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«No sé si la literatura me eligió, pero yo sí la elegí a ella»

En una Cruzada Literaria —hace ya algunos años— conocí a Evelin Queipo, una autora que apuesta por una literatura crítica y sin fronteras. Ella sabe que el talento no eclosiona fácilmente. Por eso, quizás, es que Evelin se manifiesta como una autora paciente y algo silenciosa. Silenciosa y creadora, porque es preciso decir que los motores de su arte no paran nunca de moverse.

¿Qué es lo que más valoras en la formación de un escritor?

Valoro la asimilación de lecturas, de contenidos, la asimilación de las críticas negativas. Conozco gente que lee de manera voraz y de todo; pero son incapaces de reflexionar en torno a eso que han leído. Entonces, si leemos y no interpretamos, o no asimilamos el mensaje, no ha servido de mucho la lectura.

 Respecto a la asimilación de contenidos sucede casi igual. Si estudias una carrera de humanidades, perteneces a un taller literario o a un Centro de Formación como el Onelio, y no asimilas el contenido que te imparten, se ha perdido el tiempo asistiendo a clases.

 Y finalmente las críticas. Si alguien se rehúsa a escuchar críticas, si solo quiere opiniones favorables u opiniones “autorizadas”, nunca mejorará demasiado. Yo siento que uno crece cuando es capaz de asimilar verdaderamente esa crítica que dolió, que nos hizo lanzar un texto a la basura.

Y acepto las críticas de donde vengan: de mis alumnos del taller, de los niños con los que trabajo, de los lectores más diversos y casuísticos, y de los grandes escritores también. En un primer momento, mi sistema defensivo se rehúsa a aceptar la crítica, pero después viene el tiempo y se encarga de demostrarme si había o no razón en ella.

¿Qué es lo que consideras como madurez literaria? ¿Se puede ser un autor maduro con independencia de la edad biológica?

En su sentido más amplio, madurez indica la llegada a un nivel completamente funcional del desarrollo. Pero, ¿cuándo y cómo puede un artista o escritor demostrar que lo que hace ha llegado a la etapa superior de su desarrollo? Eso puede suceder a cualquier edad. Ejemplos hay de quienes alcanzaron su madurez literaria en la adolescencia y juventud, y quienes tuvieron que esperar a los 50 años para dar lo mejor de su producción artística. Pero en cualquiera de los casos tiene que pasar el tiempo para poder estudiar todo el corpus literario de ese autor, analizar, comparar.

Si te lees los primeros textos de García Márquez, su periodismo, por ejemplo, hallarás textos maduros, magníficos, excelentes. Pero después vivieron otros muy superiores que dejaron a aquella producción en franca desventaja. Lo que quiero decir es que en sus textos primerizos puede encontrarse madurez literaria, pero muchos críticos te dirán que el Gabo llegó a su madurez mucho más tarde.

¿Por qué eliges la literatura? ¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

No sé si la literatura me eligió, pero yo sí la elegí a ella. La elegí porque me gusta leer, y me resultan inexplicables los resortes que mueven la creación literaria. Me gusta mi idioma, que es muy sonoro y musical, me gustan las lenguas, me gustan las rimas, los cuentos, vivo enamorada de ese mundo. No sé vivir si no es en un ambiente literario y creativo, rodeada de niños, que son unos creadores magníficos y nunca bien comprendidos. Me encanta que me asalten con un buen poema o un excelente minicuento. Pero, por favor, que nadie se tome esto demasiado en serio. No me acosen en la calle. (Risas).

El proceso creativo tenía antes en mí un momento específico, pero ya no. Ese proceso transcurre lento y no para jamás. Siempre estoy mascullando algo, un poema, una idea, un cuento. Si la idea se resiste, puedo darle vueltas durante años. Eso lo aprendí de Heras León: “cada cuento tiene una forma especial de ser contado. Nuestra misión es encontrarla”.

Aunque te describa mi proceso creativo, me quedo corta. De más está decirte que investigo primero, que estudio un pocotón, que no me atrevo a poner una letra si antes no me he preparado. Pero sigue siendo un misterio el proceso creativo.

Te pongo este ejemplo. Una vez tuve una idea para un cuento. Me pasé años estudiando el asunto, pero no salía. Una madrugada, presionada porque me faltaba una cuartilla para completar el número de páginas de un concurso, me senté y lo escribí de un tirón. Una idea que trabajé durante años quedó reducida a 20 líneas. Al otro día se lo leí a un amigo muy crítico, a ese que no me perdona una, porque yo tampoco le perdono nada a él. Resultado: pude ver el asombro en su cara. Pude ver el efecto que ocasionó el final sorpresivo. Creo que si ese amigo no me mintió con sus gestos, con sus palabras, hay que darme un palo en la cabeza para convencerme de que está malo el cuento que escribí aquella noche.

¿Existe una fórmula, fija o no, que procure como resultado el nacimiento de un buen libro?

Hay fórmulas fijas. Claro que sí. Una de ellas puede ser dominar las técnicas narrativas. Eso es vital. Hay quien no las puede nombrar, pero sabe usarlas, porque imita modelos. Otra fórmula es conocer qué quiere el lector para el que trabajas, qué busca. Luego se lo das. Pero también hay que manipularlo. Hay que agarrar las emociones como quien se agarra las partes blandas. Luego aprietas, cosquilleas, masajeas, hasta que saques una lágrima, una risa, una carcajada, una reacción emocional cualquiera.

Si las reacciones le duran al lector, date con un mazo en el pecho, hiciste un buen libro. Eso sí, como el asunto es netamente emocional y, por tanto individual, un mismo libro puede ser excelente para unos y muy malo para otros. Nunca tendrás una opinión general.

Se ha comentado, no en pocas ocasiones, que la literatura joven cubana sufre una “crisis” creativa. ¿Qué opinas de estas afirmaciones? ¿Se han perdido los afanes de contar o ha disminuido el talento?

¿Acaso esos comentaristas se leyeron el cuento de Cirilo Villaverde que sirvió como boceto a Cecilia Valdés? Se publicó, y en opinión de varios críticos es un cuento de escasa factura. Y si te pongo otros ejemplos (nada halagüeños) de grandes escritores, seguro no me creerías, pero igual podría catalogárseles como víctimas de la “crisis” creativa.

Sin embargo, en el peor de los casos esa “crisis” se ha creado aquí mismo, la han creado muchos de los que hoy acusan a la “literatura joven cubana”, porque ellos mismos han sido los jurados de los concursos que los han premiado. Tampoco tengo la posibilidad de leer a la joven literatura francesa, española, norteamericana, argentina… Creo que muchos tampoco la tienen. Sin un estudio comparativo no me atrevo a afirmar que la literatura joven cubana sufre una “crisis” creativa. Se puede especular con esa afirmación, pero demostrar que es cierto… son otros cinco pesos.

¿Cómo observas y valoras la literatura de tus congéneres, en tanto cercanía espacial y temporal?

Creo, por sobre todas las cosas, que es variada. Siendo así, la literatura goza de salud. Esta lección la aprendí con el maestro Lino Betancourt, que me dijo lo mismo respecto a la trova joven. Y llevaba razón su enunciado. Nada que se mueva y sea diferente muere.

Creo que hay cosas geniales hechas por los jóvenes, pero también muy malas. Y en ese ir y venir de opiniones favorables y desfavorables avanza la literatura. ¿Por qué levantar la voz para hablar mal de lo que hacen los jóvenes? ¿Los adultos y adultos mayores escriben tan genial? Yo quiero ver, Evelin Queipo, si piensas lo mismo de aquí a 30 años. (Esta última oración no la escribí yo, sino mi otra Yo, que conste en el acta).

La tendencia en cuanto a aparición de nuevas voces en el panorama literario cubano hace creer que nos encontramos en una era donde el talento eclosiona fácilmente. ¿Es así en realidad? ¿Todo lo que se visualiza o se promociona como “lo mejor” de la literatura joven, es precisamente lo mejor?

En un país que ofrece educación gratuita, que da acceso a diversos medios de comunicación e información, que está lleno de Casas de Cultura, de talleres literarios, que tiene programas tan variados para la promoción de la lectura y la literatura… ¡caramba!, ¡claro que tienen que florecer los escritores por todas partes! Y también los que se creen que pueden ser escritores. Eso es normal. Anormal fuera lo contrario.

El talento es otro asunto. Que te ganes un premio o tres, y te publiquen un libro o 10, no quiere decir que tengas talento. Kafka tenía talento y casi no publicó en vida. El talento no eclosiona fácilmente, pero la literatura sí cuando se han creado las condiciones para ello. En este país se han creado las condiciones. ¿Contamos cuántas editoriales hay en Cuba? En un rápido conteo: cinco de la AHS, 16 de los CPLL, las FAR y el MININT tienen sendas, la UNEAC tiene una en Santiago, otra en Pinar, existe Unión en La Habana, están las editoriales nacionales, algunas universidades tienen sellos editoriales, algunas Oficinas del Historiador también… ¿Por cuántas vamos? Y si hay editoriales, la lógica indica que tienen que eclosionar los escritores. Unas veces más y otras menos maduros, pero están ahí y también está el lector, que no perdona medias tintas.

Lo “mejor” de la literatura joven… es mejor que no hablemos mucho de eso. ¿Quién puede darte lecciones a ti, que eres un lector voraz, de “lo mejor”? ¿Quién puede darme esas lecciones a mí? ¿Quién puede decirle a mi hija de siete años, que lo mejor NO es El gato científico, de Yunier Riquenes, o Epaminondas, de Oros Viejos? Me los pide cada noche. Yo quiero leerle Platero y yo, y otros clásicos; quiero demostrarle que la literatura infantil es mucho más que eso.

Pero muy poco se puede hacer cuando un niño de siete años va al librero repleto de títulos infantiles, toma el de su preferencia y te lo pone en las manos para que se lo leas. Hay que respetar las elecciones de cada cual. Y mi hija puede presumir de tener un amplio espectro de lecturas, porque yo me encargo de leerle, de llevarla al teatro Guiñol, de llevarla a las peñas, a los talleres…

A mí me cuesta mucho trabajo demostrarle a los niños que leer es mejor que ver animados. Tal vez no lo logre, pero no me canso de intentar. Igual, que siga intentando la gente convencernos de qué es lo mejor. Tal vez lo logren.

¿Cuál es tu opinión con respecto al sistema de premios? ¿Ayudan al escritor, facilitan su trabajo o lo hacen lidiar en un pugilato constante donde solo se crea, o mayoritariamente se crea, para ganar?

Es lindo que haya premios, es bueno y es útil. Pero, ¡cuidado! Nadie se deje obnubilar por tres mil pesos y una publicación. En todas partes del mundo hay cazadores de premios. Viven y producen para eso. Y al que velan, no escapa. Es así como hay gente que repite ganando premios. A veces los mismos premios.

 Hay libros que uno sabe que son para competir. También los hay que no son buenos para eso. ¡Qué terrible debe ser someter la creación a los premios todo el tiempo! ¡Pero qué terrible debe ser también escribir libros que nunca ganen premios! Un premio ayuda y dos también. Veinte premios son geniales. Lo que es terrible y maligno es el vicio, es la esclavitud. Si negociamos con esos males pueden sobrevenir ataques de muy alta y muy baja autoestima, podemos salir perdiendo nosotros como seres humanos. La creación nunca pierde. Ella existe y ha existido desde siempre. 

¿Existe un mercado editorial cubano?

Vayamos, como en “madurez”, al concepto básico de la palabra “mercado”: conjunto de transacciones o acuerdos entre compradores y vendedores. Comercio formal y regulado, donde existe competencia entre los participantes. ¡Caramba! Creo que la respuesta a lo que me preguntas es NO.

Sin embargo, no hay que angustiarse por eso. Tenemos libros, tenemos literatura y tenemos lectores. Creo que nada en el mercado tiene un precio real. Todo lo que podemos comprar, negociar, vender, tiene un valor simbólico. Yo no puedo comprar todos los libros que he leído, no puedo comprar todos los que leeré. Pero los libros están ahí y yo los leo de cualquier manera. Nada me lo prohíbe. Ni las leyes del mercado.

Solo si no existieran los libros, la literatura, si no existiera yo, podría dejar de leer. Olvidemos a los mercaderes. Ya Jesús los echó del templo hace más de mil años. A leer, a consumir libros con la vista, con los dedos, con los oídos, con la mente, con las ganas de leer. Y los escritores y las editoriales que lloren las pérdidas mercantiles y la usurpación de los derechos de autor. (Esta última oración tampoco la escribí yo.)

Vives y escribes en Camagüey que, sin dudas, es una plaza importante si se habla en materia literaria. ¿Sientes que los conceptos centro (dígase la capital) y periferia (el resto de las provincias de Cuba) se difuminan cuando abordamos la materia artística? ¿Tienen los creadores de La Habana cierta “ventaja” en cuanto a promoción, creación y/o difusión de la obra?

He editado algunos libros y me parece un poco soberbio que un autor se cite a sí mismo. Pero hoy comprendo la utilidad. Una pregunta muy parecida me hizo Yasel Toledo y la entrevista salió publicada en Cubadebate. Sería bueno poner un hipervínculo aquí pero no ¿se puede? (Risas).

Si no existiera la diferencia entre centro y periferia, todo se llamaría “centro” o todo “periferia”. Ese es un principio básico de la economía del lenguaje: no deben existir dos palabras para una misma cosa. Si te fijas en los sinónimos, muy pocos comparten lo que se llama “sinonimia absoluta”. Pero veamos, cada cosa tiene sus pros y sus contras. Hay “cabezas de ratón” que se han mudado a la capital y no han llegado a ser ni siquiera “cola de león”.

En este sentido se puede favorecer el artista que eligió no migrar a la capital. Pero de que en los centros están las mejores y mayores posibilidades… eso es una realidad. Me quedo estupefacta y llena de sana envidia cuando mis amigos de la capital me cuentan cosas que yo ignoro palmariamente: lecturas con pagos en CUC, extranjeros que hacen ofertas, invitaciones, editoriales que vienen y hacen buenos y malos negocios… Y se me va llenando el corazón de arrugas cuando veo que a “provincia” llega tan solo una de esas bondades, y allá va la gente dispuesta a todo con tal de conseguir un beneficio mínimo. Se forma la guerra. Se pelean unos con otros.

Entonces quisiera que se difuminaran los conceptos de “centro” y “periferia” aunque sea en materia artística. Pero la semántica, dentro de las disciplinas humanísticas, suele ser bastante exacta: “centro” y “periferia” son antónimos perfectos.

¿Qué le falta a la joven literatura cubana para romper las fronteras territoriales de la nación y llegar a los lectores de otros países?

Aquí cerca, a esta hora de la noche, está mi otra Yo, y está loquísima por responder. Dice que tres palabras son suficientes. Le digo que no y se lo prohíbo rotundamente. Pero ella me ha dado un golpe maestro, me ha paralizado los dedos y…

…responde: un mercado editorial.

Solo entonces me devuelve el teclado y yo quiero borrar lo que ella ha escrito y teclear mi propia respuesta, que es diferente aunque no antónima. Pero entonces pienso… ¿y si ella tiene razón?

 

Camagüey, diciembre de 2019

Evelin Queipo Balbuena y mi otra YO.


El surrealismo tropical de Yuris Seoane

Quizás porque Yuris Elias Seoane Serrano tiene sus raíces en la zona de El Cobre, es que una estética singular marca cada una de sus obras, en las cuales lo cotidiano y el sincretismo religioso cobran vida. De ese lugar, rico en religiosidad y espiritualidad, este joven santiaguero bebe para continuar indagando en el universo de la creación.

Desde que egresó como Instructor de Arte en la especialidad de Artes Plásticas y de Estudios Socioculturales de la Universidad de Oriente, Yuris no cree en fatalismos geográficos y ha sabido atreverse en el mundo de la creación visual más allá de su provincia, sin olvidar su formación pedagógica; de ahí que hoy eduque a través de su arte.

Con varias exposiciones, reconocimientos y premios, no solo en el ámbito nacional sino también en otros países como Holanda y Alemania, el Portal del Arte Joven Cubano utiliza estos pretextos para acercarse al reciente ganador de la Beca de Creación SAVE 2018 y conocer sobre las inquietudes y sensibilidades que lo definen como artista.

Foto Frank L. O´Callaghan

–– ¿Por qué no decidiste dejar el magisterio como Instructor de Arte?

No es que no me guste la pedagogía, pero cuando me gradué hice mi servicio social y me di cuenta que no era lo que deseaba realmente. Me di cuenta que me llenaba más la creación. Decidí hacer una carrera como artista y vi que para eso se necesitaba tiempo; es algo difícil, pero son riesgos que uno toma en la vida.

–– ¿En qué manifestaciones te iniciaste como creador?

Comencé realizando videos. Primeramente con un proyecto que se llamaba Visión Común y existía en mi poblado, el cual incitaba a los jóvenes de la comunidad a explorar el cine, lo documental, y me dio curiosidad.

Me llevó a hacer algunos documentales para luego pasar a lo que es el videoarte, que es una expresión que rompe con los parámetros establecidos por el documental tradicional. Viendo esto me incitó a decir de una manera diferente, abstracta, metafórica. Vi en el videoarte una forma de expresarme de forma mas abierta.

–– Este medio es muy amplio… ¿cómo comenzaste a usar el videoarte?

El videoarte es experimento y eso da libertad, permite romper reglas.

Comencé a ver la sociedad y buscar cómo llevar a esta al arte, como una mirada antropológica, de archivo que había que ir guardando, pero no simplemente como un documento, que se ve y ya, sino como una manera de decir, con toques más experimentales, con ciertas subjetividades que diera una sensación, que el público viera estas imágenes a su forma e interpretación, pero que no fuera literal.

Lo considero como videoarte documental. Donde se viera mi interpretación personal y que el público lo indagara con su recepción. Una memoria, donde vea lo actual, lo pasado, sus contrastes. Mi primer videoarte lo hice en el 2012 o 2013, más o menos.

Foto Frank L. O´Callaghan

–– ¿Cuáles fueron tus primeras herramientas de trabajo?

Empecé con una pequeña cámara de fotos que permitía grabar videos, de quizás cinco megapíxeles. Grabando y editando. Ya luego, como todo lleva recursos y se necesita material de calidad, fui resolviendo mejores cámaras. Actualmente estoy trabajando con una HD, ya no solo trabajando el video sino también la fotografía, combinándolos.

–– ¿Qué temáticas abordas más en tu trabajo? Ya son casi seis años de madurez, ¿pero qué es lo que más te interesa presentar en tus obras?

Estoy muy interesado en la sociedad, lo que me rodea. Es de donde me nutro. Deseo traducir lo que se ve. La cotidianidad me da ideas, imágenes que busco devolverlas en arte, en metáforas.

–– ¿En qué consistió la Beca de Creación SAVE?

Gané la Beca de Creación y una Mención. Precisamente por un videoarte que iba dentro de una instalación que elaboré con elementos extraídos de las calle. Su título es Fragmentación.

La beca propicia que por año el Centro de Arte te ayude económicamente para concebir un proyecto de exposición y luego mostrarlo como resultado de la misma. Y ya tuvo su luz recientemente en diciembre en el mismo Centro de Artes Plásticas y Diseño con mi exposición personal Red de lo Social: Fragmentación y Cotidianidad. Discurso sobre el Surrealismo Tropical.

Foto Frank L. O´Callaghan

–– Cuéntame sobre el proceso…

Fue un año intenso, de mucha investigación y pensamiento. Buscando cómo idear, cómo organizar… en un año pasan muchas cosas por la cabeza.

A veces se piensa que es fácil, piensan que ser artista es exponer y ya, que todo surge en un día. No es así, es un proceso de creación constante, y es duro, uno tiene sus dudas, de lo que piensa, de lo que crea, qué está bien y qué está mal es algo estresante también.

Uno puede tener una gaveta llena de ideas, pero hay que encontrar la armonía de todas ellas, la precisa para mostrar. Es trabajar con seriedad, no para salir del paso y punto.

–– ¿Qué se puede ver en la exposición?

Foto Frank L. O´Callaghan

Se puede ver videoarte, instalación, fotografías, arte-objeto, hasta hubo caldosa el día de la inauguración (ríe), todo enfocado en las expresiones populares, en todo sus sentidos: cómo las personas viven y se expresan, su día a día. Es un conjunto de obras que buscan resumir la presencia e interpretación personal de nuestras expresiones populares.  

–– ¿Te sientes satisfecho en cómo se recibió la exposición?

Desde antes de abrir las puertas ya tenía mucha fe con la exposición. Fue otra mirada, que no es nueva, pero es una mirada personal. Pudo ser mal vista, bien vista, pero por lo que percibí, a las personas le gustó y les sorprendió lo que vieron, aún cuando muchas de las obras se nutren de lo que les rodea. No fue lo usual, se encontró con la sociedad en la galería. Tal vez incoherente de momento, pero que es parte de ellos.

–– ¿Por qué Red de lo social…?

Bueno, eso juega con las redes sociales. En las redes sociales las personas publican, participan, pero en el universo digital, y la exposición juega en el plano real. Es un rejuego. Donde se crea sus comentarios y sus vivencias como si fuera publicaciones de la realidad, como en lo digital, pero, en este caso, en su plano físico. Y surrealista, donde se muestra la constante inventiva que produce el cubano para enfrentar sus vicisitudes, donde está lo real maravilloso presente. Y es un surrealismo nuestro, tropical.

Foto Frank L. O´Callaghan

–– ¿Por qué recurres a estos temas más populares y no a otros?

Es la forma, primeramente, de cumplir conmigo mismo espiritualmente, de sacar muchas cosas que llevo dentro acerca de cómo veo a la sociedad, tal vez una forma de desahogarme, de decir que hay esencias que necesitan ser vistas. Y es que me muevo mucho entre estas energías, entre lo cotidiano, soy parte de eso.  

Con este joven se puede dialogar de todo, resaltar filosofías, pensamientos cuestionamientos sociales y del quehacer artístico también. Pueden pasar horas y no agotarse los temas, ya que uno derivaría en otros, hasta el infinito.

Ya está concentrado en nuevos proyectos, nuevas exposiciones que van a estar naciendo en este recién llegado 2020, como el que estará exponiendo en las próximas Romerías de Mayo en la ciudad de Holguín. Estaremos atentos todos a las nuevas reformulaciones sociales de este inquieto creador santiaguero. Un habitante que se comunica con arte.


«Salvar solo la escritura»

Desde Holguín escribe Erian Peña Pupo, joven autor cuya poesía conmueve y ruge. Su oficio sintetiza, de alguna manera, tradición y modernidad. Erian es una voz novísima que no se conforma con escribir, sino que busca el ángulo crítico de la realidad para estremecer aquello que merece ser estremecido. Esta entrevista cruzó las redes como un (pre)texto para encontrar al poeta.

––¿Crees que el sistema de estrategias promocionales del libro en nuestro país es fallido u obedece a normas antiquísimas? ¿Qué se haría necesario para actualizarnos?

No recuerdo cuándo fue la última vez que compré un libro guiándome por una estrategia promocional. Sucede que a muchas de las editoriales no les importa el libro más allá del proceso de recepción, edición, corrección, diseño… cuando el texto sale del poligráfico o de los talleres de la Riso es como si el hijo hubiese cogido vida propia: levántate y anda, camina por ti mismo, conquista a un público, búscate lectores.

No digo que sean todas, pero la mayoría de las veces la “desidia nacional” y sus bifurcaciones provocan que esto ocurra. Por ejemplo, qué hace un libro de un autor holguinero ganando polvo y moho en una librería o un almacén en Pinar del Río o Matanzas cuando su público potencial, ese que busca y persigue sus libros está en su provincia. Como mismo digo holguinero, puedo decir un autor de cualquier lugar del país… Eso sucede muy a menudo. Cuando más, los planes de distribución nacional contemplan unos pocos ejemplares para la ciudad de donde es el escritor. Entonces el día de la presentación, los libros no alcanzan para los interesados, esos que buscan la obra de un autor en específico, mientras que en otras ciudades esos mismos libros duermen el sueño de los justos, aunque sea bastante “injusto” para el texto, para los lectores y, claro, para el autor.

Por eso necesitamos a los buenos promotores. Mucho de lo que leí cuando adolescente, sobre todo poesía, estuvo influido por un promotor como pocos, Joaquín Osorio, quien tenía una peña —un miércoles al mes— en el Café Tres Lucías de Holguín; una peña y un café (aunque este siga abierto) que ya hoy no existen, al menos como antes. Ahí y en otros sitios, Joaquín incentivaba la lectura como pocos y nos prestaba libros, de cinco en cinco, o de diez en diez, y cuando se los devolvíamos, nos prestaba otros. Pero habría que clonar a Joaquín por todo Holguín y toda Cuba, y sería difícil hacerlo.

Publiqué, hace unos años, un poemario en Santiago de Cuba y después del día de la presentación en la librería principal de la ciudad, no sé si lo volvieron a presentar o si se vendió… A Holguín, por ejemplo, creo que no llegaron ejemplares.

¿Cómo actualizarnos? Pondría dos ejemplos cercanos a mí: Claustrofobia, en Santiago de Cuba, y Ediciones La Luz, aquí en Holguín. Ambos están liderando la promoción del libro en nuestro país, y además lo hacen de manera genuina, refrescante, visualmente atractiva… Yunier Riquenes y Naskiset Domínguez hacen un trabajo magnífico, pues los libros les importan, les preocupan los autores.

Promocionar es una manera no solo de vender, que sería el elemento excusa, sino de formar lectores potenciales. Y lo hacen utilizando las redes sociales, las posibilidades de la tecnología en una época que nos obliga a ello. Por su parte, La Luz se preocupa, en un primer momento, por el libro y el autor: un libro hermoso, con un trabajo de diseño y una portada atractiva, es de por sí una obra de arte que atrae, convida, entra sin pedir permiso… Después diseñan pendones, marcadores, postales, calendarios. Cada año realizan una campaña de promoción de la lectura, con el título genérico Leer seduce, pero que en cada edición suma un atractivo más.

Todo esto acompañado por un sistema de peñas, de presentaciones, programas de radio, entrevistas, promociones en la página web y el Facebook de la editorial, para que el autor se sepa realmente autor, cosa que no todas las editoriales logran. Así logran invitar al lector a acercarse y llevarse un libro a casa, a hacerlo tu compañero por unos días o, quién sabe, por unos años o el resto de tu vida. Pero en La Luz está Luis Yuseff, uno de los mejores poetas de su generación, un amante de la lectura y de todo lo bello. Con seres así, como Yuseff, Riquenes y otros más, el libro y su promoción alcanzan otros sitios. El tema es una madeja que se complejiza mientras la vamos desenvolviendo poco a poco.

––En sentido general, ¿son los escritores cubanos lectores actualizados o, simplemente, buenos lectores? ¿Opinas que los miembros de nuestra “generación” —criterio tan debatido y negado— somos capaces de leernos críticamente?

No creo que los lectores cubanos seamos actualizados. Ni siquiera los escritores y los críticos poseemos un arsenal de lecturas que nos hagan dominar el terreno aunque sea un poco. Qué se nos puede pedir si incluso leemos mal nuestra propia tradición. Tenemos mares y lagunas por delante. Buenos lectores sí, pero eso es otra cosa muy diferente. En esto influye el propio sistema editorial cubano, los derechos de autor, las tantas complejidades que hacen que muchas de las mejores obras y autores no lleguen a nuestras manos, primero en el momento adecuado o al menos después, pero que lleguen.

Comúnmente nuestras librerías están desprovistas de autores importantes de otras latitudes. Por eso, si no lees en digital —a mí no me gusta mucho— uno termina consumiendo lo que se puede conseguir, aunque no siempre sea lo que se anhela. Al final, acabamos leyendo a quienes tenemos en las manos; así se conforma nuestro sedimento. Las editoriales cubanas hacen gestiones de derechos de autor que se agradecen mucho y publican a varios autores importantes, pero esto termina siendo insuficiente por la variedad y cantidad de autores que le pueden interesar a un joven escritor. Ediciones La Luz ha publicado a Alice Walker, John Robinson Jeffers, Galeano, Emily Dickinson…

Por ejemplo, ni siquiera autores importantes de América Latina —y eso que Casa de las Américas ha dado luz a varios de ellos— se publican en Cuba ni se venden en nuestras librerías… Cuántos de nuestros jóvenes escritores, muchos con varios poemarios, libros de cuentos y hasta novelas, han “leído y releído” —esta es una frase de mi amigo Eugenio Marrón, el mejor lector que conozco— la obra de José Emilio Pacheco, Roberto Juarroz, Blanca Varela, Fernando del Paso, Vargas Llosa, Rubem Fonseca, Roberto Bolaño, Carlos Fuentes, Arturo Pérez-Reverte, Dany Laferrière, Luis Sepúlveda, Severo Sarduy… y tantos otros y tantos, si en primer lugar es difícil encontrar un libro de cualquiera de ellos en nuestro país. Como lectores me atrevería a decir que estamos desactualizados varias décadas.

Y qué decir del polémico Premio Nobel, aunque para muchos no sea un buen medidor. ¿Cuántos conocemos quiénes son Peter Handke y Olga Tokarczuk, los más recientes ganadores de la cita anual de Estocolmo, y cuántos además hemos leído alguno de sus libros?

En Cuba no se ha publicado la obra de muchos de los ganadores de años anteriores y sabemos, como hemos visto, que influyen mil cuestiones en ello: Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer, Herta Müller, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Elfriede Jelinek, J. M. Coetzee, Imre Kertész, V. S. Naipaul, Toni Morrison, Kenzaburo Oe… la lista sigue extendiéndose. Si alguna editorial cubana los ha publicado, por favor, que alguien me avise, para tratar de comprarlos y ver qué escriben estos “monstruos”. Una vez me contaron que Guillermo Vidal, ese excelente narrador tunero, coleccionaba libros de los premios Nobel, desde el primero hasta el más reciente, y lo hacía para saber qué tenían aquellos escritores para merecer este galardón.

El Nobel es un caso peculiar, pero otros tantos libros de escritores importantes no se publican, por un motivo u otro, en nuestro país. Y eso nos aleja —a los escritores y a los lectores— de una tradición, de una cosmovisión que otros escritores y lectores sí poseen. No hablemos, por ejemplo, de los importantes escritores estadounidenses o europeos. Y así, amiga mía, no se puede estar actualizado, mal nos pese, en cuestiones literarias.

Hay casos excepcionales, como mi amiga Mariela Varona, que ha leído medias bibliotecas del mundo, sobre todo de narrativa, en formato digital. Pero qué nos queda a los demás, los que nos “guiamos” por las editoriales cubanas, los que leemos lo que aparezca, lo que encontremos, lo que nos preste un amigo… y que, de esta misma forma, nos formamos también como escritores y asumimos los peligros que ello implica. En muchos casos nos queda leernos a nosotros mismos… si es de manera crítica o no, ya es otra cosa.

Yo te seré sincero: en una época leí mucho a mis contemporáneos, a lo que podríamos llamar “nuestra generación” y lo sigo haciendo, casi siempre mediante revistas, un libro que sea de un amigo o aquel que deba presentar o me motive por algo particular… Pero cada vez lo hago menos, cada vez me arriesgo menos a dedicarle algunas horas a un contemporáneo: no sé si es por el tiempo, o porque las experiencias como generación nos son comunes y muchas cosas me dicen poco, o porque miro mi librero y veo varios buenos títulos esperándome y entonces me pongo a pensar —aunque es una decisión algo injusta— que no podré leer todos los libros que deseo; así acabo escogiendo del librero ese que me espera y aún no he podido leer.

––¿Hay mucho de mímesis, de reproducción automática, y poco de pensamiento en lo que se escribe hoy día?

Por eso mismo que antes comentaba, muchos jóvenes acabamos leyéndonos unos a otros y por consiguiente reproduciéndonos, copiándonos casi automáticamente, calcándonos. Muchas veces preferimos saber qué escribió aquel escritor premiado en el concurso al que enviamos o al que pensamos enviar un día.

Tengo amigos cuyos referentes inmediatos son autores de su misma generación o, cuando más, de una o dos promociones mayores que ellos, pero aun así contemporáneos. Estos constituyen sus metas, sus prototipos.

Me han dicho, incluso, que no les importan los clásicos pues, de una manera u otra, reciben sus influencias por “segundas o terceras vías” en los libros de los escritores contemporáneos que leen. Eso hace que nuestro mapa sea un poco más reducido. A veces creemos que estamos innovando, cuando eso ha sido pan comido años atrás.

El desconocimiento, la falta del “manoseo” de libros y autores nos restringen la visión. Muchos jóvenes pensaron estar demoliendo los cánones de la poesía, dinamitando todo sin orden ni consenso, sin saber que décadas atrás el mexicano Octavio Paz escribió un poema tan innovador y explosivo como “Salamandra”. La escritura lleva su exorcismo —o bien el pensamiento fructífero del que me hablas— pero también su sedimentación, su tiempo de fermentación como el buen vino.

––¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Recorro un camino pedregoso, movedizo, sobre todo porque trabajo con la palabra. Ella me alimenta, me viste, paga mis gastos elementales… Soy periodista y escribo a diario, pero lamentablemente no siempre es literatura. Cuando la mayoría de mis amigos escritores encienden su computadora, abren un documento Word, lo hacen para escribir ficción. Yo el noventa por ciento de las veces lo hago para escribir periodismo.

Tengo más trabajo —para un periodista es bueno— que el que comúnmente puedo hacer: compromisos con revistas, sitios webs, muchos me exigen con cierta frecuencia, además de mi trabajo en el Centro de Comunicación Cultural La Luz, de la Dirección Provincial de Cultura en Holguín, que tiene un periódico homónimo y un sitio web, Baibrama. Por otra parte me interesa el ensayo y la crítica especializada en temas culturales, o al menos intento acercarme a ella con el mayor número de herramientas posibles. Varias publicaciones me han abierto sus páginas críticas: La Gaceta de Cuba, revista sobre la que hice mi tesis, específicamente sobre la crítica literaria en sus páginas, tema poco usual para el muchas veces reducido campo de opciones en la carrera; Noticias de Arte Cubano, El Caimán Barbudo, La Jiribilla, Cubacine, La letra del escriba…

Creo en la ficción y además en las posibilidades creativas del ensayo y la crítica. En ambos corre la vida, la escritura. Octavio Paz nos lo demostró con sus ensayos, que son joyas literarias. Y varios escritores cubanos le han dado aliento con firmeza y soltura de miras.

Reconozco que la carrera de Periodismo te da herramientas, aprendes a domeñar la palabra si tienes intenciones de hacerlo, claro, y no te quedas como un periodista más del montón; érase un periodista a una noticia pegado, parodiando aquellos versos de Quevedo. Pero tienes que despojarte de esas rutinas y moldes, tienes que entregarte a la página en blanco sabiendo que puedes dar vida realmente —sí, realmente— a la palabra. Le robo horas al día, al sueño, para leer.

 Y últimamente veo mucho cine. No tengo rutinas ni métodos. No me fijo patrones de trabajo, ni horas. Casi nunca busco la escritura, sino dejo que llegue y me sorprenda. A veces no puedo dormir, pues me asalta la idea imperiosa de escribir, sin saber qué, pero escribir. Y me levanto y me sale un cuento de un tirón, un cuento al que después le edito unas pocas palabras. Así me sucedió con “Habitación propia”, que nació de madrugada, casi íntegro, y me ha dado varias alegrías como el Premio Cuentos Fríos, de la UNEAC en Matanzas.

Algo similar me ocurrió con una novela infantil que recién obtuvo el premio Casatintas de la AHS, el Centro del Libro y la Promotora Literaria en Sancti Spíritus. Tenía las historias, al menos la anécdota, en la cabeza, y solo fue ponerme a escribir un día… Otras veces apunto las ideas, el boceto de lo que puede ser un cuento. Lo dejo reposar, a veces meses, sabiendo que al ponerme a trabajar en él, le daré cuerpo.

La poesía, por su parte, se asalta, me invita al diálogo lírico, me muestra un mundo. A veces escribo poemas sueltos y otras, como ahora, trato de armar un cuaderno con un tema en común, que lo recorra de inicio a fin, cosa compleja sin dudas.

Muchas veces quisiera lanzar por la borda —y en alta mar— al periodismo y los compromisos de trabajo; los que, a medida que vas siendo bueno y dándote a conocer, crecen. Lanzarlos por la borda y salvar solo aquel que quiero hacer, que tengo necesidad de concretar: artículos, reseñas, entrevistas, crítica, ensayo… Eso es lo que me atrapa aún del periodismo, lo que no ha perdido el matiz de ilusión con el que uno llega a las aulas universitarias y que se va difuminando poco a poco en la cruenta realidad. Lanzarlo todo, salvar solo la escritura y sus posibilidades. Y crear, escribir, soñar.

––Para ti, ¿cómo puede formarse un escritor?

Pasé el curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en su graduación decimoquinta. Recién llegaba a la universidad, había leído muy poco; indistintamente lo que me caía en las manos, incluidas revistas de todo tipo, pues crecí en una zona rural en las afueras de Holguín, sin cercanía con la literatura, ni talleres ni nada por el estilo que ayudaran. Por eso el Centro Onelio fue una gran puerta que me hizo rodearme de otra familia. Muchos, como yo, ni siquiera habíamos leído al Chino Heras, al que debemos tanto. El Centro no dio herramientas, es la verdad. Quizás no todos han concretado la escritura como fe de vida, pero estoy seguro que salieron siendo, al menos, mejores lectores.

Por otra parte, la universidad, los compañeros, varios profesores amigos, me ayudaron a orientar las inquietudes literarias, aunque de esos años apenas haya salvado unos cuentos y varios poemas. Puertas para huir de una casa cobró vida en la Universidad de Holguín, en las aulas, en las becas, y tuvo la suerte de contar con un prólogo de Norge Espinosa, palabras de contracubierta de Basilia Papastamatíu, una reseña de Virgilio López Lemus, palabras de presentación en la UNEAC holguinera por mi querido Luis Yuseff… Hoy esos poemas juveniles no me dicen mucho, pero están ahí, son parte de mí, reflejan mis inquietudes en ese momento específico de mi vida, con apenas 20 años.

Creo que los talleres literarios pueden ayudar mucho cuando los lleva alguien con fuerzas y amplitud de miras, sin imponer criterios ni estilos. Aquí varios escritores amigos tienen sus talleres y les va muy bien, con resultados, pero en lo particular no he pertenecido ni asistido a ninguno, salvo quizás en los días universitarios, y digamos que esporádicamente. Prefiero dar los tropezones, crear mis murallas, orientar mis rumbos…

Creo que la lectura es primordial para formar a un escritor. Lo demás parte del talento, del sacrificio y el empeño, pero la lectura es la que abre primero el ansia, el apetito, el sueño…

––Se nota que existe una proliferación (una eclosión) de poetas en los últimos años. Las redes sociales se han convertido en una tela —muchas veces de araña— que permiten no solo la promoción de lo más reciente de las producciones individuales sino también la proliferación, perdóname lo reiterado de la palabra, de productos seudoartísticos. La relación poeta/redes sociales, escritor/medialidad, ¿hasta qué punto impacta en el criterio formativo de los lectores y en la propia opinión escritural de los autores? ¿Es beneficiosa o negativa la inmediatez de las redes, en cuestión de materia artística?

Hay muchos poetas o personas escribiendo poesía, que no es lo mismo. Es cierto. Muchos jóvenes leen dos libros y al poco tiempo —me hablabas de mímesis, de reproducción— se aparecen con sus poemas bajo el brazo, los comparten en las redes, luego en una peña, en una revista y así llegan a publicar un libro. ¿Y qué encuentras en ese libro? Creo que de esa manera comenzamos todos.

Pero la cuestión es que no sean solo dos libros, ni un manojo de poemas imitando a Lorca o Borges —que son inimitables, por supuesto— sino el logro de una voz y, si no es eso, pues no siempre es fácil hacerlo, es necesario una identificación vital y cabal con la poesía y su esencia, que para cada cual será una, la que más cerca esté de sí.

El holguinero Erián Peña Pupo resultó el ganador del Premio Casatintas de literatura infantil y juvenil, convocado por la filial espirituana de la AHS, en Sancti Spíritus/Foto tomada del perfil de facebook de Cultura espirituana.

La poesía no es una moda. La literatura no es un juego. No lees hoy, copias mañana y ya eres poeta o narrador. Esa palabra —con tantos muertos gloriosos y atormentados, por sí mismos y por el hombre, a veces el peor enemigo de la poesía— pesa mucho.

Ciertamente las redes sociales han funcionado como una plataforma socializadora de esa producción poética contemporánea. Es como me dices en una pregunta posterior: ¿cómo saber qué es bueno o malo realmente? ¿El lector lee en las redes? ¿Consume poesía de manera inmediata? Yo al menos lo hago muy poco o simplemente no lo hago. Prefiero la “intimidad” de la lectura. No podemos negar la tecnología y con ello las redes sociales, las revistas en Internet, en las cuales las personas seguirán publicando sus versos, buscarán sus espacios de promoción, esos que no siempre tienen y sí, corremos el riesgo de que nos vendan productos seudoartísticos, como siempre ha sucedido con otros medios. Al final, y sonará a perogrullada, el tiempo vendrá implacable a poner las cosas en su justo lugar.

––¿Crees que existe una “moda” literaria? Si es así, ¿cuáles son sus síntomas?

¿Moda literaria? De existir, creo que sería más bien de escritura que de lectura. ¿Te refieres a eso? Mucha gente quiere escribir, a veces sin comprender las responsabilidades que ello encierra; o quieren ser originales imitando a otros sin las lecturas necesarias, que a muchos les pueden parecer prescindibles cuando se tiene talento.

Un joven con muchísimo talento fue el Reinaldo Arenas de Celestino antes del alba, un talento natural como pocos; pero aunque el narrador de la novela sea ingenuo, un niño de los campos de Cuba, un guajirito con sueños y anhelos, Arenas antes de escribirlo se pasaba horas leyendo en la Biblioteca Nacional lo mejor de la literatura contemporánea y clásica.

Por otra parte, las modas nunca han sido buenas, aunque nos hagan ver modernos, corren el riesgo de reciclarse o de —según las estaciones del año— cambiar súbitamente.

––¿Es posible distinguir, hoy en día, un producto literario de calidad de otro que no la posee, más allá del criterio personal de “me gusta” o “no me gusta”?

Las barreras y los límites se han hecho cada vez menos visibles. ¿Qué es bueno en literatura? ¿Aquello que rompe con la tradición o lo que la sostiene aún? ¿Las obras que ganan premios importantes y legitimadores? ¿Las que publican editoriales relevantes? ¿Las que la crítica alaba en las revistas o en algún que otro periódico? Y en cambio, ¿qué es malo? ¿Todo lo contrario a lo anterior? Como ves nos movemos en terreno pantanoso y más si nos ponemos a pensar, históricamente hablando, que lo que un día fue malo —aquel libro censurado, abucheado como producto del pensamiento del momento— con el paso del tiempo se ha convertido en un clásico, un referente. Ejemplos sobran. Lo que sí estoy seguro es que no todo el mundo puede ser escritor ni publicar.

Cuando publicas estás legitimando, le otorgas a una voz un criterio de fuerza, de valor. Pero, ¿cómo valorar con justeza si como escritores o críticos tenemos lagunas? Aquí volvemos a si somos lectores actualizados, a las estrategias promocionales… Todo, como ves, se interrelaciona terriblemente, bien nos guste o nos pese. Tampoco —como me dices— podemos olvidar algo tan importante como el criterio personal, el gusto que condiciona lo que leemos o no, más allá de si es bueno o malo. Pero el gusto está formado por lo que hemos leído, por los límites que nos imponemos. Por eso leer a los contemporáneos —leer en sí a todos— es un acto algo riesgoso.

––¿Cuán evidente es la competitividad en el campo de nuestro oficio? ¿Son los premios una sintomatología de ello?

La competitividad siempre existe, más o menos evidentemente, solapada o tras el murmullo de salón… aunque no sé muy bien cómo funcionan sus resortes, pues en lo personal no la he sentido muy cerca; incluso podría afirmar que me ha rozado más en el periodismo que en la literatura.

Mi otro gremio sí es más competitivo. Quizás se trata de que no envío mucho a los concursos y en los que he enviado he tenido algo de “suerte”. Los premios sí legitiman y visibilizan y quizás por ello sean motivo de competitividad.

Todo el mundo quiere ganarse un Calendario, un David, un Celestino… Y más si vives en provincia y quieres labrarte una carrera literaria y ser reconocido tanto en el gremio como en el sistema de instituciones, o deseas que te inviten a ferias u otros eventos en el país… Al final la competitividad es un mal menor, solo es necesario que prevalezca la creación.

––En los tiempos que corren, ¿existe la involución poética o se encuentran otras formas de decir, desde lenguajes y estrategias propositivas nuevos?

Apenas he leído a profundidad la poesía de mis contemporáneos, en verdad. La conozco por antologías y revistas, por algunos libros… Eso sí, he leído a casi todas las voces jóvenes reconocidas. Muchas veces los he presentado en ferias y peñas… y he disfrutado la lectura de sus libros. Otras veces he escrito de ellos, pero no los he leído con la frecuencia necesaria para darle la respuesta correcta a tu pregunta. Muchas veces prefiero llenar mis lagunas —cosa siempre difícil— leyendo a los poetas cuyos libros tengo a mi alcance y que son los llamados clásicos, aunque sean contemporáneos.

Creo que cada época tiene la poesía que merece, la que le corresponde, la que está en la cosmovisión de sus creadores. La generación conversacionalista de los 60 abrió las puertas a los poetas que publicarían en los 80, nuevas voces, radicales, amplias. Hubo negaciones, acercamientos, rescates… pero la poesía sobrevivió, siempre lo hará.

Los poetas que comienzan a publicar a inicios de los 2000 habían nacido a fines de los 70 o inicios de los 80 y son una generación muy interesante, variada. Los intentas unir y se te escapan, pero siempre tienen hilos conductores en común. Los que nacimos a inicios de los 90 hemos bebido de todos los arroyos posibles, pero estamos cercanos a la generación precedente, no siempre rompiendo con la tradición pero sí acercando a nosotros a poetas como Baquero, Eliseo Diego, Lezama o Virgilio. Entre la experimentación y el puritanismo, la poesía ha buscado nuevos lenguajes. Creo que siempre habrá nuevas formas de decir, otras necesidades expresivas —como nueva es la vida— aunque su esencia y contradicciones sean las mismas. La cuestión es encontrarlas. Eso es lo que hará que una obra perdure. Pero la perdurabilidad es un terreno polisémico y arriesgado, así que es mejor dejarlo ahí.

––¿Piensas que existen, dentro de nuestro canon literario, autores aún vivos que marquen la vanguardia creativa, los pasos a seguir? Entre tus pares, ¿serías capaz de señalar algunas voces que creas forman parte de esa avanzada?

Todo canon conlleva a la discriminación, a la exclusión, a poner unos por encima de otros… Eso bien lo sabía el polémico Harold Bloom. Y no es esa nuestra intención, aunque claro, existen autores vivos que marcan, de alguna manera, nuestra vanguardia creativa. Es algo innegable. Te puedo mencionar varios de los que ahora mismo integran para mí ese canon tan personal como polisémico de la literatura cubana contemporánea y que, como me dices, nos muestran a los jóvenes los pasos a seguir. Parto de experiencias personales, afinidades, más que de una visión realmente canónica: Reina María Rodríguez, con una poesía (y también una narrativa) tan personal y poliédrica; Roberto Manzano, maestro de varias generaciones; Delfín Prats, que es uno de nuestros poetas vivos más importantes, aunque ya apenas escriba, y que no acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura que tanto merece; Lina de Feria, otra postergada para el Premio, varias zonas de su poesía pueden constituir un descubrimiento deslumbrante; la ensayística de Ambrosio Fornet me parece aún muy lúcida y necesaria; Antón Arrufat, me sigue siendo vital y no solo en nuestro teatro; en Mantilla escribe Leonardo Padura, que pese a quien le pese, es el autor cubano vivo más conocido en el mundo; y en Mallorca escribe, en su isla de repuesto, un novelista excepcional como lo es Abilio Estévez; también existen Luis Yuseff y Alberto Garrandés; y Norge Espinosa, no solo un gran poeta y dramaturgo, sino también uno de los críticos culturales más completos de este país…

Como la lista puede extenderse, no pecaré mencionando a otros autores, que considero igualmente importantes, valiosísimos, y parte de ese cuerpo tan movedizo y tambaleante que llamamos literatura cubana. Hay otra parte de nuestra creación literaria que está fuera de la isla y que no leemos, no está en librerías pero también ocupa un lugar importante en ella y debería estar en ese canon.

Entre mis contemporáneos —y te recuerdo que no los he leído como debería hacerlo— puedo subrayar la existencia de una avanzada. Dentro de ella existen nombres como los de Jamila Medina, Sergio García Zamora, Moisés Mayán, Legna Rodríguez, autores un poco mayores que yo. Eldys Baratute, Yunier Riquenes y Maikel Rodríguez Calviño, entre otros, sostienen zonas interesantes de nuestra literatura infantil. Y otros más jóvenes, generacionales: Antonio Herrada, Yonnier Torres, tú misma, Junior Fernández, Milho Montenegro, Bill Cordobés, tienen poéticas muy interesantes. Hay muchos jóvenes que escriben y publican, que además obtienen premios, pero no los he leído a todos como para valorarlos mejor.

––De cierta forma, a lo largo de muchas décadas, la idea de publicar más allá de los márgenes geográficos de nuestra isla era una utopía casi irrealizable. ¿Hasta qué punto tienen nuestros escritores preparación y conocimientos para lidiar con el mercado internacional y con ciertas editoriales rapaces? ¿Qué piensas puede hacerse para corregir estas deudas?

No he tenido muchos contactos con editoriales extranjeras, salvo una que otra vez. Los jóvenes a veces pecamos de incautos, nos dejamos deslumbrar por una buena cubierta, con un diseño bastante comercial al que no escapan ni las pequeñas ni las grandes editoriales del mundo. Hay quien ha tenido éxito, pero no todo el mundo es Leonardo Padura, Abilio Estévez, Pedro Juan Gutiérrez, Ena Lucía Portela, Arturo Arango, que han tenido en determinado momento, o hasta ahora, contratos con grandes grupos editoriales.

A los jóvenes nos toca abrir puertas, insistir… Existen muy buenos narradores y poetas jóvenes en Hispanoamérica, para quienes publicar en este tipo de editoriales, donde el libro no es subvencionado, es normal. Creo que nos falta preparación y conocimientos, tal como dices, para caminar con fuerza.

¿Qué hacer? Primero debemos conocer nuestro propio sistema editorial, sus potencialidades y limitaciones, pero también abrirnos al mundo y que el mundo se abra a nosotros, no podemos estar de espaldas a todo. Pero para ello debemos “conocer al mundo”, que sería conocer a estas editoriales y su funcionamiento, las estrategias de venta y promoción, cuánto verdaderamente importa un autor a un editor… Hacerlo aquí, de manera institucional, podría ayudar a esta sinergia necesaria hoy, para no dejar que, después de los traspiés, los jóvenes se enfrenten con la realidad. Aunque a veces sea necesario chocar con esa realidad para poder ver mucho mejor.

––A tu criterio, ¿existe una especie de autismo literario? Quiero decir, ¿los autores de hoy día están solo interesados en el estrecho círculo que rodea a su propia creación, sin mirar a otros horizontes?

Todos estos temas de los que hemos hablado vienen a ser diferentes y, a un tiempo, el mismo. Una gran madeja los envuelve a todos. Son cuestiones que hay que pensarlas más de una vez y la opinión de hoy puede ser diferente a lo que se crea mañana. El término autismo literario es un poco polisémico. Incluso me pongo a pensar a qué horizontes podría mirar un escritor hoy día más allá de su creación.

 Alguien más ortodoxo podría asegurar que su principal responsabilidad es con la creación; con ella y nada más, una relación casi conventual. Ejemplos sobran. Otros podrían hablarte del escritor como intelectual, como ser comprometido con el devenir político y social de su país o del mundo. Ejemplos también sobran; Cuba es paladín de eso. América Latina ha sido —lo sigue siendo— un territorio bastante politizado, donde el escritor, sobre todo el llamado escritor de izquierdas, se torna en intelectual y toma su obra como estandarte para la batalla, la crítica o bien para enaltecer lo hecho hasta ahora. El escritor cubano —en ambos lados de la balanza— no ha perdido su posición como ente social. En cambio la busca, la persigue… Vive sumido en la cotidianidad, en los dolores y victorias del país, por eso rehúye a la torre de cristal y “participa” con su obra. Insisto: la literatura, despojada de todo, siempre prevalece.


«El arduo proceso de cuestionar y entender»

En lo real, el escritor encuentra la belleza de la escara y sus (in)certidumbres. Su viaje por el camino de la zozobra es siempre una invitación. Ahmel Echevarría conjuga, en su obra, fotografía y banda sonora de la vida. Por eso, advierto, es que esta entrevista ha de entenderse como un soundtrack incompleto.

––¿Sientes que, más allá del punto de vista del estilo, existen hilos conectores, más o menos visibles, que relacionan a tus textos?

Aunque siempre me propongo “cambiar de rostro” en cada libro, y esto significa no repetirme, o en última instancia “repetir desde la diferencia”, hay un propósito común en mis libros: el amor y la memoria.

Me interesa situar al individuo en el centro de una historia de amor tan compleja y variable como variable y complejo es el ser humano. Dicha historia, en la que se alternarán alegrías y derrotas, acontecerá en un contexto privado y público afectado por los vectores de la ideología, la política.

Visto así, las historias que narro, acaso novelas de amor, van del presente a un pasado reciente. Hasta el momento, el pasado en mis libros se ha circunscrito a las décadas del 60 y 70 del siglo XX cubano.

Foto Cirenaica Moreira

––¿Existe una clave, una fórmula, que garantice la hechura de un buen narrador?

No existen, al menos no en el sentido que creo tiene tu pregunta. Sin embargo, pienso en los decálogos como posibles rutas a seguir, no fórmulas.

Cuando analizas el contenido de los decálogos de grandes escritores, esos textos que algunos leen como Mandamientos, además de las coincidencias verás no pocas diferencias. Esas variaciones nos hablan de la imposibilidad de la fórmula.

Los decálogos deben leerse con la alarma de la sospecha siempre activada. Este detalle podría ser una clave.

Hay un factor común en los grandes narradores: la capacidad de observar y asociar, el singular manejo del idioma, los riesgos asumidos en el acto de construir un relato (personajes, estructura, temas, la disolución de las fronteras entre los géneros, etc.), la manera en que su literatura se adelanta hasta el punto en que no pocas ocasiones resulta ilegible o incomprensible para sus contemporáneos.

––¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Una imagen siempre es el punto de partida, una imagen que contiene una suerte de enigma. Luego toma la forma de una o varias preguntas cuya respuestas ignoro, lo cual me sitúa en el camino de la investigación, del modelaje de las tramas, conflictos, personajes, el tipo de narrador.

Junto con la imagen inicial “se producen” una serie de frases relacionadas con el enigma o la(s) pregunta(s). De ahí nace el título del libro y parte del espíritu que debería tener.

Como se trata de un proceso de ensayo y error, no doy nada por sentado hasta sentir que he arribado a un punto donde todo cobra sentido. Los elementos que parecían dispares empiezan a conectarse. Entonces solo queda abandonarse al placer de la zozobra.

A la escritura nada le es ajeno, trabajar en un proyecto de novela es casi similar a investigar un crimen.

––Tu obra ha sido identificada como parte de la Generación Cero, ¿qué ganancias ha reportado, en materia escritural, ser parte de dicha Generación? ¿Percibes que es una generación ya superada o notas que las nuevas promociones de autores intentan emular, con más o menos éxito, las fórmulas de la promoción anterior?

Con Generación Cero hay más de una confusión, toda vez que se ha utilizado para nombrar dos objetos de estudio diferentes.

Partamos de que es una etiqueta. Por un lado, dígase que fue creada por el escritor Orlando Luis Pardo Lazo, en su versión inicial era Generación Año Cero. Bajo esa etiqueta estábamos un grupo de escritores que coincidimos en el espacio literario coordinado por el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), y que además comenzamos a publicar en el 2000. Para Orlando, el 2000 era nuestro año cero.

Algunos críticos decidieron utilizar la etiqueta a la hora de segmentar y reunir desde el punto de vista temporal, para el estudio de la narrativa y la poesía, a los autores que comenzaron a publicar a partir del 2000. En resumen: redujeron el largo de la etiqueta y ampliaron el tamaño del objeto de estudio. En ese punto se generó cierto desmadre.

Más allá de la aceptación y el disenso de los miembros del grupo que aparece en el párrafo donde menciono a Orlando, y de incorporaciones que luego hicimos, vale aclarar lo siguiente: G0 no es exactamente una generación sino un grupo o promoción de escritores.

En “materia escritural”, para utilizar tu propio calificativo, al menos en su núcleo la ganancia que reportó se resume en una ideología de grupo, lo cual conduce a la manera en que pensábamos la literatura en relación al contexto en el que estábamos viviendo, y la crítica que queríamos hacer.

A pesar de las diferencias de estilo y temas entre sus integrantes, porque esa variedad caracteriza a la G0, pensamos un espacio que no era solo literario, al que no solo le interesaba la literatura, y que no solo era físico, muestra de ello son el e-zine the revolution evening post, las revistas digitales Cacharros(s), 33 y 1/3 y Desliz.

De manera extraña, y tras coincidir en los espacios creados por el escritor JAAD, se produjo una comunidad de afectos e intereses que entre algunos integrantes de G0 dura hasta hoy.

No me concierne responder si G0 ha sido superada. Igual no creo que importe demasiado, porque cada promoción, grupo o generación debe pensar su propio espacio. A su cuenta y riesgo debería reaccionar ante su realidad con sus propias herramientas, con su noción del mundo, con su propio dispositivo de enunciación.

––Hay generaciones inolvidables en la historia de la literatura de un país, ¿Generación Cero merece un lugar semejante?

Con el transcurso del tiempo, todo aquello que en cierto momento nos desveló e hicimos ―y aquí uso el plural para referirme a cualquier individuo― ocupará su justo lugar. Ese lugar podría ser el silencio, la derrota.

Ya se verá si los de G0 merecemos el olvido.

––¿De qué manera te relacionas con el mundo de los premios? ¿Hay fricción en tu vínculo con ellos?

Por lo general, los premios solo distribuyen un poco de dinero y resonancia. El dinero y ese tipo de ruido nunca vienen mal.

No tengo ningún problema con los premios. Si lo gana un amigo, me alegra igual. Creo que fue en el 2011 cuando el Guillén y los Carpentier cayeron en manos de Luis Yuseff, Jamila Medina, Osdany Morales y Marcial Gala. Fue una muy grata sorpresa, también una señal.

Los premios están ahí para que lo intentes, y algunos son menos limpios o menos justos que otros. Son las reglas del juego, no se pueden perder de vista.

Pero la literatura, la literatura a secas, está en otra parte.

––Muchos autores cubanos, tanto jóvenes como de mayor trayectoria, se quejan de la poca promoción, a escala internacional, que tienen sus obras. ¿Es este un factor que puede ser combatido por el individuo o requiere de un esfuerzo a mayor escala? ¿Qué puede aprender nuestro incipiente mercado del libro de otros mercados con mayor experiencia?

La literatura cubana no está en ningún mapa literario, en ninguna agenda ni buró de las grandes, medianas ni pequeñas editoriales que marcan el pulso de lo que acontece en el panorama literario internacional.

Solo se manejan algunos nombres, muy pocos; la mayoría de esos pocos, porque debo insistir en la cantidad, son los grandes muertos del panteón literario cubano.

Los pocos autores vivos que aparecen en ese panorama o mapa están allí no precisamente por la gestión de agentes o editoriales cubanas.

Cuando en los diferentes movimientos promocionales de autores latinoamericanos jóvenes veía y veo la ausencia de Jorge Enrique Lage ―el Lage de Carbono 14. Una novela de culto, La autopista o Archivo— confirmo que tal ausencia no solo está relacionada con asuntos netamente literarios.

Tu pregunta habla del mercado. Y el mercado tiene reglas duras que hay que conocer. Entre sus actores principales están los agentes y editores. Ellos establecen las reglas del juego, y construyen el mapa o el panorama al que desean acceder los autores que mencionas.

Es casi imposible ubicarse allí desde un lugar tan marginal como Cuba, contando solo con la conexión a Internet.

Puesto que ya estamos hablando de Cuba y el mercado, otra vez utilizaré tus palabras: “nuestro incipiente mercado del libro”. A mi modo de ver, ni es nuestro, ni es incipiente, tampoco es mercado. No existe.

Lamentablemente, aunque cuenta con personas lúcidas, profesionales, y entregadas a su trabajo, incluso con algunas pequeñas y buenas editoriales, a estas alturas el sistema editorial cubano, tal como está diseñado, no puede aprender ni mejorar nada.

––La palabra “comercial”, asociada a la literatura, parece ser una condición de la cual muchos escritores rehúyen. ¿Qué importancia le concedes al hecho de la calidad literaria vinculada al aspecto comercial del libro como objeto arte?

Más allá de la complejidad y densidad de un libro o un autor, lo cual lo sitúa en desventaja en un panorama donde la lectura va perdiendo terreno, supongo que el recelo ante “lo comercial” como oposición a “la calidad literaria” no sea más que un asunto de paradigmas, de nociones personales.

Dejando a un lado ingenuidades, esas que olvidan el verdadero poder de grupos multimediales como el Grupo Planeta, la calidad literaria no siempre está divorciada de las ventas. No es secreto ni novedad.

Aunque desconozco con exactitud cuánto pueden vender, más allá de gustos y suspicacias me atrevo a mencionar cinco nombres donde el índice de ventas no es inversamente proporcional a lo que llamas “calidad literaria”: Gabriel García Márquez, Stephen King, Roberto Bolaño, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas y Haruki Murakami.

––¿Qué jóvenes autores nacionales recomendarías como lecturas indispensables? ¿Y cuáles, a escala internacional?

Puesto que deseo ejercer una crítica férrea ante una pregunta que pide nombres indispensables en el mapa de la literatura escrita por jóvenes, solo me centraré en el contexto nacional. A los otros se les promueve de mil y una maneras, son nombres de mujeres y hombres que circulan en las redes sociales. Pero de esos poetas, narradores y escritores de no ficción solo tenemos, o yo solo tengo, un conocimiento parcial: la lectura de una parte de su obra.

Tomando en cuenta la edad de los autores que mencionaré (no han llegado a los 45 años) y la densidad y complejidad del tejido que han ido urdiendo de manera progresiva en sus obras, y por los contenidos de las mismas, te doy dos nombres: la narradora, poeta y ensayista Jamila Medina Ríos, y el narrador Jorge Enrique Lage.

––La narrativa, como género, aparece cada vez más contaminada por elementos que provienen de la dramaturgia, del performance, de la poesía y del ensayo, ¿esta mixtura se manifiesta en tu creación?

De manera consciente he contaminado mis textos con casi todo lo que mencionas salvo con la dramaturgia, entendida aquí como texto escrito estrictamente para el teatro. Que un cuento o una novela tengan diálogos no significa que se haya pensado en la dramaturgia, que la frontera entre los géneros se haya diluido.

En el caso de la performance, me gustaría también decirte que sí. He tratado de ejecutar una suerte de traducción y/o traición teniendo como punto de partida las artes visuales. Otro asunto es conseguir la traducción y la traición.

––Muchos jóvenes escritores ven un referente en tu literatura. Son esos mismos jóvenes que, ahora mismo, comienzan a establecer sus propios caminos y líneas de pensamiento escritural. ¿Qué te interesaría que encontraran en tus libros?

Inconformidad, placer, riesgo. También desearía que encontraran una serie de preguntas que, junto a las que ya se puedan haber formulado, les acompañen en el arduo proceso de cuestionar y entender el espacio en que viven.

––Tu narrativa tiene mucho de, y es mi criterio, fotografía en movimiento. ¿Lo percibes así?

Entiendo tu observación. Además agregaría la intención de incluir en la ficción una suerte de banda sonora.

He tratado de no pasar por alto el movimiento y el sonido, y no se trata solo de la influencia que puede haber ejercido el cine. La vida es movimiento constante rodeado de una mezcla de sonidos. Como siempre coloco al individuo en el centro de mis historias, además de construir su universo interior, sus dudas, certezas, alegrías y derrotas, lo sitúo en un contexto físico y allí interactúa, vive y muere.

No solo presto atención a las pequeñas historias, a los sujetos que nunca figurarán en los grandes relatos históricos. También deseo reflejar la cadencia y el sonido de esas vidas aparentemente insignificantes.

––¿Piensas que la crítica literaria actual se realiza en base a simpatías y antipatías?

La crítica literaria movida por lealtades o antipatías no es asunto nuevo. Ha sido parte de nuestra “indigencia crítica”.

La gravedad del problema no radica en la existencia de textos críticos movidos por la simpatía o las bajas pasiones, sino en la escasez de una verdadera crítica no solo literaria, y la poca cultura del debate.

En cuanto a los espacios para el debate, ese detalle ni me los cuestiono. La propia realidad habla por sí sola.

A los críticos mordaces que ni piden ni regalan nada se les lee mal. Se les odia a muerte. Todo se pone peor cuando la polémica pasa del terreno intelectual al personal.

––Y, por último, me gustaría preguntarte: ¿crees que ha muerto una cultura del debate y del encuentro entre individuos que componen los diferentes campos del intelecto nacional? ¿Viven cada uno de los creadores encerrados en un particular coto de caza y de referencias? ¿Hasta qué punto estamos preparados, como nación y como individuos, para divergir en criterios, tanto en materia escritural como humana?

Ya te había comentado que no veo una verdadera cultura del debate, en muy pocos casos se produce el tipo de encuentro que mencionas desde el punto de vista físico, en el contexto de lo real.

Puedo estar equivocado, igual no sé si responde a tu pregunta lo que acontece en la relación entre pequeños grupos de artistas donde casi nunca está la literatura.

Las publicaciones digitales no estatales quizás están generando una suerte de cambio en ese marco de relaciones. Son espacios muy dinámicos, con una alta presencia en la web y las redes sociales. Las publicaciones digitales como Hypermedia Magazine, Rialta Magazine o El Estornudo, están inmersas en las nuevas dinámicas de producción y difusión de contenidos, en las nuevas dinámicas económicas; no pocos actores de este escenario son jóvenes.

Tal parece que no solo se están creando redes de trabajo. Esa comunidad de intereses, incluso de afectos, también puede tener la lógica o la materialidad del entorno virtual.

Me preguntas sobre la divergencia de criterios; el panorama es desolador, casi árido. Como nación, como individuos, nos queda muchísimo por aprender. En todos los sentidos.


Las Jojazz de la creación musical en Holguín

La noticia, el pasado 24 de noviembre, conmovió el arte joven en Holguín y reafirmó a la provincia como una plaza fuerte en el movimiento sonoro de la isla y la formación de jóvenes músicos. Los integrantes de la Jazz Band del Conservatorio José María Ochoa obtuvieron el Gran Premio Jojazz 2019 y el Primer Premio en la categoría de interpretación de Gran Formato, lauros añorados por muchos artistas jóvenes, pues los visibiliza, de alguna manera, en el ámbito instrumentista e interpretativo.

Para los profesores de la Academia este era un lauro esperado, pues desde hace ocho años los estudiantes que han concursado en el Jojazz obtienen reconocimientos en este certamen, fundamentalmente, en las categorías de composición y pequeño formato.

Edel Almeida, director asistente de la Jazz Band (Fotos Wilker López)
Edel Almeida, director asistente de la Jazz Band (Fotos Wilker López)

“Sin embargo, para estos muchachos que fueron a defender un género foráneo de los años 50, constituye un reto, un goce y punto de partida para próximos certámenes y proyectos profesionales”, comentó el joven músico Edel Almeida, director asistente de la Jazz Band.

Es necesario, en este punto, resaltar las cualidades que le merecieron estos premios: la integridad musical del conjunto, el cuidado de los arreglos y la sonoridad inigualable en los temas interpretados, como Danzón Almendra y Unity Jam. Además, el jurado, integrado por prestigiosos especialistas, destacó que este proyecto rescata una formación musical típica de los años 50 y que ha tenido en Cuba importantes exponentes como la banda de Benny Moré, cuyo centenario celebramos este año, y la Jazz Band del maestro Joaquín Betancourt, Premio Nacional de Música 2019.

Para Edel, miembro de la AHS y quien también se desarrolla como profesor de la Escuela Profesional de Música de Holguín, es un orgullo haber aprendido con estos bisoños artistas que tiene a cargo para su formación, pues “en la música hay una imagen y una sonoridad que no se puede perder y eso constituye un reto en estos tiempos”.

“El jazz cubano –añade– ha tomado dimensiones diferentes, es algo único dentro de la armonía típica de la isla, es muy cubano, pese a sus raíces norteamericanas; y a través de estos certámenes ha alcanzado connotaciones de altura, formando un movimiento de jóvenes jazzistas que han transformado este concepto musical.”

Al llegar a la ciudad de Holguín con los lauros del Jojazz en las manos, la Dirección Provincial de Cultura de conjunto con la escuela que los forma, los reconoció de manera especial por tan importante mérito. De igual manera, agasajaron la labor de Jorge Luis González Nodarse, primer trompeta de la agrupación, quien recibió un premio adicional en el concurso por su desempeño, entregado por el proyecto artístico Fábrica de Arte Cubano. También a los pianistas Carlos Vega Pérez y Christopher Jonathan Leyva Ortiz, que merecieron el Premio en la categoría de Composición.

Desde su fundación en 1997, el Concurso de Jóvenes Jazzistas ha aportado al reconocimiento nacional e internacional de este género musical nacido en Estados Unidos a finales del siglo XIX, con alrededor de 200 jóvenes premiados, hoy valiosos exponentes de la música cubana por su calidad técnica y el virtuosismo interpretativo en escena.

Edel Almeida, director asistente de la Jazz Band (Fotos Wilker López)
Edel Almeida, director asistente de la Jazz Band (Fotos Wilker López)

La fantasía ilustrada

Tuve el placer de dialogar artísticamente con Yasser Curbelo Rego, por primera vez, gracias a la coincidencia que nos ofreció mi libro Dime, bruja que destellas; el cual, en su segunda edición, será publicado en Panamá en fechas cercanas. Fue mío el privilegio: las ilustraciones de Yasser llegaron para acompañar mi viaje literario. A través de diversos emails comencé a (re)conocer más del trabajo de este increíble artista visual, quien conjuga una obra donde arte, fantasía y vida tienen la primera —y última— palabra.

¿Cómo llegas al mundo de la ilustración y qué te parece es lo más atractivo de él?

Yasser Curbelo
Yasser Curbelo

Llego a ese mundo cuando todavía era estudiante en la Escuela Profesional de Artes Plásticas Carlos Hidalgo Díaz de Pinar del Río, que comprende la etapa del 2003-2006. En un taller de creación, el profesor que impartía la clase en ese momento introdujo un ejercicio, a modo de juego, relacionado con seleccionar un texto al azar de un libro de poemas e ilustrar el fragmento que te tocara. A partir de ahí comencé a dibujar imágenes vinculadas con la literatura y me sentí atraído por ese universo que era totalmente nuevo para mí.

Luego por mediación de un amigo visité la Editorial CAUCE de Pinar del Río y comencé a trabajar con ilustraciones para adultos que posteriormente salieron publicadas en varias ediciones de su revista cultural. Al poco tiempo recibí mi primer texto infantil y comencé a ilustrar para la colección Rehilete y Fililí, también colaboraba para el Suplemento Infantil “Chinchila”, todos propios de CAUCE.

Lo más atractivo de este campo es poder dar vida, mediante las imágenes, a un juego de palabras o de pensamientos que tuvo el escritor(a) en su momento de creación y tratar de acercarme lo más posible a cómo quisieran que se vieran reflejadas sus ideas.

¿Un buen ilustrador tiene que ser, por necesidad, también un buen lector?

Primero tiene que ser un buen dibujante, luego por necesidad debe ser un buen lector. En mi caso particular, debo admitir con sinceridad que no soy un lector excelente. Y no por falta de interés, porque sí he leído; en mi época de Servicio Militar, por ejemplo, me interesaba mucho la literatura rusa y otros libros clásicos de diversos géneros.

Ilustraciones de Yasser Curbelo
Ilustraciones de Yasser Curbelo

Sin embargo, desde niño me sentía mucho más atraído por los dibujos interiores, al punto de pedirle casi llorando a mi mamá que me comprara el libro Amadís de Gaula —aún recuerdo el título— solo por ver las ilustraciones de dragones y caballeros.

Con el tiempo sí he tenido que leer bastantes textos y en mi caso siento la necesidad y el cuidado de ser responsable con lo que voy a ilustrar. Siempre investigo para que las imágenes se correspondan con el contexto de la historia, los lugares, la cultura, trato de llevar una coherencia para que no se desligue una cosa de la otra.

¿Cuáles son los autores y libros que te interesan?

No quiero citar a ningún autor en específico porque el trabajo que hago es por encargo, es decir, la editorial me contacta y me comenta quién va a ser el escritor a ilustrar. En algunos de los casos no conozco su obra; sin embargo, al leerlos me siento identificado y las ilustraciones fluyen con mayor facilidad porque me gusta lo que va surgiendo.

Claro, no siempre me sucede así, no todas las historias suelen cautivarme pero igual debo hacer el trabajo con la calidad que requiere. De manera general me gustan los libros que me hagan saltar la imaginación, que me brinden y me sugieran imágenes interesantes, que sean textos ingeniosos, que me motiven a trabajar en ellos sin llegar al tedio.

El mundo de la fantasía tiene un inmenso valor en tu trayectoria, ¿de qué maneras piensas que lo fantástico es capaz de dialogar con lo real a través de la imagen?

En mi obra siempre ha existido un marcado interés por lo fantástico. Será que en mi mente siempre he vivido una fantasía llena de sueños desde el punto de vista de la creación, pero esa fantasía la he tratado muy apegada a la realidad.

Me caracterizo por ser observador, me fijo mucho en los detalles. Salgo a la calle y las situaciones cotidianas me brindan ideas. A la hora de crear una obra hago mis apuntes y en el proceso de trabajo voy cambiando cosas, voy centralizándolas más en lo que quiero.

Al final, el resultado es una mezcla de elementos fantásticos que se refieren a los personajes que construyo, los cuales aparecen fusionados con fragmentos de una realidad inmediata. Es decir, construyo mis escenas en ámbitos reales, mi obra refleja las cosas que me son cercanas. Todo ese cúmulo de artilugios los pongo en función de sugerir un pensamiento estético transformado en imagen.

¿Hasta qué punto los libros son capaces de promover la obra de los ilustradores?

Las publicaciones son muy importantes tanto para el autor como para el ilustrador. Esos libros llegan a disímiles manos de niños, jóvenes y adultos. Claro, todo depende de la distribución, de la cantidad de ejemplares de impresión —a mayor tirada, más visualización de tus ilustraciones; y esto conlleva a que te conozca mayor cantidad de público y autores que aprecien tu trabajo y te soliciten a la editorial para futuros proyectos—, también influye la magnitud del alcance de esos libros.

¿Quiénes, en el mundo de las artes visuales, constituyen tus principales referentes y por qué?

Pienso que casi todos los artistas que crean dentro del amplio mundo de lo fantástico han tenido que hojear en algún momento de su vida un catálogo de arte surrealista.

Yo lo hice en mis tiempos de estudiante y quedé fascinado con la obra de Salvador Dalí, de René Magritte y, si me remonto hacia el Renacimiento, tengo que mencionar a Pieter Brueghel llamado el Viejo. En mis comienzos tuve mucha influencia del surrealismo, sobre todo cuando realizaba mis dibujos y pinturas.

Ilustraciones de Yasser Curbelo
Ilustraciones de Yasser Curbelo

Con el paso del tiempo fui desarrollando más las artes gráficas y una manera nueva de adoptar la figuración. Sin abandonar los rasgos surrealistas me fui adentrando más en lo grotesco, en lo expresionista, incluso llegué a tocar lo caricaturesco. También me gusta mucho la obra de Francisco de Goya, sobre todo sus grabados sobre metal; me encantan las ilustraciones del ilustrador francés Gustave Doré, considerado en su país el último de los grandes ilustradores.

Admiro la obra de José Luis Posada, conocido como “El Gallego Posada”, pintor y grabador español exiliado en Cuba. Me retroalimenta en gran manera ver la obra de estos grandes dibujantes con los que me identifico desde el punto de vista estilístico; en fin, que soy un amante fiel del dibujo.

¿Con cuáles libros estableces una conexión más hermosa?

La verdad es que establezco una excelente conexión con los libros que no me aburren, con los cuales no paso trabajo para crear un ambiente dentro de la historia que me cuentan. Lo voy a repetir cada vez que tenga oportunidad: es importante la imaginación del escritor, la cual se denota mediante las palabras y provoca una chispa que no se apaga en el proceso de creación de las ilustraciones. Esto me permite disfrutar cada imagen que realizo sin tener que ceñirme solamente a un compromiso editorial. 

¿Cuál es el valor de la formación académica? ¿Qué puede ofrecer la formación que el talento no, y viceversa?

La formación académica es de mucho valor para un artista. Es la que te moldea y te da las herramientas de aprendizaje para dar tus propios pasos en el camino que decidiste escoger. Pienso que algunos seres humanos vienen al mundo con habilidades especiales; otros las van adquiriendo, y algunos poseen un talento innato o, como decimos a veces, un don.

Ese talento te permite llevar ventaja desde que comienzas como estudiante: haces cosas de manera natural mientras que otros necesitan de una orientación. El talento, vinculado a la academia, da como resultado la formación de un artista más completo, ya que se adquieren conocimientos que luego se pueden utilizar para un mejor enfoque en la carrera artística.

¿Cuál es la mejor forma de dialogar con un público lector a través de la imagen? ¿Hasta qué punto piensas que una ilustración puede enriquecer o desfavorecer al mundo ya contenido en el libro?

Se dialoga al crear imágenes que no pierdan relación con el contenido de la lectura. He visto libros donde el texto no resulta interesante, simplemente porque no todas las obras que se realizan son geniales, hay unas muy buenas y otras no tanto; pero, al final, las ilustraciones le dan vida a ese libro.

También existen textos con historias muy buenas y una excelente edición; sin embargo, las ilustraciones no están a la altura o existe mala calidad de impresión, fallo que nos golpea en muchas ocasiones.

Yo mismo he tenido mis decepciones cuando he realizado ilustraciones de calidad y el resultado final ha sido malo por este motivo. Sé que a veces las condiciones no son óptimas por la escasez de recursos, también reconozco el esfuerzo de las editoriales, pero creo que hay que velar por lo de uno… me refiero a que debe haber un representante de la editorial en el momento de la impresión y no solo enviar el paquete.

En el campo de la promoción, ¿cuáles son las principales herramientas de un artista visual? ¿Cómo se promociona la obra de un ilustrador, más allá del libro como objeto artístico?

Ilustraciones de Yasser Curbelo
Ilustraciones de Yasser Curbelo

Es muy importante la promoción en las redes sociales, la creación de un sitio web donde puedas mostrar tu trabajo y así compartirlo con los demás. Además, también se puede realizar promoción a través de las instituciones que nos respaldan con sus circuitos galerísticos, como el Fondo Cubano de Bienes Culturales y el Consejo de las Artes Visuales.

Pienso que las editoriales nacionales deberían trazarse nuevas estrategias para la promoción de sus ilustradores porque, en la mayoría de los casos, se quedan en la simple presentación y en la distribución de los libros que, en muchas ocasiones, no llegan a cubrir todos los espacios, se quedan en un circuito reducido; sí, escuchas hablar de ellos pero no tienes la oportunidad de adquirirlos.

En mi experiencia personal, desde que estoy en este medio he tenido muy pocas oportunidades de conocer personalmente al autor del libro que voy a ilustrar y eso no debería suceder: el trabajo fluiría más si el autor y el ilustrador tuvieran un contacto cercano.

No quiero decir que esto es algo que no se hace nunca, pero sí creo que la editorial es la encargada de propiciar esos encuentros y de promocionar con más fuerza la obra de sus ilustradores. Las editoriales no deben conformarse con ver solo una impresión en papel o cumplir con el plan editorial del año; al final, este es un trabajo muy serio al que uno le pone el corazón y le dedica su tiempo.

En cuanto a visualidad, ¿crees que nuestros libros se encuentran actualizados, que sobreviven a una comparación estética con los libros de otras geografías? ¿Qué puede ofrecer la ilustración cubana al mundo?

En nuestra geografía existen excelentes dibujantes e ilustradores, dotados con suficiente talento para trabajar con cualquier editorial. Lo que nos golpea siempre por cuestiones de recursos es la calidad de impresión de los libros.

Muchos ilustradores se quedan insatisfechos porque los filtros que aplicaron no se ven, las imágenes van descargadas de tinta o aparecen ilustraciones quemadas. Los equipos de imprenta ya no dan para más, aunque también debo destacar el esfuerzo de nuestras editoriales para que estos libros salgan a la luz y se muestren a todo tipo de público en nuestras Ferias del Libro cada año.

Todavía en ese sentido no podemos competir con la impresión de editoriales extranjeras. Como ves, no estoy hablando de la calidad de ilustración, pero evidentemente si imprimes una imagen a color en óptimas condiciones materiales, esa ilustración gana mucha visualidad.

Por otro lado, pienso que la ilustración cubana puede ofrecer al mundo rasgos de nuestra cultura que, traducida en imágenes, muestra una manera particular de hacer. Eso sin adoptar completamente las influencias foráneas; es decir, puedes nutrirte de las nuevas tecnologías e informarte de lo que se hace en el mundo en cuestiones de arte digital —que es lo que más se está manejando en el campo de la ilustración actual— pero sin dejar a un lado la estética que nos identifica.

En el amplio campo de la ilustración de la isla, ¿qué piensas puede ofrecer tu obra?

La verdad no sé hasta qué punto sea novedosa. Al menos creo que he aportado un granito más en este mundo de la ilustración del cual sigo aprendiendo, en el que me perfecciono día y día y al cual trato de aportar una obra de calidad, que pueda ser del disfrute del público que la consuma. Sí puedo asegurar que mientras esté trabajando en el campo de la ilustración, lo haré con la entrega que me caracteriza y el amor inseparable que tengo hacia la creación.


Sinceridad y belleza son mis divisas

Existen encuentros trascendentales en la vida de un escritor. Uno de los míos, lo confieso, ocurrió cuando, en cierta Feria del Libro, tuve entre mis manos La Concordia, del narrador Evelio Traba. Desde entonces he seguido la trayectoria y éxitos de este joven autor que reúne, en un mismo cuerpo textual, talento, belleza y sinceridad literarios. Su obra merece ser considerada parte de lo mejor de la creación que se ha gestado en los predios artísticos de nuestra isla en los últimos años. Esta entrevista salda, o intenta al menos saldar, una deuda de afecto y respeto hacia de la obra de Traba.

¿Crees que a la literatura nacional joven le faltan universos de referencias y lecturas?

Veo, desde hace algunos años, en la joven literatura cubana lo que es casi una obsesión por dejar una marca, una necesidad a veces compulsiva por delimitar un terreno que tiene su anclaje en la negación de toda la producción anterior. En este sentido creo que es un lastre que viene desde las vanguardias, y que lamentablemente ha producido y sigue produciendo un daño de efectos nocivos incalculables: se impone, para que un escritor se empodere de su oficio, conocer la tradición, lo que equivale a decir que la revisitación de los clásicos es indispensable.

 Estoy seguro de que muchos de nuestros autores jóvenes no han leído en profundidad a los clásicos universales de todas las épocas, sin cuya asimilación lenta y consciente es imposible construir un discurso personal y coherente. En este sentido, (hablando solo de narradores) Ramón Meza, Miguel de Carrión, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carpentier y Lezama son figuras que es necesario revisitar, por tan solo mencionar algunos nombres de la literatura cubana.

Tal vez Arenas y Padura sean los más leídos y sí, es cierto, son escritores de una relevancia capital, pero los grandes maestros que les antecedieron, deben ser (re)leídos con el escalpelo del aprendiz en la mano. Nadie ha llegado a un lugar cimero sin ellos, son sombras tutelares cuyo influjo es siempre benéfico. Y en este sentido respondo concretamente tu interrogante: faltan referencias, lecturas y voluntad de aprendizaje. Ello se aprecia en un trabajo superficial con el lenguaje y en estrategias discursivas muchas veces inefectivas que terminan distanciando a nuestro destinatario de siempre: el lector.

A tu entender, ¿qué hace a un escritor bueno?

En primer lugar, no puede faltar el talento, que es esa predisposición pasional (en el mejor de los sentidos) para vivir literariamente y produciendo significados literarios, lo que equivale a decir que es necesaria una especie de obsesión y amor por las letras que va más allá de la lógica ordinaria, lo cual hace que un escritor, hasta el más conservador, viva fuera de los cánones de la “normalidad”.

Pienso en este sentido en una carta. La carta de que un Rimbaud joven le escribe a su maestro Georges Izambard, en mayo de 1871: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Un escritor auténtico, es como se autodefinía Fernando Pessoa: “Un indisciplinador de almas”, alguien que va contra las reglas no porque quiere, sino porque lo necesita.

Otro elemento al que concedo mucho valor es a leer creativamente, es decir, convertir el acto de lectura en un acto de disfrute y de libertad interior, leer aprendiendo, leer descifrando, y hacer de esto un acto cotidiano e incansable. Finalmente, creo que un escritor alcanza la excelencia si deja de preocuparse demasiado por la recepción o el impacto de su obra y se concentra en lo que desea lograr de un modo íntimo y honesto, lo cual implica un trabajo seductor con el lenguaje y con la inteligencia de su discurso, entiéndase esto como un resumen artístico de sus vivencias y sus lecturas más significativas. Un escritor es bueno allí donde un lector, incluso desde la más remota geografía, agradece sus palabras y entabla una amistad en la que no siempre es necesario el contacto personal.

¿Piensas que la disciplina del oficio es indispensable, o su cuenta puede ser saldada por el talento?

Es indispensable la disciplina, la cual no debe ser entendida como una camisa de fuerza, sino como un pivote para la creación, una plataforma de salto que permita organizar el esfuerzo literario y convertirlo en una realidad. He visto grandes talentos malograrse por falta de disciplina, lo cual implica dedicar tiempo para leer, concebir metas a mediano y largo plazos, construir un ritmo de trabajo personal y placentero.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, forjarse una disciplina se convierte en una garantía de inspiración. Quien es capaz de administrar su esfuerzo de forma consciente, encuentra siempre las mejores salidas y soluciones. El talento es indispensable como primer elemento, es la argamasa del ladrillo, pero la disciplina es el horno que le da consistencia y termina convirtiendo el esfuerzo creativo en un producto, un resultado.

Siempre, cada vez que se toca este tema, pienso en Alejo Carpentier y Leonardo Padura, dos referentes cercanos cuando se aborda el difícil binomio talento-disciplina.

Eres un joven escritor interesado en la (re)escritura de la Historia. En cuanto a materia investigativa, ¿cuánto se te dificulta encontrar los referentes textuales y la bibliografía necesarios? ¿Están los jóvenes investigadores cubanos ceñidos a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”?

La (re)escritura de la Historia exige, muchas veces, un contacto directo con fuentes primarias que solo se logra en archivos, bibliotecas y otros reservorios. En mi caso, que ya he vivido algunos años fuera de Cuba, esto ha representado una limitación. Gracias a la ayuda de amigos o la consulta de fuentes que hoy se encuentran digitalizadas he podido acceder a la información necesaria, pero básicamente es un problema al que se enfrenta un narrador que esté, fuera de Cuba o lejos de los centros de la información requerida para que su trabajo alcance la seriedad indispensable a la (re)escritura de la Historia como acto creativo; no solo de gran riesgo intelectual, sino como un acto de responsabilidad plena en cuanto a verosimilitud y respeto al lector.

En cuanto a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, te diría que es una realidad aplastante por las limitadas posibilidades de viajes y superación que hoy existen para investigar fuera de Cuba. Para entender de una forma más o menos integral la Historia de Cuba, es necesario consultar fuentes que están mayormente en España y Estados Unidos, dígase el Archivo General de Indias, de Simancas, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso, la Pública de New York o la importantísima de la Universidad de Miami.

Mientras las posibilidades de acceso a estos y otros centros de la información sean tan limitadas, los estudios historiográficos estarán incompletos o tristemente ceñidos a una visión unilateral de la Historia. Si bien en archivos y bibliotecas de la Isla es posible encontrar un grueso de información valiosa, poder consultar las fuentes antes mencionadas y otras, sería de una complementariedad saludable para la Historia como ciencia social viva que reconoce la información como plataforma no exclusiva del territorio insular.

Has podido observar el hacer literario de la Isla desde una distancia geográfica en los últimos años. ¿Qué te interesa del hacer de los nuevos escritores en nuestro contexto?

La valentía para abordar situaciones propias de las prácticas y contextos más actuales, así como la capacidad discursiva para dialogar, desde el teatro, la poesía y la narrativa, sobre temas como la dinámica de la familia ante la migración, las categorías de género, identidad sexual y el impacto del acceso a la tecnología en la vida cotidiana.

Me interesa, sobre todo, observar de forma atenta la imbricación que existe entre estas expresiones y la construcción del lenguaje en diferentes discursos que configuran hoy la fisonomía de la joven literatura cubana.

¿Nuestra literatura podría aprender o emular de la creación de otros contextos geográficos? ¿Y nuestras editoriales? ¿Tememos a las comparaciones o las evitamos?

La literatura cubana, sobre todo en el ámbito de las letras hispánicas en sentido general, diría yo, goza de buena salud en cuanto a reconocimiento y recepción crítica. Un escritor cubano en el extranjero, sobre todo en Latinoamérica y España, por lo general no pasa desapercibido.

Pero creo necesario detenerme en algo puntual: un sector considerable de la literatura cubana, sobre todo la narrativa y la poesía, han perdido de vista una figura elemental de todo proceso literario: el lector.

Muchas veces escribimos para circuitos o círculos literarios olvidando que nuestro horizonte debe ser el universo de la lengua castellana como meta máxima de alcance, que la literatura como ejercicio pueda resumirse en un verbo: comunicar, lo que significa que debemos rescatar la universalidad en el tratamiento de los temas y el lenguaje, lo cual es visible en obras de autores extranjeros como Roberto Bolaño, Samantha Schweblin, Rodrigo Rey Rosa, Andrés Neuman, Daniel Ferreira, Álvaro Enrigue, Carlos Busqued, Guadalupe Nettel, Andrés Barba y Juan Pablo Villalobos, entre otros.

Creo que las editoriales cubanas, sin caer en el facilismo, deben rehuir la encriptación en los discursos, los malabares técnicos que no llevan a ningún camino; lo que significa, por ende, aumentar el rigor de la selectividad y la visibilidad de los autores cubanos a nivel internacional, un terreno en el que aún resta por ganar créditos y el cual no queda cubierto solo por la presencia de autores en ferias del libro de Latinoamérica principalmente.

En cuanto a las comparaciones, creo muy personalmente que las evitamos por temor, que es principalmente el temor al mercantilismo y la banalización del libro como producto de consumo cultural: Cuba debe comprender de modo más flexible las dinámicas del mercado internacional del libro, y asumir que las editoriales pueden comercializar ampliamente el libro y crear un universo publicitario en torno a él, sin renunciar a la calidad estética tanto desde el contenido como la belleza en el diseño, lo cual quiere decir que es posible crear una mayor visualización de los autores cubanos a nivel internacional, sin que estos tengan que recurrir, para lograrlo, necesariamente a sellos como Alfaguara, Tusquets o Anagrama.

¿Confías en el nacimiento de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación?

Confío en el nacimiento y consolidación de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación, en personas que desde sus puestos y alcances están generando una visión renovadora del fenómeno editorial, promocional y literario. Como diría César Vallejo: “Son pocos, pero son”. Vale en tal sentido hablar de Luis Yuseff y Yunier Riquenes, sin que por ello sean los únicos inmersos en este despliegue cultural de la edición y la promoción de la lectura.

Desde este punto de vista, es más que destacable la línea programática de Ediciones La Luz en Holguín, dirigida por Yuseff, con un catálogo selecto de lo mejor de la literatura joven en Cuba o fuera de ella, y un trabajo integral que, por su calidad, desmiente la falsa tesis de que los jóvenes nos somos capaces de comprometernos en profundidad con proyectos que exijan constancia, disciplina y poder de observación para apostar por lo valedero y lo perdurable.

En otro sentido, emerge en Santiago de Cuba, con Claustrofobias, la figura de Yunier Riquenes, un joven que con su equipo ha sabido demostrar todo lo antes dicho unido a la excelencia desde lo promocional, insistiendo siempre en el hecho de que las nuevas tecnologías y plataformas de consumo cultural están modificando nuestro modo de leer, y más especialmente el modo de leer de las nuevas generaciones y que, por tanto, se impone adaptarse a estas dinámicas en vez de negarlas o desconocerlas.

Tanto Yuseff como Riquenes se han convertido en paradigmas de la gestión cultural desde centros de amplia influencia, legitimando, además, como creadores, la idea de que es posible consolidar una obra de gran validez desde lo personal, y a la vez contribuir a la visualización de la obra de terceros; esto es pensar la cultura desde la acción y vivirla desde un ejemplo, que lejos de alzarse como una consigna, emerge como una virtud espontánea.

Otra pregunta sobre la actualidad literaria nacional. Gracias a la eclosión de premios se han dado a conocer no pocas nuevas voces. Algunas con propuestas sólidas; otras, con trabajos que lucen más como work in progress o iniciáticas búsquedas que como libros cerrados. ¿Premiamos por premiar? ¿Hasta qué punto validamos estéticas y autores cuya calidad es aún dudosa?

En este caso creo se impone una pregunta. ¿Quiénes son los jurados y cuáles son los parámetros bajo los cuales toman decisiones, a veces, dañinamente trascendentales? Bien sabemos que la objetividad es más resbaladiza que la propia ficción literaria, pero de igual modo sabemos que existe, o debería existir la justicia.

A veces, uno abre un libro de un género u otro y tras la lectura de las primeras 20 páginas (menos en muchas ocasiones), surge la impostergable interrogante: ¿quiénes premiaron esto, por qué? Y la inquietud surge porque se aprecia, en una lectura preliminar, un discurso vacío, un lenguaje de escasos alcances estéticos, unas ideas que asoman como torpe reciclaje de otras, unos personajes endebles, unas estructuras sin el menor suporte conceptual.

Bien sabemos que estas no son meras exageraciones, porque muchas veces los premios literarios se convierten en cónclaves marcados por simpatías personales, por miradas reduccionistas, por oportunismos, y hasta por sencillo y llano fraude. Todo esto trae consigo unos procesos de legitimación alejados de la realidad literaria del país y, por consiguiente, la desilusión muchas veces justificada de quienes, con trabajos impensables, logran imprimir un manuscrito para enviarlo a concurso.

Bajo este modus operandi han sido catapultados a una especie de estrellato nacional, una serie de autores con propuestas de una precaria factura, que más adelante, para desgracia mayor, se erigen en árbitros de lo que debe y no debe publicarse, marcando, en muy tristes ocasiones, tendencia. Eso nos ha lastrado y nos seguirá lastrando mientras muchos jurados fallen premios a partir de elementos extraliterarios, o sencillamente no se tomen con seriedad el trabajo que se les ha encomendado y lancen la hojarasca en el saco del fruto y viceversa.

Tu libro El ritual de las cabezas perpetuas, galardonado con el Premio Iberoamericano Verbum 2016, acaba de ser publicado por Ediciones La Luz. ¿Cómo llegas a este texto en particular? ¿Dónde nace la historia e interés, valga la redundancia, por la Historia?

Desde que era un niño, para mí, la objetividad, aunque entonces no pudiera explicármelo con estas palabras, fue un concepto en crisis. Nunca estuve conforme con las explicaciones que me daban, y siempre para mí, la duda fue un recurso de capital importancia. Aún lo sigue siendo, pero ya en calidad de una herramienta consciente.

La Historia era para mí, sobre todo en los años de la secundaria, un más allá de posibilidades que incluso los buenos profesores solo alcanzaban a señalar con el dedo, desde muy lejos. Una pregunta recurrente me hacía detenerme: ¿Fue esto realmente así? ¿En realidad era fulano de tal, así como lo pintan? Esto me llevó a conversaciones con “expertos” en dichos temas, a consultar obras complementarias, a comparar, a no conformarme.

Ahí tuve mi primera vocación borgeana sin saberlo: el amor por las enciclopedias y los libros antiguos, que aún hoy no me abandona. Una vez que descubrí el lenguaje literario como la más intensa de todas las emociones estéticas, me di cuenta de que todo podía ser reinventado, remasterizado, recompuesto, reescrito, y que las posibilidades imaginativas estaban por encima de hechos heroicos e incuestionables, para incorporarlos en una nueva dimensión, que es lo que yo llamo “dimensión de cercanía”; es decir, acercar los hechos y las personas de la Historia al alcance de otros, convertir los hechos históricos en materiales asimilables, gracias a la recreación de un contexto por medio de la investigación profunda y la mímesis del lenguaje.

Inmerso ya en esta estética, y habiendo escrito un par de novelas donde la Historia juega un rol determinante, me pregunté una noche de fines de 2015: ¿fue realmente la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad? La pregunta me llevó a descubrir una serie de pasadizos tortuosos que se alejaban cada vez de lo que parecía ser más un eslogan que una realidad histórica.

En esos días, curiosamente, se hizo viral en Internet, la declaración de un neurocirujano italiano (Sergio Canavero) que aseveraba poder hacer, en 2017, el primer trasplante de cabeza de la historia, lo que terminó siendo no más que una maniobra promocional y el más insulso discurso de pseudociencia.

No obstante, para la percepción literaria, no hay material de desperdicio, todo es utilizable. Surgió entonces la pregunta: ¿Qué tal si desarrollamos trasplantes de cabezas en la época donde más cabezas rodaron a lo largo de toda la Historia Universal? Solo el código fantástico podía apuntalar de forma adecuada esta respuesta y ese fue en verdad el principio de todo. Lo que vino después fue una mezcla de información rigurosamente contrastada, intuición poética, reflexiones filosóficas sobre el conocimiento, la identidad, las obsesiones y el origen del mal, entre otros temas que contribuyeron a modelar la primitiva fisonomía de El ritual de las cabezas perpetuas.

Te confieso que una de las lecturas más entrañables de mi vida es La Concordia, novela ganadora del Accésit Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa 2012, y publicada por Arte y Literatura en 2013. Háblanos un poco de cómo llegas a construir tus personajes y cuál es tu principal búsqueda escritural.

Mis personajes nacen de la pasión con que suelo sumergirme en la recreación de un determinado argumento. Son, inicialmente, cuchicheos ladinos, frases sueltas que se convierten en discursos autónomos, y para mí, al menos durante el proceso de escritura, se convierten en presencias, en sombras con las que hablo sin descanso.

Mis personajes oscilan entre lo extraordinario de su condición ficcional y la naturalidad con que puede llegar a existir cualquier persona real. Cada personaje, de acuerdo con sus características, cumple una función específica dentro del plano argumental de la obra; yo intento, entre otros tantos cuidados, que no se me desdibujen ni banalicen, que hablen y escriban como les corresponde, que se relacionen entre ellos como la ficción y la lógica narrativa lo demandan.

Me ocupo con el mayor juicio crítico posible, de que evolucionen adecuadamente desde su primera aparición hasta la última y que, sobre todo, sean profundamente humanos. 

En este sentido, mi principal búsqueda escritural suele ser la conformación de un mundo posible y deseable para el lector, por medio de un lenguaje que intenta lo simbólico desde lo poético y lo filosóficamente significativo. Busco transgredir, y transgredir significa para mí, ante todo, ser fiel a mí mismo. No me desgasto en acrobacias inútiles: sinceridad y belleza son mis divisas.

En tu trabajo como creador, ¿qué proceso valoras más?

No suelo detenerme de forma obsesiva en los libros que quedaron atrás ni en la suerte que corren una vez publicados. Doy mucha importancia al proceso de construcción, que está lleno de salidas en falso y rectificaciones, en el encuentro con la palabra viva, en el asombro de ver cómo los personajes van alcanzando su mayoría de edad ficcional, y en ver la manera en que se van conectando detalles mínimos con elementos decisivos de la trama, y en cómo todo es una danza de imágenes y sensaciones. Ver cómo la información recopilada pasa de ser un dato frío a una emoción, a una actitud, es algo que disfruto mucho.

Yo escribo a mano todas mis obras narrativas: he intentado despojarme de un método que es arcaico en verdad, pero no he podido. Necesito la tinta y el papel como un ejercicio de humildad que consiste en reconocer a priori la imperfección del texto. Cuando manuscribo siento que mis personajes respiran mejor.

Luego de esto, paso a word verdaderos mamotretos que en el propio proceso de transcripción van depurándose y alcanzando una condición más noble; finalmente trabajo sin piedad sobre una primera copia impresa en la que suelo reforzar vínculos, eliminar fragmentos que sobran, hacer correcciones lingüísticas de importancia, y es todo este trabajo en que se hibridan las estrategias constructivas del arquitecto con la fuerza bruta del albañil, lo que de veras disfruto.

Una vez publicados los libros, lo que me hace verdaderamente feliz es el contacto con los lectores, porque estando yo a solas con el libro me asalta una rara sensación de incredulidad y sospecha que no he podido superar.

¿Existe una ética, más o menos invisible, entre los creadores del patio o nos encontramos todos inmersos en un “coliseo” literario?

Desde tiempos de Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo han existido y existirán las trifulcas literarias, las animadversiones y los bandos que se enemistan entre sí como si fuesen escuelas de diversos estilos de artes marciales. Es decir, desde que la literatura se convirtió en un oficio más o menos profesional con que es posible ganar notoriedad y algunas veces un poco de dinero, las rencillas se han convertido en plato fuerte en las relaciones de unos escritores y otros.

 Personalmente creo que dondequiera que el talento está en pugna aparecen los caciques y los cacicazgos. Basta viajar por Cuba para observar, de forma velada o explícita, las antipatías y querellas que se dan en el gremio de la escritura, pero a mi entender, esto no se ha tornado crónico aún en Cuba, donde a pesar de la realidad antes descrita, pocas veces los enfrentamientos entre autores alcanzan la categoría de escándalo, como sí es notorio y absolutamente público en España, donde las guerras literarias tienen más de 400 años y las emboscadas se han convertido casi en un subgénero narrativo dentro de la novela y de atención mediática del panorama literario y extraliterario.

Tales son los casos de los pugilateos intensos entre Juan Manuel de Prada y Pérez Reverte, entre Roberto Bolaño y Javier Cercas, entre Eslava Galán y Paco Umbral, en fin, que los ejemplos abundan.

En Cuba creo que no hemos llegado a esos extremos, pero sí me ha sido dado observar el favoritismo y zancadilleo, los ataques despiadados en determinados circuitos, y, sobre todo, la invisibilización como ejercicio consciente entre aquellos que, además de escribir, ocupan altos cargos en direcciones provinciales del Libro y Literatura.

¿Podemos evitar la aparición de este fenómeno? Creo que no. Lo importante es cuidar que estas trifulcas no trasciendan lo personal y afecten lo literario en lo tocante a la justa apreciación crítica de la obra de terceros.

Desde lo personal, creo que participar en, o consentir esas fricciones, constituye una pérdida de tiempo para el escritor consciente de sus posibilidades y enfocado en mejorar su oficio. Es propio de autores desgastados e improductivos entregarse a esas triquiñuelas que, en vez de añadir brillo, restan.

Lope desgastó sus mejores aceros fabricando pullas para destruir el Quijote de Cervantes; hoy Cervantes es universal por derecho propio y Lope, amén de sus innegables virtudes, un solo ilustre autor de comedias, comparado con el genio del hombre que aprendió, sobre todo, a “tener paciencia en las adversidades”.

En nuestro diálogo, que trasciende las breves preguntas de esta entrevista, hemos conversado de tu interés en la literatura con visos fantásticos. ¿Por qué y cómo llegas a la fantasía?

Todo discurso, tarde o temprano, encuentra su agotamiento. Ahora mismo, la novela histórica como subgénero narrativo, a pesar de su enorme demanda en el ámbito de las letras hispanoamericanas, ha entrado en una especie de ocaso donde casi todos los recursos han sido explotados.

Consciente de todo esto, he observado que solo la fantasía y el ejercicio de la contrafactualidad (llámese también ucronía) pueden refrescar el discurso de la narrativa histórica.

En este sentido, la simbiosis entre lo histórico y lo fantástico dota a la narración de un poder semiótico que rebasa la imagen de lo verosímil para instalarse en el reino de la posibilidad simbólica, y, por tanto, de expresión lingüística.

Llego a la fantasía como una consecuencia de mi incurable inconformidad hacia todo lo que existe, tanto en el plano de lo real como de lo imaginario. Ya que, como autor, me ha marcado (y creo que seguirá haciéndolo) el discurso de la novela histórica, he comprobado que solo la fantasía puede llevarme a establecer, conmigo mismo y los lectores, otros puentes de complicidad.  

Y, finalmente, quisiera hablar del lenguaje cinematográfico con el que está acuñada buena parte de tu creación. ¿Eres de esos autores que, de una manera u otra, a priori o a posteriori, piensa en la adaptabilidad de sus obras al séptimo arte?

La literatura, ya lo advertía el gran Lezama, es imagen. Por una cuestión, intrínseca, muy personal, mis obras obedecen a este precepto de lo visual. Sin darme cuenta, en lo que escribo, termino conduciendo a mis lectores por el sendero de lo sensorial: trato de que haya claridad en mi escritura, de que a través de mis textos sea posible ver una realidad.

Esa realidad, en primer término, debe ser visible para mí como autor y en segundo (muy importante) para mis lectores. Este empeño, que también contiene la intención de un ritmo y una fluidez en lo discursivo, lleva espontáneamente hacia lo cinematográfico, no solamente desde lo visual sino que también trabaja estrechamente con el diapasón de otros sentidos como son el gusto, el olfato, la audición y el tacto.

Pienso en imágenes durante el proceso creativo, pero sin pensar en cine; una que otra vez, ya terminado el producto, no te niego que más de una vez he coqueteado con la posibilidad de una adaptación cinematográfica, pero hasta ahora no se ha materializado este anhelo. En más de una ocasión he tratado con el maestro Fernando Pérez (en base a un interés suyo) sobre el margen de adaptabilidad que presenta La Concordia, mi primera novela, pero sobre todo por cuestiones de financiamiento y otros proyectos antepuestos en la carrera del cineasta no ha sido posible.

De igual modo, hace poco me contactó un joven director cubano, cuyo nombre no debo revelar, con la intención manifiesta de convertir en un filme mi novela El camino de la desobediencia, que es una novela biográfica sobre Carlos Manuel de Céspedes.

De momento, sin ansiedad, espero que este sueño pueda convertirse, algún día, en un hecho tangible, pero entiendo que los pasos del cine son mucho más lentos y complejos que los de la literatura, y que deben conjugarse muchas voluntades y recursos para que esta ensoñación cuaje en calidad de hecho. Solo queda esperar como quien no espera, saber leer las señales del viento, volar.


“Es el texto el que pondrá límites siempre”

Desde que conocí la obra de Yancarlos Perugorría Díaz sentí encantamiento. Palabra en desuso esa que habla de magia, de ese proceso que es emocional a la vez que intelectual, de ese proceso que visibiliza acción y reacción. El ejercicio del talento de Yancarlos es una de sus bazas de triunfo. Esta entrevista busca identificar la fórmula de su creatividad.

¿Existe una fórmula que explique el talento?

Personalmente no creo que exista fórmula alguna. Cualquier proceso de creación debe partir siempre desde la sensibilidad. Para esta última sí puede existir en parte una fórmula: un fragmento nace con el individuo y es inherente a él, y el resto consiste en la idea de que en donde pudiese existir una fórmula hay también una vinculación y una disposición del individuo por extenderla o elevarla. Estas son tareas que debe estar dispuesto a llevar a cabo durante su mortal existencia.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Tienes algún método específico para crear?

Me considero demasiado emocional, de ese estado parte mi proceso creativo. Utilizo el dolor, el rencor, la esperanza, la vergüenza, el amor, la ira, el enojo, el pasado, el presente, el futuro, los errores, los aciertos… Son ellos los medios que empleo para enfrentarme a la obra de un autor. Debo hacerla personal para traducirla en una especie de huellas visuales que están en función siempre de complementar al texto.

FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO
FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

En tu labor como ilustrador has tenido la oportunidad de colaborar tanto con autores noveles como consagrados. ¿Es difícil trabajar por encargo o forma parte del oficio y la disciplina?

Pienso que las lecciones nos llegan desde cualquier dirección, solo debemos educarnos en ser receptivos, en saber que nunca tendremos un conocimiento absoluto sobre nada. Un niño me ha enseñado tanto acerca de la ilustración como los grandes maestros, un animal me ha enseñado más sobre el amor y la sensibilidad que lo que he visto en muchas personas. Es cuestión de estar dispuesto a aprender a cada segundo.

Has recibido algunos de los premios más importantes de ilustración de nuestro país. Pienso en La rosa blanca y en el Premio Anual de Diseño del Libro Raúl Martínez. Dicen algunos que los reconocimientos, cuando se reciben a edades muy tempranas, solo envanecen al artista y cortan su desarrollo, ¿qué opinas de esto?

He tenido la gran alegría de recibir importantes reconocimientos por mi trabajo, que en gran medida han posibilitado la visibilización de mi obra. Eso es algo que agradeceré siempre a cada persona que me ha apoyado, desde jurados hasta ese lector que vive en algún lugar recóndito. Sí, por supuesto que es muy fácil permanecer a la sombra de lo ya hecho y vivir relamiéndote de los logros obtenidos.

Para mí lo obtenido ya pasó, ya quedó atrás, me concentro en lo que hago en el presente que es lo que importa, igual mañana ya no me va a interesar ni recordaré lo que estaba haciendo hoy. Es fácil regodearse en el ego de los lauros obtenidos, esto conlleva a dejar de superarte y crear. Yo no trabajo para ganar premios, nunca lo hice y espero no fracasar tanto como para que en un futuro ese sea mi único objetivo. Trato de hacer lo que me gusta lo mejor que puedo, pensando siempre en regalárselo a mi pequeña hija. ¡Yo solo dibujo para ella!

En la vida creativa de todo artista, hay un momento que marca un antes y un después, ¿cuál es el tuyo?

Como ser emocional al fin, he tenido momentos que han marcado el antes y el después de muchas etapas por las que he pasado, por las que ha pasado mi trabajo, pero si tuviera que ser más preciso y nombrar uno sería sin duda el regalo que me hizo la vida de ser papá. Hay un antes y un después a partir de ese punto.

Me gustaría que me conversaras un poco sobre el valor, positivo o negativo, que le otorgas a la influencia artística. ¿Qué voces o visualidades han impactado en tu imaginario?

Sería injusto mencionar nombres de personas que han influido en mi trabajo y forma de pensar porque correría el ingrato error de no recordarlos a todos. Mejor quisiera aprovechar esta oportunidad para agradecer a todo el que se acercó a mí e influyó intelectual y visualmente en cada una de las etapas de mi vida: la lista iría desde el trabajo de un niño de unos pocos años hasta grandes obras nacionales y universales.

La influencia artística es un fenómeno común a lo largo de la historia del arte. Un valor positivo de la apropiación visual ocurre cuando el motivo es el estudio y la superación, los cuales conducen al individuo a la realización de un estilo influenciado, en cierta medida, a la hora de proponer un discurso visual pero aportándole características y elementos desde el enfoque personal. Esto puede culminar en la creación de una nueva identidad. Un valor negativo de la apropiación radica en llegar hasta un estilo visual, asimilarlo y quedarte estancado en él, es un peligro inminente. Hay que exigirse.

Soñemos: si tuvieras la oportunidad de que un autor, nacional o internacional, te pidiera le ilustraras un libro, ¿a quién elegirías?

He tenido el inmenso placer de trabajar con grandes autores nacionales y del extranjero, y aunque eso no se compara con todos los que me restan y con los que también quiero trabajar, sería injusto mencionar nombres, porque cada autor es como un universo con su obra. No prefiero nombres y, como tenemos la posibilidad de estar soñando en esta pregunta, el lugar de origen no es importante; importante para mí sería que ese autor me propusiera ilustrar un libro de esos que, al leer la primera línea, sabes es un libro mágico. Sin duda ese sería el autor que elegiría.

FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO
FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

Uno de los saltos más deseados por los artistas jóvenes hoy día es el reconocimiento internacional, ¿crees que es sobrevalorado?

El reconocimiento siempre es positivo en cualquier ámbito. La aceptación acentúa la creación aunque no es totalmente imprescindible para la realización de la obra. En lo personal tiene tanto mérito y vitalidad el reconocimiento obtenido dentro como el que se obtiene fuera. Al final, sin importar el orden, uno siempre acaba condicionando al otro, por lo cual no se debe correr el riesgo de subestimar a ninguno.

¿Cómo promocionas tu trabajo?

Trato de promocionarlo a través de cualquier medio posible. A través de los mismos autores, mediante la creación de un perfil social específicamente de trabajo y utilizándolo en todas las redes y plataformas posibles.

Y por último, si tuvieras que definir tu estilo, ¿qué palabras escogerías?

A pesar de ser graduado en Artes Plásticas, nunca tuve ningún roce con la ilustración. Este programa fue desconocido para mí hasta que tuve la oportunidad de realizar mi primer trabajo. Por ende me siento más como autodidacta, y como tuve que iniciar mi preparación como ilustrador el mismo día de la primera prueba para un libro, me dediqué a la investigación profunda de todo lo que tuviera que ver con esta variada y difícil especialidad.

Todo lo anterior me sirvió para mantener una identidad y tratar de adaptarme visualmente a lo que necesita el libro, a ese estilo que le aportará más. No adapto el libro a mi estilo, mi habilidad la pongo en función de lo que el texto necesite. Voy desde el collage al dibujo a líneas, y luego a un estilo más gráfico, etc. Es el texto el que pondrá los límites siempre.


Invitación a un ritual

El ritual de las cabezas perpetuas (Ediciones La Luz, 2018) es un texto que bebe de la tradición epistolar y de los cánones de la novela del siglo XIX. Algo de esto, cierto influjo en el lenguaje, en la recreación meticulosa de los acontecimientos y en el develado paulatino de las capas y capas que componen a sus personajes, se nota aquí y allá. Pero esto no debe convertirse en motivo de reticencia que impida el arribo del lector a las páginas del libro, sino que más bien sirve como una recreación, lúdica hasta cierto punto, que demuestra el trabajo bien servido de un autor que se preocupa no solo por la construcción lógica de su universo y de sus leyes particulares, sino también por la verosimilitud histórica y por el mapeo constante de la identidad de aquellos seres que pueblan el imaginario del texto.

Un aparte merecen la utilización y el estudio de las capas profundas del lenguaje. Evelio Traba no se concentra únicamente en recrear la Historia a través de los detalles superficiales que podrían entenderse como la punta del iceberg, sino en ir a lo profundo, al cuerpo de hielo de la creación donde el lenguaje juega el papel más importante: el de la verosimilitud literaria.

El autor busca —y consigue en amplia medida— que el discurso de sus personajes se integre al discurso de la época, y esta carga pesada —que el lector contemporáneo y adaptado a otras formas de contar percibirá— no puede pasar como materia que se ignore. No es este un texto ligero ni sencillo, al menos a priori, y no hablo del simple acontecimiento dramático que la narrativa devela y oculta de manera paulatina; sino de cómo el lenguaje enriquece las fibras profundas de la reconstrucción histórica.

Si el lector llega a estas páginas podrá encontrar una mirada particular sobre los acontecimientos que tienen como trasfondo a la Revolución Francesa y su posterior debacle. Pero el texto no es simplemente un manuscrito histórico, un juego de recreaciones que se desenvuelve con tino y acierto, sino que ha de verse esto como un recurso, un decorado para la escena, un hilo que se extiende desde la mente simbólica del autor a la mente real de quien lee. La caducidad de los cuerpos, las ansias de conocimiento, el poder que trae la inmortalidad —así sea a costos elevados, costos en sangre y en ética, costos rayados en la piel de la Historia— son los temas fundamentales de este libro cuya influencia mayor quizás pueda encontrarse en Thomas Mann y en el hálito faustiano que Goethe nos legó en la más singular y reconocida entre sus piezas dramáticas.

Ha de advertirse que El ritual de las cabezas perpetuas no es un pastiche ni una relectura de las dos obras mencionadas anteriormente. Todo lo contrario. Evelio Traba posee esa singularidad narrativa que quizás pocos autores jóvenes pueden exhibir con tanto oficio; una singularidad que hace de este libro, más que una lectura agradable, una necesaria.

El ritual es un ciclo donde lo inmortal y lo perpetuo se convierten, más que en deseos humanos, en obsesiones. En estas obsesiones se encuentran todas las ansias que han puesto en movimiento los motores trascendentes de nuestro pensamiento y nuestra ética.

¿Es la muerte nuestro único camino?, ¿existen otras veredas que nos alejen de la aniquilación?, se pregunta Evelio Traba y en las respuestas a estas incógnitas es que se alza un texto que bebe de la tradición fantástica y la imbrica coherentemente con el discurso histórico. Es una novela, sin dudas, escrita desde la técnica, desde el conocimiento intrínseco de un momento en el mapa del mundo; es un texto cimentado en personajes sólidos, llenos de contradicciones, consumaciones, dudas y contaminación, si bien termina por primar en ellos un criterio que los separa en dos franjas desiguales: luz y sombra, bien y mal que, en resumen, pueden verse como dos caras de una misma moneda literaria.

En materia escritural, este es un texto que no supera a La Concordia, aquella inolvidable novela que demostró el oficio y el rigor de Evelio Traba. Quizás se trate de una pura impresión subjetiva: la de la lectora que no ha logrado desprenderse del buen sabor de la obra cerrada. El ritual de las cabezas perpetuas, sin aspirar a los vuelos de la novela que le antecede, ofrece sin embargo otra mirada, otro ángulo de la realidad, un fragmento más del talento de un autor que apuesta por la renovación de sus lenguajes y sus maneras de hacer.

Un ritual no es posible sin la existencia de aquel que conduce el espectáculo de los comulgantes. Evelio Traba ha demostrado ser más que capaz de llevar el báculo y el signo de la escritura en sus manos. Esto, más que baza de triunfo, merece elogio y respeto. El ritual de las cabezas perpetuas no es uno de los tantos libros que acunan y cimientan un limbo creativo donde todo está bien y mal en una misma proporción, ya que hay demasiado de igual o parecido entre las creaciones de autores diferentes. Este es un texto que apuesta por lo individual y lo diverso, por la identidad propia y no por la copia o la clonación de fáciles patrones de éxito.