Ángel Lorenzo Ramos


«Muchos trovadores se podrían considerar poetas»

Los pasillos de la ENA nos hicieron conocernos hace ya mucho tiempo. Ángel Lorenzo Ramos es trovador, un joven músico que hace su obra desde la honestidad creativa, esa que no necesita premios ni aplausos excesivos para cimentarse. Imaginemos por un segundo que estas preguntas son la partitura que nos invita a retomar una conversación pendiente entre dos amigos.

Tu tierra de origen, San Antonio de los Baños, ¿ejerce alguna influencia en tu creación?

De cierto modo, sí. Vengo de una generación de ariguanabenses a la que le tocó el recuerdo, las memorias de la gloria pasada de un pueblo que era referente cultural en muchos aspectos, y que quedó relegado en la desidia institucional y los escombros de los 90´s.

No sé los de ahora, pero esa idea caló bastante entre mis contemporáneos e influyó mucho en lo que luego quisimos ser. Cuando éramos niños bebíamos de la utopía de hacer cosas para reanimar San Antonio: las iniciativas no faltaron, las puertas cerradas tampoco se quedaron atrás. Yo crecí y me fui a estudiar a La Habana. Quizás eso provocó un distanciamiento pero no pierdo la oportunidad de sumarme a las aventuras de los que quedan dando la pelea.

Tu primer acercamiento con el mundo del arte provino de tu experiencia con el Movimiento de Artistas Aficionados, ¿cuánto valoras este primer encuentro y de qué manera influyó en tu desarrollo ulterior?

Crecí dentro de la Casa de Cultura de San Antonio. Mi mamá era instructora de música allí y nunca me llevó al círculo infantil. Era el niño pequeño de todos en la casa. Según me cuentan, era además una esponja de conocimiento artístico todo el tiempo, me encantaba observar. Pasaba de una manifestación a otra como un juego infantil pero al final la fijación por la música pudo más que la literatura y el teatro. Aunque la literatura sí la estuve llevando a la par hasta casi los 15 años, escribía cuentos sobre todo y fui a varios eventos de niños escritores. Esto me dio la base para después poder afrontar la enseñanza profesional de forma más orgánica. Es innegable su influencia.

¿Qué valor le concedes a la literatura y su relación con la música en tus composiciones y en la conformación de tu pensamiento creativo?

Muchos trovadores se podrían considerar poetas. Excelentes artesanos de la palabra que decidieron expresar sus musas acompañadas de música; en muchos casos, para llegar a un público mayor. No es mi caso. Me veo más como un músico que aprendió a usar la palabra para expresarse. Eso lleva a que hay días en que me pongo a componer y quizás la balanza se inclina entonces más para un lado que hacia el otro o, como es ideal, se queda en un término medio. En un comienzo lo hacía todo de forma más empírica, luego fui aprendiendo más sobre las estructuras poéticas y su aplicación.

Anécdota simpática: tenía una canción que se llamaba “Sonetos derrotistas” y un buen día descubrí que en mi ignorancia había escrito con la estructura de rimas pero los versos no eran endecasílabos. De nada sirvió tratar de remendarla, ya la canción sonaba así como estaba, lo resolví cambiándole el nombre.

Entras a la Enseñanza Artística gracias a las pruebas de suficiencia, a las cuales te sometiste en octavo grado. ¿Qué puedes contarme de tu formación en la Cátedra de Guitarra, Laúd y Tres?

Muchas personas queridas me dicen en ocasiones: “¿Por qué tocas tan poco el tres si es de lo que te graduaste?”; a lo que  respondo: “yo estudié música, el instrumento es la vía, no el fin”.

Respeto y admiro tanto a los treseros que durante la carrera descubrí que no quería formar parte de ese show competitivo que la gente a veces alimenta tanto, el clásico dicho de fulanito es mejor que menganito y esas cosas.

Me dedico actualmente de modo profesional a tocar la guitarra en la agrupación de uno de los mejores treseros del mundo, pero ese logro se lo debo también a la Cátedra. Muchas veces un guitarrista, desde su formación clásica, se las ve difícil a la hora de afrontar la música popular; a mí me fue más sencillo el salto. Eso lo gané a mi favor en la Cátedra de Tres y Laúd, además de una formación que iba más allá de lo académico y en un ambiente donde éramos tan pocos que todos nos conocíamos y éramos casi familia.

En el universo particular de la experiencia humana, ¿qué lugar ocupa la música?

En mi universo es todo. Puede sonar una exageración pero es así. No sirvo para más nada que no sea la música, dicho por mis padres que me malcriaron de más y no me han dejado ser bueno en otra cosa… si hasta en matemáticas soy pésimo. Mi mayor temor adolescente era no entrar a la ENA porque ahí sí que me iba a quedar en la calle, de lo malo que era en todo lo demás.

Creativamente has estado vinculado a artistas del teatro, el performance y las artes visuales. ¿Esta relación es la búsqueda de una experiencia artística “completa” o solo intentas lograr, a través de la síntesis y la asimilación, un vínculo con otros campos de conocimiento?

En algún momento de mi vida no quería hacer las pruebas del ISA. Pensé que la carrera se podía quedar en el título de Nivel Medio. Al final, las hice por embullo y porque me metieron miedo con los dos años de Servicio Militar. Cuando me vi allí descubrí lo equivocado que estaba.

Poder convivir con otras manifestaciones artísticas amplió mi horizonte en muchos aspectos; de hecho, mi época más fructífera como cantautor fueron los años que pasé en el ISA. Mis incursiones en bandas sonoras de ejercicios de FAMCA, la música que hice para varias obras de teatro de un gran amigo y coterráneo, la participación espontánea en algún que otro performance sonoro durante las Bienales de La Habana, todo aquello me aportó considerablemente y me ayudó a aterrizar esa concepción personal de artista que, de otra forma, se hubiera quedado a medias.  

Como instrumentista, has trabajado con artistas como Pancho Amat, Liuba María Hevia, Annie Garcés, por solo mencionar a algunos. La observación del hacer de otros creadores musicales, ¿ha influido en tu labor en solitario?

cortesía del entrevistado

La influencia existe. Quizás no sepa decirte concretamente en qué, pero está. La influencia de Pancho Amat está desde que soy pequeño. Mucho antes de ser parte de su grupo ya había recibido su apoyo y magisterio en varias ocasiones. Estrené una obra suya en mi graduación del ISA y se apareció de sorpresa a pesar de que era el día de su cumpleaños, ¡te imaginas la de nervios! Es una enciclopedia humana, se aprende a diario con él.

Como parte del grupo de Liuba toqué por primera vez en la Casa de las Américas, un lugar que para mí es el templo de la Nueva Trova. Disfruté aquel concierto como pocos.

Annie es un diamante en bruto que tiene mi admiración desde que le conozco, tanto como cantante como por lo bella persona que es. Un día me mandó un SMS diciéndome que necesitaba un guitarrista para el Festival Pepe Sánchez y para Santiago nos fuimos. Después colaboramos muchas veces y hasta me dio la oportunidad de ser director musical de uno de sus conciertos, cosa que hice por primera vez (y única).

¿Quiénes son tus principales influencias musicales?

Lo primero que nos marca es la música que suena en casa mientras uno crece: mi mamá escuchaba mucho a Serrat y teníamos un casete con un variado de Silvio, Pablo y Amaury Pérez que repetíamos hasta rayarlo; mi papá era más de música tradicional cubana, sobre todo bolero: Orlando Contreras, Ñico Membiela, Benny Moré y muchos más. Todos los domingos me despertaba con la “Discoteca del ayer” de Radio Progreso.

Con esta base salí al mundo y aún hoy llevo esa diversidad en mis gustos: si abres mi carpeta de música te puedes chocar con un disco de Los Zafiros o con lo último de Fito Páez, con una recopilación de changüí guantanamero o “Multiviral” de Calle 13. Toda esa heterogeneidad de gustos la he ido llevando a mi obra de manera consciente, no me hace mucha gracia estancarme en ningún género.

Un artista joven, ¿de qué no debe carecer? ¿Qué es para ti la calidad artística y creativa? ¿Es, acaso, un medidor del talento?

No debe carecer de atrevimiento. De saber dar la cara por su obra aunque le viren los mil cañones de la crítica o ciertos públicos se pongan de espalda ante su propuesta. Para todo hay consumidores, no se debe dejar de cantar algo pensando que no sirve pues esa canción le cambiará el día a alguien, en alguna parte.

La calidad es un parámetro, depende de concepciones ya establecidas que no siempre benefician a la creación. Uno debe sentirse bien con sus principios y tener claras sus pretensiones. A veces hay quien dice que lo creativo debe ser un fenómeno social, que se debe escribir para los demás, etcétera… para mí, no es así. Si tu ego no está conforme con lo que engendras, en muchos casos ni saldrá a la luz. El concepto de talento se ha desvirtuado tanto en los últimos tiempos que yo ni emito criterio. Con los años he ido aprendiendo lo que debe quedar exclusivamente en mi conciencia, ahí, bajo llave.

En 2017 obtuviste un Premio Lucas en la categoría Video Opera Prima por tu video clip “Regreso Incierto”. ¿Cómo y por qué nace esta canción? Luego de este premio, que sin dudas consiste en un impulso a tu carrera en solitario, ¿en qué te has enfocado? ¿Qué búsquedas guían hoy en día tus caminos creativos?

“Regreso incierto” la escribí para una banda sonora: se trataba de la obra Nora y él, de Raúl M. Bonachea Miqueli. Me pasó el texto y la verdad es que me daba mucha pereza leerlo en digital, por eso fui a un ensayo de la puesta y de ahí marché de cabeza a escribir la canción. Básicamente es la historia de la obra manifestada en su estado puro: el amor más allá de las adversidades y obstáculos. Fuera del contexto del teatro, la canción ganó aceptación y cuando le propuse varias piezas a Leandro de la Rosa, director del video clip, fue esta la que escogió sin dudar. Era su primer video clip y por eso ganó el premio “Opera Prima”.

Sinceramente no aproveché al máximo la cobertura que me dio el evento y lo mucho que pusieron el video en TV. En ciertos casos, un video clip viene emparejado con la promoción de un trabajo discográfico y yo aún no tengo la segunda pieza del puzle. Mi carrera actualmente sigue un perfil bajo, supeditada a mi trabajo como músico, pero eso no ha frenado lo que escribo y espero que alguna beca o discográfica repare en mí. Me autofinancio los temas que he podido grabar y busco alternativas de difusión… aunque siempre queda el deseo de poder hacer más: en eso estoy.

Has creado música incidental para cine y teatro, ¿cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Qué desafíos supone?

No tengo un plan de organización en estos casos. Me ayuda mucho la imagen y me auxilio generalmente de la música por computadora, usando instrumentos sampleados y sintetizadores. En muchos casos he estado en las puestas ejecutando la música, como un híbrido entre instrumentista y DJ. Me meto en camisa de once varas pues errores siempre ha habido y eso para el teatro es fatal, pero se aprende para que en el futuro todo sea más orgánico.