Premio Celestino de Cuento


La Luz y el sorprendente caso del mimeógrafo andante

Un binomio creativo destella en Ediciones La Luz. Su juventud habla de inexperiencia, pero también de renovación y búsqueda de otredad, tal vez esa es la clave de su éxito.

Ahora ellos marcan un momento distinto, son un haz diferente. Robert Ráez y Gerardo Perdomo, diseñador y realizador audiovisual, respectivamente. Ambos son estudiantes, el primero de Periodismo, el segundo de Medios Audiovisuales, en la filial holguinera de la Universidad de las Artes. Mas, los acompaña un deseo de hacer por encima de conveniencias prácticas, de tecnología disponible, (que bien vendría para sus proyectos siempre ambiciosos) y de objeciones como el tiempo.

Los resultados están al alcance de los sentidos. Ya lo evidenciaba el Premio de la Ciudad de Holguín en Comunicación Promocional, otorgado a principios de 2020 por la campaña de promoción del libro y la lectura de la Editorial, que contó con el diseño de Ráez y el trabajo de realización de spots televisivos de Perdomo. Estos muchachos estaban haciendo algo distinto.

Entonces llegó el Premio Celestino de Cuento.

Pocas editoriales en Cuba trabajan tanto en la promoción de sus libros, campañas, colecciones, autores, propuestas transmedia que abarcan desde el audiolibro, a los podcasts, videopoemas, lecturas online, documentales, postales, carteles, papelería…, un despliegue amplísimo de acciones comunicativas sustentadas en un interesante trabajo de diseño.

Y el Celestino condensó eso y más, estremeció las redes, se extendió en diversas plataformas con lenguajes afines a ellas y buscó el diálogo con los lectores, con el público, la crítica, la prensa.

Con imágenes pregnantes, irreverentes composiciones en los dossiers publicados, escritos y diseñados desde, en y por La Luz, junto a su equipo creativo y colaboradores, navegó el evento.

La edición 21 definitivamente marcó un parteaguas en el trabajo de la editorial que, forzada por la pandemia a la virtualidad exclusiva, tomó un contra, lo volvió un pro, y lo multiplicó exponencialmente como ventaja y trampolín para mostrar de qué manera se promueve la literatura, cómo se gestiona en las redes un evento de esta naturaleza, cómo se hace muchísimo con más ingenio que tecnología porque La Luz se mueve en bits.

Trabajando de día y de madrugada, pizza, café y cigarro como combustible, todos en La Luz se abocaron al trabajo, pero Ráez y Perdomo concretaban desde sus computadoras lo que era el sueño.

Primero que el robot, bautizado como Ro-Bob, caminase en pantalla, luego que los narradores se sintieran cómodos frente a la cámara, que cada producto generado fuera armónico, coherente y tuviese una comunicación directa con el resto, aunque no fuesen de la misma naturaleza. Y entregar un dossier diario, variado y auténtico, durante cinco jornadas, fueron desafíos más grandes que ahorrar los datos móviles o subir un video de seis minutos en la zona wifi.

En enero ya Robert había soñado el cartel, me cuenta que tomó una imagen del mimeógrafo que adorna el área de fumar de la editorial para la cabeza del robot, “la estética del mismo”, me explica, “es un tanto pulp como en esas revistas norteamericanas de los 50, y el color amarillo mostaza es uno con el que “he estado experimentando hace un tiempo en la editorial en cubiertas de libros, igual que la tipografía que he usado en otros proyectos personales.

“En las cubiertas de La Luz hay un paradigma que me gusta respetar, pero en el Celestino no es así y da mucha libertad para experimentar y ser más creativo a la hora del diseño.

“Por eso este es el trabajo que más me ha gustado hacer, en el que más libertades he tenido a la hora de crear y por supuesto, que fue bastante placentero, no tanto las postales, que son más esquemáticas, sino el dossier, al poder trabajar con gran independencia usando el código visual que hemos creado este año.

“Me ha gustado mucho este Celestino.”

Se le nota la euforia de la que nacen las cosas trascendentes cuando habla del proceso en el que lo acompañó Gerardo, quien me revela que “la creación del spot realmente no fue muy complicada ya que las imágenes estaban dadas por los diseños de la gráfica del evento; la animación y la ambientación sonora está basada en la estética de los juegos indie y el cine de ciencia ficción, respetando siempre el diseño de la campaña.

“En cuanto a grabar a los escritores leyendo sus cuentos ha sido un trabajo que ha demandado creatividad técnica, pues no contamos con los medios necesarios para trabajar y hemos tratado de lograr la máxima calidad con lo que tenemos: teléfonos móviles y una cámara gama baja que no son lo mejor para un entorno de iluminación cambiante y de mucho ruido.

“Cada escritor, dada su personalidad, tiene formas diferentes de proyectarse, paro fue fácil pues se mostraron entusiastas con que su trabajo se mostrara de forma audiovisual.”

El trabajo colectivo realzó la obra de estos muchachos cuyo potencial, como iceberg, tiene aún mucho bajo las aguas para mostrar. Ro-Bob anduvo gracias a su ingenio, el Celestino fue mejor por ellos y porque a la Luz se lee y se trabaja mejor.


Cosme Proenza, maestro a la luz de la creación

Pintor, dibujante, ilustrador y muralista, Cosme Proenza Almaguer (Báguanos, Holguín, en 1948) ha conformado una sui generis cosmovisión pictórica que lo hace distinguible y valorado en el ámbito artístico contemporáneo. El Premio Celestino de Cuento se honra con tenerlo entre sus amigos cercanos, entre sus fieles colaboradores, al entregar, desde hace varias ediciones, un grabado suyo, iluminado, al ganador de este certamen literario. Maestro de Juventudes de la AHS, Cosme Proenza ha compartido, además, la entrega del Premio, en el Salón “Abrirse las constelaciones” de Ediciones La Luz.  

obra de cosme proenza/cortesía del entrevistado

Graduado de las aulas de la Escuela Nacional de Arte, en La Habana, y del Instituto de Bellas Artes, en Kiev, Ucrania, Cosme ha creado, en series como Manipulaciones, Boscomanías, Los dioses escuchan, Mujer con sombrero, y Variaciones sobre temas de Matisse, reconocibles mitologías individuales donde lo simbólico y lo mítico, mediante el uso de diferentes signos e intertextualidades, acompañan al ser humano en un vía crucis artístico a través del estudio de los códigos del arte europeo. Su obra está basada principalmente en el análisis: “Soy un estudioso. Más bien, un investigador que trabajo con los códigos del arte europeo”, asegura el autor de “Cecilia Valdés”, “Lennon y la noche”, “Jardín”, “La expulsión del paraíso” y “San Cristóbal de La Habana”.

obra de cosme proenza/cortesía del entrevistado

Precisamente esto –el énfasis analítico, la apropiación– lo convierten en uno de los pioneros del posmodernismo cubano, cuando en el escenario insular otras corrientes predominaban. “Nadie se ha apoderado de la tradición como él, nadie con manos más firmes y ondulantes ha recreado al Bosco como él… Él tiene el poder del demiurgo, la llave del castillo encantado. Su dibujo es seguro y delicado, su tratamiento del color le da una dimensión lírica a su posmodernismo, lo fortalece, le provoca una epifanía. Su hedonismo recurre a todas las fuentes, la erótica, la lúdica, la mítica… Pocas obras de arte cubanas muestran un virtuosismo tan inusual”, asegura el escritor cubano Miguel Barnet.

“Mi vida ha sido un poco la interacción, no el reflejo. Reflejar es otra cosa. He interactuado con todo este mundo y esa interacción marca mi forma de ser y de pensar. Cuando trabajo con el código de Occidente estoy trabajando con un código que no nos es ajeno, porque Cuba fue colonizada, hablamos el idioma de una cultura milenaria, con los sedimentos árabes y demás que ya esa cultura traía. Logramos tener la riqueza de vocablos aborígenes, africanos… porque somos un maremágnum de mezclas”.

obra de cosme proenza/cortesía del entrevistado

“Soy un resultado más de eso. Creo que reflejo algo que tiene que ver mucho con lo cubano, pero no con lo cubano sígnico, desde el punto de vista de lo que la gente reconoce o cree reconocer como cubano. Cuba es más que eso: no puedo permitirme concebirnos como una palma real o un cocotero con cuatro mulatas bailando debajo y tomando ron. Debo sentir que me gusta el cuadro, que lo que estoy haciendo es bueno, o al menos digno. Lo grande que tiene el arte es precisamente su capacidad de expansión. La belleza es imperdonablemente adhesiva, no hay manera de escapar de ella”, asegura.

Su obra, recogida en exposiciones como Voces del Silencio y Paralelos. Cosme Proenza: Historia y Tradición del Arte Universal, integran el imaginario colectivo del cubano y sus múltiples resonancias universales, y lo reafirma como uno de los artistas hispanoamericanos dueño de una de las cosmovisiones más originales en los últimos tiempos; es un verdadero honor tenerlo entre los amigos del Premio Celestino de Cuento.

obras de cosme proenza/cortesía del entrevistado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Lourdes Mazorra: «La literatura es un encuentro con uno mismo»

En menos de un año, la joven escritora camagüeyana Lourdes Mazorra obtuvo dos de los principales galardones disputados por los jóvenes narradores cubanos: el Premio Celestino de Cuento, organizado por Ediciones La Luz, sello de la AHS en Holguín, y el Pinos Nuevos, el pasado mayo. El primero por Las fauces, el segundo por Versiones de la sed.

De esta manera su nombre ha empezado a visibilizarse en el panorama literario cubano, con la fuerza del primer empuje, exitoso además. En ambos casos el jurado subrayó el aliento poético de sus cuentos, la atmósfera, el ritmo y la fluidez de sus historias… El del Celestino estuvo integrado por Félix Sánchez, María Liliana Celorrio y Rubén Rodríguez; y el del Premio Pinos Nuevos, por Julio Travieso, Dazra Novak y Raúl Flores Iriarte. Licenciada en Periodismo y graduada recientemente del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde obtuvo la beca Caballo de coral, Lourdes asegura que la literatura, sobre todas las cosas, es un encuentro con uno mismo.

Con ella nos encontramos, a través de las redes, con la excusa del Celestino de por medio.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Recibiste con Las fauces el XX Premio Celestino de Cuento, uno de los galardones más disputados por los jóvenes narradores cubanos. Este será tu primer libro… Y nada menos que con el Celestino. ¿Qué ha significado para ti haber obtenido este Premio?

Siempre he dicho que, de manera general, los premios tienen dos ventajas: comienzan a visibilizarte en un panorama bastante complejo y te alientan a seguir trabajando, más fuerte que antes. El Celestino, al ser el primer premio y también la primera publicación, me deja esa sensación de descubrimiento del mundo del libro en Cuba, iniciación en un proceso editorial desde la autoría y sobre todo reafirmación de certezas que ya venían acompañándome. Pero la razón de escribir no puede ser los premios; sigo convencida de que la escritura es un encuentro con uno mismo, por tanto, del Celestino agradezco formar parte de la familia de Ediciones La Luz.

El jurado destacó “la buena construcción de sus personajes, las atmósferas de los relatos, el aliento poético que embellece las historias, lo que influye positivamente en el ritmo y la fluidez de las narraciones, así́ como la adecuada selección del narrador”. ¿Qué encontrará el lector cuando, ya publicado, se adentre en esas páginas?

No puedo decirte qué encontrará el lector, cuando uno pública hace una ofrenda al público, la obra deja de pertenecerte. Espero que cada lector encuentre sus propias respuestas, sus propias dudas y también sus propias batallas.

¿Existe un hilo conductor en estos cuentos, algo que de alguna manera los una?

Este es un libro que indaga en las significaciones para el ser humano de la pérdida y el dolor. No creo que deba decirte más, por aquello de la ofrenda y de que el lector se acerque a Las fauces buscando sus propios caminos.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Hablemos de tus influencias literarias… ¿Qué autores incluirías –además de Julio Cortázar, que sé te interesa bastante– en una especie de “canon literario” creado por ti?

Más que un canon literario, puedo decirte qué autores prefiero y no precisamente con algún tipo de jerarquía. La literatura argentina me encanta: Julio Cortázar (lo siento, no puedo dejar de mencionarlo), Abelardo Castillo, Jorge Luis Borges, Alejandra Pizarnik, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares…

También Gabriel García Márquez, Horacio Quiroga, Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Virginia Wolf, Antón Chéjov y Mario Benedetti. Ya ves, no es un canon, no suelo hacer estas listas porque leo bastante variado y cada vez que nombro autores, siento que me falta alguno y quedo en deuda.

Te menciono dos cuestiones que quisiera nos comentes… La primera sobre la relación del periodismo, pues eres periodista de formación, con la literatura y sus convergencias…

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Yo siempre he defendido que el periodismo es el hijo moderno de la literatura y me disgusta que los vean escindidos. Siento que nos empeñamos en poner etiquetas cuando lo más importante es narrar y un periodista es también un narrador de hechos.

La diferencia entre un periodista y un escritor de ficción es principalmente de estilo, modalidades de trabajo y técnica. Esto no lo digo yo, sino Alejo Carpentier. Siempre que se habla de periodismo y literatura recomiendo la conferencia de Carpentier que se titula “El periodista: un cronista de su tiempo”, de 1975, en la cual queda zanjada excelentemente esta vieja polémica.

Hay escritores cuya obra periodística parece una antología de cuentos, por el manejo preciso de las técnicas narrativas en el ejercicio periodístico; en Cuba, por ejemplo, Onelio Jorge Cardoso. Muchos grandes escritores de ficción han sido periodistas, porque el periodismo es una escuela imprescindible para la síntesis, el manejo de los adjetivos, la inmediatez, las técnicas narrativas…

Esto me hace pensar que el periodismo cubano hoy necesita retomar ese “estilo narrativo”, potenciándolo en la academia. Tenemos guías certeras en cuanto a todo lo que puede lograrse desde la escritura; Reynaldo Cedeño es uno de esos periodistas.

La segunda cuestión es sobre tu reciente paso por el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde obtuviste la beca Caballo de coral que otorgan al finalizar…

El Centro Onelio es una de las mejores experiencias que he tenido. Esta escuela te acorta y te alarga el camino, porque organiza tu manera de leer, recomienda autores, ofrece técnicas y herramientas; pero, al mismo tiempo, abre muchísimas puertas y comienzas a ver todo de manera distinta, a leer con otras pautas, a cuestionarte la realidad y a pensar en otros temas. El “Onelio” me regresó con muchas ganas de escribir; a mí no me dio el famoso bloqueo pos-Onelio. Además, fue la primera experiencia de leer algo en público y esto es muy importante a la hora de aceptar críticas, saber escuchar es una virtud. Yo estoy muy agradecida por la oportunidad de recibir clases de escritores como Eduardo Heras León, Raúl Aguiar y Sergio Cevedo.

Obtuviste también el Pinos Nuevos 2020 con Versiones de la sed… Hablemos un poco de un premio también importante que visibiliza la obra de los jóvenes escritores en Cuba…

Sí, es un premio también importante. Es el segundo concurso en el que participo. Sigo diciendo que me niego a trabajar en base a concursos, pero reconozco que en el complejo panorama editorial del mundo y de la Isla, una de las formas más directas y rápidas de publicación es a través de estos premios, más allá de toda la carga subjetiva del proceso de selección y premiación o de las inconformidades que pudieran generar las decisiones finales. Son riesgos que se corren, por eso no se trata de que digas voy a escribir para tal concurso a ver si público. E

n mi caso, escribo y tengo proyectos terminados, luego aparecen estas oportunidades: la convocatoria del Celestino llegó por esos azares a los que Cortázar llama vida, y la del Pinos Nuevos por una recomendación de otra escritora. Lo que sí tengo claro es que solo presento cuando estoy dispuesta a que un libro tome su propio camino y yo humildemente lo deje ir.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

Ambos jurados –el del Celestino y el Pinos Nuevos– han subrayado el “aliento poético” de los cuentos…

Lo dije para el periódico Adelante, “a mí este tipo de elogio me deja sin aliento”. Como autora tengo más posibilidades de enmascarar mi voz a través de la narrativa, pero la poesía me resulta más dolorosa, es un desnudo literario y tiene muchos riesgos, para empezar el lector te ve descubierta en los versos. Ahora recuerdo que mis compañeros y profesores del Onelio también comentaron ese “aliento poético” en el texto que leí en clases. Que mis cuentos me salgan con aliento poético no es un propósito explícito, ellos salen y al parecer me estoy quedando también desnuda en la narrativa.

¿Qué crees caracteriza tu generación, si acaso crees pertenecer a una generación literaria?

No me siento capaz de caracterizar una generación literaria, para ello tendría que haber leído muchísimo a los escritores de esta generación y no lo he hecho con la amplitud que me gustaría, y también creo que deberían pasar unos años más, mirar con la perspectiva que el tiempo te concede.

tomado del perfil de facebook de Lourdes Maria Mazorra Lopez

¿Cómo valoras el panorama literario cubano desde tu perspectiva como joven escritora?

Si me preguntas por la literatura cubana de manera general, pues es indiscutible que Cuba constituye uno de los paradigmas literarios en el continente y en el mundo. Si se trata de cómo una joven escritora se inserta en el panorama literario cubano, eso es ya un proceso más complicado, que el solo hecho de publicar no garantiza, porque entraña niveles de calidad, compromiso y responsabilidad no siempre presentes y esto me lleva a una preocupación: en ocasiones, lamentablemente, la calidad literaria de la obra no está entre los primeros parámetros a la hora de decidir publicar o no un libro. Pero, de manera general y desde mi corta experiencia, considero que el panorama literario cubano es un prolífico paisaje de autores, temáticas y estilos.

¿Expectativas con Las fauces? ¿Con el trabajo de Ediciones La Luz?

Las expectativas con Las fauces han ido cumpliéndose poco a poco. Me quedan algunas que corresponden al proceso en el cual se encuentra el libro. La edición es otro momento de suma creatividad y entendimiento con la obra, que además implica a muchas más personas que el autor. En ese trayecto estamos. Ediciones La Luz ha tenido mucha paciencia conmigo, una autora que se inicia, y por eso le agradezco a su equipo la profesionalidad. Han sido además una escuela y una familia.

 


La noche en llamas de un barco sobre la arena

Formar parte de una tríada tan selecta como solicitada, a la hora de novelas que describen distopías –gravitación que signa no pocos trechos de sucesos verbales del siglo XX, para narrar sociedades ficticias inhumanas y su expansión en busca de cancelar cualquier anhelo redentor–, es algo más que una reputación activa e incesante: se trata de la mejor manera de verificar, según lo advertido por Mario Vargas Llosa en el ensayo final de su libro La verdad de las mentiras, que “las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano”. Así ocurre con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, que junto a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, conforma el trío aludido.

Justo al cumplirse el próximo 22 de agosto el centenario del nacimiento de Ray Bradbury, volver a las páginas de aquella novela suya no solo es una oportuna recordación del gran maestro norteamericano de la ciencia ficción y el terror fantástico, sino también un reencuentro enriquecido con los años –como el buen añejamiento para los licores de destacada estirpe–. Publicada por primera vez en 1953 –veintiún años después que la de Huxley y apenas cuatro tras la de Orwell–, hay en la de Bradbury una constante que viene desde la noche de los tiempos: la quema de libros y con ellos del peligro ante el despliegue de las ideas, sea arte, literatura, filosofía o cualquier variedad del pensamiento ejercido con libertad a favor de lo humano y sus circunstancias. Basta citar tres ejemplos: la combustión de los códices mayas el 12 de julio de 1562 por órdenes del clérigo Diego de Landa en Yucatán –“no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos”, alegaba el inquisidor–; la hoguera ordenada por Adolfo Hitler y ejecutada la noche del 10 de mayo de 1933, contra alrededor de veinte mil libros en la plaza Bebel de Berlín; y la fogata dispuesta por el general de división Luciano Benjamín Menéndez en la ciudad argentina de Córdoba el 29 de abril de 1976, justo en los inicios de la terrorífica dictadura militar, en la que se incendiaron obras de Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa, juntos a otros autores, “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros (…) para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos”, según lo dicho por el uniformado.

Tal como indica su título –la unidad de temperatura en la que el papel se atiza y arde–, Fahrenheit 451 es un relato que transcurre en una sociedad maniobrada por los bomberos, pero no tal como conocemos su desempeño en la extinción de incendios, sino todo lo contrario. Armados con unas extrañas mangueras lanzallamas, en las páginas de esta novela los bomberos persiguen, capturan y calcinan todas las páginas de la cultura universal, pues se trata de un mundo en el que los libros han sido condenados a su total exterminio –“no sutilicemos con recuerdos (…) Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio (…) Somos los Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios (…) no permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo”, le endosa con su verborrea fanatizada el capitán Beatty al bombero Montag, los dos protagonistas que terminarán por enfrentarse a la sombra de las hogueras y sus designios más devastadores. A su lado, los otros personajes se bifurcan –por un lado Mildred, la esposa de Montag, domesticada bajo el orden represivo de los bomberos, y por el otro la joven Clarisse junto a Faber y Granger, empecinados junto a otros rebeldes en salvar la memoria de los libros y con ella el sentido mismo de la Humanidad. Es así como en esa suerte de hermandad para salvaguardar el acto que implica un libro, presta a cualquier enfrentamiento, cada uno de sus integrantes dejará a un lado su nombre para, en la nueva identidad, llamarse como un gran autor cuya memorización los convertirá en biblioteca viva en pos de salvar los libros: “Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer a Marco Aurelio? Míster Simmons es Marco”, le advierte Granger a Montag. Es así como le explica a este: “También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después a por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia”. Y más adelante le acota: “Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez”. En ese mundo de la palabra publicada y su reprobación fuego en mano, en el que las pantallas rodean por todas las paredes de los hogares, a la vez que cualquier atisbo de pensamiento puede ser la mejor razón para una condena, los personajes de Ray Bradbury levantan un entramado que eriza al más cauto.

Como una intensa y muy desarrollada fábula –no exenta de un calado poético que distingue buenos trechos de su prosa, y sin desmayo de la energía concisa y afilada como un bisturí en su progresión narrativa–, que llega de un tiempo lejano, aun cuando sus señas la convierten en suceso ubicuo de ayer, hoy o mañana –y así bien pueden testimoniarlo las atrocidades del llamado Estado Islámico en los días recientes de Siria e Irak–  Fahrenheit 451 es una lectura inagotable. Tal es así que ha conocido dos versiones fílmicas muy referidas a  las lecturas que han hecho sus realizadores –con mayores o menores cuotas de apego al texto original–, muy ajustadas a las señas de sus dos momentos de realización: la de Francois Truffaut en 1966 –con el austriaco Oskar Werner como el recatado bombero Montag y el irlandés Cyril Cusack como el implacable capitán Beatty–, a las puertas de las intensas revueltas estudiantiles de aquellos tiempos en Francia, México y otros lugares; y la de Ramin Bahrani en 2018 –con los norteamericanos Michael B. Jordan y Michael Shannon, respectivamente, en aquellos roles– cuando ya casi podían avistarse en el horizonte los días de la COVID-19 expandiéndose por el planeta y también ese otro estallido global crecido con el impactante homicidio de George Floyd en las calles de Minneapolis. Es así como, de cierta manera, la novela también podría tenerse como un espejo a la vez alegórico y contextual de un tiempo preciso, y con ello el don de su autor para entregarnos una lectura de permanencia.

Graduado en la californiana Los Ángeles High School en 1938, Ray Bradbury nunca asistió a estudios universitarios: su economía personal no se lo permitía. Por ello, mientras vendía periódicos y revistas para ganarse la vida, se formaba autodidactamente con buena parte de su tiempo en la biblioteca pública, abriendo su camino entre libros, leyendo tenazmente hasta que, a comienzos de los años cuarenta, comenzó a publicar sus relatos en revistas. En 1950 publicó un libro de cuentos que sería su primer gran éxito de lectores y crítica: Crónicas marcianas, sobre la colonización de Marte y el establecimiento allí de una sociedad similar, en sus fortunas y desgracias, a la Tierra. Tras ese título vinieron, entre otros, El hombre ilustrado (1951), volumen de narraciones sobre los inmutables mecanismos tecnológicos enfrentados a los comportamientos humanos; El vino del estío (1957), novela delicada y cautivante, digna de un poeta, en torno a las vacaciones de un niño de doce años en una ciudad de la región del Medio Oeste estadounidense; y Remedio para melancólicos (1959), pieza de narrativa breve entre el realismo más descarnado y la fantasía más apocalíptica. Leído y traducido a numerosas lenguas, al morir el 6 de junio de 2012 a la edad de 91 años en Los Ángeles, California, de acuerdo a su estricta solicitud, el epitafio de su tumba sólo lleva la inscripción: “Ray Bradbury. Autor de Fahrenheit 451”, algo que advierte la predilección que siempre sintió por esa novela suya.

Al prologar la primera traducción a nuestra lengua de Crónicas marcianas, realizada por el editor español Francisco Porrúa para la editorial argentina  Minotauro en 1955, uno de los grandes admiradores del autor estadounidense, el argentino Jorge Luis Borges, escribió: “Ray Bradbury anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo, que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Ahora, a cien años de su arribo a la Tierra, al releer Fahrenheit 451, percibimos a las puertas de nuestras vidas a Ray Bradbury que llega con la noche en llamas de un barco sobre la arena.


Ariel Fonseca hace autostop en la Autopista 8

Ariel Fonseca (Sancti Spíritus, 1986) no deja de ser noticia en el panorama literario cubano. A sus libros anteriores –los cuentos de …aquí Dios no está, Hierbas y Ventana al mar, los relatos para niños de El circo invisible y el poemario Restos– se añaden ahora el texto para jóvenes Une los puntos y verás, publicado por la Editorial Oriente y presentado en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, y la novela Do not disturb, aún en proceso editorial por la Casa Editora Abril, con la cual ganó el Premio Calendario 2019 de Narrativa.

fotos cortesía de ariel fonseca

Do not disturb “trata temas cotidianos como el amor, la violencia, los traumas de la infancia, el travestismo por esos traumas de la niñez, los celos, el dolor… Pero todos los textos tienen un desenlace paranormal. Se llama así porque todo ocurre dentro de un motel o al menos dentro de ese radio. Es que como si alguien, un hombre o mujer, no lo defino, estuviera contando todas las historias, sin excepción y no importa que el narrador sea en primera o en tercera persona. Es que la distancia entre el narrador y el personaje es muy corta, a veces no se define quién habla, si es el narrador o el personaje. Es como que el narrador y el personaje casi fuera uno; quise que el narrador padeciera todo como si fuera el personaje”, dice.  

“Siempre digo que los protagonistas no son las personas, son el empapelado, el espejo cóncavo, la máquina de hielos, el columpio y la Autopista 8, que da paso al motel. Me han dicho que regresa una y otra vez, e imagino que sea porque hay un personaje que está ahí varias veces como mal augurio, que es el niño de la cazadora roja con el slogan de los Red Socks, y la máquina de hielo. Y el empapelado, que juega un papel determinante en varias historias o según su color podemos descubrir qué está pasando o qué pasará”, añade Ariel Fonseca, a quien siempre asocio a cosas que poco tienen que ver entre sí: cuentos donde se destila cierto realismo sucio, ese que se torna cotidiano, compensado con un adecuado manejo psicológico de unos personajes que insisten en comprender el porqué de sus acciones, aun por extrañas que estas parezcan; pero también lo relaciono a la pizza con frijoles, extraña combinación que hace las delicias del paladar de Ariel; a las albóndigas de su madre; el pie de limón; a las calles de Sancti Spíritus, donde vive y escribe; a las empedradas y centenarias callejuelas de Trinidad, que visitamos juntos; a su obsesión cuando quiere cualquier cosa, un libro, por ejemplo; a sus timbres telefónicos a cualquier hora del día o de la noche…

fotos cortesía de ariel fonseca

Ariel Fonseca escribe historias escuálidas y conmovedoras, que recuerdan las del J. D. Salinger y donde soplan, además, ciertos aires de Charles Bukowski, Raymond Carver, Ernest Hemingway… muchos de los maestros a los que rinde homenaje en sus narraciones, aunque Ariel lee como pocos, analice y a veces hasta “descuartice sin piedad” a sus contemporáneos. Sus personajes “sienten, respiran, sufren y dañan”; relatos de gente común, sin muchas o grandes expectativas en la vida, esos que vienen a poblar la verdadera historia.

Dice Ariel que él es todos sus “personajes y a la vez no”. Y le creo. Lo notamos al leer los 13 cuentos que conforman Hierbas, libro publicado por La Luz con el que obtuvo el Premio Celestino de Cuento en 2015. Pero también en …aquí Dios no está (Ediciones Luminaria, 2010) y Ventana al mar, Premio Fundación de la Ciudad de Sancti Spíritus Fayad Jamís 2016.

Ventana al mar, uno de sus libros recientes, muestra, como si miráramos precisamente desde una ventana, a un narrador más metódico que sigue con las mismas obsesiones de su primer libro –por algo son obsesiones, no– y que mediante ella se nos desnuda, pero esta vez sabiendo que ya ha corrido los riesgos que implica hacerlo. Que ha crecido. Siete relatos que, nos dice Dalila León Meneses, nos entregan la expresión más realista del hombre alienado: “No exentas de un sutil sarcasmo y un reflexivo pesimismo, abordan temas tan habituales como la soledad, la pérdida, el amor y el desamor. Están otros argumentos con un trasfondo más explícito como los prejuicios sociales, la inmigración y, por supuesto, las circunstancias de la condición sexual, no superada aun en nuestra sociedad contemporánea”.

fotos cortesía de ariel fonseca

Este libro habla de las derrotas; otros de Ariel también. Estén poblados por personajes sin grandes expectativas, hostiles, desarraigados, desencantados, marginales y marginados, y solos, principalmente eso, muy solos. Ellas, las derrotas, me dijo una vez, son el hilo conductor de esas historias y también la obsesión común, en un intento fallido de escapar de una vida hueca. Para qué comprar y leer un libro así, podríamos preguntarnos. Para descubrirnos y quizás, frente al libro-espejo, desmantelar la expresión de soledad, como un exorcismo. Me interesan las personas, lo que ellas son y porqué lo son, parece decirnos Ariel.

Mediante la literatura, lucha contra sus miedos e incertidumbres. Grita que debemos aceptarnos tal y como somos, con nuestras potencialidades y limitaciones, con nuestros sueños y pasiones. Eso es lo que les pasa a sus personajes, aún no han aprendido a aceptar lo que son y por ello fracasan. Aunque Borges aseguraba que lo que decimos no siempre se parece a nosotros (esperemos entonces por la llegada a la librerías de su libro Do not disturb).

fotos cortesía de ariel fonseca

El Ariel que imparte clases, el que espera el autobús cada mañana, el que cuida de su madre, no es el mismo que escribió el primer cuento y mucho menos el que ha escrito el más reciente. Incluso, los poemas de Restos, un libro suyo publicado hace poco también por Ediciones Luminarias. No hablo de capas, sino de sedimentos –existenciales, literarios, vivenciales– que van formando al ser humano y al escritor. Como sus personajes lo hacen con el alcohol y el cigarro, Ariel se siente vivo mientras escribe. Vivo mientras alguien lo lee y, digamos, se descubre. Es como si luchara consigo mismo y la literatura fuera, además de lanza, blasón. Por eso no nos extrañe que vengan nuevos premios y otros tantos libros con su firma.

Portadas de los libros de Ariel Fonseca


«Trato de complacerme como lectora»

Evelin Queipo es esa joven que se mueve por varios campos dentro del extraordinario mundo de la literatura. Nacida en Camagüey ha sido ganadora del Premio Celestino de Cuento en Holguín con La Máquina de recordar, así como de otros importantes reconocimientos.

Sin embargo, su sencillez trasluce su talento al escribir. La dirección de la Editorial Ácana es un vehículo eficaz que le posibilita seguir construyendo puentes.  

–Coméntame un poco acerca de los libros recientemente publicados por la editorial Ácana…

Presentaremos Kukuy no quiere perder el tiempo; es una historieta de Ángel Velazco. Es una saga y tiene la particularidad de que fue concebida a líneas sin colores para que los niños puedan colorear la historieta, ajustándose al sistema de impresión que tiene una editorial territorial. Tenemos también Cuentos Patatos, libro de Niurkis Pérez García, una escritora camagüeyana que ha tenido mucho reconocimiento entre ellos Puerta de espejo, que es el Premio más importante que otorga la Biblioteca Nacional. Es una reedición a color y ha sido muy trabajado por los narradores orales.

tomada del perfil de facebook de evelin queipo

–Ya eres una escritora con varios premios importantes, ¿cómo es tu proceso creativo?

Me he propuesto firmemente, más que una narradora, poeta o escritora para niños, ser una escritora, y en ese sentido trabajo todos los días. Por eso trato de conquistar géneros, formas escriturales que no había explorado antes. Entonces cultivo varios géneros aunque siento esta preferencia por la literatura infantil, pues siento que es la que me permite hacer realmente una labor formativa con el lector.

–¿Escribes partiendo de la niña que está todavía, de la niña que fuiste o de la niña que construyes?

Mi universo lectivo en la infancia versaba fundamentalmente acerca de textos donde el niño es el héroe. No un Julio Verne, no otros autores que partían desde un universo adulto y le servía al niño para su entretenimiento, más bien me gustaba un Pipa medias largas, un Tom Sawyer que eran niños héroes, protagonistas audaces en su aventura.

Entonces casi siempre construyo historias así, donde trato de entretener la niñez que tuve. También los textos que hubiese yo querido leer y no estaban a mi alcance; tal vez porque no se habían escrito, pero más seguramente porque simplemente no tuve acceso a esa literatura.

Entonces trato de complacerme como lectora solo desde el motivo, porque desde el tema, desde el tratamiento de un valor de formación sí me gusta que haya cierta didáctica escamoteada y casi invisible dentro de cada texto. Ahí sí lo miro con la frialdad del adulto que quiere educar, que quiere instruir, que quiere formar un individuo capaz de ser independiente y de tener una serie de valores, insisto siempre, que son los que deben estar en cualquier sociedad que prepara un adulto para el futuro.

tomada del perfil de facebook de evelin queipo

– ¿Conversa la poesía, la literatura infantil y la narrativa en ti? ¿Se trastocan? ¿Cómo juega Evelin Queipo con ellas?

Es complicado. Hasta que aprendí las reglas para la poesía solo escribía narrativa. Me resultaba relativamente fácil construir un texto narrativo, aunque eso no quiere decir que lo hiciera bien. Pero bueno creía poder hacerlo con cierta facilidad.

Después que conocí la poesía, o sea, una serie de elementos que conocí desde el punto de vista teórico tales como el hemistiquio, la sílaba métrica, en fin, las cuestiones de la rima, ya me es difícil. Es como quitarse el abrigo despacio, escribir la narrativa y entonces ponerte el traje de la poesía. Y a veces entre un proceso creativo de narrativa y de poesía pasan años, porque es difícil desprenderse de la poesía después que uno la conoció.

–¿Cómo es la lucha contra el papel en blanco?

Ya no, ya lo tengo como hábito y como oficio. El horario del que pueda disponer en mi apretada agenda de trabajo y de madre, me siento a llenar el papel. La idea se ha ido cocinando a veces meses, a veces horas, a veces años, y la plasmo. Porque también hago radio y requiere de oficio. Puedo no tener deseos o la musa, pero definitivamente hay que llenar la página.

–¿Cómo la radio alimenta tu vocación como escritora?

tomada del perfil de facebook de evelin queipo

En la emisora provincial Radio Cadena Agramonteescribo una revista cultural, que se transmite de 1:30 P.M. a 3:00 P.M., de lunes a viernes. Tiene un nivel alto de audiencia y escribir cada uno de esos guiones me toma hasta cuatro horas al día. Pero me ha permitido una superación tremenda.

Estar en la radio es aprender a redactar de una forma increíblemente útil para escribir cualquier género literario. Además, la búsqueda de temas que puedan ser interesantes, agradables a un público en su mayoría de la tercera edad, te permite explorar muchas cuestiones interesantes.

La radio me enamoró hace seis años y aunque todo conspira y es antagónico al proceso de creación, uno siempre trata de ir colando esos intereses personales que uno cree que tiene el oyente.


Ariel Fonseca, escritor por naturaleza

Aún no sale de la sorpresa. Desde hace mucho tiempo compraba cada libro Calendario y anhelaba estar un día entre la lista de autores que todos los años propone la Editorial Abril con los ganadores del certamen más importante en nuestro país para escritores hasta 35 años de edad, sean o no miembros de la Asociación Hermanos Saíz.

Además de escribir, se mantiene muy activo en la programación cultural del territorio. Foto: Cortesía del entrevistado

Llegó el año 2020 y la alegría aún no le deja creérselo. Ariel Fonseca Rivero, natural y residente en Sancti Spíritus, conquistó el lauro en el género Narrativa por su texto Do not disturb.

Compuesto por varios cuentos que narran una sucesión de eventos que tienen lugar en un motel, este texto nació, tras horas y horas, del empeño frente a su computadora.

“El narrador de la historia es un voyeur que observa todo, dialoga y se involucra con cada uno de los personajes. Cuenta, de esa forma, todo lo que ocurre. Nos devela la verdadera naturaleza humana, sobre todo, cuando llega la noche y nos mostramos tal y como somos. Por eso, están presentes el dolor, el desamor, la tristeza, los celos y miedos. Todas las historias desenlazan en algo que no podemos explicar”, explica.

Vuelve así a mostrarse fiel a sus palabras escritas, minucioso en todo lo que redacta. Este joven, jefe de la sección de literatura de la filial espirituana de la AHS, se acomoda detrás de cada letra, a fin de transgredir los límites posibles de la realidad.

Y en esa constancia de llevar al papel cuanto detecta en su diarismo le ha permitido no solo develar su personalidad o sus otros tantos yo, sino colarse por la puerta ancha del panorama literario cubano.

“Escribo por acumulación. Mientras camino veo todo lo que me rodea. Observo cualquier detalle, por mínimo que sea, ya que me puede dar pie a una historia. Cuando me siento a escribir es porque ya me está martillando la cabeza”, insiste.

Ariel Fonseca Rivero intenta recrear en cada propuesta literaria su realidad. Foto: Cortesía del entrevistado.

Pero, en este 2020 el alegrón no sólo llega con este lauro, sino con la presentación y venta, durante la 29na. Feria Internacional del Libro Cuba 2020, de su libro Unes los puntos y verás, por la Editorial Oriente y con ilustraciones de los espirituanos Noel Cabrera y Osvaldo Pestana (Montos).

“Está pensado, fundamentalmente, para el público infantil de ocho a diez años, aunque puede disfrutarlo toda la familia. Es la historia de un niño que no tiene amigos y se inventa uno para hacerse la vida más agradable”, asegura.

––¿De qué recursos te vales cuando apuestas por el público infantil?

“He tratado que exista algo de imaginación, magia y contemporaneidad que es, en definitiva, lo que caracteriza a mi literatura. Ubico siempre al lector en el espacio, en la Cuba actual para que se sienta más identificado”, responde.

Este joven mereció el Premio Calendario 2020. FOTO Lisandra Gómez Guerra.

Un sello muy personal que le ha dado varios alegrones, además del Calendario, como la Beca de Creación La Noche 2012, conferido por la AHS; Premio Herminio Almendros 2014, otorgado por la Editorial Oriente; Premio Celestino de Cuento 2014, entregado por Ediciones La Luz y la AHS, de Holguín, y la Beca Dador 2016, también auspiciada por la organización que agrupa a la joven vanguardia del país.

“Mando bastante a los concursos porque es la manera más efectiva de que te publiquen si ganas. Hay muchas personas con talento que escriben y la competencia en las editoriales es muy fuerte. Los premios muchas veces te dan derecho a ir directo al plan editorial”, agrega.

A pesar de ser ya un escritor reconocido en las lides literarias de Sancti Spíritus y un poco más allá, aún a Ariel Fonseca Rivero se le ve a menudo muy cerca de sus inicios. Talleres literarios, intercambios con estudiantes ávidos de acercarse a las páginas, lecturas, peñas… una constancia que lo distingue más allá de sus páginas.