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  Oasis Martiano: pensar es un placer

Por: Antonio Enrique González Rojas

La reunión espontánea de intelectuales en espacios libremente escogidos, donde la convergencia de intelectos dotados con aptitudes y actitudes a favor del fomento del arte de vanguardia, el pensamiento complejo y comprometido redunde en la sedimentación de nuevos estratos culturales determinantes en el desarrollo y evolución de la sociedad -ya sean hogares particulares a la usanza decimonónica de las tertulias, instituciones culturales al estilo de los liceos y sociedades de instrucción y recreo e, incluso, cafés y bares, según la tradición francesa-; ha sido una constante en la historia cultural cubana desde las tertulias organizadas por Domingo del Monte hasta la Sociedad Ateneo de Cienfuegos. Esta última, durante la primera mitad del siglo XX, desbrozó senderos para el arte en mentes e instituciones de la Perla del Sur.

Con ideales homólogos bien impresos en su blasón, el Oasis Martiano (fundado en esta ciudad el 19 de mayo de 1950 por el intelectual de origen asturiano Manuel Martínez Méndez, con el asesoramiento jurídico de Osvaldo Dorticós Torrado, quien ocuparía la presidencia cubana una década después) continúa esta línea de mecenazgo intelectual en un entorno nacional y local donde la capacidad de diálogo entre las generaciones de creadores serios ha decaído, desterrada por rutinas cotidianas de supervivencia, donde el compromiso social y el compromiso con la identidad cubana pierden terreno en las cosmovisiones particulares de una sociedad bombardeada por la industria del entretenimiento, fomento para el individualismo.

Esta fundación cultural, verdadero oasis de la sapiencia, ubicado en el antiguo Reparto Laredo de Cienfuegos, presidido por el doctor en medicina, profesor de filosofía y erudito Alberto Roteta Dorado, ha devenido núcleo de reunión espontánea de artistas e intelectuales sureños de la generación más pronta: estudiantes o recién graduados de la Escuela Provincial de Arte “Benny Moré”, de la carrera de Estudios Socioculturales de la Universidad “Carlos Rafael Rodríguez”, escritores entre los que me cuento, muchos de ellos miembros de la filial de la Asociación Hermanos Saíz al sur del Caimán.

Los segundos y cuartos domingos de cada mes, bajo la divisa martiana que reza: Ser cultos es el único modo de ser libres, ambientadas por el aroma del té brindado a los presentes, son impartidas conferencias de alta complejidad, cuyo espectro temático comprende temas tan disímiles como el Budismo Zen; la filosofía universal en todas sus corrientes, su reflejo en la obra de José Martí; el simbolismo arcaico; y las seis grandes Escuelas filosóficas de la India Antigua, además de permitirse el acceso al patrimonio libresco contenido por la nutrida y singular biblioteca del inmueble. Muchas de las charlas parten del acervo del presidente Roteta, investigador apasionado de áreas poco exploradas en la obra martiana y de la filosofía occidental y oriental. Otras han sido o son regaladas por intelectuales como Mirta Luisa Acevedo, Esperanza Díaz, Daniel Villotch, Roberto Sotolongo, José Díaz Roque, los más jóvenes Alejandro Cernuda y Ariel López, varios de ellos profesores universitarios e investigadores de diversos campos del saber. Siempre se busca romper con la disertación del más rancio academicismo, promoviéndose el intercambio entre todos los presentes, educados en la manifestación de la opinión responsable en cuanto al uso de argumentaciones sólidas, recombinadas en propuestas auténticas, creativas.     

Esta casona ecléctica, tendiente a la decadencia física por la falta de mantenimiento al maderámen, la albañilería y el amplio patio, antes jardín, imposible de costear todo esto por los integrantes del “Oasis Martiano”, rejuvenece en inversa proporcionalidad como único espacio sistemático, donde los jóvenes cienfuegueros, renuentes a dejarse llevar por las tendencias egoístamente superficiales que marcan peligrosas pautas en las nuevas generaciones cubanas, realizan las nutricias libaciones de conocimientos filosófico-literario-culturales, consolidadores de la autonomía del pensamiento en perenne evolución, para nada reiterativo y conformista con los cánones rígidos.

© Asociación Hermanos Saíz. 2009.