Agramonte


Ignacio y Amalia: «No se podía amar más»

El amor no precisa fronteras, el amor traspasa la cruel e inevitable vorágine del tiempo, rompe las barreras de la distancia, disipa los temores, comparte nuestros infortunios y desvela los secretos para escribir ese camino que nos conecta en la simplicidad. Es la esperanza que vive y nos levanta, fragilidad bienvenida que multiplica las sonrisas, las caricias que nos acoge y sana. Es fragancia perpetua, un beso a media noche bajo el pómulo ingrávido de la sedienta madrugada, el abrazo de un padre, la mano amiga, el significado más grande, una vivencia irracional pero completa y absolutamente necesaria para la vida.

“Si tú supieras como el corazón te adora, como mi pecho se abrasa y arde por ti, solo por ti, siempre por ti. Antes faltará el firmamento y el orden universal que sujeta a los astros entre sí que faltar al amor que a ti me liga…”[1]

Ciento cincuenta y tres años han pasado desde la boda del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz y Amalia Simoni Argilagos en la majestuosa iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, ubicada en la Plaza del Gallo del centro histórico de la ciudad de la Villa del Puerto del Príncipe. El primero de agosto de 1868, pocos meses antes del estallido de la Guerra de los Diez Años, se inscribió en la historia de la Patria uno de los amores más sublimes, idílicos e imperecederos que hoy forma parte indisoluble del espíritu bohemio de la ciudad y del alma de los camagüeyanos.

Amalia Simoni Argilagos/ Tomada de internet

Tanto admiramos a este hombre virtuoso, como lo definiera José Martí, que no son pocas las parejas que hoy sellan su unión en boda simbólicas cada primero de agosto para honrar esa historia de amor bella y fascinante, que no admitió separaciones y que encontró su camino en los besos apasionados, las caricias y las miradas cómplices de dos enamorados que han trascendido a la posteridad.

Centenares de cartas escritas por el héroe epónimo de los camagüeyanos aliviaron la inevitable ausencia de la persona amada y que son consideradas hoy como un preciado ejemplar de la literatura epistolar cubana por su riqueza verbal, su lírica sincera, la prosa fina y cultivada; un valeroso testimonio de un hombre que amó, vivió y luchó por su Patria y su Amalia.

Es este sentimiento la razón que movió la pluma de Agramonte para escribir esas palabras destinadas a su “ángel”, a su “Amalia idolatrada, a su “único delirio”, como se refería en sus apasionados saludos y que expresaron la certeza de lo bueno, lo creíble y la nobleza desmedida de un corazón limpio y sublime:

“… yo no te quiero casi como tú a mí. Si quieres tener una idea (ya que no una medida porque no la admite) de mi amor, multiplica el tuyo, que me figuro es grande, por la inmensidad del espacio y por la eternidad del tiempo y su resultado te la dará. No quiere ni se inquieta una madre por el hijo que contempla en sus brazos como yo por ti, ni concibo amor alguno que alcance la intensidad y vehemencia del mío.”[2]

“Ay, Ignacio mío, el corazón parece querer saltárseme del pecho, cuántas veces la leo (las cartas del Mayor); cada una de tus esperanzas, cada tormento, cada palabra, me hacen sentir demasiado; y me admiro de encontrar las fuerzas para vivir tanto tiempo lejos de la mitad de mi alma. Recuerda que tu amor es mi bien y tu existencia indispensable a la mía…”[3]

 “Todos los días en cualquier parte del mundo, una muchacha y un muchacho se enamoran y se aman”, así expresó el escritor y poeta Juan Ramírez Pellerano en su compilación “Cartas a Amalia” editadas por la editorial Ácana.

Amalia e Ignacio se conocieron siendo muy jóvenes, su noviazgo comenzó en 1866 sabiendo que sus vidas estarían indisolublemente unidas para toda la eternidad a pesar de las negativas del doctor Ramón Simoni, quien cedió ante el ímpetu de su hija al defender su amor con total devoción:

“No te daré el disgusto padre, de casarme en contra de tu voluntad, pero si no es con Ignacio, con ninguno lo haré”. La poetisa Aurelia del Castillo describía a Amalia como “una preciosa criolla, de cuerpo arrogante y postura altiva, negros ojos, gran mata de cabellos y gentil figura”, a lo cual Juan Ramírez Pellerano le añadió, “su intelecto de amplia cultura y esmerada educación, no muy usual en las mujeres de entonces. En ella sobresalía una delicada voz de soprano, cualidad que encauzó estudiando música (canto y piano). Además conocía varios idiomas.”

Por su parte, Ignacio era un hombre culto, gallardo, un joven abogado de ideas independentistas y progresistas y profundamente cautivado por el ingenio y las virtudes de su Amalia.

Parque Ignacio Agramonte y Loynaz/ Tomada de internet

“Sí bella mía, quisiera oírte decir incesantemente que me quieres como no es posible querer a nadie más y que te es necesario mi cariño; que excede a todos; cuya inmensidad no es posible exagerar y que desafía por su duración a la misma muerte, como por su constancia a las mayores contrariedades.”[4]

El 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes se levanta en armas por la independencia de Cuba, seguido por los camagüeyanos el 4 de noviembre en Las Clavellinas y una semana después, en el ingenio Oriente del municipio de Sibanicú, Ignacio Agramonte se incorpora a las fuerzas mambisas para  luego escribir una de las páginas más brillantes de las luchas por la independencia de Cuba. A pesar de la distancia, ambos compartían los mismos deseos de libertad con el ímpetu de sofocar ese yugo español que sometía a los cubanos a vivir en un país sin autodeterminación ni soberanía.

“Idolatrada esposa mía: Mi pensamiento más constante en medio de tantos afanes es el de tu amor y el de mis hijos. Pensando en ti, bien mío, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de libre Cuba. ¡Cuántos sueños de amor y de ventura, Amalia mía! Los únicos días felices de mi vida pasaron rápidamente a tu lado embriagado de tus miradas y sonrisas. Hoy no te veo, no te escucho, y sufro con esta ausencia que el deber me impone. Por eso vivo en lo porvenir y cuento con afán las horas presentes que no pasan con velocidad como yo quisiera.”

Así expresaba en una de sus cartas, a la cual Amalia respondió: “tu deber antes que mi felicidad, es mi gusto, Ignacio mío y cómo no amarte si eres tan grande, si tan elevado es tu corazón. La resignación por nuestras ausencias se agota y hace aumentar mi odio a los españoles. Cuba exige muchos sacrificios pero será libre a toda costa.”

El 26 mayo de 1870 Amalia Simoni fue echa prisionera por las tropas españolas en la Sierra de Cubitas junto a su hijo Ernesto de apenas un año de edad y embarazada de su hija Herminia, a la que Ignacio nunca llegaría a conocer. Ante la propuesta para que convenciera a su esposo de traicionar sus ideales, Amalia respondió con total entereza y fidelidad a sus principios de emancipación y libertad: “General, primero me corta usted la mano, antes que le escriba a mi esposo que sea traidor.”

“…busqué en el monte y solo encontré la seguridad de que el enemigo me había llevado mis tesoros únicos, mis tesoros adorados, mi adorada compañera y mi hijo. ¡Qué desolación, amor mío! Todos, todos tus sufrimientos los he saboreado y cómo me atormentan.”[5]

boda simbólica en el Museo Quinta Simoni

“Cada día se robustece mi fe en el triunfo a pesar de todas las dificultades. Ni un momento he dudado jamás que nuestra separación terminará y volverá nuestra suprema felicidad con la completa libertad de Cuba…” –escribiría El Mayor el 21 de julio de 1872.

El 11 de mayo de 1873, este gran hombre y patriota cubano cae en combate en los potreros de Jimaguayú con apenas 31 años de edad. La escritora y amiga Aurelia Castillo de González en su libro Ignacio Agramonte en la vida privada señaló:

“Fue aquel un día espantoso en Puerto Príncipe. Jamás podremos olvidarlo los que lo presenciamos. Cuando los españoles descubrieron, gracias a una cartera y a un retrato de la amada esposa, que uno de los muertos en la que habían tenido por la insignificante refriega, era Agramonte, la noticia voló como en alas de electricidad a la capital de la provincia, y los voluntarios, ebrios de gozo –¡ bien sabían el valor de la vida que habían tronchado!– se apoderaron del cadáver y atravesándolo sobre una bestia, la hermosa cabeza a ras de tierra, lo pasearon triunfantes por las principales calles de la ciudad.”

La única epístola, que aún se conserva de Amalia Simoni, un mes después de la muerte atroz de El Mayor, fue el 30 de abril de 1873, desconociendo su deceso.

“Zambrana dice con pesar que no verás el fin de la Revolución. Estas palabras de Zambrana recién llegado del campo de Cuba, no sé cómo no me han hecho perder la razón. ¡Ah! Tú no piensas mucho en tu Amalia, ni en nuestros dos ángeles queridos, cuando tan poco cuidas de tu vida que me es necesaria, y que debes también tratar de conservar para las dos inocentes criaturas que aún no conocen a su padre. Yo te ruego, Ignacio idolatrado, por ellos, por tu madre y también por tu angustiada Amalia que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya no te interesa la vida. ¿No me amas? Además, por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia que necesita tanto. Por Cuba, Ignacio mío, por ella también, te ruego que te cuides más.

Estoy más tranquila porque me parece ver tu semblanza adorada y adivinar en él lo que me ofreces cumplir lo que tan encarecidamente te ruego…”[6]

Amalia falleció el 23 de enero de 1918 La Habana y, según cuentan, bajo su almohada se encontraban todas las cartas que el amado esposo le escribió:

“Quisiera oírte decir incesantemente que me quieres, como no es posible querer a nadie más, y que te es necesario mi cariño; mi cariño que excede a todos.”[7]

De Amalia, el Héroe Nacional José Martí escribió: “por la dignidad de su vida, por su modestia y gran cultura; por el cariño ternísimo y conmovedor que acompaña y guía en el mundo a sus dos hijos, los hijos del héroe, ¡Respeta Patria y admira a la señora Amalia Simoni.”

Hoy después de tanto tiempo de sus muertes, de vivir en la era de Internet donde la comunicación es más rápida y cambia la manera de expresarnos, dejando un tanto olvidada la palabra escrita que se plasma en tinta y papel, aun así existen personas que son y serán paradigmas eternos de lo que muchos deseamos para nuestras vidas.

El amor de Amalia e Ignacio no ha tenido fin. Más allá de la devoción, la infinita ternura, la complicidad de ideales unido siempre a la felicidad de sentirse parte del uno del otro, de la lejanía, los sinsabores, las penas provocadas por la ausencia y la constante esperanza de un futuro juntos en una Patria libre, sencillamente, aún así: “No se podía amar más” – estas fueron las palabras de Amalia a su hija Herminia años después de la muerte de Ignacio.

Notas:

[1] Ignacio Agramonte, La Habana, 8 de mayo de 1867 (Carta a Amalia Simoni).

[2] Ignacio Agramonte, San Diego, 13 de abril de 1867.

[3] Amalia Simoni.

[4] Ignacio Agramonte, La Habana, 3 de octubre de 1867.

[5] Camagüey, 6 de junio de 1870.

[6] Carta a Agramonte, 30 de abril de 1873.

[7] Ignacio Agramonte.