Los Herederos


La nación y los símbolos

En fecha tan temprana como el a√Īo 1805, Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y uno de los Padres Fundadores de esta naci√≥n, ya hac√≠a referencia a la necesidad de ocupar militarmente Cuba, en caso de una guerra con Espa√Īa, como √ļnica forma de garantizar la seguridad de la Florida Occidental y la Louisiana.

Ya fuera de la presidencia y en carta a su sucesor y amigo James Madison, volv√≠a a insistir sobre la idea de Cuba y agregaba un elemento: la posibilidad de defender la isla sin una marina de guerra, algo de lo que la Uni√≥n carec√≠a en ese momento y que resultaba vital frente a poderes como Inglaterra y Francia, interesados en hacerse con el bot√≠n colonial americano que se le escurr√≠a a Espa√Īa entre los dedos.

Pintura de Maykel Herrera

Cuba sería entonces para Jefferson el nec plus ultra de sus aspiraciones territoriales en esa dirección. El límite extremo fijado en el este por las capacidades de la joven nación a principios del siglo XIX.

La expansi√≥n al oeste y el consecuente desarrollo industrial determinaron que, para finales del siglo XIX, ya Estados Unidos estuviese en condiciones de arrebatarle a Espa√Īa por la v√≠a militar el fruto que, mediante amenazas, sobornos y h√°biles maniobras diplom√°ticas, hab√≠an contribuido a conservar en las manos m√°s d√©biles. Exhausta, desangrada y sin recursos para sostener un frente en el Caribe y otro en el Pac√≠fico, Espa√Īa acab√≥ cediendo sus √ļltimas posesiones coloniales: Cuba, Puerto Rico, Filipinas e Islas Guam.

Comenzaba entonces una nueva etapa en la expansión del imperialismo norteamericano, en la cual la ocupación militar violenta se va a alternar con la penetración del capital norteamericano y su entrelazamiento con las arterias vitales de cada nación.

Esta expansión de los Estados Unidos incluyó también un firme proceso de influencia ideológica cuyas armas y estrategias se fueron afinando a lo largo de todo el siglo XIX y encontraron su forma más acabada en las industrias culturales del siglo XX.

Este proceso estuvo encaminado a favorecer y determinar el surgimiento de tendencias anexionistas o pronorteamericanas en las regiones o pueblos que progresivamente fueron cayendo bajo su esfera de influencia.

En el caso de Cuba el anexionismo tuvo un despuntar temprano. Ramiro Guerra en su importante obra La expansión territorial de los Estados Unidos (Ciencias Sociales, 2008), de donde se han tomado muchos de los datos que anteceden, apunta como elemento fundamental de este anexionismo temprano la circunstancia social y política creada en Cuba a raíz de la revolución en Haití y el consiguiente aumento de la importanción de mano de obra esclava para aumentar la producción azucarera y ocupar así el lugar de la excolonia francesa en el mercado mundial.

El conflicto entre cubanos liberales y hacendados negreros en torno a la esclavitud llev√≥ a que estos √ļltimos desarrollaran la teor√≠a del ‚Äúequilibrio de las dos razas‚ÄĚ. En esencia esta teor√≠a planteaba que mientras hubiera mayor√≠a de negros en la isla, los criollos tendr√≠an buen cuidado de insurrecionarse por temor a una rebeli√≥n de esclavos. Ramiro apunta:

pintura de maykel herrera

¬ęDe este nuevo dilema, principalmente, surgi√≥ el movimiento anexionista. Si exist√≠an peligros para la independencia, al menos la libertad, la seguridad interior y la paz pod√≠an alcanzarse con la anexi√≥n a los Estados Unidos. Esta soluci√≥n pose√≠a una doble ventaja: satisfac√≠a a los hacendados ‚Äēque empezaban a temer la abolici√≥n de la esclavitud, bajo la presi√≥n de Inglaterra‚Äē y a los esclavistas de los Estados del sur de la Uni√≥n norteamericana. Sin embargo, plante√≥ otra contradicci√≥n de trascendencia. La anexi√≥n, a la larga, acarrear√≠a la destrucci√≥n de la incipiente nacionalidad cubana.¬Ľ

Las d√©cadas del 40 y el 50 del siglo XIX en Cuba fueron de gran vitalidad para el movimiento anexionista, el cual, a causa de su inicial vinculaci√≥n con el esclavismo, comenz√≥ a languidecer luego de la derrota de los estados sure√Īos en la Guerra de Secesi√≥n norteamericana.

El independentismo ocupó su lugar y escribió con sangre y heroísmo algunas de las páginas más hermosas de la Historia cubana. En esta gran gesta independentista del siglo XIX cuajaron definitivamente las esencias identitarias que durante cuatro siglos se habían cocinado a fuego lento en la isla de Cuba. En 1868 se fracturó definitivamente lo cubano y lo peninsular. La paz del Zanjón fue una precaria sutura destinada a no durar.

En ese convulso proceso que llega hasta la ocupación norteamericana en 1898, se definieron los grandes símbolos de la nación, símbolos independentistas: la bandera, el escudo, el himno, los próceres con José Martí a la cabeza. Podrá alegarse que la bandera fue enarbolada por primera vez por el anexionista Narciso López, pero desde que los mambises la hicieron suya, desde que ondeó por primera vez en un campamento de la Cuba libre, fue símbolo de una nación soberana, dispuesta a pagar con sangre el precio de esa soberanía.

El proyecto anexionista se vigoriz√≥ en la Rep√ļblica neocolonial, adapt√°ndose desde luego a la nueva forma de dominaci√≥n. El servilismo pol√≠tico, econ√≥mico y cultural encontr√≥ su digna contraparte en los herederos del esp√≠ritu independentista decimon√≥nico. El proyecto de independencia nacional adquiri√≥ en la manos de Mella, de Villena, de Guiteras, de Pablo de la Torriente, un marcado car√°cter antimperialista que no hab√≠a tenido, con la excepci√≥n premonitoria de Mart√≠ y algunos pocos, en el siglo anterior. ¬†

Ya desde esa etapa se fue configurando la lucha en torno a los símbolos fundamentales de la nación, lucha que, con variantes, llega hasta hoy. La postura que se asuma ante estos habla, en esencia, del proyecto de nación que se suscribe. Así, al Martí revolucionario y vivo de Mella y Villena se opuso el Martí formal asumido por las administraciones de turno o el Martí mancillado por los marines yanquis y sus testaferros locales.

Los recientes ataques contra bustos martianos, contra la bandera, las mofas permanentes que desde las redes sociales se articulan contra símbolos y figuras que son vitales para la nación, forman parte de la misma agenda anexionista que, con variaciones de un siglo a otro, sigue estando al servicio de los mismos intereses. Socavar las bases ideológicas, sustituir un universo de representaciones por otro, ir desplazando el horizonte cultural hacia formas en apariencia inocuas pero tras las cuales se esconde y reproduce la lógica de dominación del capital, son premisas claves para desmontar cualquier proyecto nacional.

Es fundamental esclarecer las esencias detrás cada una de estas provocaciones y ataques, desde los más burdos hasta los más elaborados, pero es vital también aprender a manejarlos. Cada error de apreciación, en épocas de internet y redes sociales, se paga con la magnificación de un individuo cuya relevancia como artista no pasa del escándalo. Convertimos en referentes y centro de debate a quienes no pueden ni deben serlo, por carecer de méritos suficientes.

En el plano de batalla ideológico y cultural, que es hoy uno de los más importantes, se impone defender con inteligencia nuestras verdades, ripostar adecuadamente los ataques y ser capaces de colocar nosotros la propia agenda a debatir.