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Esther Montes de Oca: cien años de amor
ENTREVISTA
Por: Lázaro J. González González
En la casa persiste el silencio de las tierras perpetuadas en el tiempo. Ni siquiera el paso de los autos por la calle interrumpe la quietud del encuentro. Esther Montes de Oca no parece próxima a cumplir cien años. Cuenta, ríe, intercala poemas en la conversación con sutil lucidez. La memoria le falla poco, a la mirada curiosa no se le escapa detalle alguno. En su plática grácil se notan las dotes del magisterio. Roza los recuerdos con nostalgia, aflora en los ojos acuosos la tristeza secular, el dolor de los hijos ausentes; pero, a la vez, el orgullo de ser su madre y el estoicismo con el cual afronta su desgracia.
La había visto tantas veces, con esa distancia, mezcla de respeto y temor, que establecemos los niños con los personajes legendarios del pueblo, pero nunca había conversado con ella, la historia viva de mi natal San Juan y Martínez. Debí haberme acercado antes, pues entonces los recuerdos habrían sido más y las frases se convertirían en apotegmas con menos esfuerzo. No obstante, compartió con simpatía sus memorias, sin poder evitar los consejos, reminiscencias de su larga trayectoria como educadora.
Cuando aquel fatídico 13 de agosto de 1957 sus hijos fueron vilmente asesinados, a unos pasos de su casa, sintióse destrozada; mas, luego el sufrimiento se sublimó. Consciente de que el sacrificio de ellos no había sido en vano, aceptó el destino trágico y convirtió el desconsuelo en amor, porque como había escrito en una carta, enviada a la revista Bohemia, pero que no quisieron publicar y alguien la envió más tarde a radio Continente de Venezuela, donde fue transmitida: “la luz se hizo en el horizonte de su patria, la realidad y la justicia se convirtieron realidad tangible”.
Ahora, mientras respondía mis preguntas, rememoraba las heridas y los regalos de antaño, sin que el sentimiento nublara sus ojos. La catarsis de su alma era evidente. Con beatitud permitió que le robara sus memorias.
Esther, cuénteme de su infancia, de los años en los cuales corría por la finca La zambumbia.
Nací en la zona de Galafre y mi papá era carnicero en Galope, otro lugar remoto de San Juan y Martínez. Pero el sitio de nacimiento no importa, el pueblo de San Juan es mi verdadera cuna. He vivido siempre aquí. Aunque pudiera haberme ido para La Habana, me siento bien en esta casa donde persiste el recuerdo de mis hijos, demasiadas cosas sentimentales que no me permiten alejarme.
De pequeña me gustaba leer y era muy aplicada en los estudios. No puedo olvidar una ocasión en que mi maestra de cuarto grado me señaló un error en la caligrafía, diciéndome que no era digno de una futura educadora. Ella fue la primera en avizorar mi vocación.
¿Siempre quiso estudiar Pedagogía?
No, primero quería estudiar Derecho. Mas, era de una familia de clase media, con muchos hermanos, situación que no nos permitía a todos irnos a estudiar para La Habana, aunque mis padres sí insistieron en que todos tuviéramos una preparación académica. Cuando era joven también quise cursar carreras como Periodismo o actuación, que me gustaban, pero no pude pues estas no eran para las “mujeres decentes.”
“Sin embargo, nunca me arrepiento de haber sido profesora, Maestra de Juventudes como me premió la Asociación Hermanos Saíz (AHS)- dijo riendo- Empecé impartiendo clases en primaria, luego impartí Geografía en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río. Incluso fui la maestra de mis hijos en sus primeros años en la enseñanza.
Cuando la Campaña de Alfabetización, continué impartiendo clases y además, alfabeticé y asesoré a otros para que también enseñaran”.
A propósito Esther, ¿cuán difícil fue la doble función de madre y maestra?
Oh… siempre fui muy recia en la escuela. Allí debían decirme “Señora”, no mami. Pero a ellos no les molestaba, nunca aceptaron que los tratara diferente a los demás alumnos. En las clases de lectura, repartía los textos impresos en hojas sueltas, debido a que muy pocos poseían los libros de texto y, aunque en la vasta biblioteca de la casa mis hijos tenían todo el material necesario, me obligaban a entregarles también las hojas para no sentirse diferentes al resto. Eran muy altruistas. También recuerdo que para ir al colegio se quitaban las medias porque los demás muchachos no tenían.
¿Cómo conoció a Luis Saíz, su esposo?
Estaba sentada en el portal de la casa de mi tía cuando lo vi por primera vez. Él vino a devolverle un libro a mi hermana y allí mismo, luego de que nos hubieran presentado, empezó a enamorarme. ¿Tú te casarías conmigo hoy mismo?, me preguntó y le repliqué: ¿cómo me voy a casar contigo, si no te conozco? Luego me respondió que si se casara conmigo sería el hombre más feliz de la tierra. Lógicamente, no me pude negar, mucho menos después de haber visto sus ojos verdes. Además lucía muy bien y se expresaba correctamente. En aquel entonces él había culminado sus estudios en la capital y tenía dos bufetes: uno allá y otro aquí, mientras yo sólo tenía 18 años.
Cuando supo de las acciones revolucionarias de Luis y Sergio, ¿su temor de madre no trató de impedirles continuar arriesgando sus vidas?
Todo el tiempo tuve miedo. Ellos empezaron a vincularse con el Movimiento 26 de Julio a los 13 y 14 años, cuando estaban en el Instituto. Sin embargo, nunca los regañé, siempre contaron con mi apoyo cuando percibí que no se retractarían en su empeño, que no eran juegos de adolescentes. Veía a dos adultos, seguros de sí mismos y de lo que afrontaban, pues como me dijo Sergio: “los hombres no se miden por los años sino por las acciones”. Lo que intentaba era estar cerca de ellos cada vez que había alguna manifestación. En una ocasión me avisaron de que ocurriría una en el Instituto, entonces partí para Pinar del Río y en la consulta de un médico, cercana al llamado Malecón (calle frente al centro de estudios), esperé a que salieran, pretextando que iba a consultarme con el doctor. Por supuesto, ellos nunca supieron que los velaba, como un ángel guardián, en cada manifestación que participasen. Estando cerca, pensaba, podría evitar que algo malo les pasara.
“Otra anécdota curiosa me sucedió con el fósforo vivo. Los había escuchado hablar de eso y tenía conocimiento además, de las bombas fabricadas con esa sustancia. Por eso, les pregunté, esperando que me dijeran en qué andaban; mas, ellos fingieron no saber. Y resulta que una noche, voy al baño y veo una luz extraña en el bidel, pensé que era un cocuyo y me acosté, pero después me quedé con esa preocupación, regresé al baño y la luz había crecido. Así que fui al cuarto, desperté a Sergio y le pedí explicaciones, a lo que él respondió: “¿tú no querías saber qué era el fósforo vivo?”. Con posterioridad a ese suceso supe hasta qué punto estaban involucrados en la revolución y que no había marcha atrás”.
Es evidente su influencia en la vocación revolucionaria de sus hijos al apoyarlos, ¿ influyó en otros aspectos?
Quizá en el gusto artístico, en la lectura. A Luis, por ejemplo, lo obligué a estudiar violín porque a él no le gustaba tocarlo y a mí me fascinaba. Y junto a mi esposo, siempre les leíamos algo nuevo todos los días, fundamentalmente de Martí; por eso cuando aprendieron a leer ya tenían ese hábito. Conocieron desde muy chicos los Versos Sencillos, el Ismaellillo. Cuando estaban en cuarto y quinto grados respectivamente ya conocían El presidio político en Cuba y me vi precisada a confeccionarle unos trajecitos para que representaran en el aula al joven Martí y a Lino Figueredo, su compañero de presidio, para los niños que no conocían ese artículo martiano. Luego, en el cine de la localidad, Sergio interpretó a Abdala”.
¿Cómo ha sido su relación con la Asociación Hermanos Saíz?
Cuando fueron a fundar la AHS, hablaron conmigo y quise que me explicaran bien cómo sería y cuál debía ser la conducta futura de quienes la integraran, para que pudieran honrar el nombre y la memoria de mis hijos. Siempre he estado al tanto de lo que hacen esos jóvenes, porque para agruparse en tal asociación, deben ser dignos y revolucionarios como Luis y Sergio.
“En el transcurso de estos años, estoy segura de que ha cumplido sus objetivos: se ha guiado a las nuevas generaciones por un camino correcto. Me siento orgullosa de ello”.
¿Qué consejos daría a estos jóvenes creadores, herederos del germen artístico de sus hijos?
Que estudien muchísimo y lean a Martí, pues así aprenderán de lo más importante que debe saber el hombre durante su existencia. Ser dignos, conscientes de sus responsabilidades, capaces de levantar bien alto la cabeza adonde quiera que vayan.
Junto a la respuesta, Esther me regaló una sonrisa sincera, y recitó con picardía un poema que comenzaba así: “Cien años quién diría, si no tuviera blanco el cabello…”. Feliz por su onomástico me confesó que el mejor regalo sería ver a los jóvenes, como yo, seguir una senda de justicia. Luego, sin preguntarle, quizá consciente de que sus palabras no serían olvidadas, pensó en voz alta: “ha sido un siglo de lucha, he pasado por todas, buenas y malas. Hay muchas cosas que quisiera haber dejado por escrito pues el tiempo pasa y uno olvida cómo reaccionó en un momento determinado”.
Dos horas habían pasado desde que empezara a usurpar sus recuerdos. No quise alterar más sus emociones, por eso me despedí, si no habría continuado la plática toda la tarde. Al salir de la casa donde hace más de medio siglo corrieran sus hijos, su imagen todavía me deslumbraba y rondaban por mi mente unas líneas suyas donde aseguraba: “….No dejaré que el dolor me amilane, viviré, no feliz, pero sí orgullosa, más orgullosa aún que antes, de ser la madre de Luis y Sergio.” Las dolencias, en efecto, no habían opacado su amor. |