Carne roja


Si vas a comer carne roja, espera por Reynaldo

Acabo de leer, por segunda vez, el poemario Carne roja, primer libro de Reynaldo Zaldívar (Fray Benito, Holguín, 1993), publicado por Ediciones La Luz, importante sello de la AHS en la provincia. Ha resistido, como no suele suceder con todos los textos, a una segunda lectura y sé que puede hacerlo con las sucesivas por varias razones: el libro tiene poemas memorables –de esos que uno se dice haber querido escribir–; porque la voz poética de Reynaldo se me antoja una de las más sinceras y libres de su generación, alejada de influencias lastrantes o gestos; y porque Carne roja es en sí una obra unitaria, sólida, desde la propia estructura del libro.

La carne roja en este texto es una metáfora nacional: su ausencia/presencia ha condicionado varias generaciones. De ella, metáfora también lírica, parte Reynaldo para hablarnos del país y sus días, de pérdidas y ganancias, de adaptación (también adaptabilidad) y resistencia, de sueños y ausencias, de amores, de la vida y sus intensidades, desde la altura de su primer cuarto de siglo.

A veces, nos dice Reynaldo, ha querido ser una vaca, “tener el olor de una vaca/ las tetas de una vaca. / Nacer con las pezuñas divididas/ y que me peinen a lengüetazos/ Y digo vaca porque no puedo ser vaco. / La palabra buey nunca me ha gustado. / Ser una vaca sagrada/ como un político sagrado/ u otro animal semejante: / dígase, por ejemplo, un poeta” (“Vaca”). Y como mismo ha deseado ser una vaca, ha pensado comerse una y sonreír: “Yo me comí una vaca y estuve quince años tristes. Llevo dentro una ciudad perversa/ y el tatuaje de una vaca. / Yo quería llevar dentro una ciudad perversa. / Nunca planifiqué lo del tatuaje” (“Planes”).

Promoción La joven luz, entrada de emergencia – Cortesía de Ediciones La Luz

Sabiendo, casi bíblicamente, que no hay nada nuevo bajo el sol, que la poesía es uno mismo (el poeta) y sus circunstancias, y que el verso viene realmente a cobrar vida, a exorcizarse del autor y sentirse libre por una vez, en el encuentro cuerpo a cuerpo con la experiencia ajena, con el sentir del otro, Reynaldo reúne veintinueve poemas, divididos en las secciones “Vaca”, “Yo, el animal”, “Acéfalas” y “Tiempos de bestias” (“Somos”, obra de Lisandra López en la portada).

“Árboles”

Me levanto temprano. Talo árboles.

Un bosque me nace dentro del pecho.

Aquí se puede respirar la corteza y el sudor y el hacha.

Nada como respirar esta trilogía:

corteza/ sudor/ hacha.

Otro golpe y otro árbol.

Preferiría pastorear vacas,

hornear panes.

Pero si un bosque te nace dentro del pecho

no queda más que talarlo

o dejar que poco a poco los árboles te asfixien.

Cortesía de Ediciones La Luz

Muchos de estos poemas funcionan como aldabonazos, como toques en la puerta/pecho ajeno. Como círculos concéntricos que se explayan en el estanque de los días y de la memoria. No es un libro de tanteos, de aprendizajes, aunque el poeta mañana se arrepienta de estos versos y salve apenas algunos de las llamas del olvido, a la par que otros libros van cobrando vida. No lo es: Reynaldo nos entrega un cuaderno sólido para ser prístino, sincero y soñador también. No hay experimentación más allá de la que naturalmente germinan, no hay rejuegos (apenas repeticiones que refuerzan el ritmo en varios poemas) ni bucolismo. El joven poeta ha leído lo necesario, absorbiendo vorazmente, muchas veces de forma indistinta, sin pautas ni orden más que las que él mismo se crea, sin seguir modas, ni autores claves, académicos para otros, solo por el placer de la lectura, y por la acumulación del sedimento vital, esa semilla que, después de las estaciones de lluvia, el sol, la labranza y los cuidados, germina en poesía.

“Último tiempo”

Por años fui un animal y eran pocos

los animales en esos años.

Pero era gustoso marcar la diferencia:

barba, camisa, pantalones rotos

foto vanessa pernía

y una estudiante de psicología por novia.

Pero ahora todos quien

hacer de esto la moda.

La moda es lo que sigue

cuando en la cabeza no queda nada más.

Por eso he decidido dejar de ser un animal:

por espeto a mi cabeza.

Ser una cosa sin pelos

y sin camisa y sin pantalones.

foto vanessa pernía

Todo esto es una excusa, una metáfora (las vacas, el ganado, el país). Una metáfora cárnica, podría pensarse. Una metáfora roja, también. Una metáfora cruel, además. Reynaldo, en cambio, prefiere explorar la vida, las relaciones familiares (la madre aquí como un péndulo vital, en poemas como “Matrioska” o como “Pachamama”) y las amorosas, aunque sabe que él, Reynaldo Zaldívar, “está condenado a caer/ por el borde caótico/ de la palabra” (“Nacimiento”), pues sencillamente “somos bestias acostumbradas a la carne. Hace tiempo olvidamos morder/ el cuerpo desnudo. (…) …somos bestias/ que levantamos piedras” (“Billy”).

“Pachamama”

Mi hijo es el colmo de los poetas –dice– y la lengua silva cuando pronuncia poetas y se le cae del rostro una mueca. Mi hijo es una suerte de animal idiomático. Allí está tirado entre los papeles como un papel más. hijo-papel tirado al que le nace un poema que no alcanza para comprar arroz. Mi hijo se morirá de hambre por escribir (escribirse) poesía y nos matará de hambre por escribir (escribirse) poesía. Mi hijo es el colmo de los poetas –dice– y la lengua silva cuando pronuncia poetas y se le cae del rostro una mueca.

Cortesía de Ediciones La Luz

Hay su poco de sabiduría, de salmo y salterio, de vieja pieza de jazz en estos poemas, escritos quién sabe bajo qué sol o bajo qué noche insular, en qué jardines invisibles de la literatura. Y sobre todo hay mucho de poesía en Carne roja, con edición de Luis Yuseff; libro con el cual Reynaldo Zaldívar desbroza la maleza desde una sinceridad lírica sin miramientos y se sienta, tranquilo, a la mesa, servidos y humeantes los platos, listo para enfrentarse de nuevo a la palabra.