Ena Lucía Portela


Nadie la hirió impunemente

Con hambre y sin dinero (2017) agrupa un conjunto de “crónicas, reseñas, ensayos y otros escritos reflexivos” de Ena Lucía Portela, una de las narradoras más destacadas y premiadas de las letras cubanas en los últimos 25 años.

Como en su narrativa de ficción, Portela evade el academicismo. No busca la oscuridad ni pretende atrincherarse en un conocimiento casi enciclopédico a través de oraciones-murallas imposibles de analizar sintácticamente. Sus criterios no son “impresionistas”, pero están lejos de caer en el didactismo machacón y repugnante de quienes viven de hacer gala de su (inservible) acumulación mecanicista de conocimientos.

Ena Lucía Portela, además, tiene la buena costumbre de llamar a las cosas por su nombre. Así opina, en el ensayo sobre El Rey de La Habana, de los autores que intentan simular conocimientos sobre la marginalidad cubana, cuando en realidad nunca han puesto un pie fuera de sus zonas residenciales: 

  • Idealizan o condenan, reproducen estereotipos, a menudo resulta evidente que no saben ni pescado frito de lo que están hablando. Mas se creen que sí saben, que son la mar de arrabaleros. Y eso es lo peor. El efecto que producen los textos así fabricados se asemeja al de una foto movida o una banda sonora distorsionada, cuando no al de un teatro de marionetas gestionado por un embustero muy torpe, melindroso, pacato y pequeñoburgués. (p. 97)

De esta manera también da cuenta de otra característica, esa que a tutilimundi (empleando un término de la escritora) le gusta autoendilgarse, pero que en ella es una verdad “harto conocida”: no hay filtro (¡pero absolutamente ninguno!) entre lo que piensa y lo que dice.

De más está decir que Con hambre y sin dinero, publicado por Ediciones Unión, debería reeditarse.

Por otro lado, no debemos engañarnos: si bien Con hambre y sin dinero permite entrever algunos rasgos de la personalidad del sujeto oculto tras la máscara —en este caso la autora—, después de leer esta excelente miscelánea de artículos y ensayos nos quedamos con la misma sensación de no saber “ni pescado frito” de Ena.

El propio Daniel Díaz Mantilla lo reconoce en el prólogo del libro: “Sin embargo, pocas máscaras son tan difíciles de retirar como la máscara de un autor ¿Cuánto hay de la Ena Lucía real en la Ena Lucía que ha escrito estos textos? Tal vez ni ella misma pueda decirlo, pues hay preguntas que no admiten respuestas. En cualquier caso, conviene a esos lectores demasiado ansiosos saber que la autora no se ha propuesto hacer un streap tease para ellos”.

Destaca en el libro el testimonio Alas rotas, donde Portela confiesa su enfermedad y la manera en que ha decidido afrontarla. En sus palabras no se percibe la intención de ganar admiradores, ni victimizarse para ser leída, o ser condescendida por el prójimo; sino un desahogo, un grito de guerra ante aquellos que disfrutan el mal ajeno para en secreto regodearse de su buena fortuna.

En el ensayo Nadie me hirió impunemente, disecciona con precisión quirúrgica un cuento de Edgar Allan Poe, hasta el punto de llegar a conclusiones que asombrarían al propio autor de El tonel del amontillado. Conclusiones, por cierto, muy bien condimentadas, con un interesante análisis a partir del manejo de las categorías de “inferioridad” y “superioridad”, como detonantes de la acción dramática en la trama.

En el libro no existe, sin embargo, una relación demasiado marcada entre cada uno de los temas abordados, que van desde lo más trascendental hasta lo más banal. Incluso, se permite una chota, una “jodedera”, respecto a la cuestión de la metrosexualidad en Mejor lampiño que peludo, donde impera la picardía, el guiño socarrón a las “sepetecientas amigas del alma” que suelen renegar el rasurado masculino.

Hoy, cuando tanto se habla de periodismo literario en Cuba, son pocos los textos que nos transmiten la sensación de haber leído algo con verdadero valor periodístico y literario al mismo tiempo. Con hambre y sin dinero destaca por ser un texto donde se puede apreciar un periodismo y una literatura de altos quilates. O mejor aún, Con hambre y sin dinero es un periodismo de altos quilates y, por tanto, literatura.