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Sumergirnos en las estancadas aguas de una piscina neutra

El Principio de Arquímedes, texto de Josep Maria Miró, autor catalán de más de 20 obras de teatro entre textos originales y adaptaciones, llegó en el mes de enero al escenario de la Sala Adolfo Llauradó de la Casona Teatral Vicente Revuelta en producción de Los Impertinentes y Argos Teatro, dirigido por el dramaturgo y director Abel González Melo. Fue uno de los espectáculos que obtuvo el premio Villanueva de la crítica.  

Es la primera de su autor que se presenta en Cuba. Forma parte del evento ITI, dedicado a Josep María Miró y organizado por el Ministerio de Cultura, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, el Centro Cubano del Instituto Internacional del Teatro y la Casa Editorial Tablas−Alarcos. Se estrenó en el mes de septiembre de 2019. Una puesta en escena con un elenco de cuatro actores, unos de la reconocida compañía y otros del grupo El Túnel juntan sus voces para desentrañar desde el inicio en las primeras replicas que aparecen entre los personajes: Jordi. ¿Qué pasa, Anna? ¿Qué ha pasado con Alex?

Como un empuje vertical y hacia arriba comienzan los diálogos entre estos seres que, si bien ahondan un lenguaje grotesco, morboso; constituyen para el espectador puntos esenciales para el reconocimiento de la trama, y por qué no, también de la duda. Alguien fue “besado en la boca”, un niño, un Caballito de Mar, modo en el que suelen separar los niveles de edad en la enseñanza de la natación. Paula “vio” el beso, donde fue, también quién lo promulgó: el profesor Jordi.

Ante esta detonante los personajes muestran igual peso de fluidos camuflados de desesperación y miedos que se nutre de ese espejo cuyas imágenes reflejadas son de igual proporción al modelo representado. Anna interpretado por Yailin Coppola muestra total jerarquía ante su trabajo y el respeto de su personal, para ellos esta faceta solo constituye una imagen que bien puede ser burlada con el cumplimiento de la labor o fumar escondidos un cigarro, sin alterar otros asuntos.

puesta en escena de el principio de arquímides en cuba/ cortesía de Sonia Almaguer

La vida le ha promulgado la rectitud y la eterna pesadilla de no desviar su mirada cuando hay niños en el agua. Ha perdido el suyo. Hoy tendría 23 años. Jordi, en voz de Alberto Corona, es el acusado ante tal hecho de pederastia. Si bien este personaje muestra total desempeño ante su labor como entrenador de natación, más el cariño que siente por el grupo, sus motivaciones y desenfrenados criterios machistas revertirán en él la otrora imagen que nadie desea.

Su ego lo es todo, incluso el propio motivo de considerarse el mejor profesor, también el más popular, al que todos le envían una solicitud de amistad por Facebook y es aceptado, incluso sus alumnos, también las alumnas de 12 años Cris, Adriana, etc. Nada le permitirá decaer, al contrario, está pendiente a todo, ayudar cuando sea preciso, ver todo en orden, recoger los utensilios para las prácticas de natación o las trusas regadas de los niños las cuales terminan en su taquillero para que no se pierdan.

Héctor, en la piel de Amaury Millán, nos regala el misterio de quien calla ante el anonimato social y advierte al amigo sobre esas redes sociales y su uso desmedido más si es con menores de edad. Nadie tiene una prueba realmente del supuesto delito, el beso nada al estilo mariposa y su meta cada vez está más cerca. La duda, siempre la duda, impulsa al desahogo y el desespero de quien teme. Nadar ya no es la solución, tampoco cancelar amistades en Facebook o guardar una trusa de niño en un casillero; menos ir a la contraria de criterios vistos por un menor, ¿tendrá razón? ¿Cris fue aceptada en Facebook con malicia? ¿En realidad Cris le mira “el paquete” al profesor? ¿En realidad Jordi besó al niño, lo hizo con maldad, fue en la boca? Hablar es imposible, como dados después de la caída, son los sonidos de las piedras hacia la institución.

Se quiere justicia, pero ¿quién la lleva? La verdad en esta historia está sumergida y aún no ha expulsado del todo su líquido para acceder, solo pequeñas burbujas cargan la primicia de la acusación, la misma acusación que cae en los hombros de Jordi y tiene miedo, está asustado. Iguales burbujas que David soporta cuando observa frente a su casa al hombre que se baja los pantalones delante de un ordenador y le muestra –a sabrá Dios quién– su virilidad. Similares glóbulos que sufre Anna cuando en su pesadilla solo ve niños ahogándose y rememora que el suyo hoy tendría 23; o Héctor con su enigma silente.

En la obra de Josep Maria Miró vemos como reitera la construcción de réplicas para desarrollar los diálogos, es muy posible encontrar este recurso al inicio de las escenas, una de las claves en su dramaturgia.

Abel González Melo ha divisado con pericia aquellos guiños en la escritura del autor para realizar su propia composición teatral. Resulta muy certero el trabajo sobre la estructura dramática, y las escenas de flashbacks están correctamente empleadas a tono con el concepto total de la puesta. La estructura juega precisamente con esos cambios temporales y el espejo, una certeza muy elogiada del montaje, y exquisitamente entendida y desarrollada por los intérpretes.

El murmullo de niños creados como espacio sonoro para lograr un clima puntual desde la entrada del espectador a la sala irá ascendiendo hasta el momento de la última escena, cuando Anna entra temblorosa y aterrada porque están tirando piedra contra las ventanas de la institución. Se crea un momento de tensión muy fuerte entre los tres personajes, Anna, Héctor y Jordi, donde la duda y los últimos acontecimientos terminan por llevarlos a un silencio con reflexión, que, además de agudizar aún más el suspenso, en donde se cuestionan sus actos y las consecuencias que ellos pueden lanzar a la luz pública.

Hermosa paradoja sonora que, en conjunto con la energética actuación de estos excelentes intérpretes, las luces y la tronante historia nos llevan, como espectadores, a ser jueces y parte del veredicto final y nos incita a sumergirnos bien a fondo en las estancadas aguas de esta piscina “neutra”.


Danza Contemporánea de Cuba: Tras un debut, 60 años

La danza es efímera, trabaja una y otra vez desde un espacio y un tiempo, con insistencia, para ser vista en un instante. Para presentar cuerpos, que históricamente tienen este espacio como diálogo. La danza contemporánea toma como pretexto cierta irreverencia en el aquí y el ahora. En ocasiones viaja al pasado pero es para disentir o fijar su memoria histórica.

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Bailar con los orishas

Ha sido todo un éxito la presentación los días 5, 6 y 7 de setiembre del Ballet Folclórico de Oriente en Pinar del Río.

Lo primero que observamos y nos complace en el programa que subió al Teatro Milanés, es un amplio muestrario de obras de diferentes vertientes dentro de la danza folclórica, que evidenció la efectividad de la investigación y el rescate de estas, llevado a cabo en todo lo más naciente del país (Tunas, Yateras, Santiago de Cuba, Guantánamo) por el Ballet Folclórico de Oriente.

Cada día, en el coliseo pinareño predominó una práctica danzaria folclórica determinada: el jueves 5, danzas franco-haitianas, viernes 6, selección yoruba, y el 7, repertorio popular (carnaval fundamentalmente) que han sido hitos en la nómina creativa histórica de la agrupación santiaguera. 

En los llamados Frescos[1], “Bembé”, “Biche”, “Petró”,“Los Oggunes”, “Tempo Nagó”, “Ivo y Congo”, “Maní”, “Estampa del carnaval” y las obras de mayor formato, El nacimiento de Oggún Balenyó, de Ernesto Armiñán; Yemayá y el pescador y Oda al tambor, coreografías de Antonio Pérez, apreciamos y nos cautiva fundamentalmente la intensidad, el dinamismo, la belleza en la composición escénica, la simpleza pero la precisión del movimiento coreográfico y los cuerpos danzantes que derrochan energía, y que nos devuelven viva la herencia danzaria folclórica del oriente, con sus particularidades a la hora de concebir la movimentalidad en el caso de los bailes de los orishas.

Particularmente en Yemayá y el pescador, la más definida y lograda como relato escénico entre las piezas que presenciamos, vale mucho el gesto del coreógrafo que hace coexistir, híbrida la danza folclórica, la herencia yoruba, con el legado de la danza moderna cubana, (que es una apropiación muy particular de la Técnica Graham), para ofrecernos un resultado nuevo, rico en sus matices (nuevos pasos), que no traiciona el legado tradicional, sino que lo actualiza (una gran virtud de la que necesita contaminarse nuestra creación folclórico danzaria nacional).

La obra se mueve entre momentos verdaderamente extasiantes por su intensidad, fuego santiaguero, graficado perfectamente en el solo que ejecuta Yemayá, o por su lirismo en el caso del dúo del pescador y el personaje que asumimos como hija de la orisha.

Del autor.

 Como coreografía, como espectáculo danzario, tiene la cualidad, Yemayá…,  como las demás obras que vimos y que tienen más de 20 años en repertorio de la compañía santiaguera, de mostrarse activa, como que surge ahora mismo para el espectador, porque no renuncia a la esencia de la tradición, a la posibilidad de expandirse por la sala y dialogar con él.

No menos se espera del acompañamiento musical que complementa cada una de las obras que muestra El Ballet Folclórico de Oriente. En ese sentido, hay que reconocer la alta calidad de los músicos instrumentistas y los cantantes, que sin temor alguno se puede decir que como estos hay pocos en el país. Porque más allá de su calidad probada como músicos, se siente realmente que estos no acompañan, estos danzan, con sus voces y toques, junto a los bailarines.

La danza –ha quedado demostrado– puede tener autonomía de la música, pero en este caso, en las obras del Ballet Folclórico de Oriente, prescindir de ella, es descompletar, descolocar cada una de las piezas, pues entre músicos/coreografía/ bailarines existe una rara relación de hermandad, complementariedad, que los hace un todo lustroso.

El Ballet Folclórico de Oriente ha cumplido 60 años de labor ininterrumpida, sin embargo, su cuerpo (obras, bailarines, músicos, maestros) permanece tan activo y juvenil, tal vez como el primer día en que se presentó un 14 de junio de 1959.

 Pinar del Río agradece inmensamente su visita no solo por la calidad artística de las propuestas que llevaron a escena, sino porque movilizaron, como nunca antes, al público, e hizo repensar seriamente la necesidad de sostener espectáculos folclóricos en Vueltabajo, de invitar artistas, de dinamitar la quietad, de crear en serio para el pueblo. Todo eso, en solo tres días, lo logró la agrupación. Sea entonces ovacionada su visita.

[1] Que son llamados “frescos”, los cuales no son más que un muestrario de danzas de diversas proyecciones folclóricas, franco- haitianas, yoruba, populares.


¿Cuál es el límite de lo aceptable?

¿Hasta qué punto han influenciado las problemáticas sociales en las personas y en nuestras mentes?

El público que asistió los días 2,3 y 4 del presente mes a la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba pudo apreciar las tres piezas danzarías interpretadas por la compañía Acosta Danza.

Los allí presentes tuvieron la oportunidad de ver una danza fresca, contemporánea, que hace un llamado a la comprensión o reflexión de una sociedad lacerada por conflictos sociales, los prejuicios, los viajes hacia lo profundo del alma y espíritu para tratar de comprender lo incomprensible y lo Imponderable.

Este fue precisamente el título de una de las piezas más reconocidas del repertorio de Acosta Danza y contó con la coreografía del bailarín y coreógrafo español Goyo Montero. Según Carlos Acosta, en el programa de la temporada, “Montero quiso ir más allá de esa imagen que muchos llevan de nuestro país: la Cuba del sol eterno y la alegría…, esta vez complementada con la reflexión dramática de lo que somos y de lo que queremos, de lo que nos duele y nos frustra, y que a pesar de las dificultades insistimos en el camino elegido y obtenemos lecciones de los contratiempos”.

Esta primera danza versó sobré canciones del músico, compositor y poeta cubano Silvio Rodríguez (1946). Algunos de sus temas, como Ojalá, se dramatizaron en perfecta sintonía entre la letra y cada movimiento corpóreo de los bailarines. Como dijera el propio coreógrafo Goyo Montero “Imponderable es Silvio Rodríguez y Owen Belton, es Acosta Danza y soy yo”.

De la autora

¿Cuánto esfuerzo físico puede resistir un ser humano para lograr el éxito, el fracaso, el riesgo o el pragmatismo que enfrenta en cada momento de su vida? ¿Hasta qué punto podemos llegar o sacrificarnos por algo? Estos conceptos se reflejaron en la segunda obra, Twelve, dirigida por el bailarín y coreógrafo español Jorge Crecis e interpretada por 12 bailarines, que mediante una danza-deporte reflejan cuánto está dispuesto a resistir el cuerpo humano para lograr algo, para llegar al éxito o al fracaso y hacer lo imposible para lograr lo imposible.

En tanto, Llamada, con coreografía de Goyo Montero, fue la tercera pieza danzaría que incitó a un llamado de la sociedad, a una comprensión y atención que pide acabar con los estigmas creados en las diferentes razas o inclinaciones sexuales, para que el ser humano se sienta pleno desde su esencia con su sexualidad.

De la autora

¿Por qué seguimos viendo el mundo como masculino o femenino? ¿Hasta qué punto somos nosotros mismos? Son interrogantes que —quizás— a muchos, nos confunden. Llamada se identifica con una danza fuerte o impactante en alguna de sus escenas, según los prejuicios de cada cual, en esta sociedad en la que todos debemos ser iguales sin importar razas ni inclinación sexual.

La temporada XII contó con repertorios del reconocido compositor alemán Owen Belton; el compositor, músico y poeta cubano Silvio Rodríguez; la actriz y cantante española Rosalía; el cantautor español Miguel Poveda; y el músico, compositor y productor italiano Vicenzo Lamagna.

Un equipo de realización y técnico profesional competitivo preparado para todos los retos escenográficos hicieron de esta función única junto a la gran maestría de los bailarines de la Compañía Acosta Danza, quienes hacen que lo diferente de sus movimientos sean la excelencia del éxito en cada función.

Pues esperemos más de estas temporadas donde el público siempre será un fiel seguidor y apoyará con ovaciones cada presentación.