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Compás #3: Santiago: cuna de la música (+Galería y programa)

Santiago de Cuba atesora un patrimonio musical extraordinario, y no se trata de una exaltación a ultranza, hay muchos argumentos tangibles para demostrarlo. El espíritu alegre del santiaguero brota al compás de la buena música.

Esta ciudad es indudablemente manantial de la cultura afrocubana, desde donde bebe el jazz que cultivan hoy nuestros músicos, presentes en la octava edición del Festival Jazz Namá. Evento que desde el pasado día 25 y hasta este 28 de febrero reúne a exponentes del género dentro y fuera de Cuba.

fotos cortesía de la ahs de santiago de cuba/archivo

Las tres jornadas que han transcurrido del Festival demuestran que en esta edición, el evento trae al escenario virtual una combinación explosiva de artistas consagrados y jóvenes músicos. Del patio, con sus “santiaguerías”, se presentaron los prometedores artistas José Ernesto González, Giselle Lage Giln e Iván Sánchez Guardiola, excelentes exponentes del género.

Desde el principio apoyó la idea y obsequió a los organizadores del evento el tema challenge del Festival, Alias “Proyecto VT”, José Ernesto González Ulloa, de origen santiaguero radicado en La Habana; es graduado de nivel superior de viola y violín, y domina también el piano. Con la experiencia de haber tomado cursos de improvisación de jazz y de música electrónica, son estos los géneros de su preferencia, además de los ritmos cubanos.

Limpieza y serenidad en sus interpretaciones describen a Giselle Lage Gil, joven cantante, compositora y pianista santiaguera, quien “adereza con su voz una ciudad; en el piano conquista el silencio y nos devuelve sus melodías como un regalo, como una sublime confesión de que la belleza aún existe”. Así nos la describe el periodista Jorge Albear Brito.

José Ernesto González Ulloa. fotos cortesía de la ahs de santiago de cuba/archivo

El Iris Jazz Club fue el escenario propicio para que la figura femenina del evento capturara para la eternidad su música en una cápsula promocional Jazz Namá Plus y nos deleitara, después de tanto tiempo de confinamiento, de su dulce voz y su intensidad al piano, como una caricia necesaria. Sorprendió al cierre del concierto, con una canción musicalizada por ella y compuesta por su madre (Sara Gil), sobre el amor en tiempos de distanciamiento social.

Abrazando su saxofón me asegura que vive por ella… y es que la música es la protagonista de las mayores y mejores emociones de su vida, guía sus días y ocupa todo su tiempo y talento.

Músico instrumentista, compositor y arreglista es el joven Iván Ariel Sánchez Guardiola, integrante y director del grupo Influencia de Santiago de Cuba. Ha compartido escenario con reconocidas figuras del Jazz cubano… y como parte del programa online del Festival Jazz Namá, disfrutamos de su improvisación sobre el tema challenge del encuentro y un material audiovisual, donde ofrece algunas valoraciones sobre el evento.

Giselle Lage Gil, joven cantante, compositora y pianista santiaguera. fotos cortesía de la ahs de santiago de cuba/archivo

Músico instrumentista, compositor y arreglista es el joven Iván Ariel Sánchez Guardiola, integrante y director del grupo Influencia de Santiago de Cuba. fotos cortesía de la ahs de santiago de cuba/archivo

No hay duda que la música cubana es especial, tiene un sabor y un ritmo único. La música es un componente esencial de la espiritualidad del cubano. En su sangre corre una mezcla de aborigen, español, africano, mulato. De ella heredamos una cultura mestiza que se caracteriza por el arraigo a las tradiciones artísticas, firme bastión de esa identidad que siempre cultivaremos.


José Martí, un guerrero de todos los tiempos (+ Dossier)

La imagen más habitual de José Martí, Héroe Nacional de Cuba, suele ser la de un poeta, un intelectual, acostumbrado a discursos y escribir, especialmente durante horas de la noche. Algunos hasta han intentado presentarlo como hombre incapaz de soportar las exigencias de una contienda en la manigua. Pero el Apóstol de la Independencia era un verdadero guerrero. ¡Qué nadie lo dude! Durante toda su vida libró guerras, luchas constantes en las que nunca cedió.

Muchos fueron los desafíos que enfrentó durante sus 42 años de edad, demasiadas las críticas y privaciones, lo dolores de diversos tipos, las heridas en el alma, pero siguió fiel a sus principios. Solo alguien con enorme fortaleza mental y física podría enfrentar tantos molinos, y mantener su alma poética, la pureza de sus ideas y acciones, la confianza en la verdad y el sueño de Patria.

Nos parece verlo  encarcelado con apenas 16 años de edad en las Canteras de San Lázaro. Desde la madrugada, trabaja y arrastra cadenas y grilletes por un pedregoso camino, excava y desbarata piedras a golpe de pico. Aquello le provocó lesiones en los tobillos y la cintura, por el roce del grillete. Eso le afectó su caminar y le generó dolores para toda la vida. Desde muy joven sufrió de lesiones en su piel y de un sarcocele (tumor de testículo, de tipo quístico), como consecuencia del roce constante de la cadena en el Presidio, del cual fue operado al menos en cuatro ocasiones.

Padeció también sarcoidosis, detonante de otras afecciones del tracto digestivo, respiratorio y cardiovascular. Sufrió, además, laringitis aguda y en más de una ocasión los médicos le recomendaron reposo absoluto de voz, pero era mayor su voluntad, y respondía: “Cuba no puede esperar”. Ahí están también las tristezas del exilio, la lejanía, las incomprensiones de la familia, las tormentas con su esposa Carmen Zayas Bazán, la separación de su hijo amantísimo, los disparos verbales de muchos…

A pesar de todo eso y otras lesiones del alma continuó incesante a favor de una Cuba totalmente independiente. En la preparación de la Guerra de 1895, superó con inteligencia y carácter diferencias con grandes jefes militares, como Antonio Maceo.

Su aporte como principal organizador de la Guerra de 1895 es incuestionable, con una visión integradora en cuanto a estrategia y unión de las generaciones participantes. Cada uno de sus discursos previos es fuente de civismo y claridad política. La creación del Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria también favorecieron las posibilidades de éxito.

En esos preparativos y en la concepción de la lucha demostró también tener un pensamiento militar fruto de análisis de otras experiencias, como la resistencia aborigen a la conquista española, las guerras de independencia de Hispanoamérica, La Guerra de los Diez Años, la Guerra de Independencia de las Trece Colonias, la Guerra de Secesión en los Estados Unidos (1861-65), la Guerra Chiquita, el plan Gómez-Maceo, la guerra de independencia española contra la invasión napoleónica y la guerra franco-prusiana. Se nutrió también de conversaciones con patriotas de contiendas anteriores, como Máximo Gómez, Antonio Maceo y Flor Crombet. Era un estudioso constante.

En su corazón palpitaba el deseo de pelear con los fusiles y las balas, sentir el volcán del campo de batalla. Va sobre su caballo, resuenan los disparos…, pero él sigue de manera impetuosa. Todavía parece cabalgar, con ese coraje indefinible.

Incluso, ahora 126 años después de su desaparición física, Martí continúa siendo un guerrero muy actual. Algunos repiten frases suyas, mencionan su nombre, hasta se atreven a decir cómo actuaría hoy ante determinados hechos, pero la verdad es que nuestro Héroe Nacional jamás traicionaría su amor verdadero a Cuba, su dignidad y antimperialismo. Debemos mantenerlo muy vivo junto a nosotros, palpitante, como parte esencial del corazón de esta nación y su pueblo.

 

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Martí nos enseña el camino del bien

Por Doctor en Ciencias Históricas Pedro Pablo Rodríguez

¿Vieron todos en la televisión los personajes que les echaron la sangre a los bustos de Martí? Hay uno de ellos, que dice que él lo hizo porque el otro vino y le dijo que tenía una “pinchita” para ganar dinero. No sabemos cuánto.

Estas personas no tienen realmente ni la menor idea de quién es Martí, no lo sienten, no comprenden su dimensión. Solo así se entiende un poco que hagan semejante cosa.

Entonces yo pienso: ¿y cómo es posible que en Cuba, con todo lo que hablamos de Martí y todo lo que se publica y se hace, pues haya personas que, como esas, no conozcan la obra ni las esencias de José Martí, no sientan suficiente admiración y respeto?

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La política para Martí: Un asunto del alma

Por Lil María Pichs Hernández

Gracias por la invitación a este espacio. Deseo comenzar con referencias al texto de Cintio Vitier José Martí en la hora actual de Cuba, escrito en 1994, el cual me parece vital para entender fenómenos de aquel momento y el presente. El engranaje social no funciona todo lo bien que debería. La fórmula martiana “con todos y para el bien de todos” no ha llegado a todos los que tiene que llegar en nuestro país, y son, efectivamente, la educación y la cultura campos esenciales para revisarnos como país.

Es en el campo de la cultura donde Cintio ubica la solución a muchos de nuestros problemas. Y, de hecho, hace una comparación entre la Campaña de Alfabetización de 1961 y la nueva campaña de alfabetización o de culturización que haría falta entonces en 1994, según sus palabras.

Dijo Cintio entonces: “La campaña de alfabetización martiana que ahora necesitamos, en un pueblo que ya sabe leer y escribir, y que ha alcanzado niveles científicos admirables, pero que en su mayoría desconoce más su historia y por lo tanto el argumento de su propia vida, es una campaña de espiritualidad y de conciencia.  Hoy nuestro mayor problema espiritual, sin excluir los campos, está en las ciudades, y la ignorancia que hay que remediar es de otra especie, es en verdad la ignorancia de sí mismos, de la propia historia, de la propia naturaleza, de la propia alma.”

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Martí en nuestros días, ¿un diálogo con el pasado?

 

Según Gabriela Mistral, Martí es un clásico sin sombra de vejez. Quien accede a su obra, independientemente de su formación académica, queda seducido por ese verbo proteico, profundamente poético, y portador, a la vez, de los más altos valores humanos. La hondura de su pensamiento, la riqueza de sus reflexiones, motiva al análisis histórico, filosófico o político. Siendo un hombre de su tiempo  en toda la extensión de la palabra, Martí es un hombre para todos los tiempos. 

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Un Martí para ahora mismo

Por Dr.C Fabio Fernández Batista

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José Martí, un símbolo en disputa

Por Yasel Toledo Garnache

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Un Martí para ahora mismo

José Martí constituye referencia ineludible para el pensamiento patriótico y revolucionario cubano. Hasta el presente, su ideario se manifiesta como plataforma desde la cual repensar los dilemas de la nación y el orbe. La apuesta martiana por la construcción de una sociedad garante de la dignidad plena de los seres humanos resulta una aspiración que –cual horizonte– nos conmina a avanzar.

De cara a los retos de hoy, seis aristas de la reflexión del Apóstol devienen soportes para aquellos abocados a la continua apuesta por una Cuba y un mundo mejor. Su inserción dentro del llamado pensamiento electivo, la irrefrenable búsqueda de la unidad bajo principios compartidos, la autoconciencia nuestraamericana y su beligerante oposición a la proyección hegemónica de los poderes imperiales han de acompañarnos en la lucha cotidiana.

Martí supuso la cúspide del electivismo cubano, movimiento filosófico que desde las postrimerías del siglo XVIII impulsó la conformación de un pensamiento propio en la Isla, a partir de adaptación crítica de los referentes foráneos y de la construcción de respuestas singulares a los problemas específicos de la realidad insular. Para el Maestro, solo el ejercicio intelectual nacido de nuestra universal autoctonía franquearía el acceso a los propósitos de plenitud soñados. Hoy que buscamos modelos para enrumbarnos, no debemos pasar por alto esa alerta.

En paralelo, la prédica martiana encontró otro de sus nortes en la cristalización de la unidad entre los cubanos de buena voluntad. La meta de la independencia y posterior consumación de la república plena requería el modelaje de una amplia coalición de fuerzas, capaz de articularse bajo presupuestos programáticos y de principios. Los retos de la Cuba de hoy exigen de nosotros justo lo que el héroe de Dos Ríos subrayara en el ya lejano siglo XIX. La Revolución que ha de revolucionarse será exitosa en tanto exprese la pluralidad de la nación y denote su capacidad para actuar como un proyecto unitario de pretensiones holísticas.

Dentro del legado de ese cubano de excepción al que hoy rendimos tributo destaca, igualmente, su sentido de unidad continental. Martí pensó en clave nuestraamericana, es decir, concibió un proyecto enfocado en los problemas que enfrentaba el vasto universo que discurre del Bravo a la Patagonia. Esta concepción ancló en la identificación de una historia e identidad comunes que, sin desconocer las particularidades, permitía soñar con un destino compartido. Dicho sueño común veía reforzado su sustento en la identificación de un claro antagonista que, desde su agenda de dominación, trabajaba en pos de fragmentarnos. Justo en esta hora que vivimos, los factores que nos unen siguen mostrando su vigencia, al tiempo que el enemigo esencial continúa siendo el mismo.

Como es sabido, el pensamiento del Héroe Nacional se erige como precursor del ideario antiimperialista. El diagnóstico martiano acerca de la configuración interna de las sociedades del Norte global y de la proyección hacia el Sur del capitalismo maduro de las naciones imperiales  conserva vigencia en más de un sentido. En la tarea siempre urgente de definir la lógica de funcionamiento del sistema capitalista, Martí resulta un gran aliado. Solo desde la disección analítica de nuestro enemigo podremos construir la alternativa civilizatoria que el Apóstol identificó como único camino para la consumación de la justicia.

Frente a los grandes dilemas que tocan a nuestra puerta, Martí nos acompaña. Está a nuestro lado en la lucha por un futuro de total emancipación. Nos toca pues aprender del veterano guerrero, beber de sus consejos, hacer propio su método y lanzarnos a crear, a construir, a fundar.     


El proyecto inconcluso de José Martí

El día anterior a caer en combate, Martí comienza a escribirle una extensa carta a su “queridísimo hermano” Manuel Mercado. Su inesperada muerte la dejó inconclusa. El texto es suficiente para conocer las esencias y las estrategias del proyecto revolucionario martiano. Una gran incógnita se levanta con la última palabra escrita. Por lo pronto, el texto desmitifica la romántica y especulativa idea de que el Maestro buscara la muerte en el encuentro de Dos Ríos. Como guía de un pueblo que ha lanzado a la guerra, debía ser el primero en enfrentar al enemigo, pero no desconoce los riesgos necesarios. Con orgullo escribe: “Ya puedo escribir (…) Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice y haré, es para eso”. No hay desanimo ni tristeza y, lo más importante, piensa con entusiasmo en la que hará.

El proyecto martiano ha transitado por varias etapas. Primero, unir lo que imperiosamente ha de estar unido; segundo, organizar y concientizar las fuerzas todas del país para la guerra necesaria y la creación de un nuevo modelo de república que no perpetúe “con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio  de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”; la República Cubana sería “justa y abierta, una en el territorio, en el derecho, en el trabajo y en la concordia, levantada con todos y para el bien de todos”.

La tercera etapa es la creación del Partido Revolucionario Cubano, instrumento real y práctico preparador de la guerra, creador y unificador de revolucionarios, batallador frente a los partidos coloniales y a la peligrosa corriente anexionista. La cuarta etapa apenas se iniciaba cuando cae en combate, la guerra de independencia y la creación de la república “en medio de la guerra”. Todo lo hecho hasta Dos Ríos apenas era el preámbulo de la construcción de la Cuba pensada y soñada por Martí.

Si la lucha inicial era contra el dominio colonial español, los profundos cambios operados en los Estados Unidos convierten a esta nación en la más poderosa potencia, ante la cual, llegado el momento, la propia España rendiría sus banderas. Desde 1889, Martí advierte: “¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?”; “Desde la cuna soñó en estos dominios el pueblo del Norte (…) y cuando un pueblo rapaz de raíz, creado en la esperanza y certidumbre de la posesión del continente, llega a serlo, con la espuela de los celos de Europa y de su ambición de pueblo universal (…) urge ponerle cuantos frenos se puedan fraguar,  con el pudor de las ideas, el aumento rápido y hábil de los intereses opuestos, el ajuste franco y pronto de cuantos tengan la misma razón de temer, y la declaración de la verdad”.

Y he ahí la razón de Cuba; su lugar en el mundo: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas mero pontón de la guerra de una república imperial, contra el mundo celoso y superior que se prepara para negarle el poder”. Y sentencia: “Es un mundo lo que estamos equilibrando; no solo dos islas las que vamos a libertar” y Cuba sería la república “indispensable al equilibrio americano”.

Iniciada la guerra de independencia, quedaba un paso importante, crear la República de Cuba. En la carta inconclusa a Manuel Mercado ya habla de ello. Después de la Mejorana, su papel en la Constituyente fundadora y reguladora de la república era fundamental y él lo sabía. Su ausencia en Jimaguayu desfiguró parte del proyecto de preparar la república en medio de la guerra. Al producirse la intervención de Estados Unidos en la contienda independentista cubana, Máximo Gómez expresaba las terribles consecuencias de la ausencia de Martí, porque él sí sabía cómo enfrentar la nueva situación. Los tiempos nuevos eran muy complejos. Se confrontaban peligros externos e internos. Uno de ellos era, según había escrito el Maestro:

“En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esa clase de hombres, ayudados por lo que quieren gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los conservadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así alagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente”.

El proyecto inconcluso de José Martí se convirtió en el de las generaciones del siglo XX; es el proyecto revolucionario de creación, retomando las palabras de José Antonio Saco dos años antes de nacer Martí, de “una Cuba cubana y no anglosajona”. Ha pasado el tiempo, 125 años después de la desaparición física del Apóstol, su pensamiento vivo es nutriente, sabia, para pensar y crear la Cuba futura. Brújula cuando baten aires de tormenta.  

 

 

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Los placeres de la melancolía insular: lo cubano en la poesía de José María Heredia

  1. …su poesía resplandece, desmaya o angustia.
  2. José Martí

José María Heredia y Heredia (Santiago de Cuba, 1803-Toluca, México, 1839) fue un poeta de azares y dolores, de la trémula y feliz melancolía que antecede al despido y la partida: la añoranza que permanece como fe de vida. Pero también fue un poeta de libertades, del anhelo romántico e independentista de una Isla que definió como propia en la hondura de sus versos. Vivió anhelando la Patria pues su destino fue el destierro: el vagar y la mirada errante, pero siempre oblicua hacia la Isla. Con su poesía comienzan a cristalizarse en Cuba los elementos de la Nación y la identidad nacional, en las evocaciones al paisaje y la naturaleza insular, y en el despertar de la conciencia independentista del pueblo cubano. Fue, sobre todo, poeta de acertada cubanía que “le cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas”, escribió Martí[1].

Las primeras lumbres de cubanía en nuestras letras se evidencian en la representación de la naturaleza: desde los tiempos germinales de la poesía insular es la naturaleza y su representación la realidad inmediata que inspira al poeta. Pero su inmediatez física, en una isla casi paradisíaca como Cuba, no es igual a su inmediatez poética. El poeta no puede expresarla todavía sino a través de una concepción prestada y clásica, y a la vez artificial y abstracta, con cierto aire virgiliano y horaciano evidente del neoclasicismo, y muchas veces con reminiscencias barrocas de Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca.

A esa representación de la naturaleza –sobre todo mediante la descripción del paisaje como evidencia de las primeras muestras de “lo cubano” en nuestra lírica– se encamina la poesía insular desde Espejo de Paciencia (Silvestre de Balboa Troya y Quesada, 1608) como primer monumento del corpus literario cubano, hasta entrado el siglo XIX. Inicialmente fue la piña –fruta primero barroca y luego neoclásica– el símbolo paradisíaco y vistoso de nuestra primera poesía y a la vez de Cuba, muestra de la voluptuosidad ante los ojos europeos de las bondades tropicales de la isla. La conocida oda “A la piña”, de Manuel de Zequeira y Arango (1764–1846) o “Silva cubana” (“Las frutas de Cuba”) de Manuel Justo de Rubalcaba (1769–1805) son claros ejemplos de una serie de poemas bucólicos con cierto toque rococó de “poesía de jardín” en cuya sucesión descubrimos el acercamiento cada vez más real e íntimo a nuestra flora y fauna, lo que llamaría Cintio Vitier “la silva descriptiva”[2] de nuestra génesis poética, literatura que “considerada seriamente comienza con Heredia”[3].

Con José María Heredia la palma desplaza a la piña como símbolo de cubanía: si antes Balboa pone en manos de divinidades griegas y latinas los frutos indígenas, y Zequeira describe una especie de apoteosis mitológica de la piña (erigiendo a la fruta barroca como símbolo tropical), en Heredia la palma es escala de luz, orgullo nacional, trono libre y redentor, enseña virginal, símbolo de martirio y dolor de la Patria… Habíamos pasado del cesto barroco y mitológico –como las cornucopias griegas– al penacho romántico de la palma, el árbol que recibe el primero y el último rayo de luz, a la representación ideal y erguida de la Isla como compendio de dolor y libertad, de la conciencia independentista que se iba tornando en la intelectualidad burguesa insular.

Heredia supera lo que Vitier llama “el marco bucólico y la visión arcádica” del neoclasicismo insular[4]. Su poesía proporciona, desde las primeras obras apreciables en su temprana juventud, la interiorización de la naturaleza, su expresión cada vez más desnuda y real en la comprensión de lo cubano como elemento identitario. En los versos de “En el Teocalli de Cholula”, uno de sus poemas más conocidos y modelo elocuente de su procedimiento descriptivo, escrito, además, en plena adolescencia, Heredia muestra una naturaleza espiritualizada que sutilmente se identifica con un paisaje del alma humana. Escribe Max Henríquez Ureña en su Panorama histórico de la literatura cubana: “El poeta descriptivo suplantó bien pronto al poeta de amor. Encarcelaba en pocas palabras la complejidad de un vasto paisaje. Jamás descendía al detalle secundario ni a la enumeración fatigosa: su visión era siempre sintética y, por lo mismo intensa”[5].

Según Ángel Augier: “El impulso afectivo fue asociándose a los elementos físicos del país, y éstos a su vez lo acercaron lenta y sutilmente a los espirituales”[6]. Este es un rasgo característico de su poesía: el paisaje como unidad estética y sentimental creada por el alma, el paso de la naturaleza al paisaje propiamente dicho, no en el sentido pictórico o representativo, sino como estado de ánimo. Para Cintio Vitier, esa espiritualización de la naturaleza que sería característica en su obra, muestra en Heredia dos planos, que en ocasiones se funden en uno solo: el amoroso y el patriótico[7]. Es característico del romanticismo la interpenetración de sentimiento y naturaleza, a tal punto que los espectáculos naturales resultan misterios asumidos por el mundo de las pasiones; entonces el romántico ve en la naturaleza un espejo de su alma (nótese en la obra de Heredia el conocido poema “Niágara”, y en la poesía del inglés Lord Byron, “Las peregrinaciones de Childe Harold”).

Vemos en esa “espiritualización de la naturaleza” de la que hablaba Vitier, una visión cubanísima de la mujer, que se evidencia tanto en la lírica amatoria de Heredia, como en sus poemas patrióticos. Los dúos palma-mujer y palma-patria aparecen, aunque separados, como elementos característicos de cubanía en la obra de Heredia. Parejas poéticas que en José Martí luego se fundirán en un solo concepto: “…las palmas son novias que esperan; y hemos de poner la justicia tan alto como las palmas”[8]. En la obra de Heredia vemos la relación palma-mujer plasmada en los siguientes versos de 1821: El alma mía/ se abrazó a tu mirar: entre la pompa/ te contemplé del estruendoso baile/ altiva y majestuosa descollando/ entre hermosura/ cual palma gallardísima y erguida/ de la enlazada selva en la espesura…[9]

Otro ejemplo de naturaleza cubana íntimamente espiritualizada –“el sentimiento del paisaje”, según Max H. Ureña[10]–, a la vez húmeda y trémula como la voz misma del poeta, muestra la adjetivación (“el pomposo naranjo, el mango erguido”) que después del propio Heredia será común y hasta cierto punto reiterativa, con sus luces y sombras en mayor o menor grado, en la poesía decimonónica cubana: Morada fría/ de grato horror y oscuridad sombría, / a ti me acojo, y en tu amigo seno/ mi tierno corazón sentiré lleno/ de agradable y feliz melancolía[11].

El “grato horror” de la noche herediana bajo el asilo de la espesura, ofrece un lugar de ocultamiento al nostálgico desamparo del desterrado, la agradable melancolía que marca toda la existencia del poeta, como posteriormente se evidencia en la obra de Zenea y Casal. De los arrebatos de pasión se liberaba Heredia solo para entregarse a la melancolía o al desencanto. La ardiente y sensual nostalgia viene a ser otra contraparte poética de su obra lírica: la deliciosa, necesaria, ardorosa y “feliz melancolía” herediana –entre la conmoción de los elementos naturales y la paz de las soledades– que se evidencia en su poesía: Desde la infancia venturosa mía/ era mi amor. / Aislado, pensativo/ gustábame vagar en la ribera/ del ancho mar[12].

El destierro, la emigración con el frío del norte –que padecerían otros poetas, incluido el propio Martí–, la imagen de Cuba como paraíso perdido, se verán retratados en estos versos de “Placeres de la melancolía”. Aquí la nostalgia de una tierra dulce y paradisiaca, propia del romanticismo, parece condensarse en un solo verso, islas de paz y gloria semejaban, y todo el frío implacable del destierro, en una sola imagen sensitiva, y bajo el agudo filo/ del hielo afinador centella el cielo[13].

Otro “enfrentamiento” de la poesía de Heredia con los desbordes de la naturaleza insular lo encontramos en el poema “En una tempestad”. El poeta no se queda impávido frente al paso del huracán: admira su potencia, lo saluda en versos de profunda y profusa mirada descriptiva, que se torna además de ribetes de inspiración sagrada; es cuando su voz, hermanada al estruendo del huracán, se llena de armonía: Huracán, huracán, venir te siento, / y en tu soplo abrasador/ respiro entusiasmado/ del Señor de los aires el aliento[14].

La palma, que ya la hemos visto convertida en mujer, aparece en su obra como símbolo de la patria, como ejemplifica un pasaje de la oda “Niágara”. Ante la vertiente estadounidense de las famosas cataratas del Niágara, el joven bardo desterrado escribe su poema más conocido, inspirado en la famosa narración del poeta romántico francés François–René de Chateaubriand, y plasma así “una de sus dos o tres obras maestras, y seguramente uno de los poemas más bellos en lengua castellana”[15]: Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista/ con inútil afán? ¿Por qué no miro/ alrededor de tu caverna inmensa/ las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas/ que en las llanuras de mi ardiente patria/ nacen del sol a la sonrisa, y crecen/ y al soplo de la brisa del Océano/ bajo un cielo purísimo se mecen?[16]

A propósito, escribe Cintio Vitier sobre la impronta del poema en generaciones de revolucionarios exilados: “Señala este verso (“las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas”) momento en nuestra historia y en nuestra sensibilidad, que estará vigente hasta los días de Martí. Para generaciones de emigrados y desterrados –la flor del país–, Cuba será eso: “las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas”. Pero esta delicia, que en la visión de Heredia eran los “placeres de la melancolía”, se irá saturando cada vez más de dolor y cambiando la nostalgia por una frenética esperanza”[17].

Frente al Niágara, le basta a Heredia con reflejar su propia agitación interior para traducir la terrible tempestad de la catarata. Dentro, el poeta desfallecía. “Pero, aseguraría luego Jorge Mañach, es una inspiración de mayor sustancia la que allí le aguarda; una emoción de grandeza desatada, la percepción del poder divino y la sugerencia de la marcha ciega y fatal del destino humano hacia el abismo de dolor”[18].

Si bien se evidencian en Heredia las parejas palma-mujer y palma-patria como compendio y símbolo de cubanía, a la par de la descripción del paisaje cubano como espejo del alma del poeta, es la dimisión patriótica de su obra otro rasgo característico y por el que ha sido recordada su figura lírica. Partamos de un punto necesario para comprender esta faceta de la amplia obra herediana: Heredia inicia lo que llamaremos “iluminación poética de Cuba” desde el destierro, luego de ser acusado de participar en la conspiración Soles y Rayos de Bolívar, en 1823; así inaugura una larga tradición de creadores e “inspiraciones” del exilio y la diáspora. Sin la mirada melancólica del exilio político no habría exaltación poética ni añoranza hacia la tierra natal, y por tanto tampoco deseos independentistas. Esto marca, como estigma, la obra del poeta santiaguero, a quien Martí llamó el primer poeta de América.

En las cataratas del Niágara una placa de bronce, con el rostro del poeta y varias estrofas de su conocida oda, recuerdan la visita que el 15 de julio de 1824 hiciera a ese sitio el primer gran poeta de Cuba y América Latina.

Pero en el joven Heredia, la vocación patriótica no surge de manera espontánea; es, más bien, una especie de evolución que termina siendo cristalización patriótica y revolucionaria en su poesía. “Recién llegado a México –escribe Ángel Augier en su ensayo La poesía de José María Heredia– el concepto de “patria” para José María era el mismo sustentado por su padre: atribuido a España en el sentido maternal emanado de un mal entendido derecho histórico. Así como el magistrado [un español liberal de América que había escrito Memoria de las revoluciones de Venezuela] desde su posición jurídica, propugnaba la avenencia de los patriotas latinoamericanos a un régimen español de garantías constitucionales, que en la misma España era fugaz e ilusorio, su hijo poeta entonaba loas a jefes militares colonialistas –como Barradas y Apodaca– por su aparente política persuasiva frente a los soldados de la independencia, o a Fernando VII por el transitorio restablecimiento de la Constitución de 1812”[19]. Ejemplifican esto los poemas “España libre” y el “Himno patriótico al restablecimiento de la Constitución”, pero no era su voz la de un separatista, sino la de un defensor de la libertad. Incluso ya había escrito, a raíz del tratado sobre la abolición del comercio de esclavos que impuso Inglaterra a España, su “Canción hecha con motivo de la abolición del comercio de negros” (o “En la abolición del comercio de negros”), donde su espíritu clama justicia, no sin cierto agradecimiento bisoño al gobierno español por acordar la abolición.

Durante su primera estancia en México, donde acompaña a su padre (la familia de Heredia fue tan trashumante como el propio bardo, moviéndose entre Santo Domingo, Cuba, Venezuela, México…) con solo dieciséis años y sin aparente motivación política, escribe al compatriota que regresa a Cuba: ¡Feliz Alpino, el que jamás conoce/ otro cielo ni sol que el de su patria! (…) ¡Oh! ¡Cómo palpitante saludara/ las dulces costas de la patria mía/ al ver pintada su distante sombra/ en el tranquilo mar del mediodía! (…) Hermoso cielo de mi hermosa patria, ¿no tornaré yo a verte?[20]

En esta primera etapa mexicana surge en Heredia el sentimiento de libertad como suprema aspiración del hombre; su poesía comienza a ser muestra de ello. Así comienza a fraguar la conformación de su identidad nacional, aquello que lo aleja un poco de su padre y lo acerca a la isla doliente y querida: Cuba como tierra de su nacimiento y estímulo para moldear su emoción patriótica. En la ausencia, el recuerdo se enlazaba dulcemente (“la dulce melancolía”) a la naturaleza insular, el sol tropical y las noches criollas, testigos de sus días de felicidad, esa que creyó encontrar en Cuba, la nostalgia al suelo nativo que bojea en su alma la idea y el sentir de la patria.

Heredia se integró así a un magno fenómeno de cristalización de la espiritualidad, en el preciso instante en que los sucesos ocurridos en la metrópolis, sus colonias americanas y en la propia Cuba, estremecían los andamios del sistema español. Era el momento en que en la Isla, a la sombra del movimiento constitucional, que hizo proliferar, en la Cuba, la imprenta y las publicaciones seriadas, se debatían las cada vez más hondas contradicciones ideológicas y de intereses entre criollos y peninsulares. Mientras los integristas polemizaban con los reformistas, y los constitucionalistas con los absolutistas, en la sociedad criolla las ideas de independencia proliferaban al estímulo de la gesta bolivariana. Para entonces en Heredia, la patria ya no era España, sino Cuba.

Escribiría entonces, luego de enrolarse en Matanzas en la logia Caballeros Racionales, una de las ramas del movimiento Soles y Rayos de Bolívar, el poema “A la insurrección de Grecia en 1820”, donde vislumbra un futuro de libertad para su patria en el ejemplo de lucha del pueblo griego: Por el alma libertad: miro a mi patria/ a la risueña Cuba, que en la frente/ eleva al mar de palmas coronada/ por los mares de América tendiendo/ su gloria y su poder…[21]

En octubre de 1823, al saber que la conspiración había sido descubierta, escribió en Matanzas el poema “La estrella de Cuba”, que inauguró la poesía cubana revolucionaria. Escribe así Heredia uno de sus versos más conocidos: Nos combate feroz tiranía/ con aleve traición conjugada/ y la estrella de Cuba eclipsada/ para un siglo de horror queda ya. / Que si un pueblo de dura cadena/ no se atreve a romper con sus manos/ bien le es fácil mudar de tiranos/ pero nunca ser libre podrá[22].

Indignado el poeta, fulmina con sus limpios versos al tirano opresor, pero la estrella que despunta en este poema quedó fija desde entonces como uno de los símbolos de anhelo de libertad del pueblo cubano, al punto de aparecer en el triángulo rojo de la bandera nacional, como se refleja también en el escudo otro de los símbolos heredianos: la palma. Además ya Heredia formula una decisión que sería escrita con sangre en nuestras contiendas independentistas y se refleja en el Himno Nacional, “morir por la patria es vivir”.

Tiempo después, desterrado y en viaje de Estados Unidos a México –al cual le cantó en muchas ocasiones y hasta intentó crear para la nación azteca un Himno Nacional– vuelve a divisar en el mar la isla lejana que se repite como un quejo, como un largo acorde doloroso. Heredia divisa las alturas del Pan de Matanzas, al que también le cantaría Plácido, y en donde esperan la madre, los amigos, la novia; escribe entonces el famoso “Himno del desterrado” (1825). Pero esta isla no es la misma de otros poemas: es una isla doblemente lejana, isla imposible, a la que solo podrá volver por poco tiempo, enfermo y desilusionado; acogiéndose a una amnistía vigente y bajando la cabeza ante el Capitán General Miguel Tacón.

Quizá sea Martí quien mejor defina los días del regreso de Heredia a Cuba: “Y al ver Heredia criminal a la libertad, y ambiciosa como la tiranía, se cubrió el rostro con la capa de tempestad, y comenzó a morir. (…) Si para vivir era preciso aceptar con la sonrisa mansa la complicidad con los lisonjeros, con los hipócritas, con los malignos, con los vanos, él no quería sonreír ni vivir. (…) transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas”[23].

En el “Himno del desterrado” escribe Heredia uno de sus poemas de más trágica hondura: ¡Tierra! claman: ansiosos miramos/ al confín del sereno horizonte…/ Es el Pan… En su falda respiran/ el amigo más fino y constante/ mis amigas preciosas, mi amante…/ ¡Qué tesoros de amor tengo allí! Y más lejos, mis dulces hermanas/ y mi madre, mi madre adorada/ de silencio y dolores cercada/ se consume gimiendo por mí. Cuba, Cuba, que vida me diste, dulce tierra de luz y hermosura, ¡cuánto sueño de luz ventura/ tengo unido a tu suelo feliz![24]

El poeta trasluce la ansiedad, los límites de la insularidad (esa poderosa palabra que nos turba y vendría a ser tema socorrido en la siguiente poesía cubana), el mundo que ha dejado atrás y que anhela reencontrar… La nostalgia del suelo nativo, originada por la novia y la familia, bosqueja en su espíritu la idea y la intuición de la patria, a la que ansía retornar. El poema es, a la vez, claro ejemplo del patriotismo herediano, de su anticolonialismo: la cocción de la palabra patria y las ideas independentistas del bardo, de un sedimento de país y Nación: ¡Cuba! Al fin te verás libre y pura/ como el aire de luz que respiras/ cual las ondas hirvientes que miras/ de tus playas la arena besar/ Aunque viles traidores te sirvan/ del tirano es inútil la saña/ que no en vano entre Cuba y España/ tiende inmenso sus olas el mar[25].

En su poesía Heredia refleja, en medio de la belleza edénica de la isla, único ámbito en que circunscribía nuestra poesía antes de Heredia, los problemas de la conciencia, los ideales, la indignación… Al deslumbramiento de la naturaleza se antepone la vigilia, la preocupación por el destino del país, el sentimiento cada vez más agudo, camino al odio y la ira del espíritu contra el opresor, la responsabilidad por la patria y su destino… Heredia, además de los elementos cubanos que define e interioriza, es el primero de nuestros poetas que le infunde aliento espiritual al paisaje cubano, y el primero también que valora la isla en función de la distancia, de la lejanía del exilio en que vivió el poeta: atmósfera propia del mito de la isla que jugará siempre un papel decisivo en nuestra sensibilidad. Sin dudas, la primera iluminación lírica de Cuba, se verifica y viene a dar sus luces desde el exilio. Pero es con Heredia que la isla añorada se convierte en patria: no solamente en tierra natal, sino en patria que ilumina, brilla y refleja distante, lejana en el mapa, quizá hasta inalcanzable, pero Patria… Para Cintio Vitier: “Con Heredia la isla se vuelve, no solo distante, sino también lejana, porque ha entrado en su intimidad, en su deseo, en el anhelo de su alma. Cuba empieza a ser esperanza a la vez que nostalgia; cielo futuro, que no se gozará nunca, a la vez que paraíso perdido”[26].

Heredia fue un poeta desigual. Quizá por eso Max Henríquez Ureña lamente que en la poesía civil de Heredia predomine la tónica prosaica y declamatoria. Sin embargo, para Martí, “el lenguaje de Heredia es otra de sus grandezas, a pesar de esos defectos que no han de excusársele, a no ser porque estaban consentidos en su tiempo, y aún se tenían por gala: porque la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana”[27].

La cambiante situación política de México lo desilusionó. El poeta civil había enmudecido. La fe que aprendió de niño, y un triste anhelo a Cuba, le inspiraron sus Últimos versos. Murió en la ciudad de México, el 12 de mayo de 1839. Sus restos terminaron luego en una tumba común. Tenía 35 años.

En las cataratas del Niágara una placa de bronce, con el rostro del poeta y varias estrofas de su conocida oda, recuerdan la visita que el 15 de julio de 1824 hiciera a ese sitio el primer gran poeta de Cuba y América Latina.

Mientras, Heredia sigue escuchando, en los placeres de la melancolía insular, el precipitar de ese inmenso “trueno de agua” que es el Niágara. Tratando de ver, entre los torrentes, una palma cubana erguirse a las alturas.

Notas:

[1] “Heredia” (1889): Discurso pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889, en José Martí, Obras Completas, Volumen V, 1976. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro (ICL).

[2] Cintio Vitier (1970): Lo cubano en la poesía. La Habana: Ed. Letras Cubanas, Instituto del Libro, p. 43.

[3] Roberto Méndez Martínez (2008): En la paz de estos desiertos. Pinar del Río Ediciones Almargen, Ed. Cauce, p. 18.

[4] Cintio Vitier, ídem, p. 44.

[5] Max Henríquez Ureña (2006): Panorama histórico de la literatura cubana, Tomo 1, La Habana: Editorial Félix Varela, 2006, p. 131.

[6] Ángel Augier (2003): “La poesía de José María Heredia”, en Obra poética, José María Heredia, La Habana: Ed. Letras Cubanas, p. 10.

[7] Cintio Vitier, ídem, p. 75.

[8] Discurso en el Liceo cubano de Tampa, 26 de noviembre de 1891. Estudiado por Vitier, ídem, p. 76.

[9] “A…, En el baile”. José María Heredia (2003). Obra poética. Compilación y prólogo de Ángel Augier. La Habana: Ed. Letras Cubanas, p. 23. (Todas las citas de la obra de Heredia pertenecen a esta edición).

[10] Max Henríquez Ureña, ídem.

[11] “El desamor”, Heredia, p. 35.

[12] “Placeres de la melancolía”, Heredia, p. 190. Heredia inaugura, además, la poesía al/del mar. Véase su canto “Al océano”, que, dado la misma vida trashumante y hasta cierto punto errante del poeta, es elemento habitual de su lira.

[13] Ídem.

[14] Heredia, ídem, p. 223.

[15] Jorge Mañach, citado en Leonardo Padura (2012): “El Niágara y Heredia”, en Un hombre en una isla, Crónicas, ensayos y obsesiones: Santa Clara Ediciones, Sed de belleza, p. 275.

[16] Heredia, ídem, p. 236.

[17] Cintio Vitier, ídem, p. 84.

[18] Citado en Padura, ídem, p. 274.

[19] Ángel Augier, ídem, p. 11.

[20] “A Alpino”, Heredia, ídem, p. 10.

[21] ídem, p. 83.

[22] Ídem, p. 100.

[23] José Martí (1976): Obras Completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro (ICL), p. 174-175.

[24] Heredia, ídem, p. 114.

[25] Ídem, p. 117.

[26] Cintio Vitier, ídem, p. 88.

[27] José Martí: Obras completas, ídem, p. 137.