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Contra todo pronóstico, literatura (+ video)

Gracia, imaginación y una técnica pulida son apenas los primeros adjetivos que armonizan y distinguen la obra de Leoneski Buquet, quien –para ser exactos– todavía no se despoja del miedo de enseñar en público sus textos.

Es que antes de ser escritor o siquiera esbozar unos trazos sobre el papel, se suponía que se graduaría como Ingeniero en Instalaciones Energéticas Navales y que trabajaría bien cerca de las Tropas de Guardafronteras. Al menos este era el curso real definido para un cadete disciplinado, egresado de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos.

Como la vida a veces se escribe en renglones torcidos, a los tres meses de llegar a la Academia Naval Granma estaba en un punto de no retorno, donde todavía no figuraba la literatura, pero tampoco la vida militar.

No fueron el amor o la alegría los sentimientos que provocaron sus primeras líneas, sino el dolor de la muerte, lo que calcó en unos cuantos versos octosílabos. Entonces, volvieron de un tirón los libros de la infancia, los retazos engavetados, el empujón de la familia y las ganas de hacer y pensar la literatura como algo más que un pasatiempo o un desahogo espiritual.

De Ciro Redondo a los talleres literarios Santa Palabra y Compay Grillo, bajo la tutela de Eduardo Pino y Félix Sánchez, respectivamente, llegó con la vehemencia de quien quiere recuperar el tiempo perdido y con pasión fue moldeando su voz lírica. Niños así de grandes fue el proyecto de libro de poesía infantil aprobado en el Plan Editorial de Ediciones Ávila, en cambio, lo que vino después no era una probabilidad calculada.

Testamento de sombras se alzó con el Premio de Poesía de Primavera, y El diablo está en los detalles mereció el Portus Patris, otorgado por la Asociación Hermanos Saíz en Las Tunas, por el mérito de aunar seis cuentos que exponen distintas situaciones personales ancladas a la realidad cubana.

En puntos suspensivos se mantuvo su ingreso al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso hasta que llegó la aprobación, y con la beca de creación Caballo de Coral cerró un ciclo que puede devolverle la posibilidad de imprimir este año el ejemplar Con los ojos cerrados, compendio de cuentos que rozan el absurdo y el realismo mágico, con un narrador personaje que matiza sentimientos, situaciones, y un lenguaje balanceado entre lo irónico y lo coloquial.

Publicada por Ahs Ciego de Avila en Martes, 1 de octubre de 2019

Saberse en un momento de experimentación, en un camino literario construido a base de prueba y error, sería la descripción más exacta de la obra de Leoneski, que hasta ahora parece tan variopinta como existencial y comedida. Aunque sus libros no han salido al mercado, verlos en blanco y negro será satisfacción visceral y confirmación de sus desvelos.

  • ¿Qué autores han influenciado tus textos?

Las primeras lecturas no fueron encaminadas por nadie, sino que iba a la biblioteca y pedía un título. Recuerdo al Corsario Negro y muchos cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Después comencé a interesarme por la décima y me acerqué a Modesto San Gil, José Alexis Díaz Pimienta y José Luis Serrano. Estas primeras influencias las mezclé con clásicos de la literatura cubana y universal, sugeridos en los talleres literarios, y, entonces, descubrí otro mundo de significados.

  • ¿Son importantes los talleres literarios para la preparación de un escritor?

El taller literario es el espacio donde se puede decantar qué vale o no la pena. Mis primeros textos cumplían con los requisitos formales de estilo y métrica, pero trataban tópicos muy personales y frecuentes como el amor, porque solo eran descargas que hacía sobre el papel.

Esto lo comprendí allí cuando Eduardo Pino me incitó a salirme del canon de la décima. Además, me ayudaron a visibilizar qué tipo de obra quería hacer y me dieron las herramientas para lograrlo. Entre los escritores decimos que el primer objetivo de un taller es formar buenos lectores.

  • ¿Qué es lo que más valoras en tu formación?

Me importan mucho las lecturas que pueda acumular. Algunos dicen que se nace escritor, aunque en mi opinión son el tiempo y la dedicación quienes lo construyen. Hay que ir de más a mucho más, porque tan importante son los clásicos como los autores contemporáneos. La madurez literaria, en parte, depende de eso y de la posibilidad de valorar un libro con otro y encontrar siempre mejores resultados.

  • ¿Entiendes la literatura como un oficio o un modo de asumir la vida?

La literatura me permite decir cosas que de otra forma nunca expresaría, es mi momento de relajación y de llenar vacíos. Hablo de mis preocupaciones, deseos y obsesiones, y vuelco al papel mis experiencias del día a día. No la veo como un oficio o un modo de sustentarme, para ser exactos, es un plan B, porque lo primero es un trabajo que te garantice solvencia económica, que en estos días no se logra necesariamente por la cantidad de libros publicados.

  • Entre la poesía y la narrativa, ¿con cuál te sientes más cómodo?

Me muevo de la poesía a la narrativa y leo todo lo que me cae a mano, tanto que ya me han aconsejado organizar las lecturas. Sin embargo, con la poesía siento cómo las metáforas y sentimientos fluyen mejor.

Lo que escribo hoy no se parece en nada a mis primeras líneas y eso me hace feliz porque denota cierta madurez en mi trabajo. Tengo textos inéditos que no he mostrado nunca porque pienso que la siguiente versión puede ser mejor aún. En cuanto a la literatura infantil, ha sido un desafío asumido por la inspiración de mi niño Samuel. Quiero que sepa que su papá también escribe para él.

  • ¿Cuán difícil es ser un autor inédito en Cuba?

Existen muchas posibilidades para la superación y el Sistema de Ediciones Territoriales ayuda a visibilizar cada año la obra de muchísimos autores jóvenes, a lo que se suman los concursos y las cinco editoriales adscritas a la Asociación Hermanos Saíz.

Sin embargo, salir del anonimato, conformar un proyecto de libro y competir siempre son desafíos y el miedo al fracaso está.

Hay momentos en los que dudo y tengo miedo de revisar, por eso trato de ser exigente con mis textos y la primera idea de mejorarla, aunque otras veces elaboro el último verso y después concibo el resto.

Lo cierto es que se necesita mucho martillo y cincel para lograr el buen acabado de un poema, y el miedo a la crítica o a que no sea suficientemente bueno siempre está presente.

  • Entonces… ¿confías en los concursos literarios?

Al respecto hay muchas opiniones encontradas y hay quienes dicen que los concursos vienen con nombres y apellidos. Creo que los jurados deben defender la obra por encima del nombre. En mi caso, he enviado mi trabajo a diversos certámenes y he ganado y perdido en igual proporción; sin embargo, sigo haciéndolo porque competir es apenas el primer paso.


Las metáforas doradas

Dentro del panorama literario joven de Cuba, Elaine Vilar Madruga es, quizás, una de las voces más prominentes en los últimos años. Capaz de crear obras enmarcadas en varios (o casi todos) de los géneros narrativos; se caracteriza por su acertada dramaturgia, composiciones líricas, poéticas, capaces de despertar los más abigarrados sentimientos, personajes vivos, palpitantes, argumentos imbricados, madejas mágicas que el lector disfruta deshacer, poco a poco, a través de la palabra escrita, rastro del hilo de Ariadna en un laberinto de intertextualidad.

Cada nueva publicación de Elaine nos trae sorpresas imposibles de ignorar. Cada nueva obra que presenta al público lector reafirma el compromiso de la autora de transitar con paso firme por el camino interminable que es la literatura.

Queda evidenciado en su última novela Los años del silencio, recientemente publicada por la editorial española Dilatando Mentes. Un texto cargado de simbolismo, metáforas precisas, personajes femeninos fuertes, que golpean, que sufren, personajes que se corrompen bajo las garras del poder, hombres que sueñan y presagian destinos desde la muerte, y artistas en busca de la perfección.

Porque Los años del silencio es una novela dedicada al arte en todas sus vertientes, pero más al teatro, donde a través de varios de estos singulares personajes nos acercamos a las interioridades del Kabuki japonés.

–Cuando comenzaste a planificar la historia de Los años del silencio, ¿cómo resultó ese proceso de investigación acerca del kabuki? ¿Por qué elegiste el teatro tradicional japonés para que resultara hilo conductor de la novela?

Investigación teatral y dramaturgia son hilos, con salvedad de la metáfora que siempre me han servido como materiales textuales. Hay cierta atmósfera de misterio —ocurre cuando la condición de desconocimiento se troca en curiosidad— que rodea a otras tradiciones teatrales que no son las precisamente occidentales; dicho en otras palabras: el teatro tal y como lo conocemos desde nuestra condición hemisférica no es la única, ni siquiera la mejor, forma de teatralidad o de ritual.

Esa niebla que existe en torno a otros procesos de la escena no occidentales, esa condición que es liminal, siempre me interesó. De alguna manera, Los años del silencio es el resultado de una investigación y una deuda que tengo con mi formación dramatúrgica.

Antes te mencionaba la palabra ritual. Como ves, unas poquitas sílabas que se desbordan en su contenido. Toda teatralidad conlleva una forma, así sea abstracta, de ritualidad. Lo que sucede es que, en las tradiciones no occidentales, el ritual aparece mucho más imbricado a la condición de escena. Sucede así con el teatro kabuki, pero no de manera exclusiva. Habría que observar con atención al mundo hindú, japonés, chino, por solo mencionar tres formas de concebir el rito, la escena y el universo.

Mi investigación sobre el kabuki fue limitada, te lo confieso, y hablo de la limitación sin tapujos por lo difícil que resultó para mi mente, signada por lo occidental, entender el fenómeno en toda su extensión y dimensión.

Portada de Los años del silencio. Editorial Dilatando mentes, 2019.

Hay códigos que se me escapan, y son códigos que no están marcados ni siquiera por cercanía o lejanía geográfica, sino por las diferentes maneras de concebir un mismo fenómeno. La novela es mi intento de encontrar un camino hacia la comprensión. En un mundo ideal me habría gustado ser testigo directo de funciones de teatro kabuki, más que ser espectadora que visualizó los procesos a través del deficiente método de la observación indirecta (dígase videos, conferencias, etc.).

 Como en arte todo es proceso —y camino— aproveché la niebla del conocimiento incompleto —en arte, todo conocimiento es incompleto— y la cubrí con la argamasa de mi narrativa, con mis personajes y sus obsesiones, con el hilo o eje conductor que rigió a estos actantes de la escena del poder y de la vida. Fui en busca de sus objetivos, de lo que en realidad los quebraba, los contenía o los desbordaba. Fue un método no vindicativo ni de omisión, sino de construcción conjunta.

Del teatro kabuki me interesaba, sobre todo, la disciplina del oficio y los larguísimos años de formación y preparación a los que se someten los actores. La tradición se hereda, es un preciado don familiar que se piensa como legado y merecimiento.

Y luego, también, me atraía la figura del onnagata —actor masculino que asume los roles femeninos— y el proceso de transformación y transmutación que ocurre en este sujeto; proceso que no es solo físico, ni de enmascaramiento, sino metamorfosis espiritual. Como ves, existía material suficiente para la curiosidad y la provocación, dos de los ejes fundamentales que deben poner en movimiento cualquier proceso de escritura. La literatura es eso: curiosidad y provocación. Todo lo demás es un sinónimo o una resultante.

–A través de diversos capítulos nos acercamos a personajes que al inicio tienen un breve destello de presencia, y después cobran vida a través de monólogos que se adaptan al desarrollo de la historia, ofreciéndonos un punto de vista interesante, sosteniendo un armazón de intrigas y traiciones. ¿Cómo estos fantasmas que sueñan en la Ciudad del Silencio se convierten en parte importante del argumento? ¿Cuál es el simbolismo encerrado en sus discursos, y su vínculo con el teatro?

La novela en sí es muy teatral, no solo por las conexiones evidentes que tiene con el mundo del kabuki sino porque la escritura del texto —de alguna manera no tan mistérica— se impregnó de ese espíritu.

 El libro es teatralidad llevada a la narrativa, no puedo pensarlo de otra manera. Si a eso le sumas que es una novela contada desde diversos puntos de vista, entonces te darás cuenta que todo está relacionado con una condición de escena y de personaje.

No es secreto: en mi escritura, los personajes siempre son el centro; no creo hayan —o al menos no las noto— excepciones en todo mi proceso de trabajo. Encontrar sus tonos, sus historias, sus secretos, es mi gran búsqueda. Luego viene la forma, el cómo se cuenta lo develado, el cómo se aborda el ritual desde un espacio que no solo sea el cuerpo de los personajes —aunque también— sino también el recurso de su(s) método(s) y del mundo que los habita.

Algunos de los personajes de esta novela viven a un costado de la realidad; pero esta es siempre una realidad llena de costuras, una realidad permeable, que puede ser transpuesta. La Ciudad del Silencio no es más que el velo donde se produce ese cruzamiento.

Creo que, en sentido general, todos los personajes de esta novela son cadáveres andantes, colindan en los límites de la vida y la muerte; de ahí que les sea tan simple comunicarse con un tipo de mundo otro. Si ese mundo es real o no, queda en mano de los lectores: como autora, no aventuro a tanto.

–Hablamos sobre el personaje de Harune y su afán por lograr la perfección de su arte: ¿esto ocurre realmente en el teatro, en el mundo de la actuación?

Ocurre en el mundo del arte. Ya no sé si es una obsesión recurrente o algo que parezca demodé a los ojos de la mediocridad que reina en todos lados en estos tiempos que corren. Pero la búsqueda de la perfección, ¿acaso no es un motor humano, más que artístico? Este es un concepto que tiene que ver —o está muy relacionado— con la sed de conocimiento de Fausto, el de Goethe.

Y es el motor silencioso —quizás menos visible— de muchas de las criaturas de Shakespeare. Te menciono dos casos, hay otros, y eso que solo me circunscribo al contexto literario, o más específicamente, al dramático.

Harune, de alguna manera, es la síntesis y la sumatoria de estos otros personajes. Se debe a ellos y es, a su manera, igual de monstruoso. Solo que su monstruosidad —que es también su belleza— está ligada a la idea de alcanzar todo su potencial, de hacer que el potencial eclosione, de llegar a un peldaño más alto en un ciclo infinito de ascenso.

En el teatro kabuki, la perfección es, más que una búsqueda aislada, la meta, y es este un concepto que mucho tiene que ver con la transmisión del conocimiento a las nuevas generaciones y la conservación de la tradición. De ahí que lo actores del kabuki se enfoquen en la especialización de determinados roles, a los cuales dedican toda una vida de trabajo y cuya formación comienza desde las más tempranas edades.

Te confieso que mi relación con los personajes de esta novela fue de fricción, no de convivencia ni de conveniencia. Pero la fricción fue interesante, provocó escoriaciones y, una vez que la piel textual volvía a crecer, provocó también nacimientos. Con Harune, el proceso se hizo especialmente lijoso. Creo que eso sucede cuando hay vida y divergencia, que es mejor que el sencillo asentimiento, el asentimiento acéfalo.

Cortesía de la entrevistada.

–Mezclas de manera homogénea teatro y ciencia ficción para ofrecer una visión única, con lo cual, la novela adquiere tintes de un universo ya conocido por tus lectores a través de Salomé, la primera entrega de El trono de Ecbactana, y la mayoría de los cuentos que aparecen en Los arcos del norte. ¿Tienes planeado conectar estas historias a través de una novela o una saga?

Desde hace unos años soy especialmente consciente de que todos mis universos se tocan, incluso aquellos que parecen más lejanos o divorciados a una primera y superficial mirada. Escribir al tanto de este fenómeno es algo positivo, no te lo niego, porque te permite establecer conexiones, hilar una madeja con otra, despierta la curiosidad y la provocación.

Pero también —nada es perfecto— es un ejercicio que te obliga a realizar constantes asociaciones. En este universo que contiene a todos los otros, no puede haber tejido suelto. La mirada tiene que ser macro, no microscópica, aun cuando me ocupe lo pequeño y lo invisible. El oficio ayuda un poco, sí.

Ayuda en el sentido de que he planificado mi escritura como un mapa que se va develando en la misma medida en que los lectores consuman más de mis libros. No pasa nada si leen solo uno, porque el universo contenido dentro de este es autónomo, pero siempre he intentado dejar pistas, zonas en blanco —al menos zonas nebulosas— que hagan que el lector inquiera sobre las conexiones posibles.

Sé que quien lee dos o más de mis libros empieza a establecer esos vínculos. El lector es sabio. El lector es inteligente. Uno no debe deglutir la materia de la literatura, sino entregarla pura, en bruto, diamante contenido en la piedra. El escritor debe confiar en el lector. Ahí ocurre el primer pacto ficcional.

–Surge en la novela la alusión a la trinidad femenina (La Doncella, la Madre, la Vieja), no a través de un conjunto de personajes cercanos, que tampoco son conectados con facilidad, pero sí dispersos a través de las diferentes voces que componen la obra. Se percibió un destello de esta trinidad en la primera entrega de El trono de Ecbactana, así como en otros cuentos con reminiscencias de este universo que comienzas a tejer; ¿qué tan prominentes se han vuelto los personajes femeninos en tu obra?

Siempre han sido prominentes. Imagínate: si escribo desde mi cuerpo, y mi cuerpo es femenino, esta es una condición que me acompaña, que es difícil de obviar, aunque —como siempre digo— no es limitante, no es barrera, no es muro. Con esto quiero decir que no siento que ha habido una transición evidentísima en mi obra, digamos, de un estado donde los personajes femeninos fueran secundarios a un ahora donde parecen ser los ejes de mi pensamiento.

Hay lecturas y lecturas sobre ese tema, por supuesto, y no vamos a discutirlas en esta pregunta de la entrevista porque forman parte de la prehistoria. En este momento de mi vida como escritora se han abierto —o develado, no sé con honestidad— una serie de preguntas que giran en torno a la identidad femenina.

 O, mejor dicho, porque no me gusta limitar la literatura a un asunto biológico, prefiero anotar: sobre la identidad, omitamos otro calificativo. Biología y género parecen conceptos asignados al nacer —cuestionable esa afirmación cuando menos: no hay tamaña irreversibilidad en este mundo—; por tanto, esta inmovilidad debería ser vetada en literatura.

A mí me gusta construir buenos personajes o, al menos, personajes vivos, no importa si estos son criaturas femeninas o masculinas (sospecho que esta búsqueda es común a tantos otros como yo). No debería ser visto con sospecha que una escritora pueda erigir personajes masculinos sólidos como tampoco se le ha de pedir a priori que se enfoque en desarrollar personajes femeninos dotados de igual densidad, solo porque se supone que es lo que le toca hacer en favor de su género.

No, eso no es literatura, no es libertad —ni libertad creativa ni de género—, es simplemente un enfoque biológico permeado por una ideología hecha a palos. Entonces mi letra es esta: que cada cual otorgue forma a los personajes que quiera, siempre que lo haga bien.

Como mismo me encanta ver que mis colegas hombres son capaces de doblar una condición biológica para crear a sus dramatis personae femeninos, disfruto ver a escritoras que no sienten que su cuerpo es la barrera que define su literatura, su oficio ni su pensamiento. En materia de libertad siempre vamos atrás, anquilosados, ¿pero hasta cuándo…?

Cuando esos temas dejen de importar, entonces podremos hablar de una literatura sin barreras, sin apellidos o calificativos, sin condiciones ni exclusiones. Los años del silencio, en específico, es una novela sobre mujeres, sí, y he intentado que estas tengan relieve, fricción y escoriación. En otras palabras, que respiren y que me nieguen. Ese es su papel en este mundo.

–Una de las protagonistas de Los años del silencio, Kiandara, atraviesa por varias etapas en su crecimiento espiritual (Kiandara Ruiseñor, Kiandara Princesa, Kiandara Reina). ¿Cómo ha actuado el poder sobre este personaje al que vemos levantarse desde las cenizas?

Bueno, esta es una pista importante, has dicho la palabra clave desde el principio: poder. Digamos que es un concepto antiquísimo relacionado con la frase —lugar común—: una “espada de dos filos”. Esos dos filos, esas dos visiones, aparecen resumidas en Kiandara. Pero no solo en ella, también en Harune, en Orsini, en Oma, en todos aquellos que habitan el universo específico de esta obra.

Los personajes han sido atravesados por esa hoja y, por tanto, se han contaminado. Hay belleza y horror en ese acto y, creo también, en las vidas de todos los personajes, hasta el punto de que sus monstruosidades se transforman —al menos así lo entendí yo como autora, proceso deficiente, por otro lado— en sus excusas para lidiar con la realidad.

En determinado punto de la novela, la realidad los desborda, la realidad se niega a contener a los personajes. Hay impureza en el poder pero también purga. En mis criaturas no hay monstruosidad irreversible, y es lo que espero que los lectores puedan ver y descubrir. Lo anhelo profundamente.

–El título Los años del silencio posee un sinfín de metáforas, referencias e interpretaciones. ¿Cómo lo concibes como autora?

Es un título que habla de la libertad. De esa libertad que solo se alcanza cuando se ha perdido todo, cuando se ha cruzado demasiadas veces la frontera entre el bien y el mal. Esta es una libertad silenciosa (y pírrica, quién lo duda), que no es cuantificable en palabras y, por lo tanto, tampoco calificable.

–Además de esta novela, ¿cuáles son las publicaciones futuras de Elaine Vilar Madruga? ¿Seguirán el camino de la ciencia ficción y la fantasía?

Mi escritura ahora mismo es una sumatoria de incertidumbres donde, por suerte, no falta la creación. He vuelto a escribir teatro luego de un tiempo en que me negué a retornar a los predios dramáticos. Es una relación hermosísima la que tengo ahora mismo con la dramaturgia: hay en ella mucho de cuestionamiento, de revisitación.

En algún lugar de mi mente se está incubando una novela “realista” —vamos a destacar la palabra con comillas, por aquello de las definiciones entre géneros que nunca me han interesado— y al menos una decena de otros proyectos relacionados, directa o indirectamente, con lo fantástico.

Entre ellos, culminar la trilogía El trono de Ecbactan”, cuyo segundo libro verá la luz —cruzo los dedos, voy a necesitar mucha suerte— en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana.

Con el fin de la trilogía termina una etapa en mi creación y nace otra. Los años del silencio es ya una muestra de lo que se avecina. Después de un libro que sientes definitorio se necesita una renovación del pensamiento —proceso que debería ser totalmente orgánico, aunque en ocasiones requiere impulso—, de los modos y formas de decir. ¿Lo que vendrá?, aún no lo sé. Pero en la incertidumbre hay belleza, y también mucho de certidumbre.


La ciencia ficción nutre temas trascendentales de la humanidad

Desde Chile, Leonardo Espinoza Benavides escribe ciencia ficción con una voz que, desde su juventud, viaja cargada de resonancias: lo humano es el territorio por excelencia de sus historias. En el ángulo particular de su narrativa, Leonardo pretende que sus lectores no solo sientan el extrañamiento hacia aquellos universos que recrea sino también una corriente de sentido —subterránea y aun así visible— que hace posible las referencias de lo extraordinario.

¿Qué momento vive actualmente la ciencia ficción chilena? ¿Cuáles son los temas más acuciantes, y los autores y editoriales que es necesario conocer?

La ciencia ficción chilena vive actualmente un momento fantástico y todavía le queda mucho más por seguir desplegando. La historia del género en Chile se ha rescatado en gran parte y se encuentra al acceso de todos. Múltiples editoriales independientes mantienen el firme estandarte de la literatura fantástica. La academia universitaria se ha involucrado y se llevan a cabo los Encuentros Internacionales de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción. La comunidad está cada vez más unida y generando mejores redes, actualmente contamos con la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena. ¡El panorama se ve bien! Es cierto que no se puede negar que ssomos todavía un nicho pequeño en un país pequeño, pero no cabe duda de que los cimientos están más que firmes. Respecto al tema más acuciante: diría más bien que tenemos un gran proyecto, la participación con un comité chileno oficial en la Worldcon 79.

Sobre las editoriales y autores: ¡son bastantes! En cuanto a editoriales afines, cada vez son más las que se consolidan de manera seria. A destacar como referente necesario y notable por su constancia y estabilidad se encuentra la Editorial Puerto de Escape, a cargo de un grande en nuestras tierras: el académico, editor y poeta Marcelo Novoa. Durante catorce años se ha ocupado de potenciar incesantemente la literatura fantástica en Chile. Y en cuanto a los autores: ¡qué difícil escoger! Mi percepción actual es la de un territorio demasiado fértil, demasiado rico en obras. Me gustan los cuentos de Rodrigo Juri, las novelas cortas de Roberto Sanhueza y las novelas largas de Mario Bustos Ponce. Pero me sigo deleitando con muchos más autores. Se perciben las ganas que tienen los escritores de contribuir. La invitación es a leernos y así, de a poco, descubrirnos.

Dentro de ese panorama sin dudas plural que me comentas, ¿de qué manera se manifiesta e inserta tu obra? ¿Cuándo y por qué descubres tu interés en los temas del fantástico?

Portada (Cortesía del entrevistado)

 

Me gusta pensar que mi obra se manifiesta en este escenario como un nuevo punto de vista, íntimo, cercano, muy humano; especulativo y poético a la vez, con elementos fuertemente criollos y nostálgicos, propios de estas tierras tan australes. Escribo sobre gente simple en mundos complejos: personas pequeñas que desbordan sueños y anhelos, que lloran y fallan y sin embargo siguen encontrando algún sentido. Para mí la ciencia ficción es una expresión artística que nutre temas trascendentales de la humanidad. Siempre invoco a uno de mis maestros, el gran cineasta Andrei Tarkovksy, de quien aprendí que la finalidad de lo que hacemos en cuanto creadores es buscar enriquecer el “alma” humana en un mundo necesariamente imperfecto. Y como dijera Philip K. Dick, estimular y estimular hasta el punto de incitar la cocreación. Y disfrutar haciéndolo. Creo que la lectura, en su contacto íntimo, encuentra su significado en cada aprehensión individual, con su eterno subjetivismo en busca del receptor perfecto, ese que aún está buscando y esperando.

Así respondo a tu segunda pregunta sobre mi encuentro con lo fantástico: Crónicas marcianas me atrapó de improviso cuando pequeño.  Yo, Robot me guio en la adolescencia. Y desde entonces sigo este camino como uno sobre el cual no tengo dudas.

Tu oficio transita de la Medicina a la escritura, ¿dónde encuentras puntos de conexión?, ¿la Medicina ha influido de alguna manera en lo que escribes?

La Medicina y la escritura… ¡intensa situación! Desde que tengo recuerdos, ambas me han acompañado como una especie de ying y yang recurrente. No me imagino en otra profesión que no sea la Medicina y, a la vez, no concibo un escenario en el que escribir no sea mi pasión. Y me resulta sorprendente que están siempre ahí presentes, como dos fuerzas opuestas, pero inexorablemente complementarias en mi persona. Realmente encuentro acertada la analogía taoísta. Ambas dimensiones me influyen en las dos direcciones: como médico, la escritura contribuye en la forma en la que interactúo con los pacientes, el cómo los escucho y los observo, con matices peculiares de empatía y de asombro; y como escritor, particularmente de ciencia ficción, la Medicina me otorga estructura, método, plausibilidad en mi argumento, ciencia y vivencias. Si bien por momentos son colosos difíciles de hacer convivir, lo cierto es que disfruto el dinamismo con el que van forjando mis pasos.

En la multiplicidad de espectros y temas del fantástico, ¿cuáles te interesan?

Guardo hermosos recuerdos de los libros “realistas” que me formaron en tiempos pasados: Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, Sub-terra, de Baldomero Lillo, Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, El guardián entre el centeno, de Salinger, El gran Gatsby, de Fitzgerald. Los menciono porque han quedado como huellas en mis gustos posteriores y creo que hasta el día de hoy me influencian. Sin embargo, confieso que actualmente, y desde hace ya muchos años, leo exclusivamente ciencia ficción. ¡Y es que es un mundo enorme!, verdaderamente inagotable. Incluso dentro del vasto territorio de lo que abarca la literatura fantástica, es la ciencia ficción en particular la que me invoca. Por eso, al responder sobre los temas que me interesan, la respuesta viene siendo: si es ciencia ficción, tiene toda mi atención. Pero si me viera obligado a escoger mis temáticas favoritas, estas serían: contacto y comunicación con otras formas de vida, las nostalgias de los hombres y mujeres del espacio, las historias rurales y marginales, la especulación fuertemente plausible en términos científicos y las vertientes que se enfocan en aspectos filosóficos. ¡Eso es lo que más disfruto!

Existe buena ciencia ficción latinoamericana. Sin embargo, muchas veces los propios autores ignoran que existen excelentes voces en países vecinos. ¿La literatura anglosajona nos ha hecho ciegos a otras influencias? A tu criterio, ¿cómo podría ser revertido este fenómeno?

Mi impresión es que tiene que ver con la enorme cantidad de material anglosajón que existe, su gran capacidad de difusión y la estabilidad de un mercado gigantesco. Además, la ciencia ficción estadounidense y británica tiene una extensa tradición y cuenta con obras que son incuestionablemente magníficas. En ese sentido, es difícil competir contra el hallazgo fortuito de algún lector curioso con libros como 1984, La guerra de los mundos, Fahrenheit 451, Dune, Fundación, solo por mencionar un minúsculo puñado de clásicos en continua reimpresión. No me extraña, entonces, que sean menos conocidas las obras latinoamericanas. Aun así, me ha tocado observar que aquellos que han quedado atrapados por el género suelen terminar buscando por su propia cuenta autores y publicaciones escritas en su país. En el caso chileno, se suele caer rápidamente en el legado de Hugo Correa, uno de los autores que ha sido considerado un impulsor esencial a nivel regional. Pero, de nuevo, no logramos competir contra la incesante producción de los vecinos del norte que, sin lugar a duda, siguen generando textos maravillosos. No es un fenómeno exclusivo de nuestras tierras: lo mismo debe suceder, me imagino, con la ciencia ficción en otros rincones de difícil acceso. Y, por supuesto, creo que la idea no es que todos nos pongamos a escribir en inglés y dejemos de lado las bellezas y maravillas de ocupar el idioma nativo. Si bien existen estas limitaciones creo que son, a su vez, parte de los elementos que forjan nuestra identidad y que dan forma a nuestra expresión. A mi juicio, no veo un fenómeno que amerite ser revertido, sino que existen más bien los horizontes para llevar a cabo desafíos hermosos; aún hay mucho por sembrar y cosechar. Soy de la idea de continuar promoviendo una cultura de comunidad, de incentivar a nuevos lectores, escritores y traductores, de seguir estrujando los potenciales de nuestra ciencia ficción. Escribir, escribir y escribir. Es la forma en que irán surgiendo más reliquias y escuelas.

En Puerto de Escape publicas tu primer libro, ¿qué tal la experiencia?, ¿has pensado en la posibilidad de verlo editado en otros países?

Mi primera publicación oficial fue en el año 2008, en una colección de cuentos de la Universidad Andrés Bello. Lo recuerdo con una sonrisa en la cara. Fue una sensación tremenda de punto de partida. Tuve la posibilidad de ver y escuchar a Hernán Rivera Letelier, de quien había leído Los trenes se van al purgatorio, y viví ese primer encuentro mágico con un “escritor reconocido”. Fue fabuloso. Albergo con mucho cariño ese día. Más tarde, diez años después, tras un recorrido que me pareció aún más largo de lo que fue, me vi publicando finalmente un libro de mi autoría. Si antes fue fabuloso, esto fue sublime. Quise conscientemente esperar un buen tiempo antes de enfocarme en la publicación concreta de un libro; quería primero conocer y recorrer, curtirme, hacer mis aportes y apoyar a la escena local, descubrir a las personas detrás de todo esto: escritores, editores, lectores. Fui aprendiendo y me fui entrenando con publicaciones de artículos y relatos en distintas plataformas hispanoamericanas, con la fortuna también de un paso por los Estados Unidos, hasta que sentí que era el momento adecuado. Decidí presentar mi proyecto a la editorial Puerto de Escape: llevaba años siguiéndolos y acompañándolos, disfrutando sus proezas, sus altos y bajos, su trabajo imparable y su pasión desbordante. Cuando, mucho tiempo atrás, había buscado dónde se encontraba la ciencia ficción de mi país, fue su editor Marcelo Novoa el primero en recibirme, con ese carisma sincero que irradia siempre. Mi manuscrito fue aceptado y el proceso de publicación fluyó de manera magnífica. La experiencia fue memorable, culminando con una maravillosa presentación en la Sociedad de Escritores de Chile. Lo considero uno de los momentos más alegres de mi vida. Simplemente, plenitud total. Lo que diez años atrás había sido un punto de partida, ahora venía siendo la consagración de un camino que me había dispuesto a recorrer. Hoy en día me dedico a seguir caminando esa ruta y no puedo sino agradecer toda la motivación y apoyo que me entrega la editorial. Realmente disfruto trabajar con ellos y ser parte de ellos. En cuanto a si he pensado en la posibilidad de publicar en otros países: ¡pues sí! Por mi parte, aquí estoy disponible. Veremos qué surge.

¿De qué manera y a qué ritmo vives la literatura?, ¿cómo transcurre tu proceso de trabajo?

Como dijeron Gilbert & George: “To be with Art is all we ask”. Admiro el Arte con devoción, esa expresión y creación humana que viene a darle sentido y trascendencia a todo, que viene a mostrarnos los ríos abstractos e intangibles, pero llenos de agua dulce, vivificantes. Y así disfruto la Literatura, como parte de esta expresión. Creo, sin embargo, que aquello que le atribuyo, en globo, no es una regla general: en este mundo ricamente diverso, hay personas que encuentran sus símbolos y verdades en otras manifestaciones como la Historia, la Ciencia, el trabajo social, el deporte, y un gran etcétera. Todas son válidas y necesarias para una sociedad armónica. Pero confieso que, para mí, mi musa es el Arte. Sin ella me marchito. Y cuando paso mucho tiempo alejado de ella, efectivamente me marchito. Con ese ritmo lo vivo, como una insignia tatuada. Pero me disculpo por tanta palabra rimbombante y me aterrizo de nuevo. Sobre mi proceso de trabajo y creación de la obra, todo parte como una necesidad visceral de contar algo. Entonces vienen las ideas, la imaginación, las interrogantes. Suele ser una idea que me parece novedosa y atractiva, que puedo utilizar para desfigurar la realidad de una forma plausible y ojalá también simbólica; o bien es la emoción de un personaje en torno a esa idea lque quiero desarrollar, en un mundo acorde. Voy siempre anotando pequeños apuntes, lo esencial, para después acordarme. A veces anoto diálogos que surgen en el momento y quiero usar posteriormente. Luego suelo estudiar el tema que voy a trabajar (es ciencia ficción lo que escribo, al fin y al cabo) y cuando siento que todo está armado y tengo las herramientas necesarias, me siento a escribir. Por supuesto, hay excepciones pero esa ha sido usualmente mi modalidad.

¿Hasta qué punto y en qué porciones influyen en tu creación, las esferas de la inspiración y la disciplina?

¡Soy un terrible planificador! Lo he sido toda mi vida. Jamás he podido usar una agenda o un calendario. Mi mayor organización viene siendo dejar notas pegadas en algún lado, en caso de tener algo de suma importancia que realmente no puedo olvidar. Suelo saber qué cosas tengo pendientes, pero no las pongo en una lista mental hasta que siento que realmente me voy a enfocar en ello. Es como un calendario inconsciente, creo. Por suerte me funciona. Siempre lo he visto como un sistema basado en maratones. Tengo mi propio entrenamiento hasta el día de la carrera. Y cuando llega ese momento lo entrego todo. Realmente todo. Soy de los que pueden sentarse a escribir o leer por doce horas seguidas sin moverme de la silla (salvo para el ciclo de renovación de los niveles de cafeína), en una especie de trance imparable. Nunca me ha resultado eso de “avanzar de a poco” o “hacer las cosas con tiempo” o “esquematizar los horarios del día”. Envidio a la gente que puede y que funciona como reloj. Lo he intentado y no hay forma alguna. Necesito mis maratones. Así se conjuga en mi caso la disciplina y la inspiración.

Tu literatura tiene mucho de visualidad, mucho de aliento cinematográfico, ¿has pensado en la posibilidad de adaptarla a otros formatos?

De lo cinematográfico, lo he pensado y me encantaría. Y no sería muy exigente con las adaptaciones. Al contrario, invitaría a la experimentación, a la interpretación o a cualquier ideación creativa que pudiese surgir. El cine para mí es otro mundo. Mis dos grandes pasiones en cuanto a dimensiones artísticas son la literatura de ciencia ficción y el cine de autor. Me gusta Bergman, Buñuel, Truffaut, Godard, Fellini, por nombrar solo algunos inmortalizados, y hoy en día mis predilectos son Asghar Farhadi y Xavier Dolan. Pero suelo vivenciar estas dos expresiones de manera diametralmente distinta. Me estimulan y enriquecen desde ángulos diferentes. A veces, eso sí, se encuentran y resulta maravilloso, como han sido para mí, por ejemplo, los casos de Tarkovsky, Kubrick, Nolan, Villeneuve. Por lo tanto, sí, me encantaría algún día ver una adaptación. Si hay algún cineasta leyendo esto, ¡las puertas están abiertas!

¿Cómo valoras la escritura de tus contemporáneos?

A mis contemporáneos nacionales los valoro como algo imprescindible. Sin ellos no habría comunidad, no habría emoción. Me motiva el verlos crear, me entusiasma leerlos y ver qué cosas nuevas se traen. Me gusta leer ciencia ficción chilena y me gusta celebrar a mis colegas, aplaudirles sus universos y esperar ese magnum opus que sé que en algún lugar y tiempo está preparando cada uno. Lo mismo con el trabajo de los editores, pensar en quién nombrará la historia como nuestro análogo de Gernsback, Campbell, Moorcock o Van Gelder. Disfruto sentirme inserto en esta escena, en conjunto.

Si tuvieras que decir qué de nuevo trae tu literatura, en pocas palabras, ¿qué sería?

Una nueva perspectiva para hacer el recorrido.

Me gustaría conocer de un libro que te haya influido y un autor (vivo o muerto) con el que te tomarías un té o un café sin pensártelo dos veces.

Ray Bradbury, sin lugar a duda. Quizá no sea la respuesta más original, pero es la única respuesta que me surge con completa y espontánea sinceridad. Encuentro en él una sabiduría, bondad y pasión sin comparación. La forma en que se formó y la forma en que entregó su vida a las letras fantásticas simplemente me llenan de inspiración y motivación. Tengo, de hecho, un retrato suyo enmarcado en mi librero: una foto en la que sale muy bonachón, con su sonrisa amplia. El hombre ilustrado es por lejos el libro que más huellas ha dejado en mí (¡lloré con tantos de sus relatos!, “El hombre del cohete” y “El cohete” son historias que siempre vuelven a mí). Una vez incluso me disfracé de este tal hombre ilustrado: dibujos en la cara y en los brazos, una serie de cohetes y animales. Por supuesto, nadie tuvo la menor idea acerca de qué estaba disfrazado (y no los culpo, no era muy evidente que digamos; era una fiesta de Halloween en Santiago); sin embargo, me sentía sumamente cómodo, algo así como “leal” en este acto tan sencillo. Tal vez eso mismo refleja mi vivencia con la ciencia ficción. Probablemente, mientras nos tomamos un café, sería esta una de las anécdotas que le contaría a Mr. Bradbury.

 

 


Ciego de Ávila en primavera de poesía

Noches cargadas de poesía, acordes de buena trova y el intercambio de experiencias entre jóvenes miembros de la Asociación Hermanos Saíz durante los Juegos Florales, fue el saldo positivo que nos dejó este evento habitual en las carteleras culturales de Ciego de Ávila, el cual devino motivo para que la literatura fuera una experiencia estética compartida.

A las alegrías se sumaron las celebraciones por los 25 años de este certamen que, contra todo pronóstico, ha sabido mantenerse y ensancharse hasta ser imprescindible en nuestro panorama cultural.   

De año en año se conforma el cronograma de actividades y llegan hasta aquí invitados ilustres para discursar a plenitud sobre la poesía, el autor y su obra. En esta oportunidad no hubo excepciones.

Nelson Simón, Teresa Melo, Luis Yuseff, Onel Pérez y Yanaris Valdivia llegaron no solo para compartir sus experiencias con el auditorio y comentar sus proyectos personales, sino para poner el lente sobre las múltiples disquisiciones teóricas y retos que rodean hoy a la literatura hecha por jóvenes en el país.

La mesa de opinión “La joven poesía cubana y su relación con las editoriales” generó criterios encontrados relacionados con la responsabilidad del escritor, la figura del editor, y el papel y funcionalidad de las editoriales en el país en un momento en que la racionalidad económica y el aprovechamiento de los espacios debe ser ley.

 

 

Tomada de Internet/ : Lioneski Buquet y Luis Norge resultaron los premiados en el concurso literarioTomada de Internet/ Lioneski Buquet y Luis Norge resultaron los premiados en el concurso literario

Tampoco faltaron las presentaciones de libros, las lecturas de poesía como plato fuerte, el recibimiento de nuevos miembros a las filas de la AHS, y la buena trova de Roly Berrío y Nelson Valdés, quienes matizaron el inicio y la clausura del evento, respectivamente.

El catálogo de Ediciones La Luz, editorial de la Asociación enclavada en la ciudad de Holguín y que ha conquistado un espacio relevante en la industria del libro por el logro de materiales estéticamente exquisitos y por priorizar la publicación de noveles escritores, fue exhibido por Luis Yuseff mientras comentaba sus experiencias con la gestión de este sello.

Si bien las limitaciones tecnológicas de nuestro Sistema de Ediciones Territoriales impiden el logro de textos de alta factura, quedó claro que Ciego de Ávila puede hacer mucho más para promover al autor y su obra, sobre todo, cuando la red de redes acorta distancia y ofrece múltiples plataformas y herramientas. Fenómenos como los ciberbooks, la lectura digital, y el marketing on-line ya no son ajenos.

La última noche floral culminó con la entrega del Premio Poesía de Primavera al avileño Lioneski Buquet por Testamento de sombras, y una mención a Luis Norge Labrada por CruCero, de la provincia de Holguín.

Cuaderno de poesía CruCero. De Norge Luis KaRluisObtiene mención en: Los Juegos Florales.Poesía de primavera. AHS.Ciego de Ávila.

Publicada por Norge Luis KaRluis en Jueves, 30 de mayo de 2019

Las deliberaciones corrieron a cargo de Nelson Simón, Teresa Melo y Heriberto Machado, quienes coincidieron en destacar el buen acabado de ambos textos y lo atractivo de los temas desarrollados desde estilos prometedores.

Sin embargo, aun preocupa que certámenes como los Juegos Florales sigan interesando solo a los miembros de la Asociación Hermanos Saíz y a un puñado de escritores inquietos y habituales en cada actividad de la cartelera cultural de la provincia. La pluralidad de voces que debieran generar encuentros como estos hoy no se hace sentir.

¿Falta de convocatoria o persiste el desinterés del público? En cualquier caso ninguna de las dos opciones es buena y uno regresa a casa con las ganas de haber visto los puestos colmados por los jóvenes, a veces adolescentes, que se escurren en los talleres literarios de la provincia; o de los asesores literarios y especialistas que en las diferentes instituciones tienen sobre sus hombros la tarea de impulsar la literatura.

En esta oportunidad vale aplaudir que se visitaron centros educacionales y se logró en algunas de las actividades traer espectadores dirigidos hasta la Casa del Joven Creador.

La sección de Literatura, quizás una de las más activas en el terruño, ha expandido su diapasón en los últimos años y ha incorporado nuevos miembros a sus filas con la común apuesta de hacer de las letras un jolgorio, exponente de nuestras mejores prácticas. Certámenes como este deben y merecen su espacio.


“El café amargo no es para todos”

Conocí la obra de Sussette Cordero gracias a un amigo en común –uno muy querido por ambas– y desde entonces, gracias a la lejanía y proximidad que las redes sociales propician, he ido rastreando un poco su trabajo. Sussete es escritora y cubana; su honestidad cruza la cuarta pared –esa cuarta pared confortable que las páginas de un libro traen consigo– para llegar a los lectores o, simplemente, a aquellos que quieran leer una de sus entrevistas, o un fragmento de estas, con la esperanza de llegar a quien se encuentra detrás de las palabras. Esta entrevista es el pretexto para dar ese primer paso.

 

Tu primer camino artístico no fue la literatura, sino la música. ¿Existen puntos de conexión entre la creación literaria y la musical que te hayan servido, más que como experiencia, como parte de algún proceso de trabajo?

La música fue mi primer acercamiento al arte. Ya leía desde mucho antes. Pensar en escribir, en hacer de la literatura mi mayor pasión, no, eso no. Pero el acercamiento a la música me abrió las puertas al mundo del arte, de tal manera que en los primeros pasos de este andar escribía bajo los efectos de alguna pieza, casi siempre necesitaba un background para que las palabras vinieran, de algún modo, de manera más ordenada, más seguida, más lógica. Pero esos fueron los inicios, cuando uno cree que necesita cierto ritual, o ciertas circunstancias para realizar el –en ese momento considerado sagrado– acto de escribir. Ya no: ahora la música es algo paralelo, me encanta; pero en el proceso no es necesaria. Creo que son manías, es circunstancial también: sucede a veces, a veces no… todo depende del momento o de lo que se escuche.

 

Fuiste editora de la Revista de Arte y Literatura Esquife. ¿Qué aportó la labor editorial a tu visión como creadora?

Trabajar en Esquife fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. Estaré siempre agradecida con Jorge Enrique Rodríguez y con Yanni Monzón por haber pensado en mí para ocupar un pequeño espacio en la realización de esta revista. Trabajar con gente que sabe lo que hace, o por lo que pelea, es algo que no tiene comparación. Uno se siente más seguro, más dado a lo que hace, se entrega de manera más completa. La labor editorial es riesgosa, imperecedera. Esquife me dio las armas para aprender de las verdades y las miserias de autores y decidores, y me dio la libertad para desangrar ciertos puntos de vista, desde los cuales hoy miro, con una luz diferente, al resto de los mortales.

 

¿Crees que, en el panorama literario actual, el cual de alguna manera compartes desde la distancia, es necesaria la concreción de proyectos colectivos? ¿Vive el autor demasiado encerrado en su burbuja de individualidades?

Creo que más que una estrategia de autores o de individualismo, es un problema de humildad, de envidias y desidias, con las cuales los seres humanos hemos tenido que lidiar desde la creación. ¿Es necesaria la integración? Sí. ¿Es necesaria la humildad? Sí. ¿Es necesario que los autores cubanos nos demos cuenta de una buena vez que no somos el ombligo del mundo? Sí, es necesario que sepamos que si no existe cooperación, armonía, entendimiento, los proyectos futuros continuarán siendo malos, desastrosos, hechos a punta de traspiés, de “quítate tú pa’ ponerme yo”, de faltas de calidad, sin lógica ni belleza alguna. Y también es necesaria la preparación. No se puede elaborar un proyecto sin una investigación mediante, sin un objetivo lógico.

 

«Â¿Hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?»

 

He leído propuestas de proyectos que sinceramente no tienen la calidad suficiente para ser publicados y, aun así, por encima de eso, salen a la luz y hasta son publicitados de la peor manera. Y el mundo lo sabe, que es lo peor. Ya en este siglo, nadie se puede esconder, nada se puede esconder. Y te tropiezas con alguien y te dice: “¿tú eres cubana?, ¿escritora?, oh, leí la antología de fulanita de tal, ay, pero en esa antología se salva un cuento”. Y una que es de Cabañas y Centro Habana, de chancleta y croqueta, aunque sabe que tiene toda la razón, se hace la enfadada, se levanta de la mesa y le dice en su cara: “cuando en la historia de la literatura de tu país tengas a un Lezama, avísame”. Pero, ¿hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?

 

Muchas veces se ha hablado –y debatido– sobre el tema de la “generación”. ¿Te sientes, por cercanía o distancia, parte de una promoción o un grupo?

No me siento parte de ninguna generación con nombre o sin nombre. Tengo un largo camino recorrido porque mi interés por la literatura es como aquel cuento cheo de “desde que te vi, me enamoré de ti”. Ese mi caso. Yo fui una niña que supo que amaría la literatura en cuanto tocó un libro, en cuanto descubrió un closet lleno de libros viejos y húmedos. Yo he leído y escrito lo que he querido.

Muchas veces no coincido con algunos autores cercanos a la que pudiera ser mi generación, como también a veces me alejo descomunalmente de lo que opinan o piensan las llamadas vacas sagradas. Yo soy un ser de multitudes, a mí cualquier cosa que me convenza, que vale la pena, me viene bien; eso sí, soy irreductible, difícil de convencer, si quieres que cambie de opinión, hay que hacer valer el argumento y eso es demasiado complicado para los llamados grupos generacionales. No quepo en cualquier saco, obviamente, el café amargo no es para todos.

 

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Mi proceso creativo… usaste la palabra proceso y eso es casi la respuesta. Parece trillado, pero el proceso es el verdadero placer de la escritura para mí. Padecer cuando comienzo a dar vida a algún personaje y veo que es un ser despreciable, alegrarme cuando consigo algo que considero bastante terminado, completo, digno de ser leído. No tengo mañas, sí creo que el contacto con el agua me refresca, por decirlo de alguna manera.

Mis mejores ideas vienen fregando, no te imaginas lo insoportable que se hace correr a quitarse los guantes (sí, porque friego con guantes y que digan lo que quieran) para hacer alguna anotación, escribir una palabra, una oración que vino de pronto, y aun así se disfruta. No necesito desnudarme, encerrarme, rayar paredes, ni ponerme tan poética. Lo mío es normal, natural, pero un poquito “acelera’o”.

 

Yo maté a Marilyn Monroe: con un título tan curioso has publicado uno de tus libros, amparado por un sello editorial español. ¿Podrías comentarme un poco del texto? ¿Cuándo lo creaste?

Este libro nació cuando comenzaba mi maternidad. Es un libro muy femenino. Creo que en la búsqueda de mi ser como mujer, esa que creemos perdida y que tanto traté de cuidar durante mi embarazo, nació ese libro que en parte también es un grito a la fuerza de una mujer que brama, y aúlla como fiera, una mujer que no quiere renunciar a su sentir, a su sexualidad, a lo que siente físicamente, a lo que es y no dejará de ser nunca.

Es un libro que me ha traído grandes alegrías, y también grandes desatinos. He tenido que lidiar con las conservadoras, que no son pocas, y también, por qué no decirlo, he tenido que despertarme de madrugada para que una amiga que vive en Europa, con todo el despiste del mundo, me llame a las 3:00 AM y me diga, gritando, literalmente, “¡ya terminé de leerlo! ¡Me encantó!” (Grito sin fin).

 

¿Crees que los temas, las obsesiones de un creador, tienen un tiempo de vida limitado o están “condenadas” a reciclarse, una y otra vez, en su escritura?

Cada creador responde a su tiempo. Eso no es algo que deba fundamentar demasiado porque está en la historia. Lo que no quiere decir que ciertos alientos no confluyan en tiempos lejanos. Hace poco vi en las redes sociales una fotografía de Fan Ho, el célebre fotógrafo y director chino, y me recordó muchísimo a El perro, de Goya. Lo comenté con un amigo y, ciertamente, encontramos el mismo aliento.

 

En tu experiencia, ¿cuáles son las principales limitantes, espirituales y materiales, del joven escritor en los tiempos que vivimos?

Hablar de las limitables materiales sería un desvarío, me alegra que preguntaras por las espirituales.

La escritura es un territorio hostil. La gloria no sirve de nada cuando no has puesto en marcha todo tu esfuerzo. Hay jóvenes escritores que son magníficos. Gente que tiene un talento extraordinario y que prefiere mantenerse al margen, cosa que me parece muy bien. Pero esa es una opinión demasiado personal, un criterio que he defendido siempre. Tu obra no necesita un mural, tu obra necesita fuerza, carácter, y ella sola será capaz de brillar.

 

«Siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire»

 

En la Cuba de hoy tenemos el gran sentimiento nacional, ese que no puede dejar de ser mencionado y del que Virgilio nos advirtió tantas y tantas veces. Eso es aterrador. Conocer la historia de gente que tiene una obra inédita abrumadora, y ver la mayoría de las cosas que se publican en Cuba hoy, es deprimente. No quiero entrar en la discordia de viejos, jóvenes, letrados, chancleteros, creyentes o no creyentes, pero no creo que la literatura cubana de hoy vaya por un camino sólido.

Cuando voy a la isla recorro las librerías, bueno, los libreros, algunos rincones donde encuentro maravillas. Y también compro, gracias a mis amigos, las obras premiadas en el tiempo que estoy fuera, lo que publica la gente más joven, siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire.

 

Entonces, ¿piensas que la escritura que se hace hoy día no está destinada a perdurar?

Es una pregunta difícil, que puede traer amargos tragos. Pero intentaré no ser condenada (Muerta de risa). La literatura no es una moda. No es Gucci, ni Supreme. La literatura, como yo la veo, es algo más hondo, es serio. Hay mucha gente queriendo hacer cosas serias, jóvenes que quieren de verdad crear proyectos libres de pensamiento, de palabra, gente que se forma y se sostiene sobre lecturas que de verdad aportan. Pero son minorías.

En la Cuba de hoy, en la literatura cubana de hoy, algunos autores no se preocupan por fundamentar su actitud ante/con/para la literatura. No puedes creer que por llevar un par de Converse, gafas y un cigarro en mano, eres escritor. No es así, no para mí.

 

«No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro»

 

No eres escritor por haber leído un par de libros y tener dos versos que valen la pena. Si no sabes perseverar, chapotear en el fango una y otra vez hasta pulir el diamante que crees ser, nunca serás un buen escritor. Yo sé de alguien que es tan buen escritor, que cuando se sienta a escribir se dice ser el mejor escritor de este mundo y, al terminar la última oración, se va a la cama creyendo ser el peor. No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro.

 

¿Qué artistas han marcado tu vida y por qué?

Salinger. Definitivamente Salinger. Pero aunque me dedico a la literatura, mis mayores referentes no son escritores. Es un poco raro, pero es así. Mis mayores referentes vienen de las artes plásticas. El Bosco, Manet, Vermeer, Chagall… ¡amo a Chagall! Pasando por la decadencia del arte contemporáneo y dejando atrás la vergüenza de algunos autores como Wilfredo Prieto, amo la obra de artistas jóvenes como Cirenaica Moreira o Ernesto Rancaño.

Y es bueno aclarar, porque mucha gente me pregunta esto: sabes que mi hija se llama Frida, y por eso muchos asumen que soy una gran devota, fan, loca por ella. Y en gran parte mi admiración hacia Frida Kalho no es exactamente por su obra, mas sí por su valor ante la vida. Eso sí que fue estremecedor.

Pero si tengo que hablar de mujeres que en el arte fueron y serán siempre un referente para mí, podría mencionar a Remedios Varo, a Leonora Carrington o Nina Kandinsky, a la que la historia opacó por años y años. Quizás debería mencionar a algunos escritores, pero si soy sincera, no son mis mayores referentes.

 

Cuba y Panamá son tus dos tierras, ¿qué llevas de ambas a tu creación?

Panamá es un país hermoso. De una naturaleza envidiable. Al principio me molestaba un poco que la cultura y los temas afines con la literatura fueran tan vanos. Pero uno aprende que el medio social no es lo que importa. Quizás vivir acá me hizo darme cuenta de que no necesito charlas ni eventos literarios para sobrevivir. Al contrario, estar lejos me ayuda a formar mi propia versión de la Sussette que siempre quise ser. Apartada del ruido, de los eventos sociales, del qué dirán.

He aprendido que se logra mucho más si aprendes a estar solo con tus pretensiones. Hice de mi casa mi propia galería, de mi librero mi rincón para estar en paz con mis fantasmas. Hace poco me invitaron a un festival internacional de poesía y me siento halagada. No digo que el intercambio con otros autores no me agrade, pero siento que no es primordial. Ya no.

En el caso de Cuba, pues es mi país, allá están la mayoría de las personas que admiro, la gente que quiero, los amigos, la familia. Regreso y el tiempo no alcanza, ni las interminables charlas sobre la literatura y los chismes del momento. Es una enfermedad que no se cura, esos dos van de la mano: chisme/literatura. Siempre me río mucho, reírme me ha salvado de no infartar a veces.

Creo que esa dualidad de sentimientos está un poco mezclada en mi poesía. La sensación de haber encontrado la paz interior y el regreso a las raíces.