Procesos creativos


«Los actores que más valoro son aquellos que más arriesgan»

En el ámbito teatral de La Habana poco se ha escuchado de Tanis Nápoles. No obstante, desde la creación silenciosa y paciente, esta joven actriz lucha por abrirse paso en los caminos, a veces intrincados, de la escena nacional. Miembro desde hace años de Laboratorio Fractal, trabajó en la obra La Caída, de Raúl M. Bonachea Miqueli y justo ahora, con este mismo colectivo, enfrenta como asistente de dirección el montaje de Cuerdas percutidas, proyecto por el cual Laboratorio Fractal obtuviera la más reciente Beca de Creación Escénica Milanés.

¿Qué caudales de experiencias, sacados de la vida cotidiana, usas como material para construir tus personajes dentro del mundo particular de una obra?

Las experiencias las voy utilizando en dependencia de lo que el personaje me aporte. Por lo común busco la similitud con la historia y con mi vida personal; eso sí, sin llegar a particularizar. Tengo presente siempre la diferencia entre la historia del personaje y la mía propia. Trabajar con la memoria emotiva es una de las principales acciones que realizo para lograr los sentimientos que necesita el texto en el que esté trabajando. Esto me ayuda a continuar y progresar en la elaboración de mi personaje.

Un buen actor, ¿de qué no puede carecer?

…De una buena imaginación, porque esta es la que permite lograr creatividad en el trabajo, es la que te ayuda a diferenciar un personaje de otro, y además te permite construir una línea de historia, siempre de manera diferente para sí no caer en lo cotidiano o lo monótono. Un actor debe tener una buena preparación física, una presencia escénica que le permita mostrar una actitud teatral. De igual forma una preparación de voz y dicción, que le contribuirán también a la formación de un personaje sólido. El físico y la voz son las herramientas fundamentales ya que son las primeras lecturas que el espectador puede ver desde el comienzo de la obra.

Entonces, ¿son estas las herramientas técnicas, tanto físicas como mentales, que valoras más en la formación de un intérprete teatral?

Los actores que más valoro son aquellos que más arriesgan, que siempre están buscando elementos nuevos para su carrera. Que incursionan en todo y conocen de todo un poco. Admiro a aquellos que hacen musicales, por ejemplo: creo que son de los actores que tienen una mayor preparación y un entrenamiento totalmente riguroso, ya que dominan la técnica vocal, son capaces de bailar y a la vez interpretan personajes.

Enfrentarse a un nuevo texto suele ser siempre un reto en la vida de un joven intérprete. ¿Cómo te aproximas a la poética específica de un dramaturgo?

Primero leo varias veces la obra en la que voy a trabajar y trato de entender el porqué de la escritura del texto, qué quería decir el autor, cuál era su intención al concebir una pieza determinada.

Si tengo la oportunidad de estudiar su vida también busco información sobre esta, de forma tal que vayan surgiendo las respuestas a las preguntas que puedan aflorar durante la lectura de la obra.

Me gusta indagar en los datos de la vida personal de los autores porque muchas veces las respuestas a todas las incógnitas del texto están justo ahí. Como ya te dije, creo que la escritura se basa mucho en las experiencias personales. Luego, a esto se incorpora la práctica, el entrenamiento diario que permite a los actores explorar los límites del cuerpo y superar nuestros miedos. Es preciso no poner en nuestras mentes una pausa ni una barrera.

foto: Mauro Cantillo/ Cortesía de Tanis Nápoles

El teatro es un arte que requiere, como condición indispensable, del trabajo en equipo. ¿Cómo se enfrenta la vida teatral desde la noción de lo colectivo? ¿Cómo defender la independencia de criterios dentro del sistema de la obra?

Más que un grupo llegamos a ser una familia (y también a construirla). Una familia donde todos nos apoyamos, sin olvidar que nuestra principal misión es sostener siempre el grupo de teatro, porque esa es la esfera, el espacio que nos mantiene unidos. Para defender nuestra independencia de criterios dentro de la colectividad es preciso transmitir nuestras verdades y buscar el aporte mutuo de conocimientos.

En mi experiencia, me he dado cuenta que traer propuestas de ejercicios para realizar en conjunto nos une más como grupo. Como conclusión, creo profundamente que en un buen equipo de trabajo se respetan los criterios de todos, puesto que nuestras miradas e ideas tienen el derecho a influir en el texto o el montaje, siempre y cuando no afecte a la visión del director sobre la obra.

¿Cuáles son los personajes que te interesa interpretar? ¿Y los directores con los que te gustaría compartir visión escénica?

No tengo preferencia alguna por tipos de personajes, creo que cada uno una función importante dentro de la obra. Todo texto que me toque defender lo hago con amor y durante todo el tiempo que sea posible. Por ejemplo, te confieso que nunca estoy conforme con el tiempo que nos ponen de temporada en el teatro, siempre me quedo con deseos de hacer más.

Respeto mucho a los directores, por supuesto, pero no tengo elección por ninguno en específico. Estoy dispuesta a trabajar siempre.

foto: Mauro Cantillo/ Cortesía de Tanis Nápoles

Formas parte del equipo de trabajo que estará llevando a la escena, bajo dirección de Raúl M. Bonachea, Cuerdas percutidas, proyecto que obtuviera recientemente la Beca de Creación Escénica Milanés. ¿De qué manera transcurre el diálogo y el debate de criterios dentro de un equipo que cuenta con artistas de diversas especialidades? ¿Qué visión defenderán con esta puesta?

El diálogo transcurre de forma alegre y dinámica siempre: todos exponemos nuestras ideas para lograr entendernos, pero al final, la visión que se defiende y se refuerza con nuestros criterios es la del director, y eso es lógico, es natural. Raúl siempre nos escucha y si el equipo llega a la conclusión que se debe de cambiar algo pues se revisa con el fin de lograr una mejor puesta en escena.

Con Laboratorio Fractal actuaste también en La Caída, con texto de Raúl M. Bonachea y una vez más bajo su dirección. ¿De qué forma se reutilizó el material histórico para así conseguir un diálogo entre los jóvenes de hoy y los actores?

La Caída fue toda una experiencia para el equipo que trabajó en el montaje. Cada uno de nosotros cumplió una misión: desde la búsqueda de información hasta la gestión de una entrevista con personalidades de nuestro país. Logró enamorarnos de la Historia y de la obra porque toda nuestra vida giraba hacia La Caída.

Fue una forma de contribuir a que los jóvenes de hoy entiendan la importancia que subyace en el hecho de conocer la Historia de nuestro país, con sus pros y sus contras, con sus luces y sombras.

En el teatro, como en la vida, lo más importante es no juzgar a nadie. Nosotros no estamos para eso sino para observar y, con suerte, no repetir los mismos errores del pasado y ser capaces de retomar las ideas que en verdad valen la pena.


«Escribir, mi necesidad de expresarme» (+ fotos y audios)

No es la primera vez que converso con Elizabeth Soto en forma de entrevista. La anterior, después de la presentación de Escritos sin rabia, su primer poemario, bajo el sello de Ediciones La Luz, fue publicada en este mismo sitio. Ahora volvemos sobre algunos de esos temas, con la excusa del reciente lanzamiento de La joven luz: Entrada de emergencia. Selección de poetas en Holguín, ebook y audiolibro de La Luz que reúne la obra de 15 jóvenes voces en la provincia. Una de esas voces líricas es Elizabeth Soto.

Elizabeth, diagramadora de esta editorial, realizó, además, parte de la edición de los textos incluidos en La joven luz… Todo esto, sumado a su obra reciente y su labor en la traducción poética del francés, suman motivos para volver sobre su trabajo y su obra literaria.

Elizabeth Soto – Postal – Ediciones La Luz

–Aunque en Entrada de emergencias… predominan los autores inéditos, ya tú tienes publicado un poemario, Escritos sin rabia, editado también bajo el sello de Ediciones La Luz… Hablemos un poco de este libro, ya a más de un año de su publicación, y de lo que representa para una autora joven publicar su primer poemario y que sea por La Luz…

Han pasado muchas cosas interesantes que no pensé descubrir con tan solo una publicación. Realmente han sido el motor impulsor para seguir escribiendo, a partir de las presentaciones de Escritos… conocí muchas personas que compraron mi libro. Me complace decir, como integrante del equipo editorial de Ediciones La Luz, que varios ejemplares están diseminados en menos de un año por países como Estados Unidos, México, España, País Vasco, Colombia, Austria, Argentina… Que las personas se acerquen y te digan que se identifican con tu literatura proporciona una felicidad inmensa.

Presentación del ebook – Foto Luis Yuseff

Mi pasión por lo que hago no me deja verme como una autora aislada, escribo y cada publicación es un agradecimiento colectivo. Aunque me resulte incómodo hablar en primera persona de mis logros, no hay nada más gratificante como el trabajo de todos, aportando ideas de cualquier cosa. Escribo desde la alegría y rodeada de seres que me inspiran a seguir, ya sean los amigos o la familia. Por otra parte, eso también pasó con la selección de poetas de la AHS en Holguín. Fue un trabajo en equipo con recuerdos muy gratos.

Cubierta Escritos sin rabia – Elizabeth Soto Cortesía de Ediciones La Luz

–Bajo tu cuidado y el de Liset Prego estuvo buena parte de la selección, edición y corrección de este ebook, que viene a ser el primero en la editorial. Coméntanos cómo surgió este proyecto, las peculiaridades del proceso editorial, qué fue lo más difícil…

El proyecto surge primeramente por una idea de nuestro Luis Yuseff, evidentemente es la principal luz en toda esta editorial, que nos guía con la libertad que necesitamos para poder crear sin límites; a ello se le suma el buen ambiente de trabajo que se respira. Entre varias tazas de café siempre surgen las mejores ideas. Los autores de la selección en su mayoría habíamos trabajado en algún momento y si conoces de antemano a la persona, pues esto aporta comprender mejor sus interioridades. De este modo trabajamos la edición, con mucho respeto y escalando minuciosamente en el lenguaje que varía bastante de un autor a otro, precisamente por las diferencias de edades, intereses, etc.

–No ha pasado mucho tiempo, es cierto, pero ¿qué ha cambiado de la poeta Elizabeth Soto de Escritos sin rabia, además de la doble maternidad, a la que podemos leer ahora?

El tiempo, cada día tengo menos tiempo para mí, pero del mismo modo disfruto esta carencia porque me entrego a ellas, mis hijas, por completo. No hay nada que supere mi felicidad como verlas sonreír, aunque esto parezca una frase tan manida. Pasarme horas sin dormir por cualquier catarro o por cambios del mismo crecimiento donde se irritan a veces sin sentido aparente me cansa, me impide sentarme ante la hoja en blanco. Pero la necesidad de expresarme es tanta que un buen día comencé a escribir precisamente de lo agobiante y hermoso que es ser madre; así es como surge el libro de cuentos cortos Consultas prenatales, en proceso de escritura y corrección aún.

–Trabajas como diagramadora en La Luz. O sea, estás cerca y formas partes de los procesos creativos de la editorial. ¿Cuánto crees qué es importante un ebook que reúna las jóvenes voces poéticas de la provincia y además, una campaña como A la luz se lee mejor?

El ebook tiene la ventaja de que llegue de forma más rápida a todo el que lo precise, pero quedaremos carentes del olor a libro, que a mi generación seduce.

Sé que la traducción literaria también ocupa parte de tus días, incluso relacionada con La Luz…

Mi pasión por el francés es de siempre. Comencé por el cine, no podía perderme ni una película francesa buena o mala. Y justo cuando me gradúo en la Alianza Francesa de La Habana regreso a Holguín y Yuseff me hace este encargo editorial: Jacques Prévert.

Grabación del audiolibro Entrada de emergencia en Radio Holguín – Foto Luis Yuseff

Pasé un año para entregar la traducción, pues traducir es ponerse en la piel del otro. Crear una empatía tan certera hasta el punto que seas tú la voz. La poesía es muy subjetiva, por tanto es tan importante comprender las experiencias vividas por el autor como el contexto donde se desarrolla. Y saber hasta qué punto eres libre de encontrar la palabra exacta en un idioma con una complejidad muy parecida al español.

Cuando pensé que no iba a traducir más, con la lectura investigativa y al azar que suelo hacer como parte de mi vida y mi trabajo, descubro entonces a François Villon, un poeta del medioevo francés con una lírica tan interesante que no pude dejarlo pasar por alto y ahí estoy, inmersa en esos versos galos que tanto dicen de mí.


«El arduo proceso de cuestionar y entender»

En lo real, el escritor encuentra la belleza de la escara y sus (in)certidumbres. Su viaje por el camino de la zozobra es siempre una invitación. Ahmel Echevarría conjuga, en su obra, fotografía y banda sonora de la vida. Por eso, advierto, es que esta entrevista ha de entenderse como un soundtrack incompleto.

––¿Sientes que, más allá del punto de vista del estilo, existen hilos conectores, más o menos visibles, que relacionan a tus textos?

Aunque siempre me propongo “cambiar de rostro” en cada libro, y esto significa no repetirme, o en última instancia “repetir desde la diferencia”, hay un propósito común en mis libros: el amor y la memoria.

Me interesa situar al individuo en el centro de una historia de amor tan compleja y variable como variable y complejo es el ser humano. Dicha historia, en la que se alternarán alegrías y derrotas, acontecerá en un contexto privado y público afectado por los vectores de la ideología, la política.

Visto así, las historias que narro, acaso novelas de amor, van del presente a un pasado reciente. Hasta el momento, el pasado en mis libros se ha circunscrito a las décadas del 60 y 70 del siglo XX cubano.

Foto Cirenaica Moreira

––¿Existe una clave, una fórmula, que garantice la hechura de un buen narrador?

No existen, al menos no en el sentido que creo tiene tu pregunta. Sin embargo, pienso en los decálogos como posibles rutas a seguir, no fórmulas.

Cuando analizas el contenido de los decálogos de grandes escritores, esos textos que algunos leen como Mandamientos, además de las coincidencias verás no pocas diferencias. Esas variaciones nos hablan de la imposibilidad de la fórmula.

Los decálogos deben leerse con la alarma de la sospecha siempre activada. Este detalle podría ser una clave.

Hay un factor común en los grandes narradores: la capacidad de observar y asociar, el singular manejo del idioma, los riesgos asumidos en el acto de construir un relato (personajes, estructura, temas, la disolución de las fronteras entre los géneros, etc.), la manera en que su literatura se adelanta hasta el punto en que no pocas ocasiones resulta ilegible o incomprensible para sus contemporáneos.

––¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Una imagen siempre es el punto de partida, una imagen que contiene una suerte de enigma. Luego toma la forma de una o varias preguntas cuya respuestas ignoro, lo cual me sitúa en el camino de la investigación, del modelaje de las tramas, conflictos, personajes, el tipo de narrador.

Junto con la imagen inicial “se producen” una serie de frases relacionadas con el enigma o la(s) pregunta(s). De ahí nace el título del libro y parte del espíritu que debería tener.

Como se trata de un proceso de ensayo y error, no doy nada por sentado hasta sentir que he arribado a un punto donde todo cobra sentido. Los elementos que parecían dispares empiezan a conectarse. Entonces solo queda abandonarse al placer de la zozobra.

A la escritura nada le es ajeno, trabajar en un proyecto de novela es casi similar a investigar un crimen.

––Tu obra ha sido identificada como parte de la Generación Cero, ¿qué ganancias ha reportado, en materia escritural, ser parte de dicha Generación? ¿Percibes que es una generación ya superada o notas que las nuevas promociones de autores intentan emular, con más o menos éxito, las fórmulas de la promoción anterior?

Con Generación Cero hay más de una confusión, toda vez que se ha utilizado para nombrar dos objetos de estudio diferentes.

Partamos de que es una etiqueta. Por un lado, dígase que fue creada por el escritor Orlando Luis Pardo Lazo, en su versión inicial era Generación Año Cero. Bajo esa etiqueta estábamos un grupo de escritores que coincidimos en el espacio literario coordinado por el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), y que además comenzamos a publicar en el 2000. Para Orlando, el 2000 era nuestro año cero.

Algunos críticos decidieron utilizar la etiqueta a la hora de segmentar y reunir desde el punto de vista temporal, para el estudio de la narrativa y la poesía, a los autores que comenzaron a publicar a partir del 2000. En resumen: redujeron el largo de la etiqueta y ampliaron el tamaño del objeto de estudio. En ese punto se generó cierto desmadre.

Más allá de la aceptación y el disenso de los miembros del grupo que aparece en el párrafo donde menciono a Orlando, y de incorporaciones que luego hicimos, vale aclarar lo siguiente: G0 no es exactamente una generación sino un grupo o promoción de escritores.

En “materia escritural”, para utilizar tu propio calificativo, al menos en su núcleo la ganancia que reportó se resume en una ideología de grupo, lo cual conduce a la manera en que pensábamos la literatura en relación al contexto en el que estábamos viviendo, y la crítica que queríamos hacer.

A pesar de las diferencias de estilo y temas entre sus integrantes, porque esa variedad caracteriza a la G0, pensamos un espacio que no era solo literario, al que no solo le interesaba la literatura, y que no solo era físico, muestra de ello son el e-zine the revolution evening post, las revistas digitales Cacharros(s), 33 y 1/3 y Desliz.

De manera extraña, y tras coincidir en los espacios creados por el escritor JAAD, se produjo una comunidad de afectos e intereses que entre algunos integrantes de G0 dura hasta hoy.

No me concierne responder si G0 ha sido superada. Igual no creo que importe demasiado, porque cada promoción, grupo o generación debe pensar su propio espacio. A su cuenta y riesgo debería reaccionar ante su realidad con sus propias herramientas, con su noción del mundo, con su propio dispositivo de enunciación.

––Hay generaciones inolvidables en la historia de la literatura de un país, ¿Generación Cero merece un lugar semejante?

Con el transcurso del tiempo, todo aquello que en cierto momento nos desveló e hicimos ―y aquí uso el plural para referirme a cualquier individuo― ocupará su justo lugar. Ese lugar podría ser el silencio, la derrota.

Ya se verá si los de G0 merecemos el olvido.

––¿De qué manera te relacionas con el mundo de los premios? ¿Hay fricción en tu vínculo con ellos?

Por lo general, los premios solo distribuyen un poco de dinero y resonancia. El dinero y ese tipo de ruido nunca vienen mal.

No tengo ningún problema con los premios. Si lo gana un amigo, me alegra igual. Creo que fue en el 2011 cuando el Guillén y los Carpentier cayeron en manos de Luis Yuseff, Jamila Medina, Osdany Morales y Marcial Gala. Fue una muy grata sorpresa, también una señal.

Los premios están ahí para que lo intentes, y algunos son menos limpios o menos justos que otros. Son las reglas del juego, no se pueden perder de vista.

Pero la literatura, la literatura a secas, está en otra parte.

––Muchos autores cubanos, tanto jóvenes como de mayor trayectoria, se quejan de la poca promoción, a escala internacional, que tienen sus obras. ¿Es este un factor que puede ser combatido por el individuo o requiere de un esfuerzo a mayor escala? ¿Qué puede aprender nuestro incipiente mercado del libro de otros mercados con mayor experiencia?

La literatura cubana no está en ningún mapa literario, en ninguna agenda ni buró de las grandes, medianas ni pequeñas editoriales que marcan el pulso de lo que acontece en el panorama literario internacional.

Solo se manejan algunos nombres, muy pocos; la mayoría de esos pocos, porque debo insistir en la cantidad, son los grandes muertos del panteón literario cubano.

Los pocos autores vivos que aparecen en ese panorama o mapa están allí no precisamente por la gestión de agentes o editoriales cubanas.

Cuando en los diferentes movimientos promocionales de autores latinoamericanos jóvenes veía y veo la ausencia de Jorge Enrique Lage ―el Lage de Carbono 14. Una novela de culto, La autopista o Archivo— confirmo que tal ausencia no solo está relacionada con asuntos netamente literarios.

Tu pregunta habla del mercado. Y el mercado tiene reglas duras que hay que conocer. Entre sus actores principales están los agentes y editores. Ellos establecen las reglas del juego, y construyen el mapa o el panorama al que desean acceder los autores que mencionas.

Es casi imposible ubicarse allí desde un lugar tan marginal como Cuba, contando solo con la conexión a Internet.

Puesto que ya estamos hablando de Cuba y el mercado, otra vez utilizaré tus palabras: “nuestro incipiente mercado del libro”. A mi modo de ver, ni es nuestro, ni es incipiente, tampoco es mercado. No existe.

Lamentablemente, aunque cuenta con personas lúcidas, profesionales, y entregadas a su trabajo, incluso con algunas pequeñas y buenas editoriales, a estas alturas el sistema editorial cubano, tal como está diseñado, no puede aprender ni mejorar nada.

––La palabra “comercial”, asociada a la literatura, parece ser una condición de la cual muchos escritores rehúyen. ¿Qué importancia le concedes al hecho de la calidad literaria vinculada al aspecto comercial del libro como objeto arte?

Más allá de la complejidad y densidad de un libro o un autor, lo cual lo sitúa en desventaja en un panorama donde la lectura va perdiendo terreno, supongo que el recelo ante “lo comercial” como oposición a “la calidad literaria” no sea más que un asunto de paradigmas, de nociones personales.

Dejando a un lado ingenuidades, esas que olvidan el verdadero poder de grupos multimediales como el Grupo Planeta, la calidad literaria no siempre está divorciada de las ventas. No es secreto ni novedad.

Aunque desconozco con exactitud cuánto pueden vender, más allá de gustos y suspicacias me atrevo a mencionar cinco nombres donde el índice de ventas no es inversamente proporcional a lo que llamas “calidad literaria”: Gabriel García Márquez, Stephen King, Roberto Bolaño, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas y Haruki Murakami.

––¿Qué jóvenes autores nacionales recomendarías como lecturas indispensables? ¿Y cuáles, a escala internacional?

Puesto que deseo ejercer una crítica férrea ante una pregunta que pide nombres indispensables en el mapa de la literatura escrita por jóvenes, solo me centraré en el contexto nacional. A los otros se les promueve de mil y una maneras, son nombres de mujeres y hombres que circulan en las redes sociales. Pero de esos poetas, narradores y escritores de no ficción solo tenemos, o yo solo tengo, un conocimiento parcial: la lectura de una parte de su obra.

Tomando en cuenta la edad de los autores que mencionaré (no han llegado a los 45 años) y la densidad y complejidad del tejido que han ido urdiendo de manera progresiva en sus obras, y por los contenidos de las mismas, te doy dos nombres: la narradora, poeta y ensayista Jamila Medina Ríos, y el narrador Jorge Enrique Lage.

––La narrativa, como género, aparece cada vez más contaminada por elementos que provienen de la dramaturgia, del performance, de la poesía y del ensayo, ¿esta mixtura se manifiesta en tu creación?

De manera consciente he contaminado mis textos con casi todo lo que mencionas salvo con la dramaturgia, entendida aquí como texto escrito estrictamente para el teatro. Que un cuento o una novela tengan diálogos no significa que se haya pensado en la dramaturgia, que la frontera entre los géneros se haya diluido.

En el caso de la performance, me gustaría también decirte que sí. He tratado de ejecutar una suerte de traducción y/o traición teniendo como punto de partida las artes visuales. Otro asunto es conseguir la traducción y la traición.

––Muchos jóvenes escritores ven un referente en tu literatura. Son esos mismos jóvenes que, ahora mismo, comienzan a establecer sus propios caminos y líneas de pensamiento escritural. ¿Qué te interesaría que encontraran en tus libros?

Inconformidad, placer, riesgo. También desearía que encontraran una serie de preguntas que, junto a las que ya se puedan haber formulado, les acompañen en el arduo proceso de cuestionar y entender el espacio en que viven.

––Tu narrativa tiene mucho de, y es mi criterio, fotografía en movimiento. ¿Lo percibes así?

Entiendo tu observación. Además agregaría la intención de incluir en la ficción una suerte de banda sonora.

He tratado de no pasar por alto el movimiento y el sonido, y no se trata solo de la influencia que puede haber ejercido el cine. La vida es movimiento constante rodeado de una mezcla de sonidos. Como siempre coloco al individuo en el centro de mis historias, además de construir su universo interior, sus dudas, certezas, alegrías y derrotas, lo sitúo en un contexto físico y allí interactúa, vive y muere.

No solo presto atención a las pequeñas historias, a los sujetos que nunca figurarán en los grandes relatos históricos. También deseo reflejar la cadencia y el sonido de esas vidas aparentemente insignificantes.

––¿Piensas que la crítica literaria actual se realiza en base a simpatías y antipatías?

La crítica literaria movida por lealtades o antipatías no es asunto nuevo. Ha sido parte de nuestra “indigencia crítica”.

La gravedad del problema no radica en la existencia de textos críticos movidos por la simpatía o las bajas pasiones, sino en la escasez de una verdadera crítica no solo literaria, y la poca cultura del debate.

En cuanto a los espacios para el debate, ese detalle ni me los cuestiono. La propia realidad habla por sí sola.

A los críticos mordaces que ni piden ni regalan nada se les lee mal. Se les odia a muerte. Todo se pone peor cuando la polémica pasa del terreno intelectual al personal.

––Y, por último, me gustaría preguntarte: ¿crees que ha muerto una cultura del debate y del encuentro entre individuos que componen los diferentes campos del intelecto nacional? ¿Viven cada uno de los creadores encerrados en un particular coto de caza y de referencias? ¿Hasta qué punto estamos preparados, como nación y como individuos, para divergir en criterios, tanto en materia escritural como humana?

Ya te había comentado que no veo una verdadera cultura del debate, en muy pocos casos se produce el tipo de encuentro que mencionas desde el punto de vista físico, en el contexto de lo real.

Puedo estar equivocado, igual no sé si responde a tu pregunta lo que acontece en la relación entre pequeños grupos de artistas donde casi nunca está la literatura.

Las publicaciones digitales no estatales quizás están generando una suerte de cambio en ese marco de relaciones. Son espacios muy dinámicos, con una alta presencia en la web y las redes sociales. Las publicaciones digitales como Hypermedia Magazine, Rialta Magazine o El Estornudo, están inmersas en las nuevas dinámicas de producción y difusión de contenidos, en las nuevas dinámicas económicas; no pocos actores de este escenario son jóvenes.

Tal parece que no solo se están creando redes de trabajo. Esa comunidad de intereses, incluso de afectos, también puede tener la lógica o la materialidad del entorno virtual.

Me preguntas sobre la divergencia de criterios; el panorama es desolador, casi árido. Como nación, como individuos, nos queda muchísimo por aprender. En todos los sentidos.


Sinceridad y belleza son mis divisas

Existen encuentros trascendentales en la vida de un escritor. Uno de los míos, lo confieso, ocurrió cuando, en cierta Feria del Libro, tuve entre mis manos La Concordia, del narrador Evelio Traba. Desde entonces he seguido la trayectoria y éxitos de este joven autor que reúne, en un mismo cuerpo textual, talento, belleza y sinceridad literarios. Su obra merece ser considerada parte de lo mejor de la creación que se ha gestado en los predios artísticos de nuestra isla en los últimos años. Esta entrevista salda, o intenta al menos saldar, una deuda de afecto y respeto hacia de la obra de Traba.

¿Crees que a la literatura nacional joven le faltan universos de referencias y lecturas?

Veo, desde hace algunos años, en la joven literatura cubana lo que es casi una obsesión por dejar una marca, una necesidad a veces compulsiva por delimitar un terreno que tiene su anclaje en la negación de toda la producción anterior. En este sentido creo que es un lastre que viene desde las vanguardias, y que lamentablemente ha producido y sigue produciendo un daño de efectos nocivos incalculables: se impone, para que un escritor se empodere de su oficio, conocer la tradición, lo que equivale a decir que la revisitación de los clásicos es indispensable.

 Estoy seguro de que muchos de nuestros autores jóvenes no han leído en profundidad a los clásicos universales de todas las épocas, sin cuya asimilación lenta y consciente es imposible construir un discurso personal y coherente. En este sentido, (hablando solo de narradores) Ramón Meza, Miguel de Carrión, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carpentier y Lezama son figuras que es necesario revisitar, por tan solo mencionar algunos nombres de la literatura cubana.

Tal vez Arenas y Padura sean los más leídos y sí, es cierto, son escritores de una relevancia capital, pero los grandes maestros que les antecedieron, deben ser (re)leídos con el escalpelo del aprendiz en la mano. Nadie ha llegado a un lugar cimero sin ellos, son sombras tutelares cuyo influjo es siempre benéfico. Y en este sentido respondo concretamente tu interrogante: faltan referencias, lecturas y voluntad de aprendizaje. Ello se aprecia en un trabajo superficial con el lenguaje y en estrategias discursivas muchas veces inefectivas que terminan distanciando a nuestro destinatario de siempre: el lector.

A tu entender, ¿qué hace a un escritor bueno?

En primer lugar, no puede faltar el talento, que es esa predisposición pasional (en el mejor de los sentidos) para vivir literariamente y produciendo significados literarios, lo que equivale a decir que es necesaria una especie de obsesión y amor por las letras que va más allá de la lógica ordinaria, lo cual hace que un escritor, hasta el más conservador, viva fuera de los cánones de la “normalidad”.

Pienso en este sentido en una carta. La carta de que un Rimbaud joven le escribe a su maestro Georges Izambard, en mayo de 1871: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Un escritor auténtico, es como se autodefinía Fernando Pessoa: “Un indisciplinador de almas”, alguien que va contra las reglas no porque quiere, sino porque lo necesita.

Otro elemento al que concedo mucho valor es a leer creativamente, es decir, convertir el acto de lectura en un acto de disfrute y de libertad interior, leer aprendiendo, leer descifrando, y hacer de esto un acto cotidiano e incansable. Finalmente, creo que un escritor alcanza la excelencia si deja de preocuparse demasiado por la recepción o el impacto de su obra y se concentra en lo que desea lograr de un modo íntimo y honesto, lo cual implica un trabajo seductor con el lenguaje y con la inteligencia de su discurso, entiéndase esto como un resumen artístico de sus vivencias y sus lecturas más significativas. Un escritor es bueno allí donde un lector, incluso desde la más remota geografía, agradece sus palabras y entabla una amistad en la que no siempre es necesario el contacto personal.

¿Piensas que la disciplina del oficio es indispensable, o su cuenta puede ser saldada por el talento?

Es indispensable la disciplina, la cual no debe ser entendida como una camisa de fuerza, sino como un pivote para la creación, una plataforma de salto que permita organizar el esfuerzo literario y convertirlo en una realidad. He visto grandes talentos malograrse por falta de disciplina, lo cual implica dedicar tiempo para leer, concebir metas a mediano y largo plazos, construir un ritmo de trabajo personal y placentero.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, forjarse una disciplina se convierte en una garantía de inspiración. Quien es capaz de administrar su esfuerzo de forma consciente, encuentra siempre las mejores salidas y soluciones. El talento es indispensable como primer elemento, es la argamasa del ladrillo, pero la disciplina es el horno que le da consistencia y termina convirtiendo el esfuerzo creativo en un producto, un resultado.

Siempre, cada vez que se toca este tema, pienso en Alejo Carpentier y Leonardo Padura, dos referentes cercanos cuando se aborda el difícil binomio talento-disciplina.

Eres un joven escritor interesado en la (re)escritura de la Historia. En cuanto a materia investigativa, ¿cuánto se te dificulta encontrar los referentes textuales y la bibliografía necesarios? ¿Están los jóvenes investigadores cubanos ceñidos a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”?

La (re)escritura de la Historia exige, muchas veces, un contacto directo con fuentes primarias que solo se logra en archivos, bibliotecas y otros reservorios. En mi caso, que ya he vivido algunos años fuera de Cuba, esto ha representado una limitación. Gracias a la ayuda de amigos o la consulta de fuentes que hoy se encuentran digitalizadas he podido acceder a la información necesaria, pero básicamente es un problema al que se enfrenta un narrador que esté, fuera de Cuba o lejos de los centros de la información requerida para que su trabajo alcance la seriedad indispensable a la (re)escritura de la Historia como acto creativo; no solo de gran riesgo intelectual, sino como un acto de responsabilidad plena en cuanto a verosimilitud y respeto al lector.

En cuanto a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, te diría que es una realidad aplastante por las limitadas posibilidades de viajes y superación que hoy existen para investigar fuera de Cuba. Para entender de una forma más o menos integral la Historia de Cuba, es necesario consultar fuentes que están mayormente en España y Estados Unidos, dígase el Archivo General de Indias, de Simancas, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso, la Pública de New York o la importantísima de la Universidad de Miami.

Mientras las posibilidades de acceso a estos y otros centros de la información sean tan limitadas, los estudios historiográficos estarán incompletos o tristemente ceñidos a una visión unilateral de la Historia. Si bien en archivos y bibliotecas de la Isla es posible encontrar un grueso de información valiosa, poder consultar las fuentes antes mencionadas y otras, sería de una complementariedad saludable para la Historia como ciencia social viva que reconoce la información como plataforma no exclusiva del territorio insular.

Has podido observar el hacer literario de la Isla desde una distancia geográfica en los últimos años. ¿Qué te interesa del hacer de los nuevos escritores en nuestro contexto?

La valentía para abordar situaciones propias de las prácticas y contextos más actuales, así como la capacidad discursiva para dialogar, desde el teatro, la poesía y la narrativa, sobre temas como la dinámica de la familia ante la migración, las categorías de género, identidad sexual y el impacto del acceso a la tecnología en la vida cotidiana.

Me interesa, sobre todo, observar de forma atenta la imbricación que existe entre estas expresiones y la construcción del lenguaje en diferentes discursos que configuran hoy la fisonomía de la joven literatura cubana.

¿Nuestra literatura podría aprender o emular de la creación de otros contextos geográficos? ¿Y nuestras editoriales? ¿Tememos a las comparaciones o las evitamos?

La literatura cubana, sobre todo en el ámbito de las letras hispánicas en sentido general, diría yo, goza de buena salud en cuanto a reconocimiento y recepción crítica. Un escritor cubano en el extranjero, sobre todo en Latinoamérica y España, por lo general no pasa desapercibido.

Pero creo necesario detenerme en algo puntual: un sector considerable de la literatura cubana, sobre todo la narrativa y la poesía, han perdido de vista una figura elemental de todo proceso literario: el lector.

Muchas veces escribimos para circuitos o círculos literarios olvidando que nuestro horizonte debe ser el universo de la lengua castellana como meta máxima de alcance, que la literatura como ejercicio pueda resumirse en un verbo: comunicar, lo que significa que debemos rescatar la universalidad en el tratamiento de los temas y el lenguaje, lo cual es visible en obras de autores extranjeros como Roberto Bolaño, Samantha Schweblin, Rodrigo Rey Rosa, Andrés Neuman, Daniel Ferreira, Álvaro Enrigue, Carlos Busqued, Guadalupe Nettel, Andrés Barba y Juan Pablo Villalobos, entre otros.

Creo que las editoriales cubanas, sin caer en el facilismo, deben rehuir la encriptación en los discursos, los malabares técnicos que no llevan a ningún camino; lo que significa, por ende, aumentar el rigor de la selectividad y la visibilidad de los autores cubanos a nivel internacional, un terreno en el que aún resta por ganar créditos y el cual no queda cubierto solo por la presencia de autores en ferias del libro de Latinoamérica principalmente.

En cuanto a las comparaciones, creo muy personalmente que las evitamos por temor, que es principalmente el temor al mercantilismo y la banalización del libro como producto de consumo cultural: Cuba debe comprender de modo más flexible las dinámicas del mercado internacional del libro, y asumir que las editoriales pueden comercializar ampliamente el libro y crear un universo publicitario en torno a él, sin renunciar a la calidad estética tanto desde el contenido como la belleza en el diseño, lo cual quiere decir que es posible crear una mayor visualización de los autores cubanos a nivel internacional, sin que estos tengan que recurrir, para lograrlo, necesariamente a sellos como Alfaguara, Tusquets o Anagrama.

¿Confías en el nacimiento de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación?

Confío en el nacimiento y consolidación de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación, en personas que desde sus puestos y alcances están generando una visión renovadora del fenómeno editorial, promocional y literario. Como diría César Vallejo: “Son pocos, pero son”. Vale en tal sentido hablar de Luis Yuseff y Yunier Riquenes, sin que por ello sean los únicos inmersos en este despliegue cultural de la edición y la promoción de la lectura.

Desde este punto de vista, es más que destacable la línea programática de Ediciones La Luz en Holguín, dirigida por Yuseff, con un catálogo selecto de lo mejor de la literatura joven en Cuba o fuera de ella, y un trabajo integral que, por su calidad, desmiente la falsa tesis de que los jóvenes nos somos capaces de comprometernos en profundidad con proyectos que exijan constancia, disciplina y poder de observación para apostar por lo valedero y lo perdurable.

En otro sentido, emerge en Santiago de Cuba, con Claustrofobias, la figura de Yunier Riquenes, un joven que con su equipo ha sabido demostrar todo lo antes dicho unido a la excelencia desde lo promocional, insistiendo siempre en el hecho de que las nuevas tecnologías y plataformas de consumo cultural están modificando nuestro modo de leer, y más especialmente el modo de leer de las nuevas generaciones y que, por tanto, se impone adaptarse a estas dinámicas en vez de negarlas o desconocerlas.

Tanto Yuseff como Riquenes se han convertido en paradigmas de la gestión cultural desde centros de amplia influencia, legitimando, además, como creadores, la idea de que es posible consolidar una obra de gran validez desde lo personal, y a la vez contribuir a la visualización de la obra de terceros; esto es pensar la cultura desde la acción y vivirla desde un ejemplo, que lejos de alzarse como una consigna, emerge como una virtud espontánea.

Otra pregunta sobre la actualidad literaria nacional. Gracias a la eclosión de premios se han dado a conocer no pocas nuevas voces. Algunas con propuestas sólidas; otras, con trabajos que lucen más como work in progress o iniciáticas búsquedas que como libros cerrados. ¿Premiamos por premiar? ¿Hasta qué punto validamos estéticas y autores cuya calidad es aún dudosa?

En este caso creo se impone una pregunta. ¿Quiénes son los jurados y cuáles son los parámetros bajo los cuales toman decisiones, a veces, dañinamente trascendentales? Bien sabemos que la objetividad es más resbaladiza que la propia ficción literaria, pero de igual modo sabemos que existe, o debería existir la justicia.

A veces, uno abre un libro de un género u otro y tras la lectura de las primeras 20 páginas (menos en muchas ocasiones), surge la impostergable interrogante: ¿quiénes premiaron esto, por qué? Y la inquietud surge porque se aprecia, en una lectura preliminar, un discurso vacío, un lenguaje de escasos alcances estéticos, unas ideas que asoman como torpe reciclaje de otras, unos personajes endebles, unas estructuras sin el menor suporte conceptual.

Bien sabemos que estas no son meras exageraciones, porque muchas veces los premios literarios se convierten en cónclaves marcados por simpatías personales, por miradas reduccionistas, por oportunismos, y hasta por sencillo y llano fraude. Todo esto trae consigo unos procesos de legitimación alejados de la realidad literaria del país y, por consiguiente, la desilusión muchas veces justificada de quienes, con trabajos impensables, logran imprimir un manuscrito para enviarlo a concurso.

Bajo este modus operandi han sido catapultados a una especie de estrellato nacional, una serie de autores con propuestas de una precaria factura, que más adelante, para desgracia mayor, se erigen en árbitros de lo que debe y no debe publicarse, marcando, en muy tristes ocasiones, tendencia. Eso nos ha lastrado y nos seguirá lastrando mientras muchos jurados fallen premios a partir de elementos extraliterarios, o sencillamente no se tomen con seriedad el trabajo que se les ha encomendado y lancen la hojarasca en el saco del fruto y viceversa.

Tu libro El ritual de las cabezas perpetuas, galardonado con el Premio Iberoamericano Verbum 2016, acaba de ser publicado por Ediciones La Luz. ¿Cómo llegas a este texto en particular? ¿Dónde nace la historia e interés, valga la redundancia, por la Historia?

Desde que era un niño, para mí, la objetividad, aunque entonces no pudiera explicármelo con estas palabras, fue un concepto en crisis. Nunca estuve conforme con las explicaciones que me daban, y siempre para mí, la duda fue un recurso de capital importancia. Aún lo sigue siendo, pero ya en calidad de una herramienta consciente.

La Historia era para mí, sobre todo en los años de la secundaria, un más allá de posibilidades que incluso los buenos profesores solo alcanzaban a señalar con el dedo, desde muy lejos. Una pregunta recurrente me hacía detenerme: ¿Fue esto realmente así? ¿En realidad era fulano de tal, así como lo pintan? Esto me llevó a conversaciones con “expertos” en dichos temas, a consultar obras complementarias, a comparar, a no conformarme.

Ahí tuve mi primera vocación borgeana sin saberlo: el amor por las enciclopedias y los libros antiguos, que aún hoy no me abandona. Una vez que descubrí el lenguaje literario como la más intensa de todas las emociones estéticas, me di cuenta de que todo podía ser reinventado, remasterizado, recompuesto, reescrito, y que las posibilidades imaginativas estaban por encima de hechos heroicos e incuestionables, para incorporarlos en una nueva dimensión, que es lo que yo llamo “dimensión de cercanía”; es decir, acercar los hechos y las personas de la Historia al alcance de otros, convertir los hechos históricos en materiales asimilables, gracias a la recreación de un contexto por medio de la investigación profunda y la mímesis del lenguaje.

Inmerso ya en esta estética, y habiendo escrito un par de novelas donde la Historia juega un rol determinante, me pregunté una noche de fines de 2015: ¿fue realmente la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad? La pregunta me llevó a descubrir una serie de pasadizos tortuosos que se alejaban cada vez de lo que parecía ser más un eslogan que una realidad histórica.

En esos días, curiosamente, se hizo viral en Internet, la declaración de un neurocirujano italiano (Sergio Canavero) que aseveraba poder hacer, en 2017, el primer trasplante de cabeza de la historia, lo que terminó siendo no más que una maniobra promocional y el más insulso discurso de pseudociencia.

No obstante, para la percepción literaria, no hay material de desperdicio, todo es utilizable. Surgió entonces la pregunta: ¿Qué tal si desarrollamos trasplantes de cabezas en la época donde más cabezas rodaron a lo largo de toda la Historia Universal? Solo el código fantástico podía apuntalar de forma adecuada esta respuesta y ese fue en verdad el principio de todo. Lo que vino después fue una mezcla de información rigurosamente contrastada, intuición poética, reflexiones filosóficas sobre el conocimiento, la identidad, las obsesiones y el origen del mal, entre otros temas que contribuyeron a modelar la primitiva fisonomía de El ritual de las cabezas perpetuas.

Te confieso que una de las lecturas más entrañables de mi vida es La Concordia, novela ganadora del Accésit Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa 2012, y publicada por Arte y Literatura en 2013. Háblanos un poco de cómo llegas a construir tus personajes y cuál es tu principal búsqueda escritural.

Mis personajes nacen de la pasión con que suelo sumergirme en la recreación de un determinado argumento. Son, inicialmente, cuchicheos ladinos, frases sueltas que se convierten en discursos autónomos, y para mí, al menos durante el proceso de escritura, se convierten en presencias, en sombras con las que hablo sin descanso.

Mis personajes oscilan entre lo extraordinario de su condición ficcional y la naturalidad con que puede llegar a existir cualquier persona real. Cada personaje, de acuerdo con sus características, cumple una función específica dentro del plano argumental de la obra; yo intento, entre otros tantos cuidados, que no se me desdibujen ni banalicen, que hablen y escriban como les corresponde, que se relacionen entre ellos como la ficción y la lógica narrativa lo demandan.

Me ocupo con el mayor juicio crítico posible, de que evolucionen adecuadamente desde su primera aparición hasta la última y que, sobre todo, sean profundamente humanos. 

En este sentido, mi principal búsqueda escritural suele ser la conformación de un mundo posible y deseable para el lector, por medio de un lenguaje que intenta lo simbólico desde lo poético y lo filosóficamente significativo. Busco transgredir, y transgredir significa para mí, ante todo, ser fiel a mí mismo. No me desgasto en acrobacias inútiles: sinceridad y belleza son mis divisas.

En tu trabajo como creador, ¿qué proceso valoras más?

No suelo detenerme de forma obsesiva en los libros que quedaron atrás ni en la suerte que corren una vez publicados. Doy mucha importancia al proceso de construcción, que está lleno de salidas en falso y rectificaciones, en el encuentro con la palabra viva, en el asombro de ver cómo los personajes van alcanzando su mayoría de edad ficcional, y en ver la manera en que se van conectando detalles mínimos con elementos decisivos de la trama, y en cómo todo es una danza de imágenes y sensaciones. Ver cómo la información recopilada pasa de ser un dato frío a una emoción, a una actitud, es algo que disfruto mucho.

Yo escribo a mano todas mis obras narrativas: he intentado despojarme de un método que es arcaico en verdad, pero no he podido. Necesito la tinta y el papel como un ejercicio de humildad que consiste en reconocer a priori la imperfección del texto. Cuando manuscribo siento que mis personajes respiran mejor.

Luego de esto, paso a word verdaderos mamotretos que en el propio proceso de transcripción van depurándose y alcanzando una condición más noble; finalmente trabajo sin piedad sobre una primera copia impresa en la que suelo reforzar vínculos, eliminar fragmentos que sobran, hacer correcciones lingüísticas de importancia, y es todo este trabajo en que se hibridan las estrategias constructivas del arquitecto con la fuerza bruta del albañil, lo que de veras disfruto.

Una vez publicados los libros, lo que me hace verdaderamente feliz es el contacto con los lectores, porque estando yo a solas con el libro me asalta una rara sensación de incredulidad y sospecha que no he podido superar.

¿Existe una ética, más o menos invisible, entre los creadores del patio o nos encontramos todos inmersos en un “coliseo” literario?

Desde tiempos de Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo han existido y existirán las trifulcas literarias, las animadversiones y los bandos que se enemistan entre sí como si fuesen escuelas de diversos estilos de artes marciales. Es decir, desde que la literatura se convirtió en un oficio más o menos profesional con que es posible ganar notoriedad y algunas veces un poco de dinero, las rencillas se han convertido en plato fuerte en las relaciones de unos escritores y otros.

 Personalmente creo que dondequiera que el talento está en pugna aparecen los caciques y los cacicazgos. Basta viajar por Cuba para observar, de forma velada o explícita, las antipatías y querellas que se dan en el gremio de la escritura, pero a mi entender, esto no se ha tornado crónico aún en Cuba, donde a pesar de la realidad antes descrita, pocas veces los enfrentamientos entre autores alcanzan la categoría de escándalo, como sí es notorio y absolutamente público en España, donde las guerras literarias tienen más de 400 años y las emboscadas se han convertido casi en un subgénero narrativo dentro de la novela y de atención mediática del panorama literario y extraliterario.

Tales son los casos de los pugilateos intensos entre Juan Manuel de Prada y Pérez Reverte, entre Roberto Bolaño y Javier Cercas, entre Eslava Galán y Paco Umbral, en fin, que los ejemplos abundan.

En Cuba creo que no hemos llegado a esos extremos, pero sí me ha sido dado observar el favoritismo y zancadilleo, los ataques despiadados en determinados circuitos, y, sobre todo, la invisibilización como ejercicio consciente entre aquellos que, además de escribir, ocupan altos cargos en direcciones provinciales del Libro y Literatura.

¿Podemos evitar la aparición de este fenómeno? Creo que no. Lo importante es cuidar que estas trifulcas no trasciendan lo personal y afecten lo literario en lo tocante a la justa apreciación crítica de la obra de terceros.

Desde lo personal, creo que participar en, o consentir esas fricciones, constituye una pérdida de tiempo para el escritor consciente de sus posibilidades y enfocado en mejorar su oficio. Es propio de autores desgastados e improductivos entregarse a esas triquiñuelas que, en vez de añadir brillo, restan.

Lope desgastó sus mejores aceros fabricando pullas para destruir el Quijote de Cervantes; hoy Cervantes es universal por derecho propio y Lope, amén de sus innegables virtudes, un solo ilustre autor de comedias, comparado con el genio del hombre que aprendió, sobre todo, a “tener paciencia en las adversidades”.

En nuestro diálogo, que trasciende las breves preguntas de esta entrevista, hemos conversado de tu interés en la literatura con visos fantásticos. ¿Por qué y cómo llegas a la fantasía?

Todo discurso, tarde o temprano, encuentra su agotamiento. Ahora mismo, la novela histórica como subgénero narrativo, a pesar de su enorme demanda en el ámbito de las letras hispanoamericanas, ha entrado en una especie de ocaso donde casi todos los recursos han sido explotados.

Consciente de todo esto, he observado que solo la fantasía y el ejercicio de la contrafactualidad (llámese también ucronía) pueden refrescar el discurso de la narrativa histórica.

En este sentido, la simbiosis entre lo histórico y lo fantástico dota a la narración de un poder semiótico que rebasa la imagen de lo verosímil para instalarse en el reino de la posibilidad simbólica, y, por tanto, de expresión lingüística.

Llego a la fantasía como una consecuencia de mi incurable inconformidad hacia todo lo que existe, tanto en el plano de lo real como de lo imaginario. Ya que, como autor, me ha marcado (y creo que seguirá haciéndolo) el discurso de la novela histórica, he comprobado que solo la fantasía puede llevarme a establecer, conmigo mismo y los lectores, otros puentes de complicidad.  

Y, finalmente, quisiera hablar del lenguaje cinematográfico con el que está acuñada buena parte de tu creación. ¿Eres de esos autores que, de una manera u otra, a priori o a posteriori, piensa en la adaptabilidad de sus obras al séptimo arte?

La literatura, ya lo advertía el gran Lezama, es imagen. Por una cuestión, intrínseca, muy personal, mis obras obedecen a este precepto de lo visual. Sin darme cuenta, en lo que escribo, termino conduciendo a mis lectores por el sendero de lo sensorial: trato de que haya claridad en mi escritura, de que a través de mis textos sea posible ver una realidad.

Esa realidad, en primer término, debe ser visible para mí como autor y en segundo (muy importante) para mis lectores. Este empeño, que también contiene la intención de un ritmo y una fluidez en lo discursivo, lleva espontáneamente hacia lo cinematográfico, no solamente desde lo visual sino que también trabaja estrechamente con el diapasón de otros sentidos como son el gusto, el olfato, la audición y el tacto.

Pienso en imágenes durante el proceso creativo, pero sin pensar en cine; una que otra vez, ya terminado el producto, no te niego que más de una vez he coqueteado con la posibilidad de una adaptación cinematográfica, pero hasta ahora no se ha materializado este anhelo. En más de una ocasión he tratado con el maestro Fernando Pérez (en base a un interés suyo) sobre el margen de adaptabilidad que presenta La Concordia, mi primera novela, pero sobre todo por cuestiones de financiamiento y otros proyectos antepuestos en la carrera del cineasta no ha sido posible.

De igual modo, hace poco me contactó un joven director cubano, cuyo nombre no debo revelar, con la intención manifiesta de convertir en un filme mi novela El camino de la desobediencia, que es una novela biográfica sobre Carlos Manuel de Céspedes.

De momento, sin ansiedad, espero que este sueño pueda convertirse, algún día, en un hecho tangible, pero entiendo que los pasos del cine son mucho más lentos y complejos que los de la literatura, y que deben conjugarse muchas voluntades y recursos para que esta ensoñación cuaje en calidad de hecho. Solo queda esperar como quien no espera, saber leer las señales del viento, volar.


Una voyeur irreverente de las letras

Darcy Borrero Batista conjuga, en su hacer literario, poesía y periodismo narrativo. Es una joven voz que cuenta desde la hibridez y el mestizaje, desde lo coral de una generación que lucha por no definirse y la experiencia individual.

Darcy Borrero Batista
Darcy Borrero Batista

El radar de lo poético tiende hacia ella cierto puente textual que esta entrevista intentará, quién sabe si con éxito, (re)conocer. En todo caso, es una invitación para descubrir a la poeta más allá de los cuadros de la exposición —llamémosla así— del cotidiano artístico del patio.

¿Hasta qué punto influye o no el periodismo narrativo en tu mirada sobre lo real poético? ¿Sientes que hay conexiones, menos o más visibles, entre el periodismo y la poesía?

El periodismo desarrolla una habilidad que los especialistas gustan de llamar olfato, pero que a la larga a mí me sabe a sensibilidad. Hablamos de algo que probablemente se presente desde antes en las personas que no saben vivir de otra manera que no sea esta de andar como radar, preguntándolo todo, escuchando hasta el sonido de una hoja al desprenderse y caer sobre una cabeza.

Sin embargo, no es hasta que estudias Periodismo y te decantas por algo que se ha venido calificando como periodismo narrativo, que esas herramientas se instalan en tu dispositivo mental a lo Dan Sperberg y lo incorporas a tu rutina.

Prefiero no apellidar de productiva a esa rutina, aunque en periodismo se le llame así porque el periodismo que intento hacer aspiro a que se desmarque de lo productivo como se entiende tradicionalmente. Y es ahí donde aparece la poesía que llevo en mi manera de ver el mundo. Quizás porque entiendo el ejercicio escritural como un rictus que demanda amor y compromiso ilimitados. Yo estoy casada desde ya con la escritura, con el periodismo y con la poesía, que vienen a ser otro matrimonio del que participo como una voyeur irreverente a veces, en una especie de triángulo amoroso que prefiero ver como poliamor.

¿Cómo comienzas a interesarte y a escribir poesía?

Esto que voy a contar te involucra. El periodismo y la poesía, en mi caso, están ligados sin retorno. Digo que entré a la poesía por el periodismo, pero en realidad la mirada poética al parecer siempre estuvo sin que yo encontrara la manera de canalizarla. Fui como periodista a una lectura de poesía que tú moderabas y allí estaban las poetas Yosie Crespo, Jamila Medina, Zurelys López y Yanelys Encinosa. Yo debía entrevistar a Yosie, pero me quedé a escuchar la lectura. Fue como abrir los ojos.

Hasta ese momento mis contactos con la poesía, desde la lectura, eran esporádicos. Pero llegué esa noche a mi casa luego de la lectura y de la entrevista, abrí el documento de word para empezar a transcribir, y lo que salió fue un verso, luego otro, y llegó el amanecer mientras escribía algo que debían ser poemas. Que luego quise llamar poemas, que los viví y sentí como poemas. Así nació mi primer cuaderno.

Entonces háblame un poco sobre tu libro Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a).

Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a)
Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a)

Como te decía anteriormente, nace del contacto con cuatro voces y tonos poéticos contemporáneos. Nace de mi encuentro con la mujer que se va, de Yosie; las sandalias socialistas de Zurelys en un país capitalista y un tanto medieval; el sexo de las lerdas y las lelas, las enanas de Jamila, por si las moscas de Yanelys.

Me quedé con un tono y una voz que empezó a dictarme durante un mes en el que escribí varios poemas por día. Es un libro que quiero muchísimo porque habla de mi, de mi entorno, y habla desde otras vidas también, desde las tantas mezclas que llevo: África, España, China, América precolombina.

Mestiza nace también como un juego, porque no quise otra forma de escribir que desde la frescura, lo lúdico, sin que por ello se divorciara del intelecto. Hay cierto darwinismo social en el libro, hay cuestionamiento de símbolos, hay reivindicaciones de tono feminista, protesta cívica, pero hay una sinceridad a la que quizás no vuelva a llegar nunca.

La identidad femenina, ¿tiene que ver de alguna manera con tu sujeto poético o vas hacia otras búsquedas? ¿Existe en tu poesía el concepto de “isla”? ¿De qué manera el país se manifiesta en tu trabajo?

En un primer momento tenía mucho que ver: mi poemario lleva, gramaticalmente hablando, título en femenino. Sin embargo, hay en él sujetos líricos que escapan a lo femenino, está la voz de un hombre en algunos poemas, en otros es la voz de una conciencia que pudiera llamarse femenina, o de un nosotros generacional.

 En ese sentido, había cierta intensidad del yo mujer en ese libro, pero no estaba únicamente ese yo. Un poeta santiaguero me dijo que le gustaban mis poemas porque no parecían escritos por una mujer, es decir, lo que se construye como literatura escrita por mujeres, lo que la sociedad entiende que escriben o deben escribir las mujeres.

Más adelante, en un segundo conjunto de poemas, sentí que estaba escribiendo como una mujer, una mujer-isla, pero a la vez mujer-continente, y empecé a cuestionarme eso. Me preguntaba entonces si era necesaria esa marca genérica, si debía escribir desde el yo femenino, si no debía desprenderme de esa segregación a veces involuntaria.

Decidí apostar por la espontaneidad más que por la lógica calculada de la conceptualización artística. Que el yo salga directo al oído, sin filtros tonales. Esto se conecta con el concepto que manejo de la isla imbricada con la mujer y con el país, a lo que tampoco me gusta ponerle filtros, sino que dejo a la voz discurrir. Me gusta pensar que en algunos momentos soy la isla y en otros me siento continente, me siento generación, grupo, circunstancia.

¿Qué aprecias de novedoso o repetitivo en la literatura que se hace hoy en día en Cuba, sobre todo la vinculada al arte joven? ¿Cuáles son nuestras cualidades y hándicaps?

Creo que estamos en un momento de aprendizaje y concientización en algunos espacios de lo que podemos hacer juntos los más jóvenes, como generación emergente, Lxs eMergentes, y aprovecho para nombrarla a mi modo.

 Llegó un punto en que lo que se escribía —a mi juicio y desde lo que he leído— era repetitivo. Hace poco escribí que yo era un verso en una anáfora nacional y esa era una imagen retórica para discursar sobre la literatura de jóvenes autores y sobre el país en sí mismo.

No obstante, en el grupo de escritores del que me siento parte por afinidades personales y por decisión también personal, emergen voces que se diferencian mucho entre sí y eso es muy sano. Por otra parte, percibo que en este panorama hay escritores que no se limitan a un género, viajan por el discurso sin acomodarse en un molde, entran y salen de los géneros también en busca de nuevas maneras de decir lo que ya está dicho (nada nuevo bajo el sol). Que compartamos espacios, lecturas, preocupaciones, aun sin pensarnos como generación, es ya una fortaleza. No me gusta juzgar. El tiempo siempre dice la última palabra: lo exaltado sin sentido, cae; lo verdaderamente bueno, trasciende.

¿Cómo calificarías los vínculos literarios entre los escritores de una generación que lucha por no ser considerada ni definida como tal?

Lo que veo ahora mismo es diversidad aunque 10 personas se lean a un mismo autor y lo vomiten luego como los conejitos de Cortázar; es un proceso por el que hay que atravesar, es grotesco, difícil, pero a la larga cada quien se percata de que no podemos ser un conjunto uniformado y busca su voz.

Un poeta sin voz propia es una línea en una cebra. Hay quienes vuelven a una tradición neoclásica, más o menos romántica con una apropiación más o menos singular; hay quienes se separan del canon en busca de interpretaciones poéticas para este siglo de redes. A todos los une una línea: la maldita circunstancia, el sol recalcitrante de los 12 agostos que estamos viviendo…

Por otra parte, en cuanto a vínculos más personales, de esporádicos van pasando a ser vínculos sostenidos. Lo veo in crescendo: un grupo de whatsapp por aquí, una exposición por allá, una lectura, una acción poética, un encuentro, hasta un abrazo. Siempre hay vínculos.

¿Qué aporta el periodismo a tu visión poética? ¿Y qué cubre, en material de experiencias, que la poesía no?

El periodismo me aporta el diálogo, el contacto directo con los demás y eso se vierte luego en mi poesía. Mis sujetos poéticos muchas veces vienen de encuentros con personas que he entrevistado o con las que me he encontrado en equis caminos. A veces pienso que he reescrito algo que antes estuvo en mis papeles, en mis agendas de trabajo. Me sucede mucho.

He sentido alguna vez que una historia no me da para un reportaje porque no hice las preguntas que hubiera querido y era porque estaba pensando la escena o el personaje desde la poesía. Un poema que le dediqué a una mendiga tiene de eso; aunque luego vino la crónica, que es el género puente, fronterizo con mi poesía.

Claro, en materia de experiencias hay un espectro que le es sagrado al periodismo: lo que me aporta la conversación, el placer de investigar, la frustración cuando no puedo llegar a lo que creo es la verdad en un trabajo periodístico. En poesía, en todo caso, la frustración —que es una experiencia que valoro porque resulta esencial tratar de saltar sobre ella— se da en un contexto íntimo, entre las palabras, las ideas y las voces.

EDUARDO HERAS LOS PASOS CUBIERTA 1

¿Sobre qué te interesa escribir, a primera vista, y luego de manera más profunda?

Me interesa escribir sobre cómo se mueve una sociedad, cómo se mueven mis dedos en el teclado de esa sociedad. Me interesa lo inmediato y lo cotidiano y lo moderno aunque también me interesa mucho volver sobre los rastros que deja una Historia nacional poco contada, amueblada con libros de texto que no son todo lo profundos que quisiéramos.

Me interesan mis ancestros. Me interesa contarlo todo, padezco de gula ante la escritura y la investigación, y siento que violo tiempos cuando escribo aceleradamente e investigo para varios reportajes de manera simultánea. Me interesan los espacios, escribir desde cada entorno por el que paso, yo trotamundos… y si me dejas aquí sale un poema.

¿De qué manera transcurren tus procesos creativos y cómo piensas la arquitectura de un libro de poesía?

Eso ha variado. Mis mejores horas son las de la madrugada. A esas horas se me ocurren ideas que me parecen la octava maravilla y luego tengo que analizarlas. Un libro es a fin de cuentas un concepto. Lo que hila Mestiza es la sinceridad de una postura cívica frente a un orden de cosas. Lo que hila a Lxs eMergentes es una búsqueda de lo que somos, ahora, en un tiempo y espacio compartido, un conjunto de personas que no salen de una producción en serie (¡menos mal!).

En otros géneros, los libros se me dibujan con más claridad: en testimonio, los imagino en cuanto a forma desde que empiezo aunque siempre es sorprendente el contenido porque son los recuerdos y vivencias de otros. El proceso creativo siempre es agónico mientras se busca el modo, pero es a la vez de lo que más disfruto en la vida.

Has incursionado también en la narrativa. Me interesaría saber si consideras que aquellos escritores que cultivan pluralidad de géneros tienen ante sí mayores posibilidades de asociación que otros que se decantan por un solo género.

Probablemente sí, abrirse a un nuevo género es explorar un universo de posibilidades asociativas, como sucede con los idiomas. El lenguaje creo que se expande, demanda más respuestas creativas si quien escribe no desea acomodarse.

El concepto de la literatura parece muchas veces disociado de la idea de la comercialización, ¿es esto un evento favorable o negativo a largo plazo?

El escritor es escritor y lo suyo es escribir, pero vivimos una época de posibilidades reales de interacción y socialización con quienes no están en nuestro entorno físico inmediato. Hay que escribir y hacerlo con sensibilidad y pasión, pero también hay que socializar y entender que en estos tiempos somos tan buenos como amplia pueda ser nuestra red.

Red de amigos, de contactos, de editores, de lectores. Hay que insertarse en las plataformas disponibles. Solo que eso es decisión de cada cual y habrá quienes prefieran el ritual íntimo de la literatura y la vida no publicitada. A largo plazo, creo que es preciso que el proceso creativo esté enlazado con la comercialización. En Periodismo, cuando haces la tesis y esta deriva a libro, debes anticiparte y saber para quién, cuál es tu público meta. Esto no tiene por qué cercenar la espontaneidad de la obra.

Cuba tiene ante sí el reto de insertar su literatura a escala global; reto que, hasta ahora, solo han cumplido algunas puntuales voces. ¿Qué deficiencias acompañan al proceso actual de “dar a luz” un libro en nuestros predios? ¿Cómo podría ser cambiada o transformada esta realidad? ¿Cuánto de conformismo nos queda por desterrar de nuestras concepciones literarias y promocionales?

Nos falta a veces perseverancia; y otras, nos falta ser inconformes. Si creemos que el espectro de publicación se reduce a la isla; que para insertarse en un capítulo de la Historia literaria cubana hay que hacer una carrera de circuito David-Pinos Nuevos-Calendario; con el siguiente La Gaceta-CASA-Guillén-Carpentier, que es el circuito 2.0, estamos ante un problema de enfoque.

Realmente sucede que esas son vías para publicar, las más seguras. Todos quieren en el momento cumbre el Premio Nacional de Literatura, pero el compromiso tiene que ser con los lectores, no con el lucro social y ególatra de los premios.

La aspiración, creo, debe ser en todo caso multiplicar lectores. No me refiero a escribir bestsellers, pero sí trazarnos estrategias para la promoción, distribución, etc. No es agradable para nadie que su libro, después de publicado, pase meses sin llegar a las librerías. Nos falta llegar a los públicos. Y a veces nos falta llegar al papel por procesos dilatados. Nos falta movimiento. ¿Qué podemos hacer?, intervenciones del espacio público, lecturas en las calles o lugares populosos. Lo que no podemos es detenernos. Los jóvenes tienen que publicar. Las editoriales tienen que mirarlos.


“Lo que me habita siempre es la incertidumbre”

En un panorama literario tan plural como el de nuestra Isla, seguir los embates de las promociones de autores noveles que, de manera constante, se suman a la creación ya existente es siempre un desafío para cualquier lector o escritor. Entre estos autores, la voz de Ray Veiro es, a mi criterio, una de las más interesantes.

Desde su incertidumbre, el llamado del oficio es una constante que Ray defiende. Atentos: este es un joven escritor que puede, si continúa en la ruta adecuada de lo creativo, sorprender y atraer. En cualquier caso, Ray Veiro es ya una voz a tomar en cuenta.

¿De dónde nace tu certidumbre de ser escritor?

Lo que me habita siempre es la incertidumbre, a cada paso, a donde quiera que voy. Nunca me presento como un escritor si alguien no me dice “muchacho sí, deja la bobería”. El problema de ser escritor/artista es que eso no se forma, uno siente que tiene el deber de escribir, que no puede hacer otra cosa en la vida. Si no escribo me siento inútil. Yo escribo aunque no me haya ganado el “título” de escritor.

¿Cuán difícil resulta, para un autor novel, insertarse en el panorama literario del país?

Un autor novel es como un recién graduado, entrenas rigurosamente para no hacer nada.

¿Piensas que existe competitividad o competencia entre las voces literarias del patio? ¿Es este un proceso negativo o tiene sus aristas positivas? ¿Cuáles?

La competencia siempre es buena, lo que pasa es que la gente compite con la persona, no con la obra. Ese es un fallo soberbio. Aquí todo se torna personal. Realmente uno no supone competencia para otro. Actualmente hay muchísimos autores con poéticas diferentes, incluso con antipoéticas, y todos tienen cosas que decir de diferentes puntos. Eso es lo bueno de la subjetividad, que hay cierta democracia. Lo que pasa es que a veces esa democracia es desbalanceada, y se le da toda a ciertos poetas que casi son omnipresentes en los medios y se callan a otros.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

El momento de escribir es, para mí, estresante. Siempre tengo sueño. Estudio dos carreras y el único tiempo que tengo para hacerlo es en la madrugada. Por eso siempre escribo molesto, frustrado conmigo mismo por dedicarle tiempo a otras cosas que no sé para qué me van a servir. Pero siempre me mueve la obligación de escribir.

A la hora de pensar en un libro, ¿cómo lo construyes, qué buscas?

Tengo poemas y relatos sueltos que nunca van a llegar a ser libros. Pero ahora estoy comenzando una relación bonita con el teatro. El teatro te permite tantas cosas maravillosas. Lo que busco para construir un libro, es que las historias tengan vida, memoria. Todo tiene cosas ricas que contar, a veces cosas que ocultar…

Ray Veiro (Cortesía del entrevistado)Ray Veiro (Cortesía del entrevistado)

¿Cuál es el papel del lector en los tiempos que corren?

Esta generación es visual, quedan escasos lectores. Hay gente que lee para encontrarse “frases chulas” y para repetir “cositas bonitas”, para que sepan que saben. Pienso que tenemos que leernos entre escritores. No nos queda un público amplio.

¿Piensas que se ha hecho poco de novedoso en las generaciones literarias posteriores a Generación Cero? ¿Hasta qué punto su influencia continúa permeando la creación?

La Generación Cero siempre está ahí, es un referente y sí influencia a muchísimos autores. He leído ya varios poemas que son Legna “pasada por agua”. Debe ser feo parecer una Legna desteñida, debe ser terrible no ser tú. Una vez leí en Facebook algo que Jamila le mandó a Legna diciendo “aquí se continúa hablando en idioma Legna”, y eso lo he comprobado muchas veces.

Pero también hay autores que hacen cosas novedosas. Puedo mencionarte a Martica Minipunto, que es performática desde sus letras hasta su imagen, o a Daniel Duarte y Noel Alonso que tienen una forma inquietante de abordar la filosofía. Y otro hombre, para mí, “monstruoso” es Jorge García Prieto. Hay muchos más que tendré la oportunidad de leer, debe haber muchísimos, pero escondidos.

En los últimos años se ha entrado en un proceso de contacto, parcial en todo caso, con la literatura de la diáspora, ¿piensas en la escritura cubana como un gran bloque, dividido por diversas distancias geográficas, o lo diaspórico es un fenómeno independiente de lo que se gesta dentro de la isla?

La literatura cubana definitivamente es un gran bloque, pero no se divide por distancias geográficas únicamente. A veces estamos dentro del territorio y sufrimos una rara especie de exilio interno. Eso del contacto parcial va más sobre la rectificación de errores que otra cosa, sobre ser bienvenido a medias.

¿Cuán importantes son las conexiones y las asociaciones en materia de promoción? ¿Piensas que los escritores se valen de relaciones de amistad para, por ejemplo, publicar o promocionarse?

Las personas escaladoras tienen su mérito, un atractivo risible. Y el mundo literario no está exento de ello. La buena literatura es la que permanece siempre. El tiempo dirá.

¿Qué libro te hubiera gustado escribir? ¿Tienes algún autor “de cabecera”?

Ningún autor es para mí un ídolo supremo. El fanatismo afecta las aperturas al progreso. Me gustan los autores que me muevan, que me desordenen dentro. La última que leí y me provocó millones de cosas lindas fue Nara Mansur.

¿Cómo definirías a la literatura joven cubana? ¿Qué la caracteriza?

No me atrevo a dar una definición de esta naciente generación, por ahora muy dispersa. Es como un niño malcriado que quiere una cosa y la quiere ya, pero falta consistencia. No se puede correr sin aprender a gatear, y eso he tenido que aprenderlo en carne propia.


Un escritor de extremos

Erick J. Mota y sus libros rondan el imaginario de todos aquellos que, alguna vez, hemos escrito, leído o pensado en clave de ciencia ficción. El calibre de su literatura radica en contar la verdad y hacerlo con acierto, en buscar lo cubano más allá de la concepción superficial del fenómeno y en su calidad como escritor (y como amigo, valdría también acotar al margen). Mota ha descubierto que lo universal se encuentra en el interior de la propia historia.

¿Existe literatura de ciencia ficción y fantasía con sello netamente cubano? ¿Qué define, a tu criterio, la escritura de ese género gestada en nuestra isla?

Por supuesto que sí existe. Creo que, incluso, fuera del género toda obra acometida por cubanos llevará un sello de cubanía. Los cubanos tenemos una forma particular de reaccionar a los embates de la vida; podría decirse, una forma específica de pensar y actuar. Compartimos muchas de estas características con los pueblos del Caribe, con los habitantes de América Latina y los países europeos mediterráneos.

Sin embargo, seguimos siendo ejemplares únicos, tanto en la forma de hablar como en la manera de asumir la religiosidad (o el ateísmo), en la manera de reaccionar ante las crisis y el modo en que lidiamos con la política. Es imposible ocultar este cuban way of life.

La ciencia ficción o la fantasía generan situaciones o ambientes en que los personajes son llevados a extremos que desafían la realidad misma, pero las reacciones humanas son universales. Si nos imaginamos a un grupo humano en un refugio luego de una guerra nuclear o un equipo de exploración en el otro extremo de la galaxia creo que sería muy difícil —y dudaría del producto final de una obra así— si pretendemos (siendo cubanos el autor y los lectores) que el grupo se comporte como si fueran japoneses, norteamericanos o uzbekos.

El escritor de fantasía y ciencia ficción es un escritor de extremos, pero el centro de la trama siempre será el individuo… y ese individuo es forzosamente cubano cuando lo escribimos nosotros.

¿Lo que define la escritura de género hecha en la isla? Creo que su principal característica es que no hay dos obras iguales. Como pasa en música, o en la misma literatura fuera de la ciencia ficción, no hay dos autores que compartan elementos creativos o estilísticos más allá de las convenciones del género. Yoss no se parece a Michel Encinosa y ninguno de los dos se parece a Vladimir Hernández o a mí; sin embargo, los cuatro hemos hecho cyberpunk más o menos en la misma época.

Creo que es, precisamente, esta incapacidad para ordenarnos como generación lo que nos vuelve únicos dentro de la ciencia ficción internacional.

¿El género ha evolucionado en los últimos años o sigue apegado a formas, fórmulas y modos de hacer que hemos heredado de otras tradiciones culturales y escriturales, y/o del propio canon nacional?

Parte y parte. Es cierto que el género ha evolucionado. Con la llegada de los libros en formato electrónico los escritores han podido leer obras que no se habían publicado en Cuba. Esto permitió que subgéneros como el cyberpunk, la fantasía heroica o la ucronía aparecieran en el escenario de la ciencia ficción de nuestro país. Pero esto también nos ha atado a un canon ajeno, a veces innecesariamente comercial. Y digo ajeno y no extranjero. No hay nada de negativo en importar una idea o una estética que funciona.

Lo que sucede es que el arte se basa en la respuesta humana a la vida y ciertos grupos sociales comparten formas de responder a estímulos como la guerra, el hambre o la violencia. Es a lo que llamamos identidad nacional. Como narrativa, la ciencia ficción y la fantasía tienen posibilidades superiores a la narrativa tradicional —erróneamente llamada realista— para mostrar estas reacciones. Sucede, entonces, que en nuestro afán de seguir un canon ajeno (puede ser extranjero o no) nuestros personajes reaccionen a la presión de la vida como norteamericanos, suizos o japoneses. Estrictamente hablando, eso no estaría mal. Después de todo, la literatura habla de verdades universales.

El problema es cuando hay una desconexión entre los personajes y los lectores. Peor aún es cuando esta desconexión se nota. Esto funciona igual cuando el personaje se comporta como “cubano”, se viste de guayabera (no tengo nada en contra de la prenda; de hecho, me gusta) y solo piensa en comer tostones y carne de puerco (tampoco hago campaña contra lo anterior). El canon ajeno puede venir de cualquier parte pero debe evitarse.

Sobre las novísimas generaciones de escritores del fantástico: ¿notas que hay similitud en los estilos y temas de escritura, una especie de autofagia literaria?

Creo que, a veces, no queda claro dónde termina la inspiración y comienza la copia. La ciencia ficción anglosajona ha llevado y lleva las riendas de lo aceptado en el mercado como ciencia ficción. Es correcto estar en fase con estas tendencias pero a la hora de hacer una obra propia creo que sucede que nos excedemos. Entre las obras cubanas dentro del género en los últimos años se ha puesto de moda el cyberpunk y luego el steampunk, solo por poner dos ejemplos.

He podido leer intentos de estos géneros que carecen del espíritu y el sentido inicial de estos escenarios dentro del género. Tampoco veo la necesidad de estar tan en fase con la ciencia ficción y la fantasía fuera de Cuba. Todo escenario dentro de la ciencia ficción es extrapolativo y, por tanto, la extrapolación debe partir desde nuestra realidad y eso es lo que falta en la ciencia ficción cubana.

He visto que a veces se tocan tópicos y escenarios determinados solo por moda y no por una necesidad creativa dentro de la literatura. Desconozco si esta moda es una especie de autofagia, pienso que todo escritor comienza imitando lo que le gusta y, posiblemente, haya cada vez más escritores noveles que prefieren copiar de lo nacional hasta que encuentren su propia voz.

De cualquier modo, pienso que es solo un fenómeno natural el hecho de imitar o seguir modas cuando se comienza una carrera. Pero me muestro optimista respecto a las nuevas generaciones. No veo esto como un signo de decadencia dentro del género.

En la ya no tan corta historia de la CF y F cubanas, talleres literarios y ezines han ejercido un rol preponderante en la formación e información de los nuevos escritores. ¿Siguen siendo necesarios o piensas que, en la actualidad, se hace importante descubrir nuevas opciones formativas? ¿Cuáles serían estas, en tu opinión?

Bueno, como yo me formé en talleres (hablo del taller Espiral y más tarde en el Centro Onelio J. Cardoso) es difícil para mí tener una perspectiva fuera de ellos. Sin embargo, trataré de ser objetivo. Los talleres son saludables para el escritor tanto como la terapia de grupo lo es para un enfermo mental. Ayudan, pero no curan.

Un taller provee de ejercicios de creación, debate y valentía a la hora de exponer tu obra a los demás pero, por sobre todo eso, los talleres son una tormenta de ideas temáticas, brindan inspiración al escritor que comienza pero no forjan escritores.

Por otra parte, los talleres vician, son faltos de objetividad y, algunas veces, hasta deforman. Teniendo en cuenta los errores de concepto que manejan muchos escritores a la hora de afrontar el género pienso que tal vez los talleres no son suficientes (jamás diré que los talleres sean innecesarios pues me debo a ellos).

Pienso que deben existir otras opciones como cursos de teoría literaria, técnicas narrativas, apreciación del género o escritura creativa. Incluso, creo que los escritores que comienzan deberían estar pendientes de la crítica literaria, es decir, no contentarse con la crítica de los talleristas sobre su historia sino aprender de la crítica pura y dura hecha a escritores hechos y derechos para así tener un listón más alto que saltar.

¿Qué opinas de la relación entre el mundo audiovisual y el literario, en relación con los géneros fantásticos?

Como siempre he dicho, pese a que el fantástico surge como un movimiento literario, este se enriqueció apenas aparecieron los primeros audiovisuales. Desde Méliès hasta la actualidad, el cine dejó de nutrirse de la ciencia ficción, la fantasía y el horror literarios para convertirse en un gestor de historias propias dentro del género fantástico. Esta relación literatura-audiovisual goza de buena salud y si alguien lo duda creo que Juego de tronos puede aportar números sorprendentes en la estadística de aceptación de un audiovisual inspirado en una serie monolítica de libros de más de 500 páginas.

Lamentablemente, en nuestro país no pasamos de los intentos que no acaban de despegar. Creo que, simplemente, tenemos una mala comunicación entre los realizadores de audiovisuales y los escritores. Eso, sumado a una creencia respecto a que un audiovisual de ciencia ficción o fantasía debe estar cargado de efectos visuales, trucaje y vestuario de diseño que encarezca la producción. No digo que hacer ciencia ficción sea barato, pero cada vez hacer audiovisuales de cualquier género es igual de costoso.

Existen formas creativas de hacer cine fantástico que no requieren grandes efectos visuales computarizados o un movimiento excesivo de trucaje. Creo que es algo que puede resolverse con un mejor diálogo llegando a un punto medio entre el arte y las necesidades de producción.

¿Es Cuba un país de literatura eminentemente realista/mainstream, o crees que esa coordenada ya se ha equilibrado… o invertido?

Cuba es un país donde la crítica ve con mejores ojos la literatura llamada realista o mainstream y donde, además, no existe un mercado del libro en el cual la ciencia ficción y la fantasía puedan probar con números (ventas) la predilección del público. En ese aspecto, al no existir un mercado solo nos queda convencer a la crítica.

Pienso que después de muchos años hemos logrado que algunos escritores de ciencia ficción y fantasía sean aceptados como escritores por las instituciones, coloquen relatos en antologías “realistas”, se autoricen premios dentro del género e, incluso, se dediquen ferias del libro (provinciales, pero algo es algo) a un escritor del género (hablo de Yoss).

Sin embargo, todavía un relato fantástico —no un fantástico enmascarado como realismo sino verdaderamente fantástico o de ciencia ficción— no ha ganado un premio reconocido de literatura. Aún nos queda mucho terreno por ganar. Eso, asumiendo que realmente necesitemos conquistar esos espacios y congraciarnos con la crítica literaria cubana.

En otro sentido pienso que, tal vez, nuestros esfuerzos deberían orientarse hacia la creación definitiva de un mercado del libro en Cuba y, simplemente, venderle al consumidor —ese lector cubano que lleva consumiendo ciencia ficción por más de 60 años y no parece cansarse— y así, de paso, hacer un poco de dinero.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Me limito a vivir, las historias vienen solas. Tengo la capacidad —me rehúso a llamarlo don y he aprendido a no decirle maldición— de procesar todo lo que me ocurre en términos fantásticos. Podría decirse que mi reacción ante la vida es escribir cualquier cosa que tenga un nivel de realidad no real. Al pasar el tiempo las historias se acumulan en mi cabeza y, cuando ya no me dejan tener una vida funcional, me siento y las escribo. Tras el punto final llega la paz de espíritu y regresan los pensamientos claros. Al menos por un tiempo.

Publicar fuera de Cuba: ¿utopía o distopía? ¿Cómo ha sido tu experiencia?

Ambas cosas. La parte utópica es la posibilidad de entrar en un mercado del libro. Difícil, ocupado por norteamericanos y españoles, pero siempre mercado. La posibilidad de vender está allí. Los libros no dependen de un plan editorial o de una distribuidora. Se editan, se imprimen y se venden. Es como estar en un agromercado sin que te importe el precio de la libra de cebolla porque son tus cebollas (en este caso, tus libros) y ganas algo cada vez que alguien compra.

La parte distópica es que llegamos tarde a este mercado. Las editoriales independientes poseen un alcance menor, muchas veces limitado a la mente de sus propietarios, la promoción cuesta dinero y en un mundo de oferta y demanda nadie apuesta por un escritor desconocido y de un país que solo fue famoso por unos misiles nucleares que crearon una crisis en los 60. Las grandes editoriales apuestan (e invierten) por lo seguro.

Esto es, por autores establecidos, traducciones de norteamericanos ganadores del Hugo y cubanos que hablan de política (la política sí vende). En fin, que publicar fuera de Cuba es como ser bajito y delgado y entrar a un ring lleno de armas pesadas para pelear contra varios tipos grandes y fuertes. La ventaja es que fuera del ring no tienes ninguna posibilidad de llevarte el cinturón del campeón. Pienso que siempre será una decisión personal.

Las antologías son, si se quiere, un “recurso” que emplean muchos autores para darse a conocer y compartir espacio textual con algunas figuras, menos o más relevantes, de la literatura nacional. ¿Sucede igual con los escritores de CF y F? ¿De cuánta importancia son las antologías del género?

Pienso que sí, una antología no solo es una oportunidad para muchos escritores noveles o con una obra limitada, creo que también le aportan buena salud al género. Sobre todo en un país donde no existen publicaciones en papel sobre lo fantástico, donde puedan leerse diversidad de relatos o fragmentos de novelas, como sucede en el mundo anglosajón (aunque cada vez son más las revistas que se pasan a formato digital y abandonan el costoso papel).

Una antología siempre se agradece de parte de los lectores asiduos al género. Creo que lo que falta ahora es que los antologadores de libros de corte realista comiencen a incluir autores de fantástico. No creo que resalte para mal un relato de fantasía o de ciencia ficción en una antología de narrativa (al fin y al cabo, eso es lo que es, narrativa).

¿Cuáles son los temas y los asuntos que actualmente te apasionan? ¿Sobre qué desearías escribir?

Me apasiona la historia, la sociología y la política (también las armas de fuego, pero esa es solo una relación platónica), cosa que para un licenciado en Física puede parecer algo extraño, aunque no tanto, si terminé escribiendo libros.

Creo que la sociedad humana (al menos hasta que aparezcan otros seres inteligentes que vivan en sociedad) es un sistema físico profundamente complejo y, por tanto, fascinante. Es por eso que me apasionan por igual la ucronía y la distopía. Creo que la historia alternativa es algo más que un ejercicio de conocimiento de la historia, es un escenario de la ciencia ficción que requiere un trabajo de mesa tan profundo como una novela histórica y, al tiempo, es una reflexión sobre temas de gran profundidad social.

Existen puntos oscuros en las historias de cada país que solo la ucronía puede sacar a relucir, llevar a debate o llamar a la reflexión. Respecto a la distopía creo que cualquiera que vea las noticias y los discursos políticos con un ojo crítico está obligado a acercarse a la distopía.

Sobre todo, porque durante el siglo pasado parecía que solo habría unos cuantos sistemas de gobierno que podrían desencadenar en una anti utopía. Hoy en día creo que las probabilidades se han cuadruplicado. Creo que la distopía llama a la reflexión sobre el ahora, no solo sobre cómo debemos reaccionar ante la política —reacción que creo ha sido demasiado pasiva durante demasiado tiempo— sino sobre cómo debemos proyectarnos hacia el futuro.

Las noticias de hoy serán la historia del mañana y los errores de hoy serán los holocaustos y apocalipsis del futuro. La gente debería reflexionar sobre ello y escribiendo sobre estos temas quizás se pueda lograr.

Mucho se ha hablado del rol o papel del lector como coautor o, al menos, de su participación en la construcción conjunta de un libro. ¿Piensas que el lector cubano es creativo o que ha optado por la pasividad a la hora de consumir un producto “ya hecho”? ¿Es, además, un lector complaciente o no?

Ante la inexistencia de un mercado del libro, al lector cubano no le ha quedado otro rol que el pasivo. Pero eso no significa que no tengamos un público crítico y nada complaciente. Nuestro público lee de todo y copia todos los audiovisuales que salen del género. Esta avidez viene dada por la falta de oferta ante una demanda.

Sin embargo, he escuchado críticas muy profundas en mi barrio sobre ciertos audiovisuales del género de dudosa calidad y he tenido la oportunidad de ver cómo, en un lanzamiento del libro, casi todo el público se había leído mi novela y hacían preguntas que me pusieron a sudar. Creo que nuestro público está deseoso de un mercado y no será para nada complaciente con los autores cuando esto ocurra.

¿Hasta qué punto la búsqueda de un sello nacional en la literatura fantástica puede ir en detrimento (o no) de la idea de construir una literatura universal y no localista? Y hurgando un poco en este asunto: ¿se busca en realidad hacer libros del género con temas nacionales o solo se apuesta por lo superficial, e incluso folclórico, de lo llamado a grandes rasgos “lo cubano”?

Tal vez deberíamos comenzar haciéndonos la pregunta ¿por qué necesitaríamos buscar un sello nacional en el género? Aparentemente, estamos en buen camino siguiendo las convenciones del género y buscando conectar con aspectos universales de la naturaleza humana.

Para la ciencia ficción es, incluso, más sencillo, puesto que se basa en la extrapolación de disciplinas científicas que, por lo general, buscan generalizaciones y no localismos. La primera respuesta está en el mercado. En un mundo comercial regido por la pauta anglosajona donde prácticamente todo el canon está establecido a partir de una ciencia ficción y una fantasía concebida en Estados Unidos, Inglaterra y algo de Francia, es difícil competir. A menos que se tenga algo novedoso. Tanto en el mundo científico como en el literario es poco probable una idea nueva al cien por ciento. Generalmente se trata de ideas preexistentes adaptadas al contexto actual o vistas desde una localidad.

En otras palabras, no podemos vender hielo a los inuit a menos que le pongamos algo verdaderamente nuestro. Ahí es donde el sello nacional acude en nuestra ayuda puesto que nadie, en todo el mundo, posee nuestra cultura. Parte del éxito de los primeros clásicos de fantasía norteamericanos radicó en la explotación del imaginario nacional en lugar de intentar imitar la pauta extranjera. Es por ello que obras como El maravilloso mago de Oz resaltan en medio de un mercado controlado en su época por autores ingleses o alemanes.

Otro aspecto radica en que la ciencia ficción no busca exactamente una extrapolación de la ciencia actual sino que explora la respuesta individual y social al desarrollo tecnológico. Y esta respuesta es particular para cada grupo social.

Por otro lado, la fantasía no se basa en extrapolaciones científicas o tecnológicas sino en extrapolaciones tradicionales, culturales y folclóricas. Tolkien construyó todo el universo del Arda a partir de tradiciones, leyendas y folclore europeo. Lo interesante es que no tomó mucho del folclore nacional pero, indudablemente, El Señor de los anillos tiene un sabor británico indiscutible.

Claro está, apoyarnos en la cultura nacional no nos puede alejar de la búsqueda de verdades universales. Macbeth se desarrolla en la escocia medieval pero es una historia sobre las ambiciones. Lo universal está en el interior de la historia, no en cómo luzca.

Y aquí caemos en la segunda pregunta que para poder responder tenemos que hacernos otra: ¿qué consideramos “lo cubano”? Todas las respuestas posibles a esta pregunta se agrupan en dos grandes grupos. Una centrada en factores de identidad que exploran los elementos comunes de cada individuo de nuestra compleja nación.

Y otra, banal y estereotipada, que busca soluciones fáciles para problemas complejos, tales como reducir la totalidad de las tradiciones campesinas (con profundas raíces compartidas entre la cultura taína y la europea) al punto cubano y el guateque; o toda la complejidad de las religiones de origen africano (que van desde la regla conga proveniente de Haití en el oriente cubano hasta la hermandad de los ñáñigos en el occidente de la isla) a un simplista panteón politeísta distante de la filosofía yoruba encabezado por una Oshún, un Changó y un Elegguá diseñados para agradar al turismo del primer mundo.

Ahora bien, un autor de literatura fantástica que asuma la primera definición de “lo cubano” explorará un conflicto universal dentro de la complejidad de nuestra sociedad, nuestra tradición o de nuestra cultura. En cambio, si se sigue la segunda definición, solo se obtendrá controversias campesinas de robots gigantes con sombreros de yarey u orishas vestidos de Armani saltando entre almendrones en movimiento como una mala copia de La Matrix. Creo que la decisión está en cada autor. Que el lector juzgue por sí solo.


La música que tocamos tiene mucho de espiritualidad

Como parte del Festival Septiembre Barroco, el Dúo Real Maravilloso —integrado por Yasek Manzano y Roxana Coz— ofreció un concierto donde lo sensorial y lo espiritual formaron parte inseparable de la transmisión de la buena música. A propósito de su experiencia de trabajo durante el primer año de vida del Dúo versa esta entrevista.

Conversemos sobre el más reciente concierto del Dúo Real Maravilloso, el cual aconteció el pasado 13 de septiembre en la Iglesia de Paula como parte del programa del Festival Septiembre Barroco, ¿qué repertorio presentaron?

Yasek Manzano: Se tratan de transcripciones de antiguos conciertos que eran interpretados por una de las voces más importantes y sobresalientes en el periodo barroco: el clarino. En este caso, la trompeta picolo —instrumento moderno que surgió en el siglo XX y que pertenece a la familia de las trompetas— tendrá un rol fundamental. Dentro de los conciertos escogí una pieza escrita para trompeta en Mi Bemol y que, por cierto, es una de las más famosas piezas de Jan K. J. Neruda.

Otros compositores como Fasch escribieron obras icónicas para la trompeta. Junto a su concierto en Re Mayor, el programa estuvo completo con los conciertos de Vivaldi y Tartini, compuestos para violín y arreglados por mí. También quisimos expandir las posibilidades sonoras y para ello invitamos al Cuarteto Opus 10 que dirige Alberto Denis. También nos honró muchísimo la presencia de la maestra Bárbara Llanes, que se unió al formato para interpretar varias de Haendel, Bach y dos piezas de Scarlatti.

La vida del Dúo no presenta aún larga data, y quizás sea pronto para hacer esta pregunta pero, ¿qué buscan del trabajo en colectivo y cómo se insertan dentro del campo de la producción de la música clásica en nuestro país?

Roxana Coz: Nos hemos propuesto trabajar esta música por el amor que nos inspira. En un inicio nos motivó explorar las diversas posibilidades que aportó el género concierto en el barroco. Siempre ha existido la disposición por parte de ambos de continuar formándonos como músicos.

En el caso de Manzano como solista concertista, pues su carrera ha permanecido centrada en el jazz. En mi caso, busco desarrollar el rol de pianista acompañante, el cual disfruto muchísimo, aunque el hecho de ejecutar reducciones orquestales implica también un trabajo camerístico.

Nos ha ayudado también la visión musicológica, analítica, ese interés en nutrir la interpretación manejando criterios teóricos referentes al barroco. Creo que hemos logrado hacer un buen equipo gracias a la mutua retroalimentación y a la búsqueda personal de lo musical.

La consolidación y el aprendizaje continuo se han propiciado y eso es algo que siempre agradeceré a Yasek, ha sido un gran maestro. Lo más interesante es el resultado: una buena comunicación en escenario apreciada por el público posteriormente.

Nos impulsa el deseo de mostrar una música de una belleza imperecedera y disfrutable a pesar de su lejanía en el tiempo, teniendo presente que el origen de nuestra música cubana encuentra fuertes conexiones en aquella llegada de Europa en los años de la Colonia.

En el primer año de trabajo nos hemos integrado al interesante ambiente cultural que ha proporcionado a la ciudad de Matanzas la reapertura de la Sala White y la existencia de la Ermita de Monserrate, sala de conciertos que promueve la música clásica.

Hemos sido invitados a participar en espacios fundamentales para la promoción de la música del barroco, tales como Invierno Barroco en Matanzas y Septiembre Barroco en La Habana. En marzo participamos en el A tempo con Caturla, en Santa Clara.

cortesía de los entrevistados.

Unir dos talentos y dos personalidades en escena no siempre es asunto sencillo, ¿cómo transcurre el proceso creativo?, ¿cómo trabajan el empaste espiritual, más allá de la disciplina necesaria para lograr la buena música?

Yasek Manzano: En un inicio fue bastante complejo para ambos. Los ensayos comenzaron siendo sesiones de estudio en conjunto, si pudiera llamarse así. Por una parte yo estaba explorando con la trompeta picolo, familiarizándome con el instrumento. Roxana comenzó a tocar luego de un tiempo sin estudiar sistemáticamente.

Pero fue un período que me permitió trabajar la afinación y la resistencia, y comenzar el montaje de conciertos de gran complejidad como el de Telemann. Más adelante, mientras trabajábamos, íbamos aprendiendo, tomamos como referentes la música de trompetistas espectaculares como Matthias Höfs, Alison Balsom y Pacho Flores.

Compartíamos películas o audiovisuales sobre el estilo barroco y también me encargué de descargar videos de Internet que comentábamos en los minutos de descanso durante los ensayos. Roxana también se interesó por conocer acerca de la biografía de los compositores y el análisis de algunos conciertos, lo cual permitió calzar la interpretación.

Consultamos tratados teóricos que aportaron muchísima información y ayudaron a desentrañar lo que verdaderamente quería decir la partitura en el estilo barroco, atendiendo a códigos diferentes de lectura musical.

Algo que siempre ha estado presente han sido los planteamientos y reflexiones en torno a temas filosóficos, culturales e incluso religiosos en nuestras conversaciones. A veces esto te permite ilustrar la intención que debes poner a determinado movimiento o momento de la música.

En los ensayos lo mismo hablamos de Deepak Chopra o de Wyne Dyer, que de los zen y los chacras, como de las culturas religiosas afrocubanas o el proceso de transculturación. Damos al asunto espiritual una importancia crucial, porque la música que tocamos tiene mucho de espiritualidad. Creo que en buena medida asumimos lo real maravilloso para dar nombre al dúo en este sentido.

Roxana Coz: En muchas ocasiones hablamos de cómo preparar la mente para tocar una música sumamente compleja, que requiere de gran concentración. Cómo condicionar al cuerpo en primer lugar, y crear en él una memoria en cuanto a los elementos de la técnica, que luego se pongan en función de dejar fluir la musicalidad. Demasiada atención en la técnica puede obstaculizar lo musical y debe ser lo inverso, que lo musical haga emerger lo que requiera de la técnica.

Para ustedes, ¿qué es la buena música?

Yasek Manzano: Es toda aquella que tiene contenido, que está bien escrita, que estéticamente tiene una belleza elaborada con buen gusto, que te deja con preguntas o da respuestas, pero que siempre te lleva a una dirección. La buena música toca tus fibras, tus sentimientos, deja una experiencia agradable, profunda, real.

Puede ser la que se baila, la que encierra un mensaje positivo, la que está escrita de manera coherente con los tiempos, sin ser burda, la que puede ser sencilla pero no superficial, profunda pero no necesariamente intrincada. La buena música es aquella que por definición gusta a las personas más inteligentes, las que poseen una formación de su criterio estético. Puede ser aquella música en la cual se debate, la que describe una transición de dos etapas importantes de la historia o la que dibuja la esencia humana en determinado momento.

¿Cómo defender la música clásica en estos tiempos? En realidad, ¿la música necesita defensa o se vale por sí misma?

Yasek Manzano: Lo primero que hay que hacer para defender la música clásica es entrenarse e informarse bien para poder tocar. Hay que amarla para defenderla, amar cada sacrificio que se hace para poder reproducirla con clase, para convertirla en buena música en su reproducción, porque de nada vale que esté bien escrita si el que la reproduce no tiene la capacidad de hacer que brille ese legado que está en la partitura.

Cuando se adopta la responsabilidad de ser un buen músico y se ama esa consagración, lo clásico se convierte en parte de tu vida. Es entonces que todo lo escrito tan sabiamente, tanto por los clásicos como por los contemporáneos, te enseña.

Esa música te educa a ser mejor instrumentista, creador, artista… Y en la medida que eres mejor, haces que la música que tocas tenga más valía y llegue al público de la manera más eficaz. Sin llegar a ser perfecta puede entrar en la conciencia del público.

Es importante promover la música clásica en los medios de comunicación y en las redes sociales. Debemos aprovechar la oportunidad de tener libre acceso a la promoción propia.

Los músicos no debemos estar aislados en el proceso de creación. Es bueno de vez en cuando dejar un indicio de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, cuando vamos a realizar un concierto tenemos el deber de informar a la mayor parte del público de lo que está sucediendo. También la investigación ayuda: conversar con especialistas, musicólogos e intérpretes puede fortalecer el trabajo.

¿Cuál es la utopía creativa del Dúo?

Roxana Coz: Cuando emprendimos este viaje hacia lo real maravilloso que nos legara Carpentier, soñamos con llegar a un estado de armonía durante la realización de la música. Buscamos sentirnos conectados a la esencia pura de su naturaleza, para así poderla regalar a quien la escuche, creando un cambio anímico, un choque que producirá en alguien el descubrimiento inesperado de una verdad buscada durante mucho tiempo.

El trabajo que hacemos es un entrenamiento, un camino que debe recorrerse paso a paso, conscientes de que algún día podremos sorprendernos de todo lo avanzado.

En un país como Cuba, con tanta riqueza cultural y musical —y la preferencia mayoritaria hacia lo popular por parte del público—, apostar por hacer música clásica lo más dignamente posible es toda una utopía y un reto que asumimos con humildad… y con un poquito de esa osadía necesaria para arrojarse y decir: ¿por qué no?

¿Qué experiencia sensorial buscaron transmitir en el concierto, incluso a aquellos que no fueran especialistas en música barroca?

Roxana Coz: Lo que más deseamos es que el público haya sentido el grado sublime que alcanza esta música. Eso es imposible de transmitir en palabras. Pero —como le comentaba a Yasek unos días atrás— sé que a cada persona que se sentó a escucharnos, le entregamos una parte preciada de nuestras vidas.

Ahora que ya finalizó el concierto esperamos que esa persona que llegó con su mundo de ideas, con sus pensamientos, o abrumado por las situaciones más diversas de nuestra cotidianidad, ya no sea igual. Como tampoco lo seremos los músicos que saludamos en el escenario.

La música es un lenguaje subliminal que puede aliviar las cargas y los problemas cotidianos. Ayuda a sentir felicidad instantánea en la medida que nos satisface. Por eso la buena música nos puede cambiar y hacer más positivos. No importa que en un momento traiga melancolía o tristeza, son todas emociones humanas que necesitamos canalizar. La música resulta ser el más eficaz motor para liberar el espíritu.