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La poesía, metafísica de la palabra

La creación de Eduardo Herrera Baullosa es una isla que navega de puente a puente. Extiende sus hilos y anuda sus telas. Nuestra amistad dura ya más de una década. Para mí, siempre ha sido un privilegio formar parte del mundo público de su poesía y del mundo privado de sus afectos. Esta entrevista es la invitación para conocer al escritor que, gota a gota, construye la metafísica de la palabra.

En tu poesía, ¿cómo se perciben las transiciones? ¿De qué manera esto afecta, cambia o moviliza la palabra?

Cuando hablas de “transiciones” asumo que te refieres a la evolución del poeta, las condicionantes que lo definen y potencian, y su propia obra. La mayoría de los artistas desarrollan su trabajo anclado a las vivencias. Desde lo general y lo interactivo —inmerso en los otros y en el todo— se llega a lo particular, a una “evolución” o progresión orgánica-dialéctica del trabajo creativo. Mi poesía no está exenta de esa influencia. Surge de los derroteros del día a día, del sujeto/objeto sumergido en la experiencia del transcurrir y el devenir, evitando así poner pie forzado a la evolución del discurso.

Hasta donde he sido capaz de especular y entender del proceso creativo, de su idiosincrasia y su condición impar, encuentro que en algún punto siempre convergen el espacio como definición de lo general y del contexto; y lo espiritual como un involuntario instinto que no alcanzo a describir, pero que identifico con esa organización diatónica de la que hablabas. Es una cualidad plurisignificativa y, ¿por qué no decirlo?, muchas veces ambigua, que crea y moviliza la palabra.

¿Cómo ves, desde la distancia, a la Cuba poética actual?

Como toda aventura creativa, la poesía cubana actual tiene de todo un poco. Tiene de trascendente y de bueno, de regular, y de muy malo o no-poético, como fenómeno complejo que es cualquier creación.  

Si la “distancia” es ese espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos, no creo que exista de manera consciente en la poética actual… como en ningún otro ejercicio creativo con independencia de donde se realice. Parecería una contradicción.

Retomamos lo que te decía en la pregunta anterior sobre la importancia de lo contextual como influencia del imaginario creativo del artista; solo que aquí se permite sumar al contexto, la esencia cultural, sus influencias históricas y familiares, la importancia de la lengua madre como derrotero del pensamiento, en definitiva, eso que llamamos rasgos de identidad cultural tan discutidos y teorizados pero que, en ningún caso, niegan lo particular que nos define.

Los poetas de origen cubano, aun cuando no residan en la isla, también forman parte —lo acepten o no— de esa poética de la que hablas. Participan de ella, la enriquecen o la desnutren, pero están presentes. No creo que la identidad cultural que forma parte del fenómeno poético se circunscriba a las fronteras geográficas. El pensamiento cubano no es solo aquel que se genera en la isla. La particular forma que adquiere allí donde esté, lo hace fácilmente identificable.

 ¿Es difícil insertarse en un panorama poético diferente al cubano?

Es difícil insertase en cualquier panorama. Muchas veces el tal “panorama” no existe, o la voluntad particular o colectiva no facilita la inclusión. El entendimiento, el respeto y la comunión entre seres humanos, máxime si son artistas, es muy compleja, multifactorial y no siempre inclusiva.

¿Qué define, según tu criterio, a un buen o mal poeta?

Se es poeta o no se es. Lo digo sin poder explicar el por qué de mi afirmación; es instinto. La poesía se escribe a sí misma siempre desde la más absoluta sinceridad. En ese evento lúcido que es la creación poética no hay una regla que aplique y defina calidades mesurables.  Dulce María Loynaz dice “la poesía no es estudio, sino inspiración; no es técnica, sino estado anímico”. Por ese rumbo irían los tiros, aunque reconozco que no concuerdo completamente con la definición.

Se define la no-poesía como el desenlace sin principio, la complacencia en la mediocridad: la peor de las ironías, el desequilibrio hacia lo “negativo” que lo corrompe todo, la imitación, la superficialidad, el afán de ser poeta porque así me parece, el vacío, pero sobre todo la falta de sinceridad visceral que debe ser reconocida en la obra escrita. El fingimiento poético, y no precisamente del que hablaba Pessoa, no es poesía.

CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

¿Se alaba siempre, en los círculos intelectuales, lo que es de calidad, o nos dejamos llevar por las modas literarias de turno?

Los círculos intelectuales son necesarios. Reúnen a los que así se definen y en este caso se puede hablar de calidad en términos contables. El trabajo que realizan es un ejercicio teórico-comparativo, subjetivo, pero también científico… algo imprescindible a la hora de conceptualizar y preservar la menoría creativa, no solo poética. La aceptación o no de sus tesis, la influencia que pueden tener en nuestros trabajos, la sacralización de tal o más cual obra o poeta y su aceptación como ciencia constituida, es ya decisión muy personal.

No dejo de reconocer que en muchas ocasiones se pondera a alguien por razones que nada tienen que ver con la calidad de su obra, y sí mucho con un degenerado concepto de la amistad o los intereses más mezquinos. Cuando esto ocurre, dichos círculos se transforman en excluyentes. De tal manera, concursos, publicaciones y reconocimientos pueden convertirse en espaldarazos que dejan mucho que desear.   

Las modas (o tendencias) visualizan, dan nombre y agrupan a un determinado universo creativo dentro del espacio-tiempo en que se desarrollan. Seguirlas, sentirse identificado con ellas, ofrece seguridad y seduce. En muchos casos puede servir como influencia positiva. Vestirse o no con el estilo del momento no es un problema; lo peligroso es carecer de un cuerpo creativo primigenio y real, y seguir estas modas seducidos por la imitación, por la copia de formas servidas como único vehículo que garantiza el éxito. Es un disparate y se nota. La mejor materia prima está en el mestizaje. Seguir una moda para llamar la atención, para caerle bien al “jefe de diseño de turno”, no es el camino.  

En la poesía de hoy, ¿sientes que existe levedad cuando se escribe? ¿Hay descuido? ¿Hay falta de rigor y de disciplina?

Si te refieres a la poesía cubana actual, y levedad se interpreta como vacuidad o superficialidad en la palabra y la forma, hasta donde he podido leer, creo que sí. Hay un poco de eso. Bastante, podría decirse. Pero también en la poesía anglosajona, en la iberoamericana, en la asiática, en casi todas las formas de expresión artísticas. Nadie está exento de esto. Puede que se exprese como parte de ese fenómeno de transición que siempre ocurre en las primeras décadas de los siglos. Al acrecentarse las contradicciones es inevitable la ruptura con lo heredado. En esa búsqueda por una nueva voz que sustituya lo que ya no satisface, dentro del subconsciente poético-colectivo, la vacuidad puede ladrar, pero al final no muerde.

No se puede descuidar lo que no se conoce, lo que no entendemos. Las  generaciones del cambio se niegan a cargar con lo que a su entender ya no funciona. Este tipo de fenómenos de sustitución y desalojo, de enfrentamiento entre el pasado-reciente y el presente-futuro no es delicado ni democrático, pero sí masivo… y la masividad es directamente proporcional a la vacuidad.

Debido a este mismo fenómeno, rigor, disciplina y otros conceptos, tal y como los conocemos, también van cambiando. Ya no llenan las expectativas como métodos confiables o eficientes. En los últimos 30 años, el ritmo de la vida, así como la búsqueda de nuevos triunfos y sistemas de valores, se ha acelerado. Vivimos en una sociedad heredera del exhibicionismo de los años 60 del pasado siglo. Hoy ya somos eminentemente voyeristas, con lo positivo y negativo que eso implica. Es lógico que los métodos tradicionales no rindan eficientemente o no signifiquen nada. Eso que llamas rigor, disciplina —yo voy a añadir ética— se reinterpreta, se reinventa para satisfacer al nuevo individuo. ¿De qué forma afectará a la literatura? No tengo la más mínima idea. ¿Hacia dónde nos llevan? Ya lo dirán los teóricos del futuro.

¿Es mesurable la calidad de un poeta o escritor? ¿Cuál sería esa medida?

La poesía es la metafísica de la palabra. Nos precede y nos trasciende, no puede cuantificarse. El poeta materializa esa propiedad excepcional del pensamiento con la palabra y no es más que un instrumento. Nadie tiene la capacidad para hacer de esa certeza algo matemático. Aunque en música se utilice la forma, no creo en la mensurabilidad del arte.

¿Cómo medir la calidad de Cervantes frente a Eurípides? ¿Cómo poner a Tolstói sobre Virginia, la genialidad de Verdi en supremacía frente a Wagner, la cualidad suma de la creación del Giotto al compararlo con Kandinsky? ¿Quién es más o menos genio, quién es más o menos músico, poeta, escrito o pintor?

Siempre te había conocido como poeta pero, en los últimos años, te has movilizado hacia nuevas rutas, en este caso las narrativas. ¿De dónde parte ese nuevo impulso y qué lo condicionó?

No es precisamente nuevo, siempre he tratado de llevar la narrativa y la poesía a un mismo ritmo. Como bien sabes, tú que incursionas en más de un género, creo que en todos no hay lindes definidos.

Cuando ese espacio entre realidad y ficción se vuelve una obsesión hay que escribirlo. Es cierto que la forma cambia de un género al otro, pero el ideal existencial es común. Así me expreso tanto en poesía como narrativa. Gracias a la frontera cada vez más imprecisa de los géneros —que ya venían desdibujándose desde principios del XX y que en la actualidad se tornan cada vez más vagas— mi escritura se ha vuelto más plural y armónica, y me siento más libre.

Mi narrativa, al igual que mi poesía, siempre ha tenido como centro al individuo: las contradicciones de su mundo físico-existencial, su natural brutalidad, su propensión al caos pero también a lo sublime. Desde la ambivalencia, desde el observador/observado, trato de ser abierto y dinámico a la hora de escribir lo poco que sé de la vida… y trato también de significarla. Lo poético presta ironía, cierta profundidad de palabra a los gestos y actitudes, a las contradicciones que nos definen.

Tu primer texto fue publicado hace pocos años. Desde entonces, y a cargas con la siempre cuestionable “legitimidad” que un libro otorga, ¿has sentido que algo ha cambiado en tu trabajo? ¿Piensas en el público a la hora de escribir, o sigues guiándote por el instinto del gusto y ritmo propios?

Como bien dices, mi primer libro en solitario tiene poco tiempo. Verme como único protagonista en la portada y contraportada, en la “tripa” y en cada parte de ese rectángulo de papel y cartón fue muy placentero. No tengo reparos en reconocer que me encanta ver mis libros publicados. Pero también me pasa que el libro terminado y publicado no es el que más amo, es como si le perdiera el gusto. Tal vez por eso siento el mismo compromiso que antes, el de mi instinto, el del amor absoluto hacia la obra nueva junto a la maldición de terminarla como un ejercicio de libertad categórica.

En poesía, ¿cuánto se le debe al lector?

Si te soy completamente sincero, le debo dinero a algunas tarjetas de crédito… al lector, nada. Ni en poesía ni en narrativa. Los lectores no son acreedores, ni siquiera son consumidores como le definen la mayor parte de las veces. El lector es un coautor, una parte imprescindible y activa del proceso literario. Con una participación del cincuenta por ciento, es un socio del que no se puede prescindir. Te lo digo como alguien que se siente más lector que escritor.

Como escritor has incursionado en la poesía y la narrativa fantástica en algunas ocasiones. Lo surreal, no obstante, es para ti un epicentro del que parten las historias. Pero, ¿la realidad y lo que existe tras ella son motivos de creación para ti?

Tienes razón: la influencia de lo fantástico en parte de mi obra es indiscutible, en poesía me ha valido hasta un primer premio internacional. Pero más que esa realidad contada desde lo fantástico, es la realidad en sí misma la que más me apasiona deconstruir, apropiar, reinterpretar… en definitiva, convertir en ficción.

Siempre me ha gustado trabajar la visión más subjetiva del mundo, y si lo surreal, el absurdo y lo fantástico enriquecen el imaginario literario que intento crear, pues no tengo ningún reparo en mezclarlos.

Entre  la realidad y el mundo de los simulacros que es la literatura, el discurso debe tomar la apariencia que más convenga a las necesidades de la creación. Al margen de lo que se considere lícito, la convicción del autor deberá prevalecer.

¿Qué es la honestidad poética y la ética para ti? ¿Nos hemos acostumbrado a vulnerarlas hasta el punto que ya no las reconocemos?

Como decía antes, una nueva forma va cristalizando, socializando y en ese proceso de revelación hay cosas que quedan en el camino o se expresan de manera diferente. Algunos conceptos se mantienen, pero su interpretación o expresión no serán iguales.  

Me imagino que también te refieres a ciertas tendencias entre algunos colegas que desacralizan verdades y exponen sus mezquindades, arribismos, oportunismos, facilismos y casi todos esos “ismos” que califican en sentido peyorativo. Existen, son parte de la vida, diría que hasta la enriquecen. Lo importante es la obra, su valía, definida por esos valores esenciales que has mencionados, no el autor.

En mi opinión, la honestidad es el asiento fundamental de lo literario, sustenta la autenticidad y el cuestionamiento, es comunión perfecta con la posteridad. El escritor probablemente sea el único ser humano que hace de su maldición “un estado agudo de felicidad”,  como diría Clarice Lispector.


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