Rubén Darío Salazar


Rubén Darío Salazar y Zenén Calero, celebración de la fantasía

Dupla creativa como pocas, el trabajo de Rubén Darío Salazar y Zenén Calero al frente de Teatro de Las Estaciones, en Matanzas, personifica hoy la vanguardia del teatro de títeres en Cuba. Y no solo el de títeres, sino de todo el teatro cubano en sí (en la amplitud de su diapasón creativo).

Después de un año en que se pensó no habría Premio Nacional de Teatro al proponerse bienal, la decisión unánime del jurado de entregarlo a ambos –¡no podía ser de otra manera!– ha causado tanta alegría en Cuba y en otras partes de mundo donde se encuentran amigos y discípulos, como en pocas ediciones, un Premio Nacional, cualquiera que haya sido, lo ha hecho.

El jurado, integrado por los también Premios Nacionales Carlos Pérez Peña, Gerardo Fulleda León, Verónica Lynn y Carlos Díaz, como presidente, y la diseñadora y profesora Nieves Laferté, destacó a este “binomio de creadores de la escena que han aportado al Teatro para niños y de títeres en Cuba valores apreciables en cuanto a su labor artística, investigativa y docente”.

“Ellos se han hecho símbolos vivos y actuantes, en especial, del arte titiritero como parte del movimiento teatral cubano”, escribió Omar Valiño en su columna “Cenital” del periódico Granma. Y como este, han sido muchos los textos de elogio y admiración hacia ambos (aunque algún que otro comentario, relativo a sus edades, ha visto las manchas y no la luz del sol).

Vivos y actuantes, es cierto, y merecidísimo el Premio Nacional de Teatro 2020 además:

Porque han hecho de Teatro de Las Estaciones, ese “espacio de libertad absoluta” fundado por ambos en 1994, después de trabajar en Teatro Papalote bajo la tutela del maestro René Fernández, uno de los colectivos con un quehacer más serio y sistemático, más sensible y gustado en el panorama insular, que se expande en las posibilidades creadoras del trabajo del títere.

Porque Las Estaciones ha sido, lo es, un colectivo docente que sigue formando desde la creación perenne (en la Unidad Docente Carucha Camejo se forjan los jóvenes titiriteros del mañana, y son, además, los anfitriones del Festitaller Internacional de Títeres de Matanzas, Festitim).

Porque es un espacio para la experimentación, el diálogo con las demás artes, el trabajo en equipo (Rochy Ameneiro, William Vivanco, Alfredo Sosabravo, Liliam Padrón, entre muchos otros artistas, han sido cómplices de diferentes aventuras creativas lideradas por Rubén y Zenén).

Porque aseguran que conocer el pasado, investigarlo, saber de dónde se viene, es también proteger el futuro de la manifestación (recordemos Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, Ediciones Unión, 2014, firmado junto al dramaturgo y poeta Norge Espinosa, y tantas investigaciones, artículos, entrevistas, publicadas en diferentes medios).

Porque han hecho soñar a tantos niños dentro y fuera de Cuba, y lo siguen haciendo cada día, con obras como La niña que riega la albahaca, Pelusín y los pájaros, La caja de los juguetes, La virgencita de bronce, Federico de noche, Alicia en busca del conejo blanco, Por el monte Carulé…

Porque los diseños de Zenén, únicos en su imaginería, dan vida y cuerpo a estos sueños (su amplio trabajo es reconocido como referente ineludible del diseño, no solo escénico, en Cuba).

Rubén Darío Salazar y Zenén Calero. Foto: Facebook de Abel González Melo.

Porque han roto muros, uniendo con el arte escénico en cualquier parte del mundo. Y porque defienden un teatro plural, donde la diversidad de estéticas creadoras y la calidad, justifica la creación.

Por los tantos premios, dentro y fuera del país, que acumulan por la calidad de su trabajo (responsabilidad y excelencia que han hecho que Rubén Darío dirija, además, el Guiñol Nacional).

Porque no se cansan de crear –incluso a pesar de la Covid-19 idearon acciones desde las redes sociales– y recorrer la isla llevando sus puestas enigmáticas, sonoras, llenas de magia y fantasía.

Incluso hoy, a pocos días del Premio, sin acostumbrarse a la noticia, actuaron en su sede en la apertura veraniega; porque el compromiso primero es con el público, y, está claro, con el teatro.

Porque El Retablo no es solo una sala de teatro común en el No. 8313 de la calle Ayuntamiento, sino un espacio de múltiples confluencias, un proyecto sociocultural (el Centro Cultural Pelusín del Monte) donde la música, las artes visuales, y claro, siempre el teatro, convergen (y uno de los sitios más hermosos en una ciudad, Matanzas, que destila arte por doquier).

Porque tantos quieren ser como ellos…

Zenén Calero. Foto: sitio web de Teatro de Las Estaciones.

Entregarlo todo a la escena, con humildad, con belleza, y hacerlo con “fe de vida”…

Ver el teatro, digamos que martianamente, como ara, no pedestal.

Premiarlos a ellos es reconocer una tradición que viene desde los hermanos Camejo (su admirada Carucha) y Pepe Carril, Dora Alonso, Armando Morales, René Fernández, entre tantos.

Es reconocer el trabajo, la trayectoria, amplísima por demás, aun en amplia plenitud creativa.

Rubén Darío y Zenén juntos, en el amor y en el trabajo, es también, para mí, además de Las Estaciones: Lorca, Pelusín del Monte, Bola de Nieve, Martí, los Camejo, Matanzas, Salvador Lemis, el abrazo después de la función, el almuerzo y la conversación en El Retablo, la amistad… Ver las obras, escribir sobre ellas. Ya sea en Matanzas, La Habana, el Festival de Teatro Joven en Holguín, o el Internacional de Cine de Gibara, donde se presentaron en la iglesia San Fulgencio y en varias comunidades, y donde fueron reconocidos por el comité organizador.

Los títeres están de fiesta; decirlo parece una anfibología, una boutade, sino fuera porque todavía, desde Matanzas y varios rincones de nuestra isla, se escuchan las fiestas de alegría y vida.


Rubén Darío Salazar y Zenén Calero, Premios Nacionales de Teatro 2020 en Cuba

El Consejo Nacional de las Artes Escénicas de Cuba otorgó este 8 de julio el Premio Nacional de Teatro 2020 al director de teatros para niños Rubén Darío Salazar y al diseñador Zenén Calero.

Salazar, director general del Teatro Guiñol Nacional, posee una vasta trayectoria en el teatro para niños y ha trabajado como profesor e investigador de la dramaturgia cubana para niños y sus principales exponentes, entre ellos, la vida y obra de los hermanos Camejo, y la escritora Dora Alonso.

Fundador del Teatro de Las Estaciones, el actor titiritero mereció antes los galardones Villanueva de la Crítica, Caricato de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), así como, la distinción por la Cultura Nacional en sus más de 25 años de labor.

Recientemente, el artista representó a Cuba durante la conferencia online del proyecto ResiliArt de la Unión Internacional de la Marioneta.

Igualmente, el jurado otorgó la distinción al diseñador Zenén Calero, quien ostenta una sólida carrera por su trabajo junto a la compañía teatral Las Estaciones y resultó premiado en el Concurso Nacional de Diseño Rubén Vigón, convocado por la Uneac.

Ambas figuras son el alma y el corazón de Teatro de Las Estaciones, agrupación líder del arte de la figura animada en nuestro país, que ha distinguido a la creación infantil de la isla en numerosos eventos teatrales del Caribe y Centroamérica.

El jurado estuvo, integrado por personalidades del teatro en la isla caribeña, entre ellos, el director Carlos Díaz, la actriz Verónica Lyn, Gerardo Fulleda, Carlos Pérez Peña y la diseñadora, Nieves Laferté.


«El teatro es ante todo acción»

Por esas tantas coincidencias de la vida nos conocimientos en los días difíciles de las pruebas de actitud para el Instituto Superior de Arte, entre los exámenes para las carreras de Dramaturgia y la FAMCA, en esos días extraños en los que la complicidad crea lazos de amistad para toda la vida y hace que en cada reencuentro vuelvas a tener 19 o 17 años y la misma frescura y los sueños tatuados sobre el rostro. Desde esa época me llamaba la atención su forma de acercarse al proceso creativo, de percibir la vida, de observarla, con la certeza de haberla vivido intensamente y, al mismo tiempo, con la sonrisa limpia de quien no conoce nada todavía.

Manuel Hurtado López (La Habana, 1993) se graduó en 2013 de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, en la especialidad de Escultura, pero sus inquietudes artísticas lo impulsaron a continuar estudios en la Universidad de la Artes (ISA) en el perfil de Dramaturgia, especialidad que culminó en 2019. Para este muchacho el arte es en sí un proceso de constante movimiento y búsqueda, donde lo visual, lo poético, lo extraño, lo genuino, lo vivido, lo absurdo, lo inevitable, lo atrevido, lo efímero… se conjugan siempre para dar forma a eso que él llama sus “obsesiones”, en el espacio multiforme de una mente sin fronteras que navega siempre entre las diversas aguas de la creación.

Recientemente has culminado tus estudios en el Instituto Superior de Arte en la especialidad de Dramaturgia. ¿Cómo recuerdas esta importante etapa de tu vida? ¿Qué aportó a tu visión como escritor?

El ISA es ante todo un contexto, más allá del símbolo académico que representa. Es un lugar para encontrarse con personas que comparten tus intereses, de ahí que sienta que es un espacio vital para todo creador joven. Por eso lo recuerdo con un amor celoso –como de familia mal llevada–, por las personas que habitaron ese espacio conmigo, y no solo compañeros de facultad, no solo alumnos.

Y sobre mi visión como escritor… ahí entra la parte académica. En primer lugar, entender el teatro es un ejercicio complejo, que precisa deslindarse de ideas que uno trae fijadas, sobre todo si se viene desde una práctica narrativa o poética. Y es que el teatro es ante todo acción, y en un primer momento la metáfora o la descripción pueden atentar contra el ejercicio dramático ya que la “narratividad” es sustituida por la representatividad, y la lírica por el drama. Claro que esto es totalmente violentable, y debe serlo –de ahí la narraturgia y el teatro posdramático– pero genera un nivel de conciencia en las etapas de aprendizaje… te permite saber qué debe quebrarse para innovar.

La misma lógica se aplica en las artes visuales respecto al arte abstracto, expresionista, naif, etc… Hay que conocer las reglas antes de romperlas. Es un poco cognocentrista, pero tiene lógica. Y este proceso es bien entendido por los maestros del Seminario de Dramaturgia: Roberto Viña, Yerandy Fleites y Maikel Rodríguez de la Cruz; que son por demás excelentes escritores.

Ellos, desde sus visiones particulares, te ayudan a crear una voz propia, y más importante aún, crean en ti un oficio y una estrategia para enfrentar el papel en blanco (el viejo trauma del escritor). Y para mi vieja obsesión con lo teórico aportó especialmente tener excelentes pensadores como José Alegría y Eberto García como maestros.

Cortesia del entrevistado

Además, eres egresado de la Academia de Bellas Artes San Alejandro… ¿Qué lugar ocupan las artes visuales en tus procesos creativos?

Creo que en general yo sigo pensando como artista visual. Es lógico, puesto que dediqué toda una vida a ello, y comúnmente encuentro en el arte mis referentes más ágiles. Pero no tengo conciencia, al menos a la hora de la escritura, de hacer un uso eficaz de esas herramientas. Sobre todo, tomando en cuenta que hice mi especialidad en escultura y que el uso del espacio teatral en mis textos nunca ha sido particular, sino más bien evasivo.

En cambio, a la hora de pensar “escénicamente” soy incapaz de desligarme de la experiencia del performance, el happening, la instalación, etc. Lo cual se traduce a que mis pocas creaciones “escénicas” (valgan las comillas) funcionen esencialmente como dispositivos –extraño híbrido útil al teatro. Claro que en términos dramatúrgicos soy bastante dado a reflejar mi experiencia con el arte conceptual; la necesidad de un statement, un concepto, un referente. Estos procedimientos –inconscientes en gran medida– puede que generen la extrañeza y lo poético de mis obras, pero no son ajenos de ninguna manera al proceder de cualquier escritor.

¿Cuáles son tus referentes artísticos y literarios?

Hace años que vengo trazando la misma respuesta, y es en cierto modo tramposa. Yo coloco en el edificio de mis referentes dos columnas principales: Marcel Duchamp y Heiner Müller. Por una razón esencial: el gesto. Estos artistas son quizás los culpables de la revolución del siglo XX en las artes visuales y la dramaturgia, fundamentalmente por haber borrado las fronteras en ambos medios.

Sobre ellos es fácil pisar y emancipar tu creación artística, lo cual no lo hace automáticamente algo bueno (sobre todo pensando en resultados), pero sin dudas es útil. En ese edificio multifamiliar también viven otros nombres como Cabrera Infante y Joyce, Luis Britto y Cortázar, Sergio Blanco y Rodrigo García, Nara Mansur y Dulce María, Beckett y Virgilio, Calderón de la Barca y Shakespeare, Piero Manzoni y Rauschenberg, Charlie Kaufman y Tarantino, Agamben y Harold Bloom. Es un solar, como puedes ver.

¿Qué temáticas prefieres abordar desde tu obra?

Como decías, recientemente me gradué del ISA, y fue en mi obra de tesis donde volqué gran parte de mis obsesiones. Una de ellas se resume en la siguiente frase de Lyotard: “Para hacer visible que algo es representable es necesario martirizar la representación, llevándola a sus límites”, y es este cuestionamiento a la representación y la teatralidad, de conflicto entre el ejercicio de representar y el dramatúrgico el que interesa a gran parte de mi trabajo, y pienso, debe ser implícito a todo acto teatral.

Las temáticas varían, incluso las estrategias textuales, pero los intereses son los mismos: las obsesiones con el Yo; con el teatro documental –como dice Barrientos: de fricciones más que de ficciones–; con la narraturgia y lo posdramático como herramientas. Elementos todos que forman parte de una experimentación y una búsqueda que no pretendo se divorcien de una tradición aprehendida, sino que se sume a esta.

Cortesia del entrevistado

A partir de tu participación en el Festival de las Artes y en otros proyectos comunitarios. ¿Qué espacios consideras adecuados para tus puestas en escena?

Yo vivo enamorado del teatro como espacio arquitectónico y de comunión. Mi primera y única obra teatral representada fue en la Sala Adolfo Llauradó y fue una experiencia desgarradora, sobre todas las cosas por la humildad que genera la relación público-escena. De ahí en adelante mis proyectos han ido a explorar otros espacios: habitaciones de hotel, derrumbes, garajes, almacenes, barrios, galerías.

Ha sucedido así porque estos proyectos, sin dejar de aspirar a la “teatralidad”, se han acercado al ámbito del performance y el dispositivo escénico. En estas tres obras que refiero, *99 (cobro revertido), Área de Meditación Escénica (A.M.E.), Oleyloleyloleylole Oleyloleyloleylolay, he tenido la suerte de trabajar también con dos amigos, Sofía Arango y Luis Carricaburu, de los que he aprendido mucho sobre esta otra interrelación donde el material hace “ejecutor” al espectador. Por eso pienso que todo espacio es útil, solo depende del proyecto, él es el que elije.

Recientemente estuviste escribiendo para el espectáculo C.C.P.C (La República Light), temporadas I, II y III de Teatro El Portazo. Háblanos de esta experiencia.

C.C.P.C es una obra que es coral en todo sentido. Yo apenas escribí tres pequeños textos por encargo para el espectáculo, escrito en su mayor parte, y dirigido por Pedro Franco y María Laura Germán. Lo más importante de esta experiencia fue participar de una dinámica de grupo, ver el proceso de construcción del espectáculo desde los cimientos y acercarme a una agrupación que admiro y sigo desde sus inicios. Ha sido una escuela, sin dudas, y el resultado principal de esta experiencia es estar trabajando con ellos actualmente y tratar de aportar lo recibido.

Muchos consideran que en los tiempos actuales las puestas en escena han sido desplazadas por el cine y la televisión ¿Cómo definirías el estado actual del teatro cubano?

Cortesia del entrevistado

No quiero decir que es un tiempo extraño para el teatro, porque siempre lo es. Y sin dudas el cine y la televisión son el epítome de su caída a un arte de minorías cuando hasta principios del siglo pasado era El arte de masas, y hasta la llegada del romanticismo, el género literario por excelencia desde el siglo IV a.C.

Pero recientemente leí un artículo sobre teatro contemporáneo que comentaba que en la última década ha habido un resurgir de asistencia a las salas en comparación a la última mitad del pasado siglo, lo cual habla de un creciente interés hacia las propuestas novedosas en el ámbito internacional. Y sobre Cuba, no soy quién para dar un parte médico.

Puedo decir que los grandes directores como Celdrán, Carlos Díaz, Raúl Martín, Nelda Castillo y Rubén Darío Salazar continúan haciendo grandes obras, y que jóvenes agrupaciones y directores, como Pedro Franco, José Ramón Hernández, Yunior García y Jazz Martínez-Gamboa siguen demostrando la calidad de sus propuestas.

Sin embargo, pienso que la salud de nuestro teatro se mide en las obras que asaltan inesperadamente las salas, y en los últimos tiempos hemos disfrutado mucho estas experiencias. Como la más reciente obra teatral dirigida por Osvaldo Doimeadiós, Oficio de Isla, uno de los ejemplos más certeros de un teatro inteligente, vivo y profundamente cubano.

Perteneces a la generación de escritores nacidos en los 90. ¿Qué rasgos crees que definen a tu generación?

La tecnología es gran parte de nuestra identidad, eso es un hecho. Incluso en Cuba, donde hemos llegado tarde al mundo del Internet y las redes sociales. Recientemente he descubierto, en un espacio tan frívolo como Instagram, una comunidad de poetas jóvenes de gran calidad, los cuales seguramente sean más leídos a través de estos medios de lo que podrían con impresiones a papel. Claro que el papel es la validación de esos esfuerzos, pero es un espacio que nuestra generación ha sabido aprovechar.

Casi cualquier cosa que nos defina se podría relacionar con esto, la referencialidad, la intertextualidad, la hipertextualidad, incluso, más profundamente: la muerte de los metarrelatos justifica mi sospecha de que somos una generación dada a hablar fríamente de y desde la intimidad, pero no tanto como que esa intimidad ya no exista puesto que se exhibe de antemano en nuestras redes.

Cortesia del entrevistado

¿Cuáles son tus aspiraciones en el plano creativo?

Seguir escribiendo, ante todo. Pero me interesa también dirigir teatro, dedicar mis esfuerzos futuros a eso y entrar a esa larga lista de dramaturgos-directores.


Cúcara, Mácara, títere es

Los Hermanos Camejo encontraron un camino –su estética, su forma de ser– que después no fue retomado en la creación titiritera nacional. Un camino artístico multidisciplinario que bebió de la interacción con grandes figuras de las artes en Cuba como Raúl Martínez, Abelardo Estorino, Leo Brouwer, Rogelio Martínez Furé, Iván Tenorio, Martha Valdés… y que ha enriquecido el mundo del teatro, el mundo de las figuras. Fueron ellos quienes dinamitaron el ambiente titiritero en la isla, este arte milenario que surgió cuando las sombras del fuego se reflejaban en las cavernas del hombre primitivo, luego con las enigmáticas sombras asiáticas, hindúes… hasta nuestros días.

Rubén Darío Salazar, titiritero-periodista, se ha convertido, junto a su compañía Teatro de Las Estaciones, en vanguardia de la creación artística titiritera cubana. Su trabajo se enrumba hacia el rescate de la dramaturgia del teatro de figuras. Es un niño que juega en cada espectáculo, lo disfruta y nos hace disfrutar porque trabaja “desde la ciudad de Matanzas como si pusiera sus obras en París”, pero además agradece el virtuosismo de los grandes titiriteros, ya que, según nos confiesa, “la vida es también eso, agradecer”.

foto: Ernesto Herrera Peregrino

Rubén es un hombre que “fantasea” con los sueños de otros y que conquista desde su retablillo la superación humana. Es un “joven” díscolo que “donde innova, quiere sentirse como un continuador”, un seguidor de la obra de los grandes titiriteros: de los Hermanos Camejo, de Stanislavski, maestro de la actuación en vivo, o del teatro lorquiano,… siente la necesidad de “compartir, porque eso también te hace crecer”.

¿Cuánto toma Las Estaciones del teatro iniciático de títeres de los Hermanos Camejo?

Lo primero que quise hacer cuando comencé en el teatro de títeres fue saber sobre qué terreno estaba pisando. Una vez me encontraba en Francia con una amiga rumana, Margarita Niculescu, y me pregunta por los hermanos Camejo, y yo solo tenía una referencia leve sobre el Guiñol Nacional en los años 60. Ahora son una referencia potente para mí.

Algunos profesores me hablaban de ellos, pero no de la impronta que tenían y creo que fue resultado de años de silencio, pero eso me dejó muy curioso. Al llegar a Cuba comencé a investigar y a descubrir que estaba sobre “cadáveres exquisitos”, pues eran gente que habían hecho a Fernando de Rojas, a Zorrilla… y me di cuenta, además, que mi profesión era de nivel y que estaba siendo continuador de algo inalcanzable. Me sentía orgulloso de saber que tenía un linaje potente.

Esa fue mi vida hasta la publicación, en conjunto con Norge Espinosa, del libro sobre la historia del teatro guiñol en Cuba, pues habíamos entregado al país, a mi profesión, un legado testimonial, gráfico, investigativo; y entonces me sentí titiritero con orgullo.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

Yo fui una persona antes del libro y otra después. Carucha ya no estaba viva cuando el libro fue impreso, pero sí estuvo en el proceso de creación y estaba al tanto de lo que sucedía con su arte en la isla. Desde entonces, para salvaguardar su legado, el concurso Uneac se llama Hermanos Camejo, y mi sala lleva el nombre Pepe Camejo…

Tengo en mi proyecto creativo ese vínculo que da la investigación y he hecho muchas obras que ellos hicieron: El patico feo, La caperucita roja, Pinocho, La caja de los juguetes… porque su teatro tenía un componente clásico y famoso que le aporta mucho a lo que hago.

Me llama la atención revisitar ese repertorio que ellos hicieron y saber por qué lo hacían, qué tenía de interesante y atractivo. Era meterme en esa camisa y ver qué se sentía, y se sentía bien difícil, pero no imposible, porque en ellos encontré el sentido esencial de la cubanía. Asumir el riesgo de comenzar un proyecto exploratorio de su obra y no tenerlo todo tan claro, tener algunas zonas de misterios que uno debe ir conquistando, eso es lo importante.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

 Sobre todo aproveché la experiencia que ellos asumieron de trabajar con personas como Leo Brouwer, Martha Valdés, Miriam Ramos, Iván Tenorio, Raúl Martínez, y eso era el completamiento de la profesión, era enriquecer la profesión, y es lo que yo también he hecho al trabajar con la soprano Bárbara Llanes, con el trovador William Vivanco, el cineasta Marcel Beltrán, con el pintor Alfredo Sosabravo, porque las buenas influencias hay que defenderlas, asumirlas y superarlas, y en eso estamos, porque la superación lleva tiempo.

 Acompañar la obra de los Camejo, defenderlos, continuarlos, es para mí es un ejercicio tremendamente hermoso.

¿Cómo asume Rubén Darío el “atrevimiento consciente” del teatro de figuras para adultos?

El mundo entero, o casi en su mayoría, a nivel artístico respeta y tiene consideración por el teatro de figuras, que es una potencia artística en cuanto a los elementos que utiliza. Ver el espectáculo de El Rey León de Julie Taymor con un nivel artístico y tecnológico impresionante, óperas como La isla encantada o Alicia en el país de las Maravillas, del Royal Ballet, que son espectáculos concebidos con títeres grandísimos obrados por los mismos bailarines, es un riesgo consciente creativo que se tiene que asimilar, que se debe probar…

Desconocer hoy el títere para adultos es como perderse una gran parte de la teatralidad rica e imaginativa que tienen los muñecos; y creo que ha sido un proyecto que no he querido abortar nunca y por eso me he tomado mi tiempo. Además, para este tipo de teatro se debe trabajar mucho y, además, equivocarte trabajando.

 Para eso hay que investigar, enamorar al colectivo con el cual trabajas para que sueñen contigo, para que viajen en ese mundo infinito de los títeres.

Las Estaciones protege las tradiciones del teatro para títeres, pero al mismo tiempo asume las técnicas de animación más experimentales y novedosas. Hablemos de dos cuestiones que no necesariamente tienen que contraponerse: tecnología y asiduidad al teatro.

Con la tecnología la tenemos difícil, competir con eso es casi imposible. He visto muchos espectáculos donde existe un derroche de tecnología y he quedado anonadado. En esos mismos espacios he presentado espectáculos donde los más adelantado ha sido la luz negra, que es de los años 50, y otros elementos convencionales como títeres planos, sombras, máscaras… y nos han elogiado mucho el hecho de presentar un espectáculo artesanal en medio de un espacio donde se presentan obras totalmente auxiliadas por la tecnología.

foto: Ernesto Herrera Peregrino

A veces quisiera contar con la tecnología para hacer cosas nuevas, pero a la vez la tecnología se come al ser humano y crea para su vida cosas que él pudiera crear de manera natural. El punto está en aprovechar lo hermoso que tiene el títere artesanal, lo tradicional.

La tecnología hay que asumirla poco a poco en la medida que puedas tenerla realmente. Esta es una especialidad de riesgos, sueños, investigación; de esa forma podrás lograr cosas que ni te imaginas. En las contradicciones a nivel creativo va el riesgo de equivocarte o acertar, y para suerte nuestra, hemos acertado bastante, porque hemos trabajado y experimentado mucho.

Teatro de Las Estaciones se mantiene a la vanguardia del teatro de figuras en la isla, con un estilo inconfundible y una límpida e irrepetible iconografía. ¿Cómo asume este reto?

Siempre que escucho la palabra vanguardia para referirse a Las Estaciones siento que el pecho me palpita porque es un compromiso bastante grande mantenerse a la vanguardia, pues significa mantenerse joven eternamente.

Los premios que hemos alcanzado han sido un resultado muy subjetivo de un jurado muy real, pero también hay que aprender que siempre no se puede tener un galardón en la mano, que cuando no lo tienes debes luchar por alcanzarlo.

Viajar también ha sido un privilegio para Las Estaciones, y eso lo hemos aprovechado. Además, nos mantiene en la vanguardia nuestras aproximaciones a la danza, la pintura, la música, el cine, el circo… Pero el teatro de adultos con actores te da también una coordenada diferente que te permite no enraizarte sobre ciertos patrones preestablecidos.

Pero lo que nos hace vanguardia es también no subvalorar nada y tomar de diferentes estéticas teatrales. Ser vanguardia es no aferrarte a nada y conocerlo todo del teatro de figuras, es ser auténtico en lo que haces. Pero lo más importante, es saber sentarte y levantarte y saber saltar, ver el mundo a distancia y verlo también de cerca, porque para la vanguardia no hay fórmulas, y también saber que la vanguardia dura poco.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

Es también exploración de la cubanidad…

No imaginas cuánto… Yo le debo a Dulce María Loynaz hacer un espectáculo con el Bestiario que ella escribió cuando adolescente, son poemas perfectamente representables. Le debo a Eliseo Diego hacer teatro con sus cuentos y sus poemas. Le debo de alguna manera a Virgilio Piñera hacer una Electra Garrigó con títeres. En el mundo de lo “cubano” todavía hay cosas que estoy dispuesto a realizar y defender, y de ese cocinar constante salen las obras más bellas, aunque decididamente la vida no me alcanzará para hacer todo lo que sueño.

¿Cómo logra la fusión del muñeco del retablo con la presencia en vivo del actor?

Stanislavski creo que le puso un reto al actor: actuar bien en vivo, y eso marcó a la profesión, la mezcla de un buen actor y un buen titiritero, son cosas que no pueden estar en contradicción, y si no eres buen actor, difícilmente serás buen titiritero.

Puedes manipular bien y lo harás brillantemente, pero vas a tener que salir en algún momento fuera y contactar con el público, intercambiar, y tienes que hacerlo bien.

 Hay que demostrar siempre que los titiriteros no somos menos y que somos excelentes actores y titiriteros. La esencia está en saber aplicar una cosa en la otra.

El actor titiritero debe disfrutar con el títere, lo que no es sinónimo de robarse el protagonismo del muñeco, la gracia está en creerte que el muñeco existe y es quien te está hablando. Hay que tener, además, una imaginación poderosa y eso, yo se lo robo a los niños, porque mantienen una organicidad tremenda cuando juegan y creen en la animación de los objetos como si fueran de verdad. Ellos son los mejores maestros.

foto: Ernesto Herrera Peregrino

La imaginería literaria de Norge Espinosa siempre se desdobla ante el público a través del títere de Teatro Las Estaciones, entre ellas la multipremiada obra Por el Monte Carule… ¿Qué simboliza este acercamiento a Bola de Nieve en la trayectoria de Teatro …?

Uno tiene figuras en la vida que va conociendo y te van moviendo el alma; uno es Martí, que siempre vuelvo a él. Otra figura es Lorca, que leerlo es único, y ya he hecho cuatro espectáculos sobre sus textos.

Dora Alonso, otra figura que conocí, con la que compartí, amé y amo todavía. Y está también Bola de Nieve, un artista completamente titiritero, oírlo cantar es como oír a un títere. Las letras de sus canciones son un retablillo.

Ese es un espectáculo (Por el Monte Carule) dedicado a Raquel Villa, hermana del Bola, a quien conocí y quien nos acompañó en el público en una de las puestas.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

El Bola es muy rico de interpretar por sus fraseos y sus interpretaciones en inglés, francés, italiano y hasta en chino. En la cultura cubana hay personajes perfectamente representables en el mundo de los muñecos y hay que enmarcar bien la mirada en esos personajes para representar, para promocionar, porque el teatro no puede ser algo estático, tiene que promover otras cosas.

Con la representación del Bola le estás legando al mundo un diapasón grandísimo de la cultura cubana y al mundo del títere, porque el retablo es para aforarse, no para ocultarse, y el retablo de Las Estaciones nunca ocultará nada, porque no podemos ir por la vida ocultando sensaciones, ni inspiraciones, hay que compartir con los demás lo que te hace palpitar, es de alguna manera, quizás una utopía, la forma de que no te olviden.

Hablemos del Taller Internacional de Títeres de Matanzas con más de dos décadas de creado…

Si realmente crees en el arte titiritero tienes que crear un espacio donde confluyen referencias mundiales para el desarrollo de este arte en la isla. Cómo puedes exigirle a la gente desarrollo y crecimiento si no le facilitas, en mi caso que conozco a grandes personalidades, esa experiencia.

 Durante muchos años luché para que viniera Fabrizio Montecci, uno de los grandes directores del teatro de sombras en el mundo, para que enseñara este arte en Cuba, pues lo traje y lo compartí con mis compañeros. Y el taller es eso, un espacio para dialogar, compartir, conocer, difundir… Es también abrir un proyecto como “Nuevos rostros del títere cubano”, para jóvenes de 18 a 35 años, básicamente proyectos working in progress de jóvenes interesados en hacer teatro de figuras.

El Taller abre también una zona para la Unión Internacional de Marionetas (Unima) y la proyección de documentales y otros materiales relacionados al arte titiritero.

¿Cree que el teatro para títeres en estos momentos es subvalorado?

Siento mucha lástima de las personas que lo subvaloran, porque es desconocimiento. No me gusta cuando mis colegas lo maltratan y no se dan cuenta de que el primer responsable de que el arte no se valore es el artista, ahí está el secreto.

Si tú no te quieres a ti mismo, nadie te querrá, sino te respetas, nadie te respetará. El arte debe superarse y el éxito de uno está en uno mismo, porque la vanguardia, esa que tanto me atemoriza por efímera, es siempre inabarcable.

Las Estaciones – Un niño llamado Pablo. /Foto: Sonia Almaguer, cortesía de Las Estaciones.

Si Rubén reencarnara en uno de sus personajes, si tuviera la oportunidad de insuflarle vida a uno de sus títeres, en cuál lo haría… ¿Qué personaje interpretaría a Rubén Darío?

La pregunta del siglo… No tengo hijos, mis hijos son mis muñecos y los quiero a todos por igual. Tal vez en término fantasioso y metafórico, si reencarnara en alguno, me encantaría ser Pelusín del Monte y tener una abuela como María Pirulín que me hiciera boniatillo, dulce de frutabomba y mantecados, que la molestara y ella me devolviera con besos y décimas.

Me gustaría poder entrar en esa imaginería fabulosa que Dora Alonso logró trasmitirle a un niño como Pelusín sin existir. Eso es una mentira entre comillas, quien conoció a Dora Alonso, sabe que Pelusín era Dora: sin miedo a nada, osada, simpática, dicharachera.

Es que uno es también un personaje, no hay que olvidar que estamos en el gran retablo del mundo. Pienso que debo ser un títere bastante díscolo, pues siempre estoy creando y haciendo cosas. Y quisiera ser todos mis personajes, quiero vivir una vida: hoy Federico, y mañana Martí, luego Bola de Nieve, seguidamente Dora Alonso… Es que soy un personaje, un personaje que me disfruto mucho.