Pablo Suárez Marrero


Pablo Alejandro Suárez Marrero: «Vuelvo a mis orígenes»

Recuerdo con nostalgia aquellos tiempos de la infancia en que Pablo Alejandro Suárez Marrero y yo jugábamos en los jardines de la Escuela Elemental de Música Alejandro García Caturla. Nos unía no solo la amistad, sino igual pasión por el mundo de la literatura y el arte. Los años han pasado y la amistad ha adquirido nuevas formas, más hermosas y pulidas gracias a las memorias que compartimos. Pablo es un excelente flautista, profesor e investigador. Su creación posee todas las esencias de Cuba, esencias que Pablo mismo reconoce mestizas. Esta entrevista es nuestro viaje de regreso a la infancia y mi deuda personal con un amigo al que hecho mucho de menos.

Como artista e investigador interdisciplinario, ¿sientes que el arte, en sus diversas manifestaciones, se encuentra enraizado en la naturaleza del ser que eres?

Desde hace un tiempo pienso que el arte es una forma particular de producción subjetiva, por lo que creo que es parte sustantiva de mi ser y uno de los determinantes de mi existencia. A su vez, también considero que es sustancial al quehacer diario de cada uno de los seres humanos, con mayor o menor función estética. Esa noción de arte es una de las diferencias sustanciales entre nosotros, los demás seres vivos y la naturaleza toda. Soy artista, y creo que es una de las pocas cosas que jamás podré dejar de ser.

¿Piensas que el rigor investigativo es variable o débil entre los miembros de nuestra generación?

Esta es una pregunta difícil. Creo que, entre los miembros de nuestra generación, el rigor investigativo es variable y tiende a la baja. Lamentablemente aún existen juicios de valor negativos hacia la investigación de/para/desde el arte. Muchas veces me encuentro con instrumentistas, compositores, directores de orquesta e ingenieros de sonido que durante sus formaciones profesionales no cursaron materias relacionadas con la investigación musical. Ello, a la larga, demerita su quehacer diario, que se vería enriquecido con la aplicación de métodos, técnicas y herramientas propias del quehacer científico. Ambos saberes, lo teórico y lo práctico, no deberían estar divorciados, pues ambos forman parte de los procesos creativos. Existe una intención de revertir esa realidad desde la Universidad de las Artes (ISA), ojalá se concrete, para que el rigor investigativo no sea privativo de perfiles terminales como musicología, teatrología y danzología.

Tus horizontes creativos han asumido nuevos márgenes simbólicos, geográficos y de pensamiento, ¿cuáles son las rutas en las que hoy en día te encaminas?

cortesía del entrevistado

Sin dudas vuelvo a mi origen. Como sabes, soy matancero y mestizo,  condiciones que asumo como altos valores. Tuve la suerte y fortuna de coincidir contigo y otros jóvenes creadores actuales en el conservatorio Alejandro García Caturla y después en la Escuela Nacional de Música, así como tuve de colofón para mi formación profesional cubana el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Posteriormente, vine a México a estudiar la Maestría en Artes en la Universidad de Guanajuato como becario del Consejo Nacional de Ciencia y Técnica de este país. Esto me posibilitó abrir un horizonte de expectativas hacia expresiones culturales diversas.

No solo enfrentarme a las diferencias de una nueva realidad, sino a la posibilidad de construir una carrera personal y profesional desde un punto inicial. En Cuba hacía muchísimas cosas al día, fundamentalmente labores de docencia, investigación, gestión e interpretación del patrimonio musical. Actualmente lo sigo haciendo, pues ya sabes que disfruto hacer lo que hago; por lo que “le echo ganas”, como dicen por acá.

Sabrás que mis rutas son diversas pero convergentes: estudio el Doctorado en Artes en la misma universidad mexicana que me acogió como estudiante de posgrado y que me ha dado la posibilidad de integrarme al claustro docente de su departamento de Música y Artes Escénicas como profesor a tiempo parcial. A la misma vez, desde hace un año también imparto clases en la Escuela de Música de León, en otra ciudad del mismo estado, lo que me hace disfrutar la posibilidad de viajar. Desde mediados del 2018 funjo como coordinador-redactor principal en El Filarmónico, y he estado colaborando como flautista en diferentes agrupaciones de música de cámara y sinfónica.

Como redactor principal de El Filarmónico, un espacio virtual para reflexionar sobre la escena musical actual, ¿hasta qué punto sientes que la crítica establece un precedente artístico a seguir? ¿Cómo se puede combatir, desde la creación, el mal gusto y la banalidad creativa?

El Filarmónico surge en el 2018 como una inquietud de reflexionar sobre la escena musical actual. Entendemos que es necesario documentar el quehacer musical de hoy para que sea estudiado con posterioridad, teniendo en cuenta las distancias históricas. Y esto yo no lo encontraba ni en la prensa, ni en los sitios web del ámbito cultural. Lo que nació como proyecto personal ha crecido mucho en apenas dos años, ahorita es una plataforma de información, comentarios y artículos sobre música con un sitio web y presencia en las redes sociales,  en la que se vinculan publicaciones especializadas con acciones de investigación y gestión de eventos académicos. Para ello, se cuenta con un equipo de trabajo en el que convergen profesionales de la cultura, la música y el marketing digital, así como un número variable de estudiantes de programas especializados en la práctica musical. 

A pesar de que estos alumnos cursan la materia de Crítica Musical, ven en ello pocas posibilidades laborales, pues no existe el medio especializado para ese ejercicio profesional. A pesar de que la crítica puede sentar precedentes artísticos, también ha estado en crisis durante demasiadas décadas, diría yo; por lo que su alcance y prestigio profesional es poco o casi nulo. Casi siempre les digo a los alumnos que desean hacer sus prácticas en El Filarmónico, que la crítica musical debería estar enfocada a la creación y educación de públicos en una primera instancia; pero de escuchas conscientes con herramientas operativas, que les permitan cuestionar con respeto los diferentes gustos musicales y asumir como propias aquellas expresiones que les sean afines. 

En la producción del pensamiento simbólico de la nación llamada arte, de la cual todos los creadores somos habitantes, ¿cuáles crees son los necesarios cambios, accidentes o evoluciones que necesitamos llevar a cabo?

cortesía del entrevistado

Fíjate que desde la segunda mitad del siglo XX se han estado produciendo cambios y accidentes en el pensamiento simbólico sobre el arte, de los cuales no hemos sido totalmente conscientes ni partícipes. Como todo proceso histórico, toma tiempo que se afiance en la sociedad, se acepten sus aportes y se desestimen aquellos aspectos que no se adecuan a realidades diferentes de las que germinaron.

Entre otros quisiera hacer énfasis en cuatro cambios provenientes de las ciencias sociales y humanísticas que impactaron y aún producen quehaceres en las artes: el giro lingüístico y su influencia en el análisis de la historia; el giro performativo y el entendimiento de lo teatral en el quehacer social; el giro decolonial y sus planteamientos culturales sobre las relaciones de poder; así como el giro sensorial y el creciente cambio de estudio sobre el ser humano como ser sensapiente. Entonces, en paráfrasis de nuestro sabio Fernando Ortiz: conocer para pensar, pensar para hacer y hacer para cambiar.

Lo interesante de todo ello es que Cuba ha sido vanguardia en dos de estos “accidentes”: el giro lingüístico y la influencia de los Anales franceses en la Escuela de Historia de la Universidad de La Habana; así como el giro decolonial con la publicación de Música y descolonización (1982), de Leonardo Acosta.

Tus áreas de interés investigativo y creador abarcan la interpretación crítica de las relaciones entre música y humor en la escena popular, los estudios de performance y la etnomusicología en América Latina, el Caribe y Cuba. ¿Consideras que el arte es un inmenso corpus en el que se entroncan las diversas manifestaciones, y que es posible la pretensión de analizarlo como un todo, o apuestas por una investigación que vaya a lo particular, al fenómeno en sí?

En síntesis, creo que el arte es un inmerso reflective corpus que se expresa en lenguajes artísticos particulares, pero cuya mayor riqueza radica en las relaciones y redes que tejen ese todo expresivo. A la hora de analizarlo, por cuestiones operativas y limitaciones propias, apuesto por objetos de estudio con limitaciones tempo-espaciales; pero siempre intento agotar su multidimensionalidad y entender las relaciones con un todo mayor.

La escena popular ha sido el espacio donde se expresan los músico-humoristas que estudio, los estudios de performance me han servido como herramienta interdisciplinaria para abordar sus creaciones y la etnomusicología como soporte disciplinar normado. Las relaciones entre estos sintagmas que, en apariencias, parecieran dispersos, me han llevado a un abordaje transdisciplinar y a una superación constante de mis propios límites epistémicos.

La música, el humor y la crítica social han sido objeto de tus análisis en no pocas publicaciones, ¿de qué manera sientes que la risa, la que provoca la sonrisa amarga o agridulce, la crítica que se sostiene en un discurso autónomo, puede provocar microcambios estructurales en el pensamiento de una nación o de una comunidad?

Por nuestra condición histórica de trashumantes, la personalidad del ser latinoamericano es generalmente porosa y permeable. Ello hace que la risa altisonante y agridulce, propiciada desde el humor musical, sea uno de los factores que nos permitan adecuarnos al entorno social cada vez más cambiante. En un contexto de [g]localización cultural creciente, la risa cumple una doble función social: como válvula de escape y como crítica a las dolencias de los pueblos. En ese sentido dialéctico y a nivel microsocial, la risa puede provocar cambios estructurales en el pensamiento o reproducir patrones de conductas estructuradas en sociedad. Pues el que ríe provocado por un humor inteligente, casi siempre cuestiona a su realidad, no solo como partícipe del chiste. Entonces puede convertirse en un agente social para el cambio, siempre interpelado por la risa como resiliencia y capacidad de adaptación al medio.

Entonces coincides en que desde el humor se han hecho, históricamente, las críticas más descarnadas hacia la realidad social que nos ha tocado vivir…

El humor muy pocas veces se ha tomado en serio, realidad que han vivido los humoristas en sus más variados lenguajes artísticos y, por extensión, los que nos dedicamos a estudiarlo desde la academia. En pocos países, como Cuba, España y el Reino Unido, se les ha dado un espacio institucional y un marco propicio para su desarrollo. Sin embargo, no es suficiente lo hecho, se sigue perpetuando la idea del humor como arte liminal. Esa situación contextual hace que el humor, como expresión humana, sea crítico, ácido, duro hacia una realidad social que lo margina.

Desde el punto de vista artístico, considero que ahí radica su riqueza creativa y debilidad: el reinventarse en un contexto que lo quiere poco o nada. Riqueza porque, cada un tiempo relativamente corto, los humoristas crean nuevos recursos discursivos que los ayudan a mantenerse en un medio agreste. Debilidad, pues es muy difícil que las expresiones humorísticas sean perecederas, a no ser que sean documentos; de ahí la importancia de un quehacer académico. Recordemos que no pocos humoristas han muerto por hacer reír al público, fundamentalmente a ese sector radicalizado e intolerante con la diversidad expresiva.

¿Hasta qué punto la intertextualidad en el humor nos permite una revisitación de la historia?

cortesía del entrevistado

Las cosas de la vida: en un primer momento llegué a los estudios del humor por querer buscar la historia de vida de mi abuela materna. Ella, profesora de Teoría de la música —que creo tuviste la oportunidad de conocer— me hablaba de su juventud y de las puestas en escena del Conjunto Nacional de Espectáculos en el Teatro Karl Marx de La Habana, fundamentalmente del Génesis según Virulo y de La esclava contra el árabe. Realmente, yo me reía de sus anécdotas y cuentos, así como simpatizaba con las canciones hilarantes que ella intentaba reproducir desde su memoria. En un segundo momento, durante una estancia académica que realicé en México, el profesor que me acogió me habló de Alejandro García (Virulo), me puso a escuchar su discografía y enriqueció cada tarde de ese verano del 2015 con apreciaciones músico-contextuales del cubano.

Te hago estas dos anécdotas porque el humor fue mi ventana abierta a descubrir el pasado reciente de nuestra historia y música nacionales, una relatoría que yo solo conocía de forma parcial y que se vio alimentada por las vivencias de receptores históricos de dentro y fuera de la Isla. Ya planteado el marco contextual y asumido el humor como objeto de estudio viable, empiezo a escudriñar en los mecanismos creativos de este cantautor cubano, fundador del Movimiento de la Nueva Trova, miembro y posterior director del Conjunto, y fundador de lo que después sería el Centro Promotor del Humor. Una de sus principales herramientas es la intertextualidad, y aquello me pareció un dèjá vu; volví a vivir una y otra vez lo que ya me había sucedido en mi propia experiencia, yo tenía una apropiación intertextual de su cancionística, que a su vez es también intertextual.

Entonces sí, el humor permite revisitar la historia cuantas veces sea necesario; ya sea porque el humorista adecua su performance a los diferentes escenarios y contextos sociales, o porque los espectadores nos apropiamos del mismo performance en diferentes momentos de la vida. Ambos, creador y público, continuamente resignificamos nuestras relaciones con el humor de múltiples formas, pero expresamente intertextual.

Tu formación primigenia como flautista, ¿hasta qué punto sigue hoy presente en tu vida creativa y cómo se entronca con tus actuales objetos de estudio?

Sin dudas, no sería lo que soy sin haber estudiado flauta, y debo asumirla como una cuasi iniciación dionisiaca al pensamiento musical. Como intérprete, en Cuba tuve la oportunidad de colaborar con conjuntos de cámara y con la Orquesta Sinfónica Nacional, en una o dos ocasiones. Mientras que en México fundamentalmente me he desenvuelto en la música de cámara, y ya ahorita, como integrante del Guanajuato Flute Studio y como flautista invitado por la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato.

Esta variada experiencia como intérprete me llevó a cuestionarme lo que soy como persona, y entender que soy flautista, mientras que la docencia e investigación han sido caminos oportunos y, si quisiéramos, estables para insertarme en la sociedad profesional.

Claro está, las relaciones entre los tres ámbitos me han conducido a replantear la interpretación de nuevos repertorios, estrenar obras de jóvenes compositores que no me hubiera atrevido a realizar en otro momento, y me han ayudado a entenderme como performer, con las implicaciones que ello conlleva en el diario. A su vez, estudiar el humor me permite entender las ironías, parodias y sarcasmos que conforman nuestras realidades.

cortesía del entrevistado

Esta pregunta es quizás la más personal de todas, y por eso la he reservado para el final de la entrevista. Yo recuerdo muy bien al niño que fuiste y veo con orgullo (e inmensa alegría) los caminos que has transitado. Esa pasión primigenia por el arte que nació en las aulas de la Escuela Elemental de Música Alejandro García Caturla, ¿sientes que fungió como un hilo conector en tu vida creativa?, ¿qué recuerdos perdurables te has llevado de esa experiencia?

“Caturla”, como siempre le llamamos por vagancia léxica, fue el detonante de una personalidad inquieta, creativamente hablando, y diferente. Participar de los talleres literarios de la profe Ana Luz de Armas me inició en los placeres de la escritura y me dio la posibilidad de compartir con creadores de mi generación que aprecio y valoro, entre los cuales estás tú en primer plano.

Pero, sobre todo, estudiar en el Conservatorio, después en la ENA y luego en San Gerónimo me inculcaron el tesón de hacer lo que me gusta por sobre todas las cosas: luchar por ver una obra musical terminada, una escala melódica lo mejor tocada posible, un ensayo académico publicado en alguna revista y la satisfacción de que los estudiantes entiendan el poco conocimiento que puedo trasmitirles en mis clases.

Experiencias hay bastantes [y unas lagrimitas también], pero los recuerdos pasan por tocar mucha música y disfrutar cada momento con amigos; personas que se han quedado para toda la vida y que, al vernos en una guagua, en la cola del Coppelia o simplemente encontrarnos de casualidad en alguna de las calles habaneras, nos sigamos saludando como si los años no hubieran pasado: nos ponemos al día con pocas palabras, y yo siento que nos relacionan algo más que espacios geográficos y lugares comunes.