Cuento


El regocijo del silencio

Desde un universo lleno de sonidos, donde el poema pareciera nacer de un ejercicio de profunda meditación, la vibra creativa de Ismaray Pozo resurge como la hierba silvestre.

Esta muchacha pinare√Īa, nacida en 1987, tiene tantas palabras y colores por compartir que, a pesar del silencio y ese halo de nostalgia o misterio que cubre su sonrisa, aquellos que la conocen no pueden ignorarla. Elegancia, sencillez y amor fueron los primeros rasgos que percib√≠ en ella cuando la conoc√≠.

Es poetisa, licenciada en Historia del Arte, editora, correctora y promotora cultural. Tiene dos poemarios publicados: Regresiones (Ed. Guantanamera, 2017) y Abisales (Ed. Loynaz, 2018), con este √ļltimo obtuvo Menci√≥n en el Calendario 2017. Pr√≥ximamente ver√° la luz por la editorial Extramuros tu libro La recitante, Premio Luis Rogelio Nogueras 2018.

H√°blanos un poco del proceso creativo de este √ļltimo cuaderno y la propuesta que nos trae

La recitante es un libro que naci√≥ pronto, pero luego de un largo proceso de acumulaci√≥n, de ideas persistentes en los √ļltimos a√Īos. Lo que estaba ah√≠ acumulado se sediment√≥ por defecto. Era una necesidad. Por primera vez me planteaba hacer un libro.

Regresiones no es m√°s que una selecci√≥n de mis primeros textos, salido a la luz de una forma muy azarosa por el sello Guantanamera. Tiene un tono primitivo. Abisales fue m√°s l√ļdico. El tercer brote es m√°s consciente. La recitante es la voz (las voces) de una mujer. Esta mujer habla sobre s√≠ y c√≥mo ella se percibe; percibe el resto de las cosas. Y a su vez especula, desde una voz ventrilocua, lo que el resto percibe en ella. Es un libro sobre las representaciones. En la comedia, la recitante, es una farsante, una travestida/mutante.

¬ŅCu√°les fueron los impulsos emocionales o creativos que te empujaron desde muy joven hacia el camino de las letras, especialmente la poes√≠a?

No fue una cuesti√≥n de impulso, sino de no tener opciones, eso quiero creer. Fui una ni√Īa muy ensimismada, con gran vocaci√≥n por la contemplaci√≥n, el silencio. Lo aprecio. Me gusta cuando la palabra se mesura, se guarda. En aquel entonces parec√≠a eso un problema, tener eventos de antipat√≠a o evasi√≥n hacia la gente. Pensar, imaginar, era una ventana, una puerta anch√≠sima. En casa ten√≠amos un cuarto al que llam√°bamos ‚Äúcuarto de los regueros‚ÄĚ, pleno de libros de la colecci√≥n Hurac√°n, apolillados en su mayor√≠a. Los libros fueron despertando una inquietud por la literatura; quer√≠a mimetizar lo le√≠do. La poes√≠a naci√≥ en la adolescencia, salvajemente.

¬ŅEn tus poemas, cu√°nto hay de la muchacha cin√©fila que so√Īaba con ser directora de cine, de la historiadora de arte, de la mujer que eres?

Todo. ¬ŅQu√© puedo hacer sino serle fiel a mi raz√≥n? He intentado que mis textos sean m√°s contenidos y menos frondosos. Que no sean desmedidos es su b√ļsqueda, pero eso est√° dado por algo de lo que no me puedo desligar. La b√ļsqueda ha sido una constante. El querer transitar otros caminos, no conformarme con lo hecho, sino ir de trasiego en trasiego. Mutando. Mudando como yo misma. Historia del Arte es una carrera que te abre a eso, expande, y nos deja, a los graduados, un radio, un extraradio de nombres, obras, acciones, expresiones del arte, que se quedan luego levitando, flotando en la cabeza para otras m√ļltiples asociaciones. Es algo que no evito, de eso que flota agarro, como se hace con un globo lleno de helio. Lo dejas volar o lo tomas.

Tus libros se ofrecen como una especie de mapa que capta la sensibilidad de lo po√©tico en otras manifestaciones del arte ¬ŅQu√© referentes art√≠sticos y literarios han marcado tu obra?

No siempre he sido consciente de lo que quiero decir. Al principio, la poes√≠a era salvaje, abrupta. No me despertaba eso, siquiera inquietud, ni cuestionaba que lo hecho fuese poes√≠a. No de la manera que me lo cuestiono ahora. El cine y la m√ļsica son otras constantes, muchos de los referentes que cito son musicales o cinematogr√°ficos. Loca por el jazz, cercana a un guitarrista que ha estudiado con Rodney Jones, Ed Cherry (m√ļsicos de Dizzy Gillespie), y tocado con Pat Bianchi (m√ļsico de Pat Martino), Brian Charette (m√ļsico de George Coleman). V√≠nculos como este han reforzado una pasi√≥n, ya vieja, por el jazz y la m√ļsica de ra√≠ces negras.

Tuve inquietudes por el cine. Hice pruebas¬† para entrar a la FAMCA, a la EICTV de San Antonio de los Ba√Īos. Luego me di cuenta que esas inquietudes no eran deseos urgentes.

En la literatura, la poesía me roba. Creo en el chamanismo poético, el buen poeta, es un ilumidado, un develador, dispuesto a descuadrar lo que ve en infinitas posibilidades, a pulverizarse la mente y los ojos en el acto. Eso me llevó a descubrir la poesía de Emily Dickinson.

Fui conducida a leer a E.D, Pessoa, Eliseo Diego, Lina de Feria, Aim√© C√©saire y otras zonas de la literatura caribe√Īa que me resultan explosivas y comprometidas: √Čdouard Glissant, Jacques Roumain. Luego A. Pizarnik, I.Vilari√Īo, Clarice Lispector, Margarite Duras, Nelida Pi√Ī√≥n, Ana√Įs Nin, Anne Carson, Igner Christensen (sugerida por Raydel Araoz).

He encontrado una cófrade literaria, un regalo, en Caridad Atencio, otra poeta que admiro por su fuerza, madurez, su ojo crítico brillante. Gracias a esto mi lectura se expande, por ejemplo, a la poesía norteamericana, poco explorada antes por mí, entre la obra de autoras como Susan Sontag.

Naciste en Puerta de Golpe, Pinar del R√≠o, lugar donde resides actualmente y que quiz√°s ha significado un golpe de inspiraci√≥n para tu escritura. ¬ŅQu√© dificultades supone el hecho de ser escritora y vivir en un contexto rural?

Todo condiciona, por rebote, omisi√≥n, por carambola. El lugar puede hacer proclive que esa inquietud naciente se vuelva un estado, se pierda o permanezca. El espacio rural es c√≥modo para la literatura, ‚Äúm√°s tranquilo que la cara de una mujer que miente‚ÄĚ; ah√≠ donde escasea la polifon√≠a, los ruidos de la ciudad, yo no encuentro m√°s que chivas berreando, gallos, mis perros, alg√ļn que otro carro pasante, arrieros. La tensi√≥n est√° en otras cosas, en otras carencias. Ese no haber, hizo que buscara. El campo es un maravilloso lugar, una estaci√≥n de brotes, otra de siega, rebrotes, resiegas‚Ķ

Para un escritor que se inicia, las dificultades de un espacio así podrían estar dadas por la falta de visibilidad, el alejamiento de las bocas, de los censores de opinión. Pero eso no me supone un problema. Me regocijo en el silencio.

Eres graduada del Centro de Formaci√≥n Literaria Onelio Jorge Cardoso. ¬ŅC√≥mo influy√≥ esta etapa en tu proceso creativo? ¬ŅActualmente escribes narrativa?

Me gradu√© en el 2016. Siempre dan ganas de volver. Pasar por el Centro Onelio lo sent√≠a entonces como un imperativo. Sin ser de La Habana y pensando que de La Habana en alg√ļn momento ten√≠a que marchar, estudiar all√≠ era algo por hacer antes de irme.

¬†Escrib√≠ algunos cuentos. Le√≠ uno sobre una mujer con problemas de sujesi√≥n en el mundo f√≠sico. Para resolverlo ella ten√≠a que hacer un ejercicio: desbloquear su chakra radical haciendo pucheros. Eduardo Heras, me dijo «eso es terrible». Me cuestion√© si estaba haciendo bien.

En las clases, escrib√≠a poes√≠a. Llevaba m√°s de 10 a√Īos escribiendo poemas, intent√°ndolo, pero aquello era otra b√ļsqueda. Tard√≠a para escribir como era, no sent√≠a que fuese mi mayor directriz, sino otro medio, como el cine, las artes visuales, la m√ļsica, un m√©todo, un haz de luz sobre las cosas. Pod√≠a publicarse, y no.

Agradezco al Centro la redirección del camino. El gusto por la poesía es lo más persistente. Luego de eso, he intentado hacer algunos cuentos que después de un humazo, como en la magia, se deshacen.

Paralelamente a tu faceta creativa, trabajas como promotora cultural, editora y correctora en Ediciones Loynaz. ¬ŅQu√© ha aportado esta labor a tu proceso creativo?

Mucho. Constancia, seriedad. Estar de cerca en el proceso de creación y armazón de un libro ha hecho que me involucre más, no solo en lo mío, también en lo ajeno. Agradezco a la Loynaz por todo ese aprendizaje.

¬ŅC√≥mo definir√≠as a los poetas en el siglo XXI?

El poeta del siglo XXI es un hombre de su √©poca. Con las mismas constantes e inquietudes humanas, que son como despertares. Siempre que nace un hombre est√° yacente ese anillo que nos sobrepasa: ‚Äúel ser‚ÄĚ; y cada motivo reincidente que viene con ‚Äúel ser‚ÄĚ: el tiempo, el lenguaje, la acci√≥n, la narraci√≥n de esa acci√≥n, el fin. Es lo mismo.

El hombre, el poeta, sigue siendo un buscador de oro.

Tenemos ahí la obra de los poetas de siglos pasados. Siento que ahora, en el arte, no se niega lo anterior. De lo anterior bebemos, nos atragantamos, nos insertamos en una gran argamasa.

¬ŅCon qu√© generaci√≥n te identificas m√°s dentro del plano de la literatura cubana? ¬ŅC√≥mo pudieras definir a tu generaci√≥n?

La literatura cubana es riquísima. Un framboyán floreciente, eso hace que hayan nombres descoyantes como picos de iceberg en todas las generaciones. Todo el tiempo. Pero, me siento más cercana a la literatura del siglo pasado que a la del siglo XIX, incluso más cercana que a la de este siglo. Ahí está Orígenes, un parteaguas, y otros llegados después del 59, como Diáspora(s) o Palenque, grupos en sí mismos, en los que se puede identificar voluntades semejantes.

No me siento parte de ninguna generaci√≥n literaria. ¬ŅQu√© nos auna a los jovenes, m√°s all√° de la b√ļsqueda de la literatura como albergue? La literatura no se hace grupalmente. A veces coinciden en tiempo, en ideas, en lucidez intelectual, varias personas que hacen su trabajo en soledad.

Siento un ansia en los poetas jóvenes de adelantarse a su tiempo, de saltar voluptuosamente como mariposas. Paul Ricoeur habla en Volverse capaz, ser reconocido de la identidad narrativa, de la temporalidad en la identidad. Hablar ahora de mi generación, teniendo a Ricoeur en la frente, sería dejar inacabado el relato. Tendrá que pasar un tiempo para que otros hablen de mi generación. A nosotros, los jóvenes, solo nos queda trabajar, trabajar mucho. Es cosa del tiempo poner los nombres en fila india. 

¬ŅQu√© rasgos marcan la esencia de Ismaray Pozo?

Soy una loba esteparia. Solía ser más mustia. Ya me adapto, renuncio, hay en la renuncia una revelación, como dijera la Lispector. Serena. Pocas cosas me descentran o inquietan como la voluntad de hacer mal (siquiera la perversidad inocente). Salvando esa voluntad malsana que rechazo, con lo demás puedo lidiar.

¬ŅCu√°les son tus sue√Īos y proyectos en el plano literario para los pr√≥ximos a√Īos?

Escribir y esperar. ‚ÄúEsperar es buscar‚ÄĚ, dice Anne Carson. Esos son los proyectos pr√≥ximos: escribir y buscar.

 

COMERSE UN PEZ SAGRADO

Christo lanzó una manta de plástico

sobre la costa. Resolvió aquietar

el bullicio donde nace un país.

Esto es una glorificación:

plastificar un pantano.

La identidad prende en los musgos primeros

donde ahora cangrejos no encuentran alimentos

sino una redención de yagua

o tobog√°n, algo resbaladizo (en resumen).

La peripecia de Christo es camuflarlo todo

donde allí lo torvo

donde allí todo era un ejercicio

donde el progreso vertió al mar, resonante.

Ahora imprecisos, resignificaríamos

con nuevos nombres.

 

Una podría decir, donde nace un país

hay blanca premonición (la del día)

pero lo enigm√°tico concede al mar

la ambig√ľedad de los perros asustadizos.

El pez es el origen

la cola afilada, el remilgo de los pies juntísimos

el hombre podría ser una mujer

que resurge de los cuerpos marcados

del mito involuntario de la Sik√°n.

Ella veladora se sacrifica:

ve rodar la cabeza del chivo.

Había bajado del monte el Inocente

huyendo de otra mujer que bebería la sangre

de sus testículos. Y hacia ella fue a parar

el Inocente, a la mu(jer)erte √ļltima.

La primera muerte llegar√° cuando

el sol no rasgue la nata sintética

sobre las cabezas.

 

La Sikán la Sikaneka/ sin país

rehogó los ojos en una cesta

de otro Cristo, ahora preocupado

por el amor al pr√≥jimo ‚ĒÄmenos humano

menos inteligente‚ĒÄ

no se sacrifica por los otros

esto que a mí me cuenta tanto

[el horror de la cucaracha al ver el miedo ajeno

es m√°s que su propio horror terebrante]

Cristo no sabía de aquellos hombres lobos

menguando peces a zarpazo.

El mundo era más antiguo a todo, a él mismo

a otro Krzysztof Kieslowski.


De los parajes lejanos o el concierto para grunge

En estas historias (o debajo de ellas) está el sonido de los metales, la presión de las guitarras distorsionando el imaginario de una ciudad innombrable y olvidada: Manatí, obcecada en el mapa, más hija del mar que apéndice de isla.

Alejandro Rama nos advierte con esa singular destreza para narrar, que de los parajes lejanos solo queda el sonido ínsito a su vitalidad, el ritmo, la cadencia, la tesitura de cada historia, de cada sílaba de los personajes. Es pertinente entonces decir que se ha instaurado el imaginario de la lejana Manatí y, como en Comala o Macondo, siempre alguien pasa, pregunta por los nombres o la arquitectura de las cosas, qué historia esconde la casa al final de la calle, qué le pasa Hubert y la caja tenebrosa, dónde los amuletos del podólogo, y a dónde el profesor de química. Alejandro creó en estas historias, la memoria de una ciudad, de una generación y todo con el grunge de fondo.

En las historias el tono diáfano y hasta burlesco, las maneras psicológicamente distintas de cada personaje; también la capacidad de ser antiguos y posmodernos, de estar en un diálogo que a ratos olvidan y se recrean en los instantes de silencio de cada historia. La incomunicabilidad del surrealismo, el símbolo obviando su significado, la distorsión de lo real y lo anodino del hombre de pueblo. Tanta angustia por el sentido de las cosas: en Grunge se cancelan las enrevesadas dicotomías canónicas y gana espacio lo cotidiano desde los oídos-boca-ojos-cerebros de personajes sui generis.

Habr√° que leer cuidadosamente cada historia de Alejandro, son altamente adictivos.

Portada del libro Grunge, de Alejandro Rama (Foto tomada de internet)

Alejandro Rama. Grunge (cuentos). Premio extraordinario de cuento Centenario Jos√© Soler Puig 2016. Coeditado por Ediciones La Luz y Editorial Oriente. 2017. Disponible en la librer√≠a de Ediciones la Luz, en Holgu√≠n; aunque a√ļn se pueden encontrar t√≠tulos en otras librer√≠as del pa√≠s.

Dos cuentos:

ALUMINIO PUNZANTE

Había recogido una docena de latas, cuando el sol se detuvo justo encima. La mujer abrió la boca del saco y arrojó la siguiente. Luego, secó el sudor en su pecho. Luego, continuó buscando como si fuese una máquina detectora de metales.

So√Īaba con una m√°quina as√≠. So√Īaba, aunque su marido no quer√≠a pagarla, aunque sab√≠a que el marido terminar√≠a diciendo que son muy caras, demasiadas bocas que alimentar. √Čl la esperaba en casa. Desplomado en un sill√≥n. Escuchando el final de alg√ļn partido en la radio. Gritando porque su equipo, de manera irremediable, estaba perdiendo. Gritando son unos mierdas, plastas de mierda.

El hijo, como todo hijo peque√Īo, correteaba por la casa. Tumbaba floreros, vasos, cuadros colgados en las paredes. Lo ensuciaba todo con sus pies enfangados y sus manos cubiertas de la pintura que alg√ļn vecino olvid√≥ a la orilla de la cerca.

Al marido aquello le daba igual. Lo √ļnico importante era el partido donde su equipo fall√≥ un penalti a cinco minutos del final. La mujer hab√≠a recogido un saco cuando el sol desapareci√≥ completamente en el horizonte. Sec√≥ el sudor en su est√≥mago. Faltaban un par de latas por aplastar y, obligada a hacerlo, hinc√≥ las rodillas y realiz√≥ el trabajo.

La mujer callaba ante las √≥rdenes del marido. Recoger las latas. Aplastarlas. Arrojarlas al saco. Recoger el saco. Conducirlo hasta la casa. Ver al marido salir y regresar, a media noche, con la mitad del dinero y una botella de aguardiente debajo del brazo. El marido, que dir√≠a no puedo vivir sin esto. No hay quien viva sin esto. El marido entreg√≥ los billetes y se dej√≥ caer sobre el sill√≥n. Encendi√≥ la radio. Transmit√≠an el final de alg√ļn partido donde su equipo, milagrosamente, empataba. Minutos finales. El √°rbitro extendi√≥ los brazos hacia el √°rea y son√≥ el silbato: una decisi√≥n que termin√≥ favoreciendo al equipo contrario. El delantero del otro equipo no fall√≥ ese penalti, y el marido no par√≥ de gritar son unos mierdas, plastas de mierda.

Ella lo dejó con sus gritos y salió a comprar algo de comer: unas papas, dos latas de arroz, un trocito de carne. Ella sabía que no le tocaba ni una molécula de ese trocito de carne. Camino a casa, recordó aquellos tiempos, cuando su marido era quien recogía las latas y en la mesa nunca faltó la carne. Su marido, que le decía eres lo mejor que me ha pasado, te voy a hacer feliz por el resto de la vida. Cocinó y sirvió tres platos. Papas, arroz y carne en dos de ellos. Papas y arroz en el otro. Sentados los tres en la mesa, cada uno frente a su plato, comieron. Ella tragó con rapidez. Mejor adelantarse; demasiado lo que tendría que fregar.

El hijo jugaba con la comida: un campo de batalla donde se enfrentaban las papas del norte contra el arroz del sur, usando carne como proyectil. El marido tragaba una cucharada, luego un sorbo de la botella. La guerra entre las papas y el arroz termin√≥ como solo pudo haber terminado. El plato de comida, en el suelo. La comida, en el suelo. El ni√Īo, llorando. El marido lo golpe√≥ a mano abierta por la nuca y lo oblig√≥ a recoger aquello. La mujer conten√≠a la rabia, las l√°grimas.

Una mujer no debía contradecir a su marido, así que agachó la cabeza y continuó fregando. El hijo chillaba incansablemente mientras recogía el plato. El marido se puso de pie y encendió la radio. La mujer recogió la comida del suelo. Baldeó. Secó. Fue hasta la cocina y puso agua a la candela. Continuó fregando. Alguna que otra vez secaba el sudor en su pecho, el sudor en su estómago.

El marido escuchaba un partido donde su equipo ganaba y un tal Hern√°ndez, delantero del equipo contrario, empat√≥ con un disparo fuerte desde el borde del √°rea. Luego, el √°rbitro orden√≥ penalti y Hern√°ndez no fall√≥. Luego, el marido grit√≥ son unos mierdas, plastas de mierda con todas sus fuerzas, y arroj√≥ la radio hacia la misma esquina donde chillaba el hijo. C√°llate. Que te calles. La mujer prepar√≥ el ba√Īo. El marido trag√≥ el √ļltimo sorbo de alcohol en la botella y camin√≥ hasta el ba√Īo. La mujer acost√≥ al hijo y regres√≥ donde su marido. Dos minutos de silencio. Despu√©s, la mano acerc√°ndose, levantando la bata de dormir. El marido ech√°ndosele encima. Movimiento de caderas aburrido, ins√≠pido. La misma cadencia de todos los d√≠as. √Čl, ¬Ņte gusta?, perra. Y la perra dej√°ndose hacer todo lo que su marido quiso hacerle. La perra sab√≠a que, al terminar, se desplomar√≠a hacia un costado y cerrar√≠a los ojos.

El marido cerr√≥ los ojos. Ella tambi√©n cerr√≥ los ojos. Lo hizo, y so√Ī√≥ que recog√≠a latas en la playa, y las aplastaba, y las arrojaba al saco. So√Ī√≥ que caminaba a casa. All√≠, donde su marido la estaba esperando con la radio encendida y una botella en la mano. All√≠, donde el hijo destrozaba todo. En la radio, el equipo local hab√≠a perdido y quiz√°s por eso el marido le apuntaba con su dedo √≠ndice, grit√°ndole perra, perra, perra.

La mujer despertó con el pecho y el estómago cubiertos de sudor. Fue hasta la cocina. Tragó un pedazo de pan viejo. Recogió el saco. Caminó hasta la playa. Recogió la primera lata y la aplastó. Antes de arrojarla al saco, se detuvo a observarla. En su mano, aquella lata parecía hecha de aluminio punzante.

CONOCIENDO A JOE BLACK

Jennifer conoce a Joe Black, que no parece un Joe, tampoco Black, sino un cachalote albino proveniente del otro extremo del mundo. √Čl, sandalias de cuero, pantalones cortos, una c√°mara Nikon colgando hacia un costado. Ella lo conoce y piensa en todo lo que ha de hacerle para que el tipo suelte un par de billetes. Necesarios, los billetes. Jennifer y Joe conversan y, mientras sucede, se ve a s√≠ misma tragando el pene del cachalote. Grueso, el cachalote. Grueso, el pene. Salado. Joe le acaricia los hombros y sonr√≠e de manera lasciva. Le dice nos vemos por la noche en la habitaci√≥n que te coment√©, la del hotel Gaviota. Joe acaricia. Las manos del tipo son demasiado √°speras, pegajosas. No parecen ser las manos de quien dice ser. Los callos en la piel no le pertenecen. Alguien como √©l requiere de manos delicadas, de piel lisa, sin ning√ļn signo de trabajo.

Jennifer sonr√≠e a cada frase que sale de su boca. Esta c√°mara registrar√° cada cosa que hagamos, y ella r√≠e. Te pagar√© mucho dinero, y contin√ļa riendo. Lo de conocer a Joe Black se lo propuso alguien cuando se cans√≥ de comer peces de su propio arrecife y decidi√≥ probar el sabor de los que habitaban aguas internacionales. Alguien le dijo que tuviese cuidado, que Joe no era un pez peque√Īo sino un cachalote albino procedente de mares europeos. No te preocupes, siempre tengo cuidado. Antes de conocer a Joe Black, Jennifer no se llamaba Jennifer, sino Lucrecia. Bonito nombre Lucrecia. Falso, Jennifer. Con peces gordos nunca se sabe, as√≠ que me cambio el nombre.

Aquella Lucrecia pertenecía a la avenida central y las noches sin descanso. Un culo deseado por aquellos que deseaban los culos que se movían por la avenida. Ellos, parados en el lado A, observando.

Ella, en el lado B, hablando por tel√©fono con alguien que le dec√≠a hacia d√≥nde caminar, con qui√©n hablar, qu√© decir. Baratos, los peces de aguas nacionales. Peces de arrecifes. Peces que se dejan comer solo una vez y luego desaparecen. Joe Black es un pez de aguas internacionales, viene de mares europeos. Joe Black y su c√°mara Nikon. Toma una fotograf√≠a de Jennifer y ella lo mira de la √ļnica forma que puede hacerlo: los ojos perdi√©ndose en los poros grasientos del cachalote, en la barriga protuberante. Dif√≠cil, comerse el pez.

Jennifer piensa en que quizás el trabajo no valga la pena. Tiene miedo de que Joe Black desaparezca con el dinero que le prometió. Nunca antes había sido fotografiada haciendo aquello que solía hacer. La reputación de un culo de avenida no es la misma cuando aparece en fotos y videos que no debe aparecer. Jennifer piensa en la indigestión. En el vómito producto a la indigestión. Piensa en penes gruesos, y poros grasientos, y barrigas protuberantes.

Joe Black se despide simbólicamente. Jennifer también se despide. Alguien llama por teléfono y le indica qué hacer, hacia dónde caminar, qué decir. La acera. La avenida. El hotel Gaviota. Subir las escaleras hasta la habitación. Entrar y desvestirse. Dejarse hacer lo que el cachalote quiere. Fingir que le gusta. Mirar a la cámara. Mirar al cachalote que la aplasta. El cachalote grasiento. El pene, grasiento. Terminado el trabajo.

Baja las escaleras hasta el pasillo. Recorre el pasillo hasta la acera. Recorre la acera hasta la avenida. Confirma el asunto vía telefónica. Jennifer deja de ser Jennifer para convertirse en Lucrecia. Lucrecia, caminando por la avenida central, deteniéndose en el lado B, esperando la llamada de alguien. Lucrecia, escuchando hacia dónde caminar, qué hacer, qué decir. Lucrecia, olvidando al cachalote albino y su cámara Nikon. Inevitable que transcurra el tiempo. Inevitable que aparezcan fotos y videos en los teléfonos. Muchos dicen que Lucrecia aparece en esos videos. Muchos dicen que Lucrecia es protagonista en esos videos. Pero mira cómo beben los peces en el río. Lucrecia interpretando a Jennifer. Cara de Jennifer. Cuerpo de Jennifer. Jennifer posando en los teléfonos de muchos, aplastada por el cachalote en los teléfonos de muchos. Pero mira cómo beben y vuelven a beber. Inevitable que Joe Black haya desaparecido con el dinero, que Lucrecia sea un culo de avenida olvidado por quienes desean culos de avenida. Inevitable que Lucrecia no quiera ser Jennifer ni Lucrecia. Inevitable que quiera regresar a aquella época en la que el nombre no importaba. Que quiera regresar a aquella época en la que el nombre no importa. Abrazar a los padres. Llorar con los padres. Salir a dar una vuelta, larga y sincopada, y descubrir la irremediable coincidencia en la mirada de aquellos que viven en la orilla. Los que no saben nadar.

Pero mira cómo beben los peces en el río. Otra vez, descubierto el cuerpo en los teléfonos. Descubierto, el rostro. El cachalote profanando el rostro. En todos los lugares, lo mismo. Teléfonos, en el arrecife. Teléfonos, en la orilla. Teléfonos en todas partes.

Lucrecia en videos. Jennifer en videos. Ambas, aplastadas por el cachalote albino que suda, el pene grueso que suda. Pero mira c√≥mo beben y vuelven a beber. Inevitable, la ausencia de Joe Black y los billetes prometidos. Inevitable, la desesperaci√≥n. Lucrecia avanzando y deteni√©ndose en el abismo. Mirando al fondo. Descubriendo c√≥mo las olas impactan en las piedras. Abandonando el nombre de Jennifer. Abandonando su propio nombre. Se precipita hacia el √ļnico lugar donde no existen tel√©fonos, ni fotograf√≠as, ni videos, ni Lucrecias, ni Jennifers, ni c√°maras Nikon que hacen m√°s da√Īo que cualquier arma, ni cachalotes albinos que sudan, ni alguien que d√© √≥rdenes. Ni arrecifes, ni orillas, ni peces. Ning√ļn pez.

Nada.