Literatura


Nuevas Analektas para la poesía joven

Nuevos títulos de Ediciones La Luz, publicados en la colección Analekta, fueron presentados en el espacio Abrirse las constelaciones del sello holguinero, como parte de la Semana de la Cultura.

Las contemplaciones, del holguinero Rubiel G. Labarta, Distintas formas de habitar un cuerpo, de la camagüeyana Martha Acosta Álvarez, y Cerrado por incapacidad, del habanero Ricardo Acostarana, son los más recientes títulos publicados en esta esta colección, “modesta en la hechura, comparada con los demás libros de la editorial, pero necesaria también en la promoción de nuevas voces en el ámbito literario cubano”, comentó Luis Yuseff, editor jefe de La Luz.

“Analekta surgió con Los mundos y las sombras, de Delfín Prats, en un momento en que era necesario visibilizar la obra de una serie de escritores jóvenes en la provincia, y su propia confección, menos difícil que otros títulos, nos permitían realizarlas con más facilidad”, añadió.

El propio Yuseff presentó Las contemplaciones, de Rubiel G. Labarta, un joven autor que ha obtenido importantes premios y que publicó su primer libro, Los dioses secretos, por La Luz. “Este fue un libro que, además, recibió el reconocimiento La Puerta de papel, que otorga el Instituto Cubano del Libro y por tanto tuvo una reedición en la propia editorial”, subrayó Yuseff.

Fotos Wilker López

Moisés Mayán, por su parte, destacó los cruces híbridos entre narrativa y poesía en Distintas formas de habitar un cuerpo, de Martha Acosta, quien ha obtenido premios de narrativa como el Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, pero con una voz poética valiosa.

Mientras, Erian Peña subrayó el aire fresco, de sensibilidad y desenfado lírico que se puede encontrar en los poemas de Cerrado por incapacidad, de Ricardo Acostarana, cuaderno que mereciera el premio en el concurso Nuevas Voces de la Poesía Cubana, realizado en su primera edición en 2018.

“Acostarana va armando una arquitectura de sentidos como quien arma un mosaico epocal o una maquinaria para deglutirlo todo o casi todo sin miramientos. Eso es también la poesía: engranajes, mecanismos, piezas, estados de la mente, un dolor momentáneo que cae al cesto… donde encontramos todos sus convencionalismos y la sagrada idea de ser original, sostiene. Como en ese túnel por el cual avanzamos con los sentidos alertas leemos sus versos, sabiendo que la realidad nos espera fuera, que nada sirve tener un dios antidisturbios pendiente”, comentó en las palabras de presentación del libro.

Entre los autores publicados en la colección Analekta, ya con 37 títulos, se encuentran Zulema Gutiérrez, Yonnier Torres, Lina de Feria, Eilyn Lombard, Frank Castell, Jamila Medina, Eldys Baratute, Irela Casañas, Reynaldo Lastre, Elaine Vilar, Israel Domínguez y Elizabeth Reinosa. Estos cuadernos de la colección Analekta integran también el catálogo que Ediciones La Luz presentará en la próxima Feria Internacional del Libro junto a otros títulos recientes.

La Semana de la Cultura en Holguín, esta vez en su 38 edición, estuvo dedicada al historiador, profesor e investigador José Novoa Betancourt, al músico, arreglista y director de la Orquesta Avilés, Gastón Allen Binhar, y al reconocido realizador de televisión José Ramón Artigas. Asimismo se recordaron los 300 años de la fundación del pueblo de Holguín, los 200 del poblado de San Andrés y el aniversario 25 de la Oficina de Sitios Históricos y Monumentos.

Fotos Wilker López

Otorgan Beca de Creación La Isla en Peso 2020

El joven escritor y periodista holguinero Erian Peña Pupo conquistó la Beca de Creación La Isla en Peso 2020 que otorga la Asociación Hermanos Saíz en Guantánamo para estimular el trabajo de los literatos en el país.

A decir del jurado compuesto esta vez por  los intelectuales Yunier Riquenes, de Santiago de Cuba; Moisés Mayán, de Holguín; y Mireya Piñeiro, de Guantánamo, Peña Pupo mereció el premio por el cuadernillo Palabras de Canje, que sobresalió por su poética, en la que se percibe gran sensibilidad, alejada de retóricas y formalidades.

En esta edición del evento se evaluaron 24 obras de significativa calidad, por lo cual además de la beca se otorgaron dos menciones a Ataderos, del holguinero Norge Luis Labrada, y a Las cejas del invierno, de la guantanamera Carla Gil Peña.

La octava edición de la jornada La Isla en peso se dedicó a la poesía joven de Oriente, con especial atención a la obra del santiaguero Eduard Encina, de quien se promovieron los textos Estructura del silencio, El silencio de los peces, Lecturas de Patmos y Golpes Bajos. Asimismo se realizó un panel para ahondar en la impronta del Premio Calendario 2003 y 2003 de la AHS en literatura para niños y poesía, respectivamente.

El evento también contó con talleres creativos, espacios de diálogo y lecturas, una exposición de artes plásticas a cargo de la novel fotógrafa Aneli Pupo, inspirada en la obra de Virgilio Piñera, así como extensiones a las escuelas primarias Rubén Martínez Villena, Conrado Benítez y Enrique José Varona, el Preuniversitario Enrique Soto y la Universidad de Guantánamo, sitios donde se realizaron intercambios con los lectores y presentaciones de libros.


«Salvar solo la escritura»

Desde Holguín escribe Erian Peña Pupo, joven autor cuya poesía conmueve y ruge. Su oficio sintetiza, de alguna manera, tradición y modernidad. Erian es una voz novísima que no se conforma con escribir, sino que busca el ángulo crítico de la realidad para estremecer aquello que merece ser estremecido. Esta entrevista cruzó las redes como un (pre)texto para encontrar al poeta.

––¿Crees que el sistema de estrategias promocionales del libro en nuestro país es fallido u obedece a normas antiquísimas? ¿Qué se haría necesario para actualizarnos?

No recuerdo cuándo fue la última vez que compré un libro guiándome por una estrategia promocional. Sucede que a muchas de las editoriales no les importa el libro más allá del proceso de recepción, edición, corrección, diseño… cuando el texto sale del poligráfico o de los talleres de la Riso es como si el hijo hubiese cogido vida propia: levántate y anda, camina por ti mismo, conquista a un público, búscate lectores.

No digo que sean todas, pero la mayoría de las veces la “desidia nacional” y sus bifurcaciones provocan que esto ocurra. Por ejemplo, qué hace un libro de un autor holguinero ganando polvo y moho en una librería o un almacén en Pinar del Río o Matanzas cuando su público potencial, ese que busca y persigue sus libros está en su provincia. Como mismo digo holguinero, puedo decir un autor de cualquier lugar del país… Eso sucede muy a menudo. Cuando más, los planes de distribución nacional contemplan unos pocos ejemplares para la ciudad de donde es el escritor. Entonces el día de la presentación, los libros no alcanzan para los interesados, esos que buscan la obra de un autor en específico, mientras que en otras ciudades esos mismos libros duermen el sueño de los justos, aunque sea bastante “injusto” para el texto, para los lectores y, claro, para el autor.

Por eso necesitamos a los buenos promotores. Mucho de lo que leí cuando adolescente, sobre todo poesía, estuvo influido por un promotor como pocos, Joaquín Osorio, quien tenía una peña —un miércoles al mes— en el Café Tres Lucías de Holguín; una peña y un café (aunque este siga abierto) que ya hoy no existen, al menos como antes. Ahí y en otros sitios, Joaquín incentivaba la lectura como pocos y nos prestaba libros, de cinco en cinco, o de diez en diez, y cuando se los devolvíamos, nos prestaba otros. Pero habría que clonar a Joaquín por todo Holguín y toda Cuba, y sería difícil hacerlo.

Publiqué, hace unos años, un poemario en Santiago de Cuba y después del día de la presentación en la librería principal de la ciudad, no sé si lo volvieron a presentar o si se vendió… A Holguín, por ejemplo, creo que no llegaron ejemplares.

¿Cómo actualizarnos? Pondría dos ejemplos cercanos a mí: Claustrofobia, en Santiago de Cuba, y Ediciones La Luz, aquí en Holguín. Ambos están liderando la promoción del libro en nuestro país, y además lo hacen de manera genuina, refrescante, visualmente atractiva… Yunier Riquenes y Naskiset Domínguez hacen un trabajo magnífico, pues los libros les importan, les preocupan los autores.

Promocionar es una manera no solo de vender, que sería el elemento excusa, sino de formar lectores potenciales. Y lo hacen utilizando las redes sociales, las posibilidades de la tecnología en una época que nos obliga a ello. Por su parte, La Luz se preocupa, en un primer momento, por el libro y el autor: un libro hermoso, con un trabajo de diseño y una portada atractiva, es de por sí una obra de arte que atrae, convida, entra sin pedir permiso… Después diseñan pendones, marcadores, postales, calendarios. Cada año realizan una campaña de promoción de la lectura, con el título genérico Leer seduce, pero que en cada edición suma un atractivo más.

Todo esto acompañado por un sistema de peñas, de presentaciones, programas de radio, entrevistas, promociones en la página web y el Facebook de la editorial, para que el autor se sepa realmente autor, cosa que no todas las editoriales logran. Así logran invitar al lector a acercarse y llevarse un libro a casa, a hacerlo tu compañero por unos días o, quién sabe, por unos años o el resto de tu vida. Pero en La Luz está Luis Yuseff, uno de los mejores poetas de su generación, un amante de la lectura y de todo lo bello. Con seres así, como Yuseff, Riquenes y otros más, el libro y su promoción alcanzan otros sitios. El tema es una madeja que se complejiza mientras la vamos desenvolviendo poco a poco.

––En sentido general, ¿son los escritores cubanos lectores actualizados o, simplemente, buenos lectores? ¿Opinas que los miembros de nuestra “generación” —criterio tan debatido y negado— somos capaces de leernos críticamente?

No creo que los lectores cubanos seamos actualizados. Ni siquiera los escritores y los críticos poseemos un arsenal de lecturas que nos hagan dominar el terreno aunque sea un poco. Qué se nos puede pedir si incluso leemos mal nuestra propia tradición. Tenemos mares y lagunas por delante. Buenos lectores sí, pero eso es otra cosa muy diferente. En esto influye el propio sistema editorial cubano, los derechos de autor, las tantas complejidades que hacen que muchas de las mejores obras y autores no lleguen a nuestras manos, primero en el momento adecuado o al menos después, pero que lleguen.

Comúnmente nuestras librerías están desprovistas de autores importantes de otras latitudes. Por eso, si no lees en digital —a mí no me gusta mucho— uno termina consumiendo lo que se puede conseguir, aunque no siempre sea lo que se anhela. Al final, acabamos leyendo a quienes tenemos en las manos; así se conforma nuestro sedimento. Las editoriales cubanas hacen gestiones de derechos de autor que se agradecen mucho y publican a varios autores importantes, pero esto termina siendo insuficiente por la variedad y cantidad de autores que le pueden interesar a un joven escritor. Ediciones La Luz ha publicado a Alice Walker, John Robinson Jeffers, Galeano, Emily Dickinson…

Por ejemplo, ni siquiera autores importantes de América Latina —y eso que Casa de las Américas ha dado luz a varios de ellos— se publican en Cuba ni se venden en nuestras librerías… Cuántos de nuestros jóvenes escritores, muchos con varios poemarios, libros de cuentos y hasta novelas, han “leído y releído” —esta es una frase de mi amigo Eugenio Marrón, el mejor lector que conozco— la obra de José Emilio Pacheco, Roberto Juarroz, Blanca Varela, Fernando del Paso, Vargas Llosa, Rubem Fonseca, Roberto Bolaño, Carlos Fuentes, Arturo Pérez-Reverte, Dany Laferrière, Luis Sepúlveda, Severo Sarduy… y tantos otros y tantos, si en primer lugar es difícil encontrar un libro de cualquiera de ellos en nuestro país. Como lectores me atrevería a decir que estamos desactualizados varias décadas.

Y qué decir del polémico Premio Nobel, aunque para muchos no sea un buen medidor. ¿Cuántos conocemos quiénes son Peter Handke y Olga Tokarczuk, los más recientes ganadores de la cita anual de Estocolmo, y cuántos además hemos leído alguno de sus libros?

En Cuba no se ha publicado la obra de muchos de los ganadores de años anteriores y sabemos, como hemos visto, que influyen mil cuestiones en ello: Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer, Herta Müller, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Elfriede Jelinek, J. M. Coetzee, Imre Kertész, V. S. Naipaul, Toni Morrison, Kenzaburo Oe… la lista sigue extendiéndose. Si alguna editorial cubana los ha publicado, por favor, que alguien me avise, para tratar de comprarlos y ver qué escriben estos “monstruos”. Una vez me contaron que Guillermo Vidal, ese excelente narrador tunero, coleccionaba libros de los premios Nobel, desde el primero hasta el más reciente, y lo hacía para saber qué tenían aquellos escritores para merecer este galardón.

El Nobel es un caso peculiar, pero otros tantos libros de escritores importantes no se publican, por un motivo u otro, en nuestro país. Y eso nos aleja —a los escritores y a los lectores— de una tradición, de una cosmovisión que otros escritores y lectores sí poseen. No hablemos, por ejemplo, de los importantes escritores estadounidenses o europeos. Y así, amiga mía, no se puede estar actualizado, mal nos pese, en cuestiones literarias.

Hay casos excepcionales, como mi amiga Mariela Varona, que ha leído medias bibliotecas del mundo, sobre todo de narrativa, en formato digital. Pero qué nos queda a los demás, los que nos “guiamos” por las editoriales cubanas, los que leemos lo que aparezca, lo que encontremos, lo que nos preste un amigo… y que, de esta misma forma, nos formamos también como escritores y asumimos los peligros que ello implica. En muchos casos nos queda leernos a nosotros mismos… si es de manera crítica o no, ya es otra cosa.

Yo te seré sincero: en una época leí mucho a mis contemporáneos, a lo que podríamos llamar “nuestra generación” y lo sigo haciendo, casi siempre mediante revistas, un libro que sea de un amigo o aquel que deba presentar o me motive por algo particular… Pero cada vez lo hago menos, cada vez me arriesgo menos a dedicarle algunas horas a un contemporáneo: no sé si es por el tiempo, o porque las experiencias como generación nos son comunes y muchas cosas me dicen poco, o porque miro mi librero y veo varios buenos títulos esperándome y entonces me pongo a pensar —aunque es una decisión algo injusta— que no podré leer todos los libros que deseo; así acabo escogiendo del librero ese que me espera y aún no he podido leer.

––¿Hay mucho de mímesis, de reproducción automática, y poco de pensamiento en lo que se escribe hoy día?

Por eso mismo que antes comentaba, muchos jóvenes acabamos leyéndonos unos a otros y por consiguiente reproduciéndonos, copiándonos casi automáticamente, calcándonos. Muchas veces preferimos saber qué escribió aquel escritor premiado en el concurso al que enviamos o al que pensamos enviar un día.

Tengo amigos cuyos referentes inmediatos son autores de su misma generación o, cuando más, de una o dos promociones mayores que ellos, pero aun así contemporáneos. Estos constituyen sus metas, sus prototipos.

Me han dicho, incluso, que no les importan los clásicos pues, de una manera u otra, reciben sus influencias por “segundas o terceras vías” en los libros de los escritores contemporáneos que leen. Eso hace que nuestro mapa sea un poco más reducido. A veces creemos que estamos innovando, cuando eso ha sido pan comido años atrás.

El desconocimiento, la falta del “manoseo” de libros y autores nos restringen la visión. Muchos jóvenes pensaron estar demoliendo los cánones de la poesía, dinamitando todo sin orden ni consenso, sin saber que décadas atrás el mexicano Octavio Paz escribió un poema tan innovador y explosivo como “Salamandra”. La escritura lleva su exorcismo —o bien el pensamiento fructífero del que me hablas— pero también su sedimentación, su tiempo de fermentación como el buen vino.

––¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Recorro un camino pedregoso, movedizo, sobre todo porque trabajo con la palabra. Ella me alimenta, me viste, paga mis gastos elementales… Soy periodista y escribo a diario, pero lamentablemente no siempre es literatura. Cuando la mayoría de mis amigos escritores encienden su computadora, abren un documento Word, lo hacen para escribir ficción. Yo el noventa por ciento de las veces lo hago para escribir periodismo.

Tengo más trabajo —para un periodista es bueno— que el que comúnmente puedo hacer: compromisos con revistas, sitios webs, muchos me exigen con cierta frecuencia, además de mi trabajo en el Centro de Comunicación Cultural La Luz, de la Dirección Provincial de Cultura en Holguín, que tiene un periódico homónimo y un sitio web, Baibrama. Por otra parte me interesa el ensayo y la crítica especializada en temas culturales, o al menos intento acercarme a ella con el mayor número de herramientas posibles. Varias publicaciones me han abierto sus páginas críticas: La Gaceta de Cuba, revista sobre la que hice mi tesis, específicamente sobre la crítica literaria en sus páginas, tema poco usual para el muchas veces reducido campo de opciones en la carrera; Noticias de Arte Cubano, El Caimán Barbudo, La Jiribilla, Cubacine, La letra del escriba…

Creo en la ficción y además en las posibilidades creativas del ensayo y la crítica. En ambos corre la vida, la escritura. Octavio Paz nos lo demostró con sus ensayos, que son joyas literarias. Y varios escritores cubanos le han dado aliento con firmeza y soltura de miras.

Reconozco que la carrera de Periodismo te da herramientas, aprendes a domeñar la palabra si tienes intenciones de hacerlo, claro, y no te quedas como un periodista más del montón; érase un periodista a una noticia pegado, parodiando aquellos versos de Quevedo. Pero tienes que despojarte de esas rutinas y moldes, tienes que entregarte a la página en blanco sabiendo que puedes dar vida realmente —sí, realmente— a la palabra. Le robo horas al día, al sueño, para leer.

 Y últimamente veo mucho cine. No tengo rutinas ni métodos. No me fijo patrones de trabajo, ni horas. Casi nunca busco la escritura, sino dejo que llegue y me sorprenda. A veces no puedo dormir, pues me asalta la idea imperiosa de escribir, sin saber qué, pero escribir. Y me levanto y me sale un cuento de un tirón, un cuento al que después le edito unas pocas palabras. Así me sucedió con “Habitación propia”, que nació de madrugada, casi íntegro, y me ha dado varias alegrías como el Premio Cuentos Fríos, de la UNEAC en Matanzas.

Algo similar me ocurrió con una novela infantil que recién obtuvo el premio Casatintas de la AHS, el Centro del Libro y la Promotora Literaria en Sancti Spíritus. Tenía las historias, al menos la anécdota, en la cabeza, y solo fue ponerme a escribir un día… Otras veces apunto las ideas, el boceto de lo que puede ser un cuento. Lo dejo reposar, a veces meses, sabiendo que al ponerme a trabajar en él, le daré cuerpo.

La poesía, por su parte, se asalta, me invita al diálogo lírico, me muestra un mundo. A veces escribo poemas sueltos y otras, como ahora, trato de armar un cuaderno con un tema en común, que lo recorra de inicio a fin, cosa compleja sin dudas.

Muchas veces quisiera lanzar por la borda —y en alta mar— al periodismo y los compromisos de trabajo; los que, a medida que vas siendo bueno y dándote a conocer, crecen. Lanzarlos por la borda y salvar solo aquel que quiero hacer, que tengo necesidad de concretar: artículos, reseñas, entrevistas, crítica, ensayo… Eso es lo que me atrapa aún del periodismo, lo que no ha perdido el matiz de ilusión con el que uno llega a las aulas universitarias y que se va difuminando poco a poco en la cruenta realidad. Lanzarlo todo, salvar solo la escritura y sus posibilidades. Y crear, escribir, soñar.

––Para ti, ¿cómo puede formarse un escritor?

Pasé el curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en su graduación decimoquinta. Recién llegaba a la universidad, había leído muy poco; indistintamente lo que me caía en las manos, incluidas revistas de todo tipo, pues crecí en una zona rural en las afueras de Holguín, sin cercanía con la literatura, ni talleres ni nada por el estilo que ayudaran. Por eso el Centro Onelio fue una gran puerta que me hizo rodearme de otra familia. Muchos, como yo, ni siquiera habíamos leído al Chino Heras, al que debemos tanto. El Centro no dio herramientas, es la verdad. Quizás no todos han concretado la escritura como fe de vida, pero estoy seguro que salieron siendo, al menos, mejores lectores.

Por otra parte, la universidad, los compañeros, varios profesores amigos, me ayudaron a orientar las inquietudes literarias, aunque de esos años apenas haya salvado unos cuentos y varios poemas. Puertas para huir de una casa cobró vida en la Universidad de Holguín, en las aulas, en las becas, y tuvo la suerte de contar con un prólogo de Norge Espinosa, palabras de contracubierta de Basilia Papastamatíu, una reseña de Virgilio López Lemus, palabras de presentación en la UNEAC holguinera por mi querido Luis Yuseff… Hoy esos poemas juveniles no me dicen mucho, pero están ahí, son parte de mí, reflejan mis inquietudes en ese momento específico de mi vida, con apenas 20 años.

Creo que los talleres literarios pueden ayudar mucho cuando los lleva alguien con fuerzas y amplitud de miras, sin imponer criterios ni estilos. Aquí varios escritores amigos tienen sus talleres y les va muy bien, con resultados, pero en lo particular no he pertenecido ni asistido a ninguno, salvo quizás en los días universitarios, y digamos que esporádicamente. Prefiero dar los tropezones, crear mis murallas, orientar mis rumbos…

Creo que la lectura es primordial para formar a un escritor. Lo demás parte del talento, del sacrificio y el empeño, pero la lectura es la que abre primero el ansia, el apetito, el sueño…

––Se nota que existe una proliferación (una eclosión) de poetas en los últimos años. Las redes sociales se han convertido en una tela —muchas veces de araña— que permiten no solo la promoción de lo más reciente de las producciones individuales sino también la proliferación, perdóname lo reiterado de la palabra, de productos seudoartísticos. La relación poeta/redes sociales, escritor/medialidad, ¿hasta qué punto impacta en el criterio formativo de los lectores y en la propia opinión escritural de los autores? ¿Es beneficiosa o negativa la inmediatez de las redes, en cuestión de materia artística?

Hay muchos poetas o personas escribiendo poesía, que no es lo mismo. Es cierto. Muchos jóvenes leen dos libros y al poco tiempo —me hablabas de mímesis, de reproducción— se aparecen con sus poemas bajo el brazo, los comparten en las redes, luego en una peña, en una revista y así llegan a publicar un libro. ¿Y qué encuentras en ese libro? Creo que de esa manera comenzamos todos.

Pero la cuestión es que no sean solo dos libros, ni un manojo de poemas imitando a Lorca o Borges —que son inimitables, por supuesto— sino el logro de una voz y, si no es eso, pues no siempre es fácil hacerlo, es necesario una identificación vital y cabal con la poesía y su esencia, que para cada cual será una, la que más cerca esté de sí.

El holguinero Erián Peña Pupo resultó el ganador del Premio Casatintas de literatura infantil y juvenil, convocado por la filial espirituana de la AHS, en Sancti Spíritus/Foto tomada del perfil de facebook de Cultura espirituana.

La poesía no es una moda. La literatura no es un juego. No lees hoy, copias mañana y ya eres poeta o narrador. Esa palabra —con tantos muertos gloriosos y atormentados, por sí mismos y por el hombre, a veces el peor enemigo de la poesía— pesa mucho.

Ciertamente las redes sociales han funcionado como una plataforma socializadora de esa producción poética contemporánea. Es como me dices en una pregunta posterior: ¿cómo saber qué es bueno o malo realmente? ¿El lector lee en las redes? ¿Consume poesía de manera inmediata? Yo al menos lo hago muy poco o simplemente no lo hago. Prefiero la “intimidad” de la lectura. No podemos negar la tecnología y con ello las redes sociales, las revistas en Internet, en las cuales las personas seguirán publicando sus versos, buscarán sus espacios de promoción, esos que no siempre tienen y sí, corremos el riesgo de que nos vendan productos seudoartísticos, como siempre ha sucedido con otros medios. Al final, y sonará a perogrullada, el tiempo vendrá implacable a poner las cosas en su justo lugar.

––¿Crees que existe una “moda” literaria? Si es así, ¿cuáles son sus síntomas?

¿Moda literaria? De existir, creo que sería más bien de escritura que de lectura. ¿Te refieres a eso? Mucha gente quiere escribir, a veces sin comprender las responsabilidades que ello encierra; o quieren ser originales imitando a otros sin las lecturas necesarias, que a muchos les pueden parecer prescindibles cuando se tiene talento.

Un joven con muchísimo talento fue el Reinaldo Arenas de Celestino antes del alba, un talento natural como pocos; pero aunque el narrador de la novela sea ingenuo, un niño de los campos de Cuba, un guajirito con sueños y anhelos, Arenas antes de escribirlo se pasaba horas leyendo en la Biblioteca Nacional lo mejor de la literatura contemporánea y clásica.

Por otra parte, las modas nunca han sido buenas, aunque nos hagan ver modernos, corren el riesgo de reciclarse o de —según las estaciones del año— cambiar súbitamente.

––¿Es posible distinguir, hoy en día, un producto literario de calidad de otro que no la posee, más allá del criterio personal de “me gusta” o “no me gusta”?

Las barreras y los límites se han hecho cada vez menos visibles. ¿Qué es bueno en literatura? ¿Aquello que rompe con la tradición o lo que la sostiene aún? ¿Las obras que ganan premios importantes y legitimadores? ¿Las que publican editoriales relevantes? ¿Las que la crítica alaba en las revistas o en algún que otro periódico? Y en cambio, ¿qué es malo? ¿Todo lo contrario a lo anterior? Como ves nos movemos en terreno pantanoso y más si nos ponemos a pensar, históricamente hablando, que lo que un día fue malo —aquel libro censurado, abucheado como producto del pensamiento del momento— con el paso del tiempo se ha convertido en un clásico, un referente. Ejemplos sobran. Lo que sí estoy seguro es que no todo el mundo puede ser escritor ni publicar.

Cuando publicas estás legitimando, le otorgas a una voz un criterio de fuerza, de valor. Pero, ¿cómo valorar con justeza si como escritores o críticos tenemos lagunas? Aquí volvemos a si somos lectores actualizados, a las estrategias promocionales… Todo, como ves, se interrelaciona terriblemente, bien nos guste o nos pese. Tampoco —como me dices— podemos olvidar algo tan importante como el criterio personal, el gusto que condiciona lo que leemos o no, más allá de si es bueno o malo. Pero el gusto está formado por lo que hemos leído, por los límites que nos imponemos. Por eso leer a los contemporáneos —leer en sí a todos— es un acto algo riesgoso.

––¿Cuán evidente es la competitividad en el campo de nuestro oficio? ¿Son los premios una sintomatología de ello?

La competitividad siempre existe, más o menos evidentemente, solapada o tras el murmullo de salón… aunque no sé muy bien cómo funcionan sus resortes, pues en lo personal no la he sentido muy cerca; incluso podría afirmar que me ha rozado más en el periodismo que en la literatura.

Mi otro gremio sí es más competitivo. Quizás se trata de que no envío mucho a los concursos y en los que he enviado he tenido algo de “suerte”. Los premios sí legitiman y visibilizan y quizás por ello sean motivo de competitividad.

Todo el mundo quiere ganarse un Calendario, un David, un Celestino… Y más si vives en provincia y quieres labrarte una carrera literaria y ser reconocido tanto en el gremio como en el sistema de instituciones, o deseas que te inviten a ferias u otros eventos en el país… Al final la competitividad es un mal menor, solo es necesario que prevalezca la creación.

––En los tiempos que corren, ¿existe la involución poética o se encuentran otras formas de decir, desde lenguajes y estrategias propositivas nuevos?

Apenas he leído a profundidad la poesía de mis contemporáneos, en verdad. La conozco por antologías y revistas, por algunos libros… Eso sí, he leído a casi todas las voces jóvenes reconocidas. Muchas veces los he presentado en ferias y peñas… y he disfrutado la lectura de sus libros. Otras veces he escrito de ellos, pero no los he leído con la frecuencia necesaria para darle la respuesta correcta a tu pregunta. Muchas veces prefiero llenar mis lagunas —cosa siempre difícil— leyendo a los poetas cuyos libros tengo a mi alcance y que son los llamados clásicos, aunque sean contemporáneos.

Creo que cada época tiene la poesía que merece, la que le corresponde, la que está en la cosmovisión de sus creadores. La generación conversacionalista de los 60 abrió las puertas a los poetas que publicarían en los 80, nuevas voces, radicales, amplias. Hubo negaciones, acercamientos, rescates… pero la poesía sobrevivió, siempre lo hará.

Los poetas que comienzan a publicar a inicios de los 2000 habían nacido a fines de los 70 o inicios de los 80 y son una generación muy interesante, variada. Los intentas unir y se te escapan, pero siempre tienen hilos conductores en común. Los que nacimos a inicios de los 90 hemos bebido de todos los arroyos posibles, pero estamos cercanos a la generación precedente, no siempre rompiendo con la tradición pero sí acercando a nosotros a poetas como Baquero, Eliseo Diego, Lezama o Virgilio. Entre la experimentación y el puritanismo, la poesía ha buscado nuevos lenguajes. Creo que siempre habrá nuevas formas de decir, otras necesidades expresivas —como nueva es la vida— aunque su esencia y contradicciones sean las mismas. La cuestión es encontrarlas. Eso es lo que hará que una obra perdure. Pero la perdurabilidad es un terreno polisémico y arriesgado, así que es mejor dejarlo ahí.

––¿Piensas que existen, dentro de nuestro canon literario, autores aún vivos que marquen la vanguardia creativa, los pasos a seguir? Entre tus pares, ¿serías capaz de señalar algunas voces que creas forman parte de esa avanzada?

Todo canon conlleva a la discriminación, a la exclusión, a poner unos por encima de otros… Eso bien lo sabía el polémico Harold Bloom. Y no es esa nuestra intención, aunque claro, existen autores vivos que marcan, de alguna manera, nuestra vanguardia creativa. Es algo innegable. Te puedo mencionar varios de los que ahora mismo integran para mí ese canon tan personal como polisémico de la literatura cubana contemporánea y que, como me dices, nos muestran a los jóvenes los pasos a seguir. Parto de experiencias personales, afinidades, más que de una visión realmente canónica: Reina María Rodríguez, con una poesía (y también una narrativa) tan personal y poliédrica; Roberto Manzano, maestro de varias generaciones; Delfín Prats, que es uno de nuestros poetas vivos más importantes, aunque ya apenas escriba, y que no acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura que tanto merece; Lina de Feria, otra postergada para el Premio, varias zonas de su poesía pueden constituir un descubrimiento deslumbrante; la ensayística de Ambrosio Fornet me parece aún muy lúcida y necesaria; Antón Arrufat, me sigue siendo vital y no solo en nuestro teatro; en Mantilla escribe Leonardo Padura, que pese a quien le pese, es el autor cubano vivo más conocido en el mundo; y en Mallorca escribe, en su isla de repuesto, un novelista excepcional como lo es Abilio Estévez; también existen Luis Yuseff y Alberto Garrandés; y Norge Espinosa, no solo un gran poeta y dramaturgo, sino también uno de los críticos culturales más completos de este país…

Como la lista puede extenderse, no pecaré mencionando a otros autores, que considero igualmente importantes, valiosísimos, y parte de ese cuerpo tan movedizo y tambaleante que llamamos literatura cubana. Hay otra parte de nuestra creación literaria que está fuera de la isla y que no leemos, no está en librerías pero también ocupa un lugar importante en ella y debería estar en ese canon.

Entre mis contemporáneos —y te recuerdo que no los he leído como debería hacerlo— puedo subrayar la existencia de una avanzada. Dentro de ella existen nombres como los de Jamila Medina, Sergio García Zamora, Moisés Mayán, Legna Rodríguez, autores un poco mayores que yo. Eldys Baratute, Yunier Riquenes y Maikel Rodríguez Calviño, entre otros, sostienen zonas interesantes de nuestra literatura infantil. Y otros más jóvenes, generacionales: Antonio Herrada, Yonnier Torres, tú misma, Junior Fernández, Milho Montenegro, Bill Cordobés, tienen poéticas muy interesantes. Hay muchos jóvenes que escriben y publican, que además obtienen premios, pero no los he leído a todos como para valorarlos mejor.

––De cierta forma, a lo largo de muchas décadas, la idea de publicar más allá de los márgenes geográficos de nuestra isla era una utopía casi irrealizable. ¿Hasta qué punto tienen nuestros escritores preparación y conocimientos para lidiar con el mercado internacional y con ciertas editoriales rapaces? ¿Qué piensas puede hacerse para corregir estas deudas?

No he tenido muchos contactos con editoriales extranjeras, salvo una que otra vez. Los jóvenes a veces pecamos de incautos, nos dejamos deslumbrar por una buena cubierta, con un diseño bastante comercial al que no escapan ni las pequeñas ni las grandes editoriales del mundo. Hay quien ha tenido éxito, pero no todo el mundo es Leonardo Padura, Abilio Estévez, Pedro Juan Gutiérrez, Ena Lucía Portela, Arturo Arango, que han tenido en determinado momento, o hasta ahora, contratos con grandes grupos editoriales.

A los jóvenes nos toca abrir puertas, insistir… Existen muy buenos narradores y poetas jóvenes en Hispanoamérica, para quienes publicar en este tipo de editoriales, donde el libro no es subvencionado, es normal. Creo que nos falta preparación y conocimientos, tal como dices, para caminar con fuerza.

¿Qué hacer? Primero debemos conocer nuestro propio sistema editorial, sus potencialidades y limitaciones, pero también abrirnos al mundo y que el mundo se abra a nosotros, no podemos estar de espaldas a todo. Pero para ello debemos “conocer al mundo”, que sería conocer a estas editoriales y su funcionamiento, las estrategias de venta y promoción, cuánto verdaderamente importa un autor a un editor… Hacerlo aquí, de manera institucional, podría ayudar a esta sinergia necesaria hoy, para no dejar que, después de los traspiés, los jóvenes se enfrenten con la realidad. Aunque a veces sea necesario chocar con esa realidad para poder ver mucho mejor.

––A tu criterio, ¿existe una especie de autismo literario? Quiero decir, ¿los autores de hoy día están solo interesados en el estrecho círculo que rodea a su propia creación, sin mirar a otros horizontes?

Todos estos temas de los que hemos hablado vienen a ser diferentes y, a un tiempo, el mismo. Una gran madeja los envuelve a todos. Son cuestiones que hay que pensarlas más de una vez y la opinión de hoy puede ser diferente a lo que se crea mañana. El término autismo literario es un poco polisémico. Incluso me pongo a pensar a qué horizontes podría mirar un escritor hoy día más allá de su creación.

 Alguien más ortodoxo podría asegurar que su principal responsabilidad es con la creación; con ella y nada más, una relación casi conventual. Ejemplos sobran. Otros podrían hablarte del escritor como intelectual, como ser comprometido con el devenir político y social de su país o del mundo. Ejemplos también sobran; Cuba es paladín de eso. América Latina ha sido —lo sigue siendo— un territorio bastante politizado, donde el escritor, sobre todo el llamado escritor de izquierdas, se torna en intelectual y toma su obra como estandarte para la batalla, la crítica o bien para enaltecer lo hecho hasta ahora. El escritor cubano —en ambos lados de la balanza— no ha perdido su posición como ente social. En cambio la busca, la persigue… Vive sumido en la cotidianidad, en los dolores y victorias del país, por eso rehúye a la torre de cristal y “participa” con su obra. Insisto: la literatura, despojada de todo, siempre prevalece.


El Dios literario de Maylín Arencibia

*Tomada de Cubahora

 

La psicología y la literatura son sus dos grandes pasiones. Asegura que la primera le proporciona una suerte de esqueleto lógico para la construcción de los personajes, de quienes suele crear una especie de estructura clínica. El Centro Nacional Onelio Jorge Cardoso, donde se graduó del curso de técnicas narrativas en 2011 y actualmente se desempeña como especialista de Relaciones Públicas, es fuente de buenas sensaciones, sueños y compromiso creativo y profesional.

Ganadora de reconocimientos como los primeros premios en el IV Certamen Poético Internacional Alonso Quijano (España, 2011) y el Concurso de Relato Corto Ciudad de Torrevieja (España, 2012), la joven escritora Maylín Arencibia Gómez, radicada en La Habana, hace poco sonrío otra vez con la satisfacción del éxito al obtener la beca Frónesis, que entrega la Asociación Hermanos Saíz, por su proyecto de novela Un Dios Estéril.

Con entusiasmo, expresa que esa obra constituye una deuda personal con sus memorias familiares. “Lo que comenzó en un repaso intencional por mi genealogía, devino en una labor de recuperación de tradiciones orales familiares sobre la emigración española en la Cuba de finales del siglo XIX y principios del XX.

”Mientras más hurgaba, más testimonios impresionantes surgían: gente pobre con nombres de reyes, mujeres que levitaban, fortunas enterradas en los traspatios, hijos ilegítimos, empresarios analfabetos, niños muertos, niños vivos… Los encuentros filosóficos de un caballero católico con un jefe santero, la coronación de una reina de Galicia en una tintorería. Un pescador mujeriego con una mujer tuerta. La hija de un rey casada con un camionero.

”Ahí está la materia prima, pero Un Dios Estéril ya no es una recopilación de historias. Esta novela en construcción es una pregunta: ¿Son ellos la mitad de lo que somos? Ahí aparece Adalberto, el cubano que quiere ser ciudadano español. Personaje que empieza su búsqueda con otra pregunta, acaso más simple, acaso más profunda ¿Y si me aparece una herencia? Intento ahora saldar la deuda con el presente. Y de paso descubrir cuál es en realidad ese Dios estéril”, dice esta carismática muchacha, licenciada en Psicología, guionista de televisión y ganadora del segundo lugar en cuento en XVIII Premio Farraluque de Literatura Erótica (2014).

—¿Cómo enfrentas el proceso creativo, es un acto serio que te exiges como autora, o lúdico y espontáneo?

—Es todo eso y más. No puede haber nada más serio que aquello que involucra un receptor. Ni nada más espontáneo que esa vocecita que te saca de la realidad inmediata para recordarte las ideas pendientes, a veces a gritos. Lo que sí puedo responder es que en mi caso se trata de un proceso lento, una gestación de elefante, cargada de manías y algoritmos. Pero una vez sobre el teclado, la masa va cogiendo forma. Y fluye.

—¿Cuánto de ti hay en tus historias? ¿Cuán favorable o no es que los lectores perciban tu voz en cada relato o novela?

—La mayoría de mis historias son sobre mí sin serlo. Reconozco la incapacidad para retratarme objetivamente, pero sí escribo de lo que observo en el mundo y me duele, o me conmueve, que es en definitiva otra forma de dolor. Y ya en ese punto son mías. Soy yo quien las vive, cada vez.

Con respecto a la segunda pregunta hay algo interesante. Durante mucho tiempo me inquietaba la necesidad de definir un estilo, de encontrar, como dices: esa voz. Esa marca con la que pudiera identificarme, y mejor aún, que otros pudieran notar. Eso fue y es aún un fracaso total. Mis relatos y novelas nacen ya con voz propia. Cada historia me dice lo que necesita. A veces me apego más al lirismo, en otras ocasiones a una prosa descarnada y dura. Hay momentos en que necesito recurrir a un narrador clásico, neutral, y en otros no sé explicar lo que quiero si no empleo el absurdo o la introspección. Uso tantos tonos como sea posible, según lo que me interese transmitir. Mi literatura es como la esquizofrenia, un todo fragmentado en millones de voces y discursos. Aprendí a aceptarla, y ella, en cambio, me agradece.

—¿Cuán favorables son tus conocimientos de Psicología para la literatura en aspectos como la construcción de los personajes y el desarrollo total de las historias?

—Esta es la pregunta que más voy a disfrutar en responder, porque me hablas de mis dos grandes pasiones. Me acerqué a ambas bajo una misma vocación: entender. Y las dos me han abierto las puertas a un universo de posibilidades en la creación… y en la comprensión.

La psicología, (en mi caso el psicoanálisis lacaniano) me proporciona una suerte de esqueleto lógico para la construcción de los personajes. Te confieso que no puedo diseñarlos sin saber de antemano la estructura clínica, esbozar algo del deseo y conocer fundamentalmente la relación, casi siempre mortífera, con su propio goce, que es en definitiva para mí la esencia de cada personaje e incluso de las historias. Aun cuando no utilice estos elementos en la escritura; tengo que saberlos, conocerlo todo. La literatura, como la concibo, no se trata de contar historias, sino de contar a alguien.

—¿Todavía se puede aspirar a lo verdaderamente nuevo en la literatura o los autores deben conformarse con dominios de técnicas y abordajes de historias de alguna manera reflejadas por otros?

—Es probable que ya se hayan tocado todos los temas y que se hayan usado todas las técnicas y formas posibles, pero desde el mismo momento en que un escritor toma algo de la realidad, lo procesa, lo amolda, lo reinventa y lo escupe sobre el papel, ya es nuevo. Mejor o peor logradas se podrán repetir muchas cosas, pero la visión de cada cual es lo que hace una obra única. Cabría entonces procurar que las hazañas estilísticas ayuden. Creo que sería hora de concentrarnos más en la sinceridad de lo que se expresa. Es posible que ahí, sin darnos cuenta, aparezca lo nuevo. O no. Pero esa labor crítica ya corresponde a otros.

—Algunos consideran que la literatura cubana no vive un buen momento. ¿Comparan a los autores actuales con otras generaciones? ¿Qué piensas?

—Es una vieja práctica aquella de comparar lo actual con lo anterior. Y no siempre sale bien parado el presente. Casi nunca. Es algo que está en el imaginario colectivo. Me viene a la mente el refrán “Todo tiempo pasado fue mejor”, pero me gusta más la filosa reflexión de Ernesto Sábato en El Túnel: “…ni el diablo sabe qué es lo que recordará la gente, ni por qué…”. Y a riesgo de caer en la ironía de usar como máxima para mi respuesta una frase de más de 70 años; te contesto: Creo que aún está viva, la literatura cubana. Late en muchísimas voces, bien sonoras y definidas. Las anteriores nos dejaron ese legado. No me creo que un estado de salud se defina por una época. Hay mucho más en juego. La literatura cubana existe y resiste en el discurso de cada tiempo. ¿Mejor o peor? No voy a ser yo quien lo juzgue.

—¿Qué importancia le concedes al curso de técnicas narrativas del centro Onelio Jorge Cardoso?

—Otra pregunta que me agrada. Imagínate, pasé por el Centro Onelio entre 2010 y 2011, y ahora trabajo como especialista en Relaciones Públicas de ese lugar. Para mí es el destino y sus antojos. Un ciclo que se cierra y se abre con perspectivas cada vez más interesantes. El Centro Onelio marca mi vida desde todas las maneras posibles. Fue mi entrada verdaderamente seria en la literatura y hoy por hoy mi mayor compromiso profesional.

Podría aprovechar este apartado para, cumpliendo con mi trabajo y respondiendo a tu pregunta, hacer una especie de promoción solapada del curso de técnicas narrativas, pero en cambio voy a emplear el suspenso. A ver si continuamos conquistando cada año más solicitudes al curso, que ya sobrepasa los mil egresados. Esos, los que ya han estado, saben de lo que hablo.

—¿Cuán difícil o fácil es publicar hoy en Cuba para una escritora joven?

—No es fácil y tampoco difícil. Creo que es natural. Es algo que está ocurriendo orgánicamente. Los sistemas están creados. Las editoriales de la AHS hacen un trabajo encomiable con la difusión de la literatura joven (crisis y dificultades aparte…). Los premios han resultado una vía expedita para alcanzar la letra impresa y algo de promoción. Pero olvidamos, quizás, que existen otras posibilidades. Conozco varios escritores publicados por la vía tradicional, que desde las redes están logrando resultados interesantísimos, y cuyos textos llevan entonces un carácter más inmediato y más íntimo. El escritor se adapta a los tiempos. El escritor cubano, adapta el tiempo a sí mismo y a su realidad. Y eso me encanta.

—Si pudieras promover autores jóvenes o libros específicos de la literatura cubana más reciente, ¿cuáles serían?

—Esta es una de esas preguntas trampas. Exige una respuesta imposible de conseguir, al menos para mí. En primer lugar, porque quizás los autores que me impactan no quepan en el reducido espacio de esta entrevista, o porque en la premura de la respuesta olvide algún nombre, pero básicamente porque no puedo afirmar algo sabiendo que aún me faltan textos y autores por conocer.

“Asignatura pendiente. Sin embargo, sí me comprometo con algo. Y no solo es mi criterio, sino también de la institución que represento: Apostamos por esa voz que más allá de las técnicas, o gracias a ellas, se hace escuchar, porque lo que tiene para decir da igual si es sucio, complaciente, incómodo o blando, mientras sea honesto”.

—¿Cómo te defines como escritora y persona?

—Definirse como persona nombraría todo lo demás. Sin embargo, es ardua la tarea. Es preferible verse en los ojos del mundo. Bueno, malo o regular. Hay algo de verdad en la concepción de los otros sobre uno mismo que a veces, casi siempre, no se desea saber o no se reconoce como propia. Como acá tenemos la imposibilidad de que puedas hacer semejante encuesta, trataré de elaborar algo cercano a lo que soy.

Y te confieso, me siento incómoda cuando me llaman “escritora”. Respeto el título y quizás por eso lo postergo. Te pongo un ejemplo del psicoanálisis: Lacan dijo que la función final de un análisis es la producción de un analista. Quizás la producción final de mi literatura sea mi nacimiento como escritora. Por ahora no lo soy. Y no sé si algún día me autorice a llamarme así. De momento, soy una psicóloga que escribe.

—¿Qué referentes tienes en la literatura, cubanos y extranjeros? ¿Por qué?

—Partiendo de que mi acercamiento a la literatura ha devenido de alguna manera en un interés y rigor prácticamente científicos; te diré que siento predilección por aquellos autores complicados. Los que han muerto por sus propias manos, los que sufrieron y los que aún sufren. Los rotos, los esquizofrénicos, los sucios. Me atraen sus fantasmas y por eso necesito sus letras: Joyce, Poe, Cortázar, Proust, Virginia Woolf, Bukowski, Artaud, Hemingway, Pessoa, Kafka, Alejandra Pizarnik, Pavese…

Menciono otros quizás no tan rotos pero que me han impactado: Saramago, Piglia, Kundera, Rulfo, Clarice Lispector… Y de los autores cubanos, me es difícil elegir. Con Virgilio Piñera creo que en algún momento llegué al punto del fetiche. Me han marcado también las búsquedas de Padura, la objetividad de Pedro Juan, el dolor de Carlos Montenegro, la magia de Carpentier. Sin olvidar a Wichy, Juan Carlos Flores, Ariel Ribeaux… No voy a seguir.

—¿Cuáles son tus principales sueños en el mundo creativo?

—Que me alcance el tiempo, que fluyan las ideas y que me siga conmoviendo lo suficiente el mundo para que merezca la pena contarlo.


Una jornada para la literatura joven

La realización del panel teórico Un hombre no es un hombre, es un destino, sobre la obra de Eduard Encina Ramírez, presidido por los intelectuales Eldys Baratute, Jorge L. Legrá, Onel Pérez Izaguirre y José Raúl Fraguela, marca el inicio de la VIII Jornada La Isla en peso, que auspicia la Asociación Hermanos Saíz en Guantánamo hasta mañana 17, para acercar al público local la poesía novel del oriente.

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«El arduo proceso de cuestionar y entender»

En lo real, el escritor encuentra la belleza de la escara y sus (in)certidumbres. Su viaje por el camino de la zozobra es siempre una invitación. Ahmel Echevarría conjuga, en su obra, fotografía y banda sonora de la vida. Por eso, advierto, es que esta entrevista ha de entenderse como un soundtrack incompleto.

––¿Sientes que, más allá del punto de vista del estilo, existen hilos conectores, más o menos visibles, que relacionan a tus textos?

Aunque siempre me propongo “cambiar de rostro” en cada libro, y esto significa no repetirme, o en última instancia “repetir desde la diferencia”, hay un propósito común en mis libros: el amor y la memoria.

Me interesa situar al individuo en el centro de una historia de amor tan compleja y variable como variable y complejo es el ser humano. Dicha historia, en la que se alternarán alegrías y derrotas, acontecerá en un contexto privado y público afectado por los vectores de la ideología, la política.

Visto así, las historias que narro, acaso novelas de amor, van del presente a un pasado reciente. Hasta el momento, el pasado en mis libros se ha circunscrito a las décadas del 60 y 70 del siglo XX cubano.

Foto Cirenaica Moreira

––¿Existe una clave, una fórmula, que garantice la hechura de un buen narrador?

No existen, al menos no en el sentido que creo tiene tu pregunta. Sin embargo, pienso en los decálogos como posibles rutas a seguir, no fórmulas.

Cuando analizas el contenido de los decálogos de grandes escritores, esos textos que algunos leen como Mandamientos, además de las coincidencias verás no pocas diferencias. Esas variaciones nos hablan de la imposibilidad de la fórmula.

Los decálogos deben leerse con la alarma de la sospecha siempre activada. Este detalle podría ser una clave.

Hay un factor común en los grandes narradores: la capacidad de observar y asociar, el singular manejo del idioma, los riesgos asumidos en el acto de construir un relato (personajes, estructura, temas, la disolución de las fronteras entre los géneros, etc.), la manera en que su literatura se adelanta hasta el punto en que no pocas ocasiones resulta ilegible o incomprensible para sus contemporáneos.

––¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Una imagen siempre es el punto de partida, una imagen que contiene una suerte de enigma. Luego toma la forma de una o varias preguntas cuya respuestas ignoro, lo cual me sitúa en el camino de la investigación, del modelaje de las tramas, conflictos, personajes, el tipo de narrador.

Junto con la imagen inicial “se producen” una serie de frases relacionadas con el enigma o la(s) pregunta(s). De ahí nace el título del libro y parte del espíritu que debería tener.

Como se trata de un proceso de ensayo y error, no doy nada por sentado hasta sentir que he arribado a un punto donde todo cobra sentido. Los elementos que parecían dispares empiezan a conectarse. Entonces solo queda abandonarse al placer de la zozobra.

A la escritura nada le es ajeno, trabajar en un proyecto de novela es casi similar a investigar un crimen.

––Tu obra ha sido identificada como parte de la Generación Cero, ¿qué ganancias ha reportado, en materia escritural, ser parte de dicha Generación? ¿Percibes que es una generación ya superada o notas que las nuevas promociones de autores intentan emular, con más o menos éxito, las fórmulas de la promoción anterior?

Con Generación Cero hay más de una confusión, toda vez que se ha utilizado para nombrar dos objetos de estudio diferentes.

Partamos de que es una etiqueta. Por un lado, dígase que fue creada por el escritor Orlando Luis Pardo Lazo, en su versión inicial era Generación Año Cero. Bajo esa etiqueta estábamos un grupo de escritores que coincidimos en el espacio literario coordinado por el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), y que además comenzamos a publicar en el 2000. Para Orlando, el 2000 era nuestro año cero.

Algunos críticos decidieron utilizar la etiqueta a la hora de segmentar y reunir desde el punto de vista temporal, para el estudio de la narrativa y la poesía, a los autores que comenzaron a publicar a partir del 2000. En resumen: redujeron el largo de la etiqueta y ampliaron el tamaño del objeto de estudio. En ese punto se generó cierto desmadre.

Más allá de la aceptación y el disenso de los miembros del grupo que aparece en el párrafo donde menciono a Orlando, y de incorporaciones que luego hicimos, vale aclarar lo siguiente: G0 no es exactamente una generación sino un grupo o promoción de escritores.

En “materia escritural”, para utilizar tu propio calificativo, al menos en su núcleo la ganancia que reportó se resume en una ideología de grupo, lo cual conduce a la manera en que pensábamos la literatura en relación al contexto en el que estábamos viviendo, y la crítica que queríamos hacer.

A pesar de las diferencias de estilo y temas entre sus integrantes, porque esa variedad caracteriza a la G0, pensamos un espacio que no era solo literario, al que no solo le interesaba la literatura, y que no solo era físico, muestra de ello son el e-zine the revolution evening post, las revistas digitales Cacharros(s), 33 y 1/3 y Desliz.

De manera extraña, y tras coincidir en los espacios creados por el escritor JAAD, se produjo una comunidad de afectos e intereses que entre algunos integrantes de G0 dura hasta hoy.

No me concierne responder si G0 ha sido superada. Igual no creo que importe demasiado, porque cada promoción, grupo o generación debe pensar su propio espacio. A su cuenta y riesgo debería reaccionar ante su realidad con sus propias herramientas, con su noción del mundo, con su propio dispositivo de enunciación.

––Hay generaciones inolvidables en la historia de la literatura de un país, ¿Generación Cero merece un lugar semejante?

Con el transcurso del tiempo, todo aquello que en cierto momento nos desveló e hicimos ―y aquí uso el plural para referirme a cualquier individuo― ocupará su justo lugar. Ese lugar podría ser el silencio, la derrota.

Ya se verá si los de G0 merecemos el olvido.

––¿De qué manera te relacionas con el mundo de los premios? ¿Hay fricción en tu vínculo con ellos?

Por lo general, los premios solo distribuyen un poco de dinero y resonancia. El dinero y ese tipo de ruido nunca vienen mal.

No tengo ningún problema con los premios. Si lo gana un amigo, me alegra igual. Creo que fue en el 2011 cuando el Guillén y los Carpentier cayeron en manos de Luis Yuseff, Jamila Medina, Osdany Morales y Marcial Gala. Fue una muy grata sorpresa, también una señal.

Los premios están ahí para que lo intentes, y algunos son menos limpios o menos justos que otros. Son las reglas del juego, no se pueden perder de vista.

Pero la literatura, la literatura a secas, está en otra parte.

––Muchos autores cubanos, tanto jóvenes como de mayor trayectoria, se quejan de la poca promoción, a escala internacional, que tienen sus obras. ¿Es este un factor que puede ser combatido por el individuo o requiere de un esfuerzo a mayor escala? ¿Qué puede aprender nuestro incipiente mercado del libro de otros mercados con mayor experiencia?

La literatura cubana no está en ningún mapa literario, en ninguna agenda ni buró de las grandes, medianas ni pequeñas editoriales que marcan el pulso de lo que acontece en el panorama literario internacional.

Solo se manejan algunos nombres, muy pocos; la mayoría de esos pocos, porque debo insistir en la cantidad, son los grandes muertos del panteón literario cubano.

Los pocos autores vivos que aparecen en ese panorama o mapa están allí no precisamente por la gestión de agentes o editoriales cubanas.

Cuando en los diferentes movimientos promocionales de autores latinoamericanos jóvenes veía y veo la ausencia de Jorge Enrique Lage ―el Lage de Carbono 14. Una novela de culto, La autopista o Archivo— confirmo que tal ausencia no solo está relacionada con asuntos netamente literarios.

Tu pregunta habla del mercado. Y el mercado tiene reglas duras que hay que conocer. Entre sus actores principales están los agentes y editores. Ellos establecen las reglas del juego, y construyen el mapa o el panorama al que desean acceder los autores que mencionas.

Es casi imposible ubicarse allí desde un lugar tan marginal como Cuba, contando solo con la conexión a Internet.

Puesto que ya estamos hablando de Cuba y el mercado, otra vez utilizaré tus palabras: “nuestro incipiente mercado del libro”. A mi modo de ver, ni es nuestro, ni es incipiente, tampoco es mercado. No existe.

Lamentablemente, aunque cuenta con personas lúcidas, profesionales, y entregadas a su trabajo, incluso con algunas pequeñas y buenas editoriales, a estas alturas el sistema editorial cubano, tal como está diseñado, no puede aprender ni mejorar nada.

––La palabra “comercial”, asociada a la literatura, parece ser una condición de la cual muchos escritores rehúyen. ¿Qué importancia le concedes al hecho de la calidad literaria vinculada al aspecto comercial del libro como objeto arte?

Más allá de la complejidad y densidad de un libro o un autor, lo cual lo sitúa en desventaja en un panorama donde la lectura va perdiendo terreno, supongo que el recelo ante “lo comercial” como oposición a “la calidad literaria” no sea más que un asunto de paradigmas, de nociones personales.

Dejando a un lado ingenuidades, esas que olvidan el verdadero poder de grupos multimediales como el Grupo Planeta, la calidad literaria no siempre está divorciada de las ventas. No es secreto ni novedad.

Aunque desconozco con exactitud cuánto pueden vender, más allá de gustos y suspicacias me atrevo a mencionar cinco nombres donde el índice de ventas no es inversamente proporcional a lo que llamas “calidad literaria”: Gabriel García Márquez, Stephen King, Roberto Bolaño, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas y Haruki Murakami.

––¿Qué jóvenes autores nacionales recomendarías como lecturas indispensables? ¿Y cuáles, a escala internacional?

Puesto que deseo ejercer una crítica férrea ante una pregunta que pide nombres indispensables en el mapa de la literatura escrita por jóvenes, solo me centraré en el contexto nacional. A los otros se les promueve de mil y una maneras, son nombres de mujeres y hombres que circulan en las redes sociales. Pero de esos poetas, narradores y escritores de no ficción solo tenemos, o yo solo tengo, un conocimiento parcial: la lectura de una parte de su obra.

Tomando en cuenta la edad de los autores que mencionaré (no han llegado a los 45 años) y la densidad y complejidad del tejido que han ido urdiendo de manera progresiva en sus obras, y por los contenidos de las mismas, te doy dos nombres: la narradora, poeta y ensayista Jamila Medina Ríos, y el narrador Jorge Enrique Lage.

––La narrativa, como género, aparece cada vez más contaminada por elementos que provienen de la dramaturgia, del performance, de la poesía y del ensayo, ¿esta mixtura se manifiesta en tu creación?

De manera consciente he contaminado mis textos con casi todo lo que mencionas salvo con la dramaturgia, entendida aquí como texto escrito estrictamente para el teatro. Que un cuento o una novela tengan diálogos no significa que se haya pensado en la dramaturgia, que la frontera entre los géneros se haya diluido.

En el caso de la performance, me gustaría también decirte que sí. He tratado de ejecutar una suerte de traducción y/o traición teniendo como punto de partida las artes visuales. Otro asunto es conseguir la traducción y la traición.

––Muchos jóvenes escritores ven un referente en tu literatura. Son esos mismos jóvenes que, ahora mismo, comienzan a establecer sus propios caminos y líneas de pensamiento escritural. ¿Qué te interesaría que encontraran en tus libros?

Inconformidad, placer, riesgo. También desearía que encontraran una serie de preguntas que, junto a las que ya se puedan haber formulado, les acompañen en el arduo proceso de cuestionar y entender el espacio en que viven.

––Tu narrativa tiene mucho de, y es mi criterio, fotografía en movimiento. ¿Lo percibes así?

Entiendo tu observación. Además agregaría la intención de incluir en la ficción una suerte de banda sonora.

He tratado de no pasar por alto el movimiento y el sonido, y no se trata solo de la influencia que puede haber ejercido el cine. La vida es movimiento constante rodeado de una mezcla de sonidos. Como siempre coloco al individuo en el centro de mis historias, además de construir su universo interior, sus dudas, certezas, alegrías y derrotas, lo sitúo en un contexto físico y allí interactúa, vive y muere.

No solo presto atención a las pequeñas historias, a los sujetos que nunca figurarán en los grandes relatos históricos. También deseo reflejar la cadencia y el sonido de esas vidas aparentemente insignificantes.

––¿Piensas que la crítica literaria actual se realiza en base a simpatías y antipatías?

La crítica literaria movida por lealtades o antipatías no es asunto nuevo. Ha sido parte de nuestra “indigencia crítica”.

La gravedad del problema no radica en la existencia de textos críticos movidos por la simpatía o las bajas pasiones, sino en la escasez de una verdadera crítica no solo literaria, y la poca cultura del debate.

En cuanto a los espacios para el debate, ese detalle ni me los cuestiono. La propia realidad habla por sí sola.

A los críticos mordaces que ni piden ni regalan nada se les lee mal. Se les odia a muerte. Todo se pone peor cuando la polémica pasa del terreno intelectual al personal.

––Y, por último, me gustaría preguntarte: ¿crees que ha muerto una cultura del debate y del encuentro entre individuos que componen los diferentes campos del intelecto nacional? ¿Viven cada uno de los creadores encerrados en un particular coto de caza y de referencias? ¿Hasta qué punto estamos preparados, como nación y como individuos, para divergir en criterios, tanto en materia escritural como humana?

Ya te había comentado que no veo una verdadera cultura del debate, en muy pocos casos se produce el tipo de encuentro que mencionas desde el punto de vista físico, en el contexto de lo real.

Puedo estar equivocado, igual no sé si responde a tu pregunta lo que acontece en la relación entre pequeños grupos de artistas donde casi nunca está la literatura.

Las publicaciones digitales no estatales quizás están generando una suerte de cambio en ese marco de relaciones. Son espacios muy dinámicos, con una alta presencia en la web y las redes sociales. Las publicaciones digitales como Hypermedia Magazine, Rialta Magazine o El Estornudo, están inmersas en las nuevas dinámicas de producción y difusión de contenidos, en las nuevas dinámicas económicas; no pocos actores de este escenario son jóvenes.

Tal parece que no solo se están creando redes de trabajo. Esa comunidad de intereses, incluso de afectos, también puede tener la lógica o la materialidad del entorno virtual.

Me preguntas sobre la divergencia de criterios; el panorama es desolador, casi árido. Como nación, como individuos, nos queda muchísimo por aprender. En todos los sentidos.


«Cuando escribo tengo los senos abiertos y canto las tinieblas de su edad»

Confieso que la quiero. Diana Castaños es una criatura especial. Tan especial que otras calificaciones serían redundantes. He seguido su literatura desde el primer día en que tuve el placer de leer uno de sus textos. Escribe desde el riesgo y desde su verdad. Es una viajera, una nómada del arte, y sus libros parten desde esa realidad que no es una, sino plural, sencilla y hermosa.

Cortesía de la entrevistada

¿Te consideras una escritora que demora sus procesos creativos? ¿Cuál es la perfecta manera de concebir un libro?

No tengo una sola manera de crear. Es un proceso que viene desde muchas partes y constantemente. Y de vez en vez desaparece también (lo cual está bien y acepto como venga). Llevo mucho tiempo con la literatura entre los huesos y sé que ella siempre regresa. La manera perfecta de concebir un libro por estos días no es la que ha sido para mí y, estoy bastante segura, no es la manera que será: cambio mucho, a veces caóticamente.

Pero mi respuesta es esta: con Riesgo… uno que vaya desde cómo vivo mi vida personal a lo que, finalmente, se pone sobre la página en blanco. El infierno es despertarme un día sabiendo la persona en la que pude haberme convertido y nunca llegué a ser.

Ahora tomo todos los riesgos del mundo: confío en extraños; estudio los nuevos requisitos para escalar el Everest y el Annapurna; invierto mi dinero en disulfuro de molibdeno (porque es más eficiente que el grafeno para convertir agua salada en agua potable). Y amo, por primera vez, con mucha fuerza, a todo lo vivo. (Y tomo como asiento el canto de los pájaros; y cuando caigo, lo hago como el viento sobre la luz).

Después de pasar 30 días de meditación en voto de silencio en una de las islas de Las Maldivas —que sufrieron falta de agua potable a mediados de este año—, poco importa si cumplo o no lo que se espera de una cubana fuera de Cuba: si escribo sobre las putas de La Habana, o si le arreglo o no un poco los detalles imaginativos de la historia que nos contó la Revolución. Poco importa sobre qué, siempre que escriba desde la certeza que todo en la vida es impermanente.

El único riesgo es el riesgo de no hacer nada.

¿Existe el libro ideal? ¿Existe la utopía creativa? ¿Cuál sería la tuya?

El libro que escribes, el que sea, es el ideal. No hay nada que lograr excepto ser lo que eres, en este momento. Nada es para ser entendido o logrado. Lo que hay, es para ser escrito. Por alguien. De vez en vez.

Como escritora, ¿cuál es tu apuesta más arriesgada?, ¿qué buscas contar?

No hay necesidad de hacer apuestas porque no hay necesidad de llegar a ningún punto. La literatura es una manera de expresar lo que soy, una forma de vivir. Como amar a tus padres, como mirarte el cuerpo desnudo frente al espejo, también desnudo. La literatura es lo que es. Ya está en el punto en que tiene que estar en este momento de mi vida, en este momento de la vida de todos. No hay nada que lograr excepto ser. Uno cuenta lo que necesita en ese momento. Lo que sea que se cuente es lo que había necesidad de ser plasmado.

¿Crees que la paciencia y la voluntad están infravaloradas en nuestra profesión?

La vida lleva paciencia y lleva voluntad. No separo la literatura de la vida. Para mí son la misma cosa.

A tu criterio, ¿qué es lo esencial que un escritor debe poseer?

Un escritor se caracteriza por tener una necesidad imperiosa, que viene desde todas partes y hacia todas partes va, de usar la literatura como medio de expresión.

¿La literatura es un proceso sagrado o profano, o quizás una mezcla de ambos?

La literatura es lo que el escritor defina que sea, si es que le interesa definirla. Y lo que el lector que la está leyendo sienta, asuma, piense que sea. Si es que le interesa sentirla, asumirla, pensarla.

No sé qué tan cercana o alejada esté mi literatura de los templos de Dios o de los hombres. Sé que cuando escribo tengo los senos abiertos y canto las tinieblas de su edad. Y soy hermosa como un cielo bajo una paloma.

CORTESÍA DEL ENTREVISTADA

¿Se publica demasiado en los tiempos que vivimos?

Si lo comparas con otros tiempos, seguro. Pero no tengo quejas del mundo en que vivimos. No digo que sea perfecto, ni el mejor de los mundos posibles, como diría Leibniz. Pero es parte de la Gran Pintura, parte de lo que ES —o está siendo— en estos tiempos. Y no hay nada que juzgar al respecto.

En el gremio literario existen, como en todo gremio, polémicas. ¿Cuánto crees que aporta el debate al crecimiento de los autores, y al reconocimiento de sus trabas y sus valores?

No sé cuánto aporta un debate al crecimiento de los autores. Habría que ver el debate, y el autor. Habría que ver cada caso en específico. Y supongo que cada persona tendría su propia visión sobre si el debate le aportó o no. Y qué le aportó.

La verdad es que no pienso mucho en este tema. En otras palabras: no sé cuánto —ni qué— me ha aportado el debate sobre mi literatura.

¿Cómo se encuentra una voz propia para contar? ¿Es una búsqueda de toda una vida o llega un momento que, por necesidad, oficio y circunstancia, se cimienta ya un estilo?

… cuando eres la voz. Si tienes que encontrar la voz, si tienes que sentarte durante horas con la mirada en la página en blanco, o raspar ideas de la cabeza, o robarle ideas a otro, o si quieres cimentar un estilo, o tener el oficio de escritor, o cualquier otra ignorancia relacionada con el ego, entonces no tiene sentido. Puede que salgan incluso textos relativamente buenos, pero no tiene sentido.

Solo tiene sentido escribir cuando no puedes hacer otra cosa. La historia, las letras, salen rugiendo de adentro tuyo. Salen disparadas, las escupes y caen sobre tu mano. Y tu mano teclea o dibuja las palabras (en dependencia de qué edad tengas y en qué siglo te muevas). Solo tiene sentido escribir cuando sabes que si no escribes, te suicidas, te tiras del décimo piso del edificio con diez pisos más cercano. Cuando sabes que dentro tienes algo —un trauma, un desgarre, un lobo comiéndote las entrañas— y, o escribes o te consumes. Entonces eres la voz.

No hay nada que encontrar. Si tienes que encontrar algo, entonces no lo eres.

¿Piensas que existe en la actualidad una crisis de la literatura?

Uno ve lo que quiere ver.

¿Los propios escritores, leen?

Habría que preguntarles a los propios escritores. Yo leo. Ahora mismo casi exclusivamente en inglés.

¿Qué limita nuestras miradas como escritores y la mirada de nuestra literatura?

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, decía Wittgenstein.

The Price of Being Young

Algunos de tus libros han cruzado ya la frontera de las publicaciones nacionales, ¿qué esperas de este cruce?

Más lectores, por supuesto. Mi principal sueño en la vida sigue siendo el mismo de cuando era pequeña: que un niño (no importa qué edad tenga, entre 9 y 99 años está bien) sea más feliz porque leyó uno de mis libros. Aunque sea por un instante. Aunque no me lo diga nunca.

¿Cuánto del periodismo narrativo está presente en el resto de tu creación?

Dado que soy una escritora que se graduó de periodismo, el periodismo narrativo es el género que fluye más vehementemente de mí.

Ahora que vivo cada mes en un país distinto, todos los géneros que escribo —poesía, narrativa, periodismo literario— tienen parte de esa pluralidad de religiones y modos de vida de los últimos 15 países que he visitado. De alguna manera, las personas, paisajes y animales que he conocido cohabitan pacíficamente dentro de mí, como el mar cuando la luna se mira ahogarse, o como el mar que ha mordido todas las playas.

Mientras más países y culturas visite y habite, más soy ese mar que se desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia.

En tu reseña biográfica hay una línea que me ha llamado mucho la atención. La cito: “Desde diciembre de 2018 vive en un país distinto cada mes.” ¿Cuánto ha cambiado tu visión como ser humano creador, esa posibilidad de estar en contacto con otros saberes, culturas y geografías?

¡Oh, me ha cambiado tanto!

En Qatar, mujeres musulmanes se compadecieron de mí porque mi clítoris está intacto.

En Japón, apliqué para un asiento en la primera nave que llevará artistas a visitar La Luna, en el 2023.

En Nueva Zelanda ayudé, como voluntaria, en el nacimiento de dos osos pandas rojos.

Estuve mar adentro (perdida y sin rumbo) por dos semanas en las costas de Australia, mientras aprendía a navegar una goleta.

En Nepal estudié los nuevos requisitos para escalar Annapurna, montaña del Himalaya.

En la India enfrenté mis sancaras en un centro de meditación vipassana.

En Indonesia ayudé a restablecer el equilibrio del sistema de los arrecifes coralinos de la islita de un kilómetro de diámetro de Gili Air, con lo que (después supe) fue dinero que los indonesios lograron gracias a la venta de hongos alucinógenos a turistas europeos.

En Europa hice inversiones en la Bolsa, con una suerte tremenda.

En Perú hice una peregrinación (caminé, literalmente, tres días) para visitar Machu Pichu.

Estudié alemán en Serbia; depuré mi francés en Marruecos.

Apliqué para el proceso de congelación de óvulos en Rusia, porque los deseos de ser madre me han nacido, pero no lo seré todavía: tengo antes muchos países a los que viajar, y mucho que escribir, incansablemente.


Buscando a Casal, aplausos entre la ficción y la realidad (+ Fotos y video)

Buscando a Casal, estrenada este 7 de diciembre en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, es indudablemente una buena película. Otro filme que aborda parte de la historia de Cuba, en este caso la vida del poeta Julián del Casal, considerado uno de los iniciadores del modernismo, quien sintió profunda admiración hacia el general mambí Antonio Maceo.

Ahí está el Casal sufrido, fiel a sus principios, a la literatura y el periodismo, el amigo, el soñador y obstinado. Durante casi dos horas, los espectadores se pueden adentrar en la personalidad enrevesada de quien sufrió la tristeza, pero nunca perdió su lirismo o refinamiento a veces exagerado, dentro de lo cual era normal escuchar sus referencias a Francia, especialmente a París.

Alegran los aplausos del público, las expresiones de elogio de varias personas, incluido el sobresaliente cineasta Fernando Pérez, quien fuera del Chaplin comentaba algunos de los valores de la cinta.

Captura de la película Buscando a Casal
Captura de la película Buscando a Casal

El filme brinda una visión diferente a la imagen que generalmente se transmite de Casal, pues muestra un joven que incluso en momentos difíciles, hasta de peligro para su vida, prefirió permanecer en el país. Se revela su sentimiento patriótico y capacidad para resistir los golpes de la cotidianidad.

Su artículo de crítica al Capitán General, reflejado en la pantalla, no se debió a un impulso inútil, pues su profunda sensibilidad lo hacía también sentir dolor por la realidad de su país, repleto de injusticias.

La existencia del autor de los libros “Hojas al viento” y “Nieve”, nunca deberá reducirse a la manera en que murió, segundos después de una profunda risa, que le provocó la rotura de una aneurisma (zona débil en la pared de un vaso sanguíneo), lo cual a veces sirve hasta para chistes de quienes solo conocen ese hecho.

Otra vez el joven actor Yasmany Guerrero, el Fermín Valdés Domínguez de la película Inocencia, logra una convincente actuación al interpretar a Casal, quien falleció cuando apenas tenía 29 años de edad, una vida corta, pero intensa, como es también la película desde su principio.

Al terminar de ver la cinta, uno sigue con varias preguntas sobre aquel hombre, agredido por muchos en su época y con una obra amada por algunos de sus contemporáneos, pero también rechazada por muchos otros.

Huérfano desde muy joven, Casal, fallecido el 21 de octubre de 1893, batalló contra sinsabores, incluida la sensación de ser incomprendido, pero también cautivó con fuerza a varias personas, como a la poeta Juana Borrero, hija del literato y patriota Esteban Borrero Echeverría, la cual murió cuando todavía no cumplía los 19 años de edad.

En Buscando a Casal, resaltan acertadas actuaciones, como las de Blanca Rosa Blanco, Yasmani Guerrero, Enmanuel Galbán y Yadier Fernández en los papeles protagónicos, con reflejo de la realidad del sobresaliente poeta y empleo de algunos recursos de ficción, como sus alucinaciones, según ha expresado el propio director Jorge Luis Sánchez.

Captura de la película Buscando a Casal
Captura de la película Buscando a Casal

Para Sánchez, director también del largometraje El Benny, Julián del Casal era una especie de obsesión desde que descubrió su biografía en una librería de Matanzas en 1989. Un año después, dirigió el documental Donde está Casal, pero la idea de la película gravitaba en su mente desde entonces, por lo cual escribió el guión junto a Mariana Torres.

Rodado completamente en los Estudios Cubanacán del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), el filme debe servir como motivación para indagar y conocer mucho más a Casal, renovador de las rimas y las formas métricas en la poesía, a quien el bardo nicaragüense Rubén Darío llamó el “primer espíritu artístico de Cuba”.

La mejor manera de descubrirlo profundamente será siempre a través de sus textos, versos y trabajos periodísticos, nacidos en la segunda mitad del siglo XIX cubano, una etapa repleta de personajes de la realidad que merecen ser llevados a la gran pantalla.

 

 


Saymi quiere dejar su huella literaria

De tanto ver y devorar libros, a los diez años empezó a escribir su propio relato de la vida, de su vida. Dispuso lápiz y papel y redactó un diario porque sintió la necesidad de contar. Así nació Saymi K. Torres a la literatura, al oficio de escribir, al empeño de relatar, de ser cronista de “sus cosas” y de su tiempo, de su ciudad, de su gente. Conversamos hace un tiempo,  apremiadas por las urgencias de la vida y el trabajo: andaba ella envuelta en sus responsabilidades como vicepresidenta de la Asociación Hermanos Saíz en Las Tunas y los preparativos del evento literario Portus Patris, en el municipio de Puerto Padre.

Ahora que escucho la grabación y transcribo me sorprende cuánto contó en solo minutos, Saymi tiene mucho que decir, una manera de ilustrar cuánto tiene también por escribir.

-¿Cómo descubriste el mundo de la literatura y de la escritura?

–El primer paso para empezar a escribir es la lectura. Desde niña leía, leía mucho; mi madre tenía un librero enorme que en ese momento me parecía algo increíble ¡una cosa muy grande! y empecé a leer muy pronto, de hecho mi madre me enseñó antes de empezar la escuela y empecé a leer todo lo que caía en mis manos.  A veces leía cosas que no eran adecuadas para mi edad, pero bueno esa sed de saber y de leer fue lo que me impulsó  a, en determinado momento, sentir esa necesidad de escribir. Y comencé escribiendo diarios, sentía que necesitaba narrar cosas: lo que me pasaba, lo que sentía… ponerlo en el papel de alguna manera.

Poco tiempo después sus textos cayeron en las manos de la poetisa puertopadrense Nuvia Estévez: «Ella me dijo: Ahí está la madera del escritor, la tienes, pero necesitas todavía perfeccionarla y buscar. Y al final creo que es eso: es un proceso de búsqueda en el que uno se consagra y termina exponiéndose al desnudo frente a los lectores, de eso se trata, de un proceso de búsqueda interna.

-¿En qué momento exacto de tu vida te encontraste como escritora?

-Bueno, tengo que decir que el término escritora es un término que respeto mucho y yo no permitía que me llamarán escritora. Decía: “Hasta que no tenga un libro publicado, hasta que no tenga mi obra valor literario pues no voy a permitir que me llamen escritora”. Entonces cuando me presentaban como escritora yo decía: “Yo soy una muchacha que escribe, no soy una escritora, soy una muchacha que escribe”. Comencé a sentirme como escritora hace muy poco. Pero la literatura en serio me la estoy tomando desde hace unos 5 ó 6 años, o sea que soy muy joven en el mundo de las letras.

-Narrativa y poesía, ambos géneros consagran tus textos…

-Comencé escribiendo cuentos breves, no me gustaban mucho, de hecho los tengo ocultos ¡no dejo que nadie los vea! Pero después la poesía me atrapó y creo que fue esa magia que tiene la poesía, esa musicalidad oculta, esas metáforas, esas imágenes que guarda la poesía lo que me cautivó.

Está a punto de salir mi primer libro “Sepia”, un libro de poesía para adultos que viene siendo como un ejercicio de exorcismo. Le cuento al lector mi infancia, cosas de familia…cosas que me marcaron como persona y escritora a lo largo de mi vida.

Una vez que Saymi puso punto final a “Sepia” nació “El mundo de Pablo” o “Mi hermano Pablo” (aún está por definir el título para su publicación en el 2020), obra merecedora del Premio de literatura infanto- juvenil Principito 2019.  Y aunque el libro nació de la adversidad  es un retrato de amor y esperanza, «una compilación de las travesuras y de las historias divertidas que suceden en mi casa con mi niño», declara la autora.

-¿Cómo abordar un tema tan difícil como la enfermedad en la infancia?

-Yo tengo un nene que tiene necesidades especiales. Es un niño que tiene una lesión estática del sistema nervioso central pero es un niño muy feliz y yo quería escribir un libro feliz. Porque  adentrándome en este mundo, buscando  a los niños con necesidades especiales, viendo lo amorosos  que pueden ser, las enseñanzas que te transmiten como seres humanos que son y defendiendo sus derechos a tener una familia, a tener apoyo, a tener comprensión …pues entonces surgió este libro.

Creo que la literatura en sí lleva mucho estudio, mucho esfuerzo. Alguien decía que una página que se lee fácil es porque ha costado mucho trabajo escribirla.

-¿Qué esperas encontrar, entonces, en el mundo de la literatura y entregarle a los lectores a través de tus libros?

-Creo que el objetivo final de todos los escritores es que el público reconozca su obra, que el público se sienta identificado con su obra. Poder poner una marca en la persona que lee tu libro, poder compartir una experiencia, un sentimiento, una visión del mundo. Y al final ese es también mi objetivo. Lo que espero de la literatura no son premios, lo que espero es que un día en una calle, una madre y un niño me paren y me digan: “leí tu libro y nos gustó mucho”; una joven, me  detenga y me diga: “leí tu libro y me encantó, me sirvió, me ayudó”. Ese tipo de cosas es la que espero de la literatura.