descubrir lo que no está funcionando, con la valentía de decir aquello que todos piensan y no se atreven a decir sin medias tintas…?

Para ejercer el criterio no necesitas un título universitario, y ahora con las redes sociales, escribirlo y hacerlo público tampoco precisa avales. Sin embargo, cuando te has decidido por una carrera donde el ejercicio del criterio es un puntal dentro de tu profesión, más que tener la verdad como una adarga siento que debes estar comprometido, no sólo con la opinión que ejerces, que siempre es estética, debe ser ética y por supuesto, es una visión particular y por tanto perfectible; sino con la utilidad de esa gestión.

En mi caso lo que sostiene mi manera de “interactuar” con la puesta de teatro, sus dramaturgos, directores y equipo general está relacionado con mi compromiso con ese ejercicio. Yo empecé a trabajar en el Consejo en cuanto me gradué y por supuesto, pregunté cuáles eran mis responsabilidades dentro del departamento y recuerdo que lo esencial se reducía a una frase: mi deber era estar actualizada sobre el quehacer del teatro para niños y de títeres en todo el país y poner este conocimiento en función de colaborar en su desarrollo.

Por tanto, durante todo este tiempo de ver mucho teatro, de viajar a todo el país año tras año viendo los repertorios, haciendo talleres de intercambio donde ofrecer una opinión inmediata era obligatorio y directo, eso me dio cierto entrenamiento. Nunca se trataba de hacer sentir mal o mejor al artista sino de desestructurar-valorar el espectáculo que acababas de ver.

Rubén Darío,Zenén Calero, Ía Pérez y Yudd Favier. En la sala la Orden III/ cortesía Yudd Favier

Por supuesto, esta frontalidad siempre resulta agresiva para ambos lados: el que opina está ante un colectivo entero que ha trabajado (más o menos, mejor o peor) y ha presentado ante un espectador “malicioso» su trabajo. En efecto, para el crítico también es una labor dura y siempre creí que la mejor manera de hacerse responsable con ese criterio era siendo sincera, lo cual genera más ofensas que alabanzas.

Cuando una puesta de tpn o tt terminaba, era mi responsabilidad emitir un criterio de lo visto y en ese momento mi compromiso era con mi “deber” laboral por muy atroz que suene. Ese era mi trabajo en el Consejo y yo lo hacía e intentaba ser lo más consecuente posible. De todas formas hasta hoy, después de 18 años de carrera, jamás he podido decirle a un director que su obra es maravillosa o espléndida cuando no lo creo.

¿Es posible decir la verdad sin ser cruel? ¿Importa la crueldad o hacer sentir mal a alguien si está en riesgo la calidad de lo que está haciendo como creador? Has escrito textos duros por la forma descarnada en que manifiestas y dices tu opinión, eso ha provocado que haya creadores que te buscan, prefieren y respetan por esa actitud, y otros que sencillamente te odian. ¿Cómo lo llevas?

Eso que llamas la verdad y que yo prefiero llamar el compromiso, también tiene mutaciones. Porque ahora mismo como asesora teatral no pienso en “mi rol” o función como algo primordial si no en la responsabilidad que tengo ante todo un colectivo concreto con dramaturgos, directores, diseñadores, coreógrafos y actores.

 Ahora me siento una intermediaria entre la obra y el público, (antes lo era ante el creador y la institución que lo subsidia) y de forma intuitiva todo lo que me parece perfectible de ser pensado dentro del proceso lo señalo, confío en la inteligencia de las personas con las que trabajo que saben escuchar, revertir y también decantar o desoírme.

Como asesora teatral no me callo nada, ningún detalle por pequeño que sea,  porque siento que si identifico algún aspecto discordante y no lo digo, estoy traicionando la confianza que se ha puesto en mí, y como ves retorno al rol.

Pero los colectivos con los que trabajo hace más de cinco años en función de asesora de manera oficial o no, son amigos míos y profesionales de excelencia por los que siento una profunda admiración. Y eso ubica el trabajo en otro nivel y también hace diversos y muy particulares los canales de comunicación. Cuando trabajas con personas que sabes que les van todas sus energías y pasiones en su profesión, el respeto hacia “la obra” está implícito; y de esta manera jamás, hasta hoy, alguien ha creído que hay menosprecio en cualquiera de mis frases –a veces insolentes– cuando quiero señalar un punto.

Y sí, ese  canal de comunicación límpido, sin concilio de egos, permite incluso intercambios virulentos de opiniones que crean anécdotas deliciosas y que sólo apuntalan la confianza mutua. Y aunque parezca naif –casi demagógico– sigue siendo la sinceridad la que logra este tipo de relación. Creo que el día en que trate de alegrar a alguien con mi discurso retórico y bien compuesto sobre su ensayo o texto… ese día soy inútil.

Sí, he escrito y déjame citarte: textos duros, algunos son producto de una catarsis en la que has estado viajando por tres meses viendo centenas de espectáculos, muchos de muy mala calidad, con personas y espectáculos con los que has dialogado por años infructuosamente y ese cansancio y decepción emerge… casi ebulle.

Algunos de esos textos probablemente no los escribiría hoy en ese tono; sin embargo, esos textos duros, todos han sido antes debatidos con sus creadores, así mirándole a los ojos “face to face”. Y por supuesto que tengo muchos creadores y te cito de nuevo, “que me odian”, tengo nombretes, apodos, gente que no me contesta el saludo… pero también tengo relaciones de armonía con muchos profesionales excelentes y aunque no tengo dudas de que este grupo podría ser más pequeño que el primero… es el grupo que prefiero a la hora de entender la profesión y seguir apostando por ella.

Estuviste muchos años vinculada al CNAE como especialista, has visto el teatro que se hace en la Isla y también has escrito y leído mucha crítica. ¿A qué le atribuyes la crisis de fe que hay alrededor de la crítica? Hace poco un crítico me decía: “El problema es que los teatrólogos de ahora no quieren ser críticos, quieren ser artistas, hacen documentales, son performeros y la crítica y lo teatrológico está en un último lugar”. ¿El fracaso o poca atención a la crítica tiene que ver con que los teatrólogos de hoy quieren ser artistas? ¿Qué ha ocurrido con la crítica en estos últimos años en tu opinión?

En verdad he pensado mucho en esta pregunta sobre la crisis de la crítica. No creo que sea este el espacio para tratar un tema que tiene tantas aristas posibles, pero como es un buen espacio para opinar, te confieso que a mí en lo personal me lastima mucho la manera descarnada y peyorativa en que casi todos se refieren a nuestro ejercicio, pero a veces las razones que argumentan no se pueden refutar.

Y siendo muy, muy global, creo que la matriz del problema tiene su base en los abruptos y contrastantes cambios de políticas culturales de las artes escénicas y me explico: desde el 60 hasta el 89 (casi 30 años) los grupos fundados eran como vacas sagradas, inamovibles pero muy controlados por el Consejo Nacional de Cultura, había una estructura muy centralizada y, por supuesto, esto generó estanco. Dentro de esa composición la crítica tenía un rol fundamental y a la vez muy focalizado en los grupos que existían; para decirlo mal y pronto, la crítica jugaba un rol importante y hasta determinante.

Luego, en un segundo período, se aprobaron los proyectos desde el 89-2019 (son 30 años más), con la excelente intención de ofrecer opciones para los creadores jóvenes, al principio sólo podría ser aprobado por el Consejo Nacional, y en su reglamento actual siempre, aún hoy, debe ser así; pero lo que verdaderamente empezó a ocurrir es que cualquiera con cierto cargo o poder podía crear un nuevo proyecto.

Yudd Favier, Denisse Martín, Norge Espinosa, Ía Pérez y Shaday Larios (Derecha a izquierda) en Laboratorio de Teatro de Objetos Documentales. Durante el Encuentro Internacional Retablo Abierto EIRA, 2019. MATANZAS/ cortesía Yudd Favier

Yo creo que la crisis llegó a un tope cuando los directores se iban y dejaban a cargo de un actor la dirección del grupo como una herencia (Muchas veces llegábamos a provincias dónde existían nuevos grupos y nuevos directores que jamás habían sido conocidos por el Consejo).

En papeles, el tipo de contratación que era por seis meses o un año, en la realidad se convirtieron en grupos vitalicios. Te puedo confirmar que existen personas que hace 10 años no hacen un estreno y viven campantes. Luego, si antes había 24 grupos y 15 eran de buena calidad profesional, pero cuando se convirtieron en 200, los 15 se tornaron minoría y aunque en un principio se conformó lo que hoy constituye la vanguardia también proliferó mucho teatro de mala calidad.

¿Qué comenzó a suceder con la crítica?

Yo creo que la crítica comenzó a desechar paulatinamente al teatro deficiente y al principio lo escribía pero con esa información no sucedía nada en absoluto. Los críticos comenzaron a desechar proyectos –y no creo que esto haya sido cosa de un día– y en la actualidad nos hemos convertido en promotores del teatro que nos interesa profesionalmente. No está bien.

También surgió el pluriempleo, que es la única manera en que los teatrólogos podemos tener un salario para llegar a fin de mes y convertirnos en seres multifacéticos, y empezó a relegar la crítica como un ejercicio de vocación y no como la única vía de “mostrar” el valor de una profesión que se expandió hacia experiencias más protagónicas y productivas dentro del teatro. Muchos críticos encontraron labores más atractivas como gestores de festivales, editoriales, revistas, talleres y eso también crea una disyuntiva “ética” y, al final, efectiva, sobre qué ejercicio profesional priorizar. 

Otros han querido dirigir, escribir, hacer cine y hasta actuar, eso a mí me parece fabuloso porque la teatrología sencillamente la ejercen personas que aman el teatro y el derecho a experimentarlo de formas prácticas para mí es irrefutable: es eso un derecho. Que quede bien, regular o mal… ya es otro asunto.

Es un deber de la crítica verlo todo y dar su opinión de todo. Pero seamos francos, casi ningún creador tiene un verdadero respeto por la disciplina polémica y se tornan agresivos, con lo cual el problema de la ética afecta a todos los bandos.

Nadie acepta absolutamente nada excepto los halagos sin máculas y hay enfrentamientos e insultos y, el crítico, que también es un individuo cotidiano de guaguas y colas, se agota de que el único resultado de su ejercicio especializado sea el malestar personal.

Al final del día escribas lo que escribas, y lo digo por experiencia propia, esos grupos de calidad de amateurs que llevan décadas digiriendo el presupuesto estatal, se presentan en los mismos teatros que una vanguardia consolidada y repito, cobran los mismos salarios blandiendo sus primeros niveles como si de verdad lo fueran. Si la crítica no tiene una función social ni ofrece una guía para jerarquizar y también, por qué no desechar, porque estamos hablando de teatro profesional, no subvertir valores con lo comunitario. ¿Entonces para qué sirve?

Yo misma al salir del Consejo me libré del “deber” de opinar siempre de cuánto veía y por eso cuando algo no me gusta salgo calladita como una espectadora triste y esquilmada; cuando no me gusta no aplaudo, eso sí, por algún lado debo mostrar mi insatisfacción, es mi derecho como espectadora.

Hace dos años no ejerzo la crítica escrita porque precisamente estoy trabajando de manera asidua con, al menos cinco grupos de este país y si escribo una crítica con aspectos negativos (aunque sean más que evidentes) de los otros 40 grupos con los que no trabajo, siempre será visto como predeterminadamente tendencioso y lo mismo pasa si quisiera escribir algo sobre esos cinco grupos.

Clausura del taller
Objetario Cuba S.A Memoria insular. EIRA, 2019 Matanzas/ cortesía Yudd Favier

Y por supuesto, uno es adulto y por tanto responsable de sus decisiones. Y me dan ganas de hacerlo porque hay espectáculos que son casi ofensivos por su falta de coherencia total y como nadie habla de ellos, tienes que leer publicaciones con autohalagos de éxitos que nunca existieron.

Tengo ganas de escribir porque quien calla otorga, pero he elegido. Existen grupos de 15, 20 años que jamás han hecho una sola obra meritoria de ser llamados profesionales y nadie quiere tener a su cargo el cerrar colectivos que no abrió. Entiendo que existe una gran espada de Damocles sobre la responsabilidad civil que generaría desestimar esas agrupaciones parásitas del presupuesto tan reducido del Consejo, pero hay entre ellos agrupaciones que en 20 años tienen cuatro obras en su repertorio, obras malas además, y eso debería cambiar porque en el igualitarismo desequilibrado también radica una forma de injusticia.

¿Cuáles títulos y antologías has compilado y prologado para la Casa Editorial Tablas-Alarcos? ¿Cómo ha sido ese trabajo?

Tablas-Alarcos es la editorial donde me he estrenado como antologista y hasta editora. Para mí ha sido un lugar de promoción superimportante del teatro para niños; ella se produjeron los libros Dramaturgia cubana para niños (1943-2013). 30 obras en 70 años. (La Habana: Ediciones Alarcos, 2014); Teatro Migrante para niños. Un caribeño en Nueva York  (una selección de textos del autor Manuel Antonio Morán, La Habana: Ediciones Alarcos, 2016) y Teatro sombrío para niños curiosos (Una selección de textos del autor Christian Medina, La Habana: Ediciones Alarcos, 2016).

He editado un par que están en producción y tengo en el horno uno mío que, claramente, estoy superansiosa por ver convertido en materia. Ella escribía… prólogos de libros es una selección de ensayos sobre textos dramáticos para niños en Cuba cuyo título remeda un libro de Magie Mateo, que fue el primer libro de crítica (literaria) que amé.

Tienes textos que se salen del marco teatrológico y recientemente estuviste en el hapenning Hogar de Omar Batista y Dania del Pino Más como performer. ¿Estás interesada en alguna línea artística fuera del trabajo como crítico e investigadora?

No tengo ganas de hacer algo más. Por ahora mi intervención como performer fue una cuestión de fuerza mayor: quien estaría allí era Dania del Pino…, pero los procesos tienen sus tiempos propios y el estreno llegó junto con el nacimiento de Ernesto y pues Hogar era un proceso en el que todos estábamos muy comprometidos/involucrados y no quedó de otra que ponerse a “levantar las torres de casitas”. Más que como una actuación yo lo asumí como un ritual y cuando hacía mis endebles construcciones pensaba en esa gran masa anónima de personas que viven albergados, hacinados o en peligro de derrumbe y eso adquiría un carácter de acción simbólica. Fue el único recurso que me hizo estar del otro lado. No creo que pueda actuar y no me apetece hacerlo, pero quién sabe

Estas preguntas a continuación, me preocupan a mí, y no son teatrológicas ni importantes para el resto del mundo ni del arte, o tal vez sí. Las pregunto porque necesito la opinión y sensibilidad de varias mujeres respecto a estas interrogantes, porque creo que tú puedes decir algo que a mí, nuevamente en lo personal, me sirva, me alivie, me inquiete. Son tan simples que son las de siempre, tan comunes que son difíciles, tan sencillas que responderlas cuesta la vida.

Yudd, ¿qué es la soledad para ti?, ¿qué es la tristeza?, ¿qué es la nostalgia?, ¿qué es el amor?, ¿qué es el sexo?, ¿qué es la lealtad?, ¿qué es la felicidad?

¿Qué nos diferencia de los hombres en lo poético, en lo humano, en lo esencial, en lo general?

La soledad: es la constancia que yo he tenido en esta vida de que en verdad dependo de mí misma. Son los duros momentos de crecimiento: saber que recogerás sólo lo que hayas sembrado. Es dura pero te hace fuerte.

La tristeza: Los tiempos de desesperanza. Cuando existen falta de proyectos simples e inmediatos.

La nostalgia: idealización del pasado. Lo que te dice que ser extranjero es la peor condición humana a mi forma de ver.

El amor: literal: lo que hace que uno se levante cada mañana. Y cuando no has tenido amor de pareja aprendes a valorar los otros amores que son espectaculares y vitales.

El sexo: un ejercicio imprescindible, productor de dopaminas al que no deberían darle tanta importancia la gente, menos las mujeres que hacen un gran barullo en torno a él.

La lealtad: a mí me rige como código personal, Ámbar querida, y creo que va muy relacionada con el amor y la sinceridad.

La felicidad: unos raticos.

Mujeres: Para mí si fuéramos un árbol seríamos las raíces. Es duro pero una se afianza en muchas cosas y le cuesta desprenderse en la familia, en los hijos, en las materialidades, pero también en los ideales y hasta en las discusiones… nos arraigamos a todo. Los hombres son las frutas, las flores, el polen, salen hacia afuera y comienzan los ciclos una y otra vez con mucha facilidad.

*Parafraseando el título del libro que Yudd Favier prepara con una compilación de sus ensayos.


Cúcara, Mácara, títere es

Los Hermanos Camejo encontraron un camino –su estética, su forma de ser– que después no fue retomado en la creación titiritera nacional. Un camino artístico multidisciplinario que bebió de la interacción con grandes figuras de las artes en Cuba como Raúl Martínez, Abelardo Estorino, Leo Brouwer, Rogelio Martínez Furé, Iván Tenorio, Martha Valdés… y que ha enriquecido el mundo del teatro, el mundo de las figuras. Fueron ellos quienes dinamitaron el ambiente titiritero en la isla, este arte milenario que surgió cuando las sombras del fuego se reflejaban en las cavernas del hombre primitivo, luego con las enigmáticas sombras asiáticas, hindúes… hasta nuestros días.

Rubén Darío Salazar, titiritero-periodista, se ha convertido, junto a su compañía Teatro de Las Estaciones, en vanguardia de la creación artística titiritera cubana. Su trabajo se enrumba hacia el rescate de la dramaturgia del teatro de figuras. Es un niño que juega en cada espectáculo, lo disfruta y nos hace disfrutar porque trabaja “desde la ciudad de Matanzas como si pusiera sus obras en París”, pero además agradece el virtuosismo de los grandes titiriteros, ya que, según nos confiesa, “la vida es también eso, agradecer”.

foto: Ernesto Herrera Peregrino

Rubén es un hombre que “fantasea” con los sueños de otros y que conquista desde su retablillo la superación humana. Es un “joven” díscolo que “donde innova, quiere sentirse como un continuador”, un seguidor de la obra de los grandes titiriteros: de los Hermanos Camejo, de Stanislavski, maestro de la actuación en vivo, o del teatro lorquiano,… siente la necesidad de “compartir, porque eso también te hace crecer”.

¿Cuánto toma Las Estaciones del teatro iniciático de títeres de los Hermanos Camejo?

Lo primero que quise hacer cuando comencé en el teatro de títeres fue saber sobre qué terreno estaba pisando. Una vez me encontraba en Francia con una amiga rumana, Margarita Niculescu, y me pregunta por los hermanos Camejo, y yo solo tenía una referencia leve sobre el Guiñol Nacional en los años 60. Ahora son una referencia potente para mí.

Algunos profesores me hablaban de ellos, pero no de la impronta que tenían y creo que fue resultado de años de silencio, pero eso me dejó muy curioso. Al llegar a Cuba comencé a investigar y a descubrir que estaba sobre “cadáveres exquisitos”, pues eran gente que habían hecho a Fernando de Rojas, a Zorrilla… y me di cuenta, además, que mi profesión era de nivel y que estaba siendo continuador de algo inalcanzable. Me sentía orgulloso de saber que tenía un linaje potente.

Esa fue mi vida hasta la publicación, en conjunto con Norge Espinosa, del libro sobre la historia del teatro guiñol en Cuba, pues habíamos entregado al país, a mi profesión, un legado testimonial, gráfico, investigativo; y entonces me sentí titiritero con orgullo.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

Yo fui una persona antes del libro y otra después. Carucha ya no estaba viva cuando el libro fue impreso, pero sí estuvo en el proceso de creación y estaba al tanto de lo que sucedía con su arte en la isla. Desde entonces, para salvaguardar su legado, el concurso Uneac se llama Hermanos Camejo, y mi sala lleva el nombre Pepe Camejo…

Tengo en mi proyecto creativo ese vínculo que da la investigación y he hecho muchas obras que ellos hicieron: El patico feo, La caperucita roja, Pinocho, La caja de los juguetes… porque su teatro tenía un componente clásico y famoso que le aporta mucho a lo que hago.

Me llama la atención revisitar ese repertorio que ellos hicieron y saber por qué lo hacían, qué tenía de interesante y atractivo. Era meterme en esa camisa y ver qué se sentía, y se sentía bien difícil, pero no imposible, porque en ellos encontré el sentido esencial de la cubanía. Asumir el riesgo de comenzar un proyecto exploratorio de su obra y no tenerlo todo tan claro, tener algunas zonas de misterios que uno debe ir conquistando, eso es lo importante.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

 Sobre todo aproveché la experiencia que ellos asumieron de trabajar con personas como Leo Brouwer, Martha Valdés, Miriam Ramos, Iván Tenorio, Raúl Martínez, y eso era el completamiento de la profesión, era enriquecer la profesión, y es lo que yo también he hecho al trabajar con la soprano Bárbara Llanes, con el trovador William Vivanco, el cineasta Marcel Beltrán, con el pintor Alfredo Sosabravo, porque las buenas influencias hay que defenderlas, asumirlas y superarlas, y en eso estamos, porque la superación lleva tiempo.

 Acompañar la obra de los Camejo, defenderlos, continuarlos, es para mí es un ejercicio tremendamente hermoso.

¿Cómo asume Rubén Darío el “atrevimiento consciente” del teatro de figuras para adultos?

El mundo entero, o casi en su mayoría, a nivel artístico respeta y tiene consideración por el teatro de figuras, que es una potencia artística en cuanto a los elementos que utiliza. Ver el espectáculo de El Rey León de Julie Taymor con un nivel artístico y tecnológico impresionante, óperas como La isla encantada o Alicia en el país de las Maravillas, del Royal Ballet, que son espectáculos concebidos con títeres grandísimos obrados por los mismos bailarines, es un riesgo consciente creativo que se tiene que asimilar, que se debe probar…

Desconocer hoy el títere para adultos es como perderse una gran parte de la teatralidad rica e imaginativa que tienen los muñecos; y creo que ha sido un proyecto que no he querido abortar nunca y por eso me he tomado mi tiempo. Además, para este tipo de teatro se debe trabajar mucho y, además, equivocarte trabajando.

 Para eso hay que investigar, enamorar al colectivo con el cual trabajas para que sueñen contigo, para que viajen en ese mundo infinito de los títeres.

Las Estaciones protege las tradiciones del teatro para títeres, pero al mismo tiempo asume las técnicas de animación más experimentales y novedosas. Hablemos de dos cuestiones que no necesariamente tienen que contraponerse: tecnología y asiduidad al teatro.

Con la tecnología la tenemos difícil, competir con eso es casi imposible. He visto muchos espectáculos donde existe un derroche de tecnología y he quedado anonadado. En esos mismos espacios he presentado espectáculos donde los más adelantado ha sido la luz negra, que es de los años 50, y otros elementos convencionales como títeres planos, sombras, máscaras… y nos han elogiado mucho el hecho de presentar un espectáculo artesanal en medio de un espacio donde se presentan obras totalmente auxiliadas por la tecnología.

foto: Ernesto Herrera Peregrino

A veces quisiera contar con la tecnología para hacer cosas nuevas, pero a la vez la tecnología se come al ser humano y crea para su vida cosas que él pudiera crear de manera natural. El punto está en aprovechar lo hermoso que tiene el títere artesanal, lo tradicional.

La tecnología hay que asumirla poco a poco en la medida que puedas tenerla realmente. Esta es una especialidad de riesgos, sueños, investigación; de esa forma podrás lograr cosas que ni te imaginas. En las contradicciones a nivel creativo va el riesgo de equivocarte o acertar, y para suerte nuestra, hemos acertado bastante, porque hemos trabajado y experimentado mucho.

Teatro de Las Estaciones se mantiene a la vanguardia del teatro de figuras en la isla, con un estilo inconfundible y una límpida e irrepetible iconografía. ¿Cómo asume este reto?

Siempre que escucho la palabra vanguardia para referirse a Las Estaciones siento que el pecho me palpita porque es un compromiso bastante grande mantenerse a la vanguardia, pues significa mantenerse joven eternamente.

Los premios que hemos alcanzado han sido un resultado muy subjetivo de un jurado muy real, pero también hay que aprender que siempre no se puede tener un galardón en la mano, que cuando no lo tienes debes luchar por alcanzarlo.

Viajar también ha sido un privilegio para Las Estaciones, y eso lo hemos aprovechado. Además, nos mantiene en la vanguardia nuestras aproximaciones a la danza, la pintura, la música, el cine, el circo… Pero el teatro de adultos con actores te da también una coordenada diferente que te permite no enraizarte sobre ciertos patrones preestablecidos.

Pero lo que nos hace vanguardia es también no subvalorar nada y tomar de diferentes estéticas teatrales. Ser vanguardia es no aferrarte a nada y conocerlo todo del teatro de figuras, es ser auténtico en lo que haces. Pero lo más importante, es saber sentarte y levantarte y saber saltar, ver el mundo a distancia y verlo también de cerca, porque para la vanguardia no hay fórmulas, y también saber que la vanguardia dura poco.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

Es también exploración de la cubanidad…

No imaginas cuánto… Yo le debo a Dulce María Loynaz hacer un espectáculo con el Bestiario que ella escribió cuando adolescente, son poemas perfectamente representables. Le debo a Eliseo Diego hacer teatro con sus cuentos y sus poemas. Le debo de alguna manera a Virgilio Piñera hacer una Electra Garrigó con títeres. En el mundo de lo “cubano” todavía hay cosas que estoy dispuesto a realizar y defender, y de ese cocinar constante salen las obras más bellas, aunque decididamente la vida no me alcanzará para hacer todo lo que sueño.

¿Cómo logra la fusión del muñeco del retablo con la presencia en vivo del actor?

Stanislavski creo que le puso un reto al actor: actuar bien en vivo, y eso marcó a la profesión, la mezcla de un buen actor y un buen titiritero, son cosas que no pueden estar en contradicción, y si no eres buen actor, difícilmente serás buen titiritero.

Puedes manipular bien y lo harás brillantemente, pero vas a tener que salir en algún momento fuera y contactar con el público, intercambiar, y tienes que hacerlo bien.

 Hay que demostrar siempre que los titiriteros no somos menos y que somos excelentes actores y titiriteros. La esencia está en saber aplicar una cosa en la otra.

El actor titiritero debe disfrutar con el títere, lo que no es sinónimo de robarse el protagonismo del muñeco, la gracia está en creerte que el muñeco existe y es quien te está hablando. Hay que tener, además, una imaginación poderosa y eso, yo se lo robo a los niños, porque mantienen una organicidad tremenda cuando juegan y creen en la animación de los objetos como si fueran de verdad. Ellos son los mejores maestros.

foto: Ernesto Herrera Peregrino

La imaginería literaria de Norge Espinosa siempre se desdobla ante el público a través del títere de Teatro Las Estaciones, entre ellas la multipremiada obra Por el Monte Carule… ¿Qué simboliza este acercamiento a Bola de Nieve en la trayectoria de Teatro …?

Uno tiene figuras en la vida que va conociendo y te van moviendo el alma; uno es Martí, que siempre vuelvo a él. Otra figura es Lorca, que leerlo es único, y ya he hecho cuatro espectáculos sobre sus textos.

Dora Alonso, otra figura que conocí, con la que compartí, amé y amo todavía. Y está también Bola de Nieve, un artista completamente titiritero, oírlo cantar es como oír a un títere. Las letras de sus canciones son un retablillo.

Ese es un espectáculo (Por el Monte Carule) dedicado a Raquel Villa, hermana del Bola, a quien conocí y quien nos acompañó en el público en una de las puestas.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

El Bola es muy rico de interpretar por sus fraseos y sus interpretaciones en inglés, francés, italiano y hasta en chino. En la cultura cubana hay personajes perfectamente representables en el mundo de los muñecos y hay que enmarcar bien la mirada en esos personajes para representar, para promocionar, porque el teatro no puede ser algo estático, tiene que promover otras cosas.

Con la representación del Bola le estás legando al mundo un diapasón grandísimo de la cultura cubana y al mundo del títere, porque el retablo es para aforarse, no para ocultarse, y el retablo de Las Estaciones nunca ocultará nada, porque no podemos ir por la vida ocultando sensaciones, ni inspiraciones, hay que compartir con los demás lo que te hace palpitar, es de alguna manera, quizás una utopía, la forma de que no te olviden.

Hablemos del Taller Internacional de Títeres de Matanzas con más de dos décadas de creado…

Si realmente crees en el arte titiritero tienes que crear un espacio donde confluyen referencias mundiales para el desarrollo de este arte en la isla. Cómo puedes exigirle a la gente desarrollo y crecimiento si no le facilitas, en mi caso que conozco a grandes personalidades, esa experiencia.

 Durante muchos años luché para que viniera Fabrizio Montecci, uno de los grandes directores del teatro de sombras en el mundo, para que enseñara este arte en Cuba, pues lo traje y lo compartí con mis compañeros. Y el taller es eso, un espacio para dialogar, compartir, conocer, difundir… Es también abrir un proyecto como “Nuevos rostros del títere cubano”, para jóvenes de 18 a 35 años, básicamente proyectos working in progress de jóvenes interesados en hacer teatro de figuras.

El Taller abre también una zona para la Unión Internacional de Marionetas (Unima) y la proyección de documentales y otros materiales relacionados al arte titiritero.

¿Cree que el teatro para títeres en estos momentos es subvalorado?

Siento mucha lástima de las personas que lo subvaloran, porque es desconocimiento. No me gusta cuando mis colegas lo maltratan y no se dan cuenta de que el primer responsable de que el arte no se valore es el artista, ahí está el secreto.

Si tú no te quieres a ti mismo, nadie te querrá, sino te respetas, nadie te respetará. El arte debe superarse y el éxito de uno está en uno mismo, porque la vanguardia, esa que tanto me atemoriza por efímera, es siempre inabarcable.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

Si Rubén reencarnara en uno de sus personajes, si tuviera la oportunidad de insuflarle vida a uno de sus títeres, en cuál lo haría… ¿Qué personaje interpretaría a Rubén Darío?

La pregunta del siglo… No tengo hijos, mis hijos son mis muñecos y los quiero a todos por igual. Tal vez en término fantasioso y metafórico, si reencarnara en alguno, me encantaría ser Pelusín del Monte y tener una abuela como María Pirulín que me hiciera boniatillo, dulce de frutabomba y mantecados, que la molestara y ella me devolviera con besos y décimas.

Me gustaría poder entrar en esa imaginería fabulosa que Dora Alonso logró trasmitirle a un niño como Pelusín sin existir. Eso es una mentira entre comillas, quien conoció a Dora Alonso, sabe que Pelusín era Dora: sin miedo a nada, osada, simpática, dicharachera.

Es que uno es también un personaje, no hay que olvidar que estamos en el gran retablo del mundo. Pienso que debo ser un títere bastante díscolo, pues siempre estoy creando y haciendo cosas. Y quisiera ser todos mis personajes, quiero vivir una vida: hoy Federico, y mañana Martí, luego Bola de Nieve, seguidamente Dora Alonso… Es que soy un personaje, un personaje que me disfruto mucho.


Retrato de un niño muy original

Sabía que sería una función especial. La cantidad de público fuera del Centro Cultural Teatro Tuyo lo anunciaba, y Ernesto Parra lo sentenciaba en la presentación: “en tiempos en lo que las colas son para el pollo o el aceite, que se hagan colas para entrar al teatro demuestra que el público también está ávido de alimentar el espíritu”. A partir de ahí todo fue un sueño, una “consulta” hacia el interior de la familia en la que se pondera el diálogo y la comprensión como vías para lograr una eficaz comunicación filial.

Retrato de un niño llamado Pablo fue la pieza presentada por Teatro de Las Estaciones en Las Tunas. Ganadora del Premio Villanueva de la Crítica Teatral Cubana, apuesta por la combinación de diferentes tipos de títeres, el uso de las máscaras, actores que cantan, bailan y hacen gala del lenguaje corporal y gestual  y que, junto a las atmósferas cerradas a manera de retratos, contribuyen a reforzar el concepto de la obra.

Unos padres que se preocupan más por las necesidades materiales del hijo que por escuchar lo que siente y piensa. Un hermano que parece olvidarse del niño que fue y Pablo, un niño muy original, de esos que por ser diferentes parecen necesitar psicólogos, componen un núcleo familiar que parece salirse de las tablas para retratar la realidad de muchas familias cubanas.

Además de la familia de Pablo, los psicólogos también se convierten en protagonistas e intentan hacer reflexionar a los padres; mientras, una maestra sobresale por encarnar un modelo de educadora ideal –casi extinguido–, de esas que imparten poesía entre tantas matemáticas.

Resalta el uso adecuado de las luces, la escenografía sencilla, pero atrayente, y un vestuario absurdo, alejado de lo convencional, y que refuerza la crítica a la banalidad y el apego a los bienes materiales. El empleo del humor, lo lúdico y la buena caracterización de los personajes, imprimen a la función un dinamismo sorprendente que envuelve a padres e hijos. Todos estos recursos hacen de Retrato… una obra ingeniosa y creativa, que reflexiona, desde la sensibilidad, en el rol de la familia como núcleo esencial en la formación de nuestros niños.