Lectores


“No dejar nada gratuito”

María Lorente, quien obtuviera Mención en la más reciente edición del Premio Calendario por su texto teatral She is leaving home/Qué va a ser de ti, es una joven dramaturga con mucho por contar. Sabe que hacer buen teatro depende, en gran medida, de no dejar nada gratuito. Su historia como escritora y teatrista recién comienza y esta es la invitación para conocerla, en un ángulo mas cerrado de observación.

¿Cómo ocurre tu primer contacto con el mundo de la escritura y con el del teatro? ¿Cómo descubriste tu vocación?

Creo que mis padres son lo más importante al hablar de mi vocación. Ellos son escritores y en mi casa siempre viví un ambiente de libertad, de buen gusto, una visión lo menos prejuiciada del mundo. Siempre fui hiperactiva y mis padres tuvieron que encontrar maneras para que yo soltara toda aquella energía: cursos de ballet, fotografía, numismática, artes plásticas y, por supuesto, teatro.

 Sara Miyares, muy cercana a mi familia y Teatro Guiñol, Las Estaciones o El Arca, fue fundamental en mi inserción en el teatro desde pequeña. Crecí viéndola actuar en el Guiñol, me inscribió en mis primeros talleres de teatro, montó obras conmigo y los niños de mi aula y me llevó a formar parte de su grupo de entonces (Teatro de muñecos Okantomí). Fue allí donde tuve mis primeras experiencias dentro de un teatro.

Con Okantomí participé en La calle de los fantasmas y en Bebé y el señor don Pomposo, todavía guardo los programas de mano: hice de fantasma, de mendiga, de lazarillo y ayudaba a los actores en los cambios de ropa o en cualquier cosa que surgiera tras los telones. A partir de ahí tuve muy claro en mi niñez y parte de la adolescencia que quería ser actriz. Me presenté en las pruebas de la ENA y no aprobé, lo cual, para mi sorpresa, no fue el fin del mundo. Todo lo contrario. Empecé a escribir, a escribir con conciencia.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Cuánta importancia le concedes a la investigación dentro de este proceso?

Cuando escribo, me encierro. Me gusta estar sola, en un ambiente tranquilo, sin interrupciones. Sin embargo, el tiempo de escribir no coincide siempre con el de concepción, trabajo de la idea o investigación, por lo menos para mí. Me pasa que cuando estoy en la primera fase de producción de un texto, mi mente se enfoca en eso con mucha fuerza, tanto que todo lo que leo, estudio, escucho o percibo, lo relaciono directamente con ese proceso.

Creo que cada proceso requiere un tipo de investigación que responda a las particularidades del futuro material. La investigación vivencial y la bibliográfica son las que he practicado para enriquecer mis textos. Me parece que todo lo que he escrito es también una investigación sobre mí misma.

¿Qué universo de referencias, tanto literarias como visuales y teatrales, te acompaña?

He visto mucho teatro malo, y creo que todavía me toca ver otra gran cantidad. Ese teatro que yo considero malo o poco interesante me ha enseñado mucho, me ha dejado claro lo que no quiero hacer. Ver o leer el teatro que me gusta también es de gran ayuda. Estoy en una edad en la que dejarme influenciar y, de alguna manera, intentar copiar recursos de mis paradigmas, es muy productivo.

En lo literario, mi primera referencia son mis padres, y creo que por eso no me he aventurado en la poesía, porque sería trabajar en un campo muy trabajado por ellos. Soy fanática de la literatura latinoamericana: Cortázar, Vallejo, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Quiroga o Ricardo Piglia. También Dostoievski, Hemingway y Salinger causaron revoluciones en mi manera de escribir.

Háblame un poco de tu texto teatral She is leaving home/Qué va a ser de ti, que fuera reconocido con una Mención en el Premio Calendario 2019 de Teatro.

Es el primer texto teatral que escribo de manera seria y todavía sigo trabajando en él. Después de leer Aire frío, de Virgilio Piñera, hice varios intentos por escribir una obra cuyo centro fuera una familia cubana (otra más para la gran lista de muestra dramaturgia). Finalmente vi 10 millones, de Carlos Celdrán, y eso fue lo que me impulsó a escribir sobre mi familia, mi casa, mis preocupaciones. Tal vez de ahí tomé la autoficción, la frontalidad o lo narrativo.

Fueron dos influencias conscientes: Aire frío y 10 millones, luego se sumó La noche de los asesinos, de José Triana. She is leaving home/Qué va a ser de ti es sobre Lucía, una joven de 24 años que se separa radicalmente de sus padres, Ramón y María. El texto ya está en proceso de publicación en la editorial Aldabón, de Matanzas, y eso me tiene muy entusiasmada y trabajando más.

Desde el año 2018 has acompañado al proceso creativo de Carlos Celdrán y Argos Teatro como asistente de dirección. Esto te ha permitido asistir de cerca al nacimiento de los montajes de Misterios y Pequeñas Piezas (Premio Villanueva de la crítica en 2018) y Hierro (Premio Villanueva de la Crítica en 2019), ¿qué experiencia te ha otorgado esta cercanía y hasta qué punto has podido revertirla en beneficio de tu trabajo de escritura?

Siento la influencia de Argos Teatro desde muchísimo antes de tener la oportunidad de observar sus procesos de montaje. Por eso empezar a trabajar ahí ha sido un privilegio y, a la vez, una enorme responsabilidad. El trabajo de asistente de dirección es un término medio raro entre lo técnico y lo artístico. Este trabajo me deja mucho espacio para el aprendizaje, que es mi principal objetivo en el grupo. Ellos me han aportado tanto que estaré siempre en deuda.

Salí de la soledad de mi cuarto, de mi mundo de dramaturgia utópico, para insertarme de lleno en un teatro. Esa es una experiencia que todos los estudiantes deberíamos tener. Estar ahí, durante todo el proceso de montaje de una obra, cambia totalmente el punto de vista de uno con respecto al teatro.

 Como dramaturga lo que más me aportó fue ser testigo de la mutación del texto del papel a la escena. Además, fue muchísimo más productivo para mí el hecho de haber participado en dos montajes en los que el dramaturgo y el director eran la misma persona. Vi a Celdrán mirando desde la perspectiva de un director su propio texto, tratando de ser lo más objetivo posible, haciendo cortes, rescribiendo escenas y descubriendo facetas u objetivos nuevos que como dramaturgo no imaginó.

¿Piensas que el ISA es un paso necesario, o acaso imprescindible, para los jóvenes dramaturgos, o existen otros caminos posibles?

Un artista no necesita un título o una ley para legitimarse. Un artista necesita una obra. Creo que el ISA no es el único camino, sin embargo, sí es un puente, una valiosa guía para encaminarse en el arte. Al menos desde mi experiencia lo ha sido.

El ISA no hace al artista, le brinda herramientas y es el estudiante quien tiene que saber aprovecharlas. Uno no se puede quedar nada más con el ISA, hay que salir, que entrar en contacto directo con las cosas, participar en todos los eventos (los buenos, los malos y los peores) y estudiar también materiales que necesariamente no están en el plan de clases.

La Facultad de Teatro tiene la suerte de contar con profesores que son, a la vez, artistas y teóricos de referencia nacional. Ese diálogo que se establece con los profesores y futuros colegas es lo más valioso de la Universidad, desde mi punto de vista.

Si tuvieras que definir tu escritura, ¿qué palabras elegirías?

La definiría con las palabras claridad, transparencia y verdad. Ojalá y otras personas al leerme definieran mi escritura de ese mismo modo.

¿Cuáles son los temas que le interesan a tu teatro?

Las relaciones familiares, entre padres e hijos, y los conflictos de los personajes con su entorno. Sobre todo, temas y personajes que tengan posibilidades de cuestionar la realidad y de dialogar con el público cubano actual sin caer en estereotipos.

Me gustaría hacer un teatro que, aun partiendo de un contexto nacional particular, pueda rebasar esa frontera y hablar de algo universal. Esto se lo debo mayormente a Argos Teatro.

¿Sientes que el mundo de la intermedial y lo hipermedial permea de alguna forma, menos o más visible, tu creación?

Por supuesto. Esa es una realidad en la que nací. Mi generación ha vivido esa fugacidad con cierto atraso por ser Cuba, pero igual es apabullante. Desde que tengo conexión a Internet por el teléfono móvil, todo se mueve desde ahí. No he insertado de manera consciente estos medios en mi escritura, pero creo que de una manera u otra están ahí.

Por ejemplo, en She is leaving… las diferencias generacionales se pueden reconocer también por el modo en que cada personaje interactúa con la tecnología: los padres de Lucía no saben conectarse a Internet por el móvil y el padre no sabe manejar el teléfono inalámbrico, por ejemplo.

Como joven artista, ¿cuáles son los principales obstáculos espirituales, materiales o de cualquier orden que entorpecen la creación en los momentos que corren?

Siento que el mayor obstáculo para mí, soy yo misma. Lucho todo el tiempo en contra de mi vagancia para sentarme y seguir puliendo el material, en contra de la idea de que un texto ya está terminado, en contra de otro texto en proceso que puede hacerme dejar el anterior a medias, en contra de mis inseguridades y, la más dura, en contra de la autocensura. Pienso que la mejor manera de quedar bien ante un futuro lector o espectador es ser sincero, investigar de manera seria y pulir mucho el material, no dejar nada gratuito.


«El fin último de la poesía es dejar un testimonio»

Es una de las jóvenes voces de la poesía actual que sobrevivirá al paso del tiempo. Hacer una puesta semejante puede resultar arriesgado o polémico ya que, en materia de escritura, en materia artística, es difícil anticiparse al paso del tiempo y de las miradas, siempre subjetivas, de la crítica y el público.

Sin embargo, el arte también posee objetividad. Objetividad que asume el sinónimo de talento, persistencia, memoria y vibración. Quienes recibieron con sorpresa la noticia de que Antonio Herrada se había alzado con la Mención Única del Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén, en su más reciente edición, tal vez se han perdido a uno de los poetas cuyo testimonio, en los caminos de lo creativo, vale la pena escuchar y sentir. 

¿Crees que hay una necesidad de definir qué es la poesía en los tiempos que corren (o en cualquier otro tiempo)?

Una definición siempre presupone una frontera. Una marca que delimita el esto sí y aquello no. Creo que a veces hace más daño definir. Lo mejor de los avances siempre ha sucedido en los márgenes. Si me arriesgara a esbozar un concepto empezaría cada línea con la palabra NO. (Criterios de forma): NO hay que escribir en rima, NO hay que escribir en versos, NO hay que evadir las formas narrativas, NO hay que evadir la rima, NO hay que evadir los versos, NO hay que escribir con moldes narrativos… y así un largo etcétera. (Criterios de contenido): NO quiero extenderme en esto, pero me gustaría proponer un concepto físico, la resonancia, y hacia allí que camine el texto, que la poesía NO sea un rebaño de temas que sale a pastar todas las mañanas, sino que cualquier asunto humano provoque una vibración, una igualdad de frecuencias que hagan al texto y lector oscilar.

La poesía es una materia, asociada muchas veces a la palabra escrita, pero que claramente se transmuta y asume cuerpo no solo en muchas manifestaciones artísticas, sino también en la vida cotidiana. En términos canónicos está la tradición, la historia de la literatura, las escuelas, los estilos. Sobre eso volvemos, negamos o asentimos. Y nos ponemos en diálogo con personas que ni siquiera conocimos, y de las cuales a veces nos separan siglos. Otra muestra más de la teoría de las vibraciones. Si me pidieran una definición, me arriesgaría a esa frontera difusa, y que la libertad expresiva tenga la última palabra.

¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Hay dos etapas. La primera es una etapa permanente, es la búsqueda, la lectura, el estar atento a todo lo que el ojo del poeta ve en su día a día. Muchas veces esa mirada está condicionada por el proyecto que escribo en esos momentos, aunque no desatiende otras imágenes no relacionadas con esto pero que pudieran formar parte de algo futuro. Por eso digo que soy poeta a tiempo completo.

Una película, un libro, una noticia, un resultado científico, una canción, el paisaje que observo cuando me traslado por la ciudad, una frase dicha al aire, cualquier cosa que me provoque una mínima vibración. Muchas veces acompaño estas experiencias de notas. Y esas notas son la materia prima de la segunda etapa. A veces paso meses sin revisarlas y cuando lo hago encuentro poemas completos. Soy un escritor de notas y a veces hago poemas.

Cuando maduran, surgen los libros. Me gusta hallar relaciones infinitas y la idea del proyecto de libro. En esto contradigo la posición de Hemingway, y aunque a veces la musa me agarra escribiendo, nunca comienzo un texto como una invocación.

Esta segunda etapa lleva el corrientazo de la escritura y un larguísimo proceso de revisiones, donde trato que cada palabra tenga su justo lugar. Este modus operandi arriesga por la calidad antes que por la cantidad. Me permite disfrutar como un escolar sencillo y no como un asalariado. Y a veces se reconforta con lecturas como la de Pound, cuando dice que más vale legar una buena imagen que no un conjunto silencioso de obras voluminosas. No obstante, siempre queda el riesgo, la apuesta por la idea fallida, el tiempo dedicado a lo que no concretará en página impresa. Para eso solo queda el desprendimiento y el placer que provoca la contemplación.  

Amén de las lecturas, ¿indispensables? para cualquier escritor, ¿de qué manera se forma un poeta hoy en día?

Hay que entrenar la sensibilidad como un atleta. La lectura sigue siendo la fuente nutricia fundamental, pero la poesía empieza en todas partes (Nogueras, ob.cit). Me gustaría que existiera un reglamento de estricto cumplimiento para todos los poetas o aspirantes: y que empezara con una orden de alejamiento. Nuestro gremio sigue siendo como un gueto, nadie sale y nadie entra.

Ojalá pudiéramos orientar una hora de conversación profunda por cada hora de lectura. Y una libreta donde reflejemos el tiempo dedicado al intercambio con otras artes y artistas. Además pudiéramos disponer de planes de internamiento en zonas naturales, práctica de deportes extremos, unas cuantas materias científicas, clases de baile, idiomas y filosofías orientales, y por qué no, el contacto con niños(as) y con comunidades en desventaja social.

Después de estas sesiones, la sensibilidad del poeta tendrá buenos músculos. NO me gusta la imagen del bardo ensimismado. Prefiero el camino del conocimiento profundo de toda obra humana. Por ese camino quiero llegar a la poesía.  

Algunos de mis entrevistados me han hablado de la existencia de una supuesta crisis de lo poético en el pensamiento de la nación cubana, ¿opinas de igual manera?

Si la crisis consistiera en que el peso de la poesía en los círculos artísticos, políticos y mediáticos de la nación ha disminuido, pudiera estar de acuerdo. La poesía se ha retirado un poco del imaginario del cubano. El pensamiento (como cuerpo creado desde instancias de poder) ya no la tiene tan en cuenta. Pero esto no tiene nada que ver con la calidad de la poesía. Pocas veces se ha escrito tanta poesía y tanta poesía sobre Cuba. Esa parte del pensamiento que también es marginal tiene una salud increíble, es rebelde, heterodoxa, criolla. Claro que no podremos esperar un coro.

El propio sistema cultural ha hecho que crezcan exponencialmente los poetas publicados, las editoriales, los concursos. Y el propio sistema es un atentado contra la calidad de la poesía. Porque la poesía es una industria de la exclusividad, no de la reproducción continua.

Claro que no es el objetivo del sistema, está hecho para todo lo contrario, para crear incentivos y dar apoyo, pero a veces los resultados no acompañan. Lo podemos ver en los cientos de libros que se publican cada año. Si al escritor y al lector no les molestan estas escrituras desechables, pues no habrá contradicciones, esperaremos cada año los nuevos libros como se esperan las nuevas versiones de los celulares.

Pero si por el contrario están buscando un producto único, habrá que cambiar las estrategias. Pienso en un pequeñísimo grupo de poetas contemporáneos cuyas obras valen para negar esa crisis. Habrá que abrirles más espacio, llevar sus obras a otros circuitos, argumentar sus valores. Sacarlas del gueto.

¿Creamos poesía en Cuba con miradas únicamente regionales y signadas a un momento en específico o se busca lo universal? ¿Es ese “lo nuestro”, de alguna manera, sinónimo de “lo universal”?

Esta contradicción entre lo universal y lo local me da siempre algo de risa. ¿No estaban escribiendo los griegos sobre sus dioses, sus hazañas y sus problemas cotidianos? ¿No estaba Guillén hablando de lo que nos define en el imaginario del mundo? El verdadero desafío está en evitar la repetición, en aportarle algo nuevo a lo que tantos han dicho. La clave está en el olfato que debe tener el escritor para identificar la universalidad de un tema local o en cuántas sensibilidades pueden abarcarse desde la íntima realidad de un solo hombre. A veces desespera no solo que sean los mismos temas sino que no hay nuevas formas de tratarlos. Y eso sí es la huella de una crisis creativa.

Eres codirector del proyecto Coliseo Poético. Háblame un poco de esta experiencia.

Pudiera hablar de esta experiencia como de un embrión. Surgió de una manera muy inesperada, en una conversación, intentando simplemente hacer una lectura de poesía de forma diferente. Y ha cambiado mucho. De participantes, de espacios y de patrocinadores. Invariable se ha mantenido Osmel Almaguer, el otro poeta culpable, y quizás algo del espíritu. Ha intentado, sobre todo después de la segunda edición, unir varios temas de interés del ámbito poético nacional: los mundos virtuales (todo, excepto el día de la competición, sucede a través de Internet), una buena remuneración económica (los premios por la lectura de varios poemas superaron en cuantía lo que cualquier premio que se otorga en la mayoría de los concursos nacionales), el resurgir del interés por la lectura del poema en público, la adrenalina de todo concurso en vivo, la participación del público en las decisiones y no solo del jurado, y en cierta medida la democratización y diversificación de la forma de jerarquización literaria más extendida en el panorama literario actual: los concursos.

Después nos enteramos que en el mundo proliferan muchas acciones de este tipo, bajo reglas más o menos parecidas, y hay varios circuitos importantes de slam poéticos, aunque nuestra propuesta gladiadora nos gusta pensarla con nuestros propios intereses.

Solo hemos realizados dos ediciones, la última tuvo también un público considerable (diría que unas diez veces o más de las personas que normalmente participan en una lectura de poesía), y además activo en cada decisión que tomaba. Tuvo mucho apoyo y resistencia sobre todo de poetas. Algunos nos pensaron guerreristas o pretenciosos tejedores del canon. Cosa que nos dio mucha risa, y que obviamente es un síntoma del purismo inútil que aún persiste. Claro que es una obra en perfección. Múltiples causas han retrasado la realización de la tercera edición, pero la idea no ha muerto.

¿Estás aburrido? Planifica tu aislamiento. Lee los libros que siempre pospones. Termina tus proyectos inconclusos. Responde entrevistas. #Quédate en casa. (Mensaje de Antonio Herrada, Mención Única del Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén)/ foto cortesía del entrevistado

¿Crees que existen líneas/propuestas estéticas comunes dentro de las diversas voces que conforman la poesía de los nacidos en los años 90? ¿Hasta qué punto es infructuoso ya estudiar las poéticas de los creadores ateniéndose solo a la coincidencia temporal de haber nacido, o no, en una década?

Como NO me gustaría que nadie viniera a quitarme mi trabajo, creo que sería bueno dejarle estas preocupaciones a la crítica, y si no existe, pues a los creadores que quieran aventurarse. Como escritor aún no diviso esas líneas, o será que no logro insertarme en las que existen. Quizás desde fuera alguien pudiera venir a iluminarme y a cambiar mi opinión. Ya habrá tiempo.

Particularmente no me interesa el tema, más allá de lo que puedo descubrir leyendo a mis contemporáneos o intercambiando criterios. En ese sentido, cuando varios comulgan en intereses, la línea o el grupo emergerá solo. Lo que sí no puede perderse de vista es que para trazar líneas deben existir voces. Y una voz no es publicar libros o ganar varios premios. Hay que establecer la diferencia. Una voz es un sonido muy difícil de imitar.        

Se ha hablado mucho de la poesía como lenguaje revolucionario, que por necesidad obliga a que se revolucionen pensamientos, estéticas e, incluso, criterios artísticos de una época. ¿Es esta la función, así sea adyacente, de la poesía? ¿Se percibe esto en nuestro cuerpo poético nacional?

Ojalá toda poesía fuera revolucionaria. Hace poco oí de una joven historiadora del arte que la poesía era la base de todo hecho artístico, como la ciencia básica que experimenta horas y horas en laboratorios para en el futuro desarrollar un producto. Hay sobrados ejemplos de lo que la poesía ha revolucionado, incluso como himno de transformaciones y luchas sociales.

Me gusta pensar la poesía como una forma elevadísima del pensamiento, como un acto del conocimiento. Incluso la más contemplativa. Pudiera hasta establecer una cadena de consecuencias, a mala poesía corresponderá mal arte, como al pobre desarrollo de un guion corresponde un mal cine. Asumo esta posición determinista. Pongo esta regla en mi tintero y recuerdo algunas voces. ¿Todavía tengo que hablarte del panorama nacional?

foto cortesía del entrevistado

En la poesía, ¿es mesurable una relación con el lector? ¿Hasta qué punto un poeta debe escribir para dialogar con potenciales “otros”, e intentar ser comprendido por ellos?

La relación con el lector que eres es vital para el escritor que intentas ser. No se trata de complacer a nadie. Pero tampoco puede perderse de vista la función fundamental: el poema es un medio de comunicación. Hay que definir los públicos a los que quisiéramos conquistar, o al menos escribir pensando en el lector ideal, que es el modelo de uno mismo. Todo lo que traicione esto (escribir para concursos, para el mercado, para sacar un libro tras otro…) va a tener un rápido final, feliz para los que prefieren la Literatura (en mayúsculas quiero decir).

Me consta que eres un autor que madura sus libros con extrema paciencia. ¿Por qué?

Voy a ponerte un ejemplo doméstico. En poesía me gusta el ritual de revisar obras completas. Analizar el volumen. Hace poco me percaté que la poesía de un poeta ¿local? que respeto, Delfín Prats, tenía unas 200 páginas. Ya he escrito esa cantidad en poemas. Acabo de pasar mis 27 años, lo que limita totalmente la posibilidad de ingresar en el club de las leyendas. Podríamos preguntar a muchos lectores y recordarán más versos de Delfín que los de muchos Premios Nacionales de Literatura. Esto tomando en cuenta que ni es un poeta mediático ni ha escrito como Buesa para el “gran público”. Algo dice esto de su poesía.

Autores han muerto muy jóvenes con considerables (en cantidad y calidad) de páginas escritas, hay otros que acumulan grandes volúmenes en sus largas vidas. Están los Rimbaud y los Nicanor Parra. Estos ejemplos me sirven para enunciar que el fin último de la poesía es dejar un testimonio, una huella que nos trascienda. Un ensayo de lo que sería la vida después de la muerte. Claro que la paciencia no es la clave. Es apenas una estrategia para intentar hacer las cosas lo más sedimentado posible.

A veces lo mejor de la producción se da en una corta estación de escritura. Y a veces el tiempo permite entregar obras reposadas. Ya he dicho que soy poeta a tiempo completo, soy un remunerado de la vida académica y científica, a veces escribo.

Paso mil veces más tiempo editando mis textos que poniéndolos en hojas. Cuando uno aprende a desprenderse de florituras la paciencia es apenas la evidencia de que el texto es lo que vale, la búsqueda, la escritura, la poesía es lo que vale. Ya para entonces, la vida propia del poema, separada de la emoción del poeta, habrá empezado esa lucha por quedarse.

¿Estás aburrido? Planifica tu aislamiento. Lee los libros que siempre pospones. Termina tus proyectos inconclusos. Responde entrevistas. #Quédate en casa. (Mensaje de Antonio Herrada, Mención Única del Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén)/ foto cortesía del entrevistado

Diez películas de Probeta (+ fotos)

La experimentación artística se ha convertido en una de las divisas de los miembros de la filial santiaguera de la Asociación Hermanos Saíz; no pocos de sus miembros apuestan por esta variante creativa para definir el resultado de sus propuestas. Desde las distintas secciones se pueden advertir creaciones que rompen constantemente con lo formal. Existe una preocupación por la evolución estética de sus obras por parte de los creadores.

[+]


«Escribir para mí es un acto de placer»

María Karla Águila escribe desde Montreal sobre las formas de interpretar la belleza (siempre efímera y cambiante). Su Cienfuegos natal la acompaña y también la obsesión —esos motores también efímeros y cambiantes— de encontrar al personaje roto, al fragmento de una historia o de un verso. Poesía y narrativa tejen sus hilos sobre esta joven escritora que ha empezado a recorrer los pasillos amplios de la literatura.

¿Cómo construyes, desde lo emocional, lo espiritual y lo racional, tu propio ejercicio creativo?

No hay nada que piense que no pueda ser dicho por uno de mis personajes. Cuando me encuentro frente al papel, la historia parece ser dictada por otra persona, yo soy más bien la copista. No sé cómo funciona. A veces todo empieza por una frase, el recuerdo de mi madre diciéndome que si no me bañaba me iba romper los dientes. Es una frase que puede resultar violenta, pero mi madre es una santa y en el cuento, la madre de la muchacha también la quiere mucho, pero la muchacha no soy yo, es otra. La muchacha puede ser una compañera de clase que tuve en la primaria y que vi hace unos días. Es algo así, es un efecto collage o Frankenstein.  

En tu viaje desde Cienfuegos a Montreal, ¿sientes que tu mirada hacia la creación y hacia la narrativa ha cambiado sustancialmente? ¿La migración física conduce, de manera obligatoria, a una mutación estética? ¿Cómo asumes, además, el cambio de una lengua hacia otra?

La Karla que partió de Cuba en abril del 2017, ya no es la Karla que responde a esta entrevista. Yo cambié, cambió mi manera de ver las flores, los animales y mis semejantes. Ya no veo a mi país igual, ya no veo a mi familia igual, ni a mis amigos tampoco. Mi literatura (eternamente mutante) heredó, por suerte, este principio orgánico y evolutivo. Creo que la migración física conduce de manera obligatoria a la mutación estética. Las formas de interpretar la belleza cambian, porque la belleza no es la misma.   

El francés, como lengua proveniente del latín, guarda bastante hermandad con el español. Una vez que conoces un poco de vocabulario te vuelves especialista traduciendo mentalmente de una lengua a la otra, ya que ambas guardan estructuras gramaticalmente idénticas. Aunque por el momento no escriba en esta lengua, no abandono la idea de que algún día sea capaz de hacerlo.    

En el año 2019 obtienes el premio que otorga la Universidad de Montreal y la revista Hispanophone por tu cuento Un tren sin puertas ni frigorífico. ¿Cómo se abre paso un artista joven en un contexto geográfico que no es el suyo?

No tengo muchos consejos que dar respecto a ello. Realmente participé en ese concurso porque soy estudiante de la Universidad de Montreal en Estudios Hispánicos. La convocatoria llegó directamente a mi correo y vi en ella una oportunidad de probar suerte y ser leída por otras personas que no fueran cubanos. Fue una sorpresa. Un premio siempre se recibe con inmensa sorpresa y sobresalto, cuando dijeron mi nombre casi me desmayo.

Días después me invitaron a una clase de práctica del español, que se imparte en la misma universidad, y los estudiantes me hicieron algunas preguntas con respecto al acto de creación. Era una experiencia que vivía por primera vez en un país que no era el mío. Mis compañeros de clase me hablaban en los pasillos de los personajes de mi cuento, les intrigaba el hecho de que fueran reales. Hermosísimo.       

¿Sientes que el escritor tiene alguna responsabilidad de mapear o retratar su realidad y su tiempo, o debe enfocarse en otras búsquedas?

No creo que necesariamente tenga que retratar su realidad; cuando el acto creativo se convierte en un deber deja de ser arte por arte y comienza a tener otros apellidos. No me considero una escritora militante, no estoy comprometida con mi realidad, ni siquiera estoy comprometida conmigo.

Los temas, los personajes, los versos surgen de una manera inexplicable, vienen en forma de obsesiones o de imágenes. Algunos hablan de lo que he vivido o he visto, pero no surgen de una necesidad social o de un comprometimiento con alguna causa. No me veo hablando de reciclaje, ni de consumismo, ni de maltrato animal. Me veo hablando del ser humano, de mí, buscando…    

De tu experiencia como escritora en Cuba, ¿con qué te quedas? ¿Y qué desecharías?

Me quedaría con casi todo. Desecharía la parte de imprimir y buscar sobres para enviar a concursos, la parte de enviar por correo mis textos y que casi nunca lleguen.   

La diáspora de autores cubanos, diáspora ya sea temporal o permanente, ha provocado una cierta dispersión en el conocimiento que los creadores tenemos unos de otros; y también una cierta dispersión entre los lectores que pierden de vista a determinados autores. ¿Crees que exista una estrategia, así sea mínima, para establecer puntos y puentes de conexión entre las escrituras de la Isla, con independencia del área geográfica en que su creador se encuentre?

Creo que es buena cosa esto que haces, por ejemplo. Mediante las entrevistas podemos conocer lo que piensan otros autores, lo que nos separa, pero principalmente lo que nos une. Admiro la labor de Milho Montenegro. Quisiera, algún día, tener esa dedicación de promover a otros escritores, esa dedicación que hace que nos acerquemos a otras maneras de crear.

Pienso que otra buena estrategia serían las antologías; en medio de esta crisis editorial, creo que son una buena solución. Dar paso a la publicación colectiva. Cada cual, con su estilo y su propia búsqueda, pero tomados de la mano, en un mismo libro. La antología como un espacio de socialización.

Háblame un poco de tu libro La que debe morir, Premio Reina de Mar 2017 en el género narrativa…

La que debe morir es un libro que me hace siempre sonreír. Es un libro que adoro y del cual me siento súper orgullosa. Está dividido en dos partes: la primera se desarrolla en una ambientación rural y la segunda en una ambientación urbana. Es un libro de mujeres, de mujeres al borde de la fatiga, de la existencia. Mujeres tratando de lidiar con la miseria personal y colectiva. Hay risa y llanto, fango y asfalto. Son cuentos breves, medios acabados, como la vida de sus personajes.

¿Cuáles son los temas/obsesiones/seducciones que intenta tocar tu literatura?

Me interesa el sexo, todo se trata de sexo, como dijo Oscar Wilde. Me interesan las dinámicas callejeras, cómo habla la gente, me interesa la gente anónima, los que acompañan a los héroes, los que no se atreven a matar, pero lo piensan. Me divierte hacerlos hablar porque tengo alma de titiritera. Poner esperanza allí, donde se supone que no había espacio para una puerta, entonces la puerta se abre y el ladrón se escapa del policía.

En la poesía soy otra, la poesía es un espacio más personal. Cada verso es una imagen que creí ver o que quise que sucediera. Escribo poesía porque no se cantar, ni tocar ningún instrumento musical.   

¿De qué manera se imbrica, en tu trabajo, la poesía?

La poesía está presente en todos los aspectos de mi vida. Sin embargo, cuando escribo narrativa, hay textos que me demandan alejarme de ella, mientras que en otros se entremezclan “lo narrativo” y “lo poético”, creando así lo que algunos definen como “texto frontera”. Pienso que de una manera u otra, la poesía está presente porque siempre va conmigo, forma parte de lo que soy y de cómo interpreto cada acontecimiento.

¿Cuánta importancia le concedes a la disciplina y al rigor del oficio en tu ejercicio creativo?

Una vez leí o escuché que si no sentías la necesidad de escribir no eras un escritor. Estuve torturándome mucho tiempo, incluso, cuando me dicen “escritora” algo en mí tiembla de inseguridad.

No siento la necesidad de escribir. Puedo pasarme meses sin hacerlo y no me castigo, ni me deprimo, ni me juzgo mal por ello. Cuando me siento frente a la computadora, el poema se teje solo, el cuento se sucede sin trabas, todo fluye. No veo mi escritura conectada a una estrategia, escribir para mí es un acto de placer… como hacer el amor. 


La poesía transforma la videncia

Ismaray Pozo sorprende, y eso lo consigue no solo su poesía o su belleza interior sino también su pensamiento, que crea zonas de grietas y de relumbre. Conversar con ella sobre el arte y la literatura podría ser un pretexto, transformado al fin en otra cosa: unos instantes maravillosos que quiero compartir con los lectores de esta entrevista. La poesía, esa videncia primera y última, es el tema que de inmediato sale a la luz.

¿Es posible poetizar la vida, la experiencia cotidiana? ¿O está el poeta condenado de antemano a intentar reflejar el mundo, pero solo ver el reflejo de la luz en el fondo de la caverna?

No veo otro modo de poetizar sino a partir de la experiencia vital. ¿De qué otra cosa vamos a poetizar sino de la vida? El hombre habla de lo que conoce. En última instancia, puede teorizar sobre algo desconocido, pero siempre lo hará en relación a lo que ya sabe, a lo que es para él una evidencia. Y lo desconocido —pienso en el origen del mundo, la existencia de Dios, la muerte, la existencia de la vida después de la muerte, etc.— se convierte en una suerte de “conflacionismo”.

El hombre se subordina al orden de las estructuras, a un nivel de la realidad, en ese sentido hay cosas que tendrán que seguir en un estado de ocultamiento, por desentrañar o (in)desentrañables. Por tanto, lo desconocido es otra evidencia. Es ese el material del poeta, que no es para mí un ser condenado, quizás sí como decía Pessoa, un fingidor. Un develador de formas. Homo locuens. Hombre hablante y pensante capaz de significar; en el caso del poeta, capaz de resignificar ese mundo que está ahí y nos viene dado.  

De la misma manera que el hombre es configurador de lo humano, el poeta es un reconfigurador de lo humano/resimbolizante de lo humano. Es alguien con una sensibilidad para desatender ese nivel de la realidad, ese orden del que hablaba ahorita, para construirse otro. De esa nueva entropía o nueva disposición nace el poeta.

¿Hay mestizaje, hay hibridez en tu poesía? En este mundo que vivimos, ¿todo acto poético/artístico es de por sí mestizo y/o híbrido?

Salvando las primeras formas sociales, las primeras expresiones del arte asociadas a la caza, la veneración de ídolos…, creo que nunca más ningún pensamiento nació del vacío. Todo parte de algo. Todo en el arte fue después relacional, bien por mímesis o por resistencia a algo, como las vanguardias.

Somos seres temporales, precedidos, eso hace que haya mezclas, influencias, referentes, que haya una circularidad, una vuelta sobre los mismos temas, con puntos de conexión con otras poéticas, otras formas de creación. Si es eso a lo que llamas mestizaje, sí, hago una poesía mestiza, atravesada por todas esas herencias quedadas de lecturas, experiencias, estudios.

Si te refieres a un purismo de estilo, también, aunque no siempre. No me molesta ese tipo de contaminación porque, siendo fiel a la primera pregunta, la vida está muy contaminada, afectada. “Los nuevos mapas son distintos”, dice Eltit. Ya no importa tanto el cómo sino el fin.

Por ejemplo, siempre me ha parecido La mujer del mercader del río: una carta, de Ezra Pound, un poema, una misiva y un magistral cuento. Igual te podría citar narradores sesgados por la poesía y en mí trasciende más lo leído (en la narrativa) cuando encuentro también eso. Lo otro.

Lo importante, creo, es poder hacerlo bien, no todos los caminos nos conducen a Roma, y a veces comenzamos algo que se termina trenzando, trocando en otra cosa.

Lo puro solo lo veo asociado al origen, al germen de algo; cuando ese algo crezca, progrese, ya estará irremediablemente combinado, conminado también, pues hay en todas las formas de comunicación una amenaza/intrusión/ruido/participación.

Se ha dicho que la poesía, en la actualidad, se lee poco. Sin embargo, la poesía aun tiende a escucharse, tal vez con más facilidad que leerse. ¿Continuamos siendo receptores de la oralidad? ¿Hasta qué punto el acto de vivir la poesía, cuando la comunicamos a través de la palabra hablada/escuchada, transforma el acto de comunicación?

Continuaremos siendo receptores y emisores de la oralidad, en tanto seres hablantes. Incluso viviendo con un alto nivel de enajenación o ensimismamiento vamos compartiendo tradiciones, mitos, leyendas, parte de nuestra historia a través de nuestras acciones. La palabra tiene fuerza, ya sea oral o escrita. Reencarna en cada uno de nosotros.

Cuba está interceptada, pintada por la palabra. Interceptada por mitos, ritos, por las culturas hispanas, africanas, que fueron trasmitidas de esa manera. Cuánta gente no se inicia hoy en las religiones africanas y esa fe es también fe en la palabra, en la herencia de la palabra. Eso que se vuelve inmutable, trasciende. Pero no tienen los mismos códigos la palabra escrita y la palabra oral.

cortesía de ismaray pozo

No creo que el decir la poesía ayude a que se consuma más. Ciertamente la poesía se consume poco; creo que siempre, en relación con otras artes, se ha consumido menos. Hay un riesgo en lo que es consumido por todos. En ese sentido, no lo veo mal, la poesía no puede ser para todos, como tampoco lo es la Física, la enfermería, la pintura, la fundición de metales.

Hay una gran tradición de repentistas, improvisadores, decimistas en nuestro país. Veo en esa forma de trasmitir lo poético una performatividad, necesita de la interacción con el oyente, se reafirma muchas veces en esa interacción y el oyente recibe y reacciona, como una llamada-respuesta. Ahora, toda la poesía no precisa el mismo nivel de interacción.

Yo prefiero trabajar a un nivel más simbólico, sensorial —no tan audible— cuando tengo que enfocar el ojo sobre la línea impresa, como la punta de un aerostato.  En la escucha otras cosas pueden disuadirnos. El oído también es un órgano con una memoria temporal muy corta.

Charla conla poeta Ismaray Pozo

Les comparto esta charla que tuve con la poeta Ismaray Pozo el pasado 14 de febrero después de la presentación de su libro.

Publicada por Joaquín Chávez Pérez en Martes, 25 de febrero de 2020

En una narración, quizás escuchar si la pared era blanca o azul (solo si eso determina en la historia) no hará la gran diferencia. Si nos perdemos la línea de un verso en un poema, quizás no entendamos el poema. En lecturas de poesía, pienso que algo siempre se nos pierde, algo siempre intercede entre el texto y el que escucha, trasformando —como dices— el acto de comunicación, o bien haciéndolo incompleto.

Háblame un poco de tus referentes literarios y de cómo llegas al mundo de la escritura.

A todo sitio se llega buscando. Así llegue yo a la escritura, buscando un sitio. Empatizamos con lo que conocemos. Lo que siempre está en nosotros se torna parte de nuestro carácter, de nuestra identidad. En casa siempre tuvimos libros. Mi padre era por entonces un gran lector. Lo primero que hacía con su salario era comprar libros en la librería municipal. Entonces me acostumbré a esa presencia.

Leía libros de la colección Huracán en la adolescencia, Flaubert, Dostoievski, V. Hugo, Tolstoi. La escritura llegó después, estando en el IPVCE, o poco antes. Para mí, aquello solo era garabatear en una agenda. Era una de las muchas inquietudes que sentía por el arte, de manera que no lo sobredimensioné.

No me planteaba escribir. Y lo hacía, como es natural, distanciadamente, con períodos de sequía, inconstancias. Ya estando en la Universidad comienzo a recibir otras influencias literarias, pero lo curioso es que los caminos eran siempre corvos, nunca rectos, nunca el acercamiento fue directo porque no buscaba. Leyendo ensayos por lo general llegaba yo a la poesía. Recuerdo lo determinante que fue leer un ensayo de Beatriz Maggi sobre Emily Dickinson. O leer ensayos sobre el Caribe, la megritud para llegar a Cesáire, Glissant, Roumain… Pessoa. Mis primeros referentes poéticos están por ahí.

¿Cómo se puede promover mejor la buena escritura?

Si te refieres a promover, de gestarse, de hacer buena escritura, dependerá del nivel de exigencias que cada uno se plantee para lograr eso.

Si te refieres a impulsar la buena escritura, darla a conocer, también.  

Cada persona es dueña de sí; “cada vida la defensa de una forma precisa”. Cada uno de nosotros toma lo que cree conveniente, decanta, filtra. Lo bueno es siempre una meta, un fin ulterior. Llegar a lo bueno requiere tiempo, sudor, sacrificio.

¿Existen las modas literarias? ¿Son una real sintomatología de lo que lee el público o de lo que se consume en estrechos círculos de críticos, seguidores de un autor determinado y/o defensores a ultranza de dichos autores?

Existen. La moda siempre responde a un estado de opinión. Dependerá de la globalización del asunto (el libro, el autor), de su mediatización. Siempre han existido las modas, por molestas que sean a veces, en tanto tendencia, disposición a algo. Eso no lo instaura una persona, es un camino de muchos

Puede deberse a todo eso que apuntas y que yo resumiría en una sola palabra: reconocimiento. Incluso si lo que se quiere con eso es detonar algo anterior, centrifugarlo, remover lo que está establecido. Confieso que me gusta mantenerme al margen del tema. Como dice una amiga: “tan esclavo de la moda es el que la sigue, como el que la rechaza”. Soy esclava de ese rechazo. Hay que negar ciertas corrientes. Pero, ¿acaso no fueron en su momento “modas” el impresionismo, el neoimpresionismo, el fovismo, el romanticismo, el pop-art, el bebop?

Por otra parte, la lucha por el reconocimiento existe desde el origen de los vínculos sociales, desde la familia. Como existe también un intercambio, una transferencia de dones: en los autores que siguen a otros autores por moda, en los lectores que leen lo que otros leen, los críticos que coronan o fulminan. Eso va creando jerarquías, voces que se expanden con una fuerza tentacular. Es el despliegue humano.

Para mantener una postura crítica ante eso, porque cualquiera puede perderse en la curvita anhelada de la fama, a veces me pregunto para qué hago lo que hago. Y dudar es bueno —además de romper toda vanidad—: centra, recompone.

¿Hasta qué punto el mundo de las artes visuales impacta, o no, en tu imaginario poético/creativo?

Creo que bastante. Estudié Historia del Arte y eso, como todo lo que se estudia, fue plantando parcelas, rellenando espacios. Ahora me pregunto cuánto no tendrá que ver el ejercicio crítico con la poesía. La poesía es hipercrítica. Hay varias asignaturas en la formación que entrenan de alguna manera para eso.

En mi tiempo recibía clases de Víctor Fowler y Adelaida de Juan. Ambos impartían talleres críticos, el primero sobre el audiovisual, Adelaida sobre las artes visuales. Ese ejercicio es especular como un espejo. Lo que digamos de la obra puede tener más de nosotros mismos que de la obra. Lo cierto es que pasamos mucho tiempo en el aula recibiendo una cantidad de información que ahí está.

Años después, sobre todo si una se desvincula de las artes visuales, parece que esos caminos antes plantados fueron con el tiempo arrasados como un viejo maizal. Y no. Siguen estando ahí. A menudo llegan. Sobre todo, en textos donde tiendo al barroquismo, a la recreación de atmósferas, porque así es como surgen en mi cabeza ese tipo de imágenes, muy pictóricas. Contrario a la memoria auditiva, la memoria visual/fotográfica logra otra preñez, una gestación más larga en el inconsciente.

El cuerpo que habitamos, el género que habitamos (o nos habita), ¿impacta directamente en nuestra escritura o es solo una condición salvable e intrascendente? ¿Cómo sientes que te sucede a ti?

Escribimos con el cuerpo. Bailamos con el cuerpo. Dormimos con/en el cuerpo. Vamos a buscar el pan con el cuerpo. Bañamos al cuerpo con el cuerpo. Gracias a esa corporeidad estamos en este mundo. El cuerpo nos universaliza, pero también nos individualiza. De manera que tanto la naturaleza de lo que escribo, lo que persigo, lo que hago en la vida, tiene que ver también con la naturaleza de mi cuerpo.

¿Existen reales conexiones entre los poetas cubanos de estos tiempos, esencialmente entre los jóvenes? ¿Conexiones que trascienden al hecho de aparecer juntos en una antología o leer en un mismo espacio? ¿Crees que, más allá del acto creativo, ese que es usualmente solitario, les son útiles al autor las asociaciones con otros creadores? ¿Por qué?

Siempre existen conexiones cuando se coincide en un sitio, en un tiempo; cuando vivimos en una isla tan pequeña como Cuba, tan burbujeante; cuando se tiene una edad aproximada; pasamos quizás por las mismas escuelas, al menos recibimos los mismos planes de enseñanza; tenemos iguales símbolos patrios; nuestros nombres inventados; tenemos como creadores similares divisas, al menos la de seguir creando en la Cuba de ahora, y coincidimos por tanto en Festivales, Ferias del Libro, Juegos Florales, intercambiamos nuestros contactos de móvil y muchos somos amigos por Facebook.

Puede que incluso muchos de nuestros referentes literarios sean los mismos. Intercambiamos libros, novedades, bases de premios en grupos de WhatsApp. A estos premios enviamos cuadernos, según la suerte, los enviamos después a los mismos planes editoriales. Sí, las conexiones existen.

Pero no te puedo hablar del nivel de trascendencia de todas ellas. Cuando leo algo de la poesía que hacen los jóvenes en Cuba, no encuentro, más allá estas coincidencias temporales, muchas semejanzas. Eso me alegra.   

Las asociaciones creativas siempre son dinamizadoras, propositivas, agentes de cambio y, a menudo aglutinan parte de lo mejor de una generación. Pienso en la Revista de Avance, Orígenes, el Grupo de los Once, Volumen Uno, Arte Calle, Puré, Enema, Diaspora(s), Fluxus, el Cinetismo, los surrealistas, Irakere, La Fania, qué se yo.

La historia está marcada por el tendencionismo, los guettos. Eso habla a favor del grupo, de la centralidad de fuerzas en pos de un bien común. Aunque un grupo o asociación, como quieras llamarlo, no funciona si cada miembro no tiene su propia combustión.

¿La poesía duele? ¿Hace feliz? ¿Puede transformar?

La poesía transforma la videncia. Hace que todo cambie y descambie, como apunta un personaje infantil de Graciliano Ramos. Ese cambio y descambio es también endógeno en lo más interno de nosotros mismos.

Cuando llegó, de esa manera salvaje, germinal, como llegan todas las cosas, podía asociarlo con el dolor. Ya no: es indolora como muchas enfermedades hereditarias, un gen degenerado; como la miopía que hace que vivas recalculando los objetos, las distancias, que vivas recalculándolo todo.

Por otra parte, la felicidad es vaga, oscilante. La poesía simplemente trasvasa, al margen de una condición u otra.


«No sé si la literatura me eligió, pero yo sí la elegí a ella»

En una Cruzada Literaria —hace ya algunos años— conocí a Evelin Queipo, una autora que apuesta por una literatura crítica y sin fronteras. Ella sabe que el talento no eclosiona fácilmente. Por eso, quizás, es que Evelin se manifiesta como una autora paciente y algo silenciosa. Silenciosa y creadora, porque es preciso decir que los motores de su arte no paran nunca de moverse.

¿Qué es lo que más valoras en la formación de un escritor?

Valoro la asimilación de lecturas, de contenidos, la asimilación de las críticas negativas. Conozco gente que lee de manera voraz y de todo; pero son incapaces de reflexionar en torno a eso que han leído. Entonces, si leemos y no interpretamos, o no asimilamos el mensaje, no ha servido de mucho la lectura.

 Respecto a la asimilación de contenidos sucede casi igual. Si estudias una carrera de humanidades, perteneces a un taller literario o a un Centro de Formación como el Onelio, y no asimilas el contenido que te imparten, se ha perdido el tiempo asistiendo a clases.

 Y finalmente las críticas. Si alguien se rehúsa a escuchar críticas, si solo quiere opiniones favorables u opiniones “autorizadas”, nunca mejorará demasiado. Yo siento que uno crece cuando es capaz de asimilar verdaderamente esa crítica que dolió, que nos hizo lanzar un texto a la basura.

Y acepto las críticas de donde vengan: de mis alumnos del taller, de los niños con los que trabajo, de los lectores más diversos y casuísticos, y de los grandes escritores también. En un primer momento, mi sistema defensivo se rehúsa a aceptar la crítica, pero después viene el tiempo y se encarga de demostrarme si había o no razón en ella.

¿Qué es lo que consideras como madurez literaria? ¿Se puede ser un autor maduro con independencia de la edad biológica?

En su sentido más amplio, madurez indica la llegada a un nivel completamente funcional del desarrollo. Pero, ¿cuándo y cómo puede un artista o escritor demostrar que lo que hace ha llegado a la etapa superior de su desarrollo? Eso puede suceder a cualquier edad. Ejemplos hay de quienes alcanzaron su madurez literaria en la adolescencia y juventud, y quienes tuvieron que esperar a los 50 años para dar lo mejor de su producción artística. Pero en cualquiera de los casos tiene que pasar el tiempo para poder estudiar todo el corpus literario de ese autor, analizar, comparar.

Si te lees los primeros textos de García Márquez, su periodismo, por ejemplo, hallarás textos maduros, magníficos, excelentes. Pero después vivieron otros muy superiores que dejaron a aquella producción en franca desventaja. Lo que quiero decir es que en sus textos primerizos puede encontrarse madurez literaria, pero muchos críticos te dirán que el Gabo llegó a su madurez mucho más tarde.

¿Por qué eliges la literatura? ¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

No sé si la literatura me eligió, pero yo sí la elegí a ella. La elegí porque me gusta leer, y me resultan inexplicables los resortes que mueven la creación literaria. Me gusta mi idioma, que es muy sonoro y musical, me gustan las lenguas, me gustan las rimas, los cuentos, vivo enamorada de ese mundo. No sé vivir si no es en un ambiente literario y creativo, rodeada de niños, que son unos creadores magníficos y nunca bien comprendidos. Me encanta que me asalten con un buen poema o un excelente minicuento. Pero, por favor, que nadie se tome esto demasiado en serio. No me acosen en la calle. (Risas).

El proceso creativo tenía antes en mí un momento específico, pero ya no. Ese proceso transcurre lento y no para jamás. Siempre estoy mascullando algo, un poema, una idea, un cuento. Si la idea se resiste, puedo darle vueltas durante años. Eso lo aprendí de Heras León: “cada cuento tiene una forma especial de ser contado. Nuestra misión es encontrarla”.

Aunque te describa mi proceso creativo, me quedo corta. De más está decirte que investigo primero, que estudio un pocotón, que no me atrevo a poner una letra si antes no me he preparado. Pero sigue siendo un misterio el proceso creativo.

Te pongo este ejemplo. Una vez tuve una idea para un cuento. Me pasé años estudiando el asunto, pero no salía. Una madrugada, presionada porque me faltaba una cuartilla para completar el número de páginas de un concurso, me senté y lo escribí de un tirón. Una idea que trabajé durante años quedó reducida a 20 líneas. Al otro día se lo leí a un amigo muy crítico, a ese que no me perdona una, porque yo tampoco le perdono nada a él. Resultado: pude ver el asombro en su cara. Pude ver el efecto que ocasionó el final sorpresivo. Creo que si ese amigo no me mintió con sus gestos, con sus palabras, hay que darme un palo en la cabeza para convencerme de que está malo el cuento que escribí aquella noche.

¿Existe una fórmula, fija o no, que procure como resultado el nacimiento de un buen libro?

Hay fórmulas fijas. Claro que sí. Una de ellas puede ser dominar las técnicas narrativas. Eso es vital. Hay quien no las puede nombrar, pero sabe usarlas, porque imita modelos. Otra fórmula es conocer qué quiere el lector para el que trabajas, qué busca. Luego se lo das. Pero también hay que manipularlo. Hay que agarrar las emociones como quien se agarra las partes blandas. Luego aprietas, cosquilleas, masajeas, hasta que saques una lágrima, una risa, una carcajada, una reacción emocional cualquiera.

Si las reacciones le duran al lector, date con un mazo en el pecho, hiciste un buen libro. Eso sí, como el asunto es netamente emocional y, por tanto individual, un mismo libro puede ser excelente para unos y muy malo para otros. Nunca tendrás una opinión general.

Se ha comentado, no en pocas ocasiones, que la literatura joven cubana sufre una “crisis” creativa. ¿Qué opinas de estas afirmaciones? ¿Se han perdido los afanes de contar o ha disminuido el talento?

¿Acaso esos comentaristas se leyeron el cuento de Cirilo Villaverde que sirvió como boceto a Cecilia Valdés? Se publicó, y en opinión de varios críticos es un cuento de escasa factura. Y si te pongo otros ejemplos (nada halagüeños) de grandes escritores, seguro no me creerías, pero igual podría catalogárseles como víctimas de la “crisis” creativa.

Sin embargo, en el peor de los casos esa “crisis” se ha creado aquí mismo, la han creado muchos de los que hoy acusan a la “literatura joven cubana”, porque ellos mismos han sido los jurados de los concursos que los han premiado. Tampoco tengo la posibilidad de leer a la joven literatura francesa, española, norteamericana, argentina… Creo que muchos tampoco la tienen. Sin un estudio comparativo no me atrevo a afirmar que la literatura joven cubana sufre una “crisis” creativa. Se puede especular con esa afirmación, pero demostrar que es cierto… son otros cinco pesos.

¿Cómo observas y valoras la literatura de tus congéneres, en tanto cercanía espacial y temporal?

Creo, por sobre todas las cosas, que es variada. Siendo así, la literatura goza de salud. Esta lección la aprendí con el maestro Lino Betancourt, que me dijo lo mismo respecto a la trova joven. Y llevaba razón su enunciado. Nada que se mueva y sea diferente muere.

Creo que hay cosas geniales hechas por los jóvenes, pero también muy malas. Y en ese ir y venir de opiniones favorables y desfavorables avanza la literatura. ¿Por qué levantar la voz para hablar mal de lo que hacen los jóvenes? ¿Los adultos y adultos mayores escriben tan genial? Yo quiero ver, Evelin Queipo, si piensas lo mismo de aquí a 30 años. (Esta última oración no la escribí yo, sino mi otra Yo, que conste en el acta).

La tendencia en cuanto a aparición de nuevas voces en el panorama literario cubano hace creer que nos encontramos en una era donde el talento eclosiona fácilmente. ¿Es así en realidad? ¿Todo lo que se visualiza o se promociona como “lo mejor” de la literatura joven, es precisamente lo mejor?

En un país que ofrece educación gratuita, que da acceso a diversos medios de comunicación e información, que está lleno de Casas de Cultura, de talleres literarios, que tiene programas tan variados para la promoción de la lectura y la literatura… ¡caramba!, ¡claro que tienen que florecer los escritores por todas partes! Y también los que se creen que pueden ser escritores. Eso es normal. Anormal fuera lo contrario.

El talento es otro asunto. Que te ganes un premio o tres, y te publiquen un libro o 10, no quiere decir que tengas talento. Kafka tenía talento y casi no publicó en vida. El talento no eclosiona fácilmente, pero la literatura sí cuando se han creado las condiciones para ello. En este país se han creado las condiciones. ¿Contamos cuántas editoriales hay en Cuba? En un rápido conteo: cinco de la AHS, 16 de los CPLL, las FAR y el MININT tienen sendas, la UNEAC tiene una en Santiago, otra en Pinar, existe Unión en La Habana, están las editoriales nacionales, algunas universidades tienen sellos editoriales, algunas Oficinas del Historiador también… ¿Por cuántas vamos? Y si hay editoriales, la lógica indica que tienen que eclosionar los escritores. Unas veces más y otras menos maduros, pero están ahí y también está el lector, que no perdona medias tintas.

Lo “mejor” de la literatura joven… es mejor que no hablemos mucho de eso. ¿Quién puede darte lecciones a ti, que eres un lector voraz, de “lo mejor”? ¿Quién puede darme esas lecciones a mí? ¿Quién puede decirle a mi hija de siete años, que lo mejor NO es El gato científico, de Yunier Riquenes, o Epaminondas, de Oros Viejos? Me los pide cada noche. Yo quiero leerle Platero y yo, y otros clásicos; quiero demostrarle que la literatura infantil es mucho más que eso.

Pero muy poco se puede hacer cuando un niño de siete años va al librero repleto de títulos infantiles, toma el de su preferencia y te lo pone en las manos para que se lo leas. Hay que respetar las elecciones de cada cual. Y mi hija puede presumir de tener un amplio espectro de lecturas, porque yo me encargo de leerle, de llevarla al teatro Guiñol, de llevarla a las peñas, a los talleres…

A mí me cuesta mucho trabajo demostrarle a los niños que leer es mejor que ver animados. Tal vez no lo logre, pero no me canso de intentar. Igual, que siga intentando la gente convencernos de qué es lo mejor. Tal vez lo logren.

¿Cuál es tu opinión con respecto al sistema de premios? ¿Ayudan al escritor, facilitan su trabajo o lo hacen lidiar en un pugilato constante donde solo se crea, o mayoritariamente se crea, para ganar?

Es lindo que haya premios, es bueno y es útil. Pero, ¡cuidado! Nadie se deje obnubilar por tres mil pesos y una publicación. En todas partes del mundo hay cazadores de premios. Viven y producen para eso. Y al que velan, no escapa. Es así como hay gente que repite ganando premios. A veces los mismos premios.

 Hay libros que uno sabe que son para competir. También los hay que no son buenos para eso. ¡Qué terrible debe ser someter la creación a los premios todo el tiempo! ¡Pero qué terrible debe ser también escribir libros que nunca ganen premios! Un premio ayuda y dos también. Veinte premios son geniales. Lo que es terrible y maligno es el vicio, es la esclavitud. Si negociamos con esos males pueden sobrevenir ataques de muy alta y muy baja autoestima, podemos salir perdiendo nosotros como seres humanos. La creación nunca pierde. Ella existe y ha existido desde siempre. 

¿Existe un mercado editorial cubano?

Vayamos, como en “madurez”, al concepto básico de la palabra “mercado”: conjunto de transacciones o acuerdos entre compradores y vendedores. Comercio formal y regulado, donde existe competencia entre los participantes. ¡Caramba! Creo que la respuesta a lo que me preguntas es NO.

Sin embargo, no hay que angustiarse por eso. Tenemos libros, tenemos literatura y tenemos lectores. Creo que nada en el mercado tiene un precio real. Todo lo que podemos comprar, negociar, vender, tiene un valor simbólico. Yo no puedo comprar todos los libros que he leído, no puedo comprar todos los que leeré. Pero los libros están ahí y yo los leo de cualquier manera. Nada me lo prohíbe. Ni las leyes del mercado.

Solo si no existieran los libros, la literatura, si no existiera yo, podría dejar de leer. Olvidemos a los mercaderes. Ya Jesús los echó del templo hace más de mil años. A leer, a consumir libros con la vista, con los dedos, con los oídos, con la mente, con las ganas de leer. Y los escritores y las editoriales que lloren las pérdidas mercantiles y la usurpación de los derechos de autor. (Esta última oración tampoco la escribí yo.)

Vives y escribes en Camagüey que, sin dudas, es una plaza importante si se habla en materia literaria. ¿Sientes que los conceptos centro (dígase la capital) y periferia (el resto de las provincias de Cuba) se difuminan cuando abordamos la materia artística? ¿Tienen los creadores de La Habana cierta “ventaja” en cuanto a promoción, creación y/o difusión de la obra?

He editado algunos libros y me parece un poco soberbio que un autor se cite a sí mismo. Pero hoy comprendo la utilidad. Una pregunta muy parecida me hizo Yasel Toledo y la entrevista salió publicada en Cubadebate. Sería bueno poner un hipervínculo aquí pero no ¿se puede? (Risas).

Si no existiera la diferencia entre centro y periferia, todo se llamaría “centro” o todo “periferia”. Ese es un principio básico de la economía del lenguaje: no deben existir dos palabras para una misma cosa. Si te fijas en los sinónimos, muy pocos comparten lo que se llama “sinonimia absoluta”. Pero veamos, cada cosa tiene sus pros y sus contras. Hay “cabezas de ratón” que se han mudado a la capital y no han llegado a ser ni siquiera “cola de león”.

En este sentido se puede favorecer el artista que eligió no migrar a la capital. Pero de que en los centros están las mejores y mayores posibilidades… eso es una realidad. Me quedo estupefacta y llena de sana envidia cuando mis amigos de la capital me cuentan cosas que yo ignoro palmariamente: lecturas con pagos en CUC, extranjeros que hacen ofertas, invitaciones, editoriales que vienen y hacen buenos y malos negocios… Y se me va llenando el corazón de arrugas cuando veo que a “provincia” llega tan solo una de esas bondades, y allá va la gente dispuesta a todo con tal de conseguir un beneficio mínimo. Se forma la guerra. Se pelean unos con otros.

Entonces quisiera que se difuminaran los conceptos de “centro” y “periferia” aunque sea en materia artística. Pero la semántica, dentro de las disciplinas humanísticas, suele ser bastante exacta: “centro” y “periferia” son antónimos perfectos.

¿Qué le falta a la joven literatura cubana para romper las fronteras territoriales de la nación y llegar a los lectores de otros países?

Aquí cerca, a esta hora de la noche, está mi otra Yo, y está loquísima por responder. Dice que tres palabras son suficientes. Le digo que no y se lo prohíbo rotundamente. Pero ella me ha dado un golpe maestro, me ha paralizado los dedos y…

…responde: un mercado editorial.

Solo entonces me devuelve el teclado y yo quiero borrar lo que ella ha escrito y teclear mi propia respuesta, que es diferente aunque no antónima. Pero entonces pienso… ¿y si ella tiene razón?

 

Camagüey, diciembre de 2019

Evelin Queipo Balbuena y mi otra YO.


«El arduo proceso de cuestionar y entender»

En lo real, el escritor encuentra la belleza de la escara y sus (in)certidumbres. Su viaje por el camino de la zozobra es siempre una invitación. Ahmel Echevarría conjuga, en su obra, fotografía y banda sonora de la vida. Por eso, advierto, es que esta entrevista ha de entenderse como un soundtrack incompleto.

––¿Sientes que, más allá del punto de vista del estilo, existen hilos conectores, más o menos visibles, que relacionan a tus textos?

Aunque siempre me propongo “cambiar de rostro” en cada libro, y esto significa no repetirme, o en última instancia “repetir desde la diferencia”, hay un propósito común en mis libros: el amor y la memoria.

Me interesa situar al individuo en el centro de una historia de amor tan compleja y variable como variable y complejo es el ser humano. Dicha historia, en la que se alternarán alegrías y derrotas, acontecerá en un contexto privado y público afectado por los vectores de la ideología, la política.

Visto así, las historias que narro, acaso novelas de amor, van del presente a un pasado reciente. Hasta el momento, el pasado en mis libros se ha circunscrito a las décadas del 60 y 70 del siglo XX cubano.

Foto Cirenaica Moreira

––¿Existe una clave, una fórmula, que garantice la hechura de un buen narrador?

No existen, al menos no en el sentido que creo tiene tu pregunta. Sin embargo, pienso en los decálogos como posibles rutas a seguir, no fórmulas.

Cuando analizas el contenido de los decálogos de grandes escritores, esos textos que algunos leen como Mandamientos, además de las coincidencias verás no pocas diferencias. Esas variaciones nos hablan de la imposibilidad de la fórmula.

Los decálogos deben leerse con la alarma de la sospecha siempre activada. Este detalle podría ser una clave.

Hay un factor común en los grandes narradores: la capacidad de observar y asociar, el singular manejo del idioma, los riesgos asumidos en el acto de construir un relato (personajes, estructura, temas, la disolución de las fronteras entre los géneros, etc.), la manera en que su literatura se adelanta hasta el punto en que no pocas ocasiones resulta ilegible o incomprensible para sus contemporáneos.

––¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Una imagen siempre es el punto de partida, una imagen que contiene una suerte de enigma. Luego toma la forma de una o varias preguntas cuya respuestas ignoro, lo cual me sitúa en el camino de la investigación, del modelaje de las tramas, conflictos, personajes, el tipo de narrador.

Junto con la imagen inicial “se producen” una serie de frases relacionadas con el enigma o la(s) pregunta(s). De ahí nace el título del libro y parte del espíritu que debería tener.

Como se trata de un proceso de ensayo y error, no doy nada por sentado hasta sentir que he arribado a un punto donde todo cobra sentido. Los elementos que parecían dispares empiezan a conectarse. Entonces solo queda abandonarse al placer de la zozobra.

A la escritura nada le es ajeno, trabajar en un proyecto de novela es casi similar a investigar un crimen.

––Tu obra ha sido identificada como parte de la Generación Cero, ¿qué ganancias ha reportado, en materia escritural, ser parte de dicha Generación? ¿Percibes que es una generación ya superada o notas que las nuevas promociones de autores intentan emular, con más o menos éxito, las fórmulas de la promoción anterior?

Con Generación Cero hay más de una confusión, toda vez que se ha utilizado para nombrar dos objetos de estudio diferentes.

Partamos de que es una etiqueta. Por un lado, dígase que fue creada por el escritor Orlando Luis Pardo Lazo, en su versión inicial era Generación Año Cero. Bajo esa etiqueta estábamos un grupo de escritores que coincidimos en el espacio literario coordinado por el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), y que además comenzamos a publicar en el 2000. Para Orlando, el 2000 era nuestro año cero.

Algunos críticos decidieron utilizar la etiqueta a la hora de segmentar y reunir desde el punto de vista temporal, para el estudio de la narrativa y la poesía, a los autores que comenzaron a publicar a partir del 2000. En resumen: redujeron el largo de la etiqueta y ampliaron el tamaño del objeto de estudio. En ese punto se generó cierto desmadre.

Más allá de la aceptación y el disenso de los miembros del grupo que aparece en el párrafo donde menciono a Orlando, y de incorporaciones que luego hicimos, vale aclarar lo siguiente: G0 no es exactamente una generación sino un grupo o promoción de escritores.

En “materia escritural”, para utilizar tu propio calificativo, al menos en su núcleo la ganancia que reportó se resume en una ideología de grupo, lo cual conduce a la manera en que pensábamos la literatura en relación al contexto en el que estábamos viviendo, y la crítica que queríamos hacer.

A pesar de las diferencias de estilo y temas entre sus integrantes, porque esa variedad caracteriza a la G0, pensamos un espacio que no era solo literario, al que no solo le interesaba la literatura, y que no solo era físico, muestra de ello son el e-zine the revolution evening post, las revistas digitales Cacharros(s), 33 y 1/3 y Desliz.

De manera extraña, y tras coincidir en los espacios creados por el escritor JAAD, se produjo una comunidad de afectos e intereses que entre algunos integrantes de G0 dura hasta hoy.

No me concierne responder si G0 ha sido superada. Igual no creo que importe demasiado, porque cada promoción, grupo o generación debe pensar su propio espacio. A su cuenta y riesgo debería reaccionar ante su realidad con sus propias herramientas, con su noción del mundo, con su propio dispositivo de enunciación.

––Hay generaciones inolvidables en la historia de la literatura de un país, ¿Generación Cero merece un lugar semejante?

Con el transcurso del tiempo, todo aquello que en cierto momento nos desveló e hicimos ―y aquí uso el plural para referirme a cualquier individuo― ocupará su justo lugar. Ese lugar podría ser el silencio, la derrota.

Ya se verá si los de G0 merecemos el olvido.

––¿De qué manera te relacionas con el mundo de los premios? ¿Hay fricción en tu vínculo con ellos?

Por lo general, los premios solo distribuyen un poco de dinero y resonancia. El dinero y ese tipo de ruido nunca vienen mal.

No tengo ningún problema con los premios. Si lo gana un amigo, me alegra igual. Creo que fue en el 2011 cuando el Guillén y los Carpentier cayeron en manos de Luis Yuseff, Jamila Medina, Osdany Morales y Marcial Gala. Fue una muy grata sorpresa, también una señal.

Los premios están ahí para que lo intentes, y algunos son menos limpios o menos justos que otros. Son las reglas del juego, no se pueden perder de vista.

Pero la literatura, la literatura a secas, está en otra parte.

––Muchos autores cubanos, tanto jóvenes como de mayor trayectoria, se quejan de la poca promoción, a escala internacional, que tienen sus obras. ¿Es este un factor que puede ser combatido por el individuo o requiere de un esfuerzo a mayor escala? ¿Qué puede aprender nuestro incipiente mercado del libro de otros mercados con mayor experiencia?

La literatura cubana no está en ningún mapa literario, en ninguna agenda ni buró de las grandes, medianas ni pequeñas editoriales que marcan el pulso de lo que acontece en el panorama literario internacional.

Solo se manejan algunos nombres, muy pocos; la mayoría de esos pocos, porque debo insistir en la cantidad, son los grandes muertos del panteón literario cubano.

Los pocos autores vivos que aparecen en ese panorama o mapa están allí no precisamente por la gestión de agentes o editoriales cubanas.

Cuando en los diferentes movimientos promocionales de autores latinoamericanos jóvenes veía y veo la ausencia de Jorge Enrique Lage ―el Lage de Carbono 14. Una novela de culto, La autopista o Archivo— confirmo que tal ausencia no solo está relacionada con asuntos netamente literarios.

Tu pregunta habla del mercado. Y el mercado tiene reglas duras que hay que conocer. Entre sus actores principales están los agentes y editores. Ellos establecen las reglas del juego, y construyen el mapa o el panorama al que desean acceder los autores que mencionas.

Es casi imposible ubicarse allí desde un lugar tan marginal como Cuba, contando solo con la conexión a Internet.

Puesto que ya estamos hablando de Cuba y el mercado, otra vez utilizaré tus palabras: “nuestro incipiente mercado del libro”. A mi modo de ver, ni es nuestro, ni es incipiente, tampoco es mercado. No existe.

Lamentablemente, aunque cuenta con personas lúcidas, profesionales, y entregadas a su trabajo, incluso con algunas pequeñas y buenas editoriales, a estas alturas el sistema editorial cubano, tal como está diseñado, no puede aprender ni mejorar nada.

––La palabra “comercial”, asociada a la literatura, parece ser una condición de la cual muchos escritores rehúyen. ¿Qué importancia le concedes al hecho de la calidad literaria vinculada al aspecto comercial del libro como objeto arte?

Más allá de la complejidad y densidad de un libro o un autor, lo cual lo sitúa en desventaja en un panorama donde la lectura va perdiendo terreno, supongo que el recelo ante “lo comercial” como oposición a “la calidad literaria” no sea más que un asunto de paradigmas, de nociones personales.

Dejando a un lado ingenuidades, esas que olvidan el verdadero poder de grupos multimediales como el Grupo Planeta, la calidad literaria no siempre está divorciada de las ventas. No es secreto ni novedad.

Aunque desconozco con exactitud cuánto pueden vender, más allá de gustos y suspicacias me atrevo a mencionar cinco nombres donde el índice de ventas no es inversamente proporcional a lo que llamas “calidad literaria”: Gabriel García Márquez, Stephen King, Roberto Bolaño, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas y Haruki Murakami.

––¿Qué jóvenes autores nacionales recomendarías como lecturas indispensables? ¿Y cuáles, a escala internacional?

Puesto que deseo ejercer una crítica férrea ante una pregunta que pide nombres indispensables en el mapa de la literatura escrita por jóvenes, solo me centraré en el contexto nacional. A los otros se les promueve de mil y una maneras, son nombres de mujeres y hombres que circulan en las redes sociales. Pero de esos poetas, narradores y escritores de no ficción solo tenemos, o yo solo tengo, un conocimiento parcial: la lectura de una parte de su obra.

Tomando en cuenta la edad de los autores que mencionaré (no han llegado a los 45 años) y la densidad y complejidad del tejido que han ido urdiendo de manera progresiva en sus obras, y por los contenidos de las mismas, te doy dos nombres: la narradora, poeta y ensayista Jamila Medina Ríos, y el narrador Jorge Enrique Lage.

––La narrativa, como género, aparece cada vez más contaminada por elementos que provienen de la dramaturgia, del performance, de la poesía y del ensayo, ¿esta mixtura se manifiesta en tu creación?

De manera consciente he contaminado mis textos con casi todo lo que mencionas salvo con la dramaturgia, entendida aquí como texto escrito estrictamente para el teatro. Que un cuento o una novela tengan diálogos no significa que se haya pensado en la dramaturgia, que la frontera entre los géneros se haya diluido.

En el caso de la performance, me gustaría también decirte que sí. He tratado de ejecutar una suerte de traducción y/o traición teniendo como punto de partida las artes visuales. Otro asunto es conseguir la traducción y la traición.

––Muchos jóvenes escritores ven un referente en tu literatura. Son esos mismos jóvenes que, ahora mismo, comienzan a establecer sus propios caminos y líneas de pensamiento escritural. ¿Qué te interesaría que encontraran en tus libros?

Inconformidad, placer, riesgo. También desearía que encontraran una serie de preguntas que, junto a las que ya se puedan haber formulado, les acompañen en el arduo proceso de cuestionar y entender el espacio en que viven.

––Tu narrativa tiene mucho de, y es mi criterio, fotografía en movimiento. ¿Lo percibes así?

Entiendo tu observación. Además agregaría la intención de incluir en la ficción una suerte de banda sonora.

He tratado de no pasar por alto el movimiento y el sonido, y no se trata solo de la influencia que puede haber ejercido el cine. La vida es movimiento constante rodeado de una mezcla de sonidos. Como siempre coloco al individuo en el centro de mis historias, además de construir su universo interior, sus dudas, certezas, alegrías y derrotas, lo sitúo en un contexto físico y allí interactúa, vive y muere.

No solo presto atención a las pequeñas historias, a los sujetos que nunca figurarán en los grandes relatos históricos. También deseo reflejar la cadencia y el sonido de esas vidas aparentemente insignificantes.

––¿Piensas que la crítica literaria actual se realiza en base a simpatías y antipatías?

La crítica literaria movida por lealtades o antipatías no es asunto nuevo. Ha sido parte de nuestra “indigencia crítica”.

La gravedad del problema no radica en la existencia de textos críticos movidos por la simpatía o las bajas pasiones, sino en la escasez de una verdadera crítica no solo literaria, y la poca cultura del debate.

En cuanto a los espacios para el debate, ese detalle ni me los cuestiono. La propia realidad habla por sí sola.

A los críticos mordaces que ni piden ni regalan nada se les lee mal. Se les odia a muerte. Todo se pone peor cuando la polémica pasa del terreno intelectual al personal.

––Y, por último, me gustaría preguntarte: ¿crees que ha muerto una cultura del debate y del encuentro entre individuos que componen los diferentes campos del intelecto nacional? ¿Viven cada uno de los creadores encerrados en un particular coto de caza y de referencias? ¿Hasta qué punto estamos preparados, como nación y como individuos, para divergir en criterios, tanto en materia escritural como humana?

Ya te había comentado que no veo una verdadera cultura del debate, en muy pocos casos se produce el tipo de encuentro que mencionas desde el punto de vista físico, en el contexto de lo real.

Puedo estar equivocado, igual no sé si responde a tu pregunta lo que acontece en la relación entre pequeños grupos de artistas donde casi nunca está la literatura.

Las publicaciones digitales no estatales quizás están generando una suerte de cambio en ese marco de relaciones. Son espacios muy dinámicos, con una alta presencia en la web y las redes sociales. Las publicaciones digitales como Hypermedia Magazine, Rialta Magazine o El Estornudo, están inmersas en las nuevas dinámicas de producción y difusión de contenidos, en las nuevas dinámicas económicas; no pocos actores de este escenario son jóvenes.

Tal parece que no solo se están creando redes de trabajo. Esa comunidad de intereses, incluso de afectos, también puede tener la lógica o la materialidad del entorno virtual.

Me preguntas sobre la divergencia de criterios; el panorama es desolador, casi árido. Como nación, como individuos, nos queda muchísimo por aprender. En todos los sentidos.


«Cuando escribo tengo los senos abiertos y canto las tinieblas de su edad»

Confieso que la quiero. Diana Castaños es una criatura especial. Tan especial que otras calificaciones serían redundantes. He seguido su literatura desde el primer día en que tuve el placer de leer uno de sus textos. Escribe desde el riesgo y desde su verdad. Es una viajera, una nómada del arte, y sus libros parten desde esa realidad que no es una, sino plural, sencilla y hermosa.

Cortesía de la entrevistada

¿Te consideras una escritora que demora sus procesos creativos? ¿Cuál es la perfecta manera de concebir un libro?

No tengo una sola manera de crear. Es un proceso que viene desde muchas partes y constantemente. Y de vez en vez desaparece también (lo cual está bien y acepto como venga). Llevo mucho tiempo con la literatura entre los huesos y sé que ella siempre regresa. La manera perfecta de concebir un libro por estos días no es la que ha sido para mí y, estoy bastante segura, no es la manera que será: cambio mucho, a veces caóticamente.

Pero mi respuesta es esta: con Riesgo… uno que vaya desde cómo vivo mi vida personal a lo que, finalmente, se pone sobre la página en blanco. El infierno es despertarme un día sabiendo la persona en la que pude haberme convertido y nunca llegué a ser.

Ahora tomo todos los riesgos del mundo: confío en extraños; estudio los nuevos requisitos para escalar el Everest y el Annapurna; invierto mi dinero en disulfuro de molibdeno (porque es más eficiente que el grafeno para convertir agua salada en agua potable). Y amo, por primera vez, con mucha fuerza, a todo lo vivo. (Y tomo como asiento el canto de los pájaros; y cuando caigo, lo hago como el viento sobre la luz).

Después de pasar 30 días de meditación en voto de silencio en una de las islas de Las Maldivas —que sufrieron falta de agua potable a mediados de este año—, poco importa si cumplo o no lo que se espera de una cubana fuera de Cuba: si escribo sobre las putas de La Habana, o si le arreglo o no un poco los detalles imaginativos de la historia que nos contó la Revolución. Poco importa sobre qué, siempre que escriba desde la certeza que todo en la vida es impermanente.

El único riesgo es el riesgo de no hacer nada.

¿Existe el libro ideal? ¿Existe la utopía creativa? ¿Cuál sería la tuya?

El libro que escribes, el que sea, es el ideal. No hay nada que lograr excepto ser lo que eres, en este momento. Nada es para ser entendido o logrado. Lo que hay, es para ser escrito. Por alguien. De vez en vez.

Como escritora, ¿cuál es tu apuesta más arriesgada?, ¿qué buscas contar?

No hay necesidad de hacer apuestas porque no hay necesidad de llegar a ningún punto. La literatura es una manera de expresar lo que soy, una forma de vivir. Como amar a tus padres, como mirarte el cuerpo desnudo frente al espejo, también desnudo. La literatura es lo que es. Ya está en el punto en que tiene que estar en este momento de mi vida, en este momento de la vida de todos. No hay nada que lograr excepto ser. Uno cuenta lo que necesita en ese momento. Lo que sea que se cuente es lo que había necesidad de ser plasmado.

¿Crees que la paciencia y la voluntad están infravaloradas en nuestra profesión?

La vida lleva paciencia y lleva voluntad. No separo la literatura de la vida. Para mí son la misma cosa.

A tu criterio, ¿qué es lo esencial que un escritor debe poseer?

Un escritor se caracteriza por tener una necesidad imperiosa, que viene desde todas partes y hacia todas partes va, de usar la literatura como medio de expresión.

¿La literatura es un proceso sagrado o profano, o quizás una mezcla de ambos?

La literatura es lo que el escritor defina que sea, si es que le interesa definirla. Y lo que el lector que la está leyendo sienta, asuma, piense que sea. Si es que le interesa sentirla, asumirla, pensarla.

No sé qué tan cercana o alejada esté mi literatura de los templos de Dios o de los hombres. Sé que cuando escribo tengo los senos abiertos y canto las tinieblas de su edad. Y soy hermosa como un cielo bajo una paloma.

CORTESÍA DEL ENTREVISTADA

¿Se publica demasiado en los tiempos que vivimos?

Si lo comparas con otros tiempos, seguro. Pero no tengo quejas del mundo en que vivimos. No digo que sea perfecto, ni el mejor de los mundos posibles, como diría Leibniz. Pero es parte de la Gran Pintura, parte de lo que ES —o está siendo— en estos tiempos. Y no hay nada que juzgar al respecto.

En el gremio literario existen, como en todo gremio, polémicas. ¿Cuánto crees que aporta el debate al crecimiento de los autores, y al reconocimiento de sus trabas y sus valores?

No sé cuánto aporta un debate al crecimiento de los autores. Habría que ver el debate, y el autor. Habría que ver cada caso en específico. Y supongo que cada persona tendría su propia visión sobre si el debate le aportó o no. Y qué le aportó.

La verdad es que no pienso mucho en este tema. En otras palabras: no sé cuánto —ni qué— me ha aportado el debate sobre mi literatura.

¿Cómo se encuentra una voz propia para contar? ¿Es una búsqueda de toda una vida o llega un momento que, por necesidad, oficio y circunstancia, se cimienta ya un estilo?

… cuando eres la voz. Si tienes que encontrar la voz, si tienes que sentarte durante horas con la mirada en la página en blanco, o raspar ideas de la cabeza, o robarle ideas a otro, o si quieres cimentar un estilo, o tener el oficio de escritor, o cualquier otra ignorancia relacionada con el ego, entonces no tiene sentido. Puede que salgan incluso textos relativamente buenos, pero no tiene sentido.

Solo tiene sentido escribir cuando no puedes hacer otra cosa. La historia, las letras, salen rugiendo de adentro tuyo. Salen disparadas, las escupes y caen sobre tu mano. Y tu mano teclea o dibuja las palabras (en dependencia de qué edad tengas y en qué siglo te muevas). Solo tiene sentido escribir cuando sabes que si no escribes, te suicidas, te tiras del décimo piso del edificio con diez pisos más cercano. Cuando sabes que dentro tienes algo —un trauma, un desgarre, un lobo comiéndote las entrañas— y, o escribes o te consumes. Entonces eres la voz.

No hay nada que encontrar. Si tienes que encontrar algo, entonces no lo eres.

¿Piensas que existe en la actualidad una crisis de la literatura?

Uno ve lo que quiere ver.

¿Los propios escritores, leen?

Habría que preguntarles a los propios escritores. Yo leo. Ahora mismo casi exclusivamente en inglés.

¿Qué limita nuestras miradas como escritores y la mirada de nuestra literatura?

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, decía Wittgenstein.

The Price of Being Young

Algunos de tus libros han cruzado ya la frontera de las publicaciones nacionales, ¿qué esperas de este cruce?

Más lectores, por supuesto. Mi principal sueño en la vida sigue siendo el mismo de cuando era pequeña: que un niño (no importa qué edad tenga, entre 9 y 99 años está bien) sea más feliz porque leyó uno de mis libros. Aunque sea por un instante. Aunque no me lo diga nunca.

¿Cuánto del periodismo narrativo está presente en el resto de tu creación?

Dado que soy una escritora que se graduó de periodismo, el periodismo narrativo es el género que fluye más vehementemente de mí.

Ahora que vivo cada mes en un país distinto, todos los géneros que escribo —poesía, narrativa, periodismo literario— tienen parte de esa pluralidad de religiones y modos de vida de los últimos 15 países que he visitado. De alguna manera, las personas, paisajes y animales que he conocido cohabitan pacíficamente dentro de mí, como el mar cuando la luna se mira ahogarse, o como el mar que ha mordido todas las playas.

Mientras más países y culturas visite y habite, más soy ese mar que se desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia.

En tu reseña biográfica hay una línea que me ha llamado mucho la atención. La cito: “Desde diciembre de 2018 vive en un país distinto cada mes.” ¿Cuánto ha cambiado tu visión como ser humano creador, esa posibilidad de estar en contacto con otros saberes, culturas y geografías?

¡Oh, me ha cambiado tanto!

En Qatar, mujeres musulmanes se compadecieron de mí porque mi clítoris está intacto.

En Japón, apliqué para un asiento en la primera nave que llevará artistas a visitar La Luna, en el 2023.

En Nueva Zelanda ayudé, como voluntaria, en el nacimiento de dos osos pandas rojos.

Estuve mar adentro (perdida y sin rumbo) por dos semanas en las costas de Australia, mientras aprendía a navegar una goleta.

En Nepal estudié los nuevos requisitos para escalar Annapurna, montaña del Himalaya.

En la India enfrenté mis sancaras en un centro de meditación vipassana.

En Indonesia ayudé a restablecer el equilibrio del sistema de los arrecifes coralinos de la islita de un kilómetro de diámetro de Gili Air, con lo que (después supe) fue dinero que los indonesios lograron gracias a la venta de hongos alucinógenos a turistas europeos.

En Europa hice inversiones en la Bolsa, con una suerte tremenda.

En Perú hice una peregrinación (caminé, literalmente, tres días) para visitar Machu Pichu.

Estudié alemán en Serbia; depuré mi francés en Marruecos.

Apliqué para el proceso de congelación de óvulos en Rusia, porque los deseos de ser madre me han nacido, pero no lo seré todavía: tengo antes muchos países a los que viajar, y mucho que escribir, incansablemente.


Saymi quiere dejar su huella literaria

De tanto ver y devorar libros, a los diez años empezó a escribir su propio relato de la vida, de su vida. Dispuso lápiz y papel y redactó un diario porque sintió la necesidad de contar. Así nació Saymi K. Torres a la literatura, al oficio de escribir, al empeño de relatar, de ser cronista de “sus cosas” y de su tiempo, de su ciudad, de su gente. Conversamos hace un tiempo,  apremiadas por las urgencias de la vida y el trabajo: andaba ella envuelta en sus responsabilidades como vicepresidenta de la Asociación Hermanos Saíz en Las Tunas y los preparativos del evento literario Portus Patris, en el municipio de Puerto Padre.

Ahora que escucho la grabación y transcribo me sorprende cuánto contó en solo minutos, Saymi tiene mucho que decir, una manera de ilustrar cuánto tiene también por escribir.

-¿Cómo descubriste el mundo de la literatura y de la escritura?

–El primer paso para empezar a escribir es la lectura. Desde niña leía, leía mucho; mi madre tenía un librero enorme que en ese momento me parecía algo increíble ¡una cosa muy grande! y empecé a leer muy pronto, de hecho mi madre me enseñó antes de empezar la escuela y empecé a leer todo lo que caía en mis manos.  A veces leía cosas que no eran adecuadas para mi edad, pero bueno esa sed de saber y de leer fue lo que me impulsó  a, en determinado momento, sentir esa necesidad de escribir. Y comencé escribiendo diarios, sentía que necesitaba narrar cosas: lo que me pasaba, lo que sentía… ponerlo en el papel de alguna manera.

Poco tiempo después sus textos cayeron en las manos de la poetisa puertopadrense Nuvia Estévez: «Ella me dijo: Ahí está la madera del escritor, la tienes, pero necesitas todavía perfeccionarla y buscar. Y al final creo que es eso: es un proceso de búsqueda en el que uno se consagra y termina exponiéndose al desnudo frente a los lectores, de eso se trata, de un proceso de búsqueda interna.

-¿En qué momento exacto de tu vida te encontraste como escritora?

-Bueno, tengo que decir que el término escritora es un término que respeto mucho y yo no permitía que me llamarán escritora. Decía: “Hasta que no tenga un libro publicado, hasta que no tenga mi obra valor literario pues no voy a permitir que me llamen escritora”. Entonces cuando me presentaban como escritora yo decía: “Yo soy una muchacha que escribe, no soy una escritora, soy una muchacha que escribe”. Comencé a sentirme como escritora hace muy poco. Pero la literatura en serio me la estoy tomando desde hace unos 5 ó 6 años, o sea que soy muy joven en el mundo de las letras.

-Narrativa y poesía, ambos géneros consagran tus textos…

-Comencé escribiendo cuentos breves, no me gustaban mucho, de hecho los tengo ocultos ¡no dejo que nadie los vea! Pero después la poesía me atrapó y creo que fue esa magia que tiene la poesía, esa musicalidad oculta, esas metáforas, esas imágenes que guarda la poesía lo que me cautivó.

Está a punto de salir mi primer libro “Sepia”, un libro de poesía para adultos que viene siendo como un ejercicio de exorcismo. Le cuento al lector mi infancia, cosas de familia…cosas que me marcaron como persona y escritora a lo largo de mi vida.

Una vez que Saymi puso punto final a “Sepia” nació “El mundo de Pablo” o “Mi hermano Pablo” (aún está por definir el título para su publicación en el 2020), obra merecedora del Premio de literatura infanto- juvenil Principito 2019.  Y aunque el libro nació de la adversidad  es un retrato de amor y esperanza, «una compilación de las travesuras y de las historias divertidas que suceden en mi casa con mi niño», declara la autora.

-¿Cómo abordar un tema tan difícil como la enfermedad en la infancia?

-Yo tengo un nene que tiene necesidades especiales. Es un niño que tiene una lesión estática del sistema nervioso central pero es un niño muy feliz y yo quería escribir un libro feliz. Porque  adentrándome en este mundo, buscando  a los niños con necesidades especiales, viendo lo amorosos  que pueden ser, las enseñanzas que te transmiten como seres humanos que son y defendiendo sus derechos a tener una familia, a tener apoyo, a tener comprensión …pues entonces surgió este libro.

Creo que la literatura en sí lleva mucho estudio, mucho esfuerzo. Alguien decía que una página que se lee fácil es porque ha costado mucho trabajo escribirla.

-¿Qué esperas encontrar, entonces, en el mundo de la literatura y entregarle a los lectores a través de tus libros?

-Creo que el objetivo final de todos los escritores es que el público reconozca su obra, que el público se sienta identificado con su obra. Poder poner una marca en la persona que lee tu libro, poder compartir una experiencia, un sentimiento, una visión del mundo. Y al final ese es también mi objetivo. Lo que espero de la literatura no son premios, lo que espero es que un día en una calle, una madre y un niño me paren y me digan: “leí tu libro y nos gustó mucho”; una joven, me  detenga y me diga: “leí tu libro y me encantó, me sirvió, me ayudó”. Ese tipo de cosas es la que espero de la literatura.


Sinceridad y belleza son mis divisas

Existen encuentros trascendentales en la vida de un escritor. Uno de los míos, lo confieso, ocurrió cuando, en cierta Feria del Libro, tuve entre mis manos La Concordia, del narrador Evelio Traba. Desde entonces he seguido la trayectoria y éxitos de este joven autor que reúne, en un mismo cuerpo textual, talento, belleza y sinceridad literarios. Su obra merece ser considerada parte de lo mejor de la creación que se ha gestado en los predios artísticos de nuestra isla en los últimos años. Esta entrevista salda, o intenta al menos saldar, una deuda de afecto y respeto hacia de la obra de Traba.

¿Crees que a la literatura nacional joven le faltan universos de referencias y lecturas?

Veo, desde hace algunos años, en la joven literatura cubana lo que es casi una obsesión por dejar una marca, una necesidad a veces compulsiva por delimitar un terreno que tiene su anclaje en la negación de toda la producción anterior. En este sentido creo que es un lastre que viene desde las vanguardias, y que lamentablemente ha producido y sigue produciendo un daño de efectos nocivos incalculables: se impone, para que un escritor se empodere de su oficio, conocer la tradición, lo que equivale a decir que la revisitación de los clásicos es indispensable.

 Estoy seguro de que muchos de nuestros autores jóvenes no han leído en profundidad a los clásicos universales de todas las épocas, sin cuya asimilación lenta y consciente es imposible construir un discurso personal y coherente. En este sentido, (hablando solo de narradores) Ramón Meza, Miguel de Carrión, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carpentier y Lezama son figuras que es necesario revisitar, por tan solo mencionar algunos nombres de la literatura cubana.

Tal vez Arenas y Padura sean los más leídos y sí, es cierto, son escritores de una relevancia capital, pero los grandes maestros que les antecedieron, deben ser (re)leídos con el escalpelo del aprendiz en la mano. Nadie ha llegado a un lugar cimero sin ellos, son sombras tutelares cuyo influjo es siempre benéfico. Y en este sentido respondo concretamente tu interrogante: faltan referencias, lecturas y voluntad de aprendizaje. Ello se aprecia en un trabajo superficial con el lenguaje y en estrategias discursivas muchas veces inefectivas que terminan distanciando a nuestro destinatario de siempre: el lector.

A tu entender, ¿qué hace a un escritor bueno?

En primer lugar, no puede faltar el talento, que es esa predisposición pasional (en el mejor de los sentidos) para vivir literariamente y produciendo significados literarios, lo que equivale a decir que es necesaria una especie de obsesión y amor por las letras que va más allá de la lógica ordinaria, lo cual hace que un escritor, hasta el más conservador, viva fuera de los cánones de la “normalidad”.

Pienso en este sentido en una carta. La carta de que un Rimbaud joven le escribe a su maestro Georges Izambard, en mayo de 1871: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Un escritor auténtico, es como se autodefinía Fernando Pessoa: “Un indisciplinador de almas”, alguien que va contra las reglas no porque quiere, sino porque lo necesita.

Otro elemento al que concedo mucho valor es a leer creativamente, es decir, convertir el acto de lectura en un acto de disfrute y de libertad interior, leer aprendiendo, leer descifrando, y hacer de esto un acto cotidiano e incansable. Finalmente, creo que un escritor alcanza la excelencia si deja de preocuparse demasiado por la recepción o el impacto de su obra y se concentra en lo que desea lograr de un modo íntimo y honesto, lo cual implica un trabajo seductor con el lenguaje y con la inteligencia de su discurso, entiéndase esto como un resumen artístico de sus vivencias y sus lecturas más significativas. Un escritor es bueno allí donde un lector, incluso desde la más remota geografía, agradece sus palabras y entabla una amistad en la que no siempre es necesario el contacto personal.

¿Piensas que la disciplina del oficio es indispensable, o su cuenta puede ser saldada por el talento?

Es indispensable la disciplina, la cual no debe ser entendida como una camisa de fuerza, sino como un pivote para la creación, una plataforma de salto que permita organizar el esfuerzo literario y convertirlo en una realidad. He visto grandes talentos malograrse por falta de disciplina, lo cual implica dedicar tiempo para leer, concebir metas a mediano y largo plazos, construir un ritmo de trabajo personal y placentero.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, forjarse una disciplina se convierte en una garantía de inspiración. Quien es capaz de administrar su esfuerzo de forma consciente, encuentra siempre las mejores salidas y soluciones. El talento es indispensable como primer elemento, es la argamasa del ladrillo, pero la disciplina es el horno que le da consistencia y termina convirtiendo el esfuerzo creativo en un producto, un resultado.

Siempre, cada vez que se toca este tema, pienso en Alejo Carpentier y Leonardo Padura, dos referentes cercanos cuando se aborda el difícil binomio talento-disciplina.

Eres un joven escritor interesado en la (re)escritura de la Historia. En cuanto a materia investigativa, ¿cuánto se te dificulta encontrar los referentes textuales y la bibliografía necesarios? ¿Están los jóvenes investigadores cubanos ceñidos a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”?

La (re)escritura de la Historia exige, muchas veces, un contacto directo con fuentes primarias que solo se logra en archivos, bibliotecas y otros reservorios. En mi caso, que ya he vivido algunos años fuera de Cuba, esto ha representado una limitación. Gracias a la ayuda de amigos o la consulta de fuentes que hoy se encuentran digitalizadas he podido acceder a la información necesaria, pero básicamente es un problema al que se enfrenta un narrador que esté, fuera de Cuba o lejos de los centros de la información requerida para que su trabajo alcance la seriedad indispensable a la (re)escritura de la Historia como acto creativo; no solo de gran riesgo intelectual, sino como un acto de responsabilidad plena en cuanto a verosimilitud y respeto al lector.

En cuanto a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, te diría que es una realidad aplastante por las limitadas posibilidades de viajes y superación que hoy existen para investigar fuera de Cuba. Para entender de una forma más o menos integral la Historia de Cuba, es necesario consultar fuentes que están mayormente en España y Estados Unidos, dígase el Archivo General de Indias, de Simancas, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso, la Pública de New York o la importantísima de la Universidad de Miami.

Mientras las posibilidades de acceso a estos y otros centros de la información sean tan limitadas, los estudios historiográficos estarán incompletos o tristemente ceñidos a una visión unilateral de la Historia. Si bien en archivos y bibliotecas de la Isla es posible encontrar un grueso de información valiosa, poder consultar las fuentes antes mencionadas y otras, sería de una complementariedad saludable para la Historia como ciencia social viva que reconoce la información como plataforma no exclusiva del territorio insular.

Has podido observar el hacer literario de la Isla desde una distancia geográfica en los últimos años. ¿Qué te interesa del hacer de los nuevos escritores en nuestro contexto?

La valentía para abordar situaciones propias de las prácticas y contextos más actuales, así como la capacidad discursiva para dialogar, desde el teatro, la poesía y la narrativa, sobre temas como la dinámica de la familia ante la migración, las categorías de género, identidad sexual y el impacto del acceso a la tecnología en la vida cotidiana.

Me interesa, sobre todo, observar de forma atenta la imbricación que existe entre estas expresiones y la construcción del lenguaje en diferentes discursos que configuran hoy la fisonomía de la joven literatura cubana.

¿Nuestra literatura podría aprender o emular de la creación de otros contextos geográficos? ¿Y nuestras editoriales? ¿Tememos a las comparaciones o las evitamos?

La literatura cubana, sobre todo en el ámbito de las letras hispánicas en sentido general, diría yo, goza de buena salud en cuanto a reconocimiento y recepción crítica. Un escritor cubano en el extranjero, sobre todo en Latinoamérica y España, por lo general no pasa desapercibido.

Pero creo necesario detenerme en algo puntual: un sector considerable de la literatura cubana, sobre todo la narrativa y la poesía, han perdido de vista una figura elemental de todo proceso literario: el lector.

Muchas veces escribimos para circuitos o círculos literarios olvidando que nuestro horizonte debe ser el universo de la lengua castellana como meta máxima de alcance, que la literatura como ejercicio pueda resumirse en un verbo: comunicar, lo que significa que debemos rescatar la universalidad en el tratamiento de los temas y el lenguaje, lo cual es visible en obras de autores extranjeros como Roberto Bolaño, Samantha Schweblin, Rodrigo Rey Rosa, Andrés Neuman, Daniel Ferreira, Álvaro Enrigue, Carlos Busqued, Guadalupe Nettel, Andrés Barba y Juan Pablo Villalobos, entre otros.

Creo que las editoriales cubanas, sin caer en el facilismo, deben rehuir la encriptación en los discursos, los malabares técnicos que no llevan a ningún camino; lo que significa, por ende, aumentar el rigor de la selectividad y la visibilidad de los autores cubanos a nivel internacional, un terreno en el que aún resta por ganar créditos y el cual no queda cubierto solo por la presencia de autores en ferias del libro de Latinoamérica principalmente.

En cuanto a las comparaciones, creo muy personalmente que las evitamos por temor, que es principalmente el temor al mercantilismo y la banalización del libro como producto de consumo cultural: Cuba debe comprender de modo más flexible las dinámicas del mercado internacional del libro, y asumir que las editoriales pueden comercializar ampliamente el libro y crear un universo publicitario en torno a él, sin renunciar a la calidad estética tanto desde el contenido como la belleza en el diseño, lo cual quiere decir que es posible crear una mayor visualización de los autores cubanos a nivel internacional, sin que estos tengan que recurrir, para lograrlo, necesariamente a sellos como Alfaguara, Tusquets o Anagrama.

¿Confías en el nacimiento de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación?

Confío en el nacimiento y consolidación de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación, en personas que desde sus puestos y alcances están generando una visión renovadora del fenómeno editorial, promocional y literario. Como diría César Vallejo: “Son pocos, pero son”. Vale en tal sentido hablar de Luis Yuseff y Yunier Riquenes, sin que por ello sean los únicos inmersos en este despliegue cultural de la edición y la promoción de la lectura.

Desde este punto de vista, es más que destacable la línea programática de Ediciones La Luz en Holguín, dirigida por Yuseff, con un catálogo selecto de lo mejor de la literatura joven en Cuba o fuera de ella, y un trabajo integral que, por su calidad, desmiente la falsa tesis de que los jóvenes nos somos capaces de comprometernos en profundidad con proyectos que exijan constancia, disciplina y poder de observación para apostar por lo valedero y lo perdurable.

En otro sentido, emerge en Santiago de Cuba, con Claustrofobias, la figura de Yunier Riquenes, un joven que con su equipo ha sabido demostrar todo lo antes dicho unido a la excelencia desde lo promocional, insistiendo siempre en el hecho de que las nuevas tecnologías y plataformas de consumo cultural están modificando nuestro modo de leer, y más especialmente el modo de leer de las nuevas generaciones y que, por tanto, se impone adaptarse a estas dinámicas en vez de negarlas o desconocerlas.

Tanto Yuseff como Riquenes se han convertido en paradigmas de la gestión cultural desde centros de amplia influencia, legitimando, además, como creadores, la idea de que es posible consolidar una obra de gran validez desde lo personal, y a la vez contribuir a la visualización de la obra de terceros; esto es pensar la cultura desde la acción y vivirla desde un ejemplo, que lejos de alzarse como una consigna, emerge como una virtud espontánea.

Otra pregunta sobre la actualidad literaria nacional. Gracias a la eclosión de premios se han dado a conocer no pocas nuevas voces. Algunas con propuestas sólidas; otras, con trabajos que lucen más como work in progress o iniciáticas búsquedas que como libros cerrados. ¿Premiamos por premiar? ¿Hasta qué punto validamos estéticas y autores cuya calidad es aún dudosa?

En este caso creo se impone una pregunta. ¿Quiénes son los jurados y cuáles son los parámetros bajo los cuales toman decisiones, a veces, dañinamente trascendentales? Bien sabemos que la objetividad es más resbaladiza que la propia ficción literaria, pero de igual modo sabemos que existe, o debería existir la justicia.

A veces, uno abre un libro de un género u otro y tras la lectura de las primeras 20 páginas (menos en muchas ocasiones), surge la impostergable interrogante: ¿quiénes premiaron esto, por qué? Y la inquietud surge porque se aprecia, en una lectura preliminar, un discurso vacío, un lenguaje de escasos alcances estéticos, unas ideas que asoman como torpe reciclaje de otras, unos personajes endebles, unas estructuras sin el menor suporte conceptual.

Bien sabemos que estas no son meras exageraciones, porque muchas veces los premios literarios se convierten en cónclaves marcados por simpatías personales, por miradas reduccionistas, por oportunismos, y hasta por sencillo y llano fraude. Todo esto trae consigo unos procesos de legitimación alejados de la realidad literaria del país y, por consiguiente, la desilusión muchas veces justificada de quienes, con trabajos impensables, logran imprimir un manuscrito para enviarlo a concurso.

Bajo este modus operandi han sido catapultados a una especie de estrellato nacional, una serie de autores con propuestas de una precaria factura, que más adelante, para desgracia mayor, se erigen en árbitros de lo que debe y no debe publicarse, marcando, en muy tristes ocasiones, tendencia. Eso nos ha lastrado y nos seguirá lastrando mientras muchos jurados fallen premios a partir de elementos extraliterarios, o sencillamente no se tomen con seriedad el trabajo que se les ha encomendado y lancen la hojarasca en el saco del fruto y viceversa.

Tu libro El ritual de las cabezas perpetuas, galardonado con el Premio Iberoamericano Verbum 2016, acaba de ser publicado por Ediciones La Luz. ¿Cómo llegas a este texto en particular? ¿Dónde nace la historia e interés, valga la redundancia, por la Historia?

Desde que era un niño, para mí, la objetividad, aunque entonces no pudiera explicármelo con estas palabras, fue un concepto en crisis. Nunca estuve conforme con las explicaciones que me daban, y siempre para mí, la duda fue un recurso de capital importancia. Aún lo sigue siendo, pero ya en calidad de una herramienta consciente.

La Historia era para mí, sobre todo en los años de la secundaria, un más allá de posibilidades que incluso los buenos profesores solo alcanzaban a señalar con el dedo, desde muy lejos. Una pregunta recurrente me hacía detenerme: ¿Fue esto realmente así? ¿En realidad era fulano de tal, así como lo pintan? Esto me llevó a conversaciones con “expertos” en dichos temas, a consultar obras complementarias, a comparar, a no conformarme.

Ahí tuve mi primera vocación borgeana sin saberlo: el amor por las enciclopedias y los libros antiguos, que aún hoy no me abandona. Una vez que descubrí el lenguaje literario como la más intensa de todas las emociones estéticas, me di cuenta de que todo podía ser reinventado, remasterizado, recompuesto, reescrito, y que las posibilidades imaginativas estaban por encima de hechos heroicos e incuestionables, para incorporarlos en una nueva dimensión, que es lo que yo llamo “dimensión de cercanía”; es decir, acercar los hechos y las personas de la Historia al alcance de otros, convertir los hechos históricos en materiales asimilables, gracias a la recreación de un contexto por medio de la investigación profunda y la mímesis del lenguaje.

Inmerso ya en esta estética, y habiendo escrito un par de novelas donde la Historia juega un rol determinante, me pregunté una noche de fines de 2015: ¿fue realmente la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad? La pregunta me llevó a descubrir una serie de pasadizos tortuosos que se alejaban cada vez de lo que parecía ser más un eslogan que una realidad histórica.

En esos días, curiosamente, se hizo viral en Internet, la declaración de un neurocirujano italiano (Sergio Canavero) que aseveraba poder hacer, en 2017, el primer trasplante de cabeza de la historia, lo que terminó siendo no más que una maniobra promocional y el más insulso discurso de pseudociencia.

No obstante, para la percepción literaria, no hay material de desperdicio, todo es utilizable. Surgió entonces la pregunta: ¿Qué tal si desarrollamos trasplantes de cabezas en la época donde más cabezas rodaron a lo largo de toda la Historia Universal? Solo el código fantástico podía apuntalar de forma adecuada esta respuesta y ese fue en verdad el principio de todo. Lo que vino después fue una mezcla de información rigurosamente contrastada, intuición poética, reflexiones filosóficas sobre el conocimiento, la identidad, las obsesiones y el origen del mal, entre otros temas que contribuyeron a modelar la primitiva fisonomía de El ritual de las cabezas perpetuas.

Te confieso que una de las lecturas más entrañables de mi vida es La Concordia, novela ganadora del Accésit Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa 2012, y publicada por Arte y Literatura en 2013. Háblanos un poco de cómo llegas a construir tus personajes y cuál es tu principal búsqueda escritural.

Mis personajes nacen de la pasión con que suelo sumergirme en la recreación de un determinado argumento. Son, inicialmente, cuchicheos ladinos, frases sueltas que se convierten en discursos autónomos, y para mí, al menos durante el proceso de escritura, se convierten en presencias, en sombras con las que hablo sin descanso.

Mis personajes oscilan entre lo extraordinario de su condición ficcional y la naturalidad con que puede llegar a existir cualquier persona real. Cada personaje, de acuerdo con sus características, cumple una función específica dentro del plano argumental de la obra; yo intento, entre otros tantos cuidados, que no se me desdibujen ni banalicen, que hablen y escriban como les corresponde, que se relacionen entre ellos como la ficción y la lógica narrativa lo demandan.

Me ocupo con el mayor juicio crítico posible, de que evolucionen adecuadamente desde su primera aparición hasta la última y que, sobre todo, sean profundamente humanos. 

En este sentido, mi principal búsqueda escritural suele ser la conformación de un mundo posible y deseable para el lector, por medio de un lenguaje que intenta lo simbólico desde lo poético y lo filosóficamente significativo. Busco transgredir, y transgredir significa para mí, ante todo, ser fiel a mí mismo. No me desgasto en acrobacias inútiles: sinceridad y belleza son mis divisas.

En tu trabajo como creador, ¿qué proceso valoras más?

No suelo detenerme de forma obsesiva en los libros que quedaron atrás ni en la suerte que corren una vez publicados. Doy mucha importancia al proceso de construcción, que está lleno de salidas en falso y rectificaciones, en el encuentro con la palabra viva, en el asombro de ver cómo los personajes van alcanzando su mayoría de edad ficcional, y en ver la manera en que se van conectando detalles mínimos con elementos decisivos de la trama, y en cómo todo es una danza de imágenes y sensaciones. Ver cómo la información recopilada pasa de ser un dato frío a una emoción, a una actitud, es algo que disfruto mucho.

Yo escribo a mano todas mis obras narrativas: he intentado despojarme de un método que es arcaico en verdad, pero no he podido. Necesito la tinta y el papel como un ejercicio de humildad que consiste en reconocer a priori la imperfección del texto. Cuando manuscribo siento que mis personajes respiran mejor.

Luego de esto, paso a word verdaderos mamotretos que en el propio proceso de transcripción van depurándose y alcanzando una condición más noble; finalmente trabajo sin piedad sobre una primera copia impresa en la que suelo reforzar vínculos, eliminar fragmentos que sobran, hacer correcciones lingüísticas de importancia, y es todo este trabajo en que se hibridan las estrategias constructivas del arquitecto con la fuerza bruta del albañil, lo que de veras disfruto.

Una vez publicados los libros, lo que me hace verdaderamente feliz es el contacto con los lectores, porque estando yo a solas con el libro me asalta una rara sensación de incredulidad y sospecha que no he podido superar.

¿Existe una ética, más o menos invisible, entre los creadores del patio o nos encontramos todos inmersos en un “coliseo” literario?

Desde tiempos de Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo han existido y existirán las trifulcas literarias, las animadversiones y los bandos que se enemistan entre sí como si fuesen escuelas de diversos estilos de artes marciales. Es decir, desde que la literatura se convirtió en un oficio más o menos profesional con que es posible ganar notoriedad y algunas veces un poco de dinero, las rencillas se han convertido en plato fuerte en las relaciones de unos escritores y otros.

 Personalmente creo que dondequiera que el talento está en pugna aparecen los caciques y los cacicazgos. Basta viajar por Cuba para observar, de forma velada o explícita, las antipatías y querellas que se dan en el gremio de la escritura, pero a mi entender, esto no se ha tornado crónico aún en Cuba, donde a pesar de la realidad antes descrita, pocas veces los enfrentamientos entre autores alcanzan la categoría de escándalo, como sí es notorio y absolutamente público en España, donde las guerras literarias tienen más de 400 años y las emboscadas se han convertido casi en un subgénero narrativo dentro de la novela y de atención mediática del panorama literario y extraliterario.

Tales son los casos de los pugilateos intensos entre Juan Manuel de Prada y Pérez Reverte, entre Roberto Bolaño y Javier Cercas, entre Eslava Galán y Paco Umbral, en fin, que los ejemplos abundan.

En Cuba creo que no hemos llegado a esos extremos, pero sí me ha sido dado observar el favoritismo y zancadilleo, los ataques despiadados en determinados circuitos, y, sobre todo, la invisibilización como ejercicio consciente entre aquellos que, además de escribir, ocupan altos cargos en direcciones provinciales del Libro y Literatura.

¿Podemos evitar la aparición de este fenómeno? Creo que no. Lo importante es cuidar que estas trifulcas no trasciendan lo personal y afecten lo literario en lo tocante a la justa apreciación crítica de la obra de terceros.

Desde lo personal, creo que participar en, o consentir esas fricciones, constituye una pérdida de tiempo para el escritor consciente de sus posibilidades y enfocado en mejorar su oficio. Es propio de autores desgastados e improductivos entregarse a esas triquiñuelas que, en vez de añadir brillo, restan.

Lope desgastó sus mejores aceros fabricando pullas para destruir el Quijote de Cervantes; hoy Cervantes es universal por derecho propio y Lope, amén de sus innegables virtudes, un solo ilustre autor de comedias, comparado con el genio del hombre que aprendió, sobre todo, a “tener paciencia en las adversidades”.

En nuestro diálogo, que trasciende las breves preguntas de esta entrevista, hemos conversado de tu interés en la literatura con visos fantásticos. ¿Por qué y cómo llegas a la fantasía?

Todo discurso, tarde o temprano, encuentra su agotamiento. Ahora mismo, la novela histórica como subgénero narrativo, a pesar de su enorme demanda en el ámbito de las letras hispanoamericanas, ha entrado en una especie de ocaso donde casi todos los recursos han sido explotados.

Consciente de todo esto, he observado que solo la fantasía y el ejercicio de la contrafactualidad (llámese también ucronía) pueden refrescar el discurso de la narrativa histórica.

En este sentido, la simbiosis entre lo histórico y lo fantástico dota a la narración de un poder semiótico que rebasa la imagen de lo verosímil para instalarse en el reino de la posibilidad simbólica, y, por tanto, de expresión lingüística.

Llego a la fantasía como una consecuencia de mi incurable inconformidad hacia todo lo que existe, tanto en el plano de lo real como de lo imaginario. Ya que, como autor, me ha marcado (y creo que seguirá haciéndolo) el discurso de la novela histórica, he comprobado que solo la fantasía puede llevarme a establecer, conmigo mismo y los lectores, otros puentes de complicidad.  

Y, finalmente, quisiera hablar del lenguaje cinematográfico con el que está acuñada buena parte de tu creación. ¿Eres de esos autores que, de una manera u otra, a priori o a posteriori, piensa en la adaptabilidad de sus obras al séptimo arte?

La literatura, ya lo advertía el gran Lezama, es imagen. Por una cuestión, intrínseca, muy personal, mis obras obedecen a este precepto de lo visual. Sin darme cuenta, en lo que escribo, termino conduciendo a mis lectores por el sendero de lo sensorial: trato de que haya claridad en mi escritura, de que a través de mis textos sea posible ver una realidad.

Esa realidad, en primer término, debe ser visible para mí como autor y en segundo (muy importante) para mis lectores. Este empeño, que también contiene la intención de un ritmo y una fluidez en lo discursivo, lleva espontáneamente hacia lo cinematográfico, no solamente desde lo visual sino que también trabaja estrechamente con el diapasón de otros sentidos como son el gusto, el olfato, la audición y el tacto.

Pienso en imágenes durante el proceso creativo, pero sin pensar en cine; una que otra vez, ya terminado el producto, no te niego que más de una vez he coqueteado con la posibilidad de una adaptación cinematográfica, pero hasta ahora no se ha materializado este anhelo. En más de una ocasión he tratado con el maestro Fernando Pérez (en base a un interés suyo) sobre el margen de adaptabilidad que presenta La Concordia, mi primera novela, pero sobre todo por cuestiones de financiamiento y otros proyectos antepuestos en la carrera del cineasta no ha sido posible.

De igual modo, hace poco me contactó un joven director cubano, cuyo nombre no debo revelar, con la intención manifiesta de convertir en un filme mi novela El camino de la desobediencia, que es una novela biográfica sobre Carlos Manuel de Céspedes.

De momento, sin ansiedad, espero que este sueño pueda convertirse, algún día, en un hecho tangible, pero entiendo que los pasos del cine son mucho más lentos y complejos que los de la literatura, y que deben conjugarse muchas voluntades y recursos para que esta ensoñación cuaje en calidad de hecho. Solo queda esperar como quien no espera, saber leer las señales del viento, volar.