Paul Gauguin


Con ojos de cinéfilo #5

El abrazo creador de la muerte y la dama

Egon Schiele siempre me ha parecido –a pesar de las influencias iniciales del simbolista Gustav Klimt, que marcó su primera época vienesa– uno de los artistas más originales del siglo XX. Autor de una abundante obra, entre lienzos y dibujos, la vida de este expresionista austriaco estuvo rodeada por un aura de misticismo: entre escándalos por el contenido erótico de sus obras (pornográfico, dijeron los sensores que quemaron un dibujo frente a sus ojos, luego de quedar absuelto de los cargos de violación en un juicio, pero no de los de “representación pornográfica leve” y “atentado contra el pudor”), por las relaciones que mantenía con las modelos, y por su prematura muerte, de fiebre española, con 28 años, en 1918.

Cuando en los últimos años se han sucedido varios biopic –unos mejores que otros– sobre importantes artistas visuales (Paul Gauguin, Vincent Van Gogh, Paul Cezanne, Alberto Giacometti), la mayor parte centrados en sus vidas, siempre tumultuosas, y en menor medida, en sus personalidades creadoras, Dieter Berner, un director conocido fundamentalmente por su trabajo como realizador televisivo, logra conjugar ambas facetas en Egon Schiele. La muerte y la dama (Austria, Luxemburgo, 2016): el filme resulta un retrato íntimo y también un reflejo de la identidad artística del protagonista: las luces y sombras del joven creador, en especial su egoísmo y egolatría, su espíritu maldito y provocador, pero también el hedonismo y erotismo, ejemplo de su explosión juvenil de libertad.

Más que un biopic sobre Egon, el filme recorre sus años más creativos, que lo llevarían a consolidar un estilo único, en lo que resulta, al mismo tiempo, los estertores del Imperio Austrohúngaro, previos a la Primera Guerra Mundial, cuando ya Viena agotaba sus posibilidades de capital cultural de Europa (los años de Rilke, de Freud). Entonces Schiele pintaba frenéticamente cuerpos desnudos en las posiciones más perturbadoras y eróticas. Dibujos, lienzos, en la soledad de su estudio, o en las afueras de la capital austriaca. Era como si Egon supiera que no tendría todo el tiempo que necesitaba para seguir “capturando” aquellos cuerpos solitarios, angustiosos, en conflicto entre la vida y la muerte, bañados de incertidumbre, pero también lascivos, contorsionados, mordaces, sensuales.

“Ahora, felizmente, dispongo de nuevo de material de dibujo y con qué escribir; me han devuelto incluso la peligrosa navaja. Puedo trabajar y soportar así lo que de otra manera sería insoportable. Para conseguirlo, tuve que doblar la cerviz, me rebajé, hice una petición, supliqué, mendigué y hubiese llorado si tuviera que pagar ese precio. ¡Oh, Arte todopoderoso, qué no sería yo capaz de soportar por ti!”, escribe Egon Schiele el 16 de abril de 1912 desde la prisión de Neulengbach, a donde va estar 24 días confinado por corrupción de menores. / tomado de tiempo de cine

En tiempos de bohemia y rupturas, Schiele (por el casi desconocido hasta ese momento Noah Saavedra) dibuja una amplia lista de modelos, entre ellas su hermana y primera musa Gerti (Maresi Riegner), Moa Mandu, una exótica joven tahitiana, y su amante Wally Neuzil (Valerie Pachaner, que mereció el premio a la mejor actriz en los Austrian Film Awards y resulta de lo mejor de esta película), una joven de 17 años inmortalizada en su famoso cuadro “La muerte y la doncella”. Precisamente esta obra ancla el título del filme, sobre todo a la relación entre ambos: Wally es la doncella que abraza a Egon, la muerte, que tantos cuerpos ha reflejado en sus obras (ella fallecería como voluntaria de la Cruz Roja, de fiebre escarlatina, poco antes que él). Si en Klimt la sensualidad estaba bañada por una romántica pátina de oro, en Schiele el cuerpo (el sexo) revela su inquietante cercanía con Tánatos.

Egon (interpretado por Noah Saavedra, de ancestros chilenos) es retratado como un hombre egocéntrico y caprichoso que utilizaba a las mujeres, creando con ellas un nexo de dependencia afectivo que las hacia frágiles ante su voluntad, sin importar el daño que les hiciera/ Tomado de Tiempo de cine

Narrada en más de un tiempo, tradicional desde el punto de vista cinematográfico y con una dirección artística conveniente, lástima que Egon Schiele. La muerte y la dama sea un filme convencional sobre este iconoclasta autor, pues se centra en una sucesión de datos biográficos dramatizados –reforzando incluso aquellos relacionados con lo controversial de su obra, con la pederastia, con las mujeres inspiradoras en su vida, que ha provocado censuras incluso en nuestros días, en que nuevos puritanismos ortodoxos se exacerban, y dejando a un lado, o pisando en puntas de pie, su arte– de un pintor que merecía un filme con más fuerza, como sus propias obras. “Como artista defiendo la libertad del arte” dijo en aquel juicio, y precisamente eso, su arte sin moralinas, sigue siendo hoy día su principal legado.

Nota:

He visto Egon Schiele. La muerte y la dama luego de leer Los cuadernos de don Rigoberto, de Mario Vargas Llosa (Alfaguara, 1997). Allí Fonchito, hijo de don Rigoberto y uno de los personajes principales, está obsesionado con la vida y obra de Schiele, hasta el punto que las eróticas imágenes, además de articular varios relatos, aparecen como viñetas separadoras entre capítulos. Habría que preguntarle al Nobel peruano si vio este filme y, además, qué le pareció la película de Dieter Berner.

Audiovisuales para no perderse (y ver, incluso, más de una vez):

Rashōmon (1950), de Akira Kurosawa. (Una de las piezas maestras del clásico nipón, con Toshirō Mifune como protagonista, que explora la obra de Ryūnosuke Akutagawa).

 

 

 

 

 

 

Los olvidados (1950), de Luis Buñuel (Parte del cine mexicano de Buñuel, premio a la mejor dirección en Cannes, que este año cumple su 70 cumpleaños, igual que Rashōmon).

 

 

 

 

 

 

Los sobrevivientes (1978), de Tomás Gutiérrez Alea (Involución histórica y desintegración moral en tiempos de “cuarentena obligatoria”, entre lo mejor de Titón).

 

 

 

 

 

 

 

In the mood for love (2000), de Wong Kar-wai (Con Maggie Cheung y Tony Leung Chiu Wai, erotismo y contención a flor de piel, la magnificencia de los años pasa como las flores).

 

 

 

 

 

 

 

Tesis (1996), de Alejandro Amenábar (El primer filme del director y uno de sus mejores).

 

 

 

 

 

 

 

Ociel del Toa (1965), de Nicolás Guillén Landrián (ineludible en el universo Guillén Landrián).

 

 

 

 

 

 

 

Brouwer, el origen de la sombra (2019), de Khaterine T. Gavilán y Lisandra López Fabé (El artista en los entresijos de su cotidianidad, entre las luces y la sombra del mito).

 

 

 

 

 

 

 

El Club (2015), de Pablo Larraín (De lo mejor del chileno director de filmes como No, Jackie y Ema).

 

 

 

 

 

 

 

Possession (1981), de Andrzej Zulawski (El terror único del gran Zulawski, la bestia antropomórfica, como un pulpo pensado por Lovecraft, penetrando de manera indescriptible a una Isabelle Adjani que, en cada fotograma, no puede ser ya más bella).

El abrazo de la serpiente (2015), de Ciro Guerra (Sin coloraturas, la profundidad americana, la fuerza ancestral de lo misterioso, de lo escondido; de lo mejor del director).

 

Paul Gauguin: viaje a la infancia de la humanidad

En Van Gogh: En la puerta de la eternidad (Julian Schnabel, 2018) Oscar Isaac interpretó a un Paul Gauguin trascendental en la vida del pintor de “Autorretrato con oreja vendada”. Pese a su poca presencia en el desarrollo de la película, el actor guatemalteco mostró pasión y fuerza a su esbozo del postimpresionista y la profunda impronta dejada en su colega holandés. Ese mismo éxtasis desmedido por el arte, por tomar el pincel y capturar la realidad que hierve en el artista, lo encontramos en Gauguin: Viaje a Tahití (2017) de Édouard Deluc.

Gauguin, hastiado del París de fin del siglo XIX, el París de la Belle Epoque, les cuenta a sus amigos el deseo de abandonar la ciudad y embarcarse con destino a la Polinesia Francesa. Los invita a acompañarlos. Allí, cree, encontrarán inspiración y nueva fuerza creativa. Y podrán pintar, les dice. Quiere encontrar su pintura, libre, salvaje, lejos de los códigos morales, políticos y estéticos de la Europa “civilizada”. Sus amigos lo despiden con una fiesta. Todos tienen palabras de admiración hacia él y hacia la grandeza de su compromiso con el arte, pero la mirada cansada del artista –en medio del convite– deja patente lo abandonado y traicionado que se siente Gauguin. A la hora de la verdad todo ha sido disculpas vagas y nadie ha querido unirse a él en la aventura; un estado de ánimo que expresa a la perfección Vincent Cassel (El cuento de los cuentos, Una semana en Córcega, El odio, El cisne negro), protagonista absoluto de la cinta, en la piel del pintor. Completan el reparto: Marc Barbé (La religiosa, La vida en rosa), Samuel Jouy (Zone Blanche), Malik Zidi (Gotas de agua sobre piedras calientes), Paul Jeanson (Cherif), Pernille Bergendorff (Bedrag, Viking Blood) y la debutante Tuheï Adams en el papel de Tehura, la joven polinesia que Gauguin conoce y se enamorará perdidamente –sobre esto gira buena parte del guion–, y que inspirará un buen número de sus obras maestras de esa etapa en las islas del Pacífico.  

Será entonces cuando se produzca su verdadera búsqueda de la libertad y la creación. Allí, en la Polinesia, Gauguin intenta recuperar la pasión por la pureza del arte, instalado en Mataiera, un selvático poblado lejos de Papeete, la capital, donde sobrevive con lo básico, en la más absoluta austeridad, pasando hambre y sufriendo constantes problemas de salud.

La representación del artista atormentado es casi un arquetipo en sí mismo. Ahí donde surgen los procesos creativos, también lo hacen los ángeles y demonios del personaje, lo que por lo general nos lleva a un perfil conocido y en ocasiones caricaturizado. En este caso, la figura del pintor Paul Gauguin (1848 – 1903) sirve para configurar a ese personaje, uno que escapa de su mundo cotidiano para encontrar vías posibles para su arte./ tomado de el agente crítica de cine

No pretende Édouard Deluc (Boda en Mendoza, ¿Dónde está Kim Basinger?) un biopic canónico, al estilo de otros, sino que se centra en el primer viaje de Gauguin a Tahití, entre 1891 y 1893: su soledad, sus penurias económicas, su cada vez más quebrantada salud, su afán febril por pintar, la incomprensión de quienes le rodean y de quienes dejó atrás, su familia: su esposa danesa Mette-Sophie Gad y sus cinco hijos. Vincent Cassel convence en el papel de pintor obsesionado por encontrar la inspiración; sin embargo, su interpretación está muy arropada por el conjunto de secundarios y, sobre todo, por el paisaje, la música y las espectaculares panorámicas tropicales. Por ejemplo, los pocos minutos que tiene en escena Pernille Bergendorff consiguen mostrarnos el contraste entre su personaje, maduro, responsable y dominado por los convencionalismos, frente al espíritu artístico y libre de su esposo.

La cámara se centra en los hermosos paisajes exóticos y los habitantes de las islas, que inspiraron algunas de las obras más inmortales del pintor posimpresionista y que están maravillosamente fotografiados, con el apoyo de una banda sonora sugerente. A propósito, la cinta comienza con una atmósfera agobiante que consigue trasladarnos la sensación de desesperación que siente el protagonista: un París ruidoso y cosmopolita contrasta con la miseria del hogar de Gauguin y la sobriedad de Mette-Sophie, su mujer. Unos planos que juegan de forma inteligente con la luz dejan en la retina del espectador el sabor del blanco y negro.

De esta forma, el director consigue un mayor contraste de imagen y ambiente cuando nos transporta a la Polinesia: no solo el mar, el verde de la selva o el color de sus gentes, sino la luminosidad. Incluso en las escenas nocturnas que se desarrollan también a la luz de un candil, se percibe un brillo diferente; una metáfora del cambio emocional que sufre Paul Gauguin.

El filme se mueve con dificultad, precisamente porque queda la sensación de ser una obra interesada en grandes temas de la relación del pintor con éste, su viaje más crítico, interés que sin embargo se diluye por la falta de concreción de esos grandes temas./ tomado de el agente crítica de cine

Con un ritmo de acción pausado que refleja la tranquilidad, naturalidad y esencia de la vida en una Polinesia virgen, y escenas con grandes silencios que marcan el conflicto del personaje con su entorno, Édouard Deluc consigue desvelarnos la profunda soledad que acompañó a Gauguin: “Tú no sabes lo doloroso que es ser un artista”, llega a decir en el filme.

Cuidada y prolija, con una fotografía que destaca la belleza y la luz de Tahití, la película se basa más que en la relación con Tehura –para nada del todo idílica, como podríamos pensar al comienzo de la misma– que en las motivaciones creativas de Gauguin, en un período que realizó muchas de sus obras más conocidas y cotizadas. Este ha sido uno de los puntos que más se le ha cuestionado al filme, además de cierto blanqueamiento de la historia: centrarse más bien en la relación con la joven, quien realmente era una niña de 13 años –en el filme tiene 17– y no en las motivaciones artísticas de ese momento. Gauguin aparece retratado como un hombre impulsivo, que se deja llevar por sus propios deseos a pesar de la posición de su familia política (como metáfora del sistema) y nada valorado en los tiempos que corrían, pero no se dejó derribar por eso y siguió pintando según sus ideas. La película muestra cómo esa relación le inspiró sumamente en esa etapa de su vida, pero también cómo se fue autodestruyendo y recuperando hasta que fue repatriado a su Francia natal.

el director Edouard Deluc pierde la posibilidad de seguir modelando el mito de Gauguin, uno en donde el público -conocedor o no de su obra- pueda acceder desde la imagen a la conformación de la leyenda./ tomado de el agente crítica de cine

Gauguin: Viaje a Tahití –donde valen tanto el clima y atmósfera como los diálogos– parte de un episodio real como premisa y trasfondo para una atractiva y decorada historia, que refleja, además, la relación del artista con el momento histórico que vive y el afán de crear a pesar de todo. “Esto es lo peor de la miseria: no poder trabajar”, dice. Qué lo impulsa a la creación, cuánto influyó el lugar, realmente el encuentro con islas casi vírgenes logró darle la libertad que tanto añoraba en París, son algunas de los interrogantes que plantea el filme, basado en el diario de viaje del propio Gauguin, Noa Noa (fragancia en tahitiano), que no interpela nunca al espectador. “Cuando quieres hacerlo diferente tienes que volver a los orígenes. La infancia de la humanidad. La Eva que yo escogí es un animal”, le dice Gauguin a Malik Zidi, quien interpreta al médico y único amigo del artista en estas islas del Pacífico.

Los intereses puestos en este relato son mucho más débiles que el trazo de la pintura de Gauguin y no le hacen justicia. Cada estado por el que pasa el protagonista anticipa una acción que nunca llega. El paisaje exuberante sólo se observa como marco de los acontecimientos, jamás como un condicionante de la situación del personaje./ tomado de el agente crítica de cine

A esta infancia de la humanidad –lasciva, sensual, luminosa– regresó Paul Gauguin nuevamente y allí moriría en 1903, en Atuona, Islas Turquesa, olvidado, cansado de luchar, sin imaginarse que su obra es hoy una de las cumbres del arte occidental del siglo XIX y de todos los tiempos, y preguntándose, además: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? Como nos asegura Gauguin: Viaje a Tahití, el artista jamás volvió a encontrarse con Tehura, la musa que le inspiró cuadros como “El espíritu de los muertos vela”.