Sinceridad y belleza son mis divisas

Existen encuentros trascendentales en la vida de un escritor. Uno de los míos, lo confieso, ocurrió cuando, en cierta Feria del Libro, tuve entre mis manos La Concordia, del narrador Evelio Traba. Desde entonces he seguido la trayectoria y éxitos de este joven autor que reúne, en un mismo cuerpo textual, talento, belleza y sinceridad literarios. Su obra merece ser considerada parte de lo mejor de la creación que se ha gestado en los predios artísticos de nuestra isla en los últimos años. Esta entrevista salda, o intenta al menos saldar, una deuda de afecto y respeto hacia de la obra de Traba.

¿Crees que a la literatura nacional joven le faltan universos de referencias y lecturas?

Veo, desde hace algunos años, en la joven literatura cubana lo que es casi una obsesión por dejar una marca, una necesidad a veces compulsiva por delimitar un terreno que tiene su anclaje en la negación de toda la producción anterior. En este sentido creo que es un lastre que viene desde las vanguardias, y que lamentablemente ha producido y sigue produciendo un daño de efectos nocivos incalculables: se impone, para que un escritor se empodere de su oficio, conocer la tradición, lo que equivale a decir que la revisitación de los clásicos es indispensable.

 Estoy seguro de que muchos de nuestros autores jóvenes no han leído en profundidad a los clásicos universales de todas las épocas, sin cuya asimilación lenta y consciente es imposible construir un discurso personal y coherente. En este sentido, (hablando solo de narradores) Ramón Meza, Miguel de Carrión, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carpentier y Lezama son figuras que es necesario revisitar, por tan solo mencionar algunos nombres de la literatura cubana.

Tal vez Arenas y Padura sean los más leídos y sí, es cierto, son escritores de una relevancia capital, pero los grandes maestros que les antecedieron, deben ser (re)leídos con el escalpelo del aprendiz en la mano. Nadie ha llegado a un lugar cimero sin ellos, son sombras tutelares cuyo influjo es siempre benéfico. Y en este sentido respondo concretamente tu interrogante: faltan referencias, lecturas y voluntad de aprendizaje. Ello se aprecia en un trabajo superficial con el lenguaje y en estrategias discursivas muchas veces inefectivas que terminan distanciando a nuestro destinatario de siempre: el lector.

A tu entender, ¿qué hace a un escritor bueno?

En primer lugar, no puede faltar el talento, que es esa predisposición pasional (en el mejor de los sentidos) para vivir literariamente y produciendo significados literarios, lo que equivale a decir que es necesaria una especie de obsesión y amor por las letras que va más allá de la lógica ordinaria, lo cual hace que un escritor, hasta el más conservador, viva fuera de los cánones de la “normalidad”.

Pienso en este sentido en una carta. La carta de que un Rimbaud joven le escribe a su maestro Georges Izambard, en mayo de 1871: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Un escritor auténtico, es como se autodefinía Fernando Pessoa: “Un indisciplinador de almas”, alguien que va contra las reglas no porque quiere, sino porque lo necesita.

Otro elemento al que concedo mucho valor es a leer creativamente, es decir, convertir el acto de lectura en un acto de disfrute y de libertad interior, leer aprendiendo, leer descifrando, y hacer de esto un acto cotidiano e incansable. Finalmente, creo que un escritor alcanza la excelencia si deja de preocuparse demasiado por la recepción o el impacto de su obra y se concentra en lo que desea lograr de un modo íntimo y honesto, lo cual implica un trabajo seductor con el lenguaje y con la inteligencia de su discurso, entiéndase esto como un resumen artístico de sus vivencias y sus lecturas más significativas. Un escritor es bueno allí donde un lector, incluso desde la más remota geografía, agradece sus palabras y entabla una amistad en la que no siempre es necesario el contacto personal.

¿Piensas que la disciplina del oficio es indispensable, o su cuenta puede ser saldada por el talento?

Es indispensable la disciplina, la cual no debe ser entendida como una camisa de fuerza, sino como un pivote para la creación, una plataforma de salto que permita organizar el esfuerzo literario y convertirlo en una realidad. He visto grandes talentos malograrse por falta de disciplina, lo cual implica dedicar tiempo para leer, concebir metas a mediano y largo plazos, construir un ritmo de trabajo personal y placentero.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, forjarse una disciplina se convierte en una garantía de inspiración. Quien es capaz de administrar su esfuerzo de forma consciente, encuentra siempre las mejores salidas y soluciones. El talento es indispensable como primer elemento, es la argamasa del ladrillo, pero la disciplina es el horno que le da consistencia y termina convirtiendo el esfuerzo creativo en un producto, un resultado.

Siempre, cada vez que se toca este tema, pienso en Alejo Carpentier y Leonardo Padura, dos referentes cercanos cuando se aborda el difícil binomio talento-disciplina.

Eres un joven escritor interesado en la (re)escritura de la Historia. En cuanto a materia investigativa, ¿cuánto se te dificulta encontrar los referentes textuales y la bibliografía necesarios? ¿Están los jóvenes investigadores cubanos ceñidos a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”?

La (re)escritura de la Historia exige, muchas veces, un contacto directo con fuentes primarias que solo se logra en archivos, bibliotecas y otros reservorios. En mi caso, que ya he vivido algunos años fuera de Cuba, esto ha representado una limitación. Gracias a la ayuda de amigos o la consulta de fuentes que hoy se encuentran digitalizadas he podido acceder a la información necesaria, pero básicamente es un problema al que se enfrenta un narrador que esté, fuera de Cuba o lejos de los centros de la información requerida para que su trabajo alcance la seriedad indispensable a la (re)escritura de la Historia como acto creativo; no solo de gran riesgo intelectual, sino como un acto de responsabilidad plena en cuanto a verosimilitud y respeto al lector.

En cuanto a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, te diría que es una realidad aplastante por las limitadas posibilidades de viajes y superación que hoy existen para investigar fuera de Cuba. Para entender de una forma más o menos integral la Historia de Cuba, es necesario consultar fuentes que están mayormente en España y Estados Unidos, dígase el Archivo General de Indias, de Simancas, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso, la Pública de New York o la importantísima de la Universidad de Miami.

Mientras las posibilidades de acceso a estos y otros centros de la información sean tan limitadas, los estudios historiográficos estarán incompletos o tristemente ceñidos a una visión unilateral de la Historia. Si bien en archivos y bibliotecas de la Isla es posible encontrar un grueso de información valiosa, poder consultar las fuentes antes mencionadas y otras, sería de una complementariedad saludable para la Historia como ciencia social viva que reconoce la información como plataforma no exclusiva del territorio insular.

Has podido observar el hacer literario de la Isla desde una distancia geográfica en los últimos años. ¿Qué te interesa del hacer de los nuevos escritores en nuestro contexto?

La valentía para abordar situaciones propias de las prácticas y contextos más actuales, así como la capacidad discursiva para dialogar, desde el teatro, la poesía y la narrativa, sobre temas como la dinámica de la familia ante la migración, las categorías de género, identidad sexual y el impacto del acceso a la tecnología en la vida cotidiana.

Me interesa, sobre todo, observar de forma atenta la imbricación que existe entre estas expresiones y la construcción del lenguaje en diferentes discursos que configuran hoy la fisonomía de la joven literatura cubana.

¿Nuestra literatura podría aprender o emular de la creación de otros contextos geográficos? ¿Y nuestras editoriales? ¿Tememos a las comparaciones o las evitamos?

La literatura cubana, sobre todo en el ámbito de las letras hispánicas en sentido general, diría yo, goza de buena salud en cuanto a reconocimiento y recepción crítica. Un escritor cubano en el extranjero, sobre todo en Latinoamérica y España, por lo general no pasa desapercibido.

Pero creo necesario detenerme en algo puntual: un sector considerable de la literatura cubana, sobre todo la narrativa y la poesía, han perdido de vista una figura elemental de todo proceso literario: el lector.

Muchas veces escribimos para circuitos o círculos literarios olvidando que nuestro horizonte debe ser el universo de la lengua castellana como meta máxima de alcance, que la literatura como ejercicio pueda resumirse en un verbo: comunicar, lo que significa que debemos rescatar la universalidad en el tratamiento de los temas y el lenguaje, lo cual es visible en obras de autores extranjeros como Roberto Bolaño, Samantha Schweblin, Rodrigo Rey Rosa, Andrés Neuman, Daniel Ferreira, Álvaro Enrigue, Carlos Busqued, Guadalupe Nettel, Andrés Barba y Juan Pablo Villalobos, entre otros.

Creo que las editoriales cubanas, sin caer en el facilismo, deben rehuir la encriptación en los discursos, los malabares técnicos que no llevan a ningún camino; lo que significa, por ende, aumentar el rigor de la selectividad y la visibilidad de los autores cubanos a nivel internacional, un terreno en el que aún resta por ganar créditos y el cual no queda cubierto solo por la presencia de autores en ferias del libro de Latinoamérica principalmente.

En cuanto a las comparaciones, creo muy personalmente que las evitamos por temor, que es principalmente el temor al mercantilismo y la banalización del libro como producto de consumo cultural: Cuba debe comprender de modo más flexible las dinámicas del mercado internacional del libro, y asumir que las editoriales pueden comercializar ampliamente el libro y crear un universo publicitario en torno a él, sin renunciar a la calidad estética tanto desde el contenido como la belleza en el diseño, lo cual quiere decir que es posible crear una mayor visualización de los autores cubanos a nivel internacional, sin que estos tengan que recurrir, para lograrlo, necesariamente a sellos como Alfaguara, Tusquets o Anagrama.

¿Confías en el nacimiento de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación?

Confío en el nacimiento y consolidación de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación, en personas que desde sus puestos y alcances están generando una visión renovadora del fenómeno editorial, promocional y literario. Como diría César Vallejo: “Son pocos, pero son”. Vale en tal sentido hablar de Luis Yuseff y Yunier Riquenes, sin que por ello sean los únicos inmersos en este despliegue cultural de la edición y la promoción de la lectura.

Desde este punto de vista, es más que destacable la línea programática de Ediciones La Luz en Holguín, dirigida por Yuseff, con un catálogo selecto de lo mejor de la literatura joven en Cuba o fuera de ella, y un trabajo integral que, por su calidad, desmiente la falsa tesis de que los jóvenes nos somos capaces de comprometernos en profundidad con proyectos que exijan constancia, disciplina y poder de observación para apostar por lo valedero y lo perdurable.

En otro sentido, emerge en Santiago de Cuba, con Claustrofobias, la figura de Yunier Riquenes, un joven que con su equipo ha sabido demostrar todo lo antes dicho unido a la excelencia desde lo promocional, insistiendo siempre en el hecho de que las nuevas tecnologías y plataformas de consumo cultural están modificando nuestro modo de leer, y más especialmente el modo de leer de las nuevas generaciones y que, por tanto, se impone adaptarse a estas dinámicas en vez de negarlas o desconocerlas.

Tanto Yuseff como Riquenes se han convertido en paradigmas de la gestión cultural desde centros de amplia influencia, legitimando, además, como creadores, la idea de que es posible consolidar una obra de gran validez desde lo personal, y a la vez contribuir a la visualización de la obra de terceros; esto es pensar la cultura desde la acción y vivirla desde un ejemplo, que lejos de alzarse como una consigna, emerge como una virtud espontánea.

Otra pregunta sobre la actualidad literaria nacional. Gracias a la eclosión de premios se han dado a conocer no pocas nuevas voces. Algunas con propuestas sólidas; otras, con trabajos que lucen más como work in progress o iniciáticas búsquedas que como libros cerrados. ¿Premiamos por premiar? ¿Hasta qué punto validamos estéticas y autores cuya calidad es aún dudosa?

En este caso creo se impone una pregunta. ¿Quiénes son los jurados y cuáles son los parámetros bajo los cuales toman decisiones, a veces, dañinamente trascendentales? Bien sabemos que la objetividad es más resbaladiza que la propia ficción literaria, pero de igual modo sabemos que existe, o debería existir la justicia.

A veces, uno abre un libro de un género u otro y tras la lectura de las primeras 20 páginas (menos en muchas ocasiones), surge la impostergable interrogante: ¿quiénes premiaron esto, por qué? Y la inquietud surge porque se aprecia, en una lectura preliminar, un discurso vacío, un lenguaje de escasos alcances estéticos, unas ideas que asoman como torpe reciclaje de otras, unos personajes endebles, unas estructuras sin el menor suporte conceptual.

Bien sabemos que estas no son meras exageraciones, porque muchas veces los premios literarios se convierten en cónclaves marcados por simpatías personales, por miradas reduccionistas, por oportunismos, y hasta por sencillo y llano fraude. Todo esto trae consigo unos procesos de legitimación alejados de la realidad literaria del país y, por consiguiente, la desilusión muchas veces justificada de quienes, con trabajos impensables, logran imprimir un manuscrito para enviarlo a concurso.

Bajo este modus operandi han sido catapultados a una especie de estrellato nacional, una serie de autores con propuestas de una precaria factura, que más adelante, para desgracia mayor, se erigen en árbitros de lo que debe y no debe publicarse, marcando, en muy tristes ocasiones, tendencia. Eso nos ha lastrado y nos seguirá lastrando mientras muchos jurados fallen premios a partir de elementos extraliterarios, o sencillamente no se tomen con seriedad el trabajo que se les ha encomendado y lancen la hojarasca en el saco del fruto y viceversa.

Tu libro El ritual de las cabezas perpetuas, galardonado con el Premio Iberoamericano Verbum 2016, acaba de ser publicado por Ediciones La Luz. ¿Cómo llegas a este texto en particular? ¿Dónde nace la historia e interés, valga la redundancia, por la Historia?

Desde que era un niño, para mí, la objetividad, aunque entonces no pudiera explicármelo con estas palabras, fue un concepto en crisis. Nunca estuve conforme con las explicaciones que me daban, y siempre para mí, la duda fue un recurso de capital importancia. Aún lo sigue siendo, pero ya en calidad de una herramienta consciente.

La Historia era para mí, sobre todo en los años de la secundaria, un más allá de posibilidades que incluso los buenos profesores solo alcanzaban a señalar con el dedo, desde muy lejos. Una pregunta recurrente me hacía detenerme: ¿Fue esto realmente así? ¿En realidad era fulano de tal, así como lo pintan? Esto me llevó a conversaciones con “expertos” en dichos temas, a consultar obras complementarias, a comparar, a no conformarme.

Ahí tuve mi primera vocación borgeana sin saberlo: el amor por las enciclopedias y los libros antiguos, que aún hoy no me abandona. Una vez que descubrí el lenguaje literario como la más intensa de todas las emociones estéticas, me di cuenta de que todo podía ser reinventado, remasterizado, recompuesto, reescrito, y que las posibilidades imaginativas estaban por encima de hechos heroicos e incuestionables, para incorporarlos en una nueva dimensión, que es lo que yo llamo “dimensión de cercanía”; es decir, acercar los hechos y las personas de la Historia al alcance de otros, convertir los hechos históricos en materiales asimilables, gracias a la recreación de un contexto por medio de la investigación profunda y la mímesis del lenguaje.

Inmerso ya en esta estética, y habiendo escrito un par de novelas donde la Historia juega un rol determinante, me pregunté una noche de fines de 2015: ¿fue realmente la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad? La pregunta me llevó a descubrir una serie de pasadizos tortuosos que se alejaban cada vez de lo que parecía ser más un eslogan que una realidad histórica.

En esos días, curiosamente, se hizo viral en Internet, la declaración de un neurocirujano italiano (Sergio Canavero) que aseveraba poder hacer, en 2017, el primer trasplante de cabeza de la historia, lo que terminó siendo no más que una maniobra promocional y el más insulso discurso de pseudociencia.

No obstante, para la percepción literaria, no hay material de desperdicio, todo es utilizable. Surgió entonces la pregunta: ¿Qué tal si desarrollamos trasplantes de cabezas en la época donde más cabezas rodaron a lo largo de toda la Historia Universal? Solo el código fantástico podía apuntalar de forma adecuada esta respuesta y ese fue en verdad el principio de todo. Lo que vino después fue una mezcla de información rigurosamente contrastada, intuición poética, reflexiones filosóficas sobre el conocimiento, la identidad, las obsesiones y el origen del mal, entre otros temas que contribuyeron a modelar la primitiva fisonomía de El ritual de las cabezas perpetuas.

Te confieso que una de las lecturas más entrañables de mi vida es La Concordia, novela ganadora del Accésit Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa 2012, y publicada por Arte y Literatura en 2013. Háblanos un poco de cómo llegas a construir tus personajes y cuál es tu principal búsqueda escritural.

Mis personajes nacen de la pasión con que suelo sumergirme en la recreación de un determinado argumento. Son, inicialmente, cuchicheos ladinos, frases sueltas que se convierten en discursos autónomos, y para mí, al menos durante el proceso de escritura, se convierten en presencias, en sombras con las que hablo sin descanso.

Mis personajes oscilan entre lo extraordinario de su condición ficcional y la naturalidad con que puede llegar a existir cualquier persona real. Cada personaje, de acuerdo con sus características, cumple una función específica dentro del plano argumental de la obra; yo intento, entre otros tantos cuidados, que no se me desdibujen ni banalicen, que hablen y escriban como les corresponde, que se relacionen entre ellos como la ficción y la lógica narrativa lo demandan.

Me ocupo con el mayor juicio crítico posible, de que evolucionen adecuadamente desde su primera aparición hasta la última y que, sobre todo, sean profundamente humanos. 

En este sentido, mi principal búsqueda escritural suele ser la conformación de un mundo posible y deseable para el lector, por medio de un lenguaje que intenta lo simbólico desde lo poético y lo filosóficamente significativo. Busco transgredir, y transgredir significa para mí, ante todo, ser fiel a mí mismo. No me desgasto en acrobacias inútiles: sinceridad y belleza son mis divisas.

En tu trabajo como creador, ¿qué proceso valoras más?

No suelo detenerme de forma obsesiva en los libros que quedaron atrás ni en la suerte que corren una vez publicados. Doy mucha importancia al proceso de construcción, que está lleno de salidas en falso y rectificaciones, en el encuentro con la palabra viva, en el asombro de ver cómo los personajes van alcanzando su mayoría de edad ficcional, y en ver la manera en que se van conectando detalles mínimos con elementos decisivos de la trama, y en cómo todo es una danza de imágenes y sensaciones. Ver cómo la información recopilada pasa de ser un dato frío a una emoción, a una actitud, es algo que disfruto mucho.

Yo escribo a mano todas mis obras narrativas: he intentado despojarme de un método que es arcaico en verdad, pero no he podido. Necesito la tinta y el papel como un ejercicio de humildad que consiste en reconocer a priori la imperfección del texto. Cuando manuscribo siento que mis personajes respiran mejor.

Luego de esto, paso a word verdaderos mamotretos que en el propio proceso de transcripción van depurándose y alcanzando una condición más noble; finalmente trabajo sin piedad sobre una primera copia impresa en la que suelo reforzar vínculos, eliminar fragmentos que sobran, hacer correcciones lingüísticas de importancia, y es todo este trabajo en que se hibridan las estrategias constructivas del arquitecto con la fuerza bruta del albañil, lo que de veras disfruto.

Una vez publicados los libros, lo que me hace verdaderamente feliz es el contacto con los lectores, porque estando yo a solas con el libro me asalta una rara sensación de incredulidad y sospecha que no he podido superar.

¿Existe una ética, más o menos invisible, entre los creadores del patio o nos encontramos todos inmersos en un “coliseo” literario?

Desde tiempos de Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo han existido y existirán las trifulcas literarias, las animadversiones y los bandos que se enemistan entre sí como si fuesen escuelas de diversos estilos de artes marciales. Es decir, desde que la literatura se convirtió en un oficio más o menos profesional con que es posible ganar notoriedad y algunas veces un poco de dinero, las rencillas se han convertido en plato fuerte en las relaciones de unos escritores y otros.

 Personalmente creo que dondequiera que el talento está en pugna aparecen los caciques y los cacicazgos. Basta viajar por Cuba para observar, de forma velada o explícita, las antipatías y querellas que se dan en el gremio de la escritura, pero a mi entender, esto no se ha tornado crónico aún en Cuba, donde a pesar de la realidad antes descrita, pocas veces los enfrentamientos entre autores alcanzan la categoría de escándalo, como sí es notorio y absolutamente público en España, donde las guerras literarias tienen más de 400 años y las emboscadas se han convertido casi en un subgénero narrativo dentro de la novela y de atención mediática del panorama literario y extraliterario.

Tales son los casos de los pugilateos intensos entre Juan Manuel de Prada y Pérez Reverte, entre Roberto Bolaño y Javier Cercas, entre Eslava Galán y Paco Umbral, en fin, que los ejemplos abundan.

En Cuba creo que no hemos llegado a esos extremos, pero sí me ha sido dado observar el favoritismo y zancadilleo, los ataques despiadados en determinados circuitos, y, sobre todo, la invisibilización como ejercicio consciente entre aquellos que, además de escribir, ocupan altos cargos en direcciones provinciales del Libro y Literatura.

¿Podemos evitar la aparición de este fenómeno? Creo que no. Lo importante es cuidar que estas trifulcas no trasciendan lo personal y afecten lo literario en lo tocante a la justa apreciación crítica de la obra de terceros.

Desde lo personal, creo que participar en, o consentir esas fricciones, constituye una pérdida de tiempo para el escritor consciente de sus posibilidades y enfocado en mejorar su oficio. Es propio de autores desgastados e improductivos entregarse a esas triquiñuelas que, en vez de añadir brillo, restan.

Lope desgastó sus mejores aceros fabricando pullas para destruir el Quijote de Cervantes; hoy Cervantes es universal por derecho propio y Lope, amén de sus innegables virtudes, un solo ilustre autor de comedias, comparado con el genio del hombre que aprendió, sobre todo, a “tener paciencia en las adversidades”.

En nuestro diálogo, que trasciende las breves preguntas de esta entrevista, hemos conversado de tu interés en la literatura con visos fantásticos. ¿Por qué y cómo llegas a la fantasía?

Todo discurso, tarde o temprano, encuentra su agotamiento. Ahora mismo, la novela histórica como subgénero narrativo, a pesar de su enorme demanda en el ámbito de las letras hispanoamericanas, ha entrado en una especie de ocaso donde casi todos los recursos han sido explotados.

Consciente de todo esto, he observado que solo la fantasía y el ejercicio de la contrafactualidad (llámese también ucronía) pueden refrescar el discurso de la narrativa histórica.

En este sentido, la simbiosis entre lo histórico y lo fantástico dota a la narración de un poder semiótico que rebasa la imagen de lo verosímil para instalarse en el reino de la posibilidad simbólica, y, por tanto, de expresión lingüística.

Llego a la fantasía como una consecuencia de mi incurable inconformidad hacia todo lo que existe, tanto en el plano de lo real como de lo imaginario. Ya que, como autor, me ha marcado (y creo que seguirá haciéndolo) el discurso de la novela histórica, he comprobado que solo la fantasía puede llevarme a establecer, conmigo mismo y los lectores, otros puentes de complicidad.  

Y, finalmente, quisiera hablar del lenguaje cinematográfico con el que está acuñada buena parte de tu creación. ¿Eres de esos autores que, de una manera u otra, a priori o a posteriori, piensa en la adaptabilidad de sus obras al séptimo arte?

La literatura, ya lo advertía el gran Lezama, es imagen. Por una cuestión, intrínseca, muy personal, mis obras obedecen a este precepto de lo visual. Sin darme cuenta, en lo que escribo, termino conduciendo a mis lectores por el sendero de lo sensorial: trato de que haya claridad en mi escritura, de que a través de mis textos sea posible ver una realidad.

Esa realidad, en primer término, debe ser visible para mí como autor y en segundo (muy importante) para mis lectores. Este empeño, que también contiene la intención de un ritmo y una fluidez en lo discursivo, lleva espontáneamente hacia lo cinematográfico, no solamente desde lo visual sino que también trabaja estrechamente con el diapasón de otros sentidos como son el gusto, el olfato, la audición y el tacto.

Pienso en imágenes durante el proceso creativo, pero sin pensar en cine; una que otra vez, ya terminado el producto, no te niego que más de una vez he coqueteado con la posibilidad de una adaptación cinematográfica, pero hasta ahora no se ha materializado este anhelo. En más de una ocasión he tratado con el maestro Fernando Pérez (en base a un interés suyo) sobre el margen de adaptabilidad que presenta La Concordia, mi primera novela, pero sobre todo por cuestiones de financiamiento y otros proyectos antepuestos en la carrera del cineasta no ha sido posible.

De igual modo, hace poco me contactó un joven director cubano, cuyo nombre no debo revelar, con la intención manifiesta de convertir en un filme mi novela El camino de la desobediencia, que es una novela biográfica sobre Carlos Manuel de Céspedes.

De momento, sin ansiedad, espero que este sueño pueda convertirse, algún día, en un hecho tangible, pero entiendo que los pasos del cine son mucho más lentos y complejos que los de la literatura, y que deben conjugarse muchas voluntades y recursos para que esta ensoñación cuaje en calidad de hecho. Solo queda esperar como quien no espera, saber leer las señales del viento, volar.

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