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Las metáforas doradas

Dentro del panorama literario joven de Cuba, Elaine Vilar Madruga es, quizás, una de las voces más prominentes en los últimos años. Capaz de crear obras enmarcadas en varios (o casi todos) de los géneros narrativos; se caracteriza por su acertada dramaturgia, composiciones líricas, poéticas, capaces de despertar los más abigarrados sentimientos, personajes vivos, palpitantes, argumentos imbricados, madejas mágicas que el lector disfruta deshacer, poco a poco, a través de la palabra escrita, rastro del hilo de Ariadna en un laberinto de intertextualidad.

Cada nueva publicación de Elaine nos trae sorpresas imposibles de ignorar. Cada nueva obra que presenta al público lector reafirma el compromiso de la autora de transitar con paso firme por el camino interminable que es la literatura.

Queda evidenciado en su última novela Los años del silencio, recientemente publicada por la editorial española Dilatando Mentes. Un texto cargado de simbolismo, metáforas precisas, personajes femeninos fuertes, que golpean, que sufren, personajes que se corrompen bajo las garras del poder, hombres que sueñan y presagian destinos desde la muerte, y artistas en busca de la perfección.

Porque Los años del silencio es una novela dedicada al arte en todas sus vertientes, pero más al teatro, donde a través de varios de estos singulares personajes nos acercamos a las interioridades del Kabuki japonés.

–Cuando comenzaste a planificar la historia de Los años del silencio, ¿cómo resultó ese proceso de investigación acerca del kabuki? ¿Por qué elegiste el teatro tradicional japonés para que resultara hilo conductor de la novela?

Investigación teatral y dramaturgia son hilos, con salvedad de la metáfora que siempre me han servido como materiales textuales. Hay cierta atmósfera de misterio —ocurre cuando la condición de desconocimiento se troca en curiosidad— que rodea a otras tradiciones teatrales que no son las precisamente occidentales; dicho en otras palabras: el teatro tal y como lo conocemos desde nuestra condición hemisférica no es la única, ni siquiera la mejor, forma de teatralidad o de ritual.

Esa niebla que existe en torno a otros procesos de la escena no occidentales, esa condición que es liminal, siempre me interesó. De alguna manera, Los años del silencio es el resultado de una investigación y una deuda que tengo con mi formación dramatúrgica.

Antes te mencionaba la palabra ritual. Como ves, unas poquitas sílabas que se desbordan en su contenido. Toda teatralidad conlleva una forma, así sea abstracta, de ritualidad. Lo que sucede es que, en las tradiciones no occidentales, el ritual aparece mucho más imbricado a la condición de escena. Sucede así con el teatro kabuki, pero no de manera exclusiva. Habría que observar con atención al mundo hindú, japonés, chino, por solo mencionar tres formas de concebir el rito, la escena y el universo.

Mi investigación sobre el kabuki fue limitada, te lo confieso, y hablo de la limitación sin tapujos por lo difícil que resultó para mi mente, signada por lo occidental, entender el fenómeno en toda su extensión y dimensión.

Portada de Los años del silencio. Editorial Dilatando mentes, 2019.

Hay códigos que se me escapan, y son códigos que no están marcados ni siquiera por cercanía o lejanía geográfica, sino por las diferentes maneras de concebir un mismo fenómeno. La novela es mi intento de encontrar un camino hacia la comprensión. En un mundo ideal me habría gustado ser testigo directo de funciones de teatro kabuki, más que ser espectadora que visualizó los procesos a través del deficiente método de la observación indirecta (dígase videos, conferencias, etc.).

 Como en arte todo es proceso —y camino— aproveché la niebla del conocimiento incompleto —en arte, todo conocimiento es incompleto— y la cubrí con la argamasa de mi narrativa, con mis personajes y sus obsesiones, con el hilo o eje conductor que rigió a estos actantes de la escena del poder y de la vida. Fui en busca de sus objetivos, de lo que en realidad los quebraba, los contenía o los desbordaba. Fue un método no vindicativo ni de omisión, sino de construcción conjunta.

Del teatro kabuki me interesaba, sobre todo, la disciplina del oficio y los larguísimos años de formación y preparación a los que se someten los actores. La tradición se hereda, es un preciado don familiar que se piensa como legado y merecimiento.

Y luego, también, me atraía la figura del onnagata —actor masculino que asume los roles femeninos— y el proceso de transformación y transmutación que ocurre en este sujeto; proceso que no es solo físico, ni de enmascaramiento, sino metamorfosis espiritual. Como ves, existía material suficiente para la curiosidad y la provocación, dos de los ejes fundamentales que deben poner en movimiento cualquier proceso de escritura. La literatura es eso: curiosidad y provocación. Todo lo demás es un sinónimo o una resultante.

–A través de diversos capítulos nos acercamos a personajes que al inicio tienen un breve destello de presencia, y después cobran vida a través de monólogos que se adaptan al desarrollo de la historia, ofreciéndonos un punto de vista interesante, sosteniendo un armazón de intrigas y traiciones. ¿Cómo estos fantasmas que sueñan en la Ciudad del Silencio se convierten en parte importante del argumento? ¿Cuál es el simbolismo encerrado en sus discursos, y su vínculo con el teatro?

La novela en sí es muy teatral, no solo por las conexiones evidentes que tiene con el mundo del kabuki sino porque la escritura del texto —de alguna manera no tan mistérica— se impregnó de ese espíritu.

 El libro es teatralidad llevada a la narrativa, no puedo pensarlo de otra manera. Si a eso le sumas que es una novela contada desde diversos puntos de vista, entonces te darás cuenta que todo está relacionado con una condición de escena y de personaje.

No es secreto: en mi escritura, los personajes siempre son el centro; no creo hayan —o al menos no las noto— excepciones en todo mi proceso de trabajo. Encontrar sus tonos, sus historias, sus secretos, es mi gran búsqueda. Luego viene la forma, el cómo se cuenta lo develado, el cómo se aborda el ritual desde un espacio que no solo sea el cuerpo de los personajes —aunque también— sino también el recurso de su(s) método(s) y del mundo que los habita.

Algunos de los personajes de esta novela viven a un costado de la realidad; pero esta es siempre una realidad llena de costuras, una realidad permeable, que puede ser transpuesta. La Ciudad del Silencio no es más que el velo donde se produce ese cruzamiento.

Creo que, en sentido general, todos los personajes de esta novela son cadáveres andantes, colindan en los límites de la vida y la muerte; de ahí que les sea tan simple comunicarse con un tipo de mundo otro. Si ese mundo es real o no, queda en mano de los lectores: como autora, no aventuro a tanto.

–Hablamos sobre el personaje de Harune y su afán por lograr la perfección de su arte: ¿esto ocurre realmente en el teatro, en el mundo de la actuación?

Ocurre en el mundo del arte. Ya no sé si es una obsesión recurrente o algo que parezca demodé a los ojos de la mediocridad que reina en todos lados en estos tiempos que corren. Pero la búsqueda de la perfección, ¿acaso no es un motor humano, más que artístico? Este es un concepto que tiene que ver —o está muy relacionado— con la sed de conocimiento de Fausto, el de Goethe.

Y es el motor silencioso —quizás menos visible— de muchas de las criaturas de Shakespeare. Te menciono dos casos, hay otros, y eso que solo me circunscribo al contexto literario, o más específicamente, al dramático.

Harune, de alguna manera, es la síntesis y la sumatoria de estos otros personajes. Se debe a ellos y es, a su manera, igual de monstruoso. Solo que su monstruosidad —que es también su belleza— está ligada a la idea de alcanzar todo su potencial, de hacer que el potencial eclosione, de llegar a un peldaño más alto en un ciclo infinito de ascenso.

En el teatro kabuki, la perfección es, más que una búsqueda aislada, la meta, y es este un concepto que mucho tiene que ver con la transmisión del conocimiento a las nuevas generaciones y la conservación de la tradición. De ahí que lo actores del kabuki se enfoquen en la especialización de determinados roles, a los cuales dedican toda una vida de trabajo y cuya formación comienza desde las más tempranas edades.

Te confieso que mi relación con los personajes de esta novela fue de fricción, no de convivencia ni de conveniencia. Pero la fricción fue interesante, provocó escoriaciones y, una vez que la piel textual volvía a crecer, provocó también nacimientos. Con Harune, el proceso se hizo especialmente lijoso. Creo que eso sucede cuando hay vida y divergencia, que es mejor que el sencillo asentimiento, el asentimiento acéfalo.

Cortesía de la entrevistada.

–Mezclas de manera homogénea teatro y ciencia ficción para ofrecer una visión única, con lo cual, la novela adquiere tintes de un universo ya conocido por tus lectores a través de Salomé, la primera entrega de El trono de Ecbactana, y la mayoría de los cuentos que aparecen en Los arcos del norte. ¿Tienes planeado conectar estas historias a través de una novela o una saga?

Desde hace unos años soy especialmente consciente de que todos mis universos se tocan, incluso aquellos que parecen más lejanos o divorciados a una primera y superficial mirada. Escribir al tanto de este fenómeno es algo positivo, no te lo niego, porque te permite establecer conexiones, hilar una madeja con otra, despierta la curiosidad y la provocación.

Pero también —nada es perfecto— es un ejercicio que te obliga a realizar constantes asociaciones. En este universo que contiene a todos los otros, no puede haber tejido suelto. La mirada tiene que ser macro, no microscópica, aun cuando me ocupe lo pequeño y lo invisible. El oficio ayuda un poco, sí.

Ayuda en el sentido de que he planificado mi escritura como un mapa que se va develando en la misma medida en que los lectores consuman más de mis libros. No pasa nada si leen solo uno, porque el universo contenido dentro de este es autónomo, pero siempre he intentado dejar pistas, zonas en blanco —al menos zonas nebulosas— que hagan que el lector inquiera sobre las conexiones posibles.

Sé que quien lee dos o más de mis libros empieza a establecer esos vínculos. El lector es sabio. El lector es inteligente. Uno no debe deglutir la materia de la literatura, sino entregarla pura, en bruto, diamante contenido en la piedra. El escritor debe confiar en el lector. Ahí ocurre el primer pacto ficcional.

–Surge en la novela la alusión a la trinidad femenina (La Doncella, la Madre, la Vieja), no a través de un conjunto de personajes cercanos, que tampoco son conectados con facilidad, pero sí dispersos a través de las diferentes voces que componen la obra. Se percibió un destello de esta trinidad en la primera entrega de El trono de Ecbactana, así como en otros cuentos con reminiscencias de este universo que comienzas a tejer; ¿qué tan prominentes se han vuelto los personajes femeninos en tu obra?

Siempre han sido prominentes. Imagínate: si escribo desde mi cuerpo, y mi cuerpo es femenino, esta es una condición que me acompaña, que es difícil de obviar, aunque —como siempre digo— no es limitante, no es barrera, no es muro. Con esto quiero decir que no siento que ha habido una transición evidentísima en mi obra, digamos, de un estado donde los personajes femeninos fueran secundarios a un ahora donde parecen ser los ejes de mi pensamiento.

Hay lecturas y lecturas sobre ese tema, por supuesto, y no vamos a discutirlas en esta pregunta de la entrevista porque forman parte de la prehistoria. En este momento de mi vida como escritora se han abierto —o develado, no sé con honestidad— una serie de preguntas que giran en torno a la identidad femenina.

 O, mejor dicho, porque no me gusta limitar la literatura a un asunto biológico, prefiero anotar: sobre la identidad, omitamos otro calificativo. Biología y género parecen conceptos asignados al nacer —cuestionable esa afirmación cuando menos: no hay tamaña irreversibilidad en este mundo—; por tanto, esta inmovilidad debería ser vetada en literatura.

A mí me gusta construir buenos personajes o, al menos, personajes vivos, no importa si estos son criaturas femeninas o masculinas (sospecho que esta búsqueda es común a tantos otros como yo). No debería ser visto con sospecha que una escritora pueda erigir personajes masculinos sólidos como tampoco se le ha de pedir a priori que se enfoque en desarrollar personajes femeninos dotados de igual densidad, solo porque se supone que es lo que le toca hacer en favor de su género.

No, eso no es literatura, no es libertad —ni libertad creativa ni de género—, es simplemente un enfoque biológico permeado por una ideología hecha a palos. Entonces mi letra es esta: que cada cual otorgue forma a los personajes que quiera, siempre que lo haga bien.

Como mismo me encanta ver que mis colegas hombres son capaces de doblar una condición biológica para crear a sus dramatis personae femeninos, disfruto ver a escritoras que no sienten que su cuerpo es la barrera que define su literatura, su oficio ni su pensamiento. En materia de libertad siempre vamos atrás, anquilosados, ¿pero hasta cuándo…?

Cuando esos temas dejen de importar, entonces podremos hablar de una literatura sin barreras, sin apellidos o calificativos, sin condiciones ni exclusiones. Los años del silencio, en específico, es una novela sobre mujeres, sí, y he intentado que estas tengan relieve, fricción y escoriación. En otras palabras, que respiren y que me nieguen. Ese es su papel en este mundo.

–Una de las protagonistas de Los años del silencio, Kiandara, atraviesa por varias etapas en su crecimiento espiritual (Kiandara Ruiseñor, Kiandara Princesa, Kiandara Reina). ¿Cómo ha actuado el poder sobre este personaje al que vemos levantarse desde las cenizas?

Bueno, esta es una pista importante, has dicho la palabra clave desde el principio: poder. Digamos que es un concepto antiquísimo relacionado con la frase —lugar común—: una “espada de dos filos”. Esos dos filos, esas dos visiones, aparecen resumidas en Kiandara. Pero no solo en ella, también en Harune, en Orsini, en Oma, en todos aquellos que habitan el universo específico de esta obra.

Los personajes han sido atravesados por esa hoja y, por tanto, se han contaminado. Hay belleza y horror en ese acto y, creo también, en las vidas de todos los personajes, hasta el punto de que sus monstruosidades se transforman —al menos así lo entendí yo como autora, proceso deficiente, por otro lado— en sus excusas para lidiar con la realidad.

En determinado punto de la novela, la realidad los desborda, la realidad se niega a contener a los personajes. Hay impureza en el poder pero también purga. En mis criaturas no hay monstruosidad irreversible, y es lo que espero que los lectores puedan ver y descubrir. Lo anhelo profundamente.

–El título Los años del silencio posee un sinfín de metáforas, referencias e interpretaciones. ¿Cómo lo concibes como autora?

Es un título que habla de la libertad. De esa libertad que solo se alcanza cuando se ha perdido todo, cuando se ha cruzado demasiadas veces la frontera entre el bien y el mal. Esta es una libertad silenciosa (y pírrica, quién lo duda), que no es cuantificable en palabras y, por lo tanto, tampoco calificable.

–Además de esta novela, ¿cuáles son las publicaciones futuras de Elaine Vilar Madruga? ¿Seguirán el camino de la ciencia ficción y la fantasía?

Mi escritura ahora mismo es una sumatoria de incertidumbres donde, por suerte, no falta la creación. He vuelto a escribir teatro luego de un tiempo en que me negué a retornar a los predios dramáticos. Es una relación hermosísima la que tengo ahora mismo con la dramaturgia: hay en ella mucho de cuestionamiento, de revisitación.

En algún lugar de mi mente se está incubando una novela “realista” —vamos a destacar la palabra con comillas, por aquello de las definiciones entre géneros que nunca me han interesado— y al menos una decena de otros proyectos relacionados, directa o indirectamente, con lo fantástico.

Entre ellos, culminar la trilogía El trono de Ecbactan”, cuyo segundo libro verá la luz —cruzo los dedos, voy a necesitar mucha suerte— en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana.

Con el fin de la trilogía termina una etapa en mi creación y nace otra. Los años del silencio es ya una muestra de lo que se avecina. Después de un libro que sientes definitorio se necesita una renovación del pensamiento —proceso que debería ser totalmente orgánico, aunque en ocasiones requiere impulso—, de los modos y formas de decir. ¿Lo que vendrá?, aún no lo sé. Pero en la incertidumbre hay belleza, y también mucho de certidumbre.


“El café amargo no es para todos”

Conocí la obra de Sussette Cordero gracias a un amigo en común –uno muy querido por ambas– y desde entonces, gracias a la lejanía y proximidad que las redes sociales propician, he ido rastreando un poco su trabajo. Sussete es escritora y cubana; su honestidad cruza la cuarta pared –esa cuarta pared confortable que las páginas de un libro traen consigo– para llegar a los lectores o, simplemente, a aquellos que quieran leer una de sus entrevistas, o un fragmento de estas, con la esperanza de llegar a quien se encuentra detrás de las palabras. Esta entrevista es el pretexto para dar ese primer paso.

 

Tu primer camino artístico no fue la literatura, sino la música. ¿Existen puntos de conexión entre la creación literaria y la musical que te hayan servido, más que como experiencia, como parte de algún proceso de trabajo?

La música fue mi primer acercamiento al arte. Ya leía desde mucho antes. Pensar en escribir, en hacer de la literatura mi mayor pasión, no, eso no. Pero el acercamiento a la música me abrió las puertas al mundo del arte, de tal manera que en los primeros pasos de este andar escribía bajo los efectos de alguna pieza, casi siempre necesitaba un background para que las palabras vinieran, de algún modo, de manera más ordenada, más seguida, más lógica. Pero esos fueron los inicios, cuando uno cree que necesita cierto ritual, o ciertas circunstancias para realizar el –en ese momento considerado sagrado– acto de escribir. Ya no: ahora la música es algo paralelo, me encanta; pero en el proceso no es necesaria. Creo que son manías, es circunstancial también: sucede a veces, a veces no… todo depende del momento o de lo que se escuche.

 

Fuiste editora de la Revista de Arte y Literatura Esquife. ¿Qué aportó la labor editorial a tu visión como creadora?

Trabajar en Esquife fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. Estaré siempre agradecida con Jorge Enrique Rodríguez y con Yanni Monzón por haber pensado en mí para ocupar un pequeño espacio en la realización de esta revista. Trabajar con gente que sabe lo que hace, o por lo que pelea, es algo que no tiene comparación. Uno se siente más seguro, más dado a lo que hace, se entrega de manera más completa. La labor editorial es riesgosa, imperecedera. Esquife me dio las armas para aprender de las verdades y las miserias de autores y decidores, y me dio la libertad para desangrar ciertos puntos de vista, desde los cuales hoy miro, con una luz diferente, al resto de los mortales.

 

¿Crees que, en el panorama literario actual, el cual de alguna manera compartes desde la distancia, es necesaria la concreción de proyectos colectivos? ¿Vive el autor demasiado encerrado en su burbuja de individualidades?

Creo que más que una estrategia de autores o de individualismo, es un problema de humildad, de envidias y desidias, con las cuales los seres humanos hemos tenido que lidiar desde la creación. ¿Es necesaria la integración? Sí. ¿Es necesaria la humildad? Sí. ¿Es necesario que los autores cubanos nos demos cuenta de una buena vez que no somos el ombligo del mundo? Sí, es necesario que sepamos que si no existe cooperación, armonía, entendimiento, los proyectos futuros continuarán siendo malos, desastrosos, hechos a punta de traspiés, de “quítate tú pa’ ponerme yo”, de faltas de calidad, sin lógica ni belleza alguna. Y también es necesaria la preparación. No se puede elaborar un proyecto sin una investigación mediante, sin un objetivo lógico.

 

«Â¿Hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?»

 

He leído propuestas de proyectos que sinceramente no tienen la calidad suficiente para ser publicados y, aun así, por encima de eso, salen a la luz y hasta son publicitados de la peor manera. Y el mundo lo sabe, que es lo peor. Ya en este siglo, nadie se puede esconder, nada se puede esconder. Y te tropiezas con alguien y te dice: “¿tú eres cubana?, ¿escritora?, oh, leí la antología de fulanita de tal, ay, pero en esa antología se salva un cuento”. Y una que es de Cabañas y Centro Habana, de chancleta y croqueta, aunque sabe que tiene toda la razón, se hace la enfadada, se levanta de la mesa y le dice en su cara: “cuando en la historia de la literatura de tu país tengas a un Lezama, avísame”. Pero, ¿hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?

 

Muchas veces se ha hablado –y debatido– sobre el tema de la “generación”. ¿Te sientes, por cercanía o distancia, parte de una promoción o un grupo?

No me siento parte de ninguna generación con nombre o sin nombre. Tengo un largo camino recorrido porque mi interés por la literatura es como aquel cuento cheo de “desde que te vi, me enamoré de ti”. Ese mi caso. Yo fui una niña que supo que amaría la literatura en cuanto tocó un libro, en cuanto descubrió un closet lleno de libros viejos y húmedos. Yo he leído y escrito lo que he querido.

Muchas veces no coincido con algunos autores cercanos a la que pudiera ser mi generación, como también a veces me alejo descomunalmente de lo que opinan o piensan las llamadas vacas sagradas. Yo soy un ser de multitudes, a mí cualquier cosa que me convenza, que vale la pena, me viene bien; eso sí, soy irreductible, difícil de convencer, si quieres que cambie de opinión, hay que hacer valer el argumento y eso es demasiado complicado para los llamados grupos generacionales. No quepo en cualquier saco, obviamente, el café amargo no es para todos.

 

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Mi proceso creativo… usaste la palabra proceso y eso es casi la respuesta. Parece trillado, pero el proceso es el verdadero placer de la escritura para mí. Padecer cuando comienzo a dar vida a algún personaje y veo que es un ser despreciable, alegrarme cuando consigo algo que considero bastante terminado, completo, digno de ser leído. No tengo mañas, sí creo que el contacto con el agua me refresca, por decirlo de alguna manera.

Mis mejores ideas vienen fregando, no te imaginas lo insoportable que se hace correr a quitarse los guantes (sí, porque friego con guantes y que digan lo que quieran) para hacer alguna anotación, escribir una palabra, una oración que vino de pronto, y aun así se disfruta. No necesito desnudarme, encerrarme, rayar paredes, ni ponerme tan poética. Lo mío es normal, natural, pero un poquito “acelera’o”.

 

Yo maté a Marilyn Monroe: con un título tan curioso has publicado uno de tus libros, amparado por un sello editorial español. ¿Podrías comentarme un poco del texto? ¿Cuándo lo creaste?

Este libro nació cuando comenzaba mi maternidad. Es un libro muy femenino. Creo que en la búsqueda de mi ser como mujer, esa que creemos perdida y que tanto traté de cuidar durante mi embarazo, nació ese libro que en parte también es un grito a la fuerza de una mujer que brama, y aúlla como fiera, una mujer que no quiere renunciar a su sentir, a su sexualidad, a lo que siente físicamente, a lo que es y no dejará de ser nunca.

Es un libro que me ha traído grandes alegrías, y también grandes desatinos. He tenido que lidiar con las conservadoras, que no son pocas, y también, por qué no decirlo, he tenido que despertarme de madrugada para que una amiga que vive en Europa, con todo el despiste del mundo, me llame a las 3:00 AM y me diga, gritando, literalmente, “¡ya terminé de leerlo! ¡Me encantó!” (Grito sin fin).

 

¿Crees que los temas, las obsesiones de un creador, tienen un tiempo de vida limitado o están “condenadas” a reciclarse, una y otra vez, en su escritura?

Cada creador responde a su tiempo. Eso no es algo que deba fundamentar demasiado porque está en la historia. Lo que no quiere decir que ciertos alientos no confluyan en tiempos lejanos. Hace poco vi en las redes sociales una fotografía de Fan Ho, el célebre fotógrafo y director chino, y me recordó muchísimo a El perro, de Goya. Lo comenté con un amigo y, ciertamente, encontramos el mismo aliento.

 

En tu experiencia, ¿cuáles son las principales limitantes, espirituales y materiales, del joven escritor en los tiempos que vivimos?

Hablar de las limitables materiales sería un desvarío, me alegra que preguntaras por las espirituales.

La escritura es un territorio hostil. La gloria no sirve de nada cuando no has puesto en marcha todo tu esfuerzo. Hay jóvenes escritores que son magníficos. Gente que tiene un talento extraordinario y que prefiere mantenerse al margen, cosa que me parece muy bien. Pero esa es una opinión demasiado personal, un criterio que he defendido siempre. Tu obra no necesita un mural, tu obra necesita fuerza, carácter, y ella sola será capaz de brillar.

 

«Siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire»

 

En la Cuba de hoy tenemos el gran sentimiento nacional, ese que no puede dejar de ser mencionado y del que Virgilio nos advirtió tantas y tantas veces. Eso es aterrador. Conocer la historia de gente que tiene una obra inédita abrumadora, y ver la mayoría de las cosas que se publican en Cuba hoy, es deprimente. No quiero entrar en la discordia de viejos, jóvenes, letrados, chancleteros, creyentes o no creyentes, pero no creo que la literatura cubana de hoy vaya por un camino sólido.

Cuando voy a la isla recorro las librerías, bueno, los libreros, algunos rincones donde encuentro maravillas. Y también compro, gracias a mis amigos, las obras premiadas en el tiempo que estoy fuera, lo que publica la gente más joven, siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire.

 

Entonces, ¿piensas que la escritura que se hace hoy día no está destinada a perdurar?

Es una pregunta difícil, que puede traer amargos tragos. Pero intentaré no ser condenada (Muerta de risa). La literatura no es una moda. No es Gucci, ni Supreme. La literatura, como yo la veo, es algo más hondo, es serio. Hay mucha gente queriendo hacer cosas serias, jóvenes que quieren de verdad crear proyectos libres de pensamiento, de palabra, gente que se forma y se sostiene sobre lecturas que de verdad aportan. Pero son minorías.

En la Cuba de hoy, en la literatura cubana de hoy, algunos autores no se preocupan por fundamentar su actitud ante/con/para la literatura. No puedes creer que por llevar un par de Converse, gafas y un cigarro en mano, eres escritor. No es así, no para mí.

 

«No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro»

 

No eres escritor por haber leído un par de libros y tener dos versos que valen la pena. Si no sabes perseverar, chapotear en el fango una y otra vez hasta pulir el diamante que crees ser, nunca serás un buen escritor. Yo sé de alguien que es tan buen escritor, que cuando se sienta a escribir se dice ser el mejor escritor de este mundo y, al terminar la última oración, se va a la cama creyendo ser el peor. No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro.

 

¿Qué artistas han marcado tu vida y por qué?

Salinger. Definitivamente Salinger. Pero aunque me dedico a la literatura, mis mayores referentes no son escritores. Es un poco raro, pero es así. Mis mayores referentes vienen de las artes plásticas. El Bosco, Manet, Vermeer, Chagall… ¡amo a Chagall! Pasando por la decadencia del arte contemporáneo y dejando atrás la vergüenza de algunos autores como Wilfredo Prieto, amo la obra de artistas jóvenes como Cirenaica Moreira o Ernesto Rancaño.

Y es bueno aclarar, porque mucha gente me pregunta esto: sabes que mi hija se llama Frida, y por eso muchos asumen que soy una gran devota, fan, loca por ella. Y en gran parte mi admiración hacia Frida Kalho no es exactamente por su obra, mas sí por su valor ante la vida. Eso sí que fue estremecedor.

Pero si tengo que hablar de mujeres que en el arte fueron y serán siempre un referente para mí, podría mencionar a Remedios Varo, a Leonora Carrington o Nina Kandinsky, a la que la historia opacó por años y años. Quizás debería mencionar a algunos escritores, pero si soy sincera, no son mis mayores referentes.

 

Cuba y Panamá son tus dos tierras, ¿qué llevas de ambas a tu creación?

Panamá es un país hermoso. De una naturaleza envidiable. Al principio me molestaba un poco que la cultura y los temas afines con la literatura fueran tan vanos. Pero uno aprende que el medio social no es lo que importa. Quizás vivir acá me hizo darme cuenta de que no necesito charlas ni eventos literarios para sobrevivir. Al contrario, estar lejos me ayuda a formar mi propia versión de la Sussette que siempre quise ser. Apartada del ruido, de los eventos sociales, del qué dirán.

He aprendido que se logra mucho más si aprendes a estar solo con tus pretensiones. Hice de mi casa mi propia galería, de mi librero mi rincón para estar en paz con mis fantasmas. Hace poco me invitaron a un festival internacional de poesía y me siento halagada. No digo que el intercambio con otros autores no me agrade, pero siento que no es primordial. Ya no.

En el caso de Cuba, pues es mi país, allá están la mayoría de las personas que admiro, la gente que quiero, los amigos, la familia. Regreso y el tiempo no alcanza, ni las interminables charlas sobre la literatura y los chismes del momento. Es una enfermedad que no se cura, esos dos van de la mano: chisme/literatura. Siempre me río mucho, reírme me ha salvado de no infartar a veces.

Creo que esa dualidad de sentimientos está un poco mezclada en mi poesía. La sensación de haber encontrado la paz interior y el regreso a las raíces.