Bukowski


Las voces de La Luz y los hombres del centenario (+ audio)

El sonido se disipa y si quedan los falsos abalorios, no habremos comprendido nada. Los podcasts precisan necesariamente el sentido directo de las palabras. Liset Prego, editora de Ediciones La Luz, es la voz que incita a la lectura en colaboración conjunta desde su proyecto La NarraTK y nuestra casa editora.

El podcast Los hombres del centenario es un tríptico donde se recogen cuentos de Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury. Tienes la facilidad de ir haciendo varias cosas mientras consumes literatura, la rutina se hace más llevadera, sobre todo en tiempos donde la tecnología ha apartado a muchos del placer del olor al libro impreso, he aquí otra manera de estar conectados. Prego y su esposo Marjel Morales Gato, quien precisa la edición, alojan estos proyectos en la plataforma spreaker.com. En esta edición del Celestino de Cuento, nuestro sello insiste porque #ElSonidoEsUnaPuertaSeguraHaciaElCorazón.

Clase, de Charles Bukowski

No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tío. Había periodistas, críticos, escritores —bueno, toda esa tribu— y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Solo hablaban entre sí y se reían.

El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.

Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.

—¿Señor Hemingway?

—¿Sí, ¿qué pasa?

—Me gustaría cruzar los guantes con usted.

—¿Tienes alguna experiencia en boxeo?

—No.

—Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.

—Mire, estoy aquí para romperle el culo.

Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tío que estaba en el rincón.

—Ponle al chico unos calzones y unos guantes.

El tío saltó fuera del ring y yo le seguí hasta los vestuarios.

—¿Estás loco, chico? —me preguntó.

—No sé. Creo que no.

—Toma. Pruébate estos calzones.

—Bueno.

—Oh, oh… Son demasiado grandes.

—A la mierda. Están bien.

—Bueno, deja que te vende las manos.

—Nada de vendas.

—¿Nada de vendas?

—Nada de vendas.

—¿Y qué tal un protector para la boca?

—Nada de protectores.

—¿Y vas a pelear en zapatos?

—Voy a pelear en zapatos.

Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.

No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.

—Ahora, cuando caigas a la lona —me dijo el árbitro—, yo…

—No me voy a caer —le dije al árbitro.

Siguieron otras instrucciones.

—Muy bien, volved a vuestros rincones; y cuando suene la campana, salid a pelear. Que gane el mejor. Y —se dirigió hacia mí— será mejor que te quites ese puro de la boca.

Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo, y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.

Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un contínuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla, me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.

Un tío vino con una toalla.

—El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.

—Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.

El tío con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.

Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.

¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.

Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde.

Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.

Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tío.

—¿Quién eres? —me preguntó—. ¿Cómo te llamas?

—Henry Chinaski.

—Nunca he oído hablar de ti —dijo.

—Ya oirás.

Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo —bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas

cosas—. Y clase, verdaderos rayos de clase.

—¿Qué sueles hacer? —preguntó alguien.

—Follar y beber.

—No, no, quiero decir en qué trabajas.

—Soy friegaplatos.

—¿Friegaplatos?

—Sí.

—¿Tienes alguna afición?

—Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.

—¿Escribes?

—Sí.

—¿El qué?

—Relatos cortos. Son bastante buenos.

—¿Has publicado algo?

—No.

—¿Por qué?

—No lo he intentado.

—Dónde están tus historias?

—Allá arriba —señalé una vieja maleta de cartón.

—Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.

—Por mí, de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.

La estrella de clase y alta sociedad se acercó:

—Él estará conmigo. —Luego me dijo—. Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que… hablar.

Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.

—¿Qué coño pasó?

—Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway —le dijo alguien.

Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.

—Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.

Estreché su mano: —No te vueles los sesos.

Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.

El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.

—George —le dijo—, tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.

Entramos y había un tío enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.

—Tommy —dijo ella—, desaparece.

Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.

—¿Quién era ese grandulón?

—Thomas Wolfe —dijo ella—. Un coñazo.

Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.

Entonces dijo:

—Vamos.

La seguí hasta el dormitorio.

A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.

—¿Señor Chinaski?

—¿Sí?

—Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!

—¿SOlo de la década?

—Bueno, tal vez del siglo.

—Eso está mejor.

—Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.

—Me lo creo —dije.

El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

Cómo ocurrió, de Isaac Asimov

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

—En el principio —dijo—, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo…

Pero yo había dejado de escribir.

—¿Hace quince mil doscientos millones de años? —pregunté, incrédulo.

—Exactamente —dijo—. Estoy inspirado.

—No pongo en duda tu inspiración —aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas)—. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?

—Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro —dijo, palmeándose la frente—, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.

—¿Sabes cuál es el precio del papiro? —dije.

—¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro).

—Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

—¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

—Mucho —puntualicé—, si esperas llegar al gran público.

—¿Qué te parecen cien años?

—¿Qué te parecen seis días?

—No puedes comprimir la Creación en solo seis días —dijo, horrorizado.

—Ese es todo el papiro de que dispongo —le aseguré—. Bien, ¿qué dices?

—Oh, está bien —concedió, y empezó a dictar de nuevo—. En el principio… ¿De veras han de ser solo seis días, Aarón?

—Seis días, Moisés —dije firmemente.

El tío Einar, de Ray Bradbury

—Llevará sólo un minuto —dijo la dulce mujer del tío Einar.

—Me opongo —dijo el tío Einar—. Y eso sólo lleva un segundo.

—He trabajado toda la mañana —dijo ella, sosteniéndose la espalda delgada—, ¿y tú no me

ayudarás ahora? El tamborileo anuncia lluvia.

—Pues que llueva —dijo el tío Einar con despreocupación—. No dejaré que me traspase un

relámpago sólo por airear tus ropas.

—Pero lo haces tan rápido…

—Repito, me opongo.

Las vastas alas alquitranadas del tío Einar zumbaban nerviosamente detrás de los hombros

indignados.

La mujer le alcanzó una cuerda delgada con cuatro docenas de ropas recién lavadas. El tío

Einar sostuvo la cuerda entre los dedos, mirándola con profundo desagrado.

—De modo que hemos llegado a esto —murmuró amargamente—. A esto, a esto, a esto.

Parecía a punto de derramar unas lágrimas tristes y ácidas.

—Anda, no llores, o las mojarás de nuevo —dijo la mujer—. Salta ahora, paséalas.

—Paséalas. —La voz del tío Einar sonaba hueca, terriblemente lastimada.— Pues yo digo: que

truene, ¡que llueva a cántaros!

—No te lo pediría si fuese un día hermoso y soleado —dijo la mujer, razonable—. Todo mi lavado

sería inútil si no me ayudas. Tendré que colgarlas en la casa…

Esto convenció al tío Einar. Sobre todas las cosas odiaba las ropas que cuelgan como banderas

o festones, de modo que un hombre tiene que arrastrarse por el suelo para cruzar un cuarto.

Saltó en el aire, y las vastas alas verdes zumbaron.

—¡Sólo hasta la valla de la pradera!

Una sola voltereta, y arriba: las alas mordieron el hermoso aire fresco. Antes que uno pudiese

decir: «el tío Einar tiene alas verdes» ya navegaba a baja altura por encima de la granja,

arrastrando las ropas en un largo lazo aleteante detrás de los golpes pesados de las alas.

—¡Ahora!

De vuelta ya del viaje el tío Einar trajo flotando las ropas, secas como granos de maíz, y las

depositó en las mantas limpias que la mujer había preparado.

—¡Gracias!

—¡Bah! —gritó el tío Einar, y voló a rumiar sus pensamientos debajo del manzano.

Las hermosas alas sedosas del tío Einar le colgaban detrás como las velas verdes de un barco,

y cuando estornudaba o se volvía bruscamente le chirriaban o susurraban en los hombros.

Era uno de los pocos de la familia con un talento claramente visible. Todos los primos y

sobrinos y hermanos oscuros vivían ocultos en pueblos pequeños del mundo entero, hacían

cosas mentales invisibles o cosas con dedos de bruja y dientes blancos, o descendían por el

cielo como hojas en llamas, o saltaban en los bosques como lobos plateados por la luna.

Vivían relativamente a salvo de los seres humanos comunes. No así un hombre con grandes

alas verdes.

No era que odiara sus alas. Lejos de eso. En su juventud había volado siempre de noche,

pues las noches son momentos excepcionales para un hombre alado. La luz del día tiene sus

peligros, siempre los tuvo, siempre los tendría; pero en las noches, ah, en las noches había

navegado sobre islas de nubes y mares de cielo de verano. Sin correr ningún peligro. Había

disfrutado realmente de aquellos vuelos.

Pero ahora no podía volar de noche.

De regreso a un alto paso en ciertas montañas de Europa, luego de una reunión de familia en

Mellin Town, Illinois (hace algunos años), había bebido demasiado vino tinto. «Pronto estaré

bien», se había dicho a sí mismo, vagamente, mientras volaba bajo las estrellas del alba,

sobre las lomas que se extendían más allá de Mellin, y soñaba a la luz de la luna. Y de

pronto…, un crujido en el cielo…

Una torre de alta tensión.

¡Como un pato en una red! Un tremendo siseo. La chispa azul de un cable le cruzó y

ennegreció la cara. Las alas golpearon hacia adelante parando la electricidad, y el tío Einar se

precipitó cabeza abajo.

Cayó en el prado iluminado por la luna al pie de la torre y fue como si alguien hubiese arrojado

desde el cielo una voluminosa guía de teléfonos.

A la mañana siguiente, temprano, se incorporó sacudiendo violentamente las alas empapadas

de rocío. La única luz era una débil franja de alba extendida a lo largo del este. Pronto esa

franja se coloraría y todos los vuelos quedarían restringidos. No había otra solución que

refugiarse en el bosque y esperar escondido en los matorrales a que otra noche ocultara los

movimientos celestes de las alas.

Así conoció el tío Einar a la que sería su mujer.

Durante el día, un primero de noviembre excepcionalmente cálido en las tierras de Illinois, la

joven Brunilla Wexley salió a ordeñar una vaca perdida; llevaba en la mano un cubo plateado

mientras se deslizaba entre los matorrales y le rogaba inteligentemente a la vaca invisible

que por favor volviera a la casa o la leche le reventaría las entrañas. El hecho casi seguro de

que la vaca volvería sola cuando las ubres necesitaran realmente atención no preocupaba a

Brunilla Wexley. Era una buena excusa para pasear por el bosque, soplar flores de cardo y

morder hojas; todo lo que estaba haciendo Brunilla cuando tropezó con el tío Einar.

Dormido junto a un arbusto, parecía un hombre debajo de un alero verde.

—Oh —dijo Brunilla, entusiasmada—. Un hombre. En una tienda de campaña.

El tío Einar despertó. La tienda de campaña se abrió detrás como un alto abanico verde.

—Oh —dijo Brunilla, la buscadora de vacas—. Un hombre con alas.

Así se lo tomó ella. Estaba sorprendida, sí, pero nunca le habían hecho daño, de modo que

no le tenía miedo a nadie, y esto de encontrarse con un hombre alado no pasaba todos los

días, y se sentía orgullosa. Empezó a hablar. Al cabo de una hora eran viejos amigos, y al

cabo de dos horas Brunilla había olvidado las alas. Y el tío Einar le confesó de algún modo

cómo había llegado a parar a este bosque.

—Sí, ya noté que estás golpeado por todos lados —dijo Brunilla—. Esa ala derecha tiene mal

aspecto. Será mejor que te lleve a casa y te la arregle. De todos modos, no podrías volar así

hasta Europa. Y además, ¿quién quiere vivir en Europa en estos días?

El tío Einar se lo agradeció, aunque no entendía muy bien cómo podía aceptar.

—Pero vivo sola —dijo Brunilla—. Pues, como ves, soy bastante fea.

El tío Einar insistió diciendo que todo lo contrario.

—Qué amable eres —dijo Brunilla—. Pero soy fea, no me engaño. Mis padres han muerto. Tengo

una granja, grande, toda para mí sola, lejos de Mellin Town, y necesito a alguien con quien

hablar.

Pero ¿ella no sentía miedo?, preguntó el tío Einar.

—Orgullo y celos sería más exacto. ¿Puedo?

Y Brunilla acarició las membranosas alas verdes con una envidia cuidadosa. El tío Einar se

estremeció y se puso la lengua entre los dientes.

De modo que no había otro remedio: ir a la casa de ella en busca de medicinas y ungüentos,

y qué barbaridad, qué quemadura en la cara, ¡debajo de los ojos!

—Suerte que no quedaste ciego —dijo Brunilla—. ¿Cómo pasó?

—Bueno… —dijo el tío Einar, y ya estaban en la granja, notando apenas que habían caminado

un kilómetro y medio mirándose a los ojos.

Pasó un día y otro, y el tío Einar le dio las gracias desde el umbral y dijo que debía irse, que

apreciaba mucho el ungüento, los cuidados, el alojamiento. Caía la noche y entre ahora, las

seis, y las cinco de la mañana tenía que cruzar un continente y un océano.

—Gracias, adiós —dijo, y desplegó las alas y echó a volar en el crepúsculo y se llevó por delante

un arce.

—¡Oh! —gritó Brunilla, y corrió hacia el cuerpo inconsciente.

Cuando el tío Einar despertó, al cabo de una hora, supo que ya nunca más podría volar en la

oscuridad; había perdido la delicada percepción nocturna. La telepatía alada que le había

señalado la presencia de torres, árboles, casas y colinas, la visión y la sensibilidad tan claras

y sutiles que lo habían guiado a través de laberintos de bosques, acantilados y nubes, todo

había sido quemado para siempre, reducido a nada por aquel golpe en la cara, aquella

chicharra y aquel siseo azul eléctrico.

—¿Cómo? —se quejó el tío Einar en voz baja—. ¿Cómo iré a Europa? Si vuelo de día, me verán,

y ay, qué pobre chiste, ¡quizás hasta me bajen de un tiro!

O quizá me encierren en un jardín zoológico, ¡qué vida sería esa! Brunilla, ¿qué puedo hacer?

—Oh —murmuró Brunilla, mirándose los dedos—. Ya se nos ocurrirá algo…

Se casaron.

La Familia asistió a la boda. En una inmensa precipitación otoñal de hojas de arce, sicómoro,

roble, olmo, los parientes susurraron y murmuraron, cayeron en una llovizna de castañas de

Indias, golpearon la tierra como manzanas de invierno, y en el viento que levantaban al llegar

a la boda sobreabundaba el aroma del pasado verano. La ceremonia fue breve como una vela

negra que se enciende, se apaga con un soplido, y deja un humo en el aire. La brevedad, la

oscuridad, esa cualidad de movimientos invertidos y al revés se le escaparon a Brunilla, atenta

sólo a la pausada marea de las alas del tío Einar, que murmuraban dulcemente sobre ellos

mientras concluía el rito. En cuanto al tío Einar, la herida que le cruzaba la nariz estaba casi

curada, y tomando del brazo a Brunilla sentía que Europa se debilitaba y desvanecía a lo lejos.

No tenía que ver demasiado bien para volar directamente hacia arriba o descender en línea

recta. Fue pues natural que en esta noche de bodas tomara a Brunilla en brazos y volara

verticalmente hacia el cielo.

Un granjero, a cinco kilómetros de distancia, a medianoche, le echó una ojeada a una nube

baja y alcanzó a ver unos resplandores y unas débiles estrías luminosas.

—Luces de tormenta —dijo, y se fue a la cama.

El tío Einar y Brunilla no descendieron hasta la mañana, junto con el rocío.

El matrimonio prosperó. Le bastaba a Brunilla mirar al tío Einar, y pensar que era la única

mujer del mundo casada con un hombre alado. «¿Qué otra mujer podría decir lo mismo?», le

preguntaba al espejo. Y la respuesta era siempre: «¡Ninguna!».

El tío Einar, por su parte, pensaba que el rostro de Brunilla ocultaba una verdadera belleza,

una bondad y una comprensión admirables. Consintió en algunos cambios de dieta para

conformar a Brunilla, y tenía cuidado con las alas cuando andaba dentro de la casa; las

porcelanas golpeadas y las lámparas rotas irritan siempre los nervios, y el tío Einar se

mantenía a distancia de esos objetos. Cambió también de hábitos de dormir, pues de

cualquier modo ya no podía volar de noche. Y ella a su vez arregló las sillas, acomodándolas

a las alas, poniendo unas almohadillas extras aquí o quitándolas allá, y las cosas que decía

eran las que más agradaban al tío Einar.

—Estamos aún encerrados en capullos, todos nosotros —decía Brunilla—. Mira qué fea soy, pero

un día romperé la cáscara y extenderé un par de alas tan delicadas y hermosas como las

tuyas.

—Has roto la cáscara —dijo el tío Einar.

Brunilla pensó un momento.

—Sí —admitió al fin—. Hasta sé qué día ocurrió. En los bosques, ¡cuando buscaba una vaca y

encontré una tienda de campaña!

Los dos rieron, y sintiendo el abrazo del tío Einar, Brunilla supo que gracias al matrimonio

había salido de la fealdad, así como una espada brillante sale de la vaina.

Tuvieron niños. Al principio el tío Einar temió que nacieran con alas.

—Tonterías, ojalá fuera así —dijo Brunilla—. Nunca les pondríamos el pie encima.

—No —dijo el tío Einar—, ¡pero se te subirían a la cabeza!

—¡Ay! —lloró Brunilla.

Nacieron cuatro hijos, tres niños y una niña, tan movedizos que parecían tener alas. A los

pocos años saltaban como renacuajos, y en los días calurosos de verano le pedían al padre

que se sentara bajo el manzano y los abanicara con las alas refrescantes y les contara

historias fantásticas a la luz de las estrellas acerca de islas de nubes y océanos de cielos y

formas de nieblas y viento y el sabor de un astro que se le disuelve a uno en la boca, y de

cómo bebes el helado aire de la montaña, y cómo te sientes cuando eres un guijarro que cae

desde el monte Everest y te transformas en un capullo verde abriendo las alas como los

pétalos de una flor poco antes de golpear el suelo.

Eso había sido el matrimonio del tío Einar.

Y hoy, seis años después, aquí estaba el tío Einar, aquí estaba sentado, envenenándose

debajo del manzano, sintiéndose cada vez más impaciente y malévolo, no porque así lo

deseara sino porque después de la larga espera era todavía incapaz de volar en el abierto

cielo nocturno; nunca había recuperado el sentido extra. Aquí estaba, desalentado, convertido

en un mero parasol, descartado y verde, abandonado ahora por los veraneantes infatigables

que en otro tiempo habían buscado el refugio de la sombra translúcida. ¿Tendría que estar

aquí para siempre, sin atreverse a volar de día porque alguien podía verlo? ¿No sería ya otra

cosa que un secador de ropas para Brunilla o un abanico para niños en las noches calurosas

de agosto? Hasta hacía seis años había sido siempre el mensajero de la Familia, más rápido

que una tormenta. Volando sobre lomas y valles, como un bumerán, y aterrizando como una

flor de cardo. Siempre había dispuesto de dinero; ¡a la Familia le era muy útil el hombre con

alas! Pero ¿ahora? Amarguras. Las alas estremecieron y barrieron el aire y sonaron como un

trueno cautivo.

—Papá —dijo la pequeña Meg.

Los niños miraban la cara pensativa y oscurecida del padre.

—Papá —dijo Ronald—, ¡haz más truenos!

—Hoy es un día frío de marzo, lloverá pronto y habrá muchos truenos —dijo el tío Einar.

—¿Vendrás a vernos? —preguntó Michael.

—¡Corred, corred! ¡Dejad reflexionar a papá!

Estaba cerrado al amor, a los hijos del amor y al amor de los hijos. Sólo pensaba en cielos,

firmamentos, horizontes, infinitudes, de noche o de día, a la luz de las estrellas, la luna o el

sol, cielos nublados o claros, pero siempre cielos, firmamentos y horizontes que se extendían

interminables en las alturas. Y aquí estaba ahora, navegando en el césped, siempre abajo,

para que no lo vieran.

¡Qué estado miserable, en un pozo hondo!

—¡Papá, ven a mirarnos, es marzo! —gritó Meg—. ¡Y vamos a la loma con todos los niños del

pueblo!

—¿Qué loma es ésa? —gruñó el tío Einar.

—¡La loma de las Cometas, por supuesto! —cantaron los niños.

El tío Einar los miró por primera vez.

Cada uno de los niños tenía en las manos una cometa de papel, y el calor de la excitación y

un resplandor animal les encendía las caras. Los deditos sostenían unas pelotas de cordel

blanco. De las cometas, rojas y azules y amarillas y verdes, colgaban colas de algodón y

trozos de seda.

—¡Remontaremos las cometas! —le dijo Ronald—. ¿No vienes?

—No —dijo el tío Einar tristemente—. No tiene que verme nadie o habrá dificultades.

—Puedes esconderte y mirar desde los bosques —dijo Meg—. Hicimos las cometas nosotros

mismos. Pues sabemos cómo.

—¿Cómo lo sabéis?

—¡Porque somos tus hijos! —fue el grito instantáneo—. ¡Por eso!

El tío Einar miró a los niños largo rato. Suspiró.

—Un festival de cometas, ¿no es así?

—¡Sí, señor!

—Ganaré yo —dijo Meg.

—¡No, yo! —contradijo Michael.

—¡Yo, yo! —pió Stephen.

—¡Dios de las alturas! —rugió el tío Einar, saltando hacia arriba, batiendo el ensordecedor timbal

de las alas—. ¡Niños, niños, os amo tiernamente!

—Papá, ¿qué pasa? —dijo Michael, retrocediendo.

—¡Nada, nada, nada! —entonó Einar. Flexionó las alas hasta el punto máximo de propulsión y

embestida. ¡Bum! Las alas golpearon como címbalos. La ola de aire tiró a los niños al suelo—

¡Lo conseguí, lo conseguí! ¡Soy libre de nuevo! ¡Fuego en la caldera! ¡Pluma en el viento!

¡Brunilla! —Einar llamó a la casa. Brunilla apareció en el umbral.— ¡Soy libre! —llamó Einar,

emocionado y alto, de puntillas—. Escucha, Brunilla, ¡ya no necesito la noche! ¡Puedo volar de

día! ¡No necesito la noche! ¡De ahora en adelante volaré todos los días y cualquier día del

año! Pero… pierdo tiempo, hablando. ¡Mira!

Y mientras Brunilla y los niños lo miraban preocupados, Einar sacó la cola de algodón de una

de las cometas y se la ató al cinturón, a la espalda; tomó la pelota de cordel, se puso una

punta entre los dientes y les dio la otra punta a los niños ¡y voló, arriba, arriba en el aire,

alejándose en el viento de marzo!

Y los niños de Einar corrieron por los prados, cruzando las granjas, soltando cordel al cielo

soleado, trinando y tropezando, y Brunilla, de pie en el patio, saludaba con la mano y reía, y

los niños fueron a la loma de las Cometas sosteniendo la pelota de cordel entre los dedos

ávidos, y orgullosos, todos tirando y tironeando y dirigiendo. Y los niños de Mellin Town

llegaron corriendo con sus pequeñas cometas para soltarlas al viento y vieron la gran cometa

verde que saltaba y oscilaba en el cielo y exclamaron:

—¡Oh, oh, qué cometa! ¡Qué cometa! ¡Oh, cómo me gustaría una cometa parecida! ¿Dónde,

dónde la consiguieron?

—¡La hizo papá! —gritaron Meg y Michael y Stephen y Ronald, y tironearon animadamente del

cordel y la zumbante y atronadora cometa se zambulló y remontó en el cielo, y cruzando una

nube dibujó un largo y mágico signo de exclamación.


Antes que anochezca, Celestino irá repartiendo alas (+ audio)

«Antes que anochezca iremos repartiendo alas.» Celestino despierta en Holguín con un dossier repleto de cuentos en las voces de jóvenes escritores de la Asociación Hermanos Saíz. Otros entendidos se aproximan a la vida de los centenarios Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury, a los que estará dedicado este evento.

En su XXI edición, Celestino de Cuento no se detiene, la gente no sabe nada del mundo, pero tiene cómo saberlo. Ediciones La Luz una vez más precisa podcast, cápsulas promocionales, postales, así que no te asombres de mi astucia sino de tu ignorancia que la hace resaltar, sonreímos, la irreverencia y la medida están conferidas a los escritores de buena voluntad.

Invadimos la privacidad del lector con la idea perenne de hacer prevalecer su ingenio, la actitud creativa ante la vida: desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del misterio, que es imprescindible para toda formación.

 Iremos aplastando el tedio de estos días, piensa menos, sueña más y duerme. Debemos retomar las épocas de ensueño, redescubrir en cada texto el alba. Alucinas. Ya no queda casi ningún árbol en pie. Nadie apaga luces, al contrario, es la estación incandescente, el resplandor del arte que persiste, #alaluzseleemejor, insistimos. Si tú no existieras yo tendría que inventarte.


Premio Celestino en 2.0 (Dossier)

Por Elizabeth Soto

«Antes que anochezca iremos repartiendo alas.» Celestino despierta en Holguín con un dossier repleto de cuentos en las voces de jóvenes escritores de la Asociación Hermanos Saíz. Otros entendidos se aproximan a la vida de los centenarios Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury, a los que estará dedicado este evento.

En su XXI edición, Celestino de Cuento no se detiene, la gente no sabe nada del mundo, pero tiene cómo saberlo. Ediciones La Luz una vez más precisa podcast, cápsulas promocionales, postales, así que no te asombres de mi astucia sino de tu ignorancia que la hace resaltar, sonreímos, la irreverencia y la medida están conferidas a los escritores de buena voluntad.

Invadimos la privacidad del lector con la idea perenne de hacer prevalecer su ingenio, la actitud creativa ante la vida: desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del misterio, que es imprescindible para toda formación.

 Iremos aplastando el tedio de estos días, piensa menos, sueña más y duerme. Debemos retomar las épocas de ensueño, redescubrir en cada texto el alba. Alucinas. Ya no queda casi ningún árbol en pie. Nadie apaga luces, al contrario, es la estación incandescente, el resplandor del arte que persiste, #alaluzseleemejor, insistimos. Si tú no existieras yo tendría que inventarte.


Celestino en las redes

Por Ediciones La Luz

El XXI Premio Celestino de Cuentos llega este junio. Convocado para jóvenes narradores cubanos desde la sección de Literatura de la Asociación de Hermanos Saíz en Holguín, el certamen literario de amplio reconocimiento en el ámbito de las letras cubanas, sesiona desde el 15 hasta el 19 de junio, esta vez desde las redes sociales a causa del confinamiento impuesto por la permanencia de la COVID-19 en el país.

El “Celestino” estará dedicado a los centenarios de Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury y sobre sus obras respectivas sesionarán paneles teóricos, conversatorios y mesas de lecturas con autores holguineros de mayor o menor experiencia.

Circularán en plataformas como Instagram, Facebook, Twitter y páginas web como Cubaliteraria, Cubarte, Portal del Arte Joven Cubano, dosieres dedicados a los centenarios Asimov, Bukowski y Bradbury; postales digitales con textos de narradores cubanos, fotorreportajes de las ediciones anteriores del evento, podcast y materiales audiovisuales en YouTube.

Igualmente se presentarán novedades editoriales como Animal de otra raza, de Maribel Feliú; Instrucciones para divorciar a un hombre, de Juan I. Siam y Ojos para no ver las cosas simples, de Martha Acosta, cuaderno que resultara ganador en la edición de 2018 de este Premio.

La convocatoria cerró el día primero y más de 40 autores aspiran al galardón que implicará la publicación del título por Ediciones La Luz. El jurado, compuesto por Mariela Varona, Rubén Rodríguez y Adalberto Santos, trabaja ya en la selección del ganador que se dará a conocer en la tarde del día 19. 


Entre el espanto y la ternura, Celestino canta

Por Yailén Campaña Cisneros

Todo hombre se parece a su dolor.

André Malraux

Solo la infancia es nuestra.

El resto pertenece a los extraños.

Don DeLillo

  • …la historia de la literatura cubana de los últimos treinta años[1] se ha caracterizado por ser una historia de las exclusiones y, por supuesto, las instancias ideológicas y políticas han sido protagonistas en ello. Así, se ha promovido una bifurcación que remite a la existencia de dos literaturas cubanas en pugna: una dentro del país y otra en el extranjero, una comprometida con la Revolución y otra en contra del proyecto revolucionario. En esta historia de las exclusiones hemos participado todos.[2]

Uno de los autores que ha quedado oculto tras ese velo de silencio es Reinaldo Arenas (Holguín, 1943-Nueva York, 1990). Y aunque su última novela, Antes que anochezca (1992), logra mayor fama internacional —por la coyuntura de ser su texto más abiertamente irreverente, además del impacto por su publicación póstuma—; fue su primera obra, Celestino antes del alba (1967, primera mención del Premio Uneac en 1965), la que formó parte de un corpus narrativo que introduce en el ámbito literario cubano a un tipo de narrador con características muy especiales, el narrador niño, que será retomado con ímpetu en los años ochenta por una nueva generación de escritores, corriente conocida como «cuentística del deslumbramiento»,[3] «narrativa de la adolescencia» o «de la ética».[4]

Celestino antes del alba recrea el enfrentamiento con su entorno de un niño de campo, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. De su argumento poco convencional se desprende el tema de la eterna defensa de la belleza y la realización personal. Los recursos del lenguaje y las técnicas narrativas hacen gala de un manejo excepcional que estalla en la mayor contribución artística de esta novela: la persona que enuncia el discurso desde un «yo» que la identifica como narrador-niño-protagonista y que queda indisolublemente ligada al personaje de Celestino, quien asume la función de receptor del discurso (narratario).

Desde el propio título esta novela nos revela el lirismo de sus páginas. Y es que en más de una ocasión su autor afirmó su mayor aspiración: ser recordado por la poesía implícita en sus novelas y relatos. Celestino antes del alba encierra dos sustantivos claves para la comprensión del texto: el primero, propio, adelanta al lector que el relato narra la historia de un personaje masculino (Celestino), mientras el segundo aporta la ubicación temporal —en el caso de que se interprete como lo sucedido al personaje en una noche— aunque en la lectura se comprueba su significado metafórico. El vocablo alba alude a la iniciación del día, al amanecer, la aurora, la primera luz antes de la salida del sol, pero además proviene del latín albus, que significa blanco, y es ese precisamente uno de los momentos más disfrutados por el niño protagonista de la novela, cuando la neblina cubre todo el campo con su espesa luz blanquecina. Pero el momento al que se refiere es al que le antecede, la noche, hora destinada al sueño, espacio que desarrolla la trama. Todas las acciones están condicionadas por los destellos de lúcida conciencia mental del estado de vigilia que alternativamente acompaña al sueño: «Ahora es mejor que dejes tranquila tu imaginación, pues en cuanto dejes de soñar y duermas más, ellos no te habrán de molestar. No pienses, o piensa menos […] Ya sabes: piensa menos, sueña más, y duerme, y duerme».[5]

Los procesos del razonamiento infantil mantienen activa una elevada capacidad imaginativa que conduce el pensamiento por un mundo donde la fantasía es asumida como única rectora mientras los límites de lo posible se disuelven. Ello encierra la significación lírica de esta historia que enuncia el maravilloso mundo de la infancia, ese fragmento de la existencia humana en que todo asombra y sorprende. Es la etapa de descubrimiento y reconocimiento de una realidad que deslumbra con cada nueva sensación, mientras se va dirigiendo esa sensibilidad hacia la aceptación o el rechazo de los objetos, provocada por el conocimiento asociativo de la percepción sensitiva que les corresponde. Así, el niño que despierta en estas páginas retiene la agradable sensación que le despierta el olor de la tierra cuando llueve o la frescura en sus pies cuando la pisa.

La novela concluye en el umbral de la adolescencia, del alba como despertar ante esa realidad que se impone a la imaginación, dejando atrás el mundo de ensueños habitado por brujas y duendes. El fin de la infancia se indica simbólicamente en la muerte del personaje. Muerte que es salvación, ascensión al limbo, a la eterna inocencia que perseguía en sus viajes a la luna para escapar de un ambiente repulsivo y miserable.

Arenas recrea el enfrentamiento de un niño de campo con su entorno, cuya voz describe la realidad tal como se le presenta, matizada por las alucinaciones que toman vida en su imaginación. El clímax de la narración se halla en la vida fabulada de ese niño marcado por el sufrimiento que le provoca la ausencia del padre y los maltratos de una familia que lo repudia porque representa la frustración de la madre abandonada, que amenaza a cada instante con suicidarse. Para escapar de la soledad, la pobreza, la ignorancia y el convencionalismo de su familia, incapaz de enfrentar la crueldad y el horror de su circunstancia, se inventa un álter ego, personaje que encarna al primo Celestino, el poeta que escribe en los árboles. La poesía es la vía de salvación inicial ante la insulsa vida que le imponen, que encuentra su antagónico en la figura del abuelo que derriba con su hacha los troncos escritos. La escritura y la creatividad se defienden como una forma de rebelión contra la autoridad destructiva de la familia.

La historia transcurre entre los juegos, invenciones y tristezas del protagonista y las constantes persecuciones de la familia que no acepta la identidad diferente y contradictoria de un niño «débil» y «amanerado». Tres diferentes finales multiplican las lecturas de esta novela circular y con cada uno se anuncia la implacable muerte del protagonista, que tiene lugar en el último final. La historia, que comenzó en el pozo con los gritos de la madre anunciando un suicidio que no se atreve a cometer, termina justo allí con la liberación por fin alcanzada de su protagonista, quien entre sombras anuncia lo sucedido antes que las luces del alba alcancen a entregarle otro tiempo para contar, vivir.

Otro de los motivos que se reitera en toda la trama es la muerte, como acto de rebeldía y liberación, lo que destaca algunas de las obsesiones fundamentales de su autor: la nostalgia, el misterio de la madre y el amor a la libertad. Y es que la novela trabaja con evocaciones de corte autobiográfico: «Es autobiográfico también el ambiente, la brutal inocencia con que se expresan los personajes […] en lo que respecta a la aparición de las brujas y los duendes, los primos muertos, el coro de tías infernales, el acoso de infatigables hachas, los desplazamientos del personaje hacia la luna (las huidas) sin obtener resultados ventajosos».[6] 

La concepción del relato es novedosa por la desfiguración espacio-temporal: el espacio se reduce y comprime hasta ubicarse solo en la casa, mientras la historia carece de linealidad, esto se logra con el uso de varios métodos para fraccionar o recuperar el tiempo a través de las asociaciones casuales y la memoria, que se proyecta como un ejercicio de lucidez. La constante exploración del recuerdo y del universo imaginario da lugar a una hábil disposición para presentar la estratificación de la memoria y de la capacidad de invención de la mente infantil, en una prosa que a veces se aproxima al estilo de la lírica. Esta mezcla de realidad e imaginación forma un entretejido de alucinación donde el triunfo de la pureza es todo un símbolo. Se incorpora una técnica narrativa que fractura la continuidad de la trama en la búsqueda de una ambigüedad entre verdad y fantasía, entre mundo exterior e interior, que asume sin limitaciones la irracionalidad y el absurdo. Por tanto, esta obra transita entre lo que pudiera clasificarse como novela surrealista u onírica.

En cuanto a los componentes formales, es preciso subrayar la incorporación de procedimientos innovadores y experimentales que enriquecen los recursos técnicos del género, como el empleo del monólogo interior con que se trata de captar los estados de conciencia del protagonista, que por momentos se convierte en caótico debido al sinsentido del lenguaje que intenta reproducir estados de completo desgarramiento interior.

«Nueva, revolucionaria, con desaliño inherente y necesario, Celestino antes del alba, se coloca como uno de los más legítimos experimentos de lo más joven de nuestra novelística […] Es una obra tensa, ambigua»,[7] «[…] una de las novelas más hermosas que se haya escrito jamás sobre la infancia, la adolescencia y la vida en Cuba».[8]

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[1] Hago mías las palabras de Rogelio Rodríguez Coronel en su intervención en el encuentro “Cultura e identidad nacional”, celebrado en junio de 1995 en La Habana.

[2] Rogelio Rodríguez Coronel: Cuba, novela, revolución (“Colección Aché”). Universidad de La Habana, Facultad de Artes y Letras, [s.f.], p. 26.

[3] Francisco López Sacha: “El personaje reflexivo en la nueva cuentística”, en Revolución y Cultura, No.1, ene/85, Ciudad de La Habana, p. 24-31.

[4] Luis Manuel García: “Contar el cuento”, en La Gaceta de Cuba, agosto 1988, p. 2-4.

[5] Reinaldo Arenas: Celestino antes del alba, Ediciones Unión, La Habana, 1967, p. 45.

[6] Reinaldo Arenas, apud Miguel Barnet: «Celestino antes y después del alba», en La Gaceta de Cuba, año 6, No. 60, julio-agosto 1967, p. 21.

[7] Barnet, op. cit.

[8] Carlos Fuentes, apud Lourdes Arencibia Rodríguez: Reinaldo Arenas entre Eros y Tánatos. Soporte Editorial, Colombia, 2001. p. 59.


Bukowski y la estética de la perversión

Por Mariela Varona Roque

  • Digan lo que digan, siempre hay algo malo escondido en los hombres que huyen del vino, de las cartas, de las mujeres hermosas o de una buena conversación.

 La afirmación de Voland en El Maestro y Margarita, de Bulgakov, parece escrita ex profeso para canonizar a uno de los malditos de las letras norteamericanas: Charles Bukowski. Devenido mito de la literatura underground, paradigma del realismo sucio y personaje favorito de sí mismo, Bukowski bebió, jugó y amó en proporciones escandalosas, y por alguna causa su estilo es aún visible en toda una tendencia dentro de la literatura cubana contemporánea.

Cientos de cuentos, una treintena de poemarios y cuatro novelas publicadas lo definen como un autor prolífico. Lo pasmoso es que la mayor parte de su obra la publicase después de cumplir cincuenta años, y que en poco tiempo convirtiera en figura polémica a un hombre que nunca votó, ni militó en partido político o movimiento literario alguno. La máquina de follar; Se busca una mujer; Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones; Escritos de un viejo indecente; bajo esos títulos se publicaron sus cuentos en editoriales baratas, tan sórdidas como su escritura. Esos cuentos, como las novelas (Factotum, Cartero, Mujeres y La senda del perdedor) hablan sobre borrachos, putas de mala muerte, peleas de bar e incontables escaramuzas sexuales, y ocurren en bares, hoteluchos, garitos, oficinas mugrientas y traspatios. En todas las historias el protagonista es el mismo: Henry Hank Chinasky, el álter ego de Bukowski.

Nacido en la ciudad alemana de Andernach en 1920, Bukowski fue el resultado de la unión de un soldado norteamericano con una joven lugareña, y la familia se trasladó a Los Ángeles cuando el hijo tenía dos años de edad. El romanticismo de lo que parece ser una común historia de amores de guerra se anula por las noticias sobre el comportamiento violento y despótico de Bukowski padre: un mitómano que hacía creer a los vecinos que era ingeniero cuando en realidad trabajaba en una lechería, y que metió la cara de Bukowski adolescente en su propio vómito cuando este ensució la alfombra en su primera borrachera. Buscando el alcohol como paliativo de su timidez, acrecentada por erupciones en el rostro que no lo hacían nada atractivo para las muchachas, el joven Bukowski huyó de la casa paterna para entregarse a sus dos grandes pasiones: la bebida y el sexo. La primera lo empujaba hacia el segundo, y este, al negársele, lo volvía de regreso a la primera.

Hizo una vida errabunda y desordenada, trabajó en un sinnúmero de empleos, viajó por los estados de la Unión, pero su destino final volvió a ser Los Ángeles, donde trabajó en una oficina de correos hasta que la publicación de su novela Cartero, en 1970, le decidió dedicarse exclusivamente a la escritura. A pesar de su empeño autodestructivo, la condición de lector impenitente lo había marcado para siempre.

Como diría en su poema «Días como navajas, noches llenas de ratas»: siendo muchacho dividí en partes iguales el tiempo/ entre los bares y las bibliotecas; cómo me las arreglaba para proveerme/ de mis otras necesidades es un puzzle; bueno, simplemente no me preocupaba demasiado por eso/ —si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado/ en otras cosas—/ los tontos crean su propio paraíso.

Y también: pero eran los filósofos quienes satisfacían/ esa necesidad/ que acechaba en alguna parte de mi confuso cráneo: vadeando/ por sus excesos y su/ vocabulario cuajado/ aún me asombraban/ saltaban hacia mí/ brincaban/ con una llameante declaración lúdica que parecía ser/ una verdad absoluta o una puta casi/ absoluta verdad,/ y esta certeza era la que yo buscaba en una vida/diaria que más bien parecía un pedazo de/ cartón.

Para terminar con: qué grandes tipos eran esos viejos perros, me ayudaron a atravesar/ esos días como navajas y noches llenas de ratas;/(…)/ mis hermanos, los filósofos, me hablaban como nadie/ venido de las calles o alguna otra parte; llenaban/ un inmenso vacío./ Qué buenos muchachos, ah, ¡qué buenos muchachos!

Bukowski es a la vez parte y consecuencia de la contracultura californiana. Como en Ginsberg y Kerouac, su discurso pertenece al hombre común que no puede ni quiere hacer suyo el sueño americano, y disfruta agrediendo la perfecta simetría de la moral burguesa. Pero digo consecuencia porque Charles Bukowski no tuvo las mismas expectativas que sus coetáneos hacia la obra creativa; tal vez sintió menos urgencia en ostentar su inconformidad con el orden y la moral. Aunque publicó un cuento en la revista Story en 1944, antes de dar a conocer el resto de su obra le tocó leer lo que escribían los Kerouac y los Ginsberg que, a pesar de su rebeldía y sus alegres locuras, siempre se las arreglaron para publicar a tiempo y eran santificados y aplaudidos por los jóvenes de su edad. De ahí que Bukowski pertenezca a la generación beat pero sea un beat tardío, un epígono si se quiere de la loca y transgresora ola que viró al revés las letras americanas.

Entre sus influencias literarias, además de sus adorados Henry Miller y Céline (aquel francés acusado luego de nazista), es pues perfectamente distinguible la prosa violenta y vivaz de Jack Kerouac y su atrevida exaltación de la libertad sexual. La opinión de Bukowski sobre otros escritores norteamericanos nos llega signada por su álter ego Chinasky en varias de sus obras: «Dejando a un lado a Dreiser, Thomas Wolfe es el peor escritor norteamericano, Burroughs es terriblemente aburrido, Faulkner una nulidad. Saroyan sería bueno si no fuera tan optimista». O si no: «¿Hemingway? No. Muy torvo, demasiado serio. Buen escritor, frases magníficas. Pero la vida para él siempre fue una guerra total. Nunca se soltaba, no bailaba nunca».

Detrás de esas boutades de eterno transgresor, había sin embargo un respeto hacia la escritura que no lograron quitarle ni las propias burlas sobre sí mismo. Escribía en una carta en 1961:

Yo solía jugar un juego conmigo mismo, un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la cárcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dólares en las carreras, me preguntaba, Bukowski, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y no fueras encontrado nunca excepto por pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? (…) la escritura, por supuesto, como el matrimonio, la caída de la nieve o las llantas de los autos, no siempre perdura. Tú puedes ir a la cama el miércoles en la noche siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana y ser otra cosa totalmente diferente. O puedes irte a la cama el miércoles por la noche siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un escritor. Este es el mejor tipo de escritores… Muchos de ellos mueren. Claro. Por sus arduos intentos; o por otro lado, porque se vuelven famosos y todo lo que escriben es publicado y ya no tienen que buscar más. La muerte tiene muchas avenidas. Y si a pesar de todo tú dices que mi material te gusta, quiero que sepas que si se vuelve roto, no será porque trate demasiado duro o muy poco, será porque me he quedado o sin cervezas o sin sangre. Para lo que sirva, puedo permitirme esperar: tengo mi vara y tengo mi arena.

Sin embargo, es raro encontrar la franqueza de ese empecinamiento en la obra publicada en español. Bukowski disfrutó tanto de su papel de automarginado que terminó convirtiéndose al final de su vida en lo que menos intentó devenir: fenómeno mediático. Ordinaria locura (1981), de Marco Ferreri, y El borracho (1987), de Barbet Schroeder y protagonizada por Mickey Rourke, son filmes inspirados en su vida, y lo transformaron en el mismo tipo de ídolo que había sido Kerouac en su juventud. Un ídolo de la estética de la perversión, de la suciedad y la podredumbre.

Lo que pudiéramos llamar el «credo bukowskiano» está en el poema «Cómo ser un gran escritor»: tienes que templarte a muchas mujeres/ bellas mujeres,/ y escribir unos pocos poemas de amor decentes/ y no te preocupes por la edad/ y los nuevos talentos./ Solo toma más cerveza, más y más cerveza./ Anda al hipódromo por lo menos una vez/ a la semana/ y gana/ si es posible./ aprender a ganar es difícil,/ cualquier pendejo puede ser un buen perdedor./ y no olvides tu Brahms,/ tu Bach y tu cerveza./ no te exijas./ duerme hasta el mediodía./ evita las tarjetas de crédito/ o pagar cualquier cosa en término./ acuérdate de que no hay un pedazo de culo/ en este mundo que valga más de 50 dólares/ (en 1977)./ y si tienes capacidad de amar/ ámate a ti mismo primero/ pero siempre sé consciente de la posibilidad de/ la total derrota/ ya sea por buenas o malas razones./ un sabor temprano de la muerte no es necesariamente/ una mala cosa./ quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos/ y como las arañas, sé paciente,/ el tiempo es la cruz de todos./ más/ el exilio/ la derrota/ la traición/ toda esa basura./ quédate con la cerveza,/ la cerveza es continua sangre./ una amante continua./ agarra una buena máquina de escribir/ y mientras los pasos van y vienen/ más allá de tu ventana/ dale duro a esa cosa,/ dale duro./ haz de eso una pelea de peso pesado./ haz como el toro en la primera embestida./ y recuerda a los perros viejos,/ que pelearon tan bien:/ Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun./ si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas/ como te está pasando a ti ahora,/ sin mujeres/ sin comida/ sin esperanza…/ entonces no estás listo/ toma más cerveza./ hay tiempo./ y si no hay,/ está bien/ igual.

La marginalidad engendró en la obra de Bukowski algunas aristas que pueden resultarnos aún hoy polémicas, aunque ya estemos curados de espanto por la posmodernidad. Por ejemplo, su relación con las mujeres tuvo una intensidad ambivalente: no era capaz de prescindir de ellas, pero no les hacía tampoco ninguna concesión. Era lo que se decía de él cuando el escritor chileno Poli Délano lo entrevista en su casa de Los Ángeles en 1987. Te han acusado de machista, le dice. La respuesta que le da es la misma del «gran poeta» de uno de sus cuentos a su joven entrevistador, cuando le pregunta qué piensa sobre la liberación femenina: «En cuanto ellas se dispongan a lavar el auto, a empujar el arado, a perseguir a los dos tipos que acaban de asaltar la tienda de licores o a limpiar alcantarillas, en cuanto ellas se dispongan a que les vuelen las tetas de un balazo en el ejército, yo estaré listo para quedarme en casa y lavar los platos y aburrirme recogiendo hilachas de la alfombra». «Me acusan mucho por mis personajes favoritos», le dijo Bukowski aquella noche. «Si pinto a una mujer que es basura, las feministas se me echan encima, mientras que si pinto un hombre que es basura, no me dicen nada».

A pesar de estas afirmaciones amargas, amó al menos a dos mujeres que compartieron su vida estable y largamente. La muerte de la primera, con quien tuvo a su hija Marina, generó textos y poemas estremecedores. En una carta a John Webb en 1962 escribía: «Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. (…) Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de las nalgas, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal, todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está».

Y uno entre muchos de sus poemas más citables, a mi juicio, titulado «Elogio al infierno de una dama»: Algunos perros que duermen a la noche/ deben soñar con huesos/ y yo recuerdo tus huesos/ en la carne/ o mejor/ en ese vestido verde oscuro/ y esos zapatos de tacón alto/ negros y brillantes,/ siempre puteabas cuando/ estabas borracha,/ tu pelo se resbalaba de tu oreja/ querías explotar/ de lo que te atrapaba:/ recuerdos podridos de un/ pasado/ podrido, y/ al final/ escapaste/ muriendo,/ dejándome con el/ presente/ podrido./ hace 28 años/ que estás muerta/ y sin embargo te recuerdo/ mejor que a cualquiera/ de las otras/ fuiste la única/ que comprendió/ la futilidad del/ arreglo con la vida./ las demás sólo estaban/ incómodas con/ segmentos triviales,/ criticaban/ absurdamente/ lo pequeñito:/ Jane, te asesinaron por saber/ demasiado./ vaya un trago/ por tus huesos/ con los que/ este viejo perro/ sueña/ todavía.

Es indudable que la etiqueta impuesta a Bukowski por sus contemporáneos se dejó llevar por la comodidad: era más fácil fijarse en su prosa agresiva y provocadora, directa y sucia, que en el mundo de reflexiones y códigos que manejaba en su poesía. Y fue también (lamentablemente) mucho más fácil de imitar. Si su imagen pública era tan traída y llevada (¿escritor que bebe o borracho que escribe?), qué podemos esperar de los juicios sobre su obra. Todavía hay quien afirma que Charles Bukowski es una abominación para la literatura… Por suerte él nunca pareció preocuparse mucho por la trascendencia.

La huella del realismo sucio es fácilmente rastreable en la literatura cubana. Aunque tuvo algunos anuncios notables como Matarile, de Guillermo Vidal, su explosión (pública) coincide con los cuentos publicados en los 90 por algunos de los llamados novísimos, sobre todo los pertenecientes al grupo de los “friquis”: Ronaldo Menéndez, Ricardo Arrieta, Raúl Aguiar, Verónica Pérez Konina, Ena Lucía Portela y José Miguel Sánchez (Yoss). Todos eran o habían sido miembros entre 1987 y 1988 del grupo conocido como El Establo, el cual se nucleó en La Habana alrededor del escritor Sergio Cevedo y tuvo la intención de subvertir el canon de la decencia «sinflictiva» imperante en las letras cubanas. La necesidad de mostrar zonas y temas de la marginalidad hasta ese momento vedadas justificó el uso del estilo bukowskiano en la narrativa de los noventa, pues con su tratamiento directo, casi brutal, lograron caracterizar a personajes de nuestro tiempo que no existían porque no tenían voz.

Como toda tendencia transgresora, el realismo sucio ha ganado defensores, imitadores huecos y detractores furibundos. Pedro Juan Gutiérrez y Zoe Valdés son hoy dos de los escritores cubanos más leídos en el mundo y a la vez los más cuestionados, no solo por las comunes razones de ética y estética, sino porque algunos se preguntan si es “justo” que los lectores de otras tierras crean que todos en Cuba hablan y viven en un perpetuo estado de marginalidad. ¿Hay que poner un límite al uso del lenguaje grosero? ¿Este debe servir solo para ubicar a un personaje en un entorno determinado, ergo lo demás es abuso de la grosería por la grosería? ¿Y si el abuso de la grosería se ha vuelto necesario para burlarse de la propia grosería? ¿Las palabras groseras no terminan siendo aceptadas hasta por la Real Academia cuando se incorporan definitivamente al habla cotidiana? ¿Qué puede ser peor: el lenguaje grosero o la grosería de las ideas?

Cualquier indagación en ese sentido, además de ser desgastante, no tiene aún ninguna consistencia: es el tiempo quien se ocupará de ubicar lo «sucio» donde corresponda. Poco le importaba a Bukowski el juicio de sus contemporáneos, la trascendencia, las poses de los escritores de éxito. Detrás de sus alardes alcohólicos y sexuales había un ser indefenso que parecía querer vivir solo para esperar la muerte. Ahí quedan sus textos y los de sus seguidores para que la posteridad siga haciendo su propio juicio.


Ray Bradbury por los extraños pueblos

Por Erian Peña Pupo

Fue en 1991, en España, cuando probablemente los cubanos tuvimos más cerca a Ray Bradbury (uno de esos años en que la vida nacional cobró los tintes casi posapocalípticos de sus historias). Entonces Eliseo Diego estrechó las manos –y quiero pensar que abrazó– al autor de Crónicas marcianas. Pero poco sabemos de ese encuentro, salvo que habían sostenido una estrecha correspondencia años antes y que, en ese momento, ambos tenían la misma edad, 71 años.

Eliseo Diego era un fabulador irremediable. Ya Divertimentos, su segundo libro, fechado en 1946, destila sus apasionadas lecturas de Perrault, Andersen, los hermanos Grimm, Dickens, Stevenson y Lewis Carroll, entre otros autores que lo acompañaron asiduamente desde su niñez. Con esas narraciones de carácter alegórico o sobrenatural, Eliseo exorciza los miedos de la infancia; hace volar la fantasía por los reinos de la ensoñación y la magia. Eliseo Diego, «uno de los más grandes poetas de la lengua castellana», nos recuerda Gabriel García Márquez, trasmitió en las formas breves —esos diminutos «fuegos vagabundos», según Octavio Paz—la inexorable fugacidad de la vida y el carácter fragmentario de la memoria: la infancia, los antepasados, la ciudad y la familia, pero también el olvido, la pérdida, la muerte y su silencio, que constituyen motores fundamentales de su escritura. Por eso no es extraño que, amante también de la literatura en lengua inglesa, haya quedado prendido de la obra del estadounidense nacido en Waukegan, Illinois, el 22 de agosto de 1920, y que, con solo 30 años, escribió Crónicas marcianas, un libro que se convirtió al instante en todo un clásico.

Similares temas asediaron a Bradbury: la memoria, la pérdida, la muerte, la colonización de una raza o un pueblo por otro supuestamente superior, el fin de la cultura y con ella, el de la literatura… A veces –ahora mismo– he creído que Crónicas marcianas puede prescindir de Marte y sus habitantes, incluso puede hacerlo de los viajes interespaciales, de la colonización humana del planeta rojo… Y no perdería su esencia, su amplia «condición humana», su fuerte «realidad». ¿Por qué? Porque todo eso es una excusa de Bradbury para hablar de nosotros mismos. El hombre frente al hombre desbastándolo todo. Las arañas de Marte, los barcos de arena, y los canales de vino, no hacen más que hablar de nosotros; de los celos, el racismo, la soledad y la nostalgia, el arraigo y el deseo de exploración. El «escenario» fue Marte, pero bien pudo ser el oeste estadounidense y el despojo de las tierras ancestrales de los habitantes de esa región del país hasta reducirlos a «reservas», o la lenta y terrible colonización —él mismo escribió del tema— del continente americano por los europeos, o el racismo y la discriminación diaria… Un sustrato humanista, una condensación del mito, florece en Crónicas marcianas, al punto de que él mismo aseguró no ser un escritor de ciencia ficción, sino de un «estilo poético».

Bradbury mismo se preguntó: «¿Cómo es posible que Crónicas marcianas se reconozca tan a menudo como ciencia ficción? No encaja con esa descripción. (…) Entonces, ¿qué es Crónicas marcianas? Es el rey Tut salido de su tumba cuando yo tenía tres años, las Eddas nórdicas cuando tenía seis, y los dioses griegos y romanos que me cortejaron a los diez: puro mito», dijo.

Por otra parte, sus cuentos contienen, de forma seminal, casi todos los subgéneros fantásticos: «Los hombres de la Tierra» es un cuento kafkiano; y «La tercera expedición» esconde el germen del futuro «realismo mágico» (quizás sembrado por Faulkner en Bradbury). «Aunque siga brillando la luna» hunde sus raíces en el romanticismo inglés (su título parte de un poema de Lord Byron) para hablar de civilizaciones extraterrestres desaparecidas hace milenios y la conservación de su legado arqueológico (un tema recurrente en la actual space opera). «La mañana verde» expone de forma germinal la «terraformación» de Marte; «Encuentro nocturno» habla de universos paralelos con un lirismo pocas veces alcanzado; «Un camino a través del aire» es un cuento realista sobre el racismo a principios de siglo, en el que algunas pinceladas fantásticas enfatizan la tragedia social; y «Usher II» (además de ser un evidente homenaje a la obra de Poe) es un ejercicio distópico, incluso una suerte de esbozo de Fahrenheit 451. En «El marciano» (entre otras cosas) está el germen de los debates filosóficos propiciados por «los visitantes» en Solaris, del polaco Stanisław Lem. «Los pueblos silenciosos» es una ácida sátira sobre la soledad en un escenario «posapocalíptico», y «Vendrán lluvias suaves» una reflexión sobre un mundo posthumano. Mientras «Los largos años», con un costumbrismo casi naíf, aborda las relaciones entre seres humanos e inteligencias artificiales; y aunque su formalización es embrionaria, sus temas son similares a los que han planteado este tipo de historias a lo largo de los años y del apogeo de la ciencia ficción.

Borges, en el prólogo a la traducción al español de Crónicas marcianas, escribió que «en este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad… (…) ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena».

Más allá de las aventuras, el misterio y la siempre búsqueda del mito, sabemos que Eliseo admiró la ciencia ficción.Y que llegó a escribirse con Bradbury. En cierta ocasión escribió que tuvo una «sincera admiración por escritores como H. G. Wells y C.S. Lewis, y por supuesto por Ray Bradbury, que han escrito obras de las llamadas de ciencia ficción», pero que con este género le ocurría «lo que con la niñita de cierta rima no sé si inglesa o norteamericana, y que una apresurada traducción diría así: Había una vez una niñita/ que tenía un ricito/ justo en el medio de la frente./ Cuando era buena/ era muy, pero muy buena,/ y cuando era mala/ era horrenda».

En un cuadernillo, titulado «Sobre los viajes al espacio exterior», Eliseo reunió varios poemas inspirado por sus lecturas del género y «con las vistas de la Luna tomadas por los astronautas norteamericanos». «Ya la luna no sería más la que veían o imaginaban nuestros abuelos. ¿Cómo sería, entonces, el mundo que se abriría a los ojos de nuestros descendientes?», añadió.

Aquí incluyó los poemas «Ascensión», «Madre tierra», «A través del espejo», «Hacia los astros», «Constelaciones» y «Ascuas» (dedicado a Bradbury, y dialogantes con la narrativa poética del autor de Fahrenheit 451). En ellos abordó temas como el espacio, las constelaciones, la luna, los viajes espaciales, la pequeñez del hombre en el universo… Atrás, por fin, está la madre Tierra en su conmovedora pequeñez: por fin la vemos toda: sus orillas nos caben en los ojos: es apenas como una linda bola nada más. Y hay algo en ella de azorada, de vieja que se turba como si fuese de saber que la vemos así, que nos da lástima que se nos pueda, un día, morir («Madre tierra»).

En otro de sus poemas (en «Desde la eternidad») nos habla de las «diminutas dichas», entre ellas:

  • La luz de la mañana.
  • La luz de la tarde.
  • El trueno que nos despierta en la noche.
  • La lluvia que nos arrulla nuevamente.
  • Las estrellas a las que les cantaba Ray Bradbury.
  • El viento en la cara, una boca en otra boca, una mano en otra mano…

Con el autor de El vino del estío dialoga en «Ascua», que fuera incluido además en Poemas al margen:

A Ray Bradbury

  • Todo se aviene, ves, a un punto de oro:
  • el mar color de bronce, el bosque oscuro
  • y el unicornio y leviatán fundidos
  • en un copo de fuego, un ascua pura
  • en medio del abismo.
  • Cómo pueden
  • los astronautas regresar un día
  • desde lo enorme a la minucia
  • innumerable de la hierba.
  • Quién
  • sabrá el camino al tiempo del rocío.

Ambos confiaron en el mito y la imaginación, pero también en el hombre. «La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito, visto en espejos, permanece», escribió el autor de El hombre ilustrado. Ambos, cuyos centenarios celebramos este 2020 —Eliseo un poco antes, el 2 de julio; Bradbury más de un mes después, el 22 de agosto—poblaron sus historias con una mirada poética y melancólica que nos sobrecogen aun y que, imagino, predominó en aquel encuentro español en 1991 entre estos dos grandes autores.


Indicaciones para divorciar a un hombre y otras confesiones de Juan Siam

Por Erian Peña Pupo

La historia se compone de fragmentos de memoria, piezas de un puzzle a medio armar, partes escindidas de un cuerpo mayor que no siempre acaban cuajando en el ser nacional.

Los grandes relatos –los hombres desde el Génesis, o quizás un poco antes, hasta hoy, preferimos, obstinados, los grandes relatos– sustituyen las pequeñas historias, que sobreviven como susurros, como voces en la oscuridad de la memoria personal o colectiva.

Estas voces, que no leemos en las páginas oficiales, en los periódicos o los libros de docencia, están dispuestas a saldar esa y otras deudas con la verdad (la microhistoria, dicen los investigadores). La verdadera historia –contada por el vencedor en cada momento– se arma del sustrato de todos los días, en la cotidianidad, incluso en la calma. Se alimenta de la ausencia, del miedo, del llanto, del viaje y el éxodo, de los errores, de la locura, de la familia, de las relaciones amorosas, y también de la esperanza.

Todo eso sobrevuela Indicaciones para divorciar a un hombre, cuentos del holguinero Juan I. Siam (Banes, 1960) publicados por Ediciones La Luz (2018) en su colección homenaje.

Los relatos, narrados en primera persona, como si fueran testimonios de épocas y momentos, lo que refuerza cierta cercanía per se con el lector, son fragmentos de vida: la vida de personas comunes con historias comunes que dan de beber a un país común. Así se templa el acero, como si fuera un coro; así se construye el imaginario social (con todas las virtudes, pero también con todos los errores, como seres humanos: y ese es uno de los problemas de la Historia en mayúsculas, reconocer que somos humanos y que la gloria nacional cuesta hendiduras en el alma no fáciles de sanar).

Pero lo peculiar de las historias de Juan Siam –subrayo particularmente estas: “Perfección”, “Fuga de Bach”, “Cuando miro a papá”, “Como en los dibujos animados” y “El envés de la hoja”– es que todas o casi todos los relatos son de amor. Podría resultar paradójico, pero el amor, lo sabemos, lo permea todo. O más que el amor, lo que prevalece en estos relatos son relaciones de pareja vistas a través del fracaso, pero también de la permanencia, de la locura y la frustración, de la sobrevivencia y el desencanto, del anhelo y la fragilidad, de la posesión y los matices del deseo, sí, del amor…

Y todas ellas –vemos aquí, además de la primera persona, otra osadía del autor– parten de una perspectiva femenina; o sea, son mujeres quienes narran las historias (relatos que, además, no pretenden hacer derroche de técnicas, sino lo contrario). Siam se arriesga en el dominio de una voz que es varias al mismo tiempo: personajes diferentes, muchos relacionados entre sí, pero con matices, edades y psicologías desiguales, con miedos, con deseos (también sexuales, amorosos) y dudas, con vidas hechas o deshechas… Es como si, nos dijera, conociera bastante a las mujeres y por ello se permite hablar por ellas, poner en papel, que es dejarlo en la memoria, sus vidas…

Son personajes, sencillos, familiares, como vecinos del barrio, como nuestros amigos, o mejor, como nosotros mismos, cargados de miedos, frustraciones personales e históricas, cargados de cansancio, pero también de ansías de sobrevivencia, de sueños aún.

La vida ha puesto a sus personajes a decidir, para luego absorberlos, devolverlos y olvidarlos… Ellas han amado en los refugios subterráneos en África, donde el miedo se respira en el aire; o extrañan, desde Europa, la arena del mar de la isla; o en Estados Unidos, después de partir, mientras ponen en la balanza las decisiones, aseguran que “vivimos una sola vida y en ella hay que tomar decisiones. Puedes haberte equivocado o no al decidir, pero lo que no puedes es volverte atrás. Si uno va a hacer algo es hasta el final”.

Otra de las cuestiones que me parece un logro de Indicaciones para divorciar a un hombre, es su estructura coral, polifónica, abierta a las múltiples confluencias de la lectura. La carta de una hermana a otra, escrita después de la visita de la primera a la isla, sirve de hilo conductor para repasar historias personales, familiares, de conocidos, para no olvidar, aunque el olvido muchas veces se pegue al alma como mecanismo de defensa… Así cada fragmento de la misiva introduce personajes, sirve de puente a relatos, nos ofrece pistas para comprender qué hay realmente detrás de cada uno de ellos…

En este coro –custodiado por una foto de Junior Fernández a partir de un original de Henri Cartier-Bresson– terminamos identificándonos, nos encontramos… Es como si el país cupiera en una calle, en una familia, en cada uno de nosotros, aunque sepamos que, en buena medida, somos también las consecuencias del país y sus designios. Con todo eso se construye el andamiaje de estos cuentos: Cuba, historia, relaciones de pareja, familia, amor, virajes sociopolíticos de las últimas, digamos, seis décadas, Patria… Aunque no olvida tampoco cierto humor ya común, calcado con dosis de ironía…

Como un cowboy del Viejo Oeste, Juan I. Siam saca sus relucientes Colts y dispara estos cuentos escritos con el ímpetu de un fabulador irremediable que, además, se sabe poeta. Cada disparo resuena en la llanura; las veces que ha dado en el blanco las sabrá el lector. Ajedrecista empecinado, mueve su dama para embestirla contra un rey solitario. Ella toma la voz de mando –jugada crucial, como en la vida misma– y nos narra sus historias. Incluso nos ofrece varias indicaciones para divorciar a un hombre. ¿Quién ha visto un cowboy sin una dama a la cual proteger? Emigración, amor, Patria… cruzan estas páginas y nos devuelven un país visto mediante el ojo sagaz y sarcástico de Siam. La batalla ha sido ardua, los embalses han vertido, y el tren de las 3:10 a Yuma acaba de partir, dejándonos frente a las historias sencillas y conmovedoras de Siam, a sabiendas, como él mismo nos cuenta, que “el éxito consiste en no tener éxito. En tener una pequeña satisfacción todos los días. Una pequeña felicidad todos los días”.


Animal de otra raza: Eros con nosotros

Por Adalberto Santos

«Que llueva la carne palpitante. Jadea, carne. Llora. ¡Reza!». De este modo, con este mantra o urgencia, terminan los once cuentos que propone Maribel Feliú en esta especie de autoantología eminentemente erótica. Y aunque este ensalmo puede llamar por sí solo la atención, y serviría acaso como mínimo botón de muestra, sería demasiado breve e imperfecto: la poiesis erótica de Maribel Feliú es más que una mera y desenfrenada invitación al aquelarre. La narrativa de Maribel parte de un secreto y hondo conocimiento del goce, descrito sí, ficcionado también, pero vivido desde una personalísima experiencia. Y por ello no teme aventurarse, casi con saña, en temas como la zoofilia o la pedofilia con pulso firme. Un pulso que además maneja con poder la palabra, sin excesivo temor por lo que pudiera parecer procaz. Maribel ha conocido las aguas del cuerpo, del íntimo y propio, y sabe que nada hay más puro y hermoso que beber de ellas sin atavismos.

He dicho poiesis erótica, términos que difícilmente serían complementarios, pero en la obra de Feliú son un arma más filosa aún que cualquier situación, por escabrosa que pareciera. La insinuación de una imagen poética, sombras que adelantan el filo de lo no revelado, de una sustancia que palpita y fluye secretamente hasta derramarse, acompaña buena parte de su obra potenciando sus efectos de seducción. También el juego está presente, circulando aparte de sus cuentos. Juega con lo simbólico sexual, que puede venir desde el título de una canción, hasta la trama misma donde lo que se cuenta es codificado a través de esos símbolos en una trasmigración, nuevamente, poética.

Animal de otra raza es, si se quiere pues, un libro peligroso. Peligroso para los pacatos y temerosos, pues ciertamente el animal descrito aquí es fiero y dulce, y habita en cada uno de nosotros. Su liberación está signada por el más puro y natural goce vital. Una raza auténtica de quienes hacen de él una victoria continua y que, de seguro, no quedarán impávidos ante la lectura de este itinerario del placer, peligroso y torturante a veces, pero descritos con una precisa dosis de sensible voluptuosidad.


La noche en llamas de un barco sobre la arena

Por Eugenio Marrón

Formar parte de una tríada tan selecta como solicitada, a la hora de novelas que describen distopías –gravitación que signa no pocos trechos de sucesos verbales del siglo XX, para narrar sociedades ficticias inhumanas y su expansión en busca de cancelar cualquier anhelo redentor–, es algo más que una reputación activa e incesante: se trata de la mejor manera de verificar, según lo advertido por Mario Vargas Llosa en el ensayo final de su libro La verdad de las mentiras, que “las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano”. Así ocurre con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, que junto a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, conforma el trío aludido.

Justo al cumplirse el próximo 22 de agosto el centenario del nacimiento de Ray Bradbury, volver a las páginas de aquella novela suya no solo es una oportuna recordación del gran maestro norteamericano de la ciencia ficción y el terror fantástico, sino también un reencuentro enriquecido con los años –como el buen añejamiento para los licores de destacada estirpe–. Publicada por primera vez en 1953 –veintiún años después que la de Huxley y apenas cuatro tras la de Orwell–, hay en la de Bradbury una constante que viene desde la noche de los tiempos: la quema de libros y con ellos del peligro ante el despliegue de las ideas, sea arte, literatura, filosofía o cualquier variedad del pensamiento ejercido con libertad a favor de lo humano y sus circunstancias. Basta citar tres ejemplos: la combustión de los códices mayas el 12 de julio de 1562 por órdenes del clérigo Diego de Landa en Yucatán –“no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos”, alegaba el inquisidor–; la hoguera ordenada por Adolfo Hitler y ejecutada la noche del 10 de mayo de 1933, contra alrededor de veinte mil libros en la plaza Bebel de Berlín; y la fogata dispuesta por el general de división Luciano Benjamín Menéndez en la ciudad argentina de Córdoba el 29 de abril de 1976, justo en los inicios de la terrorífica dictadura militar, en la que se incendiaron obras de Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa, juntos a otros autores, “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros (…) para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos”, según lo dicho por el uniformado.

 

Tal como indica su título –la unidad de temperatura en la que el papel se atiza y arde–, Fahrenheit 451 es un relato que transcurre en una sociedad maniobrada por los bomberos, pero no tal como conocemos su desempeño en la extinción de incendios, sino todo lo contrario. Armados con unas extrañas mangueras lanzallamas, en las páginas de esta novela los bomberos persiguen, capturan y calcinan todas las páginas de la cultura universal, pues se trata de un mundo en el que los libros han sido condenados a su total exterminio –“no sutilicemos con recuerdos (…) Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio (…) Somos los Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios (…) no permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo”, le endosa con su verborrea fanatizada el capitán Beatty al bombero Montag, los dos protagonistas que terminarán por enfrentarse a la sombra de las hogueras y sus designios más devastadores. A su lado, los otros personajes se bifurcan –por un lado Mildred, la esposa de Montag, domesticada bajo el orden represivo de los bomberos, y por el otro la joven Clarisse junto a Faber y Granger, empecinados junto a otros rebeldes en salvar la memoria de los libros y con ella el sentido mismo de la Humanidad. Es así como en esa suerte de hermandad para salvaguardar el acto que implica un libro, presta a cualquier enfrentamiento, cada uno de sus integrantes dejará a un lado su nombre para, en la nueva identidad, llamarse como un gran autor cuya memorización los convertirá en biblioteca viva en pos de salvar los libros: “Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer a Marco Aurelio? Míster Simmons es Marco”, le advierte Granger a Montag. Es así como le explica a este: “También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después a por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia”. Y más adelante le acota: “Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez”. En ese mundo de la palabra publicada y su reprobación fuego en mano, en el que las pantallas rodean por todas las paredes de los hogares, a la vez que cualquier atisbo de pensamiento puede ser la mejor razón para una condena, los personajes de Ray Bradbury levantan un entramado que eriza al más cauto.

Como una intensa y muy desarrollada fábula –no exenta de un calado poético que distingue buenos trechos de su prosa, y sin desmayo de la energía concisa y afilada como un bisturí en su progresión narrativa–, que llega de un tiempo lejano, aun cuando sus señas la convierten en suceso ubicuo de ayer, hoy o mañana –y así bien pueden testimoniarlo las atrocidades del llamado Estado Islámico en los días recientes de Siria e Irak–  Fahrenheit 451 es una lectura inagotable. Tal es así que ha conocido dos versiones fílmicas muy referidas a  las lecturas que han hecho sus realizadores –con mayores o menores cuotas de apego al texto original–, muy ajustadas a las señas de sus dos momentos de realización: la de Francois Truffaut en 1966 –con el austriaco Oskar Werner como el recatado bombero Montag y el irlandés Cyril Cusack como el implacable capitán Beatty–, a las puertas de las intensas revueltas estudiantiles de aquellos tiempos en Francia, México y otros lugares; y la de Ramin Bahrani en 2018 –con los norteamericanos Michael B. Jordan y Michael Shannon, respectivamente, en aquellos roles– cuando ya casi podían avistarse en el horizonte los días de la COVID-19 expandiéndose por el planeta y también ese otro estallido global crecido con el impactante homicidio de George Floyd en las calles de Minneapolis. Es así como, de cierta manera, la novela también podría tenerse como un espejo a la vez alegórico y contextual de un tiempo preciso, y con ello el don de su autor para entregarnos una lectura de permanencia.

Graduado en la californiana Los Ángeles High School en 1938, Ray Bradbury nunca asistió a estudios universitarios: su economía personal no se lo permitía. Por ello, mientras vendía periódicos y revistas para ganarse la vida, se formaba autodidactamente con buena parte de su tiempo en la biblioteca pública, abriendo su camino entre libros, leyendo tenazmente hasta que, a comienzos de los años cuarenta, comenzó a publicar sus relatos en revistas. En 1950 publicó un libro de cuentos que sería su primer gran éxito de lectores y crítica: Crónicas marcianas, sobre la colonización de Marte y el establecimiento allí de una sociedad similar, en sus fortunas y desgracias, a la Tierra. Tras ese título vinieron, entre otros, El hombre ilustrado (1951), volumen de narraciones sobre los inmutables mecanismos tecnológicos enfrentados a los comportamientos humanos; El vino del estío (1957), novela delicada y cautivante, digna de un poeta, en torno a las vacaciones de un niño de doce años en una ciudad de la región del Medio Oeste estadounidense; y Remedio para melancólicos (1959), pieza de narrativa breve entre el realismo más descarnado y la fantasía más apocalíptica. Leído y traducido a numerosas lenguas, al morir el 6 de junio de 2012 a la edad de 91 años en Los Ángeles, California, de acuerdo a su estricta solicitud, el epitafio de su tumba sólo lleva la inscripción: “Ray Bradbury. Autor de Fahrenheit 451”, algo que advierte la predilección que siempre sintió por esa novela suya.

Al prologar la primera traducción a nuestra lengua de Crónicas marcianas, realizada por el editor español Francisco Porrúa para la editorial argentina  Minotauro en 1955, uno de los grandes admiradores del autor estadounidense, el argentino Jorge Luis Borges, escribió: “Ray Bradbury anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo, que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Ahora, a cien años de su arribo a la Tierra, al releer Fahrenheit 451, percibimos a las puertas de nuestras vidas a Ray Bradbury que llega con la noche en llamas de un barco sobre la arena.


¿Por qué no te gusta la ciencia ficción?

Por Moisés Mayán

¿Por qué no te gusta la ciencia ficción? Disparé a bocajarro contra la joven escritora. No me gusta, porque no me gusta y punto. Se cruzó de brazos como embutida en una camisa de fuerza. A mí tampoco me gusta, apuntaló su amiga. Cuando veo un robot o una nave espacial, simplemente cambio el canal y sanseacabó. ¿Entonces supongo que nunca se han leído a Asimov? ¿A quién?

Si aspiras a convertirte en un escritor serio es mejor que no te dediques a la ciencia ficción. La sugerencia no aparece explícitamente en ningún manual de técnicas narrativas, pero funciona como verdad de Perogrullo. Entre ficción y ciencia ficción nos encargamos de levantar una barrera de alambre de espino, y algo similar hemos hecho entre ciencia ficción y fantasía. ¿Por qué? Esa es la pregunta.

Hace unos años me impuse la tarea de ejercitarme en ciertas lecturas básicas sobre el género maldito. Pretendía, además de ampliar un poco mis horizontes de lector, descubrir si había algo más allá de La guerra de las galaxias, E. T. o Área 51. Los anaqueles de la ciencia ficción estaban atiborrados de chatarra espacial, así que elaborar un plan de lecturas era una misión no imposible, pero sí omplicada.

De H. G. Wells, Isaac Asimov y Ray Bradbury, pasé a rebuscar en el trastero local, comenzando por Oscar Hurtado, Ángel Arango, y Agustín de Rojas, desemboqué entonces en una fecunda generación comandada por autores como Yoss, Erick Motta, Michel Encinosa Fu, y luego me fui a los más recientes Premios Calendarios en el género. Una vez concluida la expedición, me hice con una buena caja de herramientas para desmontar discursos preconcebidos.

Me resultó perturbador que los autores que apuestan por la ciencia ficción son los únicos que no pueden ser escritores a secas, pues a la desmesurada creatividad que se les exige, deben añadirse conocimientos de aeronáutica, astronomía, física espacial, robótica, nanotecnología, ufología, en fin, un programa académico que los escritores serios no necesitan matricular.

Sobre los iniciados en este gremio pesan no solo viscosas atmósferas de subgéneros, sino el requerimiento de ser absolutamente originales. Para colmo, el vastísimo espectro de los premios, becas y certámenes literarios se reduce considerablemente cuando incluimos en el buscador de Google el término ciencia ficción. Sin embargo, en un presente donde los autores hemos tenido que mutar forzosamente hasta convertirnos en lectores los unos de los otros, y el lector natural, espontáneo, sin ínfulas de escritorzuelo, constituye una especie en peligro, los escritores de ciencia ficción ganan por goleada.

La ciencia ficción (anoten el dato) ha formado a sus lectores. ¿Cómo? Bueno, no puedo contestar todas sus preguntas en un artículo, pero les adelanto que he realizado mis trabajos de campo. En la pasada Feria del Libro de La Habana me correspondía presentar uno de mis libros de poesía publicado por Ediciones Matanzas, en el otro extremo de la mesa aguardaba pacientemente su turno, José Miguel Sánchez (Yoss). Los afortunados autores que compartíamos en la Sala Lezama Lima aquella mañana estábamos conscientes de una verdad colosal: el ochenta por ciento del público había venido por Yoss, o para ser más exactos, andaba tras la pista del volumen Etcéteras y otras cosas, Paratextos y otros cuentos experimentales de ciencia ficción.

Mientras los lectores de Yoss se disputaban un autógrafo, pensé que hacía poco menos de un mes, se había cumplido el centenario de Isaac Asimov, uno de los padres de la ciencia ficción. Asimov nació en Rusia en 1920, pero se trasladó a los Estados Unidos siendo todavía muy niño, fue en su nuevo país donde a los nueve años localizó en el estanquillo de periódicos la revista Pulp,  puerta de acceso a la ciencia ficción. Graduado como bioquímico en la Universidad de Columbia, consiguió terminar el doctorado en 1948, fecha en la que contaba con amplios conocimientos de física, geografía y meteorología, pero no fue hasta 1950 cuando publicó su primera novela, Un guijarro en el cielo.

En un mundo sobrecogido por el ascenso de Hitler en Alemania, el despliegue bélico de la Segunda Guerra Mundial, las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, el avance de la robótica, el progreso tecnológico, las tensiones de la Guerra Fría y el lanzamiento del Sputnik, Asimov no tuvo que devanarse los sesos para concebir los detonantes de su Saga de la fundación. ¿De verdad que no has escuchado hablar de Isaac Asimov?, volví a preguntarle a la joven escritora. Me suena ese nombre, fue todo lo que dijo. ¿Seguramente sí sabes quién es Will Smith?

Los dos pares de ojos se encendieron. ¿Quién no conoce a Will Smith? Pues bien, Will Smith fue el protagonista de Yo, robot, un filme de 2004, basado en una recopilación de cuentos donde Asimov desarrolla sus tres leyes sobre la robótica. Las muchachas volvieron a sumirse en un extraño mutismo. Aunque no conseguía observar sus labios bajo las telas del nasobuco, imaginé una mueca duplicada.

Afuera un monstruo microscópico amenazaba a la especie humana, las calles y plazas vacías filmadas por drones eran un espectáculo sobrecogedor, los camiones militares transportaban sarcófagos en alguna ciudad italiana, y los médicos vestían fatigosas escafandras… Precisamente el año del centenario de Asimov, la ciencia ficción y la realidad se superponían como capas de la misma fruta. ¿Por qué no te gusta la cienci ficción? La joven escritora destapó un frasco de antibacterial y extendió una leve película olorosa a alcohol en sus manos. Mejor nos vamos, dijo.


Ojos para no ver las cosas simples: escritos en tinta blue

Por Adalberto Santos

He leído en algún sitio, en estos días también de infodemia, que las personas que prefieren el azul padecen de seguro de trastornos siquiátricos. No sé qué pensar. Me gusta el azul. Y tengo la impresión de que a Martha Acosta Álvarez le gusta el azul. ¿Nos hace seres comunes en la insanidad? Quizás… Pero he visto un pájaro azul suyo describir un drama de añoranza y pesar, de libertad no plena; una habitación con vistas al mar, donde se definen los odios y amores, el quién soy y quién es el otro. O una chica, posible y triste, de vinilo soldado, con ojos grises, pasto de la rapiña y la codicia del sexo. Todo en azul. Una tinta que va describiendo desde el fondo de cada historia una secuencia común, un tono en la palabra que ahonda y apela a profundas reflexiones, donde el dolor interior está siempre presente, aun cuando se espere el posible fin de un mundo mientras se cena.

Las ficciones de Martha Acosta llevan en común, además, la eterna búsqueda de sus personajes: búsqueda del reconocimiento del yo en los ojos de quien se ama, búsqueda de un tiempo otro donde se fue feliz o donde se hallaría la felicidad, búsqueda de la verdadera esencia humana en medio de esa convención que llamamos sociedad. Pero no hay en esta búsqueda una Ítaca definitiva ni un telar insistente. Solo la pálida, azul insinuación, de una respuesta que se bifurca en un abanico de posibilidades. ¿Es Martha Acosta una autora azul? ¿Una mujer blue? ¿Alguien que describe desde la aparente calma y la sonrisa la tormentosa realidad que esconde el alma humana? Tal vez…  

Solo sé que esta invitación, también pálidamente blue, para adentrarnos en la lectura de los seis cuentos que propone Ojos para no ver las cosas simples, no puede ser definitiva ni definitoria. Leer a Martha Acosta es adelantar más preguntas que respuestas, es adentrarnos en un mundo quizás engañosamente azul, pero lleno de invitaciones y tonalidades que no pueden ser descritas terminantemente, sino esbozadas, sugeridas, como el pájaro azul que describe una historia entrañable, o ahora que lo pienso, como mirar al fondo de los ojos de esta joven autora, paradójicamente negros, y encontrar allí un destello azul, como de acero mortal, mientras con una sonrisa suya nos describe posibles modos de ver la vida en blue, y aún dejarnos con la inquietud de quien habla del amor, calladamente, mientras afuera, tras los cristales, el mundo se deshace.   


Bradbury, el último poeta marciano

Por Manuel Alejandro Martínez Abreu

  • “Los libros cosen las piezas y los pedazos del universo para hacernos con ellos una vestimenta”.

Ray Bradbury (1920-2012)

Dos caballeros vestidos con armaduras esperan en la oscuridad la llegada de un dragón al que deben matar. Ellos no lo han visto nunca, pero lo describen como una criatura enorme y monstruosa de un solo ojo, que escupe fuego y echa humo. Cuando por fin se produce el tan temido enfrentamiento, la historia da un giro insospechado…

Es la sinopsis El Dragón, el primer cuento que leí de Ray Douglas Bradbury. No por ser el primero se convirtió en mi relato favorito, me impactó la manera en que presentaba dos de los temas más importantes de su obra: la especulación sobre el tiempo y la amenaza del futuro.

Al dedicarle La Luz esta edición del Premio Celestino a uno de los tres grandes de la ciencia ficción (CF) he vuelto a hojear parte de la correspondencia que además de consejos para un principiante, me obsequió un corpus de lecturas que provocaron emociones y ayudaron a dar sentido a la experiencia de vivir a un adolescente bajo la metáfora de lo anticipado y lejano.

El descubrimiento de este autor comenzó por el artículo “Las manzanas marcianas de Ray”, publicado en el periódico ¡Ahora!: ¿Un padre que construye un cohete en el patio de su casa para darles a sus niños la alegría de un viaje a marte?, ¿bomberos cuyo trabajo no es apagar fuegos sino encenderlos para quemar libros?, ¿una sociedad donde leer libros era un delito?, ¿sujetos que memorizan obras completas para preservarlas y transmitirlas oralmente a otros?, ¿humanos como extraterrestres en Marte?, ¿invasores extraterrestres que encuentran en los niños humanos sus aliados?, ¿un curioso personaje con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes que están mágicamente vivos?, ¿y todos estos argumentos nacían de la mente de un autor de CF que no se adaptaba a la tecnología? ¿¿¡!??

Además de paladear mi apetito literario, aquel artículo se convirtió en el catalizador para conseguir los libros de Bradbury. Encontré Tres de Bradbury (una inolvidable edición de los 80 con carátula azul que incluía Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado) y la que sería mi obra favorita de este autor: El vino del estío, una novela que nada tiene que ver con la ciencia ficción.

Pero yo necesitaba más, mi curiosidad por ese autor rara avis crecía. La búsqueda continuó y entre tanto buscar y buscar encontré hasta su dirección postal. Le escribí, y para sorpresa mía y de muchos otros, respondió.

Así comenzó mi intercambio de cartas con este autor amante de los gatos, incapaz de manejar un automóvil y que nunca dependió de una computadora.

“Nadie puede enseñar a escribir ciencia ficción, aunque muchas veces se ha intentado” – fue su primera sentencia en la correspondencia –. “Lee poesía y encontrarás las mejores ideas”, “se debe escribir rodeado de libros” y “todo lo que necesitas saber sobre cómo escribir lo encuentras en Huckleberry Finn”.

Las recomendaciones literarias y las lecciones no se detuvieron hasta que obró para que llegara a mis manos su libro de ensayos Zen in the art of writing. Descubrí en aquel texto en inglés reveladoras páginas sobre su infinito placer de escribir, el porqué y el cómo.

Aunque la mayor lección que aprendí fue que existen libros que nunca se deben prestar, y menos si este es una primera edición, con dedicatoria y firma incluida de un autor incluido en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción, con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y con un asteroide (¡nada más y nada menos que un asteroide!) nombrado Bradbury 9766 en su honor.

Muchos califican a Bradbury como autor de culto, maestro del cuento poético dentro del género, en contraposición de otros que lo ven como un autor “blando” al no ubicar sus historias dentro de las vertientes más “hard” de la CF. Lo cierto es que este autodidacta escritor transformó el modo en que se entendía la literatura del género al producir un cambio con respecto al modo de concebirse los relatos, a pesar de que siempre se consideró como un escritor de fantasía. “En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos”, escribió quién demostró como nadie que el humanismo y la poesía, combinados con la CF o la fantasía, son una mezcla poderosísima para el deslumbramiento de las posibilidades de la imaginación.

Su influencia es visible en autores de CF de nuestro país como Oscar Hurtado, Ángel Arango y Miguel Collazo; mientras que en el audiovisual, los cuentos “Remedio para melancólicos”, “Sol y sombra”, “El cohete” y “El hombre ilustrado” fueron adaptados para la televisión y recontextualizados en el ámbito cubano sin que esto afectara el sentido cardinal de la historia.

Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial, escribió también poesía, guiones para el cine y la televisión y piezas de teatro. Pero muchos concuerdan al afirmar que lo mejor de este autor fueron sus primeras obras de ciencia ficción: Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas. Ambas, a pesar de la época en que fueron escritas, pueden considerarse como objetos de estudio de un experimento de sociología del futuro, sujetas a la exigencia premonitoria de la verdad.

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”, escribía Jorge Luis Borges en el prólogo de Crónicas marcianas. Mensajes de alarma extrema, tramas tan lejanas y ajenas como cercanas y posibles.

Y es que todo es absolutamente cierto con este autor. Su prosa poética marca la diferencia para afirmar que la ciencia ficción, considerada muchas veces como una rama desdeñable de la literatura, también vale para ajustar cuentas con el presente: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Tampoco harán falta las bibliotecas si nadie las dinamiza y si tampoco nadie es invitado a usarla. Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos. Pero estamos aprendiendo a cambiar”.

A pesar del miedo y la incertidumbre en estos días de confinamiento, revisitar a Bradbury se torna acto de resistencia personal ante la alfombra roja del inconcebible futuro de nuestra humanidad.


Bukowski y la estética de la perversión

  • Digan lo que digan, siempre hay algo malo escondido en los hombres que huyen del vino, de las cartas, de las mujeres hermosas o de una buena conversación.

 La afirmación de Voland en El Maestro y Margarita, de Bulgakov, parece escrita ex profeso para canonizar a uno de los malditos de las letras norteamericanas: Charles Bukowski. Devenido mito de la literatura underground, paradigma del realismo sucio y personaje favorito de sí mismo, Bukowski bebió, jugó y amó en proporciones escandalosas, y por alguna causa su estilo es aún visible en toda una tendencia dentro de la literatura cubana contemporánea.

Cientos de cuentos, una treintena de poemarios y cuatro novelas publicadas lo definen como un autor prolífico. Lo pasmoso es que la mayor parte de su obra la publicase después de cumplir cincuenta años, y que en poco tiempo convirtiera en figura polémica a un hombre que nunca votó, ni militó en partido político o movimiento literario alguno. La máquina de follar; Se busca una mujer; Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones; Escritos de un viejo indecente; bajo esos títulos se publicaron sus cuentos en editoriales baratas, tan sórdidas como su escritura. Esos cuentos, como las novelas (Factotum, Cartero, Mujeres y La senda del perdedor) hablan sobre borrachos, putas de mala muerte, peleas de bar e incontables escaramuzas sexuales, y ocurren en bares, hoteluchos, garitos, oficinas mugrientas y traspatios. En todas las historias el protagonista es el mismo: Henry Hank Chinasky, el álter ego de Bukowski.

Nacido en la ciudad alemana de Andernach en 1920, Bukowski fue el resultado de la unión de un soldado norteamericano con una joven lugareña, y la familia se trasladó a Los Ángeles cuando el hijo tenía dos años de edad. El romanticismo de lo que parece ser una común historia de amores de guerra se anula por las noticias sobre el comportamiento violento y despótico de Bukowski padre: un mitómano que hacía creer a los vecinos que era ingeniero cuando en realidad trabajaba en una lechería, y que metió la cara de Bukowski adolescente en su propio vómito cuando este ensució la alfombra en su primera borrachera. Buscando el alcohol como paliativo de su timidez, acrecentada por erupciones en el rostro que no lo hacían nada atractivo para las muchachas, el joven Bukowski huyó de la casa paterna para entregarse a sus dos grandes pasiones: la bebida y el sexo. La primera lo empujaba hacia el segundo, y este, al negársele, lo volvía de regreso a la primera.

Hizo una vida errabunda y desordenada, trabajó en un sinnúmero de empleos, viajó por los estados de la Unión, pero su destino final volvió a ser Los Ángeles, donde trabajó en una oficina de correos hasta que la publicación de su novela Cartero, en 1970, le decidió dedicarse exclusivamente a la escritura. A pesar de su empeño autodestructivo, la condición de lector impenitente lo había marcado para siempre.

Como diría en su poema «Días como navajas, noches llenas de ratas»: siendo muchacho dividí en partes iguales el tiempo/ entre los bares y las bibliotecas; cómo me las arreglaba para proveerme/ de mis otras necesidades es un puzzle; bueno, simplemente no me preocupaba demasiado por eso/ —si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado/ en otras cosas—/ los tontos crean su propio paraíso.

Y también: pero eran los filósofos quienes satisfacían/ esa necesidad/ que acechaba en alguna parte de mi confuso cráneo: vadeando/ por sus excesos y su/ vocabulario cuajado/ aún me asombraban/ saltaban hacia mí/ brincaban/ con una llameante declaración lúdica que parecía ser/ una verdad absoluta o una puta casi/ absoluta verdad,/ y esta certeza era la que yo buscaba en una vida/diaria que más bien parecía un pedazo de/ cartón.

Para terminar con: qué grandes tipos eran esos viejos perros, me ayudaron a atravesar/ esos días como navajas y noches llenas de ratas;/(…)/ mis hermanos, los filósofos, me hablaban como nadie/ venido de las calles o alguna otra parte; llenaban/ un inmenso vacío./ Qué buenos muchachos, ah, ¡qué buenos muchachos!

Bukowski es a la vez parte y consecuencia de la contracultura californiana. Como en Ginsberg y Kerouac, su discurso pertenece al hombre común que no puede ni quiere hacer suyo el sueño americano, y disfruta agrediendo la perfecta simetría de la moral burguesa. Pero digo consecuencia porque Charles Bukowski no tuvo las mismas expectativas que sus coetáneos hacia la obra creativa; tal vez sintió menos urgencia en ostentar su inconformidad con el orden y la moral. Aunque publicó un cuento en la revista Story en 1944, antes de dar a conocer el resto de su obra le tocó leer lo que escribían los Kerouac y los Ginsberg que, a pesar de su rebeldía y sus alegres locuras, siempre se las arreglaron para publicar a tiempo y eran santificados y aplaudidos por los jóvenes de su edad. De ahí que Bukowski pertenezca a la generación beat pero sea un beat tardío, un epígono si se quiere de la loca y transgresora ola que viró al revés las letras americanas.

Entre sus influencias literarias, además de sus adorados Henry Miller y Céline (aquel francés acusado luego de nazista), es pues perfectamente distinguible la prosa violenta y vivaz de Jack Kerouac y su atrevida exaltación de la libertad sexual. La opinión de Bukowski sobre otros escritores norteamericanos nos llega signada por su álter ego Chinasky en varias de sus obras: «Dejando a un lado a Dreiser, Thomas Wolfe es el peor escritor norteamericano, Burroughs es terriblemente aburrido, Faulkner una nulidad. Saroyan sería bueno si no fuera tan optimista». O si no: «¿Hemingway? No. Muy torvo, demasiado serio. Buen escritor, frases magníficas. Pero la vida para él siempre fue una guerra total. Nunca se soltaba, no bailaba nunca».

Detrás de esas boutades de eterno transgresor, había sin embargo un respeto hacia la escritura que no lograron quitarle ni las propias burlas sobre sí mismo. Escribía en una carta en 1961:

Yo solía jugar un juego conmigo mismo, un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la cárcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dólares en las carreras, me preguntaba, Bukowski, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y no fueras encontrado nunca excepto por pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? (…) la escritura, por supuesto, como el matrimonio, la caída de la nieve o las llantas de los autos, no siempre perdura. Tú puedes ir a la cama el miércoles en la noche siendo un escritor y despertar el jueves por la mañana y ser otra cosa totalmente diferente. O puedes irte a la cama el miércoles por la noche siendo un plomero y despertar el jueves por la mañana siendo un escritor. Este es el mejor tipo de escritores… Muchos de ellos mueren. Claro. Por sus arduos intentos; o por otro lado, porque se vuelven famosos y todo lo que escriben es publicado y ya no tienen que buscar más. La muerte tiene muchas avenidas. Y si a pesar de todo tú dices que mi material te gusta, quiero que sepas que si se vuelve roto, no será porque trate demasiado duro o muy poco, será porque me he quedado o sin cervezas o sin sangre. Para lo que sirva, puedo permitirme esperar: tengo mi vara y tengo mi arena.

Sin embargo, es raro encontrar la franqueza de ese empecinamiento en la obra publicada en español. Bukowski disfrutó tanto de su papel de automarginado que terminó convirtiéndose al final de su vida en lo que menos intentó devenir: fenómeno mediático. Ordinaria locura (1981), de Marco Ferreri, y El borracho (1987), de Barbet Schroeder y protagonizada por Mickey Rourke, son filmes inspirados en su vida, y lo transformaron en el mismo tipo de ídolo que había sido Kerouac en su juventud. Un ídolo de la estética de la perversión, de la suciedad y la podredumbre.

Lo que pudiéramos llamar el «credo bukowskiano» está en el poema «Cómo ser un gran escritor»: tienes que templarte a muchas mujeres/ bellas mujeres,/ y escribir unos pocos poemas de amor decentes/ y no te preocupes por la edad/ y los nuevos talentos./ Solo toma más cerveza, más y más cerveza./ Anda al hipódromo por lo menos una vez/ a la semana/ y gana/ si es posible./ aprender a ganar es difícil,/ cualquier pendejo puede ser un buen perdedor./ y no olvides tu Brahms,/ tu Bach y tu cerveza./ no te exijas./ duerme hasta el mediodía./ evita las tarjetas de crédito/ o pagar cualquier cosa en término./ acuérdate de que no hay un pedazo de culo/ en este mundo que valga más de 50 dólares/ (en 1977)./ y si tienes capacidad de amar/ ámate a ti mismo primero/ pero siempre sé consciente de la posibilidad de/ la total derrota/ ya sea por buenas o malas razones./ un sabor temprano de la muerte no es necesariamente/ una mala cosa./ quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos/ y como las arañas, sé paciente,/ el tiempo es la cruz de todos./ más/ el exilio/ la derrota/ la traición/ toda esa basura./ quédate con la cerveza,/ la cerveza es continua sangre./ una amante continua./ agarra una buena máquina de escribir/ y mientras los pasos van y vienen/ más allá de tu ventana/ dale duro a esa cosa,/ dale duro./ haz de eso una pelea de peso pesado./ haz como el toro en la primera embestida./ y recuerda a los perros viejos,/ que pelearon tan bien:/ Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun./ si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas/ como te está pasando a ti ahora,/ sin mujeres/ sin comida/ sin esperanza…/ entonces no estás listo/ toma más cerveza./ hay tiempo./ y si no hay,/ está bien/ igual.

La marginalidad engendró en la obra de Bukowski algunas aristas que pueden resultarnos aún hoy polémicas, aunque ya estemos curados de espanto por la posmodernidad. Por ejemplo, su relación con las mujeres tuvo una intensidad ambivalente: no era capaz de prescindir de ellas, pero no les hacía tampoco ninguna concesión. Era lo que se decía de él cuando el escritor chileno Poli Délano lo entrevista en su casa de Los Ángeles en 1987. Te han acusado de machista, le dice. La respuesta que le da es la misma del «gran poeta» de uno de sus cuentos a su joven entrevistador, cuando le pregunta qué piensa sobre la liberación femenina: «En cuanto ellas se dispongan a lavar el auto, a empujar el arado, a perseguir a los dos tipos que acaban de asaltar la tienda de licores o a limpiar alcantarillas, en cuanto ellas se dispongan a que les vuelen las tetas de un balazo en el ejército, yo estaré listo para quedarme en casa y lavar los platos y aburrirme recogiendo hilachas de la alfombra». «Me acusan mucho por mis personajes favoritos», le dijo Bukowski aquella noche. «Si pinto a una mujer que es basura, las feministas se me echan encima, mientras que si pinto un hombre que es basura, no me dicen nada».

A pesar de estas afirmaciones amargas, amó al menos a dos mujeres que compartieron su vida estable y largamente. La muerte de la primera, con quien tuvo a su hija Marina, generó textos y poemas estremecedores. En una carta a John Webb en 1962 escribía: «Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. (…) Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de las nalgas, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal, todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está».

Y uno entre muchos de sus poemas más citables, a mi juicio, titulado «Elogio al infierno de una dama»: Algunos perros que duermen a la noche/ deben soñar con huesos/ y yo recuerdo tus huesos/ en la carne/ o mejor/ en ese vestido verde oscuro/ y esos zapatos de tacón alto/ negros y brillantes,/ siempre puteabas cuando/ estabas borracha,/ tu pelo se resbalaba de tu oreja/ querías explotar/ de lo que te atrapaba:/ recuerdos podridos de un/ pasado/ podrido, y/ al final/ escapaste/ muriendo,/ dejándome con el/ presente/ podrido./ hace 28 años/ que estás muerta/ y sin embargo te recuerdo/ mejor que a cualquiera/ de las otras/ fuiste la única/ que comprendió/ la futilidad del/ arreglo con la vida./ las demás sólo estaban/ incómodas con/ segmentos triviales,/ criticaban/ absurdamente/ lo pequeñito:/ Jane, te asesinaron por saber/ demasiado./ vaya un trago/ por tus huesos/ con los que/ este viejo perro/ sueña/ todavía.

Es indudable que la etiqueta impuesta a Bukowski por sus contemporáneos se dejó llevar por la comodidad: era más fácil fijarse en su prosa agresiva y provocadora, directa y sucia, que en el mundo de reflexiones y códigos que manejaba en su poesía. Y fue también (lamentablemente) mucho más fácil de imitar. Si su imagen pública era tan traída y llevada (¿escritor que bebe o borracho que escribe?), qué podemos esperar de los juicios sobre su obra. Todavía hay quien afirma que Charles Bukowski es una abominación para la literatura… Por suerte él nunca pareció preocuparse mucho por la trascendencia.

La huella del realismo sucio es fácilmente rastreable en la literatura cubana. Aunque tuvo algunos anuncios notables como Matarile, de Guillermo Vidal, su explosión (pública) coincide con los cuentos publicados en los 90 por algunos de los llamados novísimos, sobre todo los pertenecientes al grupo de los “friquis”: Ronaldo Menéndez, Ricardo Arrieta, Raúl Aguiar, Verónica Pérez Konina, Ena Lucía Portela y José Miguel Sánchez (Yoss). Todos eran o habían sido miembros entre 1987 y 1988 del grupo conocido como El Establo, el cual se nucleó en La Habana alrededor del escritor Sergio Cevedo y tuvo la intención de subvertir el canon de la decencia «sinflictiva» imperante en las letras cubanas. La necesidad de mostrar zonas y temas de la marginalidad hasta ese momento vedadas justificó el uso del estilo bukowskiano en la narrativa de los noventa, pues con su tratamiento directo, casi brutal, lograron caracterizar a personajes de nuestro tiempo que no existían porque no tenían voz.

Como toda tendencia transgresora, el realismo sucio ha ganado defensores, imitadores huecos y detractores furibundos. Pedro Juan Gutiérrez y Zoe Valdés son hoy dos de los escritores cubanos más leídos en el mundo y a la vez los más cuestionados, no solo por las comunes razones de ética y estética, sino porque algunos se preguntan si es “justo” que los lectores de otras tierras crean que todos en Cuba hablan y viven en un perpetuo estado de marginalidad. ¿Hay que poner un límite al uso del lenguaje grosero? ¿Este debe servir solo para ubicar a un personaje en un entorno determinado, ergo lo demás es abuso de la grosería por la grosería? ¿Y si el abuso de la grosería se ha vuelto necesario para burlarse de la propia grosería? ¿Las palabras groseras no terminan siendo aceptadas hasta por la Real Academia cuando se incorporan definitivamente al habla cotidiana? ¿Qué puede ser peor: el lenguaje grosero o la grosería de las ideas?

Cualquier indagación en ese sentido, además de ser desgastante, no tiene aún ninguna consistencia: es el tiempo quien se ocupará de ubicar lo «sucio» donde corresponda. Poco le importaba a Bukowski el juicio de sus contemporáneos, la trascendencia, las poses de los escritores de éxito. Detrás de sus alardes alcohólicos y sexuales había un ser indefenso que parecía querer vivir solo para esperar la muerte. Ahí quedan sus textos y los de sus seguidores para que la posteridad siga haciendo su propio juicio.