Centro Onelio


Convocatoria del Curso de técnicas narrativas 2019

Con el objetivo de continuar estimulando la formación y el desarrollo de los jóvenes narradores, el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, convoca a los jóvenes narradores de toda la Isla, de 16 a 35 años edad, al próximo curso de técnicas narrativas.

Los interesados en participar deberán enviar tres cuentos o un fragmento de novela y los siguientes datos personales: NOMBRE Y APELLIDOS, CARNÉ DE IDENTIDAD, EDAD, DIRECCIÓN, TELÉFONO, CORREO ELECTRÓNICO, Y UN BREVE CURRÍCULO, para ser evaluados por la dirección del Centro a:

Centro Dulce María Loynaz
Curso de Técnicas Narrativas
Calle 19 #502 esquina a E
Vedado, Ciudad de La Habana

El plazo de admisión de los textos ce rrará el viernes 20 de diciembre de 2019. LAS SOLICITUDES DE LA HABANA, ARTEMISA Y MAYABEQUE SE ENTREGARÁN DIRECTAMENTE EN EL CENTRO DULCE MARÍA LOYNAZ.

Las solicitudes de los aspirantes de otras provincias podrán ser enviadas a: cursos.centronelio@gmail.com

Los aspirantes seleccionados serán notificados con suficiente antelación a la fecha de comienzo del curso.

El curso para los participantes de La Habana, Artemisa y Mayabeque comenzará en enero y las clases serán los sábados de 9:00 a 1:00.

Los participantes de las demás provincias se reunirán en dos encuentros nacionales de una semana de duración cada uno, en los meses de marzo y junio. Los gastos de transporte, alojamiento y alimentación para este grupo corren por cuenta del Centro Onelio.

Por más información llamar a:

Yamila Peñalver al 7-764-1786 o a Maylin Arencibia al 52740206.

También pueden escribir a: cursos.centronelio@gmail.com


El regocijo del silencio

Desde un universo lleno de sonidos, donde el poema pareciera nacer de un ejercicio de profunda meditación, la vibra creativa de Ismaray Pozo resurge como la hierba silvestre.

Esta muchacha pinareña, nacida en 1987, tiene tantas palabras y colores por compartir que, a pesar del silencio y ese halo de nostalgia o misterio que cubre su sonrisa, aquellos que la conocen no pueden ignorarla. Elegancia, sencillez y amor fueron los primeros rasgos que percibí en ella cuando la conocí.

Es poetisa, licenciada en Historia del Arte, editora, correctora y promotora cultural. Tiene dos poemarios publicados: Regresiones (Ed. Guantanamera, 2017) y Abisales (Ed. Loynaz, 2018), con este último obtuvo Mención en el Calendario 2017. Próximamente verá la luz por la editorial Extramuros tu libro La recitante, Premio Luis Rogelio Nogueras 2018.

Háblanos un poco del proceso creativo de este último cuaderno y la propuesta que nos trae

La recitante es un libro que nació pronto, pero luego de un largo proceso de acumulación, de ideas persistentes en los últimos años. Lo que estaba ahí acumulado se sedimentó por defecto. Era una necesidad. Por primera vez me planteaba hacer un libro.

Regresiones no es más que una selección de mis primeros textos, salido a la luz de una forma muy azarosa por el sello Guantanamera. Tiene un tono primitivo. Abisales fue más lúdico. El tercer brote es más consciente. La recitante es la voz (las voces) de una mujer. Esta mujer habla sobre sí y cómo ella se percibe; percibe el resto de las cosas. Y a su vez especula, desde una voz ventrilocua, lo que el resto percibe en ella. Es un libro sobre las representaciones. En la comedia, la recitante, es una farsante, una travestida/mutante.

¿Cuáles fueron los impulsos emocionales o creativos que te empujaron desde muy joven hacia el camino de las letras, especialmente la poesía?

No fue una cuestión de impulso, sino de no tener opciones, eso quiero creer. Fui una niña muy ensimismada, con gran vocación por la contemplación, el silencio. Lo aprecio. Me gusta cuando la palabra se mesura, se guarda. En aquel entonces parecía eso un problema, tener eventos de antipatía o evasión hacia la gente. Pensar, imaginar, era una ventana, una puerta anchísima. En casa teníamos un cuarto al que llamábamos “cuarto de los regueros”, pleno de libros de la colección Huracán, apolillados en su mayoría. Los libros fueron despertando una inquietud por la literatura; quería mimetizar lo leído. La poesía nació en la adolescencia, salvajemente.

¿En tus poemas, cuánto hay de la muchacha cinéfila que soñaba con ser directora de cine, de la historiadora de arte, de la mujer que eres?

Todo. ¿Qué puedo hacer sino serle fiel a mi razón? He intentado que mis textos sean más contenidos y menos frondosos. Que no sean desmedidos es su búsqueda, pero eso está dado por algo de lo que no me puedo desligar. La búsqueda ha sido una constante. El querer transitar otros caminos, no conformarme con lo hecho, sino ir de trasiego en trasiego. Mutando. Mudando como yo misma. Historia del Arte es una carrera que te abre a eso, expande, y nos deja, a los graduados, un radio, un extraradio de nombres, obras, acciones, expresiones del arte, que se quedan luego levitando, flotando en la cabeza para otras múltiples asociaciones. Es algo que no evito, de eso que flota agarro, como se hace con un globo lleno de helio. Lo dejas volar o lo tomas.

Tus libros se ofrecen como una especie de mapa que capta la sensibilidad de lo poético en otras manifestaciones del arte ¿Qué referentes artísticos y literarios han marcado tu obra?

No siempre he sido consciente de lo que quiero decir. Al principio, la poesía era salvaje, abrupta. No me despertaba eso, siquiera inquietud, ni cuestionaba que lo hecho fuese poesía. No de la manera que me lo cuestiono ahora. El cine y la música son otras constantes, muchos de los referentes que cito son musicales o cinematográficos. Loca por el jazz, cercana a un guitarrista que ha estudiado con Rodney Jones, Ed Cherry (músicos de Dizzy Gillespie), y tocado con Pat Bianchi (músico de Pat Martino), Brian Charette (músico de George Coleman). Vínculos como este han reforzado una pasión, ya vieja, por el jazz y la música de raíces negras.

Tuve inquietudes por el cine. Hice pruebas  para entrar a la FAMCA, a la EICTV de San Antonio de los Baños. Luego me di cuenta que esas inquietudes no eran deseos urgentes.

En la literatura, la poesía me roba. Creo en el chamanismo poético, el buen poeta, es un ilumidado, un develador, dispuesto a descuadrar lo que ve en infinitas posibilidades, a pulverizarse la mente y los ojos en el acto. Eso me llevó a descubrir la poesía de Emily Dickinson.

Fui conducida a leer a E.D, Pessoa, Eliseo Diego, Lina de Feria, Aimé Césaire y otras zonas de la literatura caribeña que me resultan explosivas y comprometidas: Édouard Glissant, Jacques Roumain. Luego A. Pizarnik, I.Vilariño, Clarice Lispector, Margarite Duras, Nelida Piñón, Anaïs Nin, Anne Carson, Igner Christensen (sugerida por Raydel Araoz).

He encontrado una cófrade literaria, un regalo, en Caridad Atencio, otra poeta que admiro por su fuerza, madurez, su ojo crítico brillante. Gracias a esto mi lectura se expande, por ejemplo, a la poesía norteamericana, poco explorada antes por mí, entre la obra de autoras como Susan Sontag.

Naciste en Puerta de Golpe, Pinar del Río, lugar donde resides actualmente y que quizás ha significado un golpe de inspiración para tu escritura. ¿Qué dificultades supone el hecho de ser escritora y vivir en un contexto rural?

Todo condiciona, por rebote, omisión, por carambola. El lugar puede hacer proclive que esa inquietud naciente se vuelva un estado, se pierda o permanezca. El espacio rural es cómodo para la literatura, “más tranquilo que la cara de una mujer que miente”; ahí donde escasea la polifonía, los ruidos de la ciudad, yo no encuentro más que chivas berreando, gallos, mis perros, algún que otro carro pasante, arrieros. La tensión está en otras cosas, en otras carencias. Ese no haber, hizo que buscara. El campo es un maravilloso lugar, una estación de brotes, otra de siega, rebrotes, resiegas…

Para un escritor que se inicia, las dificultades de un espacio así podrían estar dadas por la falta de visibilidad, el alejamiento de las bocas, de los censores de opinión. Pero eso no me supone un problema. Me regocijo en el silencio.

Eres graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. ¿Cómo influyó esta etapa en tu proceso creativo? ¿Actualmente escribes narrativa?

Me gradué en el 2016. Siempre dan ganas de volver. Pasar por el Centro Onelio lo sentía entonces como un imperativo. Sin ser de La Habana y pensando que de La Habana en algún momento tenía que marchar, estudiar allí era algo por hacer antes de irme.

 Escribí algunos cuentos. Leí uno sobre una mujer con problemas de sujesión en el mundo físico. Para resolverlo ella tenía que hacer un ejercicio: desbloquear su chakra radical haciendo pucheros. Eduardo Heras, me dijo «eso es terrible». Me cuestioné si estaba haciendo bien.

En las clases, escribía poesía. Llevaba más de 10 años escribiendo poemas, intentándolo, pero aquello era otra búsqueda. Tardía para escribir como era, no sentía que fuese mi mayor directriz, sino otro medio, como el cine, las artes visuales, la música, un método, un haz de luz sobre las cosas. Podía publicarse, y no.

Agradezco al Centro la redirección del camino. El gusto por la poesía es lo más persistente. Luego de eso, he intentado hacer algunos cuentos que después de un humazo, como en la magia, se deshacen.

Paralelamente a tu faceta creativa, trabajas como promotora cultural, editora y correctora en Ediciones Loynaz. ¿Qué ha aportado esta labor a tu proceso creativo?

Mucho. Constancia, seriedad. Estar de cerca en el proceso de creación y armazón de un libro ha hecho que me involucre más, no solo en lo mío, también en lo ajeno. Agradezco a la Loynaz por todo ese aprendizaje.

¿Cómo definirías a los poetas en el siglo XXI?

El poeta del siglo XXI es un hombre de su época. Con las mismas constantes e inquietudes humanas, que son como despertares. Siempre que nace un hombre está yacente ese anillo que nos sobrepasa: “el ser”; y cada motivo reincidente que viene con “el ser”: el tiempo, el lenguaje, la acción, la narración de esa acción, el fin. Es lo mismo.

El hombre, el poeta, sigue siendo un buscador de oro.

Tenemos ahí la obra de los poetas de siglos pasados. Siento que ahora, en el arte, no se niega lo anterior. De lo anterior bebemos, nos atragantamos, nos insertamos en una gran argamasa.

¿Con qué generación te identificas más dentro del plano de la literatura cubana? ¿Cómo pudieras definir a tu generación?

La literatura cubana es riquísima. Un framboyán floreciente, eso hace que hayan nombres descoyantes como picos de iceberg en todas las generaciones. Todo el tiempo. Pero, me siento más cercana a la literatura del siglo pasado que a la del siglo XIX, incluso más cercana que a la de este siglo. Ahí está Orígenes, un parteaguas, y otros llegados después del 59, como Diáspora(s) o Palenque, grupos en sí mismos, en los que se puede identificar voluntades semejantes.

No me siento parte de ninguna generación literaria. ¿Qué nos auna a los jovenes, más allá de la búsqueda de la literatura como albergue? La literatura no se hace grupalmente. A veces coinciden en tiempo, en ideas, en lucidez intelectual, varias personas que hacen su trabajo en soledad.

Siento un ansia en los poetas jóvenes de adelantarse a su tiempo, de saltar voluptuosamente como mariposas. Paul Ricoeur habla en Volverse capaz, ser reconocido de la identidad narrativa, de la temporalidad en la identidad. Hablar ahora de mi generación, teniendo a Ricoeur en la frente, sería dejar inacabado el relato. Tendrá que pasar un tiempo para que otros hablen de mi generación. A nosotros, los jóvenes, solo nos queda trabajar, trabajar mucho. Es cosa del tiempo poner los nombres en fila india. 

¿Qué rasgos marcan la esencia de Ismaray Pozo?

Soy una loba esteparia. Solía ser más mustia. Ya me adapto, renuncio, hay en la renuncia una revelación, como dijera la Lispector. Serena. Pocas cosas me descentran o inquietan como la voluntad de hacer mal (siquiera la perversidad inocente). Salvando esa voluntad malsana que rechazo, con lo demás puedo lidiar.

¿Cuáles son tus sueños y proyectos en el plano literario para los próximos años?

Escribir y esperar. “Esperar es buscar”, dice Anne Carson. Esos son los proyectos próximos: escribir y buscar.

 

COMERSE UN PEZ SAGRADO

Christo lanzó una manta de plástico

sobre la costa. Resolvió aquietar

el bullicio donde nace un país.

Esto es una glorificación:

plastificar un pantano.

La identidad prende en los musgos primeros

donde ahora cangrejos no encuentran alimentos

sino una redención de yagua

o tobogán, algo resbaladizo (en resumen).

La peripecia de Christo es camuflarlo todo

donde allí lo torvo

donde allí todo era un ejercicio

donde el progreso vertió al mar, resonante.

Ahora imprecisos, resignificaríamos

con nuevos nombres.

 

Una podría decir, donde nace un país

hay blanca premonición (la del día)

pero lo enigmático concede al mar

la ambigüedad de los perros asustadizos.

El pez es el origen

la cola afilada, el remilgo de los pies juntísimos

el hombre podría ser una mujer

que resurge de los cuerpos marcados

del mito involuntario de la Sikán.

Ella veladora se sacrifica:

ve rodar la cabeza del chivo.

Había bajado del monte el Inocente

huyendo de otra mujer que bebería la sangre

de sus testículos. Y hacia ella fue a parar

el Inocente, a la mu(jer)erte última.

La primera muerte llegará cuando

el sol no rasgue la nata sintética

sobre las cabezas.

 

La Sikán la Sikaneka/ sin país

rehogó los ojos en una cesta

de otro Cristo, ahora preocupado

por el amor al prójimo ─menos humano

menos inteligente─

no se sacrifica por los otros

esto que a mí me cuenta tanto

[el horror de la cucaracha al ver el miedo ajeno

es más que su propio horror terebrante]

Cristo no sabía de aquellos hombres lobos

menguando peces a zarpazo.

El mundo era más antiguo a todo, a él mismo

a otro Krzysztof Kieslowski.


Lourdes Mazorra: “Yo entro en trance cuando escribo”

Ya nada podrá detener a Lourdes Mazorra López, ganadora del Premio Celestino de Cuento, en su XX edición. Con ese lauro ─que por tercer año consecutivo gira las miradas a Camagüey─ ella da riendas sueltas a sus deseos de narrar.

En el 2018 cursó el prestigioso Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde estuvieron, en años diferentes, las coterráneas Evelin Queipo y Martha Acosta, merecedoras del Celestino 2017 y 2018, respectivamente.

Lourdes domina lenguajes de medios diferentes y de todos se aprovecha para cumplir los impulsos y los sentidos que la escritura ha ido tranzando desde su niñez y que ha perfilado en la temprana juventud.

Trabajó como periodista de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey, y se mantiene como colaboradora de Televisión Camagüey desde su etapa de estudiante de periodismo.

Guionista y productora del documental Soy Maravilla, dirigido por Norlys Guerrero Pi, con quien comparte las intensidades del amor por las imágenes y también coincide en la sección de audiovisuales de la Asociación Hermanos Saíz.

A sus 26 años tiene grandes esperanzas con el mundo literario en el que se abre paso con talento y honestidad.

Con Rubén Rodríguez González en el Premio Celestino de Cuento/Tomada del Facebook de la entrevistada

 

Nuestro pretexto para conversar fue tu premio Celestino 2019, si ya lo tienes, ¿qué esperas para creértelo?

El Celestino no me lo esperaba. Se presentaron 20 cuadernos. Luis Yuseff y Norge Labrada me preguntaban “¿estás contenta?”, yo aún estaba asimilándolo. Los premios tienen dos cosas: comienzan a hacerte visible, te abren puertas; y por el otro lado son un impulso porque puedes publicar y quieres seguir trabajando, más fuerte que antes.

Ganas con Las fauces, ¿nos adelantas algo?

Las fauces es un libro de nueve relatos desde la perspectiva femenina, aunque en algunos el narrador sea masculino. Es un libro incipiente que indaga en las significaciones para el ser humano de la pérdida y el dolor, desde la muerte física hasta otros tipos de pérdidas en lo espiritual, psicológico y familiar. Trabajé mucho las atmósferas y la construcción de los personajes, todos dañados de alguna manera. Siempre tengo que conocer a mis personajes, su pasado, presente y futuro, aunque después toda esa información no quede en el cuento, pero es importante para el desarrollo de la historia. Yo vivo la historia. La edición empieza en agosto. Saldrá para la Feria del Libro del 2021. Me siento agradecidísima de Ediciones La Luz y su equipo de trabajo.

¿Estaban iniciados cuando cursaste el Centro Onelio?

No. Dicen que a algunas personas les da el bloqueo “posOnelio”, al no poder escribir por sentirse agobiados por todo ese contenido recibido en el centro. A mí el “Onelio” me abrió aún más. Entré con tres cuentos, que no son con los que gané la beca El caballo de coral ni tampoco los de este cuaderno, excepto No me olvido de tu cuadril. El “Onelio” me regresó a la realidad con muchas ganas de escribir y de hacer.

Tenías reservada la sorpresa de la beca, ¿qué te propusiste con El caballo de coral?

Con la beca de creación intenté ser un poquito más ambiciosa. Mi proyecto no fue de cuentos aislados. Aun cuando los puedas leer de manera separada, aspiro a que tengan el hilo conductor de sus personajes. Así funcionará también como un juego, y si empiezas por el relato del medio no necesitarás entender la historia precedente o la que sucederá. Me emociona jugar con la escritura, quiero entender y luego crear mis propios significados, creo que el divertimento es muy importante cuando se trata de algo tan serio como la literatura. Este proyecto es ambicioso, por eso sigo trabajando.

Lourdes Mazorra con Heras León/ Foto:Cortesía de la entrevistada

 

¿Asumes la narrativa como gimnasia de estilo?

No se puede dejar de escribir aunque todo lo que escribas no es publicable o mucho después lo deseches, tampoco se puede tener miedo a eliminar lo que no sirve, porque el estilo llega con los años y la experiencia, es una búsqueda incesante. Me siento cómoda en la narrativa. Para mí el cuento es un trance en el cual el punto final viene siendo el “evohé” del “orgumio” cortazariano. Yo entro en trance cuando escribo, no puedo parar, y casi todos mis textos tienen un aliento poético. Cuando me tocó leer en público en el Centro Onelio, Eduardo Heras León me aconsejó escribir un cuento más seco, porque me sale mucho la poesía, pero luego me alentó hablando sobre Dulce María Loynaz y Julio Cortázar. Se trata de escribir y escribir.

¿Por qué recomiendas tanto el Centro Onelio?

El Centro Onelio te acorta y te alarga el camino. Llegas desprevenida pensando que sabes mucho de literatura o que estabas leyendo con orden en tu vida, y no. El Centro Onelio te va creando pautas, incluso en la búsqueda del estilo recomienda autores, da técnicas y herramientas. Pero al mismo tiempo alarga el camino porque abre muchísimas puertas y comienzas a ver todo de manera distinta, a leer de manera distinta, a cuestionarte la realidad y a pensar en otros temas. A buscar ese poder de imantación que el cuento debería tener, como dice Francisco López Sacha. Todo aspirante a escritor debería optar por el Centro Onelio. Para mí fue la primera experiencia de leer algo en público. Influye a la hora de aceptar críticas o de ir construyendo tu propio relato en grupo. Además, es invaluable la oportunidad de recibir clases de escritores como Heras León, Raúl Aguiar y Sergio Cevedo.

Una cosa importante es el talento y otra, la gente que te impulsa, ¿a cuáles camagüeyanos agradeces de primero?

A la escritora Oneida González. Le escribí a ella cuando supe la noticia del Celestino. “Te ganaste un premio”, algo así le puse, porque Oneida fue quien me habló del Centro Onelio cuando yo tenía 19 años, y lo cursé a los 25. Hizo las primeras críticas a mis primeros cuentos y lo sigue haciendo con honestidad y cariño. También agradezco a Obdulio Fenelo, el primer camagüeyano que ganó el Premio Celestino en 2006, cuando se concursaba con un cuento. Él siempre me dice que leer es la comida de los escritores y escribir, el ejercicio diario. Pero de todos los agradecimientos, empiezo por mi familia, a ella lo primero.

Lourdes Mazorra en el Centro Onelio/Foto: Cortesía de la entrevistada

 

Te he visto en varios espacios tocando el tema polémico de la literatura y el periodismo. Eres periodistas, ¿cómo te gustaría ser mirada en ese gremio de escritores que aún no cuenta al periodismo como literatura?

Como una periodista que escribe o como una escritora que hace periodismo. No hay diferencias para mí. Siempre he tenido claro que yo quiero escribir. Me sugerían estudiar Filología en La Habana y yo pensé en Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Mañach… la lista sería interminable. Muchos de los grandes escritores ejercieron el periodismo. En esta profesión también he encontrado herramientas para narrar. Me alegró ver en el evento del “Celestino” a muchos periodistas, entre ellos, en el jurado, a Rubén Rodríguez, ganador de importantes premios nacionales y editor del periódico Ahora, de Holguín. Aunque esta polémica se ha ido superando, lamentablemente hay quienes todavía te enganchan un cartel.

Llenar una planilla contigo no es fácil. Entraste a la AHS por la sección de audiovisuales, y bien que pudieras estar en la de literatura o en la de crítica e investigación. ¿Cómo lo resolvemos?

Sobre todas las cosas quiero escribir, pero no voy a dejar de hacer audiovisuales porque me interesa desde el guion y la producción, la paso bien, son retos que me pongo. No quiero dejar de asumir proyectos desde el documental porque el documental es una manera también de narrar. Oneida me decía: de vez en cuando suelta el libro y ve una buena película, porque las películas te enseñan también a narrar para la escritura. Es verdad.

La Asociación en Camagüey te tiene entre sus jóvenes de vanguardia, ¿te satisface eso?

Si el “Onelio” me abrió puertas desde la escritura, la AHS me ha dado la posibilidad de participar en eventos, de compartir entre los jóvenes y también para llegar a otros lugares. La AHS es imprescindible para los jóvenes que queremos hacer arte, y para publicar ofrece muy buen espacio para empezar.

En el Premio Celestino de Cuento/Tomada del Facebook de la entrevistada

“No construyo universos cotidianos, sino nuevas realidades”

Taimi Dieguez Mallo despertó mi interés en aquellos años —no tan lejanos, pero sí— en que ambas compartíamos las aulas del Instituto Superior de Arte. Desde entonces, Taimi ha crecido como autora y se ha esforzado por mostrar una poética donde la mujer y la madre aparecen como epicentros, raíces de sentido que han enrutado su escritura. Entrevistarla, es pretexto para conversar con la amiga y la creadora.

 

La madre, la matria y las figuras femeninas son parte indiscutible de tu escritura. ¿Cómo has ido construyendo a la dramaturga que eres?, ¿cómo estos temas han llegado a ti?

Mi historia de vida me ha propiciado hablar sobre la figura femenina y, en especial, sobre la madre. Yo perdí a la mía siendo niña, por lo que a través de la escritura y la creación he reinventado esta relación, ya bien para saldar esta ausencia o para profundizar en el fenómeno de la maternidad, y del sistema de relaciones que se establece entre las madres y sus hijos; si bien nuestra sociedad, por más patriarcal y machista que sea, sigue teniendo a la madre como fuente de vida y alimento. Es en realidad esto lo que me interesa: las potencialidades creadoras de una mujer. Al menos, es de esto de lo que ahora me ocupo. Quizás a la vuelta de unos años me preocupen otras cuestiones. Pero creo que es muy difícil abandonar algo tan complejo como es la creación. ¿Qué creamos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Para qué lo hacemos? Son preguntas filosóficas, si tomamos la creación como existencia. En resumen, creo que soy una autora que se ocupa sobre la posibilidad de nacer, de ser… con esto quiero decir: elegir nuestro propio destino.

 

¿Cuándo y cómo supiste que querías ser dramaturga?

Decido estudiar dramaturgia porque quería cursar estudios en una escuela donde me enseñaran a escribir bien, donde me cultivara como artista. Pensaba apropiarme de las herramientas dramáticas para perfeccionar mi narrativa y mi poesía, que fueron los primeros géneros en los que incursioné. Pero antes de escribir y encontrarme con el mundo de la literatura, hice teatro como aficionada y fui por algún tiempo instructora de arte. Por esto, el teatro me era familiar.

 

Los hechos de la vida, oscuros o esplendentes, ¿sirven como material dramático?, ¿de qué manera resemantizas la existencia para escribir tus propias obras?

Cuando escribo una obra —dramática, narrativa o simplemente un poema— lo hago porque hay algo que quiero decir, algo que he descubierto o intento descubrir; por eso mismo lo escribo, para verlo. Ese “algo” puede ser cualquier cosa que tenga que ver conmigo, con mi vida y mi relación con el mundo. No escribo desde otro lugar que no sea desde mí, como creo que les sucede a todos los artistas. Lo interesante, en cada caso, es la estrategia que seguimos para crear. En mi caso, me interesa la fusión de las realidades, la hibridación, lo ambiguo, lo poético. Y esto porque me importa la propia creación como tema de creación, así como hay dramaturgos interesados en mostrar con su obra los propios procedimientos del teatro y se sirven de una estrategia metateatral, o quienes prefieren los términos de la autoficción o teatro documental. Yo acudo más a la poesía.

 

Muchos de tus personajes viven en mundos de cruda belleza. Incluso dentro de sus oscuridades se ve lo hermoso. ¿Por qué? ¿Qué universos te interesa construir, nuclear, mostrar?

La vida nunca ha sido para los humanos en blanco y negro. La vida está llena de colores, tonalidades, matices, texturas, volúmenes; en fin, la forma de la vida puede ser sorprendente. Generar sorpresa, asombro, misterio, es algo que me cautiva en la creación. Por ello no construyo universos cotidianos, o al menos, intento distanciarme de la cotidianidad, aunque una historia pueda desarrollarse en un edificio multifamiliar, en nuestros días y el conflicto de los personajes ser el más mundano. Yo logro conducir esta realidad por los caminos de la poesía, que me permite generar lo insólito, decir sin ilustrar, sino produciendo nuevas realidades. Por ejemplo, en una obra como Manzanas sobre la nieve. Drama semiepistolar, no puede el lector esperar que estas manzanas sean rojas o verdes, tendrá que prepararse para verlas de otro color.

 

A qué tributas primero, ¿a la escritura o a la escena?

Primero tributo a la escritura, porque como dice el maestro Juan Mayorga: dirigir es escribir sobre la escena. Pero también porque me siento más lista para asumir la página en blanco que la escena vacía. Quizás es una cuestión de formación, de entrenamiento. Sin embargo, los dos mundos son electrizantes, cuando uno se abre camino por ellos.

 

En 2018 obtienes Premio Literario “Hermanos Loynaz” por el libro de cuentos Piedras a los varones. Al parecer tu escritura se enrumba también hacia la narrativa, ¿llegarás a la poesía y a otros géneros?

Piedras a los varones es una deuda que tenía con la narrativa que, junto a la poesía, fueron mis géneros de entrada a la literatura. Es un libro de cuentos que estuve escribiendo por años, incluso antes de entrar al ISA. No son esos primeros cuentos de la vida, ya había ensayado antes, cuando cursé el Centro Onelio. Estos cuentos los escribí sintiéndome ya más confiada como narradora y están contaminados por el teatro, por las voces de los personajes, por sus monólogos o diálogos internos, por las acotaciones, por la multiplicidad o simultaneidad de espacios. También hay un coqueteo con la epístola y, sobre todo, una fuerte presencia de la poesía, del lenguaje poético. Yo quería escribir cuentos en los cuales se cruzasen otros géneros literarios. Los temas fundamentales son la muerte, la violencia, la soledad, el sexo, tratados desde el deseo de los personajes por vivir, personajes, por lo general, femeninos y jóvenes. Y sí, pienso seguir escribiendo narrativa, me gustaría mucho hacer una novela. Nunca he dejado de escribir poesía pero no la he publicado, no he tenido esa suerte.

 

La idea de llevar tus propios textos a escena, ¿cómo nace y qué experiencias te ha reportado hasta ahora?

Llevo mis textos a la escena, en primera instancia, para que se conozcan. Lo contradictorio es que no los llevo tal cual, porque cuando creo en la escena, me gusta vivir un proceso de descubrimiento, como en el papel. Por tanto, no puedo reproducir mi obra tal cual. Mi paso por la escena, que todavía es muy breve, me ha valido para comprender que en cualquier acto de creación, el artista tiene, como más importante deber, el de decidir. El artista tiene que decidir qué hace, cómo lo hace y para qué, y debe ser coherente con sus decisiones. Ahora bien, nunca debe renunciar a la posibilidad de experimentar.

 

¿Crees que la escena cubana actual es compatible con todo tipo de escrituras o existen algunas que quedan marginadas?

Si hay alguna escritura marginada es porque el autor no ha sabido moverla hacia las tablas. El autor no puede encerrarse en la soledad de su escritorio, a no ser que no le interese llegar a la escena o a una simple lectura dramatizada. Yo, generalmente, hago teatro con mis amigos, aunque he tenido la suerte de querer ser estrenada por Teatro El misterio, que dirige Delia Coto.

 

¿Qué narradoras, poetas y dramaturgas te interesan?

Me gusta mucho Virginia Woolf, su novela Las olas y Orlando las envidio, en el buen sentido de la palabra. También me gustan mucho las poetas Emily Dickinson, Elizabeth Bishop y Dulce María Loynaz.

 

¿En qué momento creativo de tu vida te encuentras y cuáles son tus horizontes más próximos de escritura?

Ahora mismo estoy próxima al estreno de Con la ropa de mi madre. Obra para ser dicha por el perro hembra, que hago en colaboración con Nadianys Boudet. Esta obra también verá la luz por Ediciones Matanzas este año. Y estoy reescribiendo un texto dramático sobre el inicio de las guerras de independencia, que también será mi próximo proyecto para la escena, en colaboración con un artista visual.


Tras los pasos del Chino Heras

La primera es su magisterio, humilde y desinteresado, al punto de uno pensar que el Chino ha dejado de hacer buena parte de su obra –esa novela o esas memorias que nos debe– por revisar tus cuentos con toda la paciencia del mundo, mientras te habla de las técnicas narrativas que desconoces citando la obra de sus maestros o que has usado, pero sin saber que estabas utilizando una caja china o un dato escondido en tus historias. [+]