Ediciones La Luz


Primavera en vano para el amor difícil

El tema que preside el universo dramático de Abel González Melo (La Habana, 1980) es el amor. Recurrente en casi todas las obras, afirma el ensayista español José-Luis García Barrientos en “Claves de la dramaturgia de Abel González Melo”, el amor está presente “desde una mirada muy actual, posmoderna si se quiere, más volcada a sus dificultades que a su posible realización, al desamor en definitiva, con el sexo en primer plano, pero trascendiéndolo siempre de una u otra forma”[1]. Eso lo constatamos al leer las obras que integran el volumen Primavera en vano. Trilogía del amor difícil, publicado por Ediciones La Luz.

Tres obras lo componen: Adentro (2005), Por gusto (2006) y Manía (2009) y todas, como su propio título indica, dan cuerpo literario/escénico a las complejidades del amor para nada fácil. Ese que, envuelto en sus tantas contradicciones, resulta la mayoría de las veces el más deseado, por utópico, por arisco, y el que se recuerda, desde el umbral de la vida, con cierto placer.

Si el amor es el tema omnipresente de las obras –recalca García Barrientos–, la ausencia más significativa es la de “la política como planteamiento abierto, expreso o doctrinario”, aunque la realidad en que se sumergen los personajes, los contextos que permean sus diálogos, sus miradas, incluso sus reacciones a situaciones determinadas, estén atravesados por la fuerza de la política. Puede partir de una cuestión generacional, incluso de reacción frente al teatro y la literatura precedentes, unido “a una aversión particular del autor por lo tendencioso o panfletario”, sin que signifique “que su teatro carezca de dimensión política; al contrario, en la medida en que se halla hondamente arraigado en la realidad, es a través de ella, encarnado en lo humano, como se manifiesta; más a la manera de Shakespeare que a la de Brecht”, añade.

Abel González Melo –autor de obras premiadas, publicadas y representadas en varias partes del mundo como Chamaco, Talco, Epopeya, Mecánica y Bayamesa– es un “constructor” de personajes. Convincentes, vivos, en su mayoría jóvenes, reconocibles al doblar de la calle (o en nosotros mismos) por el hecho de que habitamos idénticos espacios y muchas veces portamos la misma máscara (el mismo “personaje”), sus interlocutores –esos con quienes habla y nos pone a dialogar también– resultan seres “humanizados, muy cercanos al espectador/lector y que solicitan mucho más la identificación que la distancia crítica de los actores”.

Primavera en vano – Abel González Malo – Foto cortesía de Ediciones La Luz

¿Qué encontrará el lector en los “dramas contemporáneos” de Primavera en vano? Adentro. Triangulo para actores –estrenada en Aguijón Theater de Chicago en 2012, dirigida por Sándor Menéndez, y en Cuba en 2012 por Cabotín Teatro y Los Impertinentes, con dirección de Roger Fariñas– parte de “alguna pena compartida o algún secreto a punto de estallar”, cuenta Abel en las palabras que, a modo de prefacio, anteceden el texto donde Daniel Vargas, Enrique Vargas, Eleorka Estrada y Victoria Torres desgranan las historias que los unen. Mientras Por gusto. Ronda en sordina para cuatro amantes –estrenada en La Habana por Origami Teatro y Alexander Paján, y montada por El Portazo y Pedro Franco en 2011, y por Repertorio Español en New York, Estados Unidos, con dirección de Leyma López, 2012– surge del “amor y la angustia que lo envuelve”, para adentrarse, “utilizando la estructura de una ronda”, mediante dúos y solitarios, en los universos de cuatro jóvenes que viven en Cuba, en este momento [Leandro Ars, Henry Colina, Laura María y Marcos Viera se llaman los amantes]. Por rara paradoja, los cuatro buscan y a la vez abandonan el amor: es cuanto les permite su existencia cíclica, con sus desajustes y sus anhelos. Porque todo empieza en el punto que termina”.

Finalmente Manía. Duelo inútil –obra en la que Abel reconoce la influencia del dramaturgo y director Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura en 2005, a quien tuvo de maestro en el Royald Court Theatre de Londres, Reino Unido– “surge de las pulsiones muy reales y de la experiencia más íntima del encuentro con otro carácter, otro clima, otro lenguaje” (España), y del deseo de “contar la dificultad del amor a cada instante de una pareja” como línea más recurrente, por lo que acudió a una “estructura de fusión de tiempos y espacios, un rompecabezas que destilara intensiones en vez de proponer rumbos claros a la pasión. Me obsesiona descubrir, a través del artificio del drama, cómo en el origen del amor está ya su debacle”.

Las obras de González Melo se “ubican” en la sociedad cubana del siglo XXI, especialmente la habanera (salvo en Manía, que ocurre en Madrid, aunque puede ser en cualquier ciudad fuera de Cuba). Lo urbano, los laberintos capitalinos (las calles, la nocturnidad, los hacinados sitios del vivir) resultan espacio de reconocimiento del “otro”, de personajes que, en muchos casos llegan del interior del país a abrirse puertas, mientras los nacidos allí ven la Habana como el trampolín para el viaje/escape. La fragmentación social (familias disfuncionales, doble moral) es muchas veces producto de una difícil situación económica que lacera la cotidianidad de cada uno. Así estos personajes, marcados por la frustración, luchadores del día a día en una urbe que amenaza con molerlos, fragmentarlos, si no se adaptan, se me antojan símbolos de la resistencia, de la sobrevivencia. Uno cree que los personajes de Abel González Melo sobreviven a duras penas, y que se parapetan en el “amor difícil” como salvoconducto de sus días. El teatro se parece tanto a la vida porque es como la vida misma, podríamos decir también.

Para José-Luis García Barrientos “Adentro y Por gusto poseen un componente trágico indisimulado”. Junto “con Manía están más influidas por un sentimiento de dificultad del amor que por la imposición de un pathos a ultranza”. Además del tema, comparten, con pocas variantes, una misma estructura característica, que sirve de contrapunto a las anteriores y que se distingue por la carencia de acotaciones –los personajes explicitan verbalmente sus sentimientos y deseos, e incluso sus acciones físicas–; la falta de elemento escenográficos o de utilería en el texto; el uso del monologo, donde el propio diálogo asume a veces la función de las acotaciones, y de parlamentos con marcado carácter narrativo pero sin una marca apelativa.

Publicadas por primera vez en la trilogía original que el autor las concibió, Primavera en vano –con edición de Adalberto Santos, corrección de Mariela Varona, diseño de Roberto Ráez y Armando Ochoa y obra de portada de Pilar Fernández Melo– está poblado de “seres deseosos en permanente viaje del júbilo a la duda, de la emoción al vacío, del encierro a la intemperie. Situados al borde del abismo, los personajes (…) comprimen el tiempo y el espacio de su intimidad, miran al espectador directamente a los ojos y le susurran toda la ansiedad al oído. Desde un presente que no cesan de cuestionar, estas historias invitan a una teatralidad que desborda el realismo y escarba en lo más profundo de nosotros”, leemos en la contracubierta del libro.

Doctor en Estudios Literarios y máster en Teatro por la Universidad Complutense de Madrid, Abel González Melo ya no es aquel joven autor precoz –poeta y ensayista además– que asombró la escena cubana con sus primeras obras a inicios de siglo. Es hoy una de las voces más sólidas e interesantes –como lo evidencia los nuevos textos, las publicaciones y antologías, los estrenos a ambos lados del Atlántico– de la dramaturgia cubana e iberoamericana. Este hermoso y cuidado libro de La Luz nos entrega tres obras, instantes de la existencia, para intentar desentrañar, infructuosamente, los pesares y dichas del amor difícil.

 

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[1] José-Luis García Barrientos: “Claves de la dramaturgia de Abel González Melo”. En Análisis de la dramaturgia cubana actual, José-Luis García Barrientos (director), colección La selva oscura, Ediciones Alarcos, La Habana, 2011 (salvo que se señale lo contrario, las siguientes citas usadas en el texto fueron tomadas de este mismo ensayo).


Eclosión sonora de los huevos de dinosaurio (+audio)

La colección Quemapalabras, dedicada a los audiolibros dentro del catálogo de Ediciones La Luz suma un nuevo título entre los que destina a homenajear a importantes figuras de la literatura cubana e internacional.

El nuevo volumen “10×10 Huevos de dinosaurio”, celebra el centenario de Augusto Monterroso, el ícono de los relatos breves en la literatura hispanoamericana, autor del célebre cuento El dinosaurio.

Como nidada cálida, reposan aquí diez textos, leídos en las voces de igual cantidad de jóvenes narradores de la sección de literatura de Asociación Hermanos Saíz en Holguín.

Repiten así una fórmula que comenzó con el homenaje sonoro a Cintio Vitier, en “10×10 Una cantidad misteriosa”. Como en ese caso, la selección de esta decena de piezas estuvo a cargo de Elizabeth Soto, poeta y editora, a quien se suma Dj Arte, añadiendo el complemento de la música electrónica que se imbrica con las narraciones.

Soto comenta acerca del proceso de producción del audiolibro que este se distingue de los anteriores “porque nos adentramos en la narrativa y no en la poesía, entonces como la obra de Monterroso tiene una vis peculiar, seleccioné textos que estuvieran alrededor de la ironía o el trabajo literario.

“Partí de la esencia de la brevedad y de lo que presupone que el mundo sea perfecto pero confuso. A partir de ahí la dramaturgia de una selección en voces de jóvenes escritores y habiendo trabajado en la psicología de estos narradores, escogí los relatos, para que a la hora de narrarlos estuviera implícito un porciento de identificación con el texto”.

En cuanto a la preparación de los narradores para la lectura de dichos cuentos, en esta ocasión se realizaron ejercicios previos que permitirían cadencia, fluidez, entonación ante los micrófonos. Al respecto explica la compiladora:

“Contar un cuento no tienen la misma cadencia que leer poesía, por eso me pareció oportuno crear una especie de taller con Fermín López, director de la compañía de narración Oral, Palabras al Viento y que nos revelara los vericuetos de la voz.

“Siento que este ha sido un paso importante dentro de esta biblioteca sonora que vamos creando y que de algún modo ya se escucha con marcado lirismo y profesionalidad”.

Grabado en los estudios de Radio Angulo y bajo el cuidado de Amalio Carralero, el nuevo audiolibro tiene entre sus tracks cuentos como La oveja negra, La Brevedad y Subcomedia.

La presentación de esta novedad editorial llega en días del Premio Celestino de Cuentos en su vigésimo segunda edición. Desde las redes sociales será posible escuchar y descargar esta propuesta que apuesta por la memoria de la voz.


El dinosaurio en el fondo del pozo (dossier + videos y fotos)

¡ Y comenzó el Celestino!

Por: Liset Prego

Con una amplia programación a través de distintas plataformas digitales comenzó la vigésimo segunda edición del Premio Celestino de Cuento. El certamen que convoca la sección de literatura de la AHS en Holguín y su sello editorial La Luz, está dedicado este año al aniversario 35 de la Asociación y al centenario de Augusto Monterroso.

Con la presentación del jurado, los narradores Dazra Nova, Rafael de Águila y Emerio Medina oficialmente se abre el concurso al que enviaron sus textos más de 50 narradores de todo el país. Mientras el jurado delibera, en las redes se comparten contenidos audiovisuales de lecturas, paneles, presentaciones de libros, talleres relacionados con la narrativa de ficción, el microrrelato, la vida y obra de Monterroso y muestras del trabajo de los miembros de la sección de literatura de Holguín.

Entre las novedades editoriales de La Luz llegarán: Sexo Chatarra, de María Liliana Celorrio; Cuando te llamas princesa, de Enrique Pérez Díaz; Una brizna de tiempo, Rafael de Águila,  La casa de los gatos perdidos, de Liset Prego, y Fauces, de Lourdes Mazorra.

Las editoriales Caja China y Ácana estarán presentando Camomila y otros relatos, compilación de los finalistas y el ganador del concurso internacional de minicuentos El Dinosaurio, y La mujer del último show, de Lourdes González.

Bajo el nombre Colección La Brevedad se comparten también relatos en audio de escritores de diferentes provincias.

Otra novedad será el Taller de Técnicas Narrativas Contar con La Luz que desde Telegram permitirá intercambiar nociones sobre la construcción textual y lecturas de los talleristas, así como trova, con el invitado Rey Montalvo.

El 18 de junio se dará a conocer el premiado en este Celestino, desde las redes sociales de Ediciones La Luz y desde el Portal del Arte Joven Cubano.

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Las lecciones de Monterroso

Por: Liset Prego

No hace falta ser un lector muy sagaz para notar la profusión de animales en los textos de Augusto Monterroso. Estas criaturas no son atrezo en las narraciones, toman los roles protagónicos con organicidad, y vuelcan en sus desdichas o peripecias toda la voluntad edificante del autor.

Escritos de este modo los textos se transforman en un espejo burlesco que no refleja al lector, pero quizás sí a su alter ego animal personificado. Aunque el propio Monterroso insistía en que no había en su literatura un afán moralizante, es imposible no encontrar en sus sarcásticas letras, pautas morales, desafíos existenciales resueltos con la sapiencia del fabulista, o magnificados para hacerlos notar.

Él mismo dijo:

“…si alguien quiere extraer de ellos alguna moraleja, está en su derecho y puede hacerlo. Corregir las malas costumbres de la gente es una tarea demasiado fácil que hay que dejar a las autoridades. El escritor debe ocuparse de lo verdaderamente arduo: el buen uso del gerundio, por ejemplo, o de la preposición a, que se acostumbra emplear mal. Yo me gano la vida corrigiendo esta mala costumbre”.

Otra obviedad que emerge de la lectura de este autor es su afán perfeccionista, el cuidado de no permitirse ningún exceso, la precisión, tanto que, parafraseando al genio, aseguró que no escribía, corregía. Noten si le preocupaba la exactitud de sus palabras, de las estructuras. Era un perseguidor de la sintaxis precisa, una virtud valiosísima en su ramo, debo decir.

Augusto Monterroso, apuesta por el no ser, él, que no fue mexicano, ni hondureño, ni guatemalteco, sino todo a un mismo tiempo. El escritor de brevedades más ilustre, quizás, de las letras hispanas, cree que un libro es un zoológico de defectos humanos. Un bestiario de aquello que no teme cuestionar en sus congéneres y que atribuye a los animales, sin importar si el pacto tácito entre el lector y la fábula adjudica tal o más cual rasgo a cada criatura. Monterroso subvierte el acuerdo, lo renueva, cada animal puede ser cualquier cosa y servir de instrumento en sus relatos.

Los disfraces de bestia con los que viste Monterroso a sus personajes son el pretexto para enunciar atributos humanos, conflictos propios de la especie, y cada uno viene además envueltos cuidadosamente en ironía. La nueva fábula donde establece el diálogo con criaturas del mundo animal reconstruyendo una convención que basa en la parodia, en el absurdo, suele tener la misma naturaleza moralizante que es común en el género, pero de una manera inesperada.

Los animales parlantes, en la obra de Augusto Monterroso, vuelven a la literatura para adultos, de la que habían sido cortésmente relegados, como cosa de textos fantásticos y literatura para niños.

En el artículo «Augusto Monterroso y el arte del devenir animal», de Iván Aguirre, el investigador puntualiza que:

“En primera instancia están los animales que representan humanos, aquellos que son más signos retóricos que un ente de ficción con personalidad o rasgos vitales suficientemente desarrollados en la trama. Animales como la oveja negra, el conejo, el león y las moscas que representan algo específico, aunque no sea lo que corresponde en el mundo de la fábula y la mitología popular. Luego están los animales testigo, como la jirafa relativista, que sirven de testigo no-humano ante la ridiculez o absurdo del hombre en su comportamiento destructivo. Y finalmente los animales que están en un proceso erróneo de devenir animal a partir de cambiar o negar su naturaleza: La rana quería ser una rana auténtica, La mosca que soñaba que era un águila y el perro que deseaba ser un humano”. 

Todo puede ser representado por un animal, cada concepto con el que nos alecciona, o sacude, para decirnos, “miren, qué tontos hemos sido”, aunque él mismo rechace que sea esta su voluntad. Aquí tipo y arquetipo están retratados y el lector puede escoger qué traje usar, si será león o conejo, oveja o dinosaurio, rana o mono, porque están dados así principios éticos, perfiles psicológicos, supuestos estéticos, concepciones sociopolíticas, y la filosofía vital del artista.

Leyendo a Monterroso puedes reír socarronamente, reflexionar, comparar con tus conocidos a tal o más cual personaje, a la manera del mono que quería ser escritor satírico. Siembra dudas, planta cara a la hipocresía, la desafía abiertamente, así que ya no importa si alguien lo creyó un émulo de Esopo. Si alguien quiere vivir bajo sus códigos, será una mejor persona, si quiere disfrutar de su prosa y tomar de ella un patrón de la redacción adecuada, será un mejor lector o escritor, o ambos. Cumple así el autor de «El dinosaurio» su propósito declarado y el que escapó a su intención y domó el espíritu de sus relatos, autónomos una vez que el público se adueñó de ellos.

Porque aún sin quererlo, cien años después y pese a su oposición, la fábula todavía está allí.

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Celebración de la memoria: Las fauces, de Lourdes Mazorra

Por: Adalberto Santos

Múltiples son los caminos de la exploración interior. Senderos que pueden conducir a la realización personal o la debacle del yo. Y al comienzo de cada uno de ellos abandonamos algo y cargamos con las expectativas e incertidumbres que el desandar pueda depararnos. Ante nosotros, cada día se abre, como una boca inmensa y preñada de incógnitas, donde el destino se inscribe a golpe de paso, y en cuyo umbral nos detenemos, a veces que con temor, ante la niebla que frente a nosotros extiende el devenir.

Cortesía de Ediciones la Luz

Lourdes Mazorra, creo poder afirmarlo, conoce este temor, y frente a la perspectiva del camino ha decidido detenerse y traducir para nosotros, desde la alegoría que es Las fauces, múltiples situaciones y personajes que exploran desde la autorrealización hasta la añoranza del amor, todos ellos transcritos desde lo que parece ser el recuerdo brumoso de vidas pasadas. La prosa de Mazorra llega así pues, envuelta en una brumosa incertidumbre donde cada historia, cada personaje se mueve en el escorzo de un paisaje interior relatado con lentos y difuminados trazos: una vieja vitrina, que representa el legado y permanencia de lo familiar, se vuelve leitmotiv de una historia de fantasmas; una foto antigua rememora los pasajes de un amor que fue, o un añejo hotel, que acaso existe o no, se vuelve escenario de una pasión repetida contra el fondo de una ciudad que existió alguna vez. Todo llegando con la torcida certeza del recuerdo.

Cortesía de Ediciones la Luz

Lourdes Mazorra, quiero creer, se declara pues «silenciosa espectadora». No desarma con mano experta o atrevida las palabras, no propone situaciones límites y alucinantes, no ejercita una dinámica narrativa de vértigo: su manera de contar es cauta y queda, reverente de dioses y diablillos tutelares, desde un Abelardo Castillo hasta un (casi inevitable) García Márquez. Dicho así, de pronto, parecería lectura aburrida, pongamos por caso para un millennial transgresor. Lejos de ello. La lectura, pues, de Las fauces, es un ejercicio de detenimiento y solaz ante la inevitable vorágine de la vida. Es un llamarse a la evocación como ejercicio de saneamiento y paz ante el excesivo acumulo de signos, muchos de ellos confusos y triviales al uso. Es también la posibilidad de repensar, aun desde la imaginación y lo simbólico aquello que consideramos valioso o no, desde una vocación serena, como quien acude al favor de la memoria frente a las esas múltiples fauces que el vivir pareciera extender hacia nosotros.

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«Decamerónicos. Cuentos aislados» para sobrevivir a la peste de este siglo

Por: Liset Prego

Nuclearse alrededor de la literatura, conspirar en su nombre y en pro de la belleza, puede ser ingenuo, algo fuera de este tiempo, pero ellos insisten. Trece años hay entre el nacimiento de la primera y la última de estas voces narrativas holguineras que se reúnen como homenaje a la Asociación Hermanos Saíz, en su aniversario 35.

Diez miembros de la sección de literatura de Holguín que persisten en el afán del cuentero, obcecados en relatar, por encima de la abulia, de la alienación, de la paranoia, unen sus cuentos breves, escritos sin prisa, sin la urgencia de su generación o generaciones, pues hay entre ellos un puente que une lo analógico y lo ontogénicamente digital.

Cortesía de Ediciones la Luz

Se encuentran aquí contenidos frente a la cuartilla, diciendo solo lo preciso. Una virtud parece la de intentar que las palabras sean el sostén de la cordura en estos días.

Como en el Decamerón de Giovanni Bocaccio, esperan su turno para contar, e invitan a leer como un refugio ante la enfermedad que asola afuera, proponen confiados la compañía segura del libro.

Decamerónicos II, es un segundo intento por juntar a una decena de autores en medio de la pandemia por Covid-19. La primera vez fue un podcast con igual voluntad, donde diferían las ciudades de origen de los escritores.

En el número 39 de la colección Analekta, la misma donde Delfín Pratts y Lina de Feria dejaron reposar sus versos, confiados en que los soportes no son la verdadera medida del texto, llegan al papel impreso, algunos por primera vez, acogidos en el amparo fértil de La Luz, que pone el foco ahora sobre estos cuentos aislados.

Idania Salazar, Andrés Cabrera, Miguel Montero, Armando Ochoa, Norge Luis Labrada, Luis Alfonso Lofforte, Elizabeth Soto, Lilian Sarmiento, Susel Legón y Erian Peña examinan la condición humana, la otredad disfrazada de lo heterogéneo para sorprendernos en su rareza. Catan sometimientos, violencias, miran con distancia prudencial a la locura alucinante, atestiguan crímenes pasionales o pasiones criminales, contemplan el milagro de la luz y la sombra; saben de la literatura y su artesanía, indagan en el eterno conflicto del ser y la apariencia, de la norma y lo que la desborda. Se asoman al pozo que es cada historia, y ahondan con sarcasmo o ternura, con miedo o en la zozobra que no alcanza a medir las honduras de la palabra.

Los jóvenes narradores no quieren que la peste moderna los detenga. Quieren contar, a toda costa, y en la distancia, reúnen sus relatos. Sus voces se distinguen, ritmos, referentes, estilos que empiezan a cuajar, a parecer más propios, tanteos, ensayos, cavilaciones, siempre en busca de la síntesis, un juego con la poesía es este modo de narrar. Son discípulos de Monterroso quien, cien años después, los insta a apostar por la brevedad, los reta a sobrevivirle en un mundo perfecto pero confuso.

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La casa de los gatos perdidos

Por: Rubén Rodríguez

Me da mucha satisfacción presentar este libro, a cuya autora me une una relación profesional y afectiva. También porque he estado cerca durante su concepción y realización. La casa de los gatos perdidos, ópera prima de la escritora y periodista Liset Prego, no es solo un canto de amor a los animales, sino un llamado a la diversidad, la tolerancia y la aceptación.

A través de una familia peculiar, monoparental, la de Ricardo y su hija Ana, se presenta una decena de relatos: las historias de los felinos que van adoptando sucesivamente.

Cortesía de Ediciones la Luz

Y con cada gato que llega o se va, nos queda la presentación y resolución de un conflicto. Porque, utilizando el antiguo recurso de la fábula, Liset Prego caracteriza en sus protagonistas animales a la sociedad humana.

Del mismo modo, el barrio deviene cápsula donde están representadas actitudes, virtudes y prejuicios humanos, corporizados en el vecindario. Lo cual supone el matiz crítico intrínseco que contienen varias de las historias, pero renunciando al didactismo, las obviedades y el paternalismo, que suelen lastrar a algunos textos escritos para niños.

Luego de la presentación simple donde se declara el amor incondicional de esta familia por sus mascotas, se desgranan los relatos –no siempre felices– donde se alternan diversos tonos, incluso aquellos referidos a un desenlace dramático, resuelto con delicadeza por la autora.

Cortesía de Ediciones la Luz

Fluidez, amenidad, ritmo, armonía y sencillez, sin renunciar a la elegancia del lenguaje, caracterizan –desde el punto de vista formal– a este cuaderno, que cuenta con un valor agregado: las estupendas ilustraciones de Dagnae Tomás, prolijas y ricas en detalles e ideales para colorear.

Vale señalar que la gráfica ha captado la esencia de las historias y personajes, con gran sensibilidad y constituye un complemento perfecto. Se logra así la deseada simbiosis entre texto e ilustración, que considero indispensable en un libro destinado a los más pequeños.

Me resta solamente recomendar la lectura de La casa de los gatos perdidos, primer libro de Liset Prego. Y como sé por experiencia que «libro llama libro» y ya comenzó la temporada ciclónica, esperemos que lluevan otras obras de Liset Prego. Precisamente, sobre ciclones trata el proyecto en que trabaja actualmente. Habrá que evacuar a los gatos perdidos, digo yo…

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La mujer del último show

Por: Mariela Varona

La Editorial Ácana de Camagüey acaba de poner a nuestra disposición La mujer del último show, un libro de Lourdes González Herrero con prólogo de su editor, el Premio Nacional de Literatura Luis Álvarez Álvarez.

De entrada les aviso que es un libro de cuentos inquietantes. Para transitar por ellos siempre habrá dos opciones. La habitual es recomendable: leer un cuento cada vez, impregnarse de su atmósfera, saborear y detenerse en las ideas más felices o en las más provocadoras. Pero mi opción, y la que sin duda usarán otros lectores, también es válida: leer sin parar las ciento treinta y seis páginas donde caben once relatos y caer en trance.

El libro abre con un relato noir, titulado «Claroscuro». En él, un enano muy cinéfilo se entromete entre un ladrón y su víctima, y la obsesión por el cine negro clásico lo transfigura. El cuento resulta hilarante porque ni el ladrón, ni la anciana objeto del robo representan con eficacia sus roles en la historia. Diríase que son actores de teatro que no han logrado aprenderse el guion de la obra, y es por eso que el enano determina adueñarse del papel protagónico.

A lo largo del libro encontramos dos cuentos más donde aparece el género negro, pero narrados en claves muy diferentes. «Blackmail (Chantaje)» es una historia de desamor fugaz y demoledora entre un presidiario y una mujer borracha que baila sola en un bar. La potencia de esta singular pieza narrativa estremece y duele como un latigazo. «Las manos rojas», en cambio, es un diálogo entre dos personajes masculinos —uno joven, otro viejo— tratando de esclarecer si uno de ellos cometió o no un asesinato. Los dos hombres se muestran tan simples y empecinados que me remiten a los personajes de Rulfo.

En el libro hay tres relatos que exploran la relación del escritor con la literatura y de esta con la vida. «Sobre el uso de las armas de fuego» es un diálogo entre un autor y su personaje. El Narrador discute —no amigablemente— con su personaje Benigno Piñón, un tipo obsesionado con poseer un arma. En «Naturaleza muerta» un escritor que no ha vivido lucha por encontrar dentro de sí la pasión necesaria para narrar la pulsión sexual, que cree le garantizará el éxito. Por su parte, en «Días de lectura» Un hombre racionaliza las etapas de lectura de un libro que le resulta a la vez fascinante y agotador, y entabla una relación imaginaria con el escritor y su fotografía de solapa.

Entre estos dos cuerpos —el relato noir y la reflexión sobre la escritura— hallamos tres textos que no tienen un denominador común en cuanto a género, tema o estilo, pero sirven como pausa generosa para la densidad de los que ya comenté. Uno de ellos es el tercer relato del volumen, titulado «La gran soirée», donde se cuentan los divertidos avatares de un grupo de amigos “colados” en una fiesta súper fastuosa que deriva en orgía. Quien conoce a Lourdes González puede imaginarla leyendo este cuento en público y escuchar perfectamente las risas del auditorio.

La sexta historia es la única donde Lourdes renuncia a la atemporalidad de los otros diez relatos y trabaja a partir de un personaje real: la viuda del cosmonauta Yuri Gagarin. En «La trascendencia según V.G.» la anciana Valentina Goriácheva escribe una carta donde pone su pasado y el de su marido en su justo lugar. Cuando reflexiona sobre la fama, el valor, la trascendencia, y cómo esos conceptos pueden torcer para siempre el destino de una familia, veo el poder de la prosa de Lourdes González puesto en función de reivindicar a todo un universo de esposas olvidadas.

En el octavo puesto cae el relato que da título al libro: «La mujer del último show». Se trata de una mujer transgénero llamada Francisco, quien canta en un cabaret de mala muerte y, entre su amiga Ivys y una paloma que cuida con obsesión, sueña con ser actriz e intenta darle sentido a su vida. En este cuento hermoso y lleno de delicadeza siento palpitar, junto al oficio narrativo, el enorme talento poético de Lourdes, que nada tiene que ver con el uso de frases o giros poéticos, sino con la intensidad con la que va tejiendo el relato hasta dejarlo descansar, como si la paloma de Francisco se quedara dormida.

Entonces, al final, el libro desemboca en dos cuentos muy inquietantes, como si Lourdes González o su editor no quisieran que los lectores terminen de leérselo y se vayan tranquilamente a dormir.   

Cortesía de Ediciones la Luz

Se trata de «Una boutique en el desierto» y «Una situación horrorosa y exultante, aviesa». En el primero, narrado en primera persona por un ser que vive solo y miserable en el desierto, su existencia cambia cuando descubre que alguien ha construido como por arte de magia una tienda lujosa para compradores inexistentes. No se sabe si es una alucinación o la superposición de realidades que generan los mundos paralelos, pero funciona perfectamente como una provocadora metáfora de la realidad.

En el último, un grupo humano se enfrenta a otro que le resulta extraño, ajeno. No se sabe quiénes son ni de dónde llegaron, y el miedo al Otro, a lo desconocido, va convirtiendo tanto al grupo autóctono como al invasor en enemigos mortales. Las estrategias que sugieren los personajes para deshacerse del problema son un muestrario de lo peor de eso que llamamos “humanidad”.

Estos dos últimos cuentos transpiran una atmósfera muy a lo Bradbury que, mientras leemos, sugieren un futuro distópico y alucinante. Pero más tarde el lector toma conciencia de que esas historias pueden suceder ahora, hoy, y nadie puede negar que hayan sucedido en algún pasado y que podrían suceder en un futuro inmediato. Porque están creadas con la conciencia de lo que el ser humano puede construir o destruir, y son metáforas poderosas del mundo que habitamos ahora mismo.

Es indudable que Cortázar tenía razón cuando afirmaba que «el resultado de la batalla entre la vida y la expresión de la vida es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia». También tiene razón José Luis Serrano cuando afirma en la nota de contracubierta que en este libro «La realidad es distorsionada y recompuesta mediante estrategias narrativas que sacan a la luz las estructuras deformes de lo cotidiano».

Y después de invitarlos a la lectura, mejor hago silencio. Y no cualquier silencio, sino el que pone Lourdes González en el último cuento de su libro: «un silencio de paisaje chino con largas hojas afiladas contra un cielo sin nubes». 

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Sexo chatarra: las provocaciones de María

Por: Mariela Varona

Un título como este es una provocación. Porque, ¿puede el sexo ser tan efímero, tóxico y fácil de consumir como las hamburguesas con papas fritas? ¿Puede algo que se ingiere o consume ser irresistible o inevitable para el degustador, y tener luego consecuencias catastróficas? Este libro de María Liliana Celorrio intenta probar que sí: el sexo —o más bien el universo erótico de ciertos personajes— puede moverse entre circunstancias alevosas.

Pero debemos poner atención en la segunda parte del título: no es solo Sexo chatarra, es también Los perfectos crímenes del corazón. Porque la pulsión del sexo, en los seres humanos, estaría mutilada si la razón —o el corazón, como quiera llamársele— no alentara los más temibles y arrebatados proyectos. Entre la naturaleza desnuda del sexo y las trampas de la razón, entonces, podemos apostar que anda este libro.

Desde la cubierta, una mujer bocabajo, crucificada en una cama, comienza también a provocar a los lectores. Lo mismo puede tratarse de una mujer rendida y feliz, que terminó exhausta después de una noche de placer, que una mujer violada, golpeada, inconsciente o muerta después de servir de objeto a algún crimen pasional. La fotografía de Lianet Martínez parece concebida ex profeso para ilustrar este libro. Después de contemplar a la mujer de la cubierta, el lector puede intuir que cuando comience a transitar por el desfile de historias que van desde el júbilo hasta el horror, quedará atrapado sin remedio en la provocativa marea de María Liliana Celorrio.

Esta mujer hace una broma desde la dedicatoria: «Dedico estos cuentos a sus protagonistas: mis amantes. A los que vendrán, los espero en el próximo libro». Pero sus protagonistas, casi sin excepción, son mujeres. María Liliana indica con sutileza que los hombres que figuran como partenaires en estos relatos al menos pueden vanagloriarse de algo, porque contribuyeron a la gestación de extraordinarios personajes femeninos. Quienes tenemos la suerte de conocer a la Celorrio personalmente sabemos que el humor ilumina su vida y su literatura.

Cortesía de Ediciones la Luz

Las mujeres que pueblan los cuentos de Sexo chatarra se parecen a ella hasta cierto punto. Porque ella ha sido muchas mujeres al mismo tiempo, y el desenfado de contar historias centradas en sus avatares amorosos es proverbial desde Mujeres en la cervecera. Ese es el título del libro de cuentos que dio a su autora un merecidísimo Premio de la Crítica en el año 2005 y obligó a la ciudad letrada de Cuba a poner sus ojos en ella para siempre. Pero María Liliana no siempre escribe desde la mujer que es, sino también desde las mujeres que podría ser. Sus personajes femeninos son, incluso, las mujeres en que temería convertirse y aquellas que fueron palideciendo en su interior hasta disolverse.

Fui testigo del placer que dio a Luis Yuseff editar este libro. Mas no fue placer de complacencia o comodidad, todo lo contrario. Luis Yuseff necesita los retos para ser feliz. Y el reto de contener en un solo volumen el torrente magnífico de la prosa de María Liliana valía la pena. Creo que para Ediciones La Luz en pleno, este libro fue también un reto y un placer tremendos. Porque una mujer como la Celorrio no solo trae consigo al catálogo de la editorial un nombre y su prestigio: participar en su historia personal es una forma de trascendencia.  

Quien tenga miedo a las palabras fuertes, que se indigne y cierre el libro. Que se ofenda y cierre el libro también quien tenga miedo de encontrarse con el sexo en todas sus variantes: emergente, feliz, ocasional, frustrante, amoroso, ridículo, agotador, apasionado, sucio, animal, extasiado, con violencia. Quienes sigan sin miedo la mano de María Liliana Celorrio encontrarán el temblor de la rabia, el desamor, la soledad y la desidia entre las sábanas de los matrimonios desdichados y las mujeres adúlteras. Pero encontrarán también canciones y regocijos, confidencias entre amigas, madres fieras protegiendo a sus cachorros, pícaros gestos de la intimidad, en fin, la poesía en medio de la sordidez humana.

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Un libro debe ser un regalo

Por: Enrique Pérez Díaz

El gato,

sólo el gato

apareció completo

y orgulloso:

nació completamente terminado,

camina solo y sabe lo que quiere.

Pablo Neruda

Imagínense una casa que no es igual a ninguna otra y de la cual salen maullidos a cada rato y, en el silencio de la noche, bajo la luna llena, se pueden ver, de repente, las peculiares siluetas de unas gráciles figuras que, sobre el tejado, los aleros o en la cornisa de un ventanal, escapan furtivas hacia los mayores misterios de la oscuridad.

En el día, volverá a ser una casa normal en apariencia, aunque en verdad tampoco se parezca a ninguna, pues la casa de los gatos perdidos siempre ha sido y será el mejor puerto seguro para aquellos mininos que, despreciados por el mundo, allí busquen cobija contra el maltrato, la incomprensión y la desidia de los humanos.

Ana y su padre Ricardo son dos personas muy especiales. Por suerte para los felinos ellos no son de los humanos prejuiciosos que les atribuyen a los gatos todo tipo de defectos y enfermedades que ha consagrado la tradición popular. Verdaderos defensores de la especie, son seres sensibles que abogan por ayudar a los pobres animalitos que encuentran desvalidos por las calles.

¿Alguna vez te has puesto a pensar cuanto maltrato puede recibir un callejero? ¿Acaso has pensado que los callejeros eligieron esa forma de vida por simple vocación? ¿Podrá ser agradable para una criatura viva de cualquier edad —desde la más tierna a la más avanzada— vagar por calles y calles en busca de un mendrugo, evadiendo pedradas o palizas, húmedo de lluvia, sediento bajo un sol inclemente, sobre un asfalto grasiento y sin sentir la cobija de una mano que se tienda a su paso por el mundo?

Lamentablemente hay muchos callejeros en todas las ciudades, pues el nacimiento indiscriminado de especies aquellas que se han convertido en domésticas, la irresponsabilidad de quienes un día los compraron y los avatares de la existencia suelen crear situaciones de indefensión que favorecen que muchas criaturas queden en el desamparo más terrible.

Sobre tema tan actual parece sensibilizarnos un libro singular, escrito por una de estas personas sensibles que todavía en el mundo abundan: se trata de La casa de los gatos perdidos, de la periodista Liset Adela Prego, publicado recientemente por la Ediciones La Luz, de la AHS, en Holguín.

Con edición del poeta Luis Yuseff, diseño de Roberto Ráez, ilustraciones de Dagnae Tomás, diagramación de Norge Luis Labrada y corrección de Mariela Varona, este sencillo volumen nos confirma una vez más la excelencia editorial de esta casa que, entre sus frentes más notables, cuenta con la esmerada edición de textos para los niños.

Cortesía de Ediciones la Luz

De manera sencilla, coloquial, cual si estuviera conversando con nosotros, la autora nos va desgranando las venturas y desventuras de toda una serie de personajes gatunos que se presentan en La casa de los gatos perdidos y van dejando su huella en el cariño y añoranza de sus moradores humanos. Nadie es dueño. Nadie es amo. Liset reivindica a la especie desde la propia redención que significa para alguien —y de eso saben mucho los gatos— elegir su camino, sus propios pasos en la vida. Justamente por ello, estos gatos son itinerantes, eligen su albedrío y acuden a la casa cuando requieren de ella y luego, un buen día, desaparecen sin más, dejándonos únicamente su sombra, que se va lejos, bajo el cielo estrellado de una noche cualquiera.

Por eso el pacto entre especies que se da entre padre e hija y los gatos itinerantes nos confirma que quien desea ayudar, nada exige al desposeído, que las buenas acciones no esperan recompensa y que el amor, el verdadero y solidario amor, lleva en sí mismo su propia dádiva.

Bienvenido este tipo de libros que puedan mostrar a la infancia los más auténticos valores de la vida y la convivencia entre quienes habitamos el planeta.

En un mundo donde a veces un niño es más feliz acariciando un celular que el suave pelaje sedoso de un gatico o un perro, hacen falta libros tan sensibles y sinceros como esta obra que nos llama a la reflexión.

Sobre el desfile de gatos, pues evidentemente la autora es una amante de ellos pues los retratos de Pimienta, Lilita, Fiona, Shakespeare, Susana, Garabato, Tito, Feici y Tuiti, Socrates, Zafira, Cosme, Macusa e Itza nos dejan con deseos de conocerlos.

La levedad de sus pasos en el hogar que los acoge, la timidez de su mirada huidiza, o el ronroneo que acompaña nuestro sueño, son imágenes que se nos quedan grabadas en la retina y adentro, muy adentro del alma, allá, donde único pueden resguardarse los mejores sentimientos, los más grandes sueños, donde en verdad, florece la esperanza.

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Una reina que se llama Princesa

Por: Kenia Leyva

 Cuando te llamas Princesa, todos piensan que tu vida es color de rosa, que el mundo gira alrededor de tus deseos, pero en este caso, en esta historia, no es así. Enrique Pérez Díaz con sutileza, imaginación e ingeniosidad, nos teje una narración en la que los conflictos familiares, generacionales y afectivos, son enmascarados desde un focalizador niño, donde la percepción de la realidad es dibujada desde la ficción y la búsqueda continua del amor.

Cortesía de Ediciones la Luz

Es loable destacar cómo la esencia de estas historias, fluye paralela a nuestra identidad. Cada personaje, sus vidas, es Cuba, un pueblo mestizo, rebelde, trabajador y que sueña. Al leer las páginas de este libro, viene a la memoria el poema «Balada de los dos abuelos», de Nicolás Guillén. Cómo la irreverencia, gallardía, optimismo de estas abuelas y sus antepasados, crean en Princesa un temperamento fuerte, pero sin impedirle soñar en grande y ver la vida en todo el esplendor de sus colores y matices.

Estamos en presencia de un libro objeto de arte, con una factura visual apreciable. Una propuesta que se disfruta por su frescura y narración fluida. Logra como propósito mayor una complicidad con cada personaje, el lector puede visualizarlos, verlos moverse, gesticular, escuchar sus voces, memorizar frases inscritas en la oralidad del cubano.

Cuando te llamas Princesa, es un canto al amor a la igualdad, a la importancia de la familia, y sobre todo a la esperanza y a la capacidad de soñar como recurso indispensable para entrar en un reino donde lo imposible siempre será realidad, donde la fantasía es boleto necesario para viajar por la vida.

Ediciones La Luz apuesta una vez más por una publicación, que no solo dará grandes satisfacciones al autor, sino a esta editorial que al igual que el personaje de este libro, busca incesante la belleza y no deja de soñar a pesar del tiempo y las adversidades.


«La literatura es un ritual de sanación»

A Isabel Cristina López Hamze la he llamado siempre Isabelita, desde aquellos tiempos en que ambas coincidimos en el ISA: ella, ya maestra; yo todavía alumna. Lo primero que se descubre en Isabelita es su sonrisa. Es amable. Es buena persona. Y nada de eso es postura, ni cartulina, ni confeti. Tardé años en descubrir a Isabel Cristina en su rol de escritora. La conocía, claro que sí, como una joven mente teatrológica, como investigadora y, ya lo he dicho, como profesora. Sus publicaciones en Facebook me hicieron seguir cada vez más sus letras y, luego de leer su primera obra, Estática milagrosa, le pedí esta entrevista, en un afán por descubrir más que su sonrisa amable o su pensamiento teatral. Este es el viaje de Isabelita a través del ritual de sanación de la escritura.

¿Cómo ocurre el tránsito entre Isabel Cristina, teatróloga, e Isabel Cristina, escritora? ¿En qué difieren, si acaso difieren, tus procesos de creatividad y pensamiento cuando debes enfrentarte al oficio crítico y luego al oficio creativo?

Siempre quise ser escritora. Aún guardo libretas de la escuela de cuando tenía 10 años que son un documento surrealista. En una página hay una clase de matemática o de español y en la otra hay dibujos rarísimos y descripciones de mis compañeritos del aula, un párrafo sobre las telenovelas, las cucarachas alemanas o cualquier otro tema cotidiano. Después, cuando estaba en la secundaria, ya no solo escribía en las libretas de la escuela, escribía sobre la gente, y luego mi mamá y mi papá me imprimían la hojita y yo se la entregaba a la persona que me había inspirado. Recuerdo cuando le llevamos la hojita impresa al primer violín de la Orquesta Sinfónica de Oriente. De aquello hace más de veinte años, pero todavía me acuerdo de la cara que puso Marco Tulio Niño Wong cuando salió de la Sala Dolores y se leyó mi poema que, visto desde ahora, era una especie de crítica impresionista de su brillante ejecución musical. Yo escribía mucho y además leía mis cuentos y mis poemas a la gente. No tuve pena, en mi infancia y adolescencia, de mostrar las cosas que escribía. Esa pena llegó después, con la Teatrología.

Siempre me gustó escribir sobre la realidad, pero no tanto como para ser periodista. La otra opción que valoré fue Filología, pero uno de mis mejores amigos me dijo que esa carrera era para eruditos y yo nunca he sido tan buena con las letras así que no opté por ella. Mi amigo estudió Derecho y se hizo Doctor en Ciencias a los 27 años; yo estudié Teatrología, la mejor carrera del mundo.

En el ISA leí los clásicos de la literatura y el teatro, aprendí sobre los genios de las artes visuales, sobre los talentos musicales más grandes. El fuerte vínculo con la teoría, la investigación y el conocimiento del arte y la literatura que me proporcionó la carrera inhibieron mis ganas de crear. Yo creo que cuando niña era una escritora en potencia y luego me convertí en teatróloga. Claro que los teatrólogos también crean, pero desde otra perspectiva. Desde que entré al ISA hasta el 2016 escribí decenas de reseñas críticas, artículos, ensayos y dos tesis: una de licenciatura y otra de maestría, pero no escribí nada que no estuviera asociado a mi trabajo como crítica e investigadora teatral. Mis ganas de ser escritora se despertaron gracias a que un día mi primo Abraham Hamze, que también es teatrólogo, me abrió una cuenta de Facebook.

Actualmente sigo escribiendo críticas, ensayos teatrales y una tercera tesis, esta vez de doctorado. Para esas labores intelectuales debo usar un lenguaje académico y cuando escribo sobre las cosas de la vida, entonces uso un lenguaje coloquial. Sentarme a escribir sobre teatro es estresante, casi tortuoso, sentarme a escribir un cuento o una crónica es muy relajante y divertido. Sin embargo, creo que ambos ejercicios de escritura se complementan. Muchas de mis reflexiones sobre el teatro están permeadas por esa mirada a lo cotidiano, a lo que parece insignificante, pero tiene gran relevancia para algunos. Así mismo, los textos que escribo sobre otros temas tienen una aparente liviandad, porque así los concibo desde el lenguaje y los abordajes, pero en realidad están calzados por una invisible densidad que vive en mi parte teatrológica.

¿Qué te aporta tu conocimiento del teatro a tu concepción de la escritura?

Ya te dije que para mí la Teatrología es la mejor carrera del mundo. Siempre digo que soy teatróloga, en todos los espacios, aunque la gente no entienda bien qué significa. Ese es uno de los encantos de mi carrera. Tuve la suerte de tener profesores excepcionales. También tuve la suerte de ser una estudiante aplicada y tener compañeros aplicados con los que compartir lecturas y puntos de vista. Me leí casi todos los libros que mandaron en el ISA y no solo los de teatro, sino también los de filosofía, historia, literatura, estética, psicología… Mi concepción de la escritura y mi concepción de la vida están atravesadas por el teatro. Más bien por la manera de entender la escena.

 

En el teatro hay muchos planos de significación: plano gestual, objetual, espacio-temporal, lingüístico, verbal, representacional, ficcional, intertextual, simbólico, metafórico… Todos esos niveles de sentido también pueden coexistir en otras esferas de la vida. Haber aprendido a descifrar los códigos del teatro y transpolar esa experiencia a otros escenarios de la vida me ha permitido ver lo que otros no pueden ver a simple vista. Ese es un talento que tenemos los teatristas. Mi trabajo como crítico también me ha enseñado a ponerme en el lugar del creador, a atender con igual interés las más disímiles estéticas. Esos son aprendizajes válidos para la escritura, para la creación y también para ser una mejor persona.

Si tuvieras que definir tu estilo en pocas palabras, ¿cuáles eligirías?

No creo que tenga ningún estilo aún, pues llevo muy pocos años escribiendo de manera sistemática. Lo que más la gente conoce son las crónicas que escribo para las redes sociales, pero escribo otras cosas que no muestro. Hasta ahora solo he estado como los pitcher, “calentando el brazo”, como me dijo un día Francisco López Sacha cuando le conté que yo quería escribir novelas. “¡Oh, pá eso hay que calentar bastante el brazo!”

Me gustaría tener un estilo que para mi papá era el mejor: “Todos los estilos y ningún estilo, he ahí el estilo.”

Las redes sociales han servido, al menos para ti, como un cimiento de posibilidades no solo comunicativas, de asociación y conexión, sino también creativas. ¿Cambia el lenguaje de la creación cuando lo concibes para ser pensado y comunicado desde la inmediatez de la red, o apuestas por un lenguaje universal que se adapte a las particularidades de cada proceso receptor?

Gracias al Facebook yo volví a interesarme por la creación. Al principio era un juego divertido, una forma de expresarme diametralmente opuesta a la crítica teatral. Con el tiempo, ese juego se fue poniendo serio, pues la gente me escribía cuando dejaba de publicar, me llamaban a la casa, me exigían de alguna manera que escribiera algo nuevo. Con los años se ha convertido en una especie de experimento. He descubierto qué cosas les gustan a la gente de Facebook. Por ejemplo, un texto cotidiano sobre mi perrita o sobre el pan de la bodega gusta más que un poema escrito por mí. Gustan las historias personales, los temas como las cosas de niños, los viejitos, las muertes, los nacimientos, los cumpleaños, la política… Y también gusta una manera determinada de narrar.

Yo escribo textos muy diferentes a los que publico en Facebook. Textos más abstractos, o más densos, con otro estilo y cuando he publicado alguno, a pesar de tener ya a mucha gente que me sigue, no les ha parecido bueno. Me gusta tensar esa cuerda y de vez en cuando subir algo rarísimo que descontrola a la gente. Eso forma parte del experimento.

Escribir para la inmediatez de las redes es una estrategia de lenguaje, un estudio de los gustos y de los deseos de la gente. Es muy interesante ver dónde se unen los gustos, las experiencias, las tristezas y las alegrías de un público tan diverso como el de mi perfil de Facebook. Tengo amigos de todo tipo: peluqueras, funcionarios, periodistas, artistas, músicos, viceministros, campeones panamericanos, estudiantes, maestros, premios nacionales, raperos, caricaturistas, torneros, disidentes, evangélicos, campesinos, héroes. Tengo amigos en China, Japón, Dinamarca, Estados Unidos, en casi todos los países de América. Es increíble, pero en un punto toda esa gente diferente se conecta. Es muy lindo cuando uno escribe algo sin grandes pretensiones y ves a personas de muchos lados identificadas con tu historia. También me gusta descubrir que hay temas que mueven a determinadas personas o grupos y otros que no causan ese efecto. Ambas reacciones de los lectores son parte de mi experimento, que es una manera de buscar ese lenguaje universal, una manera de “calentar el brazo” para cuando pueda escribir novelas, que es mi sueño.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Cuánto tiempo le dedicas a la escritura?

Escribo mucho en el celular, quizás porque no tengo tanto tiempo para sentarme delante de una computadora. Antes escribía en las guaguas, en las paradas, caminando. Escribía a mano en las reuniones y en las clases cuando los estudiantes se demoraban demasiado en hacer la tarea. Ahora, desde que nació mi segundo hijo, escribo mucho en la mente, pues paso casi todo el tiempo con él. Cuando duerme en mis brazos durante el día escribo en el celular, con una sola mano. Rezo para que se quede dormido en el lado izquierdo y poder escribir con la derecha, sino, me toca escribir en la mente. Muchas veces voy escribiendo por pedacitos en el teléfono de mi hijo grande, en el de mi esposo, en el de mi madre, en un tablet, en lo que esté cargado en ese momento. En las noches, cuando el bebé duerme, unifico todos los picotillos que escribí durante el día y los paso a la computadora. Después edito y a veces desecho lo que quedó.

Como mi mente va más rápido que mis manos, siempre tengo una lista grande de temas para escribir. Escribo de las cosas que me pasan, por eso hay temas que nunca se tachan de la lista y se van quedando eternamente ahí. Yo hablo de lo que quiero escribir. Una vez un amigo me dijo que eso era muy malo, que cuando uno habla de lo que quiere escribir nunca lo escribe. Quizás me ha pasado con algún que otro texto que se quedó en la oralidad, pero casi todas las ideas llegan a ser escritas.

Generalmente Jorge Ricardo, mi compañero de vida, y yo trabajamos juntos. Como él es fotógrafo siempre hacemos foto y texto. A veces hacemos el texto primero y él crea la imagen en función de la escritura, pero muchas veces la foto viene primero y escribo para complementar la imagen. Es muy divertido trabajar de esa manera.   

Escribo todos los días de mi vida. Hago textos para Facebook, escribo cuentos para completar un libro que ya va por su séptima versión, escribo crónicas sobre maternidad, escribo parte de mi tesis de doctorado, escribo cartas a mis amigos, escribo para mis estudiantes del ISA, escribo informes de tutoría y oponencia, escribo guiones para un programa de televisión.

Con Estática milagrosa. Listas para vencer y no para ser vencida apuestas por una estructura externa que bebe, sin lugar a dudas, de la relación de tus textos con las redes, ¿hasta qué punto te preocupa lo novedoso en tu escritura?, ¿has pensado la medialidad propia de un libro físico en relación o comparación con la medialidad propia del mundo del Facebook, espacio natural en el que fue concebido el libro?

Lo novedoso no es algo que yo busque de forma arbitraria. Para mí es más importante lo genuino que lo novedoso. Creo que en el caso de las listas hay cierta novedad en la estructura, pero no tanto, ya que otras personas han escrito listas antes que yo. Cuando escribí la primera lista no pensé en si era novedoso o no, fue algo espontáneo. Un día quería subir un montón de fotos a mi perfil y como la conexión estaba tan lenta hice una lista con la descripción de las fotos. Así surgió la idea de las listas en casa de mi amiga, la actriz y dramaturga Eileen López Portilla. No fue algo muy pensado. Luego vino un análisis clave: las listas son dinámicas, se leen rápido, su estructura es buena para las redes. Pero ya te digo, ese análisis vino después.

Si comparo el Facebook y una publicación impresa, puedo decirte que no es común que un mismo contenido coexista en ambos universos. El mundo de las redes es tildado de banal, de tonto, de vanidoso y un libro es un libro. Internet aguanta todo lo que le pongan, aguanta más que el papel. A pesar del impacto inmenso que hoy en día puede tener un contenido en las redes sociales, no se acerca al que puede tener un libro impreso en el ámbito profesional de la literatura. A pesar del alcance de lo virtual, creo que la gente nunca va a dejar de creer en los libros. A mí nadie me dijo que era escritora hasta que Ediciones La Luz editó mi primer libro. Es muy simpático porque las listas fue lo primero que escribí y después de eso he transitado por varios estilos, he madurado, he aprendido a lidiar mejor con las palabras. Pero lo que me legitima como escritora es ese libro, no importa cuánto escribí antes o cuánto escribo ahora para las redes, cuántos comentarios, compartidos o likes, hace falta un libro para que la gente diga: “¡Oh, es escritora!”

Quisiera que me comentaras un poco cómo nació la idea de convertir tus listas de Facebook en un libro. ¿Qué tal el trabajo editorial con Ediciones La Luz?

Cuando escribía las listas nunca pensé que serían un libro, aunque mucha gente me decía que las reuniera para publicar. La persona que me dijo: “manda tus listas a La Luz” fue mi amigo, el dramaturgo, narrador y poeta Roberto Viña, que ya había publicado con ellos y quedó encantado con el trabajo de la editorial. A mí me gustan mucho los libros de La Luz. Tengo en mi casa una pequeña colección de libros editados por ellos y en dos ocasiones he presentado publicaciones de amigos. Que mi primer libro sea editado por Ediciones La Luz es un sueño. Para mí fue una sorpresa que la propuesta fuera aceptada para el plan editorial y una sorpresa aún más grande que saliera tan rápido. Tú sabes que los libros pueden pasan años en los planes editoriales y otros años más en la imprenta. Tuve la suerte de ser bien aconsejada por mi amigo Bobby y también el impulso de mi mamá que me dijo: “manda, niña, manda, que no pierdes nada”.

El trabajo con la editora Liset Prego fue muy bueno. Primero, ella se conectó con el libro desde el punto de vista emocional y eso fue maravilloso. Creo que se hizo un cuidadoso trabajo de edición y de diseño. Fue un proceso muy profesional, muy colaborativo y no sé hasta qué punto sea así, pero yo sentía que Luis Yuseff, el director de la editorial, estaba muy al tanto de todo, de cada detalle. Eso es algo admirable.

Después de que el libro salió yo comencé a descubrir la mujer extraordinaria que es Liset Prego, todos los puntos que tenemos en común y me siento muy privilegiada de que ella haya sido la editora.

La maternidad, Cuba, la familia, el amor, la crítica social, la ilusión por el futuro, incluso cuando todo parezca desmoronarse alrededor, son algunos de los leitmotivs que he encontrado en tu opera prima. ¿Crees que este libro habla, precisamente, de la esperanza? ¿Ves o entiendes a la literatura como un camino que ha de conducir hacia la felicidad? ¿O hacia dónde, si no?

Tal vez el libro hable de la esperanza, no sé. No me planteé que hablara de nada específicamente. Esas listas son una especie de registro de los paisajes a mi alrededor, que a mí me gusta verlos como paisajes esperanzadores a pesar de los derrumbes. Me encantaría que muchos lo vieran como un libro sobre la esperanza.

La literatura es para mí un ritual de sanación. Escribir es analgésico para mí. Cuando extraño mucho a mi papá escribo sobre él y me siento más cerca, más feliz con su otra presencia. Cuando me molestan cosas del pasado, escribo cambiando los sucesos y con esa nueva versión fabulada me siento más contenta. Cuando algo me hiere o me mortifica, solo tengo que sentarme y escribir sobre eso. Inmediatamente pasa a otro plano de la realidad donde todo o casi todo está sublimado, desacralizado, burlado, trasgredido, entonces ya no duele, sino que causa sentimientos encontrados y, en esa contradicción, está el progreso. En el equilibrio entre lo triste y lo alegre, lo serio y lo ligero, lo profundo y lo llano, lo vivo y lo muerto, lo hermoso y lo feo está, para mí, la felicidad a la que la literatura puede conducirte a veces.

Si tuvieras que anunciarle a un potencial lector los temas de Estática Milagrosa, si tuvieras que adelantarle un poco de la esencia del libro, ¿qué le dirías?

Le diría que es un libro de cosas pequeñas. Un libro para leer en un viaje en guagua. Un libro apto para todas las edades. Un libro que cabe en un bolsillo de atrás del pantalón, que se puede doblar como una libreta de la secundaria. Un libro de aprendizaje. Un libro que trata sobre la vida de una muchacha cubana que se parece a la vida de otras personas en el mundo, porque es un libro de cosas pequeñas y esas cosillas tristes o alegres son las que conectan a la gente. Es un libro de listas, que puede retratarte en alguno de sus puntos.

¿Has pensado escribir teatro o poesía?

Teatro nunca. Poesía sí. Pero me han convencido varios amigos poetas de que siga haciendo crónicas o intentos de narrativa. En mi experiencia creo que hacer poesía es muy complejo, aunque es muy fácil hacer una mala poesía.

Provienes de una familia de artistas. Tu padre fue un gran y querido poeta. ¿Hasta qué punto sientes que esa herencia genética, ese legado, está presente en tu trabajo creativo?

Mis abuelas cantaban y declamaban, se sabían muchas historias. Una fue maestra Normalista y la otra estudió en un colegio de señoritas. Así que sus cuentos y sus experiencias eran muy diferentes. Una era católica y la otra espiritista. Una vivió en Carretera del Morro y la otra en Pinarito de Cambute. Una pintaba paisajes al óleo y la otra era una artista de la cocina. Mis abuelas murieron hace muchos años, pero ellas influyen de forma determinante en mi personalidad creativa.

Por otro lado, mi mamá no es una artista, pero es una mujer muy culta, ha leído mucho, lo mismo clásicos de la literatura que obras contemporáneas. Ella está muy al tanto de todo lo que pasa en el mundo, sabe de un golpe de estado en algún país, de los más recientes descubrimientos arqueológicos, de las investigaciones de la NASA, del último disco de Bad Bunny. Ella es mi brújula, mi Internet con corazón y mi más ferviente crítica. Y mi papá era mi socio, mi hermano, mi amigo, mi amor más grande. Mi papá era un tipo muy genial, muy creativo, muy inventor, muy simpático. En todo lo que escribo está su marca, no me refiero a su impronta poética, sino a su condición de papá, a su personalidad. Estática Milagrosa, mi primer libro, está dedicado a él y los otros que aún no he escrito también están dedicados él.

En tu opinión, ¿cuáles son las principales necesidades de los artistas jóvenes en la Cuba de hoy? ¿Y los principales desafíos creativos y sociales de estas mismas voces?

Hace unos años participé en Santa Clara en el Magdalena sin Fronteras, un evento organizado por Roxana Pineda, una de las artistas que más admiro. Allí conocí a muchas mujeres increíbles. Conocí a Julia Varley, actriz del Odin Teatret, una mujer extraordinaria con una sabiduría y una belleza admirables. De ella aprendí la importancia de hablar en primera persona. Creo que después de ese Magdalena no he vuelto a hablar en nombre de otros. Hablo de mi experiencia, de mi pequeñísimo entorno familiar y profesional. Las necesidades de los jóvenes artistas son muy disímiles, como disímiles son las realidades de la Cuba de hoy. Algunos demandan más conexión a Internet, otros un piano de cola, otros piden libertad de expresión, otros la posibilidad de presentar su obra en espacios de primera línea. Las necesidades pueden variar, incluso pueden ser materiales, estéticas o espirituales. Pero yo considero que todas, si provienen de un artista joven de la Cuba de hoy, deben considerarse como necesidades legítimas.

Mi necesidad parte, esencialmente, de defender lo bello, lo inspirador, lo enaltecedor. Son valientes los que denuncian los horrores, los que alzan su voz nombrando las injusticias, pero también hay valentía en defender la belleza, porque ya lo feo, lo injusto y el horror andan sueltos por el mundo. Son también valientes los que pintan a la luna asomándose, tímida y hermosa, detrás de un árbol mientras estallan las bombas en el Medio Oriente. Son también valientes los que siembran árboles mientras las ballenas blancas son atravesadas por el arpón. Creo que, como el resto de las necesidades posibles, la mía también es legítima, sin embargo, he sufrido en varias ocasiones de una extraña especie de censura, porque no suelo mostrar las cosas malas, lo criticable. O tal vez mi manera de cuestionar la realidad es otra, menos directa, menos ácida, más esperanzadora.

Esa es mi necesidad: defender la vida, la belleza, la armonía de nuestras almas con el alma de la naturaleza. Y mi desafío creativo es que no se banalice lo lindo, lo bueno, lo suave, lo alegre. Mi desafío es que no se desvalorice mi visión porque me guste sacar el lado más positivo a las cosas. Mi desafío es que la gente siga viendo la estrellita tintineante en medio de la noche más oscura, que no se pierdan las ganas de bailar, de cantar, de amar, de jugar, de ser feliz, aunque el mundo esté lleno de injusticias. Para eso escribo y para eso vivo.

¿Existe un diálogo profundo, de intercambio y creación, entre los creadores de una misma generación, y entre los jóvenes y los veteranos?

Los creadores de una misma generación, aunque tengan intereses artísticos diferentes, comparten modos de producción, referentes, modos de vida. El contexto provoca una empatía inevitable, aunque no siempre conduce a un diálogo profundo. En el mejor de los casos las alianzas creativas entre los artistas de una misma generación dan lugar a movimientos, procesos y experiencias colectivas que marcan el ritmo de los tiempos. Así ha sucedido y así ha quedado en la Historia. Sin embargo, tal vez no han sido visibilizados de igual forma los vínculos entre artistas de diferentes generaciones. Muchas veces oigo hablar de los jóvenes y de los viejos, como dos extremos irreconciliables. Te puedo contar que una de las personas con las que más me conecto, que ha leído todo lo que escribo es mi amiga Ivette Vian, que ya pasa de los setenta. Ella es mi estrella. Creo en los aprendizajes mutuos que brotan del diálogo intergeneracional, en el deseo de unos y otros de encontrarse, en la voluntad de superar el estéril dilema entre lo viejo y lo nuevo. Del intercambio profundo entre generaciones solo puede salir un arte joven. Como cuando vemos en el teatro a un maestro como Carlos Díaz montando textos de Rogelio Orizondo o Agnieska Hernández. O a Fernando Pérez dirigiendo una película coral en la que intervienen seis directores noveles.   

Coméntame un poco de tu libro de crónicas y fotos en coautoría con Jorge Ricardo, titulado A Baracoa me voy…, el cual se encuentra en proceso de edición en México por la Editorial Rosa Luxemburgo.

Ese libro, al igual que el documental “El lenguaje de la montaña” estrenado en 2019, es el resultado del viaje más maravilloso que hemos hecho. Jorge Ricardo y yo nos fuimos juntos a Guantánamo a participar en la 28 edición de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa con el objetivo de hacer un documental. Convivimos 34 días con los artistas y los pobladores de las comunidades intrincadas de la serranía. Dormimos en casas de campaña, nos bañamos en los ríos, nos dimos unos sustos de muerte sobre el camión, vimos más de ochenta funciones, nos asombramos ante las bellezas naturales de una Cuba hasta entonces desconocida. Hicimos muchos amigos actores, campesinos y pescadores. Jorge y yo nos hicimos muy amigos viviendo en condiciones extremas de campaña, nos enamoramos y regresamos a La Habana con muchos planes: un documental, una exposición fotográfica, un libro y un hijo. Todos los planes fueron cumplidos. El libro A Baracoa me voy… tiene esa energía. Es un cuaderno de viaje con más de cien fotografías que relata el descubrimiento de paisajes y gentes increíbles. Cuando los textos parecen demasiado inverosímiles, las fotos son la hermosa evidencia de que lo que vivimos es real. Fue una suerte tremenda que la Fundación Rosa Luxemburgo publicara nuestro libro. Cuando la pandemia lo permita se podrá presentar y podremos llevarle algunos ejemplares a los cruzados en Guantánamo y eso nos hará muy felices, porque está dedicado a ellos.

Más allá de la página en blanco, ¿quién es Isabel Cristina?

Soy una muchacha feliz con una familia maravillosa. La familia que siempre soñé construir y para la que mis padres me prepararon toda la vida. Este año cumplo los 33 y dicen que esa es la edad de cambiar el mundo. Yo sé que no voy a lograrlo porque no tengo habilidades sobrehumanas, pero seguiré intentando sacar el lado alegre de las cosas, seguiré llevando una semilla en la cuenca de la mano y confiando plenamente en la promesa de la germinación.


Lilian Sarmiento: periodismo transmedia en Ediciones La Luz

No es un secreto para nadie que desde que comenzó esta tragedia del coronavirus, Ediciones La Luz diseñó una estrategia para mantener el arte vivo. Las presentaciones de las novedades editoriales y todo el aparataje que conlleva cada realización, se transformaron para seguir visibles en Cuba y el mundo. La carga de trabajo aumentó para editores, diseñadores, correctores, para todo el equipo editorial, y en medio de todo ese ajetreo aparece Lilian de la Caridad Sarmiento, una mujer que a simple vista para el tráfico y hasta puede provocar accidentes de tránsito, se trata de una criollita en todo su esplendor, con carisma, además, incluido, que culmina en este año su carrera de Periodismo.

Llego a Ediciones La Luz en mayo de 2020 a trabajar como comunicadora, como gestora de redes por voluntad propia. Ya conocía el trabajo de la editorial, era asociada de la sección de literatura de la AHS y en varias ocasiones la visité. Fui a los talleres de narrativa que se hacían allí y estaba al tanto de las propuestas que tenían, pero me parecía que el trabajo de la editorial podría intensificarse, mejorar mucho más si tenía un apoyo comunicativo en las redes sociales, que ya existía, pero debía, a mi juicio, dedicarse a generar contenido para esas redes, más en el período de pandemia que es, cuando comienzo a involucrarme con el trabajo de La Luz más de cerca, en el que no se podían realizar los pasos habituales de la editorial de manera presencial y ese trabajo editorial, ese proceso con los libros, con su publicación, con sus presentaciones debía estar reflejado en las redes sociales. Eso fue lo que le propuse hacer a Luis Yuseff y hasta hoy estoy trabajando en esta área de la comunicación allí.

Fotografía: Sucel Legón

Lilian o Lily que ha sabido ganarse el cariño y admiración de todos en poco tiempo, se pasea entre los intelectuales de marcado renombre realizando entrevistas o streaming para los diferentes eventos que se realizan como las Romerías de Mayo, el Premio Celestino, jornadas por el Día Internacional de la Poesía o el Idioma Español, entre otros tantos, además de ser es la presentadora y moderadora de las habituales peñas literarias como Entrada de emergencia y Oda a la joven luz, forma parte del equipo de programación de actividades y como si fuera poco su trabajo está encaminado también con su proyecto de tesis.

Mi proyecto de tesis es un manual de periodismo transmedia para la casa editora ¡ahora!, el semanario provincial, pero poco a poco ha devenido en una redacción pequeña en la que convergen distintos medios y plataformas de producción periodística y de comunicación. Entonces, dentro de la transmedialidad, de las narrativas transmedia, las redes sociales, el uso de redes sociales y la creación de contenidos para este tipo de plataformas tiene un papel fundamental porque de alguna manera garantiza la interacción con el público, con las audiencias y sobre todo que esas audiencias puedan aportar nuevos contenidos, puedan producir contenidos diferentes a partir del medio que los realizadores le están proponiendo. Por esa parte, creo que es la relación más directa que tiene mi trabajo en Ediciones La Luz con mi proyecto de tesis, por supuesto, todo lo que he estado investigando sobre las narrativas transmedia y el periodismo transmedia como tendencia contemporánea de la comunicación, he tratado de involucrarlo de cierta manera en lo que hago en las redes sociales de La Luz: dirigir por ejemplo la creación de contenidos específicos para cada red social, que esos contenidos logren comprometer a los usuarios que nos siguen, que esos usuarios no solo reaccionen a las publicaciones que hacemos, sino que se sientan con la necesidad de hacer un comentario, de compartir esa publicación, de darnos su punto de vista del libro que estamos proponiendo o de las reseñas del material audiovisual que también hacemos. Trato de involucrar esos conocimientos teóricos de la transmedialidad porque además no es una tendencia que en Cuba sea muy explotada aún, pero estamos en camino a lograr otras narrativas que también comprometan a nuestros públicos y que los productos que se generen sean muchísimo más abarcadores más completos y en la visión tanto del realizador como del público al que está dirigido.

Fotografía: Sucel Legón

La personalidad que despliega esta joven estudiante, la entrega con la que ejerce su oficio, la hacen resaltar aún más y su trabajo va teniendo resultados notorios como el Premio Nacional de Crónica (categoría estudiante) Miguel Ángel de la Torre con el artículo “Bestia de cargar nostalgias”. Colabora con las revistas Somos Jóvenes y El Caimán Barbudo. A propósito del periodismo y sus géneros comenta:

En temas de medios, prefiero siempre la prensa escrita para desarrollarme como periodista, aunque también disfruto hacer locución para televisión y radio, que no es lo mismo que hacer periodismo, pero van de la mano. Creo que siempre disfruto más la prensa escrita como medio no y como género periodístico. Me gustan mucho las entrevistas y los reportajes, son los géneros que prefiero y los que he explotado más.

Al ser egresada del Curso XXI de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, Lilian forma parte de la antología Decamerónicos, una suerte de Analekta que compilara Liset Prego con otras voces de la narrativa joven holguinera. 

Llegada las cinco de la tarde, con la misma sonrisa que subió las escaleras de Ediciones La Luz, Lilian desciende y se despide de cada uno de sus colegas, por lo general deja botada la sombrilla y al regresar a buscarla siente el olor a café, espera por la sexta taza del día, y es así como partimos, rumbo a la casa, soñando los días.


Celestino siempre llega en junio

El Premio Celestino de Cuento regresa este junio a sesionar de forma virtual por segunda ocasión. El evento, en su edición veintidós, es convocado desde la sección de literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín y su sello Ediciones La Luz, y resulta entre los más anhelados por los jóvenes narradores del país.

A través de las distintas redes sociales de Ediciones La Luz llegarán las acciones previstas en video, audios, y otros productos gráficos que forman parte de este homenaje a Augusto Monterroso en su centenario.

Destaca en el programa previsto para este encuentro la presentación del audiolibro 10×10 Veo al dinosaurio en el fondo del pozo, donde se reencuentran autores jóvenes del territorio en cuyas voces se podrán disfrutar relatos breves del prestigioso narrador hondureño, y la propuesta de música electrónica de DJ Arte. El producto forma parte de la colección Quemapalabras y cuenta con la selección de Elizabeth Soto.

Igualmente se podrán disfrutar las presentaciones de novedades editoriales para distintos públicos como: Cuando te llamas Princesa, de Enrique Pérez Díaz; Sexo Chatarra. Los perfectos Crímenes del corazón, de María Liliana Celorrio, y Decamerónicos. Cuentos aislados II, compilación de cuentos cortos escritos por narradores de la sección de literatura holguinera que saldrá dentro de la colección Analekta.

A través de Telegram se desarrollará el taller de técnicas narrativas Contar con la Luz, a cargo de Mariela Varona y Adalberto Santos. Los interesados en la temática podrán sumarse al chat de voz en el que se podrán recibir nociones sobre la escritura del microrrelato y escuchar los cuentos de algunos autores jóvenes del país.

Tendrán lugar además conversatorios sobre la vida y obra de Augusto Monterroso y acerca del relato breve en Latinoamérica, con la participación de noveles y experimentados autores de la provincia.

El día 18 se dará a conocer a través de los perfiles de Ediciones La Luz, el resultado de la deliberación del jurado que integran Emerio Medina, Dazra Novak y Rafael de Águila. En esta jornada se lanzará la convocatoria para la edición veintitrés del importante premio.


Liliana Rodríguez, ¿qué es la felicidad?

La poesía –aun la más desgarradora– resume y rezuma una búsqueda de la felicidad. El poeta ansía, evoca, rememora, con nostalgia o anhelo… y esa ansia o remembranzaestá dadapor la plenitud o ausencia de las múltiples formas, posibles o extrañas, de eso que llamamos felicidad.

Buscamos la felicidad –decía Voltaire– sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una. Tropezando, palpando paredes y puertas, dando traspiés un día tras otro. A veces la asimos, otras se aleja irremediablemente, dejándonos en los labios la extraña sensación del roce, de la posibilidad y sus fragilidades. De lo que pudo ser, pero jamás sucedió. Confirmándonos que la felicidad –frágil idea– no era como yo la imaginaba: Una canasta llena. Un dios mirando/mis huesos en desgaste, perdonando/la ausencia que perdí, la que no tuve.

Pero lo que importa es la búsqueda, pues la felicidad es el camino.

Desde el pórtico, Liliana Rodríguez Peña (Puerto Padre, 1991) nos confirma que El libro de la extraña felicidad (Ediciones La Luz, 2019) es un cuadernopara acompañarnos a lo largo del camino. Incluso la portada –una fotografía de Lino Valcárcel que nos hace recordar algunas páginas neogóticas y tenebristas, o un camino simbólico hacia la luz– evoca el ascenso, el viaje. Cada poema –sus confesiones y búsquedas–nos parece tan próximo que nos invade, después de la lectura, similares afirmaciones, dudas y deseos como somos capaces de aprehender.

En alguno de sus poemas, el mexicano José Emilio Pacheco escribió que el verso solo vive cuando se encuentra en el lector. Poeta y lector se identifican y se hacen uno. Idéntica materia etérea.La poesía no explica, sino indaga. Busca ella en los entresijos de la vida, excava, ahonda.

Hoy mi pájaro azul ya es incoloro/ y olvida que soy triste. Que no lloro.

Liliana –a quien conocemos en las lides del repentismo y la décima escrita, que conllevan al ejercicio de la palabra y sus posibilidades, puestas en función del verso– nos entrega un cuaderno de sonetos, estructura compleja y ambiciosa, que para mí –aunque confieso:soy un lector no asiduo de la mecánica clásica contemporánea– porta la fuerza de los maestros cultores de esta composición donde priman en versos de arte mayor, los endecasílabos en su forma clásica. Esta tradición, esta pureza,trasmuta su abolengo y se encamina hacia nuevas formas de expresión, diferentes usos de la palabra y el lenguaje que buscan, en las estructuras clásicas y sus posibilidades, maneras de experimentación formal con las bases originales del soneto.

Puedo beberme todo, sin embargo/las aguas que se juntan en mi lengua/no me curan la sed ni la memoria.

Cuando leo a mis contemporáneos –sobre todo los de mi generación, nacidos a inicios de la década de 1990– otra cuestión me asalta a simple vista, pues sobrevuela los poemas: nos acompañan en el vía crusis de la poesía, de la literatura, que es el vía crucis de la vida misma, similares voces tutelares, similares maderos a donde aferrarnos. Voces que, en este caso, componen las múltiples influencias creativas de Liliana Rodríguez. El libro de la extraña felicidad, por tanto, es también un homenaje y un receptáculo de poéticas de escritores y artistas queridos: Charles Bukowski, Frida Kahlo, Gastón Baquero, Wolfgang Amadeus Mozart, Haruki Murakami, Mahatma Gandhi, Fernando Pessoa, Raúl Hernández Novás, Anna Ajmatova, Czeslaw Milosz, Alfonsina Storni, Jim Morrison, Roberto Juarroz, Amy Winehouse, Federico García Lorca, Gustavo Adolfo Bécquer y John Lennon, encuentran eco y continuidad en su poesía. Ecos –en forma de versos–que nos resultan familiares, queridos y cercanos, necesarios.

Aunque a ella –a Liliana– no le interesa ser un porvenir provisto de ilusión. Pues la mayor felicidad que puedes tener es saber que no necesariamente necesitas la felicidad, como diría Saroyan.

Lospoemasde El libro de la extraña felicidad, estos sonetos de Liliana, pueden salvarnos en la medida en que puede hacerlo la poesía. Y la poesía es una forma, una de ellas, de la felicidad.


«La escritura puede ser un largo viaje hacia la noche»

Leonardo Estrada Velázquez es un joven dramaturgo que persigue a la escritura en su largo viaje hacia la noche. Con motivo de la publicación de su obra teatral Ludoteca, bajo el amparo del sello de Ediciones La Luz, me acerqué a él. En este diálogo, muy semejante a otros que hemos tenido en la Asociación Canaria de Cuba o en el Instituto Superior de Arte (ISA), Leonardo revela sus sueños, sus influencias, sus obsesiones como escritor, la senda que lo conduce en busca de un nuevo texto y una historia por contar.

¿Sientes que al elegir la dramaturgia como tu campo de creación fundamental sucedió un cambio en tu concepción poética del mundo? 

Sí. La dramaturgia es un concepto semánticamente complejo y abarcador. Complejo porque hay muchas dicotomías sobre qué significa la dramaturgia y cuál es su marco conceptual y formal. Muchas personas sitúan la dramaturgia en el mundo netamente de la escritura; sin embargo, ella nos ofrece un amplio abanico de posibilidades que se adentran en planetas visuales, sonoros, cinematográficos, danzarios… como vía láctea de la creación. 

El concepto de dramaturgia comienza a concebirse durante el Teatro de la Ilustración. Existe, entre los ilustrados, un investigador y crítico alemán llamado Gotthold Lessing quien, en su libro La Dramaturgia de Hamburgo, recopila una serie de ensayos en el cual analiza el teatro alemán de su época. Dentro de sus notas aparece el término dramaturgie, o sea, dramaturgia. Pero, obviamente, es una noción compleja pues ya en Grecia, Esquilo, Sófocles y Eurípides eran conocidos como poetas, y si hoy se les presentara quizás se haría utilizando el denominativo dramaturgo.

Asimismo, resulta abarcador porque la dramaturgia no solo nos ayuda a componer, estructurar, delinear las capas, niveles y categorías de un texto escrito, sino también actúa en los otros rubros que te mencionaba. Cada uno posee textualidad específica y autónoma, un lenguaje, signos que articulan su trazado. Hay muchísima dramaturgia en los gestos, movimientos y miradas de una persona, como mismo en la simetría, en el uso de la línea, el color o la luz concernientes a un cuadro; hay muchísima dramaturgia en la agógica, el ritmo, el compás, la instrumentación de una pieza musical; hay, por así decirlo, muchísima dramaturgia en la vida y sus situaciones.

Todo lo anterior representa mi noción del mundo. Admitir ese mundo sin procesos dramatúrgicos equivaldría a la inexistencia de mi yo. Quizás te puedo decir que antes de conocer la dramaturgia, mi cosmos intelectual se notaba difuso. Solo al conocer la dramaturgia cobró personalidad, forma y sentido.

¿Cómo se transmuta la poesía en dramaturgia, y viceversa?

Es un proceso orgánico y fluido, pero también de convivio, es dialéctico, efímero, denso y contradictorio. Desde hace muchísimos siglos atrás la poesía y la dramaturgia eran asumidas como ese acto creativo, imitativo y comunicativo de una persona que contenía una determinada sensibilidad gracias a ser poseído por alguna deidad o fuente cósmica. Los poetas o dramaturgos (si se quiere) eran sencillamente creadores, y no existía esa diferenciación de oficios o términos. Los músicos (coreutas) que cantaban ditirambos en honor a Dionisos fueron nombrados poetas (los textos de Platón y Aristóteles así lo constatan), incluso eran poetas los aedos y rapsodas que iban de pueblo en pueblo tocando la lira o aquellos que escribían para las procesiones en la Hélade.

Había tanta poesía y dramaturgia en los poemas eróticos de Safo a Lesbia, en La Epopeya de Gilgamesh o la Ilíada, de Homero como en Las Bacantes, de Eurípides, en la construcción del Oráculo de Delfos o el agón entre el coro y el corifeo —seguido del hypokrités—, que marcó un salto cualitativo en el origen del teatro. Todo este primer panorama es crucial para entender cómo puede transmutarse la poesía en dramaturgia y viceversa.  

En mi caso, como escritor, puedo aseverar que el poeta no solo escribe desde esa condición espiritual de interpretar la vida misma y sus interioridades (mucho menos hoy, en donde el mercado juega un rol fundamental). El poeta, como el dramaturgo, requiere de una especialización, un oficio; luego, la maestría o dominio del saber hacer nos habla de la técnica. Es esa técnica la que facilita nuestro alumbramiento sobre las leyes de cualquier universo poético o dramático, y que nos induce a crear con un sentido pragmático, empleando formulas casi matemáticas una y otra vez. Significa una trasmutación de corte más científico, en la cual la poesía deviene signo y la dramaturgia resulta la poetización de ese signo.

El problema se agudiza cuando llegamos al espectador: cómo se trasmuta la poesía en dramaturgia y viceversa. Por situar dos tipos de receptores, está el consciente (como yo le digo) que tiene todo el feedback para decodificar ese lenguaje y experimentarlo, pero habrá quien no tenga toda esa consciencia y de todas maneras sienta, llegue a una realidad, su realidad, mediante ese acto comunicativo.

En resumen, poesía y dramaturgia se contienen, necesitan, desean y, por ende, trasmutan. La poesía y la dramaturgia como concepciones modernas quedan reducidas al género literario y escritural;  sin embargo, pueden estar en todo, solo hay que aprender a observarlas, interpretarlas y sentirlas con la técnica y el corazón.

¿Cuáles son las diferencias esenciales entre Leonardo poeta y Leonardo dramaturgo?

El Leonardo poeta saca a la luz mi yo espiritual, ese que me remonta a mis orígenes como escritor en la Asociación Canaria de Cuba, de la mano de mi otrora profesor y padre de la escritura, Rafael Orta Amaro. En aquella centuria, escribía más bien con el afán de expresar algo, sin reparar en públicos y publicaciones o la definición de qué era aquello que había plasmado en una hoja de papel. ¡Eran tiempos vírgenes y hermosos!, como un niño que da sus primeras pisadas y mira con asombro todo a su alrededor.

Mi parte dramatúrgica caracteriza otra etapa de mi vida que tiene que ver mucho más con el despertar de una madurez como escritor (cuando digo escritor no me refiero a mi escritura netamente teatral, sino a cualquier tipo de texto que he redactado). Estudié Dramaturgia casi de casualidad (porque me comentaste con pasión la similitud de tales aprendizajes con el perfil del escritor) en la Universidad de las Artes (ISA): son teorías y técnicas que he ido puliendo a merced de trabajos concretos y que van en continuo aprendizaje.

Tras horas y horas de desvelo, desgaste, asperezas e incomprenciones debido a quienes no entienden o valoran tu trabajo, el Leonardo dramaturgo ya no solo escribe por amor o espiritualidad, sino pensando en hacer visible y también en comercializar la obra mediante un libro, una publicación digital o física, o a través conferencias, charlas, clases, talleres… Hay técnica y oficio en esta etapa, manipulas mucho más las palabras, las frases, los sonidos, los silencios y las acciones.

¿Al estudiar Dramaturgia, tu oficio de poeta quedó relegado a un segundo orden de importancia?

Quisiera pensar que no. Para mí la poesía representa ese aleph borgiano que nunca te abandona, espaciotemporalidad infinita donde todo confluye y que te transporta a lo más recóndito del universo. La poesía es luz, alma y vida, expresión cósmica y tangible del ser y el estar; aunque realmente ha pasado un torreón de años desde la última vez que escribí un texto poético puro.

Yo empecé muy enamorado de la poesía: redactaba sonetos, décimas, cuartetas, también verso libre. Gracias a la poesía gané mis primeros premios (como el Ángel Ganivet Internacional o los nacionales Ala Décima, Farraluque y Oscar Hurtado) y me inserté en un mundo intelectual donde había mucho de romanticismo tras cada palabra, lectura o tertulia.

Luego, una vez en el ISA, mis tiempos se redujeron y con ellos mis encuentros furibundos con la señorita poesía. Recuerdo que me seleccionaron para pasar el curso de la Escuela de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Vinieron años en que practiqué como narrador, más tarde la escritura teatral y, paralelamente, el ensayo. En realidad, para graduarme como dramaturgo debía escribir teatro y, para vencer asignaturas teóricas, debía redactar ensayos, investigar. Así, una vez concluida la universidad, quedó esa savia en mis venas y la canalicé en los trabajos realizados como ensayista, periodista y crítico, hasta que se envaneció mi parte poeta, y la poesía y yo quedamos aislados, en galaxias dispares.  

No obstante, quisiera creer que cuando nuestras supernovas se alineen, nos reencontraremos. Es imposible no amar a la poesía. Es imposible no desearla. Es imposible no volver a ella. La poesía se expresa en todo mi ser: cada parte de lo que pienso, siento, escribo o analizo. Mis ilusiones, enigmas, transiciones y necesidades corresponden irremediablemente a ella. La poesía vive en mí: me guiña un ojo, coqueta y desenfadada, recordándome que me pertenece y yo le pertenezco, como en una relación matrimonial.

¿Qué temas te interesa abordar en un campo y otro de la producción estética?

De manera global, me interesa todo tema que evalúe el ser desde lo social y lo existencial. Intento tomarle el pulso a los conflictos entre un individuo o un grupo de individuos con su contexto, a partir de sus intereses, objetivos, motivaciones, necesidades y urgencias.

Me apasionan temas en donde haya una suerte de destino prefijo que ahoga a los personajes y que ellos tratan de cambiar a toda costa; claro, muchas veces este destino los supera. Pacto con la violencia y el erotismo, también con la religión y la filosofía, en un corpus dramático que fusiona todo y se expresa desde una misma voz.

Por cierto, nunca faltan en mis textos seres con problemas patológicos: los psicóticos, psicópatas, delirantes, ladrones, asesinos… Me fascinan todos los matices que los componen. Incluso tiendo a colocar adolescentes en mis obras, y a sus reacciones dentro de toda esa gama de engendros.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?  

Hay cuestiones genéricas que delinean todos mis procesos creativos: una metodología según el tipo de texto que voy a redactar, su género y para qué espacio o público lo estoy concibiendo. Mucha pasión: si no me interesa el tema que estoy abordando no lo termino ni aunque me ofrezcan la Piedra Filosofal. Investigación: para poder crear cualquier obra debo tener referentes, y no solo me refiero a los intelectuales, sino también a la investigación del tema mediante el viaje de la vida y, por último, espiritualidad, que para mí no es otra cosa que inyectar mis ideas más humanas al discurso de mi obra de arte, y que estas ideas puedan generar cambios —con el favor de Dios— en nuestra especie.

De modo específico, te puedo comentar sobre dos textos teatrales. Utopía es una obra teatral (en proceso, aunque ya pasó la primera etapa) que trata sobre una adolescente quien, tras un intento de violación y el asesinato de sus padres frente a ella, queda inerme a un proceso de coma. La terminé en 24 horas. Toda una noche, mañana y tarde del día siguiente sin dormir absolutamente nada. Escribí y escribí y escribí como si me estuvieran dictando la obra o, más bien, como si la estuviera mirando dentro de mi cabeza.

A decir verdad, Utopía le debe la vida a otro texto que trataba sobre una niña que llevaban a un santuario de reclutamiento y allí la entrenaban para ser una asesina. Me di a la tarea de intervenir y contextualizar ese texto. Para ello potencié una idea dramática (A es violada por B. Llegan C y D y B los asesina. A cae en coma.), cuyo núcleo le diera oxígeno al nuevo manuscrito.

Luego aparecieron los tiempos y espacios de la acción. Yo quería contar todo lo que podía padecer esa muchacha mediante un lenguaje simbólico, poético, onírico e introspectivo, y el medio para hacerlo era su psiquis. Utilicé su psiquis para recrear toda una gama de personajes imaginarios que prueban, fragmentan, hieren su inconsciente en pos de que tome una decisión final: salir o no salir del coma.

A mí me interesaba cómo evolucionaba ese personaje a partir de un proceso complejo y desgarrador, qué tipo de personalidad adoptaría, su visión del mundo tras esa tragedia… y expresar todo eso mediante imágenes.

Fueron mis 24 horas más duras como creador. Me apegué muchísimo al personaje protagónico y sentí miedo, dolor, alegría, angustia, tristeza… Fue terrible aquello, pero al mismo tiempo hermoso por la obra que quedó. Y te confieso, no sentí abrupto el proceso creativo gracias a tenerlo claro en mi cabeza (también ya había investigado anteriormente), y gracias también a una estructura flexible y un texto base dispuesto a mi carnicería literaria.

13 días es una pieza que se inició tras los talleres del Royal Court de Inglaterra, de la mano de la coordinadora Elyse Dogson. Versa sobre un veterano de la guerra de Angola que vive en un contenedor con su hija de doce años y que, cuando recibe la noticia de que van a construir una cadena hotelera allí, busca un nuevo hogar.

El proceso creativo está conectado a dos años en los que tomé las clases de los profesores ingleses y sus notas. En cada sesión surgieron pautas, preguntas, creamos ideas dramáticas, espacios y tiempos imaginarios, posibles historias y sucesos… También, desde un punto de vista personal, me ayudaron los libros y documentos consultados, las entrevistas y testimonios recibidos, incluso el derrumbe de una casa del vecindario que presencié como en una suerte de efecto de realidad.

Con 13 días experimenté toda la desesperación que padece un hombre cuando ve cómo su ideal se demuele sin respuesta. Lo más duro para mí fue traducir todo ese quebranto en la relación del veterano de guerra y su hija. Para él, ella es su única razón de existencia y, cuando la muchacha le pierde la fe debido a su incapacidad para darle un hogar, sencillamente su mundo colapsa, deja de existir.

¿De qué manera el conocimiento del ajedrez como juego ciencia influyó en tu concepción artística del mundo?

Para mí, el ajedrez es teatral y espectacular, es una puesta en escena donde convergen personajes en contradicción representados por piezas. Cada partida vislumbra un planeta lleno de arte, poesía y vida. El ajedrez me recuerda al Principito y los planetas que descubre poco a poco. También me recuerda a Horacio, el protagonista de Rayuela, cuando le explica la causalidad de las cosas a un Roland que no ve más allá de lo tangible. O a Cien Años de Soledad y todo ese universo mágico que se construye desde los sucesos más cotidianos.

Yo fui primero jugador (aficionado) de ajedrez antes de estudiar literatura. Aprendí primero todo el mundo artístico que existe en las combinaciones, sacrificios y ataques que se gestan para capturar una pieza o decirle eufórico a un rival: “¡jaque mate!”. Lo aprendí incluso antes que conocer la caja china, el dato escondido, o qué cosa es un narrador omnisciente. El ajedrez fue ese primer espacio mágico que me acogió sin discriminación y me dotó de una sensibilidad otra que luego vertería en mis escritos.

Al juego ciencia le debo debo además la posibilidad de desarrollar un pensamiento crítico y analítico, la posibilidad de mejorar la concentración, ser alguien mucho más serio en situaciones que lo ameritan. Cada posición en el tablero te obliga forzosamente a formularte hipótesis y estudiarlas y analizarlas en la mente antes de efectuar una jugada.

Todo ello me ayudó muchísimo a darle una dimensión de arte y profundidad a cada cosa que realizo y funge como parte intrínseca de mi mundo. El ajedrez, más que un tablero y unas piezas cualquieras, es un mundo.

Ediciones La Luz lanzará, en fechas próximas, tu obra teatral Ludoteca…

Ludoteca fue la obra que escribí para graduarme del ISA, así que imagínate la carga espiritual, existencial, emocional, semántica y de todo tipo que contiene. Es un texto sobre la fatalidad y el valor, asumido a través de un muchacho de 12 años que quiere devenir ajedrecista profesional, aunque su sino cambia tras jugar una partida por dinero para salvar a su profesor de una deuda que arrastra de su pasado penitenciario.

Me interesó toda la violencia o peripecias negativas que pueden acontecer ante un acto noble. La vida es un gran tablero de ajedrez y nuestros actos van acompañados de procesos complejos y no siempre felices. A veces la infelicidad es provocada por fuerzas mortales, seres humanos que nos enredan porque esas acciones parecen contrapuestas a ellos; a veces, es provocada por fuerzas trascendentes, espíritus, energías, presencias que tejen el equilibrio del mundo y cuando actuamos con demasiada autonomía nos recuerdan que no tenemos todo el control, como si fuéramos piezas de ajedrez que mueven a su antojo.  

Ludoteca fue un proceso de múltiples versiones y sensaciones. Escribí mucho, muchísimo. Primero nació como un texto sobre espionaje trabajado una y otra vez porque no se armaba bien su desarrollo argumental, luego fue mutando hasta que dejó de tratar ese tema. Así arribé a la sinopsis que te comentaba anteriormente.

Con Ludoteca, el proceso fue bastante metodológico, necesario y guiado por mi tutor, el dramaturgo Yerandy Fleites. Se gestaron ideas a partir de sucesos concretos, se conformó una fábula, seleccionamos un cronotopo específico y lo que me interesaba decir a mí como dramaturgo de la Cuba de ese momento. Fleites guió ese proceso en torno a sus charlas, notas y pautas específicas de trabajo. Me enseñó a urdir en mi biografía como ajedrecista mis inquietudes y relaciones con el juego para darle una dimensión humana a la historia.

¿Te preocupan la perfección y la maduración de las obras? ¿Qué ventajas te confiere el hecho de regresar a textos ya culminados y mirarlos con nuevos ojos? ¿No temes acaso viciar o comprometer tu mirada como dramaturgo?

Opino que resulta ventajoso examinar algo a través de los ojos de la experiencia, y un dramaturgo sin experiencia de todo tipo dista de entender la magnitud de su trabajo. El proceso en Ludoteca fue condicionado por el acto formal que representaba, es decir, mi graduación. Además, el tiempo que teníamos para acabarla marcaba una suerte de tensión. Pasaron los años y sentí la necesidad de retomarla porque ese texto, desde su calvario, me seguía susurrando nuevas ideas en términos de estructura, lenguaje, niveles de teatralidad… Entonces respondí a sus llamados para ver si sacaba una versión distinta.

Los riesgos son muchos, también los vicios: zonas erráticas, repeticiones, lugares comunes que te ciegan de tanto verlos; pero es el mismo riesgo que uno corre cuando escribe un libro cualquiera y le pasa por arriba una y otra vez. En tal sentido, muchas veces no se termina. La escritura puede ser un largo viaje hacia la noche. Publicas el trabajo y le encuentras elementos que pueden seguir mejorando. Con el teatro sucede peor porque, cuando lo ves en escena, te ruborizas de todo lo que podría mutar si lo reescribes. La suerte con Ludoteca es que la dejé reposar bastante sobre las arenas del tiempo: transcurrieron años sin volver a dialogar con  ella y ese estado de reposo, de incomunicación, me ayudó.   

Tu cercanía, tanto temporal como física, con otros dramaturgos de tu misma generación, ¿te ha influido, te ha marcado? ¿Cómo intentar ser auténtico cuando otras tantas voces tienen búsquedas estéticas semejantes a las tuyas?

No me preocupa mucho la autenticidad en los términos de si mis creaciones son semejantes a otras, o al comparar estilo, temática, lenguaje, ficción… Me interesa lo que tengo qué decir y cómo lo voy a decir. Mis búsquedas, mis giros, mis soluciones… Obviamente, sí entiendo todo lo contaminado que estoy por signos, símbolos, referentes, estrategias y discursos ecos de mi generación. Entiendo, inclusive, todo lo contaminado que resulto ante una posmodernidad trasdisciplinaria, pastiche, collage y sus volúmenes grandilocuentes de información.

De todas maneras, deseo filtrar mis ideas en consonancia con una realidad determinada, lo que yo pienso de tal tema, y canalizarlo en una praxis creativa concreta. Busco la autenticidad a partir de la sinceridad conmigo mismo y el worldbuilding que diseñe. Ansío transitar —sin mirar atrás como Orfeo— esa coordenada luminosa que me saqué del Inframundo del miedo al plagio. Persigo mis espasmos más fieles y los traduzco en imágenes, palabras y arte.

¿Con cuáles poéticas escénicas, o nombres puntuales del mundo teatral cubano, te interesaría dialogar desde la dramaturgia? ¿Has pensado acaso en la dirección teatral como un posible camino para ti o prefieres concentrarte solo en búsquedas específicas desde el mundo de lo textual?

Una vez pensé, frente al espejo de mi alma, en la dirección teatral y me deslumbré. Eso fue hace años, cuando aún era estudiante y con todo un banco de enigmas sobre mi verdadera vocación. Me inquietaba también la idea de que mis obras de teatro fueran devoradas por el tiempo y su boca milenaria debido a no hacerse cuerpo y vida en escena. Luego desestimé esa opción porque la existencia misma me arrastró hacia otros rumbos.

Sobre los nombres puntuales que debo agradecer se encuentra Abel González Melo, quien fungió como uno de los primeros dramaturgos que leí. Me acerqué a Chamaco, verbigracia, y me cautivó su estructura, la poetización de sus didascalias, la verdad tan grande y profunda de sus personajes. También hojeé a Yerandy Fleites y de él aprendí que se podía crear un teatro que hablara de nuestra realidad tomando como eje otra realidad contenida en tiempos mitológicos.

Luego pacté con la generación teatral llamada «los novísimos»: descubrí en ellos una práctica escritural que dialogaba con una letra performativa, risomática, que resonaba en mí mediante metáforas, símbolos, acciones cuyo epicentro difuminaba mi noción de lo real… Esa dramaturgia me ayudó a entender los personajes como personas, las acciones como actos y, más que representar una ficción, supe que podía crear un teatro que se presentara al espectador sin máscaras, como un pacto lúdico.

A decir verdad, no puedo asegurarte con exactitud que sigo un modelo específico, que esos dramaturgos me impulsaron a crear una obra puramente realista o performática. Mi dramaturgia navega sobre uno y otro mar. Bebí de ellos porque son los dramaturgos cubanos cercanos a mi generación. También bebí de otros textos que me encantaron, como La noche de los asesinos, Electra Garrigó, Réquiem por Yarini o La casa vieja.

Respecto a las puestas en escenas, te puedo decir que he hecho de igual forma. Beber y beber y beber aunque me atragante. Siempre hay catas más deseadas que otras, claro. Recuerdo con beneplácito Jerry viene del zoo, de la tropa de Antonia Fernández, Vida y obra de Pier Paolo Passolini, de Carlos Celdrán, Calígula, de Carlos Díaz, Delirio Habanero, de Raúl Martín… las cuales han marcado mi personalidad artística y, por ende, mi escritura.

¿Quién es, más allá de la página en blanco, Leonardo Estrada?

Alguien a quien le fascina el conocimiento. Me encanta encontrar/experimentar nuevos universos y las musas arcanas que allí habitan, solo para hacernos creer que aún existen los efectos poéticos de la vida.  Ahora mismo encontré una. Me hallo avocado a un proceso de estudio de todo lo que tiene que ver con el Marketing Digital. El Marketing tiene mucho de arte, poesía y dramaturgia, por eso me llena de afanes y sueños. Además he aprendido que para nosotros, los escritores, existe un lúcido camino de trabajo dentro de esta ciencia que se llama copywriting y que es una suerte de escritura persuasiva o publicitaria.

Soy alguien que adora el ajedrez, aunque no sea jugador profesional. Durante la cuarentena llegué de casualidad al mundo del ajedrez online. Trabajé para una revista de ajedrez como editor y traductor de francés durante un tiempo. Asimismo, lideré un equipo con 50 ajedrecistas y, a base de corazón y triunfos en competencias internacionales, he logrado que contemos hoy con más de 800 miembros.

Soy además un romántico y humanista en tiempos demasiado rápidos. Ese que sigue con las cuerdas de su corazón los paradigmas de Víctor Hugo y José Martí, ese que vislumbra una metáfora herida y aún así se aferra a cuidarla, ese que cree de súbito en las vidas pasadas y futuras porque a veces se aburre de su presente pero, sobre todo, ese que sabe que el Universo tatuó en las estrellas una misión para él: escribir, escribir y escribir.


Constelaciones compartidas

Durante casi una semana romeros internautas compartieron literatura cubana desde los perfiles de Ediciones La Luz en redes como Facebook, Telegram y YouTube en el espacio por antonomasia de la literatura en Romerías de Mayo.
Los escritores Manuel García Verdecia, Ronel González y Eugenio Marrón participaron en el panel Una cantidad misteriosa, y fue este también momento oportuno para la presentación del audiolibro y libro-arte de igual nombre, todos dedicados al centenario de Cintio Vitier.
Títulos como Penélope acerrando televiché, de Marien Fernández; El libro de la extraña felicidad, de Liliana Rodríguez; Diario del buen recluso, de Sergio García Zamora; Mis rejas y mis rosales, de Mayda Pérez Gallego; Estática milagrosa. Listas para vencer y no para ser vencidas, de Isabel Cristina; Ser periodista, ser Quijote, por Reinaldo Cedeño.
Libros para quedarte joven fue el panel donde se compartieron experiencias y propuestas de los distintos sellos editoriales de la Asociación Hermanos Saíz. Con la participación de Yadián Carbonell, director de Áncoras, en la Isla de la Juventud; Daniel Bermúdez, director de Aldabón, en Matanzas, y desde Cienfuegos, Ian Rodríguez, director de Reina del Mar Editores, se compartieron experiencias en el habitual marco para las novedades editoriales de La Luz: Abrirse las Constelaciones.
También se presentaron nuevos títulos y del Sistema de Ediciones Territoriales y postales de diferentes autores jóvenes y más experimentados como homenaje al 60 aniversario de la UNEAC, y el 35 de la AHS.
Como cierre de las jornadas por la joven literatura cubana se homenajeó a Ediciones La Luz que cumplía 24 años el último de los días de la peña.