Arte Joven


¡Mi película en el celular!

Con el objetivo de incentivar la creatividad y el interés en la realización y la apreciación cinematográfica, el Centro Provincial de Casas de Cultura de Holguín y su Departamento de Creación Audiovisual convocan a los interesados a participar en el concurso “Mi película en el celular”.

Como requisitos se exige contar una historia (un cortometraje) exclusivamente con un dispositivo móvil en plano secuencia, sin cortes, y con una duración aproximada de unos tres minutos. Podrán concursar personas de cualquier parte de Holguín, sin límites de edad o profesión.

“El propósito fundamental de “Mi película…” es ofrecer a niños, jóvenes y ancianos principalmente una vía de escape hacia la creatividad, aprovechando no solo las riquezas del imaginario popular, sino la tecnología que está a nuestro alcance”, comentó la realizadora Alejandra Rodríguez Segura (Jandrys), metodóloga de creación audiovisual y organizadora del concurso.

“Las redes sociales y plataformas digitales también serán escenario propicio para intercambiar sugerencias y consejos sobre cómo desarrollar las historias, a partir de elementos dramatúrgicos y de realización audiovisual, sin que esto implique límites o camisas de fuerza”, añadió.

Hasta el tres de septiembre próximo podrán ser enviadas las propuestas, que se recepcionarán en formato digital o en DVD, fecha en la que el jurado, integrado por jovenes y experimentados realizadores, comenzará sus sesiones de trabajo para seleccionar las cinco mejores historias en concurso.

El próximo 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana, se anunciarán los ganadores y los premios colaterales, auspiciados por la AHS, la Facultad de Medios Audiovisuales de la Universidad de las Artes en Holguín y Ediciones La Luz, sello que reconocerá la labor realizada por los más pequeños.

El certamen incluirá muestras colaterales, con proyectos provenientes de países como México y Uruguay, quienes compartirán también su realidad en cortos de tres minutos desde su móvil, añadió. “Este concurso, comentó Jandrys, tiene su génesis durante su estancia en Venezuela, como parte de la misión Cultura Corazón Adentro, donde realizó un proyecto con significativos resultados en este país sudamericano y que ahora, por primera vez, se implementa en nuestro país”.


Manuel Ojeda, el peso de la quietud y la persistencia de la memoria

El peso de la quietud surge en parte como una necesidad por retomar el camino de la plástica”, comenta el joven realizador Manuel Ojeda Hernández sobre su proyecto de documental beneficiado por el Fondo de Fomento del Cine Cubano (FFCC), un camino que comenzó en su natal Camagüey cuando se graduó de la Academia de Artes Vicentina de la Torre.

“Soy fotógrafo de formación y el proyecto surge, en sus inicios, por la necesidad de abordar un fenómeno desde mi especialidad; para ese entonces todo era puramente formal. Una vez visibilizado el fenómeno descubrí que se hacía cada vez mayor la necesidad de contar una historia. Fue de esta manera que me acerqué poco a poco al género documental y me distancié un tanto de la fotografía para adentrarme en un proceso completamente narrativo”.

“Hoy en día todo se mezcla y en este caso siento que la narración del documental se construyó a partir de símbolos, elementos conceptuales y referentes plásticos. Uno de los principales objetivos que me tracé fue desprenderme de mi formación como fotógrafo, pensar solamente en el cómo contar la historia y no dejar que la visualidad la contaminara. Siempre había pensado en cómo contar desde la puesta en cámara y desde sus recursos expresivos, pero en este caso dirigir ha sido una experiencia completamente diferente”, cuenta Manuel sobre su proyecto seleccionado –por un comité integrado por los experimentados Amílcar Salatti, Mario Masvidal, Carlos de la Huerta, Magda González Grau y Narciso Jorge Fuentes– para el otorgamiento de todo el financiamiento solicitado en la modalidad de Producción de proyectos de cortometrajes de ficción, documental y animación.

Estudiante de Dirección de Fotografía en la Facultad Artes de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) de la Universidad de las Artes (ISA), miembro del Registro del Creador de Artes Plásticas y del Registro del Creador Audiovisual y Cinematográfico (RECAC), Manuel Ojeda ha trabajado, en diferentes roles, en varios largometrajes de ficción y documentales cubanos y extranjeros, entre ellos Omega 3 (Eduardo del Llano, 2014), Skin (Guy Nattiv, 2018), la premiada Yuli (Icíar Bollaín, 2019), The Cuban (Sergio Navarrete, 2019) y La Red Avispa (Olivier Assayas, 2020). Como director de fotografía labora en la realización del documental El Patio, ganador también del FFCC, y en el cortometraje de ficción Temporada, ambos dirigidos por Josué García, y en futuros proyectos como el corto de animación No Binario y los cortometrajes de ficción La Noche de los Visitantes y Parece Sangre.

Es suya, junto a Ana María González, la dirección de fotografía del documental Romería, la Utopía (2020) de Manuel Alejandro Rodríguez y Carlos Gómez, dedicado al principal evento de la AHS que llena parques y plazas –y escenarios virtuales en las recientes ediciones– de la ciudad de Holguín. Además, su nombre aparece en los créditos de cortometrajes y documentales de David Beltrán, Yoe Pérez, Emmanuel Martin, Sergio Castillo, Diana Moreno, Inti Herrera y Orlando Mora.

Esta entrevista nació como parte de un reportaje –donde dialogaron realizadores y directivos– sobre el trabajo de la Oficina de Ayuda a la Producción y del Fondo de Fomento. Ante una fecha de entrega, las respuestas de Manuel no pudieron ser incorporadas al texto, pero sus opiniones y su experiencia con el trabajo del FFCC, sus expectativas como joven realizador, la importancia del mismo para el cine cubano y el proceso creativo de El peso de la quietud, resultan interesantes para compartirlas con los lectores del Portal del Arte Joven Cubano.

Cortesía del entrevistado

 

¿Cómo crees ha influido tu formación como artista plástico en la creación audiovisual?

Cuando me gradué tenía dieciocho años y mis aspiraciones se resumían en entrar al ISA. En el 2012 me mudé para la casa de mi padre en La Habana y enseguida comencé a cursar un taller de foto still que se impartió en el ICAIC; fue de esta manera que vi en la fotografía una herramienta para contar una historia. Con anterioridad, en mi formación plástica solo había empleado la fotografía para documentar los procesos creativos (una instalación, un performance o un videoarte). En aquel entonces no tenía en cuenta los recursos expresivos que se podían aprovechar, solo cuanto tuve ese acercamiento fue que descubrí este universo.

De este taller surgió la idea de una serie fotográfica titulada “Sumergidos en la Orilla”. Las piezas que la componían eran un fotograma en sí y cada una de ellas contaba su propia historia. Luego de cursar varios talleres, me fui acercando cada vez más al audiovisual y al mismo tiempo comencé a estudiar en el ISA en la especialidad de Dirección de fotografía; desde ese momento dejé de pintar para dedicarme completamente al estudio de este nuevo lenguaje.

Tener una formación plástica ha influido mucho en mi creación cinematográfica, me reencontré con principios que ya conocía (el comportamiento de la luz, el color, la composición, entre otro) y simplemente tuve que reinterpretar estos conceptos y explorar otros, pero el fin es el mismo: comunicar, ya sea una idea, un sentimiento o transmitir una emoción.

Creo que todavía me falta mucho por aprender, pues va a ser complicado desprenderme por completo de la fotografía, no creo que eso suceda. Pero con cada obra descubrimos algo, y precisamente con “El peso de la quietud” he tenido la posibilidad de reencontrarme con procesos creativos similares a los que sentía cuando pensaba o realizaba una obra plástica.

Hablemos del El peso de la quietud y de la necesidad de atrapar las historias de las cosas…

El peso de la quietud es un documental sobre la persistencia de la memoria, la eterna espera en un desvelo y el silencio del olvido. Es una historia que se cuenta a través de un objeto (la silla), un fenómeno que se hace común e invisible ante la rutina de una ciudad que aparenta estar detenida en el tiempo. Sus tímidos rostros se ocultan entre el agitado paisaje habanero. Abandonadas a su suerte, a la intemperie de una de las esquinas de cualquier basurero, a la orilla del muro del Cementerio Colón o simplemente bajo la sombra de un árbol en las afueras del Teatro Nacional descansan algunas de estas sillas, frágiles e inservibles.

Es por ello que surge la necesidad de encontrar en la memoria de estos objetos los testimonios que atesoran. Sus historias pueden ser simples o poco atractivas, pero el fenómeno surge cuando se establece un diálogo entre la silla y su nuevo contexto, cuando se transforma su apariencia formal por la sustitución y el reciclaje de un material por otro, o con la relación que existió con su antiguo protector y ahora con su nuevo custodio. Claro está, se adquiere un nuevo significado, pero en la mayoría de los casos no se modifica su función objetual.

Cortesía del entrevistado

 

¿Cómo llegas al Fondo de Fomento? ¿Y cómo, luego de ser seleccionado, ha sido tu experiencia?

La convocatoria del Fondo fue un impulso para terminar el proceso de desarrollo e investigación de mi proyecto. Supe de esto, ya que en su primera convocatoria se presentó en la modalidad de Post producción el largometraje documental Hacia la luz de Aracelys Avilés, que fue beneficiado con el cien por ciento del presupuesto solicitado. En este proyecto tuve la suerte de ser parte del equipo creativo y de filmación, donde asumí la responsabilidad desde la fotografía. Cuando se lanzó la segunda convocatoria para el Desarrollo de cortometrajes de ficción y documental, me presenté con la carpeta de producción del proyecto. Meses después tuve la grata notica, por partida doble: mi proyecto El peso de la quietud y El patio, de Josué García Gómez, en el cual soy el fotógrafo, fueron seleccionados y apoyados con el ciento por ciento del financiamiento para su producción.

En lo personal esta oportunidad significó un gran compromiso, sobre todo porque tuve que asumir la responsabilidad de producir y dirigir el documental. Esto marcó una experiencia completamente diferente ante todo lo que había hecho desde mi perfil como fotógrafo. Producir ha sido todo un reto para mí, pero ante la situación actual que atraviesa el país debido a la Covid-19 y al reordenamiento monetario, tuvimos que ajustarnos a un diseño de producción que fuera lo más práctico posible y de esta manera sacar el proyecto adelante.

Las relaciones con el Fondo siempre han sido muy favorables, desde el comienzo me recibieron con mucha amabilidad y respeto. El trabajo ha sido sobre la base de la comunicación y se mantiene de cerca un interés por el desarrollo y el estatus del proyecto; no solo se le da seguimiento a los recursos productivos y financieros, también se visibilizan los proyectos en forma de promociones por diversos canales de comunicación. En lo particular tengo mucho que agradecer a todas las personas que trabajan allí, en especial a Helda, por su paciencia y los consejos que me ofrece cada vez que me acerco con alguna inquietud.

Cortesía del entrevistado

 

¿Expectativas?

Estas se resumen a los deseos de que se mantenga esta iniciativa. El Fondo de Fomento es una plataforma necesaria para el desarrollo de nuestro cine cubano. Por muchos años se luchó por algo como esto y hoy, más que disfrutarlo, debemos cuidarlo para seguir avanzando.

Espero que a partir de ahora se lance su convocatoria con mayor frecuencia, y que se desarrolle según las inquietudes del propio lenguaje. Que a su vez se visibilicen más proyectos y que surjan otras plataformas similares para oxigenar nuestra cultura. Que sirva para establecer un precedente y crear una conciencia colectiva entre la industria y el cine independiente.

¿Cuánto crees que apoya el FFCC al desarrollo del cine cubano y al independiente en particular?

Para nadie es un secreto que en los últimos años en nuestro país las producciones cinematográficas han sido insuficientes. Realmente no creo que el problema radique en la falta de exponentes o en la ausencia discursiva de estos; durante muchos años la voluntad de crear ha mantenido viva una voz y muchas han sido las estrategias que han surgido para hacer cine de manera independiente.

Hasta hace muy poco tiempo existía cierto divorcio entre el cine independiente y la institución, ya sea por falta de reconocimiento, apoyo o negación, o tal vez, un poco de todo. Lo cierto es que había un desbalance; por un lado, el ICAIC realizaba muy pocas producciones y prácticamente eran los mismos directores; mientras que a los más jóvenes les costaba mucho trabajo poder completar todo el ciclo, para esto tenían que acudir a otros fondos, que por suerte existían pero que, a su vez, no cubrían la mayor parte de la producción.

Pienso que el FFCC llegó como una respuesta que era necesaria para rescatar el cine nacional; por suerte para todos, hoy es un hecho. Es la posibilidad de poder contar con recursos para materializar los proyectos, también se ofrece como un puente entre las producciones independientes y las instituciones; para que los cineastas jóvenes realicen sus proyectos y de esta manera afirmar que se amplían las opciones de hacer cine desde cualquier parte de Cuba y del mundo, visibilizando y sumando todas las voces en un mismo lenguaje (nuestro cine cubano).

Cortesía del entrevistado

¿En qué crees que puede mejorar el trabajo del Fondo y su relación con los cineastas cubanos?

En estos momentos creo que hay que esperar un poco para ver cómo se comportan los primeros resultados; todo esto es muy reciente, pero hay que seguir con el impulso y llevarlo aún más lejos. Siempre hay cosas que modificar, es parte del desarrollo y no podemos negarnos a eso. Ahora tenemos el Registro del Creador Audiovisual y Cinematográfico, es algo que nos respalda, sobre todo a los independientes, pero todavía falta mucho por hacer. Pienso que podemos avanzar más en términos de información y educación sobre los procesos de la ONAT, el banco y todos los trámites legales que conllevan esta nueva etapa. También creo que, en un futuro no muy lejano, el Fondo debería proponerse cubrir los otros procesos de la producción cinematográfica, que también son importantes para completar el ciclo, hablo de la distribución y la exhibición. Muchas veces no tenemos en cuenta estas etapas y resulta que es algo que debemos considerar desde el principio. El Fondo debería crear su propia plataforma y de esta manera las películas desarrolladas con su apoyo tendrían un recorrido mucho más largo y garantizado.

Creo que es necesario destinar recursos a la restauración patrimonial, es responsabilidad nuestra preservar nuestra memoria cultural. Si hoy no tenemos en cuenta esto, es muy probable que mañana las mismas películas que son apoyadas por el Fondo padezcan este mal.


Nuevo programa de la AHS en sintonía con el arte joven cubano

Desde hace pocas semanas un nuevo programa sale a la vida mediante la emisora Radio Rebelde. Se trata de “En clave”, proyecto radial gestado por la Asociación Hermanos Saíz (AHS), que se transmite cada domingo de 1:30pm a 2:30pm, con la pretensión de ser voz fuerte y seductora del arte joven cubano.

Cada emisión propone entrevistas a creadores de varias provincias, información sobre eventos de la AHS, sus contenidos en redes sociales y la obra de sus miembros. Diseñado en un inicio por los radialistas Dayana Mesa Giralt, Edelman Henrique Pons y el departamento de Comunicación de la AHS, esta propuesta sonora brinda también música y secciones sobre todas las manifestaciones artísticas, las cuales son alternadas en cada emisión.

Dirigido por el experimentado Ríos Vega y con la codirección del joven Yasel Toledo Garnache, vicepresidente nacional de la AHS, el espacio pretende convertirse en fuente de críticas y análisis sobre la literatura y el arte de jóvenes en el país.

Con música para banda sonora a cargo del Dúo Nue9ve y DJ Arte, el programa cuenta con la conducción de los locutores Leyber Gómez y Elizabeth Cánova, y la realización de sonido de Luis Guillermo Rodríguez, más conocido como Gogosito.

En clave tiene el reto también de reflejar el quehacer de otros proyectos radiales de la AHS en diferentes provincias, como Hecho en casa, en Pinar del Río; Por ahora, en Guantánamo;…, En zona, en Camagüey; y La hora de los cabezones, en Holguín, este último cumplirá 15 años de existencia en el 2021.

La Asociación tiene también varios programas televisivos, en coordinación con telecentros y canales, incluidos Arte soy, también en Camagüey, y Paréntesis, que cumplirá 15 años de vida el próximo mes de julio y se transmite por los canales Educativo y Caribe.


«La literatura es un ritual de sanación»

A Isabel Cristina López Hamze la he llamado siempre Isabelita, desde aquellos tiempos en que ambas coincidimos en el ISA: ella, ya maestra; yo todavía alumna. Lo primero que se descubre en Isabelita es su sonrisa. Es amable. Es buena persona. Y nada de eso es postura, ni cartulina, ni confeti. Tardé años en descubrir a Isabel Cristina en su rol de escritora. La conocía, claro que sí, como una joven mente teatrológica, como investigadora y, ya lo he dicho, como profesora. Sus publicaciones en Facebook me hicieron seguir cada vez más sus letras y, luego de leer su primera obra, Estática milagrosa, le pedí esta entrevista, en un afán por descubrir más que su sonrisa amable o su pensamiento teatral. Este es el viaje de Isabelita a través del ritual de sanación de la escritura.

¿Cómo ocurre el tránsito entre Isabel Cristina, teatróloga, e Isabel Cristina, escritora? ¿En qué difieren, si acaso difieren, tus procesos de creatividad y pensamiento cuando debes enfrentarte al oficio crítico y luego al oficio creativo?

Siempre quise ser escritora. Aún guardo libretas de la escuela de cuando tenía 10 años que son un documento surrealista. En una página hay una clase de matemática o de español y en la otra hay dibujos rarísimos y descripciones de mis compañeritos del aula, un párrafo sobre las telenovelas, las cucarachas alemanas o cualquier otro tema cotidiano. Después, cuando estaba en la secundaria, ya no solo escribía en las libretas de la escuela, escribía sobre la gente, y luego mi mamá y mi papá me imprimían la hojita y yo se la entregaba a la persona que me había inspirado. Recuerdo cuando le llevamos la hojita impresa al primer violín de la Orquesta Sinfónica de Oriente. De aquello hace más de veinte años, pero todavía me acuerdo de la cara que puso Marco Tulio Niño Wong cuando salió de la Sala Dolores y se leyó mi poema que, visto desde ahora, era una especie de crítica impresionista de su brillante ejecución musical. Yo escribía mucho y además leía mis cuentos y mis poemas a la gente. No tuve pena, en mi infancia y adolescencia, de mostrar las cosas que escribía. Esa pena llegó después, con la Teatrología.

Siempre me gustó escribir sobre la realidad, pero no tanto como para ser periodista. La otra opción que valoré fue Filología, pero uno de mis mejores amigos me dijo que esa carrera era para eruditos y yo nunca he sido tan buena con las letras así que no opté por ella. Mi amigo estudió Derecho y se hizo Doctor en Ciencias a los 27 años; yo estudié Teatrología, la mejor carrera del mundo.

En el ISA leí los clásicos de la literatura y el teatro, aprendí sobre los genios de las artes visuales, sobre los talentos musicales más grandes. El fuerte vínculo con la teoría, la investigación y el conocimiento del arte y la literatura que me proporcionó la carrera inhibieron mis ganas de crear. Yo creo que cuando niña era una escritora en potencia y luego me convertí en teatróloga. Claro que los teatrólogos también crean, pero desde otra perspectiva. Desde que entré al ISA hasta el 2016 escribí decenas de reseñas críticas, artículos, ensayos y dos tesis: una de licenciatura y otra de maestría, pero no escribí nada que no estuviera asociado a mi trabajo como crítica e investigadora teatral. Mis ganas de ser escritora se despertaron gracias a que un día mi primo Abraham Hamze, que también es teatrólogo, me abrió una cuenta de Facebook.

Actualmente sigo escribiendo críticas, ensayos teatrales y una tercera tesis, esta vez de doctorado. Para esas labores intelectuales debo usar un lenguaje académico y cuando escribo sobre las cosas de la vida, entonces uso un lenguaje coloquial. Sentarme a escribir sobre teatro es estresante, casi tortuoso, sentarme a escribir un cuento o una crónica es muy relajante y divertido. Sin embargo, creo que ambos ejercicios de escritura se complementan. Muchas de mis reflexiones sobre el teatro están permeadas por esa mirada a lo cotidiano, a lo que parece insignificante, pero tiene gran relevancia para algunos. Así mismo, los textos que escribo sobre otros temas tienen una aparente liviandad, porque así los concibo desde el lenguaje y los abordajes, pero en realidad están calzados por una invisible densidad que vive en mi parte teatrológica.

¿Qué te aporta tu conocimiento del teatro a tu concepción de la escritura?

Ya te dije que para mí la Teatrología es la mejor carrera del mundo. Siempre digo que soy teatróloga, en todos los espacios, aunque la gente no entienda bien qué significa. Ese es uno de los encantos de mi carrera. Tuve la suerte de tener profesores excepcionales. También tuve la suerte de ser una estudiante aplicada y tener compañeros aplicados con los que compartir lecturas y puntos de vista. Me leí casi todos los libros que mandaron en el ISA y no solo los de teatro, sino también los de filosofía, historia, literatura, estética, psicología… Mi concepción de la escritura y mi concepción de la vida están atravesadas por el teatro. Más bien por la manera de entender la escena.

 

En el teatro hay muchos planos de significación: plano gestual, objetual, espacio-temporal, lingüístico, verbal, representacional, ficcional, intertextual, simbólico, metafórico… Todos esos niveles de sentido también pueden coexistir en otras esferas de la vida. Haber aprendido a descifrar los códigos del teatro y transpolar esa experiencia a otros escenarios de la vida me ha permitido ver lo que otros no pueden ver a simple vista. Ese es un talento que tenemos los teatristas. Mi trabajo como crítico también me ha enseñado a ponerme en el lugar del creador, a atender con igual interés las más disímiles estéticas. Esos son aprendizajes válidos para la escritura, para la creación y también para ser una mejor persona.

Si tuvieras que definir tu estilo en pocas palabras, ¿cuáles eligirías?

No creo que tenga ningún estilo aún, pues llevo muy pocos años escribiendo de manera sistemática. Lo que más la gente conoce son las crónicas que escribo para las redes sociales, pero escribo otras cosas que no muestro. Hasta ahora solo he estado como los pitcher, “calentando el brazo”, como me dijo un día Francisco López Sacha cuando le conté que yo quería escribir novelas. “¡Oh, pá eso hay que calentar bastante el brazo!”

Me gustaría tener un estilo que para mi papá era el mejor: “Todos los estilos y ningún estilo, he ahí el estilo.”

Las redes sociales han servido, al menos para ti, como un cimiento de posibilidades no solo comunicativas, de asociación y conexión, sino también creativas. ¿Cambia el lenguaje de la creación cuando lo concibes para ser pensado y comunicado desde la inmediatez de la red, o apuestas por un lenguaje universal que se adapte a las particularidades de cada proceso receptor?

Gracias al Facebook yo volví a interesarme por la creación. Al principio era un juego divertido, una forma de expresarme diametralmente opuesta a la crítica teatral. Con el tiempo, ese juego se fue poniendo serio, pues la gente me escribía cuando dejaba de publicar, me llamaban a la casa, me exigían de alguna manera que escribiera algo nuevo. Con los años se ha convertido en una especie de experimento. He descubierto qué cosas les gustan a la gente de Facebook. Por ejemplo, un texto cotidiano sobre mi perrita o sobre el pan de la bodega gusta más que un poema escrito por mí. Gustan las historias personales, los temas como las cosas de niños, los viejitos, las muertes, los nacimientos, los cumpleaños, la política… Y también gusta una manera determinada de narrar.

Yo escribo textos muy diferentes a los que publico en Facebook. Textos más abstractos, o más densos, con otro estilo y cuando he publicado alguno, a pesar de tener ya a mucha gente que me sigue, no les ha parecido bueno. Me gusta tensar esa cuerda y de vez en cuando subir algo rarísimo que descontrola a la gente. Eso forma parte del experimento.

Escribir para la inmediatez de las redes es una estrategia de lenguaje, un estudio de los gustos y de los deseos de la gente. Es muy interesante ver dónde se unen los gustos, las experiencias, las tristezas y las alegrías de un público tan diverso como el de mi perfil de Facebook. Tengo amigos de todo tipo: peluqueras, funcionarios, periodistas, artistas, músicos, viceministros, campeones panamericanos, estudiantes, maestros, premios nacionales, raperos, caricaturistas, torneros, disidentes, evangélicos, campesinos, héroes. Tengo amigos en China, Japón, Dinamarca, Estados Unidos, en casi todos los países de América. Es increíble, pero en un punto toda esa gente diferente se conecta. Es muy lindo cuando uno escribe algo sin grandes pretensiones y ves a personas de muchos lados identificadas con tu historia. También me gusta descubrir que hay temas que mueven a determinadas personas o grupos y otros que no causan ese efecto. Ambas reacciones de los lectores son parte de mi experimento, que es una manera de buscar ese lenguaje universal, una manera de “calentar el brazo” para cuando pueda escribir novelas, que es mi sueño.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Cuánto tiempo le dedicas a la escritura?

Escribo mucho en el celular, quizás porque no tengo tanto tiempo para sentarme delante de una computadora. Antes escribía en las guaguas, en las paradas, caminando. Escribía a mano en las reuniones y en las clases cuando los estudiantes se demoraban demasiado en hacer la tarea. Ahora, desde que nació mi segundo hijo, escribo mucho en la mente, pues paso casi todo el tiempo con él. Cuando duerme en mis brazos durante el día escribo en el celular, con una sola mano. Rezo para que se quede dormido en el lado izquierdo y poder escribir con la derecha, sino, me toca escribir en la mente. Muchas veces voy escribiendo por pedacitos en el teléfono de mi hijo grande, en el de mi esposo, en el de mi madre, en un tablet, en lo que esté cargado en ese momento. En las noches, cuando el bebé duerme, unifico todos los picotillos que escribí durante el día y los paso a la computadora. Después edito y a veces desecho lo que quedó.

Como mi mente va más rápido que mis manos, siempre tengo una lista grande de temas para escribir. Escribo de las cosas que me pasan, por eso hay temas que nunca se tachan de la lista y se van quedando eternamente ahí. Yo hablo de lo que quiero escribir. Una vez un amigo me dijo que eso era muy malo, que cuando uno habla de lo que quiere escribir nunca lo escribe. Quizás me ha pasado con algún que otro texto que se quedó en la oralidad, pero casi todas las ideas llegan a ser escritas.

Generalmente Jorge Ricardo, mi compañero de vida, y yo trabajamos juntos. Como él es fotógrafo siempre hacemos foto y texto. A veces hacemos el texto primero y él crea la imagen en función de la escritura, pero muchas veces la foto viene primero y escribo para complementar la imagen. Es muy divertido trabajar de esa manera.   

Escribo todos los días de mi vida. Hago textos para Facebook, escribo cuentos para completar un libro que ya va por su séptima versión, escribo crónicas sobre maternidad, escribo parte de mi tesis de doctorado, escribo cartas a mis amigos, escribo para mis estudiantes del ISA, escribo informes de tutoría y oponencia, escribo guiones para un programa de televisión.

Con Estática milagrosa. Listas para vencer y no para ser vencida apuestas por una estructura externa que bebe, sin lugar a dudas, de la relación de tus textos con las redes, ¿hasta qué punto te preocupa lo novedoso en tu escritura?, ¿has pensado la medialidad propia de un libro físico en relación o comparación con la medialidad propia del mundo del Facebook, espacio natural en el que fue concebido el libro?

Lo novedoso no es algo que yo busque de forma arbitraria. Para mí es más importante lo genuino que lo novedoso. Creo que en el caso de las listas hay cierta novedad en la estructura, pero no tanto, ya que otras personas han escrito listas antes que yo. Cuando escribí la primera lista no pensé en si era novedoso o no, fue algo espontáneo. Un día quería subir un montón de fotos a mi perfil y como la conexión estaba tan lenta hice una lista con la descripción de las fotos. Así surgió la idea de las listas en casa de mi amiga, la actriz y dramaturga Eileen López Portilla. No fue algo muy pensado. Luego vino un análisis clave: las listas son dinámicas, se leen rápido, su estructura es buena para las redes. Pero ya te digo, ese análisis vino después.

Si comparo el Facebook y una publicación impresa, puedo decirte que no es común que un mismo contenido coexista en ambos universos. El mundo de las redes es tildado de banal, de tonto, de vanidoso y un libro es un libro. Internet aguanta todo lo que le pongan, aguanta más que el papel. A pesar del impacto inmenso que hoy en día puede tener un contenido en las redes sociales, no se acerca al que puede tener un libro impreso en el ámbito profesional de la literatura. A pesar del alcance de lo virtual, creo que la gente nunca va a dejar de creer en los libros. A mí nadie me dijo que era escritora hasta que Ediciones La Luz editó mi primer libro. Es muy simpático porque las listas fue lo primero que escribí y después de eso he transitado por varios estilos, he madurado, he aprendido a lidiar mejor con las palabras. Pero lo que me legitima como escritora es ese libro, no importa cuánto escribí antes o cuánto escribo ahora para las redes, cuántos comentarios, compartidos o likes, hace falta un libro para que la gente diga: “¡Oh, es escritora!”

Quisiera que me comentaras un poco cómo nació la idea de convertir tus listas de Facebook en un libro. ¿Qué tal el trabajo editorial con Ediciones La Luz?

Cuando escribía las listas nunca pensé que serían un libro, aunque mucha gente me decía que las reuniera para publicar. La persona que me dijo: “manda tus listas a La Luz” fue mi amigo, el dramaturgo, narrador y poeta Roberto Viña, que ya había publicado con ellos y quedó encantado con el trabajo de la editorial. A mí me gustan mucho los libros de La Luz. Tengo en mi casa una pequeña colección de libros editados por ellos y en dos ocasiones he presentado publicaciones de amigos. Que mi primer libro sea editado por Ediciones La Luz es un sueño. Para mí fue una sorpresa que la propuesta fuera aceptada para el plan editorial y una sorpresa aún más grande que saliera tan rápido. Tú sabes que los libros pueden pasan años en los planes editoriales y otros años más en la imprenta. Tuve la suerte de ser bien aconsejada por mi amigo Bobby y también el impulso de mi mamá que me dijo: “manda, niña, manda, que no pierdes nada”.

El trabajo con la editora Liset Prego fue muy bueno. Primero, ella se conectó con el libro desde el punto de vista emocional y eso fue maravilloso. Creo que se hizo un cuidadoso trabajo de edición y de diseño. Fue un proceso muy profesional, muy colaborativo y no sé hasta qué punto sea así, pero yo sentía que Luis Yuseff, el director de la editorial, estaba muy al tanto de todo, de cada detalle. Eso es algo admirable.

Después de que el libro salió yo comencé a descubrir la mujer extraordinaria que es Liset Prego, todos los puntos que tenemos en común y me siento muy privilegiada de que ella haya sido la editora.

La maternidad, Cuba, la familia, el amor, la crítica social, la ilusión por el futuro, incluso cuando todo parezca desmoronarse alrededor, son algunos de los leitmotivs que he encontrado en tu opera prima. ¿Crees que este libro habla, precisamente, de la esperanza? ¿Ves o entiendes a la literatura como un camino que ha de conducir hacia la felicidad? ¿O hacia dónde, si no?

Tal vez el libro hable de la esperanza, no sé. No me planteé que hablara de nada específicamente. Esas listas son una especie de registro de los paisajes a mi alrededor, que a mí me gusta verlos como paisajes esperanzadores a pesar de los derrumbes. Me encantaría que muchos lo vieran como un libro sobre la esperanza.

La literatura es para mí un ritual de sanación. Escribir es analgésico para mí. Cuando extraño mucho a mi papá escribo sobre él y me siento más cerca, más feliz con su otra presencia. Cuando me molestan cosas del pasado, escribo cambiando los sucesos y con esa nueva versión fabulada me siento más contenta. Cuando algo me hiere o me mortifica, solo tengo que sentarme y escribir sobre eso. Inmediatamente pasa a otro plano de la realidad donde todo o casi todo está sublimado, desacralizado, burlado, trasgredido, entonces ya no duele, sino que causa sentimientos encontrados y, en esa contradicción, está el progreso. En el equilibrio entre lo triste y lo alegre, lo serio y lo ligero, lo profundo y lo llano, lo vivo y lo muerto, lo hermoso y lo feo está, para mí, la felicidad a la que la literatura puede conducirte a veces.

Si tuvieras que anunciarle a un potencial lector los temas de Estática Milagrosa, si tuvieras que adelantarle un poco de la esencia del libro, ¿qué le dirías?

Le diría que es un libro de cosas pequeñas. Un libro para leer en un viaje en guagua. Un libro apto para todas las edades. Un libro que cabe en un bolsillo de atrás del pantalón, que se puede doblar como una libreta de la secundaria. Un libro de aprendizaje. Un libro que trata sobre la vida de una muchacha cubana que se parece a la vida de otras personas en el mundo, porque es un libro de cosas pequeñas y esas cosillas tristes o alegres son las que conectan a la gente. Es un libro de listas, que puede retratarte en alguno de sus puntos.

¿Has pensado escribir teatro o poesía?

Teatro nunca. Poesía sí. Pero me han convencido varios amigos poetas de que siga haciendo crónicas o intentos de narrativa. En mi experiencia creo que hacer poesía es muy complejo, aunque es muy fácil hacer una mala poesía.

Provienes de una familia de artistas. Tu padre fue un gran y querido poeta. ¿Hasta qué punto sientes que esa herencia genética, ese legado, está presente en tu trabajo creativo?

Mis abuelas cantaban y declamaban, se sabían muchas historias. Una fue maestra Normalista y la otra estudió en un colegio de señoritas. Así que sus cuentos y sus experiencias eran muy diferentes. Una era católica y la otra espiritista. Una vivió en Carretera del Morro y la otra en Pinarito de Cambute. Una pintaba paisajes al óleo y la otra era una artista de la cocina. Mis abuelas murieron hace muchos años, pero ellas influyen de forma determinante en mi personalidad creativa.

Por otro lado, mi mamá no es una artista, pero es una mujer muy culta, ha leído mucho, lo mismo clásicos de la literatura que obras contemporáneas. Ella está muy al tanto de todo lo que pasa en el mundo, sabe de un golpe de estado en algún país, de los más recientes descubrimientos arqueológicos, de las investigaciones de la NASA, del último disco de Bad Bunny. Ella es mi brújula, mi Internet con corazón y mi más ferviente crítica. Y mi papá era mi socio, mi hermano, mi amigo, mi amor más grande. Mi papá era un tipo muy genial, muy creativo, muy inventor, muy simpático. En todo lo que escribo está su marca, no me refiero a su impronta poética, sino a su condición de papá, a su personalidad. Estática Milagrosa, mi primer libro, está dedicado a él y los otros que aún no he escrito también están dedicados él.

En tu opinión, ¿cuáles son las principales necesidades de los artistas jóvenes en la Cuba de hoy? ¿Y los principales desafíos creativos y sociales de estas mismas voces?

Hace unos años participé en Santa Clara en el Magdalena sin Fronteras, un evento organizado por Roxana Pineda, una de las artistas que más admiro. Allí conocí a muchas mujeres increíbles. Conocí a Julia Varley, actriz del Odin Teatret, una mujer extraordinaria con una sabiduría y una belleza admirables. De ella aprendí la importancia de hablar en primera persona. Creo que después de ese Magdalena no he vuelto a hablar en nombre de otros. Hablo de mi experiencia, de mi pequeñísimo entorno familiar y profesional. Las necesidades de los jóvenes artistas son muy disímiles, como disímiles son las realidades de la Cuba de hoy. Algunos demandan más conexión a Internet, otros un piano de cola, otros piden libertad de expresión, otros la posibilidad de presentar su obra en espacios de primera línea. Las necesidades pueden variar, incluso pueden ser materiales, estéticas o espirituales. Pero yo considero que todas, si provienen de un artista joven de la Cuba de hoy, deben considerarse como necesidades legítimas.

Mi necesidad parte, esencialmente, de defender lo bello, lo inspirador, lo enaltecedor. Son valientes los que denuncian los horrores, los que alzan su voz nombrando las injusticias, pero también hay valentía en defender la belleza, porque ya lo feo, lo injusto y el horror andan sueltos por el mundo. Son también valientes los que pintan a la luna asomándose, tímida y hermosa, detrás de un árbol mientras estallan las bombas en el Medio Oriente. Son también valientes los que siembran árboles mientras las ballenas blancas son atravesadas por el arpón. Creo que, como el resto de las necesidades posibles, la mía también es legítima, sin embargo, he sufrido en varias ocasiones de una extraña especie de censura, porque no suelo mostrar las cosas malas, lo criticable. O tal vez mi manera de cuestionar la realidad es otra, menos directa, menos ácida, más esperanzadora.

Esa es mi necesidad: defender la vida, la belleza, la armonía de nuestras almas con el alma de la naturaleza. Y mi desafío creativo es que no se banalice lo lindo, lo bueno, lo suave, lo alegre. Mi desafío es que no se desvalorice mi visión porque me guste sacar el lado más positivo a las cosas. Mi desafío es que la gente siga viendo la estrellita tintineante en medio de la noche más oscura, que no se pierdan las ganas de bailar, de cantar, de amar, de jugar, de ser feliz, aunque el mundo esté lleno de injusticias. Para eso escribo y para eso vivo.

¿Existe un diálogo profundo, de intercambio y creación, entre los creadores de una misma generación, y entre los jóvenes y los veteranos?

Los creadores de una misma generación, aunque tengan intereses artísticos diferentes, comparten modos de producción, referentes, modos de vida. El contexto provoca una empatía inevitable, aunque no siempre conduce a un diálogo profundo. En el mejor de los casos las alianzas creativas entre los artistas de una misma generación dan lugar a movimientos, procesos y experiencias colectivas que marcan el ritmo de los tiempos. Así ha sucedido y así ha quedado en la Historia. Sin embargo, tal vez no han sido visibilizados de igual forma los vínculos entre artistas de diferentes generaciones. Muchas veces oigo hablar de los jóvenes y de los viejos, como dos extremos irreconciliables. Te puedo contar que una de las personas con las que más me conecto, que ha leído todo lo que escribo es mi amiga Ivette Vian, que ya pasa de los setenta. Ella es mi estrella. Creo en los aprendizajes mutuos que brotan del diálogo intergeneracional, en el deseo de unos y otros de encontrarse, en la voluntad de superar el estéril dilema entre lo viejo y lo nuevo. Del intercambio profundo entre generaciones solo puede salir un arte joven. Como cuando vemos en el teatro a un maestro como Carlos Díaz montando textos de Rogelio Orizondo o Agnieska Hernández. O a Fernando Pérez dirigiendo una película coral en la que intervienen seis directores noveles.   

Coméntame un poco de tu libro de crónicas y fotos en coautoría con Jorge Ricardo, titulado A Baracoa me voy…, el cual se encuentra en proceso de edición en México por la Editorial Rosa Luxemburgo.

Ese libro, al igual que el documental “El lenguaje de la montaña” estrenado en 2019, es el resultado del viaje más maravilloso que hemos hecho. Jorge Ricardo y yo nos fuimos juntos a Guantánamo a participar en la 28 edición de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa con el objetivo de hacer un documental. Convivimos 34 días con los artistas y los pobladores de las comunidades intrincadas de la serranía. Dormimos en casas de campaña, nos bañamos en los ríos, nos dimos unos sustos de muerte sobre el camión, vimos más de ochenta funciones, nos asombramos ante las bellezas naturales de una Cuba hasta entonces desconocida. Hicimos muchos amigos actores, campesinos y pescadores. Jorge y yo nos hicimos muy amigos viviendo en condiciones extremas de campaña, nos enamoramos y regresamos a La Habana con muchos planes: un documental, una exposición fotográfica, un libro y un hijo. Todos los planes fueron cumplidos. El libro A Baracoa me voy… tiene esa energía. Es un cuaderno de viaje con más de cien fotografías que relata el descubrimiento de paisajes y gentes increíbles. Cuando los textos parecen demasiado inverosímiles, las fotos son la hermosa evidencia de que lo que vivimos es real. Fue una suerte tremenda que la Fundación Rosa Luxemburgo publicara nuestro libro. Cuando la pandemia lo permita se podrá presentar y podremos llevarle algunos ejemplares a los cruzados en Guantánamo y eso nos hará muy felices, porque está dedicado a ellos.

Más allá de la página en blanco, ¿quién es Isabel Cristina?

Soy una muchacha feliz con una familia maravillosa. La familia que siempre soñé construir y para la que mis padres me prepararon toda la vida. Este año cumplo los 33 y dicen que esa es la edad de cambiar el mundo. Yo sé que no voy a lograrlo porque no tengo habilidades sobrehumanas, pero seguiré intentando sacar el lado alegre de las cosas, seguiré llevando una semilla en la cuenca de la mano y confiando plenamente en la promesa de la germinación.


«Lo terrible puede ser algo bello»

Alejandro Rama sabe que lo marginal es algo que nos define y que vive en las raíces de lo que somos. Lo terrible puede ser siempre algo bello, nos anuncia a través de su escritura. Su Sinfonía de las Cavernas, libro por el cual obtuviera el Premio Calendario de Narrativa en el año 2021, entronca con esta, su filosofía de la existencia y del arte.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Soy de mucho escribir, pero también de mucho reescribir. Normalmente demoro entre uno y dos años para terminar un libro, para estar conforme con él. Eso sí, necesito mucho ruido, sobre todo música estridente, y mucho café.

¿Sientes que tu cotidiano permea o contamina tus textos? ¿Exploras esa realidad para transformarla en arte o prefieres el ejercicio de imaginar otra realidad posible que no se vincule directamente a ti?

Parte y parte. No escribo sobre mí, pero sí sobre las situaciones que directa o indirectamente terminan rodeándome. Y aunque prefiero imaginar universos, estos terminan contaminándose con situaciones y referentes de la realidad en la que vivo. Eso sí, nunca mi realidad. Como ya dije, no quiero ni puedo escribir sobre mí. Prefiero que mis personajes vivan sus propias vidas.

Fotos cortesía del entrevistado

¿Cómo construyes o trazas la arquitectura de un libro?

Muchos escriben sus historias, una tras otra, y luego entre todas arman su libro, de acuerdo a lo que estas puedan, o no, tener en común. En mi caso no puedo hacerlo así. Las historias sueltas que escribo se quedan como eso: historias sueltas. En cambio, suelo primero tener la idea general del libro, la cual voy conformando como si fuese el armazón de un edificio y, por último, rellenando con las historias como quien agrega concreto a la estructura.

Acabas de obtener el Premio Calendario de Narrativa 2021 con Sinfonía de las Cavernas. ¿Sientes que existe una línea de sentido o de continuidad que te permite asociar esta propuesta a tus textos anteriores: Grunge y Mecánica de las naranjas?

Desde la estructura de una sinfonía, el libro arma como un rompecabezas aparente: termina hilvanando un discurso que tiene como premisa la marginalidad, vista desde todas sus aristas y formas. Creo que se acerca y a la vez se aleja de mis textos anteriores. Se acerca en cuanto a temática, pero se aleja en cuanto a ritmo y estructura. Es un libro más calmado, mejor pensado.

Cuando cruzas el camino hacia la senda poética, ¿existe algo en la poesía que te recuerda aún al narrador que eres?

Escribo poca poesía y mucha narrativa, y a la larga mi poesía termina siendo una especie de ejercicio narrativo. Muchos de mis poemas terminan convirtiéndose, eventualmente, en relatos para agregar a un libro de cuentos o una novela o, como en el caso de Grunge, forman parte del libro sin siquiera perder su categoría poética.

Fotos cortesía del entrevistado

¿Cuáles son los temas que pueblan tu imaginario creativo?

Me gustan las historias ácidas, directas, satíricas. Me gusta moverme dentro de varios subgéneros, parodiarlos con el objetivo de ilustrar y demostrar qué hay o puede existir marginalidad en cualquier lugar. Un árbol puede ser marginal. Una familia que acaba de comprar una mesa puede ser marginal. Una casa. Un paisaje. Una cámara fotográfica. Todo está en la forma, en el cristal con que se mire. De eso trata mi literatura: el golpe constante que nos recuerda que, a veces, lo bello puede ser terrible y lo terrible puede ser algo bello.

¿Crees en la autocensura?

Sí. Creo que nos ha pasado a todos en algún momento y nos seguirá ocurriendo. A veces por miedo y otras por necesidad, pero sucede. En mi caso me ocurre con la poesía. No me veo ni me siento como poeta, y por eso escondo mis textos poéticos incluso de mí mismo, o los termino convirtiendo en cuentos o pretextos para cuentos.

¿Hasta qué punto te interesa dialogar con creadores de tu misma promoción? ¿Lees a otros autores jóvenes del patio?

Creo que ese diálogo se hace cada vez más necesario. Los escritores necesitamos retroalimentación artística, y esa no siempre está en el libro que te lees. Una conversación puede producir muchas ideas, centrar el camino del artista. No he leído a muchos creadores del patio, aunque sí a varios de ellos. Quizás sea también que no me llegan los libros. A veces es simplemente porque uno compra el libro del escritor que ya conoce, en el que confía, y no le da oportunidad a otros. De los que he leído me parecen muy interesantes Daniel Burguet, Junior Fernández, Alejandra Damiani y Raúl Leyva.

Fotos cortesía del entrevistado

¿Cuáles son los principales hándicaps en la promoción del arte joven, dentro y fuera de nuestras fronteras?

Se está haciendo cada vez más necesaria la actualización de los modelos de promoción artística y literaria. Las plataformas, la crítica y las instituciones necesitan comprender de una vez que el artista es el renglón fundamental y que ese renglón necesita ser vendido como lo que es: un producto artístico. Leí hace poco un artículo de Abel G. Roblejo que lo explica de una forma muy acertada. El artista necesita ser valorado, y la mejor forma de hacerlo es a través de su obra. Creo que los espacios promocionales nunca van a ser suficientes. Ni dentro ni fuera. ¿Por qué sí existe un canal de televisión dedicado completamente al deporte y no existe uno dedicado completamente a la cultura? ¿Cómo y dónde puedo conocer del quehacer literario y artístico actual si no pertenezco a una institución artística? Creo que son preguntas que se deberían analizar.

¿Existen virtudes intrínsecas, indispensables para un creador?

Eso está en dependencia del producto que se quiere proyectar. Hay libros, obras de arte en general, que necesitan más que otros. Pero creo que la disciplina, la constancia y la necesidad de decir, de ser escuchado o leído o comprendido es lo que impulsa al artista.

¿Las redes sociales pueden impactar en el futuro a corto o mediano plazos en la forma en que consumimos literatura, y más específicamente, la narrativa? ¿Impactarán también en la forma en que se crea y se concibe un producto artístico?

Ya lo están haciendo. Los escritores hemos tenido que abandonar, de cierta manera, los textos complejos en favor de lo más simple. Oraciones cortas. Textos más dinámicos que captan la atención desde el inicio. Imágenes puramente cinematográficas. Es lo que, a mi entender, nos está legando el mundo de las redes sociales.

Fotos cortesía del entrevistado

¿Los escritores somos criaturas en busca de un nuevo estímulo o meta de forma constante? En ese sentido, ¿eres de aquellos autores que deja de dialogar con sus libros previos para concentrarse en los proyectos presentes y futuros, o prefieres a menudo revisitar lo ya escrito?

Prefiero abandonarlos, aunque nunca los abandone. Pasar página. Me gusta que mis proyectos siempre sean invenciones y no reinvenciones.

¿Crees en las influencias? ¿Hasta qué puntos son perceptibles en tu obra?

La influencia existe, nos guste o no, y mi obra está plagada de ellas, sobre todo porque trabajo sobre la base de la intertextualidad. Uso muchos referentes para construir mi universo narrativo, a veces incluso inconscientemente.

Fotos cortesía del entrevistado

En estos tiempos de cuarentena, ¿qué libro tuyo recomendarías al lector, para que le acompañara? ¿Qué otro libro de un autor joven cubano?

De mis libros recomiendo Grunge. Aunque ya tiene varios años de publicado lo considero la puerta principal para conocer e interesarse por mi literatura. De otro autor, recomiendo Powershop, de Junior Fernández, un libro inmenso en cuanto a forma y contenido, y a su vez muy fresco, al igual que Avenida 99, de Raúl Leyva.

Más allá del escritor, ¿quién es Alejandro Rama?

Pues Alejandro Rama es un ingeniero informático, devenido recientemente instructor de arte, que está enamorado de la vida. Ha intentado ser pintor, músico, cineasta, pelotero, futbolista, desarrollador de videojuegos y fotógrafo. Romántico sin serlo, amigo incondicional, fiel a sus principios siempre y, por sobre todas las cosas, humanista en cuerpo y alma.


Carlos Daniel Rivero y la conexión sagrada del arte

Conocí a Carlos Daniel Rivero hace ya varios años. Tuve el privilegio de que este joven artista ilustrara mi novela La última aurora y que, sin que mediaran largas horas de diálogo entre él y yo, supiera concretar con total naturalidad todas mis ideas creativas en sus ilustraciones y en el diseño del libro. Desde entonces he tenido la oportunidad de colaborar con Carlos en no pocas ocasiones y he descubierto, además, el calor espiritual y artístico de este joven creador que ha sabido forjar, sin concesiones, su propio camino.

¿De qué manera confluyen y se sintetizan en tu creación los oficios de músico, ilustrador y artista visual? ¿Hasta qué punto dicha sumatoria de saberes simboliza al artista que eres o deseas ser en el futuro?

Cada forma de decir o de crear, cada saber que aprehendemos, ya sea que salgamos a buscarle o que nos llegue por causalidad, viene a enriquecer nuestra visión del mundo y, con ello, nuestro modo de hacer. Soy un pintor que he tenido la suerte inmensa de chocar con otros lenguajes, de los que no he podido ni he querido desprenderme y a los que agradezco todo cuanto puedan aportarse el uno al otro.

¿Piensas que el arte es un campo de especialización o que existe un camino más abarcador de los procesos creativos, así sean de manifestaciones artísticas diferentes? ¿Qué reto entraña ese horizonte de posibilidades en ti?

Aunque no creo que como creador vaya a revolucionar totalmente discursos o visualidades ya marcados (tampoco me urge), francamente no soy de los que cree que en el Arte “ya todo está dicho”. Cada nuevo tiempo impone nuevos retos y con ellos nuevas soluciones, tanto a nivel social como a nivel creativo. Los años han sido fieles testigos de ello y creo que negar que existe aún mucho camino por recorrer y mucho que aportar al Arte, sería cerrar puertas a generaciones y generaciones que vendrán, con inquietudes, modos de pensar y formas de hacer completamente nuevos.

La música es un lenguaje abstracto que, al menos yo, siento que viertes también en tus ilustraciones. ¿Te sucede así o tratas de que tus procesos creativos transcurran por vías diferentes, sin contaminar unos con otros?

Una vez que te encuentras con nuevos discursos, se vuelve muy difícil desprenderte de ellos cuando trabajas. Sin embargo, nunca intento distanciar o juntar los procesos a la hora de crear y, aunque realmente me encanta cuando se mezclan, solo dejo que manen y fluyan a placer.

¿Cuánto te aporta, espiritual y humanamente, compartir vida con otra artista? ¿Es tan difícil la colaboración entre dos espíritus creativos más allá del ámbito doméstico?

Desde el principio hemos forjado una relación de apoyo más allá de lo sentimental, en la que cada uno intenta brindar una visión enriquecedora sobre los procesos del otro. Y aunque sinceramente soy yo el que pone la parte testaruda cuando trabajamos juntos o se trata de recibir una opinión, es maravilloso compartir con alguien que, más que familia, más que amiga y esposa, es una persona muy creativa, con una gran sensibilidad y que tanto puede aportar, desde una visión más crítica, al trabajo que realizo.

¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Por varias razones, gusto de que mis procesos transcurran en solitario, siempre he visto el hecho de pintar como un acto muy íntimo y personal. Intento que esa conexión sagrada que se establece entre pieza y creador no se afecte por nada, que solo exista el diálogo.

Desde hace ya casi un año colaboras con un equipo creativo que ha llevado a cabo diversas cápsulas de videopoemas con diversos temas que aúnan el espíritu simbólico de la nación ibérica y el de Cuba. ¿Qué tal esta experiencia? ¿Cómo ha transcurrido este diálogo? ¿Qué imágenes o ideas creativas han primado en tu concepción escénica y visual de los videopoemas?

Entré con algo de temor en un campo del que no tenía más conocimiento que la cercanía con el trabajo de un par de amigos realizadores. Chocar con otros presupuestos estéticos, otro soporte y otra forma de decir distintos de aquellos con los que ya trabajaba, ha sido una experiencia genial y que mucho agradezco a ti y a los que han tenido que ver con esta idea. Me parece un gran proyecto con alas que pueden extenderse aún más y que mucho aporta a la promoción de una parte de la literatura joven cubana. Siento que la idea del audiovisual que transgrede la fría imagen del escritor que lee frente a cámara brinda la oportunidad de llegar a un público menos cercano a la poesía o la narrativa.

En la labor de un artista, ¿qué importancia le confieres a las redes sociales y al networking?

Siento que juegan un papel muy importante dependiendo, por supuesto, de los intereses de cada uno. Sobre todo, creo que las redes han venido a proporcionar la visualización a artistas con mucho talento que quizás quedaban ocultos tras el telón de aquellos que dominaban el acceso y la atención de los medios. Además de haber logrado, sobre todo en los días que vivimos, acortar distancias y facilitar el trabajo a personas desde y hasta cualquier parte del mundo.

Ser un artista joven, en Cuba, en los tiempos que actualmente corren: ¿desventaja, ventaja o camino intermedio entre las dos posibilidades anteriores? ¿Por qué?

Existe una muy delgada línea entre lo fácil y lo difícil que puede resultar ser un joven artista en la Cuba de hoy. Persiste aún mucho de lo que no sé si definir como temor, prejuicio, ignorancia o total desinterés por el arte y los artistas jóvenes en Cuba. Creo que indiscutiblemente la Asociación Hermanos Saíz ha realizado desde sus inicios un intenso trabajo para inclinar la balanza hacia una mayor promoción del arte joven; sin embargo, resulta incómodo el hecho de que en ocasiones se torne imprescindible usar a la AHS como bandera o como llave para abrir puertas a la hora de gestionar determinados proyectos. Peor aún para aquellos a los que no ampara organización o institución alguna.

En 2015 tu carrera como músico tuvo un parteaguas y, de una manera u otra, dejaste un poco atrás este tipo de creación para enfocarte en nuevos perfiles de trabajo. ¿Sientes que tu relación con la música ha concluido o solo esperas por nuevas ideas y proyectos que puedan tocar a tu puerta? ¿Cuándo y cómo entiendes/asumes que un proyecto ha llegado a su concreción?

Como bien dices, en 2015 comienzo, por varias razones, a separarme de la experiencia de estar en un escenario cantando y/o tocando. Sin embargo, no creo haberme alejado de la música. Siento (casi como dependencia) que mi relación con la música corre más allá de poder o no interpretarla. Por otra parte, creo que los procesos varían de un creador a otro, incluso en una misma persona pueden transcurrir de formas muy distintas. Por lo general, me cuesta asumir que un proyecto acabó del todo y suelo quedar un tanto inconforme con mi trabajo, sin embargo, casi todos (creo yo) tenemos esa especie de campana que avisa cuándo acabar o al menos cuándo tomar distancia.

¿Cuáles son los proyectos artísticos que más atrapan tu atención? ¿Con qué voces del panorama creativo nacional te interesaría colaborar?

Siempre hay proyectos, más o menos cercanos a nosotros o a lo que hacemos, a los que miramos con cierto interés. Siempre me llamaron la atención la Trova y la escena del Rock, dos géneros que siempre he sentido muy cercanos. Pero, sin duda, los proyectos que más me atrapan son aquellos que de alguna forma me sorprenden, los que suponen un reto, esos que sirven de escuela; como lo fue en su momento “Ni de cartón”, o “Chaman”, como lo hizo luego “Evacuación” y más tarde el mundo de la ilustración, y como la han hecho más recientemente los proyectos audiovisuales “España: raíz y ruta”, “Dramatis Personae” y “Encrucijada: diálogo y creación”.

¿Quién es, más allá de una partitura musical, un dibujo o un diseño, Carlos Daniel Rivero?

Aunque creo que hablar sobre quién soy no corresponde más que a los que me rodean, siento que soy como una roca que los años forjan lentamente a golpes de lluvia y sol; soy lo que el tiempo ha querido hacer de mí. Soy el resultado de las buenas y malas experiencias, de los dulces y ásperos momentos que me ha regalado la vida.

Soy una persona de pocas palabras, que gusto mucho de reír, me encanta el Rock and Roll y el olor de los óleos. Para bien o para mal no tardo en brindar mi amistad a cada persona que tengo cerca. Intento que todo lo que hago me brinde placer, no me gusta emprender proyectos que no siento que puedo disfrutar.

Me gusta creer que cada experiencia, por buena o mala que resulte, tiene mucho que enseñarme. Siempre he sabido que prefiero conocer, más que a grandes artistas, a grandes personas sin importar lo que hagan. Soy el que agradece cada día a la vida por una familia a la que adoro, y por regalarme el inmenso placer de contar con buenos amigos.


Nuevas propuestas literarias con el sello de lo artesanal

El Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez de Holguín prioriza opciones alternativas de publicación mediante el trabajo con el papel artesanal y sus posibilidades, para de esta manera acompañar la labor creativa de los escritores y la promoción de sus obras.

Fotos cortesía del Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez

Con la asesoría de Cuadernos Papiro y el Taller de Papel Manufacturado homónimo, en lo que va de año la pequeña fábrica de la Promotora ha producido cuatro proyectos literarios, extendiendo la obra de escritores holguineros, así como las propuestas literarias en tiempos de crisis poligráfica, comentó el poeta Moisés Mayán, especialista de esta institución.

Fotos cortesía del Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez

Entre sus novedades se encuentra el lanzamiento de la colección Poesía de Cordel, presentada en la librería Ateneo Villena-Botev, como parte de la reciente campaña de promoción “Vivo enamorado del libro” que realiza este año el Centro, y que está dedicada a incentivar el hábito de la lectura en todos los públicos, especialmente entre los más jóvenes.

Fotos cortesía del Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez

La iniciativa retoma la clásica modalidad portuguesa de presentar publicaciones a los lectores a través de textos colgados en un cordel, y consiste en pequeñas obras que acentúan el carácter festivo de la compra de un libro, añadió Mayán. En el lote inaugural fueron incluidos poetas holguineros como Delfín Prats, Lourdes González, Manuel García Verdecia, Belkis Méndez, Eugenio Marrón, Luis Yuseff, José Luis Serrano y Gilberto Gonzáles Seik.

Fotos cortesía del Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez

Otra de las propuestas, explicó Mayán, fue la serie Las voces del viento, que reunió textos de diez poetas holguineros fallecidos en el siglo XXI, partiendo de la idea de que Holguín, como región cultural, cuenta con un significativo “club de poetas muertos” que constituyen soporte y referencia obligatorios en la literatura del territorio, entre ellos Ángel Augier, Lalita Curbelo, Orestes González Garayalde, Alejandro Fonseca, José Luis Moreno del Toro, Mayda Pérez Gallego, Elena Guarch, Luis Caissés, Quintín Ochoa y Daniel Santos.

Fotos cortesía del Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez

El libro homenaje La media rueda, como celebración de los 50 años del poeta e investigador Ronel González, unido a 10×10. Una cantidad misteriosa, libro-arte que recoge diez poemas del Premio Nacional de Literatura Cintio Vitier, creado en colaboración con Ediciones La Luz, fueron otros de los títulos salidos de este pequeño taller.

Fotos cortesía del Centro de Promoción Literaria Pedro Ortiz Domínguez

Actualmente el equipo creativo de la Promotora se encuentra enfrascado en una suerte de tarjetero dedicado a Palabras a los intelectuales, con la finalidad de socializarlo próximamente, a raíz del 60 aniversario de este importante intercambio del líder histórico de la Revolución Fidel Castro con valiosos creadores cubanos, añadió Moisés Mayán.


Convocan desde Holguín a muestra virtual Todos abstractos

El Centro Provincial de Artes Plásticas de Holguín convoca a los artistas cubanos a participar en la muestra virtual Todos abstractos, que se inaugurará el próximo mes de julio, y en la cual podrán participar los creadores residentes o no en el país, que trabajen la visualidad abstracta y sus maneras de manifestarse en lo plano y el volumen.

Cada artista podrá presentar hasta dos piezas (imágenes) en formato digital con un máximo peso de 3 Mb y 300 dpi de resolución, con sus datos personales y de la obra en el título del archivo de formato JPG. La imagen puede ser mayor siempre que mantenga su nitidez al aplicarle el zoom. Las piezas se enviarán al correo rguillen68@gmail.com o rguillen@nauta.cu con los datos anexados: Nombre(s) y apellidos del autor, título de la obra, técnica, dimensiones y año de realización; además de un breve resumen de su currículo. El envío de las obras será hasta el 10 de junio.

Foto: Carlos Parra/archivo

La convocatoria evoca la importante muestra homónima realizada por los artistas y curadores Ramón Serrano y Magalys Reyes en abril de 1992, en las salas de esa institución. “Los curadores lograron poner a todos los artistas de la ciudad en función de la creación abstracta, para lograr al final una innumerable cantidad de eficaces soluciones visuales, llenando así las enormes salas de la institución”, asegura el artista y profesor Ronald Guillén Campos, quien, junto al Centro de Arte, organiza esta selección.

Foto: Carlos Parra/archivo

La primera exposición dio pie a la muestra representativa de 1995 titulada Pinturas del silencio, presentada en la Galería Bayado, del Fondo Cubano de Bienes Culturales, con curaduría del propio Ronald Guillén y de Ramón Serrano. Esta muestra se amplió y reeditó en la galería La Acacia, de La Habana, en 1997, con la supervisión de Serrano y José Ángel Vincench, donde se expuso, además de sus piezas, obras de importantes figuras de la abstracción cubana como Hugo Consuegra, Salvador Corratgé, Roberto Diago, Julio Girona, Raúl Martínez, Flavio Garciandía, Glexis Novoa, Pedro de Oraá, Luis M. Pedro y Antonio Vidal. La misma se realizó de manera colateral a la VI Bienal de La Habana y su catálogo contó con la presentación de textos de Janet Banet y Kevin Power.

Foto: Carlos Parra/archivo

Las imágenes serán evaluadas por un equipo curatorial que velará por su calidad antes de su publicación y cuya decisión será inapelable. La muestra será presentada en la página de Facebook del Centro de Arte “Artistas holguineros”, en Instagram y en su canal de YouTube, así como cuantos espacios de promoción se coordinen al efecto, los que serán divulgados oportunamente. Para mayor información, los organizadores facilitan los teléfonos del Centro de Arte: 24471032 y 24452572, y el WhatsApp: 55084168.


«La escritura puede ser un largo viaje hacia la noche»

Leonardo Estrada Velázquez es un joven dramaturgo que persigue a la escritura en su largo viaje hacia la noche. Con motivo de la publicación de su obra teatral Ludoteca, bajo el amparo del sello de Ediciones La Luz, me acerqué a él. En este diálogo, muy semejante a otros que hemos tenido en la Asociación Canaria de Cuba o en el Instituto Superior de Arte (ISA), Leonardo revela sus sueños, sus influencias, sus obsesiones como escritor, la senda que lo conduce en busca de un nuevo texto y una historia por contar.

¿Sientes que al elegir la dramaturgia como tu campo de creación fundamental sucedió un cambio en tu concepción poética del mundo? 

Sí. La dramaturgia es un concepto semánticamente complejo y abarcador. Complejo porque hay muchas dicotomías sobre qué significa la dramaturgia y cuál es su marco conceptual y formal. Muchas personas sitúan la dramaturgia en el mundo netamente de la escritura; sin embargo, ella nos ofrece un amplio abanico de posibilidades que se adentran en planetas visuales, sonoros, cinematográficos, danzarios… como vía láctea de la creación. 

El concepto de dramaturgia comienza a concebirse durante el Teatro de la Ilustración. Existe, entre los ilustrados, un investigador y crítico alemán llamado Gotthold Lessing quien, en su libro La Dramaturgia de Hamburgo, recopila una serie de ensayos en el cual analiza el teatro alemán de su época. Dentro de sus notas aparece el término dramaturgie, o sea, dramaturgia. Pero, obviamente, es una noción compleja pues ya en Grecia, Esquilo, Sófocles y Eurípides eran conocidos como poetas, y si hoy se les presentara quizás se haría utilizando el denominativo dramaturgo.

Asimismo, resulta abarcador porque la dramaturgia no solo nos ayuda a componer, estructurar, delinear las capas, niveles y categorías de un texto escrito, sino también actúa en los otros rubros que te mencionaba. Cada uno posee textualidad específica y autónoma, un lenguaje, signos que articulan su trazado. Hay muchísima dramaturgia en los gestos, movimientos y miradas de una persona, como mismo en la simetría, en el uso de la línea, el color o la luz concernientes a un cuadro; hay muchísima dramaturgia en la agógica, el ritmo, el compás, la instrumentación de una pieza musical; hay, por así decirlo, muchísima dramaturgia en la vida y sus situaciones.

Todo lo anterior representa mi noción del mundo. Admitir ese mundo sin procesos dramatúrgicos equivaldría a la inexistencia de mi yo. Quizás te puedo decir que antes de conocer la dramaturgia, mi cosmos intelectual se notaba difuso. Solo al conocer la dramaturgia cobró personalidad, forma y sentido.

¿Cómo se transmuta la poesía en dramaturgia, y viceversa?

Es un proceso orgánico y fluido, pero también de convivio, es dialéctico, efímero, denso y contradictorio. Desde hace muchísimos siglos atrás la poesía y la dramaturgia eran asumidas como ese acto creativo, imitativo y comunicativo de una persona que contenía una determinada sensibilidad gracias a ser poseído por alguna deidad o fuente cósmica. Los poetas o dramaturgos (si se quiere) eran sencillamente creadores, y no existía esa diferenciación de oficios o términos. Los músicos (coreutas) que cantaban ditirambos en honor a Dionisos fueron nombrados poetas (los textos de Platón y Aristóteles así lo constatan), incluso eran poetas los aedos y rapsodas que iban de pueblo en pueblo tocando la lira o aquellos que escribían para las procesiones en la Hélade.

Había tanta poesía y dramaturgia en los poemas eróticos de Safo a Lesbia, en La Epopeya de Gilgamesh o la Ilíada, de Homero como en Las Bacantes, de Eurípides, en la construcción del Oráculo de Delfos o el agón entre el coro y el corifeo —seguido del hypokrités—, que marcó un salto cualitativo en el origen del teatro. Todo este primer panorama es crucial para entender cómo puede transmutarse la poesía en dramaturgia y viceversa.  

En mi caso, como escritor, puedo aseverar que el poeta no solo escribe desde esa condición espiritual de interpretar la vida misma y sus interioridades (mucho menos hoy, en donde el mercado juega un rol fundamental). El poeta, como el dramaturgo, requiere de una especialización, un oficio; luego, la maestría o dominio del saber hacer nos habla de la técnica. Es esa técnica la que facilita nuestro alumbramiento sobre las leyes de cualquier universo poético o dramático, y que nos induce a crear con un sentido pragmático, empleando formulas casi matemáticas una y otra vez. Significa una trasmutación de corte más científico, en la cual la poesía deviene signo y la dramaturgia resulta la poetización de ese signo.

El problema se agudiza cuando llegamos al espectador: cómo se trasmuta la poesía en dramaturgia y viceversa. Por situar dos tipos de receptores, está el consciente (como yo le digo) que tiene todo el feedback para decodificar ese lenguaje y experimentarlo, pero habrá quien no tenga toda esa consciencia y de todas maneras sienta, llegue a una realidad, su realidad, mediante ese acto comunicativo.

En resumen, poesía y dramaturgia se contienen, necesitan, desean y, por ende, trasmutan. La poesía y la dramaturgia como concepciones modernas quedan reducidas al género literario y escritural;  sin embargo, pueden estar en todo, solo hay que aprender a observarlas, interpretarlas y sentirlas con la técnica y el corazón.

¿Cuáles son las diferencias esenciales entre Leonardo poeta y Leonardo dramaturgo?

El Leonardo poeta saca a la luz mi yo espiritual, ese que me remonta a mis orígenes como escritor en la Asociación Canaria de Cuba, de la mano de mi otrora profesor y padre de la escritura, Rafael Orta Amaro. En aquella centuria, escribía más bien con el afán de expresar algo, sin reparar en públicos y publicaciones o la definición de qué era aquello que había plasmado en una hoja de papel. ¡Eran tiempos vírgenes y hermosos!, como un niño que da sus primeras pisadas y mira con asombro todo a su alrededor.

Mi parte dramatúrgica caracteriza otra etapa de mi vida que tiene que ver mucho más con el despertar de una madurez como escritor (cuando digo escritor no me refiero a mi escritura netamente teatral, sino a cualquier tipo de texto que he redactado). Estudié Dramaturgia casi de casualidad (porque me comentaste con pasión la similitud de tales aprendizajes con el perfil del escritor) en la Universidad de las Artes (ISA): son teorías y técnicas que he ido puliendo a merced de trabajos concretos y que van en continuo aprendizaje.

Tras horas y horas de desvelo, desgaste, asperezas e incomprenciones debido a quienes no entienden o valoran tu trabajo, el Leonardo dramaturgo ya no solo escribe por amor o espiritualidad, sino pensando en hacer visible y también en comercializar la obra mediante un libro, una publicación digital o física, o a través conferencias, charlas, clases, talleres… Hay técnica y oficio en esta etapa, manipulas mucho más las palabras, las frases, los sonidos, los silencios y las acciones.

¿Al estudiar Dramaturgia, tu oficio de poeta quedó relegado a un segundo orden de importancia?

Quisiera pensar que no. Para mí la poesía representa ese aleph borgiano que nunca te abandona, espaciotemporalidad infinita donde todo confluye y que te transporta a lo más recóndito del universo. La poesía es luz, alma y vida, expresión cósmica y tangible del ser y el estar; aunque realmente ha pasado un torreón de años desde la última vez que escribí un texto poético puro.

Yo empecé muy enamorado de la poesía: redactaba sonetos, décimas, cuartetas, también verso libre. Gracias a la poesía gané mis primeros premios (como el Ángel Ganivet Internacional o los nacionales Ala Décima, Farraluque y Oscar Hurtado) y me inserté en un mundo intelectual donde había mucho de romanticismo tras cada palabra, lectura o tertulia.

Luego, una vez en el ISA, mis tiempos se redujeron y con ellos mis encuentros furibundos con la señorita poesía. Recuerdo que me seleccionaron para pasar el curso de la Escuela de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Vinieron años en que practiqué como narrador, más tarde la escritura teatral y, paralelamente, el ensayo. En realidad, para graduarme como dramaturgo debía escribir teatro y, para vencer asignaturas teóricas, debía redactar ensayos, investigar. Así, una vez concluida la universidad, quedó esa savia en mis venas y la canalicé en los trabajos realizados como ensayista, periodista y crítico, hasta que se envaneció mi parte poeta, y la poesía y yo quedamos aislados, en galaxias dispares.  

No obstante, quisiera creer que cuando nuestras supernovas se alineen, nos reencontraremos. Es imposible no amar a la poesía. Es imposible no desearla. Es imposible no volver a ella. La poesía se expresa en todo mi ser: cada parte de lo que pienso, siento, escribo o analizo. Mis ilusiones, enigmas, transiciones y necesidades corresponden irremediablemente a ella. La poesía vive en mí: me guiña un ojo, coqueta y desenfadada, recordándome que me pertenece y yo le pertenezco, como en una relación matrimonial.

¿Qué temas te interesa abordar en un campo y otro de la producción estética?

De manera global, me interesa todo tema que evalúe el ser desde lo social y lo existencial. Intento tomarle el pulso a los conflictos entre un individuo o un grupo de individuos con su contexto, a partir de sus intereses, objetivos, motivaciones, necesidades y urgencias.

Me apasionan temas en donde haya una suerte de destino prefijo que ahoga a los personajes y que ellos tratan de cambiar a toda costa; claro, muchas veces este destino los supera. Pacto con la violencia y el erotismo, también con la religión y la filosofía, en un corpus dramático que fusiona todo y se expresa desde una misma voz.

Por cierto, nunca faltan en mis textos seres con problemas patológicos: los psicóticos, psicópatas, delirantes, ladrones, asesinos… Me fascinan todos los matices que los componen. Incluso tiendo a colocar adolescentes en mis obras, y a sus reacciones dentro de toda esa gama de engendros.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?  

Hay cuestiones genéricas que delinean todos mis procesos creativos: una metodología según el tipo de texto que voy a redactar, su género y para qué espacio o público lo estoy concibiendo. Mucha pasión: si no me interesa el tema que estoy abordando no lo termino ni aunque me ofrezcan la Piedra Filosofal. Investigación: para poder crear cualquier obra debo tener referentes, y no solo me refiero a los intelectuales, sino también a la investigación del tema mediante el viaje de la vida y, por último, espiritualidad, que para mí no es otra cosa que inyectar mis ideas más humanas al discurso de mi obra de arte, y que estas ideas puedan generar cambios —con el favor de Dios— en nuestra especie.

De modo específico, te puedo comentar sobre dos textos teatrales. Utopía es una obra teatral (en proceso, aunque ya pasó la primera etapa) que trata sobre una adolescente quien, tras un intento de violación y el asesinato de sus padres frente a ella, queda inerme a un proceso de coma. La terminé en 24 horas. Toda una noche, mañana y tarde del día siguiente sin dormir absolutamente nada. Escribí y escribí y escribí como si me estuvieran dictando la obra o, más bien, como si la estuviera mirando dentro de mi cabeza.

A decir verdad, Utopía le debe la vida a otro texto que trataba sobre una niña que llevaban a un santuario de reclutamiento y allí la entrenaban para ser una asesina. Me di a la tarea de intervenir y contextualizar ese texto. Para ello potencié una idea dramática (A es violada por B. Llegan C y D y B los asesina. A cae en coma.), cuyo núcleo le diera oxígeno al nuevo manuscrito.

Luego aparecieron los tiempos y espacios de la acción. Yo quería contar todo lo que podía padecer esa muchacha mediante un lenguaje simbólico, poético, onírico e introspectivo, y el medio para hacerlo era su psiquis. Utilicé su psiquis para recrear toda una gama de personajes imaginarios que prueban, fragmentan, hieren su inconsciente en pos de que tome una decisión final: salir o no salir del coma.

A mí me interesaba cómo evolucionaba ese personaje a partir de un proceso complejo y desgarrador, qué tipo de personalidad adoptaría, su visión del mundo tras esa tragedia… y expresar todo eso mediante imágenes.

Fueron mis 24 horas más duras como creador. Me apegué muchísimo al personaje protagónico y sentí miedo, dolor, alegría, angustia, tristeza… Fue terrible aquello, pero al mismo tiempo hermoso por la obra que quedó. Y te confieso, no sentí abrupto el proceso creativo gracias a tenerlo claro en mi cabeza (también ya había investigado anteriormente), y gracias también a una estructura flexible y un texto base dispuesto a mi carnicería literaria.

13 días es una pieza que se inició tras los talleres del Royal Court de Inglaterra, de la mano de la coordinadora Elyse Dogson. Versa sobre un veterano de la guerra de Angola que vive en un contenedor con su hija de doce años y que, cuando recibe la noticia de que van a construir una cadena hotelera allí, busca un nuevo hogar.

El proceso creativo está conectado a dos años en los que tomé las clases de los profesores ingleses y sus notas. En cada sesión surgieron pautas, preguntas, creamos ideas dramáticas, espacios y tiempos imaginarios, posibles historias y sucesos… También, desde un punto de vista personal, me ayudaron los libros y documentos consultados, las entrevistas y testimonios recibidos, incluso el derrumbe de una casa del vecindario que presencié como en una suerte de efecto de realidad.

Con 13 días experimenté toda la desesperación que padece un hombre cuando ve cómo su ideal se demuele sin respuesta. Lo más duro para mí fue traducir todo ese quebranto en la relación del veterano de guerra y su hija. Para él, ella es su única razón de existencia y, cuando la muchacha le pierde la fe debido a su incapacidad para darle un hogar, sencillamente su mundo colapsa, deja de existir.

¿De qué manera el conocimiento del ajedrez como juego ciencia influyó en tu concepción artística del mundo?

Para mí, el ajedrez es teatral y espectacular, es una puesta en escena donde convergen personajes en contradicción representados por piezas. Cada partida vislumbra un planeta lleno de arte, poesía y vida. El ajedrez me recuerda al Principito y los planetas que descubre poco a poco. También me recuerda a Horacio, el protagonista de Rayuela, cuando le explica la causalidad de las cosas a un Roland que no ve más allá de lo tangible. O a Cien Años de Soledad y todo ese universo mágico que se construye desde los sucesos más cotidianos.

Yo fui primero jugador (aficionado) de ajedrez antes de estudiar literatura. Aprendí primero todo el mundo artístico que existe en las combinaciones, sacrificios y ataques que se gestan para capturar una pieza o decirle eufórico a un rival: “¡jaque mate!”. Lo aprendí incluso antes que conocer la caja china, el dato escondido, o qué cosa es un narrador omnisciente. El ajedrez fue ese primer espacio mágico que me acogió sin discriminación y me dotó de una sensibilidad otra que luego vertería en mis escritos.

Al juego ciencia le debo debo además la posibilidad de desarrollar un pensamiento crítico y analítico, la posibilidad de mejorar la concentración, ser alguien mucho más serio en situaciones que lo ameritan. Cada posición en el tablero te obliga forzosamente a formularte hipótesis y estudiarlas y analizarlas en la mente antes de efectuar una jugada.

Todo ello me ayudó muchísimo a darle una dimensión de arte y profundidad a cada cosa que realizo y funge como parte intrínseca de mi mundo. El ajedrez, más que un tablero y unas piezas cualquieras, es un mundo.

Ediciones La Luz lanzará, en fechas próximas, tu obra teatral Ludoteca…

Ludoteca fue la obra que escribí para graduarme del ISA, así que imagínate la carga espiritual, existencial, emocional, semántica y de todo tipo que contiene. Es un texto sobre la fatalidad y el valor, asumido a través de un muchacho de 12 años que quiere devenir ajedrecista profesional, aunque su sino cambia tras jugar una partida por dinero para salvar a su profesor de una deuda que arrastra de su pasado penitenciario.

Me interesó toda la violencia o peripecias negativas que pueden acontecer ante un acto noble. La vida es un gran tablero de ajedrez y nuestros actos van acompañados de procesos complejos y no siempre felices. A veces la infelicidad es provocada por fuerzas mortales, seres humanos que nos enredan porque esas acciones parecen contrapuestas a ellos; a veces, es provocada por fuerzas trascendentes, espíritus, energías, presencias que tejen el equilibrio del mundo y cuando actuamos con demasiada autonomía nos recuerdan que no tenemos todo el control, como si fuéramos piezas de ajedrez que mueven a su antojo.  

Ludoteca fue un proceso de múltiples versiones y sensaciones. Escribí mucho, muchísimo. Primero nació como un texto sobre espionaje trabajado una y otra vez porque no se armaba bien su desarrollo argumental, luego fue mutando hasta que dejó de tratar ese tema. Así arribé a la sinopsis que te comentaba anteriormente.

Con Ludoteca, el proceso fue bastante metodológico, necesario y guiado por mi tutor, el dramaturgo Yerandy Fleites. Se gestaron ideas a partir de sucesos concretos, se conformó una fábula, seleccionamos un cronotopo específico y lo que me interesaba decir a mí como dramaturgo de la Cuba de ese momento. Fleites guió ese proceso en torno a sus charlas, notas y pautas específicas de trabajo. Me enseñó a urdir en mi biografía como ajedrecista mis inquietudes y relaciones con el juego para darle una dimensión humana a la historia.

¿Te preocupan la perfección y la maduración de las obras? ¿Qué ventajas te confiere el hecho de regresar a textos ya culminados y mirarlos con nuevos ojos? ¿No temes acaso viciar o comprometer tu mirada como dramaturgo?

Opino que resulta ventajoso examinar algo a través de los ojos de la experiencia, y un dramaturgo sin experiencia de todo tipo dista de entender la magnitud de su trabajo. El proceso en Ludoteca fue condicionado por el acto formal que representaba, es decir, mi graduación. Además, el tiempo que teníamos para acabarla marcaba una suerte de tensión. Pasaron los años y sentí la necesidad de retomarla porque ese texto, desde su calvario, me seguía susurrando nuevas ideas en términos de estructura, lenguaje, niveles de teatralidad… Entonces respondí a sus llamados para ver si sacaba una versión distinta.

Los riesgos son muchos, también los vicios: zonas erráticas, repeticiones, lugares comunes que te ciegan de tanto verlos; pero es el mismo riesgo que uno corre cuando escribe un libro cualquiera y le pasa por arriba una y otra vez. En tal sentido, muchas veces no se termina. La escritura puede ser un largo viaje hacia la noche. Publicas el trabajo y le encuentras elementos que pueden seguir mejorando. Con el teatro sucede peor porque, cuando lo ves en escena, te ruborizas de todo lo que podría mutar si lo reescribes. La suerte con Ludoteca es que la dejé reposar bastante sobre las arenas del tiempo: transcurrieron años sin volver a dialogar con  ella y ese estado de reposo, de incomunicación, me ayudó.   

Tu cercanía, tanto temporal como física, con otros dramaturgos de tu misma generación, ¿te ha influido, te ha marcado? ¿Cómo intentar ser auténtico cuando otras tantas voces tienen búsquedas estéticas semejantes a las tuyas?

No me preocupa mucho la autenticidad en los términos de si mis creaciones son semejantes a otras, o al comparar estilo, temática, lenguaje, ficción… Me interesa lo que tengo qué decir y cómo lo voy a decir. Mis búsquedas, mis giros, mis soluciones… Obviamente, sí entiendo todo lo contaminado que estoy por signos, símbolos, referentes, estrategias y discursos ecos de mi generación. Entiendo, inclusive, todo lo contaminado que resulto ante una posmodernidad trasdisciplinaria, pastiche, collage y sus volúmenes grandilocuentes de información.

De todas maneras, deseo filtrar mis ideas en consonancia con una realidad determinada, lo que yo pienso de tal tema, y canalizarlo en una praxis creativa concreta. Busco la autenticidad a partir de la sinceridad conmigo mismo y el worldbuilding que diseñe. Ansío transitar —sin mirar atrás como Orfeo— esa coordenada luminosa que me saqué del Inframundo del miedo al plagio. Persigo mis espasmos más fieles y los traduzco en imágenes, palabras y arte.

¿Con cuáles poéticas escénicas, o nombres puntuales del mundo teatral cubano, te interesaría dialogar desde la dramaturgia? ¿Has pensado acaso en la dirección teatral como un posible camino para ti o prefieres concentrarte solo en búsquedas específicas desde el mundo de lo textual?

Una vez pensé, frente al espejo de mi alma, en la dirección teatral y me deslumbré. Eso fue hace años, cuando aún era estudiante y con todo un banco de enigmas sobre mi verdadera vocación. Me inquietaba también la idea de que mis obras de teatro fueran devoradas por el tiempo y su boca milenaria debido a no hacerse cuerpo y vida en escena. Luego desestimé esa opción porque la existencia misma me arrastró hacia otros rumbos.

Sobre los nombres puntuales que debo agradecer se encuentra Abel González Melo, quien fungió como uno de los primeros dramaturgos que leí. Me acerqué a Chamaco, verbigracia, y me cautivó su estructura, la poetización de sus didascalias, la verdad tan grande y profunda de sus personajes. También hojeé a Yerandy Fleites y de él aprendí que se podía crear un teatro que hablara de nuestra realidad tomando como eje otra realidad contenida en tiempos mitológicos.

Luego pacté con la generación teatral llamada «los novísimos»: descubrí en ellos una práctica escritural que dialogaba con una letra performativa, risomática, que resonaba en mí mediante metáforas, símbolos, acciones cuyo epicentro difuminaba mi noción de lo real… Esa dramaturgia me ayudó a entender los personajes como personas, las acciones como actos y, más que representar una ficción, supe que podía crear un teatro que se presentara al espectador sin máscaras, como un pacto lúdico.

A decir verdad, no puedo asegurarte con exactitud que sigo un modelo específico, que esos dramaturgos me impulsaron a crear una obra puramente realista o performática. Mi dramaturgia navega sobre uno y otro mar. Bebí de ellos porque son los dramaturgos cubanos cercanos a mi generación. También bebí de otros textos que me encantaron, como La noche de los asesinos, Electra Garrigó, Réquiem por Yarini o La casa vieja.

Respecto a las puestas en escenas, te puedo decir que he hecho de igual forma. Beber y beber y beber aunque me atragante. Siempre hay catas más deseadas que otras, claro. Recuerdo con beneplácito Jerry viene del zoo, de la tropa de Antonia Fernández, Vida y obra de Pier Paolo Passolini, de Carlos Celdrán, Calígula, de Carlos Díaz, Delirio Habanero, de Raúl Martín… las cuales han marcado mi personalidad artística y, por ende, mi escritura.

¿Quién es, más allá de la página en blanco, Leonardo Estrada?

Alguien a quien le fascina el conocimiento. Me encanta encontrar/experimentar nuevos universos y las musas arcanas que allí habitan, solo para hacernos creer que aún existen los efectos poéticos de la vida.  Ahora mismo encontré una. Me hallo avocado a un proceso de estudio de todo lo que tiene que ver con el Marketing Digital. El Marketing tiene mucho de arte, poesía y dramaturgia, por eso me llena de afanes y sueños. Además he aprendido que para nosotros, los escritores, existe un lúcido camino de trabajo dentro de esta ciencia que se llama copywriting y que es una suerte de escritura persuasiva o publicitaria.

Soy alguien que adora el ajedrez, aunque no sea jugador profesional. Durante la cuarentena llegué de casualidad al mundo del ajedrez online. Trabajé para una revista de ajedrez como editor y traductor de francés durante un tiempo. Asimismo, lideré un equipo con 50 ajedrecistas y, a base de corazón y triunfos en competencias internacionales, he logrado que contemos hoy con más de 800 miembros.

Soy además un romántico y humanista en tiempos demasiado rápidos. Ese que sigue con las cuerdas de su corazón los paradigmas de Víctor Hugo y José Martí, ese que vislumbra una metáfora herida y aún así se aferra a cuidarla, ese que cree de súbito en las vidas pasadas y futuras porque a veces se aburre de su presente pero, sobre todo, ese que sabe que el Universo tatuó en las estrellas una misión para él: escribir, escribir y escribir.