Literatura


Vuelven Los días de Guillén a Camagüey

Camagüey vuelve a ser el de antes poco a poco. Se recupera de las ausencias, de los abrazos guardados y de sus plazas y parques vacíos.

Así llega este julio, con aires de esperanza y la satisfacción de los reencuentros; un día ideal para redescubrir la ciudad a través de la visión de Nicolás Guillén, a la que llamó «suave comarca de pastores y sombreros».

Y es que, como cada séptimo mes del año, vuelven Los días de Guillén, jornada con la que sus coterráneos celebramos su natalicio. Serán, pues, seis días para observar una urbe a través de los espejuelos del Poeta Nacional de Cuba; quererla y hacer de versos y crónicas, hechos y esencias.

El Centro Provincial del Libro y la Literatura y las filiales camagüeyanas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y la Asociación Hermanos Saíz, se unen otra vez para conmemorar la efeméride con variadas iniciativas.

Hoy, la Sala Emilio Ballagas, del Centro Cultural Librería Ateneo-Vietnam acoge el inicio de la jornada con una lectura de poemas del escritor, a cargo de diferentes escritores agramontinos.

El mismo espacio será testigo el próximo lunes de la presentación de un audiovisual sobre el autor de Poemas de amor, El gran zoo, y La rueda dentada, a cargo de Armando Pérez Padrón.

Asimismo, en Los días de Guillén reabrirá sus puertas el Centro Cultural-Librería Antonio Suárez, regalo para la urbe y para quienes le debemos al poeta, ir junto a él de aprendiz de su exquisita obra periodística y literaria. Sean bienvenidos entonces estos y todos los días, por la suerte de tenerlo eternamente. (Yusarys Benito Deliano/ Radio Cadena Agramonte) (Foto: Archivo)


La joven Luz con Eliseo Diego

Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín, celebra el centenario del importante escritor cubano Eliseo Diego, a conmemorarse este 2 de julio, con un amplio programa de lecturas de poesía online, desde diversas plataformas digitales.

Esta jornada, hasta el próximo día seis, destaca por presentar y fundir en un mismo espacio nuevas y consagradas voces de la poesía cubana, asegura Luis Yuseff, editor jefe de La Luz.

“Durante estos días, explicó, se compartirá en el perfil en Facebook de la editorial y otras redes sociales, el audiolibro El brillo de la superficie, compilación poética del holguinero Delfín Prats, Maestro de Juventudes de la AHS, del realizador audiovisual Pablo Guerra.”

También se socializarán textos recogidos en la antología La isla en versos. Nuevas voces. Poesía Cubana, con importantes exponentes del género contemporáneo en Cuba, entre ellos Liudmila Quincoses, Adalberto Santos, Frank Castell y Yunier Riquenes.

La joven luz: entrada de emergencias. Selección de poetas en Holguín, reciente audiolibro compilado por Norge Luis Labrada y realizado por Héctor Ochoa, se presentará también como una de las novedades editoriales de La Luz dedicadas a la lírica. “Así los usuarios e internautas podrán disfrutar las jóvenes voces poéticas de Erian Peña Pupo, Alejandro Batista, Reynaldo Zaldívar, Ana García y José Luis Laguarda”, añadió.

De esta manera, La Luz recuerda la obra y la impronta en las recientes promociones de escritores de Eliseo Diego, Premio Nacional de Literatura en 1986, y quien sobresale en la literatura cubana por la lírica de su obra, donde descolló con una poética siempre entintada de relatos oníricos que se entremezclan con la realidad, y tratando temas como la trascendencia a pesar de la muerte o la soledad.

A Eliseo se le deben también traducciones y versiones de las más importantes figuras de la lírica y la literatura infantil en el mundo; y entre sus textos más conocidos se encuentran En la calzada de Jesús del Monte, Por los extraños pueblos, Libro de quizás y de quién sabe y Poemas al margen.


Eliseo Diego en la inmensidad de las pequeñas cosas

Este año celebramos el centenario de Eliseo Diego, uno los autores más importantes del corpus literario cubano y, añaden los investigadores, entre los grandes poetas en lengua española.

Eliseo, quien nació en La Habana el 2 de julio de 1920 y falleció en México, el 1 de marzo de 1994, supo calar profusamente lo que Cintio Vitier llamó “lo cubano en la poesía”, y como pocos, su obra ha ganado, según pasan los años, en vigencia y actualidad, al punto de influir en hornadas de jóvenes escritores que ven en el autor de Por los extraños pueblos, Inventario de asombros y El oscuro esplendor una de los altas cimas de la literatura cubana de todos los tiempos.

La obra de Eliseo Diego está influida, de una parte, por el mundo de su infancia, experimentado como paraíso perdido –ausencia que viene a sumarse para este escritor católico a aquella primera del Edén–, y de otra parte, a su temprana y total participación en el grupo Orígenes, esa familia que formaron en torno a la figura paterna, absoluta, de José Lezama Lima: Eliseo Diego y Cintio Vitier y sus respectivas esposas Bella y Fina García Marruz, Octavio Smith, Agustín Pi, el padre Ángel Gaztelu, Cleva Solís, Gastón Baquero, Lorenzo García Vega, los músicos Julián Orbón y José Ardevol, los pintores Roberto Diago, Mariano Rodríguez y René Portocarrero, el escultor Alfredo Lozano, y el mecenas y coeditor de la revista Orígenes, José (Pepe) Rodríguez Feo (revista en la que colaborara en sus inicios Virgilio Piñera).

Sus primeros libros fueron en prosa: En las oscuras manos del olvido (1942) y Divertimentos (1946). Este último destila su apasionada lectura a los cuentos de Perrault, Andersen, los hermanos Grimm, Dickens, Stevenson y Lewis Carroll, entre otros, libros que lo acompañaron asiduamente desde su niñez; y está integrado por pequeños textos de temas diversos que forman, según Vitier, “un encaje, postales de viejas playas mordidas de irrealidad, miniaturas de aire y terror”. Con estas narraciones de carácter alegórico o sobrenatural, Eliseo exorciza los miedos de la infancia, mientras hace volar la fantasía por los reinos de la magia y la ensoñación.

Sin embargo, se consideró, sobre todo, poeta: “Soy de oficio, poeta, es decir, un pobre diablo a quien no le queda más remedio que escribir en versos. Y lo hago, no por vanidad, ni por el deseo de brillar o qué se yo, sino por necesidad, porque no me queda más remedio que escribir estas cosas que se llaman poemas”, dijo en una ocasión. Después de Divertimentos, publicó en 1949, también por Ediciones Orígenes, su primer libro de poesía, En la Calzada de Jesús del Monte, texto decisivo de su trayectoria poética, que representó el deseo de Eliseo por acercarse, con sus propios y diría él, pobres medios, y desde una perspectiva estética muy diferente, a esa “rauda cetrería de metáforas” que, según el padre Gaztelu, era “Muerte de Narciso”, de Lezama Lima. Si Lezama en el primer verso de ese poema (“Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo”) se transportaba al mítico pasado de la estirpe humana, y abrió la “otra escena del orden simbólico”, Eliseo Diego, desde el primer verso de su libro (“En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo”) sacaba del anonimato a aquella vía habanera que le servía habitualmente de trampolín para saltar al paraíso perdido de la infancia y de la historia de sus antepasados, situándose en un no-tiempo compuesto de un pretérito donde predomina la añoranza y la memoria.

El “Primer discurso” de este poemario –escribe Lezama– “era un precioso y sorprendente regalo, suficiente para llenar la tarde con aquella palabra que nacía para uno de los más opulentamente sobrios destinos poéticos que hemos tenido. Fue más que suficiente para que todos nos diéramos cuenta del verbo que nacía y que se imponía por la necesidad de su escritura. (…) Desde los primeros versos ese más bien enorme, le daba una peculiar dimensión a la Calzada que la inundaba totalmente con las luces de un nacimiento”. Y más adelante añade Lezama Lima en las notas que sobre Eliseo incluyera en la antología Una fiesta innombrable: “Hoy la generación de Orígenes y la poesía cubana muestran como uno de sus esplendores En la Calzada de Jesús del Monte y a su autor como una de sus más logradas cimas poéticas”.

Mario Benedetti escribiría tiempo después que “En la Calzada… es un libro fundamental, ejemplar en más de un sentido, y considero que, en la irradiación a las más jóvenes promociones cubanas, su lección de autenticidad es verdaderamente inapreciable”. Mientras María Zambrano celebrara su poesía, que permite “prestar el alma, la propia y única alma, a las cosas para que en ellas se mantengan en un claro orden, para que encuentren la anchura del espacio y el tiempo, todo el tiempo que necesitan para ser y que en la vida no se les concede”.

Además de los mencionados, Eliseo Diego publicó otros textos, como Muestrario del Mundo o Libro de las Maravillas de Boloña, A través de mi espejo, Soñar despierto, Cuatro de Oros, Poemas al margen, En otro reino frágil, Noticias de la Quimera, y Libro de quizás y de quién sabe.

Su labor intelectual lo llevó, además, por varios caminos: el ensayo, la pedagogía y las traducciones. En Conversación con los difuntos, reeditado por Ediciones Holguín, en 2016, Eliseo reunió sus diálogos poéticos con varios de sus amigos muertos, mediante la traducción literaria; esos que le hablaban desde las páginas de un libro, a través de la poesía. Así tradujo la obra 12 poetas de habla inglesa que, en varios momentos de su vida, conversaron y acompañaron, como tutelares resguardos, su existir cotidiano: Andrew Marvell, Thomas Gray, Joseph Blanco White, Robert Browning, Coventry Patmore, Ernest Dowson, Rudyard Kipling, G. K. Chesterton, Walter de la Mare, Edna St. Vincent Millay, William Butler Yeats y Langston Hughes.

En las últimas décadas de su vida, Eliseo recibió numerosos reconocimientos y vio su poesía publicada y reeditada: viajó a varios países, donde participó en encuentros y festivales, impartió conferencias, recibió reconocimientos y vio publicada su obra, como la Unión Soviética, Hungría, Suecia, Bulgaria, Nicaragua, Estados Unidos, España, México, Perú, Inglaterra, Colombia, entre otros.

En Moscú le otorgan el Premio Máximo Gorki por sus versiones al español de poemas de grandes escritores rusos; devela una tarja dedicada a Heredia en las Cataratas del Niágara, Canadá; la Casa de las Américas edita un disco, en su colección Palabra de esta América, con 20 poemas leídos en su voz; recibe la Orden Félix Varela de Primer Grado que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba; obtiene varias veces el Premio de la Crítica; en Bogotá, recibe el Doctorado Honoris Causa de la Universidad del Valle en Cali, la Distinción Gaspar Melchor de Jovellanos que otorga la Federación de Asociaciones Asturianas de Cuba, y el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, otorgado con fallo unánime por diferentes instituciones económicas y culturales mexicanas, y que anteriormente recibieron Nicanor Parra y Juan José Arreola. En 1986 recibió el Premio Nacional de Literatura, junto a José Soler Puig y José Antonio Portuondo. Falleció a consecuencia de un infarto del miocardio vinculado a un edema pulmonar agudo. Al conocer la noticia, Octavio Paz dijo: “Solo faltaba la muerte a Eliseo Diego para convertirse en leyenda de la Literatura Latinoamericana”. Fue enterrado en el Cementerio de Colón, en su Habana natal, muy cerca de la tumba de su amigo Lezama Lima.

Eliseo Diego, “uno de los más grandes poetas de la lengua castellana”, nos recuerda Gabriel García Márquez, trasmitió en las formas breves –esos diminutos “fuegos vagabundos”, dijo Octavio Paz– la inexorable fugacidad de la vida y el carácter fragmentario de la memoria: la infancia, los antepasados, la ciudad y la familia, pero también el olvido, la pérdida, la muerte y su silencio final, que constituyen motores fundamentales de su escritura. Él insistió, como un padre prudente y sabio, que la poesía acompañara nuestros días. Dejémosle entrar entonces, conversemos con el necesario amigo Eliseo, bajo la luz eterna de la poesía y la mirada del poeta, con la seguridad de que “un poema no es más/que una conversación en la penumbra/ del horno viejo, cuando ya/ todos se han ido, y cruje/ afuera el hondo bosque; un poema/ no es más que unas palabras/ que uno ha querido, y cambian/ de sitio con el tiempo, y ya/ no son más que una mancha, una/ esperanza indecible;/ un poema no es más/ que la felicidad, que una conversación/ en la penumbra, que todo/ cuanto se ha ido, y ya/ es silencio”.


La Luz y el sorprendente caso del mimeógrafo andante

Un binomio creativo destella en Ediciones La Luz. Su juventud habla de inexperiencia, pero también de renovación y búsqueda de otredad, tal vez esa es la clave de su éxito.

Ahora ellos marcan un momento distinto, son un haz diferente. Robert Ráez y Gerardo Perdomo, diseñador y realizador audiovisual, respectivamente. Ambos son estudiantes, el primero de Periodismo, el segundo de Medios Audiovisuales, en la filial holguinera de la Universidad de las Artes. Mas, los acompaña un deseo de hacer por encima de conveniencias prácticas, de tecnología disponible, (que bien vendría para sus proyectos siempre ambiciosos) y de objeciones como el tiempo.

Los resultados están al alcance de los sentidos. Ya lo evidenciaba el Premio de la Ciudad de Holguín en Comunicación Promocional, otorgado a principios de 2020 por la campaña de promoción del libro y la lectura de la Editorial, que contó con el diseño de Ráez y el trabajo de realización de spots televisivos de Perdomo. Estos muchachos estaban haciendo algo distinto.

Entonces llegó el Premio Celestino de Cuento.

Pocas editoriales en Cuba trabajan tanto en la promoción de sus libros, campañas, colecciones, autores, propuestas transmedia que abarcan desde el audiolibro, a los podcasts, videopoemas, lecturas online, documentales, postales, carteles, papelería…, un despliegue amplísimo de acciones comunicativas sustentadas en un interesante trabajo de diseño.

Y el Celestino condensó eso y más, estremeció las redes, se extendió en diversas plataformas con lenguajes afines a ellas y buscó el diálogo con los lectores, con el público, la crítica, la prensa.

Con imágenes pregnantes, irreverentes composiciones en los dossiers publicados, escritos y diseñados desde, en y por La Luz, junto a su equipo creativo y colaboradores, navegó el evento.

La edición 21 definitivamente marcó un parteaguas en el trabajo de la editorial que, forzada por la pandemia a la virtualidad exclusiva, tomó un contra, lo volvió un pro, y lo multiplicó exponencialmente como ventaja y trampolín para mostrar de qué manera se promueve la literatura, cómo se gestiona en las redes un evento de esta naturaleza, cómo se hace muchísimo con más ingenio que tecnología porque La Luz se mueve en bits.

Trabajando de día y de madrugada, pizza, café y cigarro como combustible, todos en La Luz se abocaron al trabajo, pero Ráez y Perdomo concretaban desde sus computadoras lo que era el sueño.

Primero que el robot, bautizado como Ro-Bob, caminase en pantalla, luego que los narradores se sintieran cómodos frente a la cámara, que cada producto generado fuera armónico, coherente y tuviese una comunicación directa con el resto, aunque no fuesen de la misma naturaleza. Y entregar un dossier diario, variado y auténtico, durante cinco jornadas, fueron desafíos más grandes que ahorrar los datos móviles o subir un video de seis minutos en la zona wifi.

En enero ya Robert había soñado el cartel, me cuenta que tomó una imagen del mimeógrafo que adorna el área de fumar de la editorial para la cabeza del robot, “la estética del mismo”, me explica, “es un tanto pulp como en esas revistas norteamericanas de los 50, y el color amarillo mostaza es uno con el que “he estado experimentando hace un tiempo en la editorial en cubiertas de libros, igual que la tipografía que he usado en otros proyectos personales.

“En las cubiertas de La Luz hay un paradigma que me gusta respetar, pero en el Celestino no es así y da mucha libertad para experimentar y ser más creativo a la hora del diseño.

“Por eso este es el trabajo que más me ha gustado hacer, en el que más libertades he tenido a la hora de crear y por supuesto, que fue bastante placentero, no tanto las postales, que son más esquemáticas, sino el dossier, al poder trabajar con gran independencia usando el código visual que hemos creado este año.

“Me ha gustado mucho este Celestino.”

Se le nota la euforia de la que nacen las cosas trascendentes cuando habla del proceso en el que lo acompañó Gerardo, quien me revela que “la creación del spot realmente no fue muy complicada ya que las imágenes estaban dadas por los diseños de la gráfica del evento; la animación y la ambientación sonora está basada en la estética de los juegos indie y el cine de ciencia ficción, respetando siempre el diseño de la campaña.

“En cuanto a grabar a los escritores leyendo sus cuentos ha sido un trabajo que ha demandado creatividad técnica, pues no contamos con los medios necesarios para trabajar y hemos tratado de lograr la máxima calidad con lo que tenemos: teléfonos móviles y una cámara gama baja que no son lo mejor para un entorno de iluminación cambiante y de mucho ruido.

“Cada escritor, dada su personalidad, tiene formas diferentes de proyectarse, paro fue fácil pues se mostraron entusiastas con que su trabajo se mostrara de forma audiovisual.”

El trabajo colectivo realzó la obra de estos muchachos cuyo potencial, como iceberg, tiene aún mucho bajo las aguas para mostrar. Ro-Bob anduvo gracias a su ingenio, el Celestino fue mejor por ellos y porque a la Luz se lee y se trabaja mejor.


La cárcel de Daniel

Cada libro puede leerse de infinitas maneras, como bien dijo alguien a quien ya aburre mencionar. Y si cada libro puede, ¿por qué tiene que ser la excepción Ariza (2014), del escritor cienfueguero Alexis García Somodevilla?

No lo es, de hecho: Ariza puede leerse como un libro de cuentos, un puñado de cuentos que conforman una novela, poemas que parecen cuentos o cuentos que parecen poemas… Da lo mismo porque al final hay casos donde la clasificación —lejos de facilitar– termina por entorpecer el análisis o el disfrute de la obra. Y este es, sin duda, uno de ellos.

¿De qué trata Ariza? Bueno, para los cienfuegueros es obvio, aunque no lo sea tanto para el resto de la humanidad: de la Prisión Provincial, que se ubica en el poblado homónimo del municipio Rodas. Es una historia sobre una cárcel que no se parece en nada a la cárcel europea de las novelas románticas o realistas de los siglos XIX y XX, ni a las cárceles hollywoodenses que tanto vemos en películas o en series de Netflix.

Somodevilla tiene el acierto de pintar la cárcel tal cual es, aunque eso pueda provocar —y provoque— desilusiones en quienes busquen en el libro escenas explícitas de motines y mafias y jabones que ruedan maliciosamente y túneles con cucharitas y francotiradores. O busquen, por otro lado, una trama a la manera de El sepulcro de los vivos, de Dostoievski, o de Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

Miguel Cañellas (a la izquierda) y Alexis García Somodevilla (a la derecha) en la presentación de Ariza en la Feria del Libro de 2017. (Foto tomada del sitio web del semanario 5 de Septiembre.)

Así lo explica el narrador:

La cárcel que le tocó a Daniel no era la cárcel del cine, la de la literatura, la de los medios. Eso sí, era un sitio de maldad, pero sin estridencias. No había tantos muertos por reyertas, ni tantas violaciones, ni siquiera robos (como cualquiera hubiera creído). Las causas de los problemas se resumían en tres: el juego, las pastillas, y la mandancia.

En ese sentido, en el de no complacer las necesidades —inducidas— de un determinado tipo de lector, Somodevilla demuestra valentía y honestidad.  

También hay que decir que el autor mantiene en el libro el mismo estilo áspero y económico por el que siempre se le ha identificado. A veces, puro diálogo; a veces, un capítulo muy breve de transición; a veces, el narrador cuenta lo que ocurre sin detenerse demasiado en descripciones ni en introspecciones psicológicas ni monólogos interiores. El autor mantiene, además, a Daniel, personaje principal que ya había aparecido en El desollinador (2000) y en Senderos virtuales (2002), sus dos primeros libros de cuentos.

Los diálogos están excelentemente trabajados en Ariza, además de la elipsis y el ritmo. Supongo que por estas razones, y algunas más, el jurado le haya otorgado al texto el Premio Fundación de Fernandina de Jagua en 2014.

Aparentemente, el libro de Somodevilla es una extrañeza en el panorama literario actual. Sin embargo, hay algunos elementos que acercan a Ariza a las novelas que se están escribiendo en la Isla tanto por novísimos como por “viejísimos”. Uno de ellos es el hecho de que el personaje principal ejerza el solitario oficio de la escritura. Las preocupaciones de Daniel en lo que a ese ámbito respecta —dígase la crítica explícita e implícita a las generaciones anteriores, y la manera despectiva en que habla de las instituciones culturales (además del certero aguijonazo al tema de la censura por cuestiones extraliterarias)— recuerdan las palabras de Jorge Fornet en su ensayo Elogio de la Incertidumbre. Cuba novelada en el siglo XXI:

Un inventario de novelas (actuales) que incluyen escritores en sus historias daría para un catálogo casi tan extenso como el de las novelas publicadas (…). Lo paradójico es que la insistencia en el uso de tales personajes está asociada por lo general a la dificultad e incluso a la imposibilidad de narrar (…), de ahí que abunden en las historias, por ejemplo, los desencuentros con otros escritores y con críticos, las rencillas literarias y las traiciones.

Sin embargo, en Ariza el personaje-escritor es un pretexto para contar la cárcel, un medio y no un fin en sí mismo. Por tanto, aunque no escape a este encasillamiento de la literatura cubana actual, de alguna manera sí logra escaparse, precisa y contradictoriamente, por causa de una prisión: lo que en verdad importa es el entorno y no el testigo de ese entorno. Y eso está muy bien logrado en Ariza. Igual que esos momentos “absurdos”, que son como escopetazos repentinos a la ingenuidad de quien espera algo, y encuentra lo diferente. Porque al fin y al cabo esa es la especialidad del autor cienfueguero: traicionar expectativas.

En una conversación que sostuve hace dos años con Alexis García Somodevilla me dijo que le daba exactamente igual lo que la gente opinara sobre el texto, porque él había contado la prisión como entendió que debía contarla. Me confesó algunos guiños, aunque claro que yo había adivinado los más obvios. Me dijo que la literatura es “jodedera”, y me habló de “la punta del iceberg”, técnica narrativa que prefiere por sobre otras.

Recuerdo aquella conversación mientras intento escribir una reseña sobre Ariza, un libro preciso, certero, y profundamente humano.


No apto para mayores: Lecturas de una intrusa

Un niño descalzo se lanza al ataque. Porta una espada de palo, el palo del vampiro. Una cazuela protege su cabeza en el combate. Lo acompaña una legión de hormigas con armamentos. Qué nombre le pondré al protagonista de estas historias. Busco entre mis vecinas a Sary. ¿En cuántas familias descubro a su amigo Ariel?

“La guerra en secreto comenzó el día que le dije a mamá: esto es conversación de Menores.” Y con esta declaración bélica se hace a la luz de la literatura cubana un libro que muestra sombras del universo infanto-juvenil y las familias. Es un volumen donde asoma la crudeza, el dolor, ese que por mucho tiempo se excluyó de las narrativas pensadas para las edades tempranas.

De la autoría de Yunier Riquenes, llega en 2018 este libro a la tutela de la Editorial Oriente. El título tuvo su primera luz por Ediciones Caserón. La presente, cuenta con la edición de Zaylen Clavería, el diseño de cubierta corre a cargo de Naskicet Domínguez, mientras que Amels Rodríguez se ocupa de las ilustraciones. La guerra comprende 16 combates, o más bien 15, y una rendición de las armas con tratado de paz.

¿Cuántos padres no sienten que la corporalidad de sus hijos cual esclavitud les pertenece, que es zona geográfica de sus acciones para lo que entiendan? Aun sin “malas intenciones” la maternidad-paternidad suele construirse desde una relación de poder-subalternidad y no siempre de respeto e igualdad como individuos. Por eso creo que sin pecar en generalizaciones, la letra de Riquenes ahonda en realidades “legítimamente invisibles”.

Yunier, al igual que otros escritores de literatura para niños y jóvenes de su generación, introducen temáticas antes vetadas, temas como la violencia, la muerte, prejuicios de disimiles índoles, la fe religiosa y otros, aparecen con toda intención en sus narraciones.

Los relatos coinciden en la visualización de las relaciones de poder, subalternidad o antagonismo con que de modo tradicional se han entendido en muchas familias las relaciones entre padres e hijos. En algunos momentos se abordan también el modo en que los conflictos de pareja repercuten en el estado emocional de los niños. Las narraciones explicitan actos de violencia que en el seno de la sociedad casi siempre son entendidas como algo normal:

El inicio de la guerra

  • “A veces me pregunto por qué Los Menores no podemos tomar nuestras propias decisiones, por qué no podemos escoger la ropa que queremos usar, por qué siempre, si mamá o papá sacan un short, y uno reclama, ellos dicen: dale, ponte ese; no comprenden que a uno le interesa andar con pantalón para verse más grande. Pero no entienden, si no te lo pones te dan un golpe”.

Los Adversarios

  • “Si uno los enfrenta en la cocina te pueden amenazar con cucharas, vasos, espumaderas, sartenes, o cualquier otro utensilio”.

Predominan las narraciones breves, cuyo dinamismo en ciertos pasajes ilustran escenas violentas y remedan como en el cartel de apertura,  n ring de boxeo: “Halaban por la derecha, por la izquierda. Derecha, izquierda. Derecha, izquierda, hasta que pegué un grito”.  

Y también estos pasajes hurgan en el universo y la psicología de los infantes y en las carencias y desatenciones emocionales que sobrevienen a las rupturas familiares:

Los Adversarios

  • “Cambian de ciudades y se lo llevan todo. O lo dejan todo a tu nombre. Ordenan y hay que recoger, apurarse para ir a donde vayan, en el corto tiempo que tienen”.

Esta página describe cómo todo niño tiene días en que finge algún malestar para quedarse en casa. Ante la presunta afección recibe mayores atenciones y mimos de los adultos. Nos invita de manera implícita a reflexionar si realmente se necesitan situaciones como éstas para dedicarle tiempo y afectos a los hijos.

Hay momentos  en que esta narrativa pareciera recrear escenas de extrema violencia:

  • “Si descubren que mientes, vuelven a ser los de antes y te mandan a la escuela después de una tanda de golpes”.

¿A ustedes les parece crudo? Sí lo es, tanto como la verosimilitud de los conflictos al interior de algunos hogares que hoy se definen como “disfuncionales”. No valen generalizaciones por supuesto, pero todos escuchamos historias como éstas nacidas de la cotidianidad, o peor, hemos sido testigos en nuestros entornos y hasta quizás alguien encuentre algún referente familiar. En los códigos del sistema cultural y hábitos de interacción familiar-popular del área cubano-caribeña, la violencia se asimila en múltiples ocasiones como una conducta normal. Muchas familias no reparan en ello, ni siquiera tienen conciencia de la dimensión de sus actos.

Un par de chancletas –las de la contracubierta– definen la ilustración de este relato. El signo es el más ilustrativo en la comunicación que define este tipo de interacciones familiares. Padres-hijos-chancletas es una tríada muy ilustrativa dentro de la simbología familiar cubano-caribeña, nos guste o no, antes más, quizás menos ahora. Chancletas, cintos y otros accesorios son íconos de la violencia física y psicológica por estos contextos, y solo en tiempos recientes desmontados de su altar gracias por ejemplo a campañas de bien público lideradas por los medios de información.

Las historias acontecen en un escenario rural donde emergen además el tema del amor del niño hacia el entorno, el paisaje natural y los animales. El infante a menudo se arma para su campaña belicista con símbolos de amor y paz, otras veces es preso de las contradicciones propias de la edad:

 Formación y Ataque

  • “Enseguida formé el ejército. No contaba con tanques de guerra, soldados de plomo ni robots de última tecnología; confiaba en el río, la paloma y las ovejas. Formé el ejército sin lema, himno ni bandera.”

La voz que nos conduce en estas narraciones pretende salvar a las ovejas del palo del vampiro, quiere evitarles el sacrificio y traza junto a éstas una estrategia que adopta códigos de la fábula. El desenlace del relato es optimista. Concluye con un excelente toque de humor muy apropiado al entorno campesino:

  • (La madre del niño): -Menos mal que comió, Sary. Ya me estaba preocupando este muchacho. Mírame aquí –señaló la cabeza–. Sentí que algo me cayó al salir del río.
  • -Es mierda de pájaro, dicen que eso es buena suerte.
  • -¡Por ahora no! –ripostó enojada, oliéndose el dedo-. ¡Es mierda!
  • (…)
  • Sonreí, desde otro flanco el ataque había continuado sin instrucciones previas.

En Cómo vuelven a nacer las ovejas el conflicto reitera la preocupación y el sufrimiento del niño ante el sacrificio de las ovejas en el instrumento El palo del vampiro. Tal proceso de la faena campesina se describe al detalle. El personaje del padre se representa como un hombre rudo que asume las faenas y el sacrificio de los animales como un hecho natural, lo cual recibe el cuestionamiento del hijo.

A partir de este motivo central se deslindan otros subtemas como una insinuación de soslayo a los primeros afloramientos eróticos; otros, como las afectaciones medioambientales, y de modo relevante hasta la última oración del compendio, se introduce el subtema de la fe religiosa. El protagonista le cuestiona a Ariel, compañero de mesa y amigo sobre lo verídico de la existencia de “Él”, “ese Señor” o “Dios”.

Hay ciertos tonos jocosos en el abordaje del tema al cuestionamiento de la fe que no le restan trascendencia y respeto, pues desde la voz de la infancia resultan permisibles y hasta simpáticos:

  • “Sus padres hablan mucho de Él:
  • Compraron un televisor: GRACIAS A DIOS
  • Alcanzaron mangos en el mercado: GRACIAS A DIOS
  • Llegaron temprano: GRACIAS A DIOS
  • Pero si llegan tarde, o no consiguen nada: DIOS SABRÁ POR QUÉ, GRACIAS, DIOS MÍO.”

Más adelante en otros relatos se formulan preguntas como qué es la Biblia o si ¿Dios es escritor?

La problemática medioambiental, los desastres, el cambio climático y sus consecuencias afloran en El tren de agua y en La paloma sube y baja del cielo. En el primero, las aguas dulces adquieren protagonismo por sus significados en el escenario campestre y en los nexos afectivos del niño, a quien preocupa cómo su ausencia afecta las costumbres de las personas en ese entorno.

En este relato los personajes de los padres aparecen representados con mayor benevolencia. La narración remite a una retrospectiva, cuando los padres no eran padres, y solo eran jóvenes que se enamoraban:

  • “Me contó que nací gracias a esa poza, a la pasión que mamá y papá desbordaron. Entonces eran unos muchachos y no pensaban tanto como Mayores. Mamá con el pelo largo y la risa tierna, y papá luciendo los mejores saltos en el trampolín”.

En el segundo ejemplo, los desastres medioambientales tienen lugar desde la metáfora del vuelo de una paloma por diversas zonas del planeta en destrucción.

En la significación popular la hoja de la yagruma, por sus diferentes tonalidades a cada lado, es referente de comparación con la hipocresía humana. Así en La tercera cara de la hoja de la yagruma, el protagónico compara las relaciones de Los Mayores con dicha hoja:

  • “Si Sary llega a la casa, Los Mayores piensan de blanco; si mamá habla con papá, hablan de verde. Si Sary habla con mamá, parecen las mejores amigas; si hablan mamá y papá, Sary es una gorda desvergonzada y mentirosa.”

Aparecen otras cuestiones con base en la identidad y las creencias populares del tipo: “Y dicen Los Mayores que cuando una paloma canta, se va a morir un viejo”.

El Ladrón de Agua es un hermoso relato que habla de cómo la escasez, la mentira y la hipocresía destruyen la amistad entre los adultos. Tiene momentos donde se percibe un excelente sentido del humor.

Faltas de Ortografía aborda la importancia de la buena ortografía y el valor de la amistad, pues es Ariel, su compañero de mesa, quien le exhorta y brinda herramientas para mejorar este aspecto. Este cuento trata el modo en que seres de diferentes credos pueden sostener una amistad, pues es Ariel hijo de una familia cristiana, no así en el caso de los protagonistas.

“Le pregunté a mamá y a papá qué cosa era el amor, si uno lo descubría por los olores”. En ¿Qué puede ser el amor? Aparecen discordias capaces de separar todos los afectos posibles. La celebración del cumpleaños de Diana, la perra de la vecina Sary, se torna metáfora pretexto para abordar el asunto de exclusiones por motivos de razas o posicionamientos sociales. Pero esta historia de amor, a la complicidad de varios personajes, tuvo un desenlace feliz:

  • “Cuando Sary pegó el grito, era tarde: por primera vez Lobito amaba a una perra, aunque no fuera de su clase.”

“A veces creo que Los Mayores no saben del amor, si supieran no sucederían esas cosas.” Se cuestiona el personaje en La batalla naval de las hormigas, mientras indaga en las manifestaciones de los conflictos conyugales de sus padres y el modo en que le afectan. Se describen algunos signos de violencia en la comunicación de la pareja. Ri, como el protagonista nombra cariñosamente al río, es el refugio cada vez que tiene alguna tristeza en casa. Compara a las personas con las hormigas y admira el modo en que estas forman su propio ejército y enfrentan unidas la adversidad. “A veces el ejército de las hormigas es invencible”.

No Apto para Menores expone las incomprensiones generacionales como lo que se considera adecuado o no en la televisión para la recepción de los infantes. Se reiteran temas como la fe cristiana, las destrucciones causadas por las guerras y los problemas medioambientales. Como el niño de estas tramas es de pensamiento inquieto se pregunta si realmente existen diferencias entre algunas manifestaciones sentimentales-eróticas (besos) entre las aventuras y las novelas. Se menciona el tópico de las manifestaciones de afectos eróticos en las primeras edades y sus “travesuras” para manifestarlas.

Me conmociona la lectura de El Club de la Pelea. Tras la conclusión de un acto de agresión extrema entre colegas de aula concluye el relato:

  • “La maestra habló de los colombófilos, los hombres que cuidan palomas; algunos, cuando andaban por pueblos lejanos, enviaban mensajes con ellas; otros las echaban a competir contra el tiempo y sobrevolaban campos y ciudades sin saberlo. Pero las palomas no debían ser nunca una razón para la pelea entre los hombres, y mucho menos para la muerte. De eso yo estaba convencido.”

Qué actitud asumimos los adultos cuando los niños se pelean. Si les da vergüenza no lo digan. Una cosa es lo que se admite en público y otra la que se adopta cuando es el niño de casa el que forma parte del conflicto. Genera contradicciones:

  • -“Si te haló el pelo o te cogió la goma no me des las quejas, pártele la cabeza, tírale la silla; no dejes que te cojan la baja.”

Los códigos y manifestaciones de violencia del mundo adulto se trasmiten a las siguientes generaciones, de modo que se perpetúan en la sociedad.

  • En Por dónde se pierden los aviones se plantea  “Si había un buen lugar para castigar a Los Mayores era adonde iban los aviones. (…) Pero nos quedaríamos sin padres, maestros, tíos, médicos, payasos, panaderos, y unas cuantas personas más”.

Infecciones invita a la reflexión en torno al amor a los animales e introduce el tópico de la ingratitud de algunas personas hacia estos. Aborda lo relacionado con el abuso animal. 

Cuando ya al fin se declara el cese al fuego podemos llamarle Gaby al pequeño que nos condujo estas páginas por esta guerra secreta. Es su cumpleaños y aunque cada lector pueda calcularle un año de más o dos de menos, celebra junto a sus padres, vecina y amigo que ya está creciendo. Las armas han sido depuestas en La debilidad de los adversarios, capítulo de conciliación. Los personajes aparecen en una dimensión de mayor equilibrio y matices en sus caracterizaciones. Se difuminan los extremos con que antes el niño había juzgado a sus padres, pues como reconoce “Nunca pude hacer un enfrentamiento real contra Los Mayores”. El aroma de la comida de mamá resulta irresistible. Gaby quería pedir perdón a sus padres por declararles la guerra aunque fuera secreta. El festejo del cumpleaños fue motivo de esperanza. 

Hay reconciliación también en la naturaleza:

  • “…No había ni una nube gris, pero se desprendió tremendo aguacero, como si Dios se hubiera puesto a hacerle cosquillas al cielo para que riera a carcajadas.
  • Ariel y yo nos fuimos a escuchar el arrullo de la paloma que había puesto los huevos en la yagruma, a mirar como Ri engordaba y gritaba, con el pecho abierto: voy a llegar, voy a llegar de nuevo al mar.”

Giselle Lucía Navarro: «La palabra es una piedra que rebota dentro de mi cabeza»

Ella es una buena sinker. Agarrarla te da la sensación de tres costuras: bella, sencilla, educada. A partir de esos elementos cualquiera se iría con esa bola, como diríamos en buen cubano. O sea, creería que sus logros en tan corta carrera literaria podrían ser asunto oscuro y no profesional. Entendible si se tiene en cuenta que la predisposición podría surgir desde el amiguismo que nos desborda, los favores que algunos están siempre dispuestos a hacer a cualquier sinker que acude a los eventos, reuniones, editoriales, o viajecitos a provincia.

Perdonable también cuando muchos no son capaces de conservar en la memoria muchísimas obras de nuestros más destacados jóvenes escritores en los últimos años. Alzheimer del que escasísimos lectores escapan. Giselle Lucía es su nombre, Navarro el primer apellido y basta por ahora. Aquí no mancillaremos el talento de un artista citando los premios obtenidos, para más información: Google. Aquí, echaremos un vistazo a esta nueva creadora que nos aborda la nave deprimida. Nos llega con lenguaje directo, profundo, sin demasiados adornos para tapar el vacío como suelen hacer algunos seudointelectuales y no tan seudos, para obtener un ratito bajo la luz mortecina de una vieja farola.

Giselle Lucía es el “viento fresco luego de un verano tan largo”, como diría el trovador, es la voz que puede conectar con esos lectores dispersos, ausentes en muchos casos de nuestros más recientes artistas por el bodrio abanderado y el discurso no sincero, sino más bien oportunista y anhelante del concurso que sume una fotito en Facebook, un adulador, un rápido paso al olvido.     

¿Qué motivos o hechos determinaron el comienzo de tu carrera literaria?

Mi vida iba a estar vinculada a las letras, eso era algo inevitable. La mujer que vive dentro de mí no entiende el mundo sin la poesía. Para mí, más que un poema, es una forma de apreciar la vida, una especie de sensibilidad. La palabra es una piedra que rebota dentro de mi cabeza, no puedo evitarlo. Debo escupirla en el papel porque de lo contrario puede asfixiarme. Esa necesidad me hizo escribir.

De niña pasaba mucho tiempo en casa, escribía e ilustraba, encuadernaba mis esbozos en forma de folletos, con mucho cuidado. Nunca imaginé estudiar diseño, ahora los miro y me critico, sonrío. Durante mi infancia y adolescencia estudié danza y, entre ensayos, entrenamientos y los deberes de la escuela, no tenía tiempo para nada más. Cuando decidí que no me dedicaría a bailar sentí un gran vacío. Ahí llegó la literatura y lo inundó todo. Un día, por azar, abrí la revista Muchacha y leí un artículo sobre un taller literario, averigüé la dirección y fui. Así comencé en el grupo Silvestre de Balboa que dirigía Rafael Orta Amaro. El tiempo pasó y hoy soy quien conduce el taller. Las tertulias, los concursos, recitales, antologías y las horas de poco sueño escribiendo sin parar, todo vino tan rápido que creo que siempre estuvo ahí. La vida escribe recto sobre líneas torcidas, pero invariablemente con firmeza.

Háblame de Rafael Orta.

Las palabras no alcanzan para nombrarlo. Todo árbol crece porque alguien supo cuidar bien de la semilla. Es cierto que escribo desde niña, que gracias a mi abuela los libros se volvieron terrenos fértiles para mi curiosidad. Podríamos decir que algún tipo de talento para la palabra traje al nacer, pero lo cierto es que el día en que hablé por primera vez con este hombre y me dijo “adelante”, invitando a pasar a su taller literario, y luego, con el tiempo, repitió “confío en ti”, fue que nació la escritora.

A este hombre le debo haber forjado mi voluntad, mi confianza, mi oficio por las letras. Siempre que estoy delante de mis alumnos y comienza una clase me acuerdo de él. Llevo siete años sentada en su silla, en la misma mesa donde me sentaba de alumna. Es una mezcla de nostalgia y certeza. Creo que le he cumplido. Los maestros enseñan también al partir, porque de algún modo nunca se van.

Hay poetas que intentan decir algo en cada obra, otros, que el lector asuma el significado que más le convenga o sea capaz de entender. ¿En cuál de las dos situaciones te sientes más cómoda?

Escribo para el ser humano, apunto a su corazón. Deseo que mis poemas lleguen a su corazón y no solo a su cabeza. Los poemas que llegan a tu corazón son los que te cambian la vida. Para mí la poesía no es un entretenimiento, es algo muy serio, como una misión. Cada cual la asume a su forma. Esta es la forma en la que yo la percibo, por ello no voy disfrazar la palabra, ni inventarme un lenguaje rebuscado, ni llenar mis poemas de referencias de obras y autores solo para denotar mis horas de lectura o mi acervo cultural. Elijo la sencillez. La sinceridad y la pureza de las cosas, eso es lo que quiero transmitirles.

Federico García Lorca escribió: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio.” Si tuvieras que definirla, cuál sería tu expresión antológica.

Para mí la poesía es una necesidad espiritual, un contrapeso que me permite mantener el equilibrio entre las bellezas y crudezas de la vida.

Ganas el David 2019 en poesía. Obtienes el diploma, el cheque, las felicitaciones, abrazos. La promesa de un libro en la próxima feria. Los aduladores de un lado, los amigos del otro; los que buscan lo extraliterario, los que le vale un centavo el premio y sus arrabales. Llegas a casa, al fin sola, acostada; la noche es pura más allá de la ventana, ¿qué pensamientos te abordaron?

En lo único que pienso cuando recibo un premio y regreso a casa es en el próximo libro que escribiré, mi próximo proyecto, sea de literatura o diseño, un videoarte, una colaboración. Más que nada me provoca creatividad. El premio que recibes por una obra te da solo la gratificación de que esta culminó bien. Sientes una gran felicidad, no puedo negarlo, pero es solo eso. En realidad, el cuadro que cuelgas en la pared podría ser un sello de garantía de que tus horas sin dormir no fueron en vano. Para mí la garantía está siempre en los ojos y el corazón del lector.

No cazo los premios. Tampoco soporto que estos se conviertan en tus apellidos. Hay una diferencia entre el escritor y el libro. El libro es el vencedor. El escritor solo es el intermediario, aunque termine cargando las glorias y culpas merecidas e inmerecidas, aunque el libro haya brotado de él. Una obra premiada es siempre un punto cuestionable, y el libro puede convertirse en el epicentro de muchas polémicas, y eso es muy bueno, genera movimiento, te indica que hay un contexto vivo alrededor. A quién le gustaría sembrar flores en un terreno baldío. Las críticas son necesarias, ayudan a que las raíces del árbol, en este caso del libro, se asienten con más fuerza.

En cualquier caso, creo que un escritor debe disfrutar profundamente el proceso creativo y aprender que los premios son simplemente eso, trozos de papel colgados en la pared, quizás el recuerdo de un momento en el que fuiste muy feliz o la certeza de un sueño medianamente cumplido. El verdadero premio es tener la sensibilidad para crear un poema, por muy humilde que este sea. El escritor joven, también el adulto, no debe permitir que los premios o reconocimientos lleguen a tocar su ego. Allí donde el ego empieza a transformarse la creación comienza a padecer.

Cuéntame un poquito sobre el dolor de parto con Criogenia.

Este libro es una parte de mi cuerpo. Escribí Criogenia con 23 años. No puedo hablarte mucho del proceso creativo en sí porque realmente brotó tan velozmente que todavía estoy sorprendida.

Estaba terminando mi tesis en el Instituto Superior de Diseño. Recuerdo que ya no soportaba estar sin escribir, completamente dedicada a temas prácticos relacionados con mi investigación de pregrado. Fue un período difícil para mí. Fuertes experiencias, fuertes golpes habían sacudido anteriormente mi vida. Me sentía exactamente así: una mujer congelada, cuyo cerebro no podía detenerse. Ese es Criogenia. Un libro con forma de mujer y poemas con forma de órganos. Es importante en mi vida no por el Premio David, sino por todo lo que encierran los poemas, todo lo que me susurra. Criogenia fue un parto necesario, milagroso. Yo necesitaba nacer en ese parto. La mujer que llevaba dentro, por algún tiempo dormida, necesitaba despertar.

El autobombo tiene defensores y detractores. Hay quienes creen que responde a la falta de un eficiente sistema promocional, cómo lo ves, siendo una autora contemporánea ligada en gran medida a las redes sociales.

Las redes sociales son como una ventana permanentemente abierta a la que te puedes asomar en cualquier momento y gritar cualquier cosa. Siempre habrá personas que reaccionen positiva o negativamente a lo que publicas. Te confieso que llevo poco tiempo en las redes, hace más o menos año y medio de mi primera publicación en Facebook o Instagram. No publico imágenes de mi vida privada, utilizo las ventajas que tiene para publicitar espacios culturales en los que participo y compartir contenido de interés asociado a la escritura.

Es cierto que, en gran medida, cuando un artista publica su obra y habla de su trabajo pareciese que se está fomentando el narcisismo, dado que es un discurso en primera persona, el escritor es quien elige el contenido a publicar, y, por lo general, siempre se muestra con una cara agradable y perfecta, también es cierto que es así cómo funciona en el mundo del marketing y la publicidad. Creo que cada artista debe ser promotor de su propia obra, nadie mejor que él para darle el verdadero sentido que lleva y evitar que se distorsione con intereses de terceros.

El libro es un producto, con otras connotaciones simbólicas, pero como producto al fin está encaminado a insertarse en un determinado mercado, en llegar a un usuario, a un lector. Por lo general cuando hay un sistema de promoción este siempre va a mover los hilos para que el contenido responda a sus intereses. Cuando una empresa o institución publicita a un autor o un libro a veces la información se transforma. Cuando el artista es el que promueve su obra esta llega limpia al público y el propio acto de promoción podría convertirse en otra obra.

Un libro necesita publicidad. Los hábitos de la lectura y el “arte inteligente” también necesitan difusión, sobre todo en un contexto como el actual, donde el flujo de información es tan diverso y rápido, a veces agresivo. En momentos en los que los hábitos de lectura se adaptan constantemente a las nuevas plataformas, los artistas deben adueñarse también de esa circunstancia. Mientras los intelectuales sigan creyendo que tal cosa no es necesaria, estarán en desventaja. El mundo del siglo XXI es visual. Y hay que darle imagen a eso que queremos comunicar. La diferencia está en la forma en la que te acercas al lector.

El lector de estos tiempos quiere no solo leer el libro, sino conocer al autor, intercambiar con él, comunicarse con él. Y las redes te permiten establecer este intercambio, de una forma rápida, ofreciéndote la posibilidad de publicar texto, imagen, video, audios, de transmitir en vivo, desde un rincón del mundo hasta todas partes del planeta. También existen muchos puntos de vistas negativos, pero creo que debemos valernos de las herramientas que nos favorecen y explotarlas a nuestro favor, haciendo un buen uso de estas.

Por supuesto, el autor debe planificar cuidadosamente la publicidad que le dará a su libro y a su obra. Todo requiere de cierta mesura, aunque sea en redes sociales donde pareciese que cualquier cosa vale. Un comentario sin base o con prejuicio puede arruinar tu imagen ante los ojos de quien te lee, de una forma instantánea. También debe fomentarse el respeto hacia la obra ajena. Un escritor debe respetar la obra de otro escritor, aunque no le agrade. El respeto es algo necesario.

Las redes sociales constituyen una forma de sociedad virtual. Cuando entras en ellas solo debes ser tú mismo. Ser coherente con tu personalidad por cualquier medio por el que te comuniques.

Relajémonos: película, canción y libro favoritos.

Es difícil. Estas preguntas nunca me relajan, porque me cuesta decidirme por una u otra. Una película que me ha marcado muchísimo es “La vita é bella”, de Roberto Benigni, me gusta mucho el cine italiano, pienso en Fellini. También en las películas de Charles Chaplin.

En cuanto a la música, decir que es fundamental en mi vida. Amo el sonido tanto como la palabra y el color. Me conmueve profundamente la música de Mozart, Beethoven, Bach, el romanticismo, la ópera italiana, el impresionismo, el jazz, el flamenco, la música árabe y la música clásica indostaní.

Entre los autores que me han marcado podría mencionarte a Nazim Hikmet, John Robinson Jeffers, Franz Kafka, Walt Whitman, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Miguel Hernández, Mahmud Darwish, José Martí, Eliseo Diego, Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges, Juana Borrero, Rubén Martínez Villena, Jesús Orta Ruiz y Luis Rogelio Nogueras…, aunque hay muchos otros. Libros favoritos no tengo. Siempre estudio la obra en conjunto con la vida del autor. Es precisamente esa la combinación que me atrapa.

¿Qué libros tuyos encontraremos sobre el anaquel en un futuro cercano?

Próximamente verán a la luz algunos libros que espero con ansias. Hijos que necesitan salir del cascarón editorial. Es el caso del poemario El circo de los asombros, la novela ¿Qué nombre tiene tu casa? y Criogenia. Hay otros libros en la pista de vuelo, pero el proceso editorial lleva su tiempo y prefiero no hablar todavía de ellos para no malograr su nacimiento.

De tener una carrera larga y exitosa, qué epitafio te gustaría en la tumba.

Ninguno. Creo que no existen palabras para nombrar con exactitud la vida de una mujer. Tampoco creo que me acostumbre a la idea de descansar en un hueco. No me gustan las tumbas. El cuerpo es transformación y el espíritu es libertad. Ambos no pueden sujetarse a una fosa. Además, andaré durante mucho tiempo por este mundo. Es probable que antes desaparezca la idea de los epitafios. 

Contrapeso es un libro materializado, una realidad que nos invita a visitar tu desnudez, por otra parte, Criogenia es una promesa editorial con grandes posibilidades de estar en la próxima Feria Internacional del Libro, qué puntos diferenciales existen entre ambos textos.

Contrapeso es una selección de poemas, la unión de partes dispersas, podría ser la carta de presentación de una autora joven. En él hay textos de dos libros. Por otro lado, Criogenia es un libro completo, una unidad, mucho más extenso, donde cada poema está hilvanado cuidadosamente, y debe leerse en su totalidad para entender bien el sentido de la propuesta.

Selección poética de la escritora cubana Giselle Lucía Navarro

Agradezco inmensamente la disposición de Colección Sur por publicar una representación de la obra de las últimas tres autoras en ganar el Premio David. Este pequeño cuaderno, Contrapeso, que forma parte de la colección Narciso es también el reflejo del esfuerzo y de la voluntad. Agradecer, siempre agradecer, porque es en el agradecimiento donde el ser humano realmente se conoce a sí mismo, se libera de cargas y vacíos. Agradecer las palabras del prólogo a Basilia Papastamatiu, siempre se aprende a su lado, es una mujer que admiro y quiero muchísimo. También la nota de contracubierta de Edel Morales, otro amigo entrañable. Y es necesario señalar que sin la persistencia de Alex Pausides y Karel Leyva, así como Elisa Vera y Onelia Silva en el diseño, Carlos, Katy y Marlene, en el resto de las coordinaciones editoriales, estos libros nunca hubiesen salido a tiempo para presentarse en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Hay muchos libros parecidos en nuestra literatura de principios de siglo, escritores con el mismo discurso, los mismos intereses. Amables casi siempre, solidarios, suelen abrazarse los unos a los otros en tan solo el primer encuentro, pareciera no haber puntos encontrados. Les gusta el té, el vino, la música elitista y pasan el “Onelio”. Leen a los mismos escritores, y rara vez señalan zonas negativas en el libro de otro autor cuando ejercen la crítica. ¿Crees que hay estereotipos que deben apartar las nuevas generaciones, o te importa un rábano y te resbalas por el borde del camino?

Odio la idea de los estereotipos, las etiquetas y los grupos. No hay nada más aburrido que un grupo. Creo que eso resulta cómodo para analizar el fenómeno sociocultural, pero siempre está alejado de la realidad. La unidad del grupo debe radicar precisamente en su diversidad.

Los grupos procrean fronteras y elitismos, mientras buscan la unidad y la legitimación generan una serie de conflictos innecesarios. Al ser humano le hacen daño los grupos, pero pareciese que aún no se da cuenta de ello. La competencia por pertenecer a un gremio u otro va mutilando un montón de cosas bellas en su interior. Muchos de los conflictos que existen en el mundo son precisamente porque el hombre lucha constantemente por ser legitimado, para ser parte de un determinado grupo.

En el arte no debería existir eso. Nadie tiene las mismas vivencias, por tanto, los discursos nunca son iguales. Así como no hay dos personas iguales no existirán dos voces iguales en la poesía. Aunque seamos seres sociales debemos conservar siempre nuestra identidad, nuestra individualidad, pero sobre la base del respeto y la tolerancia que nos permite convivir en armonía.

El ser humano es un templo, en cuerpo y alma. La expresión de un artista hacia el mundo debe ser una necesidad, no la reproducción de un modelo social o una moda editorial. El artista debe ser coherente con su obra. La obra debe ser coherente con la persona. Cuando escribo o diseño no pienso en estilos, tendencias o contextos, miro a mi interior. Lo único que busco es la sinceridad conmigo misma, ser yo en todo momento, una muchacha que busca conservar la pureza de ese instinto que la persigue.

Cuatro poemas de Giselle Lucía Navarro


El perpetuo retorno de Celestino (+ video)

Celestino cumple 21 años. Sobrevive aún el ingenuo, primitivo escritor, pese a las nubes rotas sobre su cabeza, pese al descrédito de los que no entienden las palabras tatuadas sobre la piel del árbol, pese a las hachas que talan la frase, el tronco, el mundo particular. Celestino se ha hecho adulto cambiando de nombre. Ha sido Luis, Marvelys, Rubén, Ariel, Evelyn, Martha, Alcides, Marcel, Rafael, Abel, Lourdes.

Celestino busca un nuevo cuerpo para reencarnar en su destino permanente de sobrevivirle al horror, a la violencia, la muerte, al dolor, de escribir la belleza o al menos intentarlo, de resistirse a la incomprensión del alma insensible que no entiende, porque «la gente no sabe nada del mundo».

Hoy Celestino es dos, se multiplica, una rareza parecida a los eclipses le asiste pues las palabras fueron muy poderosas y necesitaron la duplicidad para sostenerse.

Así lo vieron ellos, el jurado (Rubén Rodríguez, Mariela Varona y Adalberto Santos):

foto luis yuseff
  • Por el bien elegido tono narrativo, la hábil construcción de personajes, el empleo coherente de las técnicas narrativas, la lograda unidad entre los relatos que componen el cuaderno, la selección del narrador y el uso eficaz de la ironía y el sarcasmo como recursos expresivos, se entrega Premio Celestino de Cuento al libro Boustrophilia, presentado bajo el seudónimo de Santiago Sánchez y perteneciente a Roberto Ráez Ávila.
  • Por las bien logradas atmósferas, ostensible oficio literario con evidente dominio de las técnicas narrativas, solidez y densidad de las anécdotas, valores formales de los textos y el manejo sutil de conceptos que devienen hilo conductor dentro de la estructura del libro, a pesar de su diversidad temática y mestizaje de géneros, se otorga Premio Celestino de Cuento al libro La Improvisación, presentado bajo el seudónimo Pepe y perteneciente a Elaine Vilar Madruga.
  •  

Además decidieron entregar Mención, a partir de la estructura elegida para hilvanar un cuaderno de relatos atendible formalmente, por el interés en los tópicos, contundencia de las anécdotas y ostensible oficio literario, al cuaderno Habitaciones de violencia, presentado bajo el seudónimo de Rojo y correspondiente a Yadira López Jaramillo, de La Habana.

Siempre habrá quien diga: « ¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar…», pero nosotros sabremos que en su obcecada resistencia la joven literatura y la cubana renace cada año.


Premio Celestino en 2.0 (Dossier)

Por Elizabeth Soto

«Antes que anochezca iremos repartiendo alas.» Celestino despierta en Holguín con un dossier repleto de cuentos en las voces de jóvenes escritores de la Asociación Hermanos Saíz. Otros entendidos se aproximan a la vida de los centenarios Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury, a los que estará dedicado este evento.

En su XXI edición, Celestino de Cuento no se detiene, la gente no sabe nada del mundo, pero tiene cómo saberlo. Ediciones La Luz una vez más precisa podcast, cápsulas promocionales, postales, así que no te asombres de mi astucia sino de tu ignorancia que la hace resaltar, sonreímos, la irreverencia y la medida están conferidas a los escritores de buena voluntad.

Invadimos la privacidad del lector con la idea perenne de hacer prevalecer su ingenio, la actitud creativa ante la vida: desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del misterio, que es imprescindible para toda formación.

 Iremos aplastando el tedio de estos días, piensa menos, sueña más y duerme. Debemos retomar las épocas de ensueño, redescubrir en cada texto el alba. Alucinas. Ya no queda casi ningún árbol en pie. Nadie apaga luces, al contrario, es la estación incandescente, el resplandor del arte que persiste, #alaluzseleemejor, insistimos. Si tú no existieras yo tendría que inventarte.


Celestino en las redes

Por Ediciones La Luz

El XXI Premio Celestino de Cuentos llega este junio. Convocado para jóvenes narradores cubanos desde la sección de Literatura de la Asociación de Hermanos Saíz en Holguín, el certamen literario de amplio reconocimiento en el ámbito de las letras cubanas, sesiona desde el 15 hasta el 19 de junio, esta vez desde las redes sociales a causa del confinamiento impuesto por la permanencia de la COVID-19 en el país.

El “Celestino” estará dedicado a los centenarios de Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury y sobre sus obras respectivas sesionarán paneles teóricos, conversatorios y mesas de lecturas con autores holguineros de mayor o menor experiencia.

Circularán en plataformas como Instagram, Facebook, Twitter y páginas web como Cubaliteraria, Cubarte, Portal del Arte Joven Cubano, dosieres dedicados a los centenarios Asimov, Bukowski y Bradbury; postales digitales con textos de narradores cubanos, fotorreportajes de las ediciones anteriores del evento, podcast y materiales audiovisuales en YouTube.

Igualmente se presentarán novedades editoriales como Animal de otra raza, de Maribel Feliú; Instrucciones para divorciar a un hombre, de Juan I. Siam y Ojos para no ver las cosas simples, de Martha Acosta, cuaderno que resultara ganador en la edición de 2018 de este Premio.

La convocatoria cerró el día primero y más de 40 autores aspiran al galardón que implicará la publicación del título por Ediciones La Luz. El jurado, compuesto por Mariela Varona, Rubén Rodríguez y Adalberto Santos, trabaja ya en la selección del ganador que se dará a conocer en la tarde del día 19. 


Entre el espanto y la ternura, Celestino canta

Por Yailén Campaña Cisneros

Todo hombre se parece a su dolor.

André Malraux

Solo la infancia es nuestra.

El resto pertenece a los extraños.

Don DeLillo

  • …la historia de la literatura cubana de los últimos treinta años[1] se ha caracterizado por ser una historia de las exclusiones y, por supuesto, las instancias ideológicas y políticas han sido protagonistas en ello. Así, se ha promovido una bifurcación que remite a la existencia de dos literaturas cubanas en pugna: una dentro del país y otra en el extranjero, una comprometida con la Revolución y otra en contra del proyecto revolucionario. En esta historia de las exclusiones hemos participado todos.[2]

Uno de los autores que ha quedado oculto tras ese velo de silencio es Reinaldo Arenas (Holguín, 1943-Nueva York, 1990). Y aunque su última novela, Antes que anochezca (1992), logra mayor fama internacional —por la coyuntura de ser su texto más abiertamente irreverente, además del impacto por su publicación póstuma—; fue su primera obra, Celestino antes del alba (1967, primera mención del Premio Uneac en 1965), la que formó parte de un corpus narrativo que introduce en el ámbito literario cubano a un tipo de narrador con características muy especiales, el narrador niño, que será retomado con ímpetu en los años ochenta por una nueva generación de escritores, corriente conocida como «cuentística del deslumbramiento»,[3] «narrativa de la adolescencia» o «de la ética».[4]

Celestino antes del alba recrea el enfrentamiento con su entorno de un niño de campo, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. De su argumento poco convencional se desprende el tema de la eterna defensa de la belleza y la realización personal. Los recursos del lenguaje y las técnicas narrativas hacen gala de un manejo excepcional que estalla en la mayor contribución artística de esta novela: la persona que enuncia el discurso desde un «yo» que la identifica como narrador-niño-protagonista y que queda indisolublemente ligada al personaje de Celestino, quien asume la función de receptor del discurso (narratario).

Desde el propio título esta novela nos revela el lirismo de sus páginas. Y es que en más de una ocasión su autor afirmó su mayor aspiración: ser recordado por la poesía implícita en sus novelas y relatos. Celestino antes del alba encierra dos sustantivos claves para la comprensión del texto: el primero, propio, adelanta al lector que el relato narra la historia de un personaje masculino (Celestino), mientras el segundo aporta la ubicación temporal —en el caso de que se interprete como lo sucedido al personaje en una noche— aunque en la lectura se comprueba su significado metafórico. El vocablo alba alude a la iniciación del día, al amanecer, la aurora, la primera luz antes de la salida del sol, pero además proviene del latín albus, que significa blanco, y es ese precisamente uno de los momentos más disfrutados por el niño protagonista de la novela, cuando la neblina cubre todo el campo con su espesa luz blanquecina. Pero el momento al que se refiere es al que le antecede, la noche, hora destinada al sueño, espacio que desarrolla la trama. Todas las acciones están condicionadas por los destellos de lúcida conciencia mental del estado de vigilia que alternativamente acompaña al sueño: «Ahora es mejor que dejes tranquila tu imaginación, pues en cuanto dejes de soñar y duermas más, ellos no te habrán de molestar. No pienses, o piensa menos […] Ya sabes: piensa menos, sueña más, y duerme, y duerme».[5]

Los procesos del razonamiento infantil mantienen activa una elevada capacidad imaginativa que conduce el pensamiento por un mundo donde la fantasía es asumida como única rectora mientras los límites de lo posible se disuelven. Ello encierra la significación lírica de esta historia que enuncia el maravilloso mundo de la infancia, ese fragmento de la existencia humana en que todo asombra y sorprende. Es la etapa de descubrimiento y reconocimiento de una realidad que deslumbra con cada nueva sensación, mientras se va dirigiendo esa sensibilidad hacia la aceptación o el rechazo de los objetos, provocada por el conocimiento asociativo de la percepción sensitiva que les corresponde. Así, el niño que despierta en estas páginas retiene la agradable sensación que le despierta el olor de la tierra cuando llueve o la frescura en sus pies cuando la pisa.

La novela concluye en el umbral de la adolescencia, del alba como despertar ante esa realidad que se impone a la imaginación, dejando atrás el mundo de ensueños habitado por brujas y duendes. El fin de la infancia se indica simbólicamente en la muerte del personaje. Muerte que es salvación, ascensión al limbo, a la eterna inocencia que perseguía en sus viajes a la luna para escapar de un ambiente repulsivo y miserable.

Arenas recrea el enfrentamiento de un niño de campo con su entorno, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. El clímax de la narración se halla en la vida fabulada de ese niño marcado por el sufrimiento que le provoca la ausencia del padre y los maltratos de una familia que lo repudia porque representa la frustración de la madre abandonada, que amenaza a cada instante con suicidarse. Para escapar de la soledad, la pobreza, la ignorancia y el convencionalismo de su familia, incapaz de enfrentar la crueldad y el horror de su circunstancia, se inventa un álter ego, personaje que encarna al primo Celestino, el poeta que escribe en los árboles. La poesía es la vía de salvación inicial ante la insulsa vida que le imponen, que encuentra su antagónico en la figura del abuelo que derriba con su hacha los troncos escritos. La escritura y la creatividad se defienden como una forma de rebelión contra la autoridad destructiva de la familia.

La historia transcurre entre los juegos, invenciones y tristezas del protagonista y las constantes persecuciones de la familia que no acepta la identidad diferente y contradictoria de un niño «débil» y «amanerado». Tres diferentes finales multiplican las lecturas de esta novela circular y con cada uno se anuncia la implacable muerte del protagonista, que tiene lugar en el último final. La historia, que comenzó en el pozo con los gritos de la madre anunciando un suicidio que no se atreve a cometer, termina justo allí con la liberación por fin alcanzada de su protagonista, quien entre sombras anuncia lo sucedido antes que las luces del alba alcancen a entregarle otro tiempo para contar, vivir.

Otro de los motivos que se reitera en toda la trama es la muerte, como acto de rebeldía y liberación, lo que destaca algunas de las obsesiones fundamentales de su autor: la nostalgia, el misterio de la madre y el amor a la libertad. Y es que la novela trabaja con evocaciones de corte autobiográfico: «Es autobiográfico también el ambiente, la brutal inocencia con que se expresan los personajes […] en lo que respecta a la aparición de las brujas y los duendes, los primos muertos, el coro de tías infernales, el acoso de infatigables hachas, los desplazamientos del personaje hacia la luna (las huidas) sin obtener resultados ventajosos».[6] 

La concepción del relato es novedosa por la desfiguración espacio-temporal: el espacio se reduce y comprime hasta ubicarse solo en la casa, mientras la historia carece de linealidad, esto se logra con el uso de varios métodos para fraccionar o recuperar el tiempo a través de las asociaciones casuales y la memoria, que se proyecta como un ejercicio de lucidez. La constante exploración del recuerdo y del universo imaginario da lugar a una hábil disposición para presentar la estratificación de la memoria y de la capacidad de invención de la mente infantil, en una prosa que a veces se aproxima al estilo de la lírica. Esta mezcla de realidad e imaginación forma un entretejido de alucinación donde el triunfo de la pureza es todo un símbolo. Se incorpora una técnica narrativa que fractura la continuidad de la trama en la búsqueda de una ambigüedad entre verdad y fantasía, entre mundo exterior e interior, que asume sin limitaciones la irracionalidad y el absurdo. Por tanto, esta obra transita entre lo que pudiera clasificarse como novela surrealista u onírica.

En cuanto a los componentes formales, es preciso subrayar la incorporación de procedimientos innovadores y experimentales que enriquecen los recursos técnicos del género, como el empleo del monólogo interior con que se trata de captar los estados de conciencia del protagonista, que por momentos se convierte en caótico debido al sinsentido del lenguaje que intenta reproducir estados de completo desgarramiento interior.

«Nueva, revolucionaria, con desaliño inherente y necesario, Celestino antes del alba, se coloca como uno de los más legítimos experimentos de lo más joven de nuestra novelística […] Es una obra tensa, ambigua»,[7] «[…] una de las novelas más hermosas que se haya escrito jamás sobre la infancia, la adolescencia y la vida en Cuba».[8]

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[1] Hago mías las palabras de Rogelio Rodríguez Coronel en su intervención en el encuentro “Cultura e identidad nacional”, celebrado en junio de 1995 en La Habana.

[2] Rogelio Rodríguez Coronel: Cuba, novela, revolución (“Colección Aché”). Universidad de La Habana, Facultad de Artes y Letras, [s.f.], p. 26.

[3] Francisco López Sacha: “El personaje reflexivo en la nueva cuentística”, en Revolución y Cultura, No.1, ene/85, Ciudad de La Habana, p. 24-31.

[4] Luis Manuel García: “Contar el cuento”, en La Gaceta de Cuba, agosto 1988, p. 2-4.

[5] Reinaldo Arenas: Celestino antes del alba, Ediciones Unión, La Habana, 1967, p. 45.

[6] Reinaldo Arenas, apud Miguel Barnet: «Celestino antes y después del alba», en La Gaceta de Cuba, año 6, No. 60, julio-agosto 1967, p. 21.

[7] Barnet, op. cit.

[8] Carlos Fuentes, apud Lourdes Arencibia Rodríguez: Reinaldo Arenas entre Eros y Tánatos. Soporte Editorial, Colombia, 2001. p. 59.


Bukowski y la estética de la perversión

Por Mariela Varona Roque

  • Digan lo que digan, siempre hay algo malo escondido en los hombres que huyen del vino, de las cartas, de las mujeres hermosas o de una buena conversación.

 La afirmación de Voland en El Maestro y Margarita, de Bulgakov, parece escrita ex profeso para canonizar a uno de los malditos de las letras norteamericanas: Charles Bukowski. Devenido mito de la literatura underground, paradigma del realismo sucio y personaje favorito de sí mismo, Bukowski bebió, jugó y amó en proporciones escandalosas, y por alguna causa su estilo es aún visible en toda una tendencia dentro de la literatura cubana contemporánea.

Cientos de cuentos, una treintena de poemarios y cuatro novelas publicadas lo definen como un autor prolífico. Lo pasmoso es que la mayor parte de su obra la publicase después de cumplir cincuenta años, y que en poco tiempo convirtiera en figura polémica a un hombre que nunca votó, ni militó en partido político o movimiento literario alguno. La máquina de follar; Se busca una mujer; Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones; Escritos de un viejo indecente; bajo esos títulos se publicaron sus cuentos en editoriales baratas, tan sórdidas como su escritura. Esos cuentos, como las novelas (Factotum, Cartero, Mujeres y La senda del perdedor) hablan sobre borrachos, putas de mala muerte, peleas de bar e incontables escaramuzas sexuales, y ocurren en bares, hoteluchos, garitos, oficinas mugrientas y traspatios. En todas las historias el protagonista es el mismo: Henry Hank Chinasky, el álter ego de Bukowski.

Nacido en la ciudad alemana de Andernach en 1920, Bukowski fue el resultado de la unión de un soldado norteamericano con una joven lugareña, y la familia se trasladó a Los Ángeles cuando el hijo tenía dos años de edad. El romanticismo de lo que parece ser una común historia de amores de guerra se anula por las noticias sobre el comportamiento violento y despótico de Bukowski padre: un mitómano que hacía creer a los vecinos que era ingeniero cuando en realidad trabajaba en una lechería, y que metió la cara de Bukowski adolescente en su propio vómito cuando este ensució la alfombra en su primera borrachera. Buscando el alcohol como paliativo de su timidez, acrecentada por erupciones en el rostro que no lo hacían nada atractivo para las muchachas, el joven Bukowski huyó de la casa paterna para entregarse a sus dos grandes pasiones: la bebida y el sexo. La primera lo empujaba hacia el segundo, y este, al negársele, lo volvía de regreso a la primera.

Hizo una vida errabunda y desordenada, trabajó en un sinnúmero de empleos, viajó por los estados de la Unión, pero su destino final volvió a ser Los Ángeles, donde trabajó en una oficina de correos hasta que la publicación de su novela Cartero, en 1970, le decidió dedicarse exclusivamente a la escritura. A pesar de su empeño autodestructivo, la condición de lector impenitente lo había marcado para siempre.

Como diría en su poema «Días como navajas, noches llenas de ratas»: siendo muchacho dividí en partes iguales el tiempo/ entre los bares y las bibliotecas; cómo me las arreglaba para proveerme/ de mis otras necesidades es un puzzle; bueno, simplemente no me preocupaba demasiado por eso/ —si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado/ en otras cosas—/ los tontos crean su propio paraíso.

Y también: pero eran los filósofos quienes satisfacían/ esa necesidad/ que acechaba en alguna parte de mi confuso cráneo: vadeando/ por sus excesos y su/ vocabulario cuajado/ aún me asombraban/ saltaban hacia mí/ brincaban/ con una llameante declaración lúdica que parecía ser/ una verdad absoluta o una puta casi/ absoluta verdad,/ y esta certeza era la que yo buscaba en una vida/diaria que más bien parecía un pedazo de/ cartón.

Para terminar con: qué grandes tipos eran esos viejos perros, me ayudaron a atravesar/ esos días como navajas y noches llenas de ratas;/(…)/ mis hermanos, los filósofos, me hablaban como nadie/ venido de las calles o alguna otra parte; llenaban/ un inmenso vacío./ Qué buenos muchachos, ah, ¡qué buenos muchachos!

Bukowski es a la vez parte y consecuencia de la contracultura californiana. Como en Ginsberg y Kerouac, su discurso pertenece al hombre común que no puede ni quiere hacer suyo el sueño americano, y disfruta agrediendo la perfecta simetría de la moral burguesa. Pero digo consecuencia porque Charles Bukowski no tuvo las mismas expectativas que sus coetáneos hacia la obra creativa; tal vez sintió menos urgencia en ostentar su inconformidad con el orden y la moral. Aunque publicó un cuento en la revista Story en 1944, antes de dar a conocer el resto de su obra le tocó leer lo que escribían los Kerouac y los Ginsberg que, a pesar de su rebeldía y sus alegres locuras, siempre se las arreglaron para publicar a tiempo y eran santificados y aplaudidos por los jóvenes de su edad. De ahí que Bukowski pertenezca a la generación beat pero sea un beat tardío, un epígono si se quiere de la loca y transgresora ola que viró al revés las letras americanas.

Entre sus influencias literarias, además de sus adorados Henry Miller y Céline (aquel francés acusado luego de nazista), es pues perfectamente distinguible la prosa violenta y vivaz de Jack Kerouac y su atrevida exaltación de la libertad sexual. La opinión de Bukowski sobre otros escritores norteamericanos nos llega signada por su álter ego Chinasky en varias de sus obras: «Dejando a un lado a Dreiser, Thomas Wolfe es el peor escritor norteamericano, Burroughs es terriblemente aburrido, Faulkner una nulidad. Saroyan sería bueno si no fuera tan optimista». O si no: «¿Hemingway? No. Muy torvo, demasiado serio. Buen escritor, frases magníficas. Pero la vida para él siempre fue una guerra total. Nunca se soltaba, no bailaba nunca».

Detrás de esas boutades de eterno transgresor, había sin embargo un respeto hacia la escritura que no lograron quitarle ni las propias burlas sobre sí mismo. Escribía en una carta en 1961:

Yo solía jugar un juego conmigo mismo, un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la cárcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dólares en las carreras, me preguntaba, Bukowski, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y no fueras encontrado nunca excepto por pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? (…) la escritura, por supuesto, como el matrimonio, la caída de la nieve o las llantas de los autos, no siempre perdura. Tú puedes ir a la cama el miércoles en la noche siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana y ser otra cosa totalmente diferente. O puedes irte a la cama el miércoles por la noche siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un escritor. Este es el mejor tipo de escritores… Muchos de ellos mueren. Claro. Por sus arduos intentos; o por otro lado, porque se vuelven famosos y todo lo que escriben es publicado y ya no tienen que buscar más. La muerte tiene muchas avenidas. Y si a pesar de todo tú dices que mi material te gusta, quiero que sepas que si se vuelve roto, no será porque trate demasiado duro o muy poco, será porque me he quedado o sin cervezas o sin sangre. Para lo que sirva, puedo permitirme esperar: tengo mi vara y tengo mi arena.

Sin embargo, es raro encontrar la franqueza de ese empecinamiento en la obra publicada en español. Bukowski disfrutó tanto de su papel de automarginado que terminó convirtiéndose al final de su vida en lo que menos intentó devenir: fenómeno mediático. Ordinaria locura (1981), de Marco Ferreri, y El borracho (1987), de Barbet Schroeder y protagonizada por Mickey Rourke, son filmes inspirados en su vida, y lo transformaron en el mismo tipo de ídolo que había sido Kerouac en su juventud. Un ídolo de la estética de la perversión, de la suciedad y la podredumbre.

Lo que pudiéramos llamar el «credo bukowskiano» está en el poema «Cómo ser un gran escritor»: tienes que templarte a muchas mujeres/ bellas mujeres,/ y escribir unos pocos poemas de amor decentes/ y no te preocupes por la edad/ y los nuevos talentos./ Solo toma más cerveza, más y más cerveza./ Anda al hipódromo por lo menos una vez/ a la semana/ y gana/ si es posible./ aprender a ganar es difícil,/ cualquier pendejo puede ser un buen perdedor./ y no olvides tu Brahms,/ tu Bach y tu cerveza./ no te exijas./ duerme hasta el mediodía./ evita las tarjetas de crédito/ o pagar cualquier cosa en término./ acuérdate de que no hay un pedazo de culo/ en este mundo que valga más de 50 dólares/ (en 1977)./ y si tienes capacidad de amar/ ámate a ti mismo primero/ pero siempre sé consciente de la posibilidad de/ la total derrota/ ya sea por buenas o malas razones./ un sabor temprano de la muerte no es necesariamente/ una mala cosa./ quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos/ y como las arañas, sé paciente,/ el tiempo es la cruz de todos./ más/ el exilio/ la derrota/ la traición/ toda esa basura./ quédate con la cerveza,/ la cerveza es continua sangre./ una amante continua./ agarra una buena máquina de escribir/ y mientras los pasos van y vienen/ más allá de tu ventana/ dale duro a esa cosa,/ dale duro./ haz de eso una pelea de peso pesado./ haz como el toro en la primera embestida./ y recuerda a los perros viejos,/ que pelearon tan bien:/ Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun./ si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas/ como te está pasando a ti ahora,/ sin mujeres/ sin comida/ sin esperanza…/ entonces no estás listo/ toma más cerveza./ hay tiempo./ y si no hay,/ está bien/ igual.

La marginalidad engendró en la obra de Bukowski algunas aristas que pueden resultarnos aún hoy polémicas, aunque ya estemos curados de espanto por la posmodernidad. Por ejemplo, su relación con las mujeres tuvo una intensidad ambivalente: no era capaz de prescindir de ellas, pero no les hacía tampoco ninguna concesión. Era lo que se decía de él cuando el escritor chileno Poli Délano lo entrevista en su casa de Los Ángeles en 1987. Te han acusado de machista, le dice. La respuesta que le da es la misma del «gran poeta» de uno de sus cuentos a su joven entrevistador, cuando le pregunta qué piensa sobre la liberación femenina: «En cuanto ellas se dispongan a lavar el auto, a empujar el arado, a perseguir a los dos tipos que acaban de asaltar la tienda de licores o a limpiar alcantarillas, en cuanto ellas se dispongan a que les vuelen las tetas de un balazo en el ejército, yo estaré listo para quedarme en casa y lavar los platos y aburrirme recogiendo hilachas de la alfombra». «Me acusan mucho por mis personajes favoritos», le dijo Bukowski aquella noche. «Si pinto a una mujer que es basura, las feministas se me echan encima, mientras que si pinto un hombre que es basura, no me dicen nada».

A pesar de estas afirmaciones amargas, amó al menos a dos mujeres que compartieron su vida estable y largamente. La muerte de la primera, con quien tuvo a su hija Marina, generó textos y poemas estremecedores. En una carta a John Webb en 1962 escribía: «Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. (…) Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de las nalgas, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal, todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está».

Y uno entre muchos de sus poemas más citables, a mi juicio, titulado «Elogio al infierno de una dama»: Algunos perros que duermen a la noche/ deben soñar con huesos/ y yo recuerdo tus huesos/ en la carne/ o mejor/ en ese vestido verde oscuro/ y esos zapatos de tacón alto/ negros y brillantes,/ siempre puteabas cuando/ estabas borracha,/ tu pelo se resbalaba de tu oreja/ querías explotar/ de lo que te atrapaba:/ recuerdos podridos de un/ pasado/ podrido, y/ al final/ escapaste/ muriendo,/ dejándome con el/ presente/ podrido./ hace 28 años/ que estás muerta/ y sin embargo te recuerdo/ mejor que a cualquiera/ de las otras/ fuiste la única/ que comprendió/ la futilidad del/ arreglo con la vida./ las demás sólo estaban/ incómodas con/ segmentos triviales,/ criticaban/ absurdamente/ lo pequeñito:/ Jane, te asesinaron por saber/ demasiado./ vaya un trago/ por tus huesos/ con los que/ este viejo perro/ sueña/ todavía.

Es indudable que la etiqueta impuesta a Bukowski por sus contemporáneos se dejó llevar por la comodidad: era más fácil fijarse en su prosa agresiva y provocadora, directa y sucia, que en el mundo de reflexiones y códigos que manejaba en su poesía. Y fue también (lamentablemente) mucho más fácil de imitar. Si su imagen pública era tan traída y llevada (¿escritor que bebe o borracho que escribe?), qué podemos esperar de los juicios sobre su obra. Todavía hay quien afirma que Charles Bukowski es una abominación para la literatura… Por suerte él nunca pareció preocuparse mucho por la trascendencia.

La huella del realismo sucio es fácilmente rastreable en la literatura cubana. Aunque tuvo algunos anuncios notables como Matarile, de Guillermo Vidal, su explosión (pública) coincide con los cuentos publicados en los 90 por algunos de los llamados novísimos, sobre todo los pertenecientes al grupo de los “friquis”: Ronaldo Menéndez, Ricardo Arrieta, Raúl Aguiar, Verónica Pérez Konina, Ena Lucía Portela y José Miguel Sánchez (Yoss). Todos eran o habían sido miembros entre 1987 y 1988 del grupo conocido como El Establo, el cual se nucleó en La Habana alrededor del escritor Sergio Cevedo y tuvo la intención de subvertir el canon de la decencia «sinflictiva» imperante en las letras cubanas. La necesidad de mostrar zonas y temas de la marginalidad hasta ese momento vedadas justificó el uso del estilo bukowskiano en la narrativa de los noventa, pues con su tratamiento directo, casi brutal, lograron caracterizar a personajes de nuestro tiempo que no existían porque no tenían voz.

Como toda tendencia transgresora, el realismo sucio ha ganado defensores, imitadores huecos y detractores furibundos. Pedro Juan Gutiérrez y Zoe Valdés son hoy dos de los escritores cubanos más leídos en el mundo y a la vez los más cuestionados, no solo por las comunes razones de ética y estética, sino porque algunos se preguntan si es “justo” que los lectores de otras tierras crean que todos en Cuba hablan y viven en un perpetuo estado de marginalidad. ¿Hay que poner un límite al uso del lenguaje grosero? ¿Este debe servir solo para ubicar a un personaje en un entorno determinado, ergo lo demás es abuso de la grosería por la grosería? ¿Y si el abuso de la grosería se ha vuelto necesario para burlarse de la propia grosería? ¿Las palabras groseras no terminan siendo aceptadas hasta por la Real Academia cuando se incorporan definitivamente al habla cotidiana? ¿Qué puede ser peor: el lenguaje grosero o la grosería de las ideas?

Cualquier indagación en ese sentido, además de ser desgastante, no tiene aún ninguna consistencia: es el tiempo quien se ocupará de ubicar lo «sucio» donde corresponda. Poco le importaba a Bukowski el juicio de sus contemporáneos, la trascendencia, las poses de los escritores de éxito. Detrás de sus alardes alcohólicos y sexuales había un ser indefenso que parecía querer vivir solo para esperar la muerte. Ahí quedan sus textos y los de sus seguidores para que la posteridad siga haciendo su propio juicio.


Ray Bradbury por los extraños pueblos

Por Erian Peña Pupo

Fue en 1991, en España, cuando probablemente los cubanos tuvimos más cerca a Ray Bradbury (uno de esos años en que la vida nacional cobró los tintes casi posapocalípticos de sus historias). Entonces Eliseo Diego estrechó las manos –y quiero pensar que abrazó– al autor de Crónicas marcianas. Pero poco sabemos de ese encuentro, salvo que habían sostenido una estrecha correspondencia años antes y que, en ese momento, ambos tenían la misma edad, 71 años.

Eliseo Diego era un fabulador irremediable. Ya Divertimentos, su segundo libro, fechado en 1946, destila sus apasionadas lecturas de Perrault, Andersen, los hermanos Grimm, Dickens, Stevenson y Lewis Carroll, entre otros autores que lo acompañaron asiduamente desde su niñez. Con esas narraciones de carácter alegórico o sobrenatural, Eliseo exorciza los miedos de la infancia; hace volar la fantasía por los reinos de la ensoñación y la magia. Eliseo Diego, «uno de los más grandes poetas de la lengua castellana», nos recuerda Gabriel García Márquez, trasmitió en las formas breves —esos diminutos «fuegos vagabundos», según Octavio Paz—la inexorable fugacidad de la vida y el carácter fragmentario de la memoria: la infancia, los antepasados, la ciudad y la familia, pero también el olvido, la pérdida, la muerte y su silencio, que constituyen motores fundamentales de su escritura. Por eso no es extraño que, amante también de la literatura en lengua inglesa, haya quedado prendido de la obra del estadounidense nacido en Waukegan, Illinois, el 22 de agosto de 1920, y que, con solo 30 años, escribió Crónicas marcianas, un libro que se convirtió al instante en todo un clásico.

Similares temas asediaron a Bradbury: la memoria, la pérdida, la muerte, la colonización de una raza o un pueblo por otro supuestamente superior, el fin de la cultura y con ella, el de la literatura… A veces –ahora mismo– he creído que Crónicas marcianas puede prescindir de Marte y sus habitantes, incluso puede hacerlo de los viajes interespaciales, de la colonización humana del planeta rojo… Y no perdería su esencia, su amplia «condición humana», su fuerte «realidad». ¿Por qué? Porque todo eso es una excusa de Bradbury para hablar de nosotros mismos. El hombre frente al hombre desbastándolo todo. Las arañas de Marte, los barcos de arena, y los canales de vino, no hacen más que hablar de nosotros; de los celos, el racismo, la soledad y la nostalgia, el arraigo y el deseo de exploración. El «escenario» fue Marte, pero bien pudo ser el oeste estadounidense y el despojo de las tierras ancestrales de los habitantes de esa región del país hasta reducirlos a «reservas», o la lenta y terrible colonización —él mismo escribió del tema— del continente americano por los europeos, o el racismo y la discriminación diaria… Un sustrato humanista, una condensación del mito, florece en Crónicas marcianas, al punto de que él mismo aseguró no ser un escritor de ciencia ficción, sino de un «estilo poético».

Bradbury mismo se preguntó: «¿Cómo es posible que Crónicas marcianas se reconozca tan a menudo como ciencia ficción? No encaja con esa descripción. (…) Entonces, ¿qué es Crónicas marcianas? Es el rey Tut salido de su tumba cuando yo tenía tres años, las Eddas nórdicas cuando tenía seis, y los dioses griegos y romanos que me cortejaron a los diez: puro mito», dijo.

Por otra parte, sus cuentos contienen, de forma seminal, casi todos los subgéneros fantásticos: «Los hombres de la Tierra» es un cuento kafkiano; y «La tercera expedición» esconde el germen del futuro «realismo mágico» (quizás sembrado por Faulkner en Bradbury). «Aunque siga brillando la luna» hunde sus raíces en el romanticismo inglés (su título parte de un poema de Lord Byron) para hablar de civilizaciones extraterrestres desaparecidas hace milenios y la conservación de su legado arqueológico (un tema recurrente en la actual space opera). «La mañana verde» expone de forma germinal la «terraformación» de Marte; «Encuentro nocturno» habla de universos paralelos con un lirismo pocas veces alcanzado; «Un camino a través del aire» es un cuento realista sobre el racismo a principios de siglo, en el que algunas pinceladas fantásticas enfatizan la tragedia social; y «Usher II» (además de ser un evidente homenaje a la obra de Poe) es un ejercicio distópico, incluso una suerte de esbozo de Fahrenheit 451. En «El marciano» (entre otras cosas) está el germen de los debates filosóficos propiciados por «los visitantes» en Solaris, del polaco Stanisław Lem. «Los pueblos silenciosos» es una ácida sátira sobre la soledad en un escenario «posapocalíptico», y «Vendrán lluvias suaves» una reflexión sobre un mundo posthumano. Mientras «Los largos años», con un costumbrismo casi naíf, aborda las relaciones entre seres humanos e inteligencias artificiales; y aunque su formalización es embrionaria, sus temas son similares a los que han planteado este tipo de historias a lo largo de los años y del apogeo de la ciencia ficción.

Borges, en el prólogo a la traducción al español de Crónicas marcianas, escribió que «en este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad… (…) ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena».

Más allá de las aventuras, el misterio y la siempre búsqueda del mito, sabemos que Eliseo admiró la ciencia ficción.Y que llegó a escribirse con Bradbury. En cierta ocasión escribió que tuvo una «sincera admiración por escritores como H. G. Wells y C.S. Lewis, y por supuesto por Ray Bradbury, que han escrito obras de las llamadas de ciencia ficción», pero que con este género le ocurría «lo que con la niñita de cierta rima no sé si inglesa o norteamericana, y que una apresurada traducción diría así: Había una vez una niñita/ que tenía un ricito/ justo en el medio de la frente./ Cuando era buena/ era muy, pero muy buena,/ y cuando era mala/ era horrenda».

En un cuadernillo, titulado «Sobre los viajes al espacio exterior», Eliseo reunió varios poemas inspirado por sus lecturas del género y «con las vistas de la Luna tomadas por los astronautas norteamericanos». «Ya la luna no sería más la que veían o imaginaban nuestros abuelos. ¿Cómo sería, entonces, el mundo que se abriría a los ojos de nuestros descendientes?», añadió.

Aquí incluyó los poemas «Ascensión», «Madre tierra», «A través del espejo», «Hacia los astros», «Constelaciones» y «Ascuas» (dedicado a Bradbury, y dialogantes con la narrativa poética del autor de Fahrenheit 451). En ellos abordó temas como el espacio, las constelaciones, la luna, los viajes espaciales, la pequeñez del hombre en el universo… Atrás, por fin, está la madre Tierra en su conmovedora pequeñez: por fin la vemos toda: sus orillas nos caben en los ojos: es apenas como una linda bola nada más. Y hay algo en ella de azorada, de vieja que se turba como si fuese de saber que la vemos así, que nos da lástima que se nos pueda, un día, morir («Madre tierra»).

En otro de sus poemas (en «Desde la eternidad») nos habla de las «diminutas dichas», entre ellas:

  • La luz de la mañana.
  • La luz de la tarde.
  • El trueno que nos despierta en la noche.
  • La lluvia que nos arrulla nuevamente.
  • Las estrellas a las que les cantaba Ray Bradbury.
  • El viento en la cara, una boca en otra boca, una mano en otra mano…

Con el autor de El vino del estío dialoga en «Ascua», que fuera incluido además en Poemas al margen:

A Ray Bradbury

  • Todo se aviene, ves, a un punto de oro:
  • el mar color de bronce, el bosque oscuro
  • y el unicornio y leviatán fundidos
  • en un copo de fuego, un ascua pura
  • en medio del abismo.
  • Cómo pueden
  • los astronautas regresar un día
  • desde lo enorme a la minucia
  • innumerable de la hierba.
  • Quién
  • sabrá el camino al tiempo del rocío.

Ambos confiaron en el mito y la imaginación, pero también en el hombre. «La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito, visto en espejos, permanece», escribió el autor de El hombre ilustrado. Ambos, cuyos centenarios celebramos este 2020 —Eliseo un poco antes, el 2 de julio; Bradbury más de un mes después, el 22 de agosto—poblaron sus historias con una mirada poética y melancólica que nos sobrecogen aun y que, imagino, predominó en aquel encuentro español en 1991 entre estos dos grandes autores.


Indicaciones para divorciar a un hombre y otras confesiones de Juan Siam

Por Erian Peña Pupo

La historia se compone de fragmentos de memoria, piezas de un puzzle a medio armar, partes escindidas de un cuerpo mayor que no siempre acaban cuajando en el ser nacional.

Los grandes relatos –los hombres desde el Génesis, o quizás un poco antes, hasta hoy, preferimos, obstinados, los grandes relatos– sustituyen las pequeñas historias, que sobreviven como susurros, como voces en la oscuridad de la memoria personal o colectiva.

Estas voces, que no leemos en las páginas oficiales, en los periódicos o los libros de docencia, están dispuestas a saldar esa y otras deudas con la verdad (la microhistoria, dicen los investigadores). La verdadera historia –contada por el vencedor en cada momento– se arma del sustrato de todos los días, en la cotidianidad, incluso en la calma. Se alimenta de la ausencia, del miedo, del llanto, del viaje y el éxodo, de los errores, de la locura, de la familia, de las relaciones amorosas, y también de la esperanza.

Todo eso sobrevuela Indicaciones para divorciar a un hombre, cuentos del holguinero Juan I. Siam (Banes, 1960) publicados por Ediciones La Luz (2018) en su colección homenaje.

Los relatos, narrados en primera persona, como si fueran testimonios de épocas y momentos, lo que refuerza cierta cercanía per se con el lector, son fragmentos de vida: la vida de personas comunes con historias comunes que dan de beber a un país común. Así se templa el acero, como si fuera un coro; así se construye el imaginario social (con todas las virtudes, pero también con todos los errores, como seres humanos: y ese es uno de los problemas de la Historia en mayúsculas, reconocer que somos humanos y que la gloria nacional cuesta hendiduras en el alma no fáciles de sanar).

Pero lo peculiar de las historias de Juan Siam –subrayo particularmente estas: “Perfección”, “Fuga de Bach”, “Cuando miro a papá”, “Como en los dibujos animados” y “El envés de la hoja”– es que todas o casi todos los relatos son de amor. Podría resultar paradójico, pero el amor, lo sabemos, lo permea todo. O más que el amor, lo que prevalece en estos relatos son relaciones de pareja vistas a través del fracaso, pero también de la permanencia, de la locura y la frustración, de la sobrevivencia y el desencanto, del anhelo y la fragilidad, de la posesión y los matices del deseo, sí, del amor…

Y todas ellas –vemos aquí, además de la primera persona, otra osadía del autor– parten de una perspectiva femenina; o sea, son mujeres quienes narran las historias (relatos que, además, no pretenden hacer derroche de técnicas, sino lo contrario). Siam se arriesga en el dominio de una voz que es varias al mismo tiempo: personajes diferentes, muchos relacionados entre sí, pero con matices, edades y psicologías desiguales, con miedos, con deseos (también sexuales, amorosos) y dudas, con vidas hechas o deshechas… Es como si, nos dijera, conociera bastante a las mujeres y por ello se permite hablar por ellas, poner en papel, que es dejarlo en la memoria, sus vidas…

Son personajes, sencillos, familiares, como vecinos del barrio, como nuestros amigos, o mejor, como nosotros mismos, cargados de miedos, frustraciones personales e históricas, cargados de cansancio, pero también de ansías de sobrevivencia, de sueños aún.

La vida ha puesto a sus personajes a decidir, para luego absorberlos, devolverlos y olvidarlos… Ellas han amado en los refugios subterráneos en África, donde el miedo se respira en el aire; o extrañan, desde Europa, la arena del mar de la isla; o en Estados Unidos, después de partir, mientras ponen en la balanza las decisiones, aseguran que “vivimos una sola vida y en ella hay que tomar decisiones. Puedes haberte equivocado o no al decidir, pero lo que no puedes es volverte atrás. Si uno va a hacer algo es hasta el final”.

Otra de las cuestiones que me parece un logro de Indicaciones para divorciar a un hombre, es su estructura coral, polifónica, abierta a las múltiples confluencias de la lectura. La carta de una hermana a otra, escrita después de la visita de la primera a la isla, sirve de hilo conductor para repasar historias personales, familiares, de conocidos, para no olvidar, aunque el olvido muchas veces se pegue al alma como mecanismo de defensa… Así cada fragmento de la misiva introduce personajes, sirve de puente a relatos, nos ofrece pistas para comprender qué hay realmente detrás de cada uno de ellos…

En este coro –custodiado por una foto de Junior Fernández a partir de un original de Henri Cartier-Bresson– terminamos identificándonos, nos encontramos… Es como si el país cupiera en una calle, en una familia, en cada uno de nosotros, aunque sepamos que, en buena medida, somos también las consecuencias del país y sus designios. Con todo eso se construye el andamiaje de estos cuentos: Cuba, historia, relaciones de pareja, familia, amor, virajes sociopolíticos de las últimas, digamos, seis décadas, Patria… Aunque no olvida tampoco cierto humor ya común, calcado con dosis de ironía…

Como un cowboy del Viejo Oeste, Juan I. Siam saca sus relucientes Colts y dispara estos cuentos escritos con el ímpetu de un fabulador irremediable que, además, se sabe poeta. Cada disparo resuena en la llanura; las veces que ha dado en el blanco las sabrá el lector. Ajedrecista empecinado, mueve su dama para embestirla contra un rey solitario. Ella toma la voz de mando –jugada crucial, como en la vida misma– y nos narra sus historias. Incluso nos ofrece varias indicaciones para divorciar a un hombre. ¿Quién ha visto un cowboy sin una dama a la cual proteger? Emigración, amor, Patria… cruzan estas páginas y nos devuelven un país visto mediante el ojo sagaz y sarcástico de Siam. La batalla ha sido ardua, los embalses han vertido, y el tren de las 3:10 a Yuma acaba de partir, dejándonos frente a las historias sencillas y conmovedoras de Siam, a sabiendas, como él mismo nos cuenta, que “el éxito consiste en no tener éxito. En tener una pequeña satisfacción todos los días. Una pequeña felicidad todos los días”.


Animal de otra raza: Eros con nosotros

Por Adalberto Santos

«Que llueva la carne palpitante. Jadea, carne. Llora. ¡Reza!». De este modo, con este mantra o urgencia, terminan los once cuentos que propone Maribel Feliú en esta especie de autoantología eminentemente erótica. Y aunque este ensalmo puede llamar por sí solo la atención, y serviría acaso como mínimo botón de muestra, sería demasiado breve e imperfecto: la poiesis erótica de Maribel Feliú es más que una mera y desenfrenada invitación al aquelarre. La narrativa de Maribel parte de un secreto y hondo conocimiento del goce, descrito sí, ficcionado también, pero vivido desde una personalísima experiencia. Y por ello no teme aventurarse, casi con saña, en temas como la zoofilia o la pedofilia con pulso firme. Un pulso que además maneja con poder la palabra, sin excesivo temor por lo que pudiera parecer procaz. Maribel ha conocido las aguas del cuerpo, del íntimo y propio, y sabe que nada hay más puro y hermoso que beber de ellas sin atavismos.

He dicho poiesis erótica, términos que difícilmente serían complementarios, pero en la obra de Feliú son un arma más filosa aún que cualquier situación, por escabrosa que pareciera. La insinuación de una imagen poética, sombras que adelantan el filo de lo no revelado, de una sustancia que palpita y fluye secretamente hasta derramarse, acompaña buena parte de su obra potenciando sus efectos de seducción. También el juego está presente, circulando aparte de sus cuentos. Juega con lo simbólico sexual, que puede venir desde el título de una canción, hasta la trama misma donde lo que se cuenta es codificado a través de esos símbolos en una trasmigración, nuevamente, poética.

Animal de otra raza es, si se quiere pues, un libro peligroso. Peligroso para los pacatos y temerosos, pues ciertamente el animal descrito aquí es fiero y dulce, y habita en cada uno de nosotros. Su liberación está signada por el más puro y natural goce vital. Una raza auténtica de quienes hacen de él una victoria continua y que, de seguro, no quedarán impávidos ante la lectura de este itinerario del placer, peligroso y torturante a veces, pero descritos con una precisa dosis de sensible voluptuosidad.


La noche en llamas de un barco sobre la arena

Por Eugenio Marrón

Formar parte de una tríada tan selecta como solicitada, a la hora de novelas que describen distopías –gravitación que signa no pocos trechos de sucesos verbales del siglo XX, para narrar sociedades ficticias inhumanas y su expansión en busca de cancelar cualquier anhelo redentor–, es algo más que una reputación activa e incesante: se trata de la mejor manera de verificar, según lo advertido por Mario Vargas Llosa en el ensayo final de su libro La verdad de las mentiras, que “las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano”. Así ocurre con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, que junto a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, conforma el trío aludido.

Justo al cumplirse el próximo 22 de agosto el centenario del nacimiento de Ray Bradbury, volver a las páginas de aquella novela suya no solo es una oportuna recordación del gran maestro norteamericano de la ciencia ficción y el terror fantástico, sino también un reencuentro enriquecido con los años –como el buen añejamiento para los licores de destacada estirpe–. Publicada por primera vez en 1953 –veintiún años después que la de Huxley y apenas cuatro tras la de Orwell–, hay en la de Bradbury una constante que viene desde la noche de los tiempos: la quema de libros y con ellos del peligro ante el despliegue de las ideas, sea arte, literatura, filosofía o cualquier variedad del pensamiento ejercido con libertad a favor de lo humano y sus circunstancias. Basta citar tres ejemplos: la combustión de los códices mayas el 12 de julio de 1562 por órdenes del clérigo Diego de Landa en Yucatán –“no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos”, alegaba el inquisidor–; la hoguera ordenada por Adolfo Hitler y ejecutada la noche del 10 de mayo de 1933, contra alrededor de veinte mil libros en la plaza Bebel de Berlín; y la fogata dispuesta por el general de división Luciano Benjamín Menéndez en la ciudad argentina de Córdoba el 29 de abril de 1976, justo en los inicios de la terrorífica dictadura militar, en la que se incendiaron obras de Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa, juntos a otros autores, “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros (…) para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos”, según lo dicho por el uniformado.

 

Tal como indica su título –la unidad de temperatura en la que el papel se atiza y arde–, Fahrenheit 451 es un relato que transcurre en una sociedad maniobrada por los bomberos, pero no tal como conocemos su desempeño en la extinción de incendios, sino todo lo contrario. Armados con unas extrañas mangueras lanzallamas, en las páginas de esta novela los bomberos persiguen, capturan y calcinan todas las páginas de la cultura universal, pues se trata de un mundo en el que los libros han sido condenados a su total exterminio –“no sutilicemos con recuerdos (…) Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio (…) Somos los Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios (…) no permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo”, le endosa con su verborrea fanatizada el capitán Beatty al bombero Montag, los dos protagonistas que terminarán por enfrentarse a la sombra de las hogueras y sus designios más devastadores. A su lado, los otros personajes se bifurcan –por un lado Mildred, la esposa de Montag, domesticada bajo el orden represivo de los bomberos, y por el otro la joven Clarisse junto a Faber y Granger, empecinados junto a otros rebeldes en salvar la memoria de los libros y con ella el sentido mismo de la Humanidad. Es así como en esa suerte de hermandad para salvaguardar el acto que implica un libro, presta a cualquier enfrentamiento, cada uno de sus integrantes dejará a un lado su nombre para, en la nueva identidad, llamarse como un gran autor cuya memorización los convertirá en biblioteca viva en pos de salvar los libros: “Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer a Marco Aurelio? Míster Simmons es Marco”, le advierte Granger a Montag. Es así como le explica a este: “También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después a por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia”. Y más adelante le acota: “Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez”. En ese mundo de la palabra publicada y su reprobación fuego en mano, en el que las pantallas rodean por todas las paredes de los hogares, a la vez que cualquier atisbo de pensamiento puede ser la mejor razón para una condena, los personajes de Ray Bradbury levantan un entramado que eriza al más cauto.

Como una intensa y muy desarrollada fábula –no exenta de un calado poético que distingue buenos trechos de su prosa, y sin desmayo de la energía concisa y afilada como un bisturí en su progresión narrativa–, que llega de un tiempo lejano, aun cuando sus señas la convierten en suceso ubicuo de ayer, hoy o mañana –y así bien pueden testimoniarlo las atrocidades del llamado Estado Islámico en los días recientes de Siria e Irak–  Fahrenheit 451 es una lectura inagotable. Tal es así que ha conocido dos versiones fílmicas muy referidas a  las lecturas que han hecho sus realizadores –con mayores o menores cuotas de apego al texto original–, muy ajustadas a las señas de sus dos momentos de realización: la de Francois Truffaut en 1966 –con el austriaco Oskar Werner como el recatado bombero Montag y el irlandés Cyril Cusack como el implacable capitán Beatty–, a las puertas de las intensas revueltas estudiantiles de aquellos tiempos en Francia, México y otros lugares; y la de Ramin Bahrani en 2018 –con los norteamericanos Michael B. Jordan y Michael Shannon, respectivamente, en aquellos roles– cuando ya casi podían avistarse en el horizonte los días de la COVID-19 expandiéndose por el planeta y también ese otro estallido global crecido con el impactante homicidio de George Floyd en las calles de Minneapolis. Es así como, de cierta manera, la novela también podría tenerse como un espejo a la vez alegórico y contextual de un tiempo preciso, y con ello el don de su autor para entregarnos una lectura de permanencia.

Graduado en la californiana Los Ángeles High School en 1938, Ray Bradbury nunca asistió a estudios universitarios: su economía personal no se lo permitía. Por ello, mientras vendía periódicos y revistas para ganarse la vida, se formaba autodidactamente con buena parte de su tiempo en la biblioteca pública, abriendo su camino entre libros, leyendo tenazmente hasta que, a comienzos de los años cuarenta, comenzó a publicar sus relatos en revistas. En 1950 publicó un libro de cuentos que sería su primer gran éxito de lectores y crítica: Crónicas marcianas, sobre la colonización de Marte y el establecimiento allí de una sociedad similar, en sus fortunas y desgracias, a la Tierra. Tras ese título vinieron, entre otros, El hombre ilustrado (1951), volumen de narraciones sobre los inmutables mecanismos tecnológicos enfrentados a los comportamientos humanos; El vino del estío (1957), novela delicada y cautivante, digna de un poeta, en torno a las vacaciones de un niño de doce años en una ciudad de la región del Medio Oeste estadounidense; y Remedio para melancólicos (1959), pieza de narrativa breve entre el realismo más descarnado y la fantasía más apocalíptica. Leído y traducido a numerosas lenguas, al morir el 6 de junio de 2012 a la edad de 91 años en Los Ángeles, California, de acuerdo a su estricta solicitud, el epitafio de su tumba sólo lleva la inscripción: “Ray Bradbury. Autor de Fahrenheit 451”, algo que advierte la predilección que siempre sintió por esa novela suya.

Al prologar la primera traducción a nuestra lengua de Crónicas marcianas, realizada por el editor español Francisco Porrúa para la editorial argentina  Minotauro en 1955, uno de los grandes admiradores del autor estadounidense, el argentino Jorge Luis Borges, escribió: “Ray Bradbury anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo, que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Ahora, a cien años de su arribo a la Tierra, al releer Fahrenheit 451, percibimos a las puertas de nuestras vidas a Ray Bradbury que llega con la noche en llamas de un barco sobre la arena.


¿Por qué no te gusta la ciencia ficción?

Por Moisés Mayán

¿Por qué no te gusta la ciencia ficción? Disparé a bocajarro contra la joven escritora. No me gusta, porque no me gusta y punto. Se cruzó de brazos como embutida en una camisa de fuerza. A mí tampoco me gusta, apuntaló su amiga. Cuando veo un robot o una nave espacial, simplemente cambio el canal y sanseacabó. ¿Entonces supongo que nunca se han leído a Asimov? ¿A quién?

Si aspiras a convertirte en un escritor serio es mejor que no te dediques a la ciencia ficción. La sugerencia no aparece explícitamente en ningún manual de técnicas narrativas, pero funciona como verdad de Perogrullo. Entre ficción y ciencia ficción nos encargamos de levantar una barrera de alambre de espino, y algo similar hemos hecho entre ciencia ficción y fantasía. ¿Por qué? Esa es la pregunta.

Hace unos años me impuse la tarea de ejercitarme en ciertas lecturas básicas sobre el género maldito. Pretendía, además de ampliar un poco mis horizontes de lector, descubrir si había algo más allá de La guerra de las galaxias, E. T. o Área 51. Los anaqueles de la ciencia ficción estaban atiborrados de chatarra espacial, así que elaborar un plan de lecturas era una misión no imposible, pero sí omplicada.

De H. G. Wells, Isaac Asimov y Ray Bradbury, pasé a rebuscar en el trastero local, comenzando por Oscar Hurtado, Ángel Arango, y Agustín de Rojas, desemboqué entonces en una fecunda generación comandada por autores como Yoss, Erick Motta, Michel Encinosa Fu, y luego me fui a los más recientes Premios Calendarios en el género. Una vez concluida la expedición, me hice con una buena caja de herramientas para desmontar discursos preconcebidos.

Me resultó perturbador que los autores que apuestan por la ciencia ficción son los únicos que no pueden ser escritores a secas, pues a la desmesurada creatividad que se les exige, deben añadirse conocimientos de aeronáutica, astronomía, física espacial, robótica, nanotecnología, ufología, en fin, un programa académico que los escritores serios no necesitan matricular.

Sobre los iniciados en este gremio pesan no solo viscosas atmósferas de subgéneros, sino el requerimiento de ser absolutamente originales. Para colmo, el vastísimo espectro de los premios, becas y certámenes literarios se reduce considerablemente cuando incluimos en el buscador de Google el término ciencia ficción. Sin embargo, en un presente donde los autores hemos tenido que mutar forzosamente hasta convertirnos en lectores los unos de los otros, y el lector natural, espontáneo, sin ínfulas de escritorzuelo, constituye una especie en peligro, los escritores de ciencia ficción ganan por goleada.

La ciencia ficción (anoten el dato) ha formado a sus lectores. ¿Cómo? Bueno, no puedo contestar todas sus preguntas en un artículo, pero les adelanto que he realizado mis trabajos de campo. En la pasada Feria del Libro de La Habana me correspondía presentar uno de mis libros de poesía publicado por Ediciones Matanzas, en el otro extremo de la mesa aguardaba pacientemente su turno, José Miguel Sánchez (Yoss). Los afortunados autores que compartíamos en la Sala Lezama Lima aquella mañana estábamos conscientes de una verdad colosal: el ochenta por ciento del público había venido por Yoss, o para ser más exactos, andaba tras la pista del volumen Etcéteras y otras cosas, Paratextos y otros cuentos experimentales de ciencia ficción.

Mientras los lectores de Yoss se disputaban un autógrafo, pensé que hacía poco menos de un mes, se había cumplido el centenario de Isaac Asimov, uno de los padres de la ciencia ficción. Asimov nació en Rusia en 1920, pero se trasladó a los Estados Unidos siendo todavía muy niño, fue en su nuevo país donde a los nueve años localizó en el estanquillo de periódicos la revista Pulp,  puerta de acceso a la ciencia ficción. Graduado como bioquímico en la Universidad de Columbia, consiguió terminar el doctorado en 1948, fecha en la que contaba con amplios conocimientos de física, geografía y meteorología, pero no fue hasta 1950 cuando publicó su primera novela, Un guijarro en el cielo.

En un mundo sobrecogido por el ascenso de Hitler en Alemania, el despliegue bélico de la Segunda Guerra Mundial, las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, el avance de la robótica, el progreso tecnológico, las tensiones de la Guerra Fría y el lanzamiento del Sputnik, Asimov no tuvo que devanarse los sesos para concebir los detonantes de su Saga de la fundación. ¿De verdad que no has escuchado hablar de Isaac Asimov?, volví a preguntarle a la joven escritora. Me suena ese nombre, fue todo lo que dijo. ¿Seguramente sí sabes quién es Will Smith?

Los dos pares de ojos se encendieron. ¿Quién no conoce a Will Smith? Pues bien, Will Smith fue el protagonista de Yo, robot, un filme de 2004, basado en una recopilación de cuentos donde Asimov desarrolla sus tres leyes sobre la robótica. Las muchachas volvieron a sumirse en un extraño mutismo. Aunque no conseguía observar sus labios bajo las telas del nasobuco, imaginé una mueca duplicada.

Afuera un monstruo microscópico amenazaba a la especie humana, las calles y plazas vacías filmadas por drones eran un espectáculo sobrecogedor, los camiones militares transportaban sarcófagos en alguna ciudad italiana, y los médicos vestían fatigosas escafandras… Precisamente el año del centenario de Asimov, la ciencia ficción y la realidad se superponían como capas de la misma fruta. ¿Por qué no te gusta la cienci ficción? La joven escritora destapó un frasco de antibacterial y extendió una leve película olorosa a alcohol en sus manos. Mejor nos vamos, dijo.


Ojos para no ver las cosas simples: escritos en tinta blue

Por Adalberto Santos

He leído en algún sitio, en estos días también de infodemia, que las personas que prefieren el azul padecen de seguro de trastornos siquiátricos. No sé qué pensar. Me gusta el azul. Y tengo la impresión de que a Martha Acosta Álvarez le gusta el azul. ¿Nos hace seres comunes en la insanidad? Quizás… Pero he visto un pájaro azul suyo describir un drama de añoranza y pesar, de libertad no plena; una habitación con vistas al mar, donde se definen los odios y amores, el quién soy y quién es el otro. O una chica, posible y triste, de vinilo soldado, con ojos grises, pasto de la rapiña y la codicia del sexo. Todo en azul. Una tinta que va describiendo desde el fondo de cada historia una secuencia común, un tono en la palabra que ahonda y apela a profundas reflexiones, donde el dolor interior está siempre presente, aun cuando se espere el posible fin de un mundo mientras se cena.

Las ficciones de Martha Acosta llevan en común, además, la eterna búsqueda de sus personajes: búsqueda del reconocimiento del yo en los ojos de quien se ama, búsqueda de un tiempo otro donde se fue feliz o donde se hallaría la felicidad, búsqueda de la verdadera esencia humana en medio de esa convención que llamamos sociedad. Pero no hay en esta búsqueda una Ítaca definitiva ni un telar insistente. Solo la pálida, azul insinuación, de una respuesta que se bifurca en un abanico de posibilidades. ¿Es Martha Acosta una autora azul? ¿Una mujer blue? ¿Alguien que describe desde la aparente calma y la sonrisa la tormentosa realidad que esconde el alma humana? Tal vez…  

Solo sé que esta invitación, también pálidamente blue, para adentrarnos en la lectura de los seis cuentos que propone Ojos para no ver las cosas simples, no puede ser definitiva ni definitoria. Leer a Martha Acosta es adelantar más preguntas que respuestas, es adentrarnos en un mundo quizás engañosamente azul, pero lleno de invitaciones y tonalidades que no pueden ser descritas terminantemente, sino esbozadas, sugeridas, como el pájaro azul que describe una historia entrañable, o ahora que lo pienso, como mirar al fondo de los ojos de esta joven autora, paradójicamente negros, y encontrar allí un destello azul, como de acero mortal, mientras con una sonrisa suya nos describe posibles modos de ver la vida en blue, y aún dejarnos con la inquietud de quien habla del amor, calladamente, mientras afuera, tras los cristales, el mundo se deshace.   


Bradbury, el último poeta marciano

Por Manuel Alejandro Martínez Abreu

  • “Los libros cosen las piezas y los pedazos del universo para hacernos con ellos una vestimenta”.

Ray Bradbury (1920-2012)

Dos caballeros vestidos con armaduras esperan en la oscuridad la llegada de un dragón al que deben matar. Ellos no lo han visto nunca, pero lo describen como una criatura enorme y monstruosa de un solo ojo, que escupe fuego y echa humo. Cuando por fin se produce el tan temido enfrentamiento, la historia da un giro insospechado…

Es la sinopsis El Dragón, el primer cuento que leí de Ray Douglas Bradbury. No por ser el primero se convirtió en mi relato favorito, me impactó la manera en que presentaba dos de los temas más importantes de su obra: la especulación sobre el tiempo y la amenaza del futuro.

Al dedicarle La Luz esta edición del Premio Celestino a uno de los tres grandes de la ciencia ficción (CF) he vuelto a hojear parte de la correspondencia que además de consejos para un principiante, me obsequió un corpus de lecturas que provocaron emociones y ayudaron a dar sentido a la experiencia de vivir a un adolescente bajo la metáfora de lo anticipado y lejano.

El descubrimiento de este autor comenzó por el artículo “Las manzanas marcianas de Ray”, publicado en el periódico ¡Ahora!: ¿Un padre que construye un cohete en el patio de su casa para darles a sus niños la alegría de un viaje a marte?, ¿bomberos cuyo trabajo no es apagar fuegos sino encenderlos para quemar libros?, ¿una sociedad donde leer libros era un delito?, ¿sujetos que memorizan obras completas para preservarlas y transmitirlas oralmente a otros?, ¿humanos como extraterrestres en Marte?, ¿invasores extraterrestres que encuentran en los niños humanos sus aliados?, ¿un curioso personaje con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes que están mágicamente vivos?, ¿y todos estos argumentos nacían de la mente de un autor de CF que no se adaptaba a la tecnología? ¿¿¡!??

Además de paladear mi apetito literario, aquel artículo se convirtió en el catalizador para conseguir los libros de Bradbury. Encontré Tres de Bradbury (una inolvidable edición de los 80 con carátula azul que incluía Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado) y la que sería mi obra favorita de este autor: El vino del estío, una novela que nada tiene que ver con la ciencia ficción.

Pero yo necesitaba más, mi curiosidad por ese autor rara avis crecía. La búsqueda continuó y entre tanto buscar y buscar encontré hasta su dirección postal. Le escribí, y para sorpresa mía y de muchos otros, respondió.

Así comenzó mi intercambio de cartas con este autor amante de los gatos, incapaz de manejar un automóvil y que nunca dependió de una computadora.

“Nadie puede enseñar a escribir ciencia ficción, aunque muchas veces se ha intentado” – fue su primera sentencia en la correspondencia –. “Lee poesía y encontrarás las mejores ideas”, “se debe escribir rodeado de libros” y “todo lo que necesitas saber sobre cómo escribir lo encuentras en Huckleberry Finn”.

Las recomendaciones literarias y las lecciones no se detuvieron hasta que obró para que llegara a mis manos su libro de ensayos Zen in the art of writing. Descubrí en aquel texto en inglés reveladoras páginas sobre su infinito placer de escribir, el porqué y el cómo.

Aunque la mayor lección que aprendí fue que existen libros que nunca se deben prestar, y menos si este es una primera edición, con dedicatoria y firma incluida de un autor incluido en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción, con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y con un asteroide (¡nada más y nada menos que un asteroide!) nombrado Bradbury 9766 en su honor.

Muchos califican a Bradbury como autor de culto, maestro del cuento poético dentro del género, en contraposición de otros que lo ven como un autor “blando” al no ubicar sus historias dentro de las vertientes más “hard” de la CF. Lo cierto es que este autodidacta escritor transformó el modo en que se entendía la literatura del género al producir un cambio con respecto al modo de concebirse los relatos, a pesar de que siempre se consideró como un escritor de fantasía. “En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos”, escribió quién demostró como nadie que el humanismo y la poesía, combinados con la CF o la fantasía, son una mezcla poderosísima para el deslumbramiento de las posibilidades de la imaginación.

Su influencia es visible en autores de CF de nuestro país como Oscar Hurtado, Ángel Arango y Miguel Collazo; mientras que en el audiovisual, los cuentos “Remedio para melancólicos”, “Sol y sombra”, “El cohete” y “El hombre ilustrado” fueron adaptados para la televisión y recontextualizados en el ámbito cubano sin que esto afectara el sentido cardinal de la historia.

Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial, escribió también poesía, guiones para el cine y la televisión y piezas de teatro. Pero muchos concuerdan al afirmar que lo mejor de este autor fueron sus primeras obras de ciencia ficción: Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas. Ambas, a pesar de la época en que fueron escritas, pueden considerarse como objetos de estudio de un experimento de sociología del futuro, sujetas a la exigencia premonitoria de la verdad.

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”, escribía Jorge Luis Borges en el prólogo de Crónicas marcianas. Mensajes de alarma extrema, tramas tan lejanas y ajenas como cercanas y posibles.

Y es que todo es absolutamente cierto con este autor. Su prosa poética marca la diferencia para afirmar que la ciencia ficción, considerada muchas veces como una rama desdeñable de la literatura, también vale para ajustar cuentas con el presente: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Tampoco harán falta las bibliotecas si nadie las dinamiza y si tampoco nadie es invitado a usarla. Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos. Pero estamos aprendiendo a cambiar”.

A pesar del miedo y la incertidumbre en estos días de confinamiento, revisitar a Bradbury se torna acto de resistencia personal ante la alfombra roja del inconcebible futuro de nuestra humanidad.