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Inventario de espacios citadinos: la cuentística de Ahmel Echevarría Peré

Por: Patricia Motola Pedroso
Foto: internet

La literatura cubana actual presenta una gran diversidad de voces y heterogeneidad de formas, estilos y temas. Sin embargo, ciertos asuntos y preocupaciones se destacan como constantes en la producción de la isla hasta hoy. Uno de ellos es el tópico de la ciudad. La Habana ha fascinado a artistas, escritores, científicos, políticos, exploradores, sacerdotes, historiadores y tantos otros. En esta ocasión, vuelve a ser uno de los protagonistas de las historias de un narrador contemporáneo, quien entreabre las puertas de una Habana cansada, gris, de pérdidas y reencuentros, mientras sobrevive a las interrogantes de una nueva era. Los dos libros de Ahmel Echevarría Peré1–Inventario (Ediciones UNION, 2007) y Esquirlas (Editorial Letras Cubanas, 2006) –, sumergen al lector en el cuerpo abierto de las calles citadinas y lo enfrentan a su mejor enemigo: él mismo. El hombre y la urbe miden fuerzas. El saldo: la compleja urdimbre de un texto narrativo que gana por apostar a la sobriedad, a la emoción contenida, el guiño de lo lúdico y por adentrarse sin miedos en lo recóndito del ser humano.

Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón (Juan Rulfo, Luvina). Las palabras anteriores constituyen el exergo del libro Inventario. Con ellas se deja establecido el tono de la historia. La tristeza es en las páginas de Ahmel como la bruma de ciertos días: lo inunda todo. Condiciona la mirada en un juego con la existencia/no-existencia. Parecería que sus preguntas principales fueran: ¿qué es lo que en realidad es?, ¿qué es lo que fue y ya no es? Sin embargo, al concluir la lectura no estoy del todo segura de tener las respuestas, sino solo el beneficio de la duda, de muchas dudas.

Así sucede también con el segundo libro de este autor: Esquirlas. Ahora la tristeza ha calado más hondo y se devela como lo que es: dolor, un profundo dolor. Esta vez las preguntas no requieren necesariamente de respuestas, basta saber que las interrogantes están ahí.

Aunque los volúmenes vieron la luz de manera consecutiva, el orden de escritura, y tal vez de lectura, es justamente inverso. Ambas obras forman parte de un ciclo que el autor ha dado en llamar Ciclo de la memoria, en donde el narrador personaje también se nombra Ahmel, aunque según el propio autor, no es una referencia autobiográfica. No obstante, cada texto literario constituye una unidad cerrada en sí misma y obedece a intenciones diferentes.

Según ha planteado Echevarría, Inventario es el libro de la génesis. Con él decidió hacerse una serie de preguntas que le sirvieran de «válvula de escape» a determinadas circunstancias por las que atravesaba. En Esquirlas, en cambio, Ahmel lanza las interrogantes al lector, y muestra de forma más acabada la idea de presentar la estructura de la obra como un cuaderno formado por textos, y no como la reunión de distintos cuentos. Ello ya lo había comenzado en Inventario. Los dos libros se componen por diferentes historias que él ha denominado piezas narrativas. Ellas –fragmentos de la vida del narrador personaje– se entrelazan pero no de manera cronológica. En Esquirlas estas piezas están acompañadas de imágenes fotográficas, especie de historias en sí mismas, imágenes a manera de relatos breves.

Ciertamente ambos libros son entidades independientes, no obstante se relacionan entre sí. Primero, porque algunos de los personajes están presentes en las dos historias narradas, hay acciones y acontecimientos que se repiten, y son contados por el mismo narrador personaje. Segundo: los hechos tienen lugar de manera general en La Habana.

Con Esquirlas, más que desandar los espacios por donde gravitan los personajes, intento rajar su piel y colarme en ellos. A diferencia de Inventario, más que la sociedad me interesa el individuo, el hombre en particular, por supuesto, ese hombre en interacción con el medio pero sin que me interese llegar a La Verdad, a La Respuesta de por qué cada uno de ellos se encuentra en una situación determinada (…)2.

Ahora solo habito los espacios de la memoria. Hice las maletas y cerré todas las puertas. No dejé ningún mensaje. Emigré hacia mí. Mi cuerpo es el único espacio posible. Cuando se habita en los territorios de la memoria queda vedado el futuro, acaso también el presente. ¿Qué es la memoria? ¿Un espacio reservado a los muertos? Me atrevo a llamarle patria. Mi patria es la memoria. En este nuevo suelo estoy muerto, sin embargo soy un cadáver diferente, (…) Estoy armado a retazos, mi cuerpo no es más que parches y costurones. Esquirlas, preferiría llamarlas así, son instantes que he vivido (…)3.

Así comienzan las páginas escritas por Echevarría, y salta a la vista la complejidad del espacio: primero, el cuerpo, que se cierra para abrirse, luego, hacia la memoria como la única patria posible para el narrador personaje, y por último, el país donde vive; dentro de él, La Habana. Inventario es una gran madeja de contenidos y formas en donde uno de los protagonistas es el espacio; también en el punto de mira del personaje, aunque este último lo evada. Los lugares en el texto son fragmentarios, aparecen para subrayar una situación, marcan el tono y carácter de las interrogantes.

Es este un inventario de aquello que forma parte de su vida, ya sea presente o pasado. En él, la ciudad retumba en los oídos y golpea en los ojos como el límite posible a lo diferente. Las calles capitalinas se apropian del libro para representar un espectáculo, para condicionarlo. Se muestran en su plenitud dialéctica y le obligan al narrador a preguntarse sobre la condición de vivir en la Cuba de principios del siglo XXI. Su inventario tiene como esencia la relación existencia/no-existencia del ser humano, en su proximidad con todo aquello que conforma su mundo. La interrelación de los elementos narrativos amplía las perspectivas de los cuestionamientos de un ser individual que se debate en comprender la dinámica de una ciudad viviente. Abre las puertas a la reevaluación de diferentes temas entre los que se encuentran la familia, la migración cubana, el cambio que significó el triunfo revolucionario, la amistad, los conflictos generacionales, la marginalidad, el proceso intelectual creador, los lugares y redes de difusión del arte, el amor, la muerte, la desesperanza. El repaso de los fragmentos de su vida es un gran inventario de espacios que abre sus puertas a las representaciones de la memoria.

Los personajes que aparecen en las piezas narrativas guardan una estrecha relación entre sí, y cada uno aporta la continuidad de un acontecimiento. Fragmentariamente son presentados los hechos y sus protagonistas, pero cada narración tiene su continuidad en el próximo relato. Es un gran rompecabezas que el lector puede armar como un perceptor activo en ese ejercicio de revisión, que entraña tristeza, dolor y muchas dudas.

En el texto se pueden distinguir tres tipos de espacios fundamentales pero íntimamente relacionados: el físico –concentrado sobre todo a partir de la propia ciudad habanera, con su arquitectura y áreas urbanas– el de la memoria y el del cuerpo. Los dos últimos elementos de esta tríada, junto a las impresiones y sensaciones del narrador, irán descubriendo la urbe. Bastaron dos palabras: Habana, desmemoria. Con ellas, Ahmel logró evadir la realidad –aquella, incómoda, caliente; un obligado viaje en ómnibus desde la periferia al centro de La Habana– para adentrarse en otra Habana que se levantaba tras sus párpados. Ahmel cree que ha vivido en dos ciudades al mismo tiempo (…) Imaginaba la ciudad como un inmenso retablo. Un escenario repleto de cuerpos cansados, armado a retazos, sobre una lasca de piedra a la deriva (…)4.

Hay, también, un espacio que subyace todo el tiempo como una constante, y está dado por la oposición del adentro y el afuera de la propia ciudad y de la isla. A partir de la relación que se establece entre estos pares, se introduce una mirada de lejanía hacia el espacio físico. Ello permite la existencia en la obra de determinados juicios valorativos con respecto a las circunstancias específicas de la actualidad habanera, como sucede, por ejemplo, con la presencia del fenómeno de la emigración. Esto guarda una relación muy directa además, con un elemento al que se hace referencia en varias ocasiones en el libro: el agua.

La condición geográfica y física de la isla es igualmente sometida a varias interrogantes, en las cuales se pueden ver las reminiscencias de un Piñera –con su maldita circunstancia del agua por todas partes–, o lezamianas –pues vivir aquí es una fiesta innombrable–. Para el narrador no hay contradicción entre ambas, sino que desde la posición de observador y cuestionador de su entorno llega a cierto consenso. Ello se da sobre todo en la obra a partir de la imagen de la capital enfocada desde el Malecón, la bahía de La Habana o la colina donde se levanta El Cristo.

– ¿Por qué te torturas?– Dije.
–No es un castigo. Desde el mar, La Habana no parece la misma. Las ruinas, la mala vida y toda la mierda no se ven desde el agua.
–La Habana siempre será la misma (…)
–La ciudad tiene una máscara. No me interesa ver nada más (…) Esta bahía es la máscara o el disfraz para dar la bienvenida. Me subo en la lancha y todo me parece nuevo. Desde aquí tengo una ciudad nueva o una nueva ciudad frente a mí (…)5.

La construcción citadina surge paralelamente a la reconstrucción de la memoria, de esos hechos y personajes que la habitan. El narrador protagonista desanda las calles y crea su mundo percibido. A través de un espacio físico real, elabora el dibujo de una (ir)realidad para el lector. Cuidadosamente ha seleccionado los elementos que componen la urbe. Se abren las puertas entonces a la suciedad y la decadencia. En ella es mejor mantenerse enajenado porque es esta en realidad, la verdadera condición del ser humano.

Tengo la sensación de que camino y no avanzo. Todo me resulta repetido. La ciudad tiene un mismo color, parejo, sucio; es una vieja enferma, de miembros mutilados por tanta ruina y remiendos. Parece no estar sembrada en el trópico. ¿A dónde habrán ido a parar sus colores? Dos tipos –una mujer y un hombre– caminan delante de mí. Cargan mochilas, agua embotellada en pomos desechables y toman fotos. ¿Qué será lo que yo no alcanzo a ver?6

El narrador edifica su ciudad a partir de las relaciones con los sucesos que tienen lugar en Cuba, como el robo de la lancha Habana-Casablanca, el triunfo de la Revolución, el Período Especial. La capital es mucho más que un entramado urbanístico o arquitectónico. Reúne las características y complejidades de una sociedad que ha sufrido y sufre importantes cambios. Aparecen el Boulevard de San Rafael y sus gentes, las calles Belascoaín y Zanja, las paradas de la ya antigua ruta 298, el Vedado como polo opuesto a una compleja Centro Habana, los aromas, la mugre de las calles: La Habana parece un clip, pero es más que eso (…) Corro. Entro al metrobus tras la gente que forcejea y trata de subir. Una señora y un señor pelean por su lugar en la fila, por su sitio en el pasillo y porque él no tiene otro remedio que pegarse demasiado a su fondillo aunque viaje de espaldas a ella. En la acera una mujer se seca el sudor (…) Hay demasiado calor y mucha humedad. Desfallece (…) Una caravana atraviesa la calle, la patrulla ordenó que se detuviera el tráfico. Ómnibus amarillos para escolares, ómnibus amarillos con franjas negras, ómnibus amarillos repletos de estudiantes extranjeros (…)7.

La ciudad abre sus cortinas a los diferentes personajes y sus historias en los vínculos que sostienen con el narrador. Son fundamentalmente amigos y familiares los que predominan. A través de los momentos vividos, de las experiencias compartidas, se descubren las complejidades, deseos, frustraciones, anhelos escondidos de los seres humanos del libro. Ellos pasan y dejan su huella para constituir los fragmentos de la vida del narrador. Porque es el individuo frente a sí mismo, con preguntas en las manos, el aliento que va conformando y tirando de los hilos de las historias. Con sus interrogantes intenta comprender la realidad que le rodea o a veces solo mostrarla en su complejidad. Los caminos, generalmente, son asumidos desde un gran pesimismo, duda y tristeza.

Esa manera de hacer, de asumir el oficio de contar historias, no solo está presente en Inventario, sino también en Esquirlas, donde la escritura se tensa mucho más. Ello se debe, en gran medida, al lenguaje empleado por el autor. Según él: (…) Es seco, fragmentado, duro. Para este libro imaginé a las palabras como fragmentos que podían herir en la medida que fuese modelado y leído el libro. Se caracterizan, como ya te dije, por la fragmentación, la sequedad, la necesidad de encontrar el tono adecuado en los bordes afilados de la palabra. Con esas esquirlas intentaba adentrarme en el cuerpo de los personajes, relatar un hecho o un suceso sin que mediaran construcciones o imágenes «líricas». Para contarlas necesitaba la rispidez8.

Al igual que en Inventario, el narrador personaje ha decidido escapar de la realidad, su realidad, la que le resulta adversa, y adentrarse en su memoria, el único sitio posible. Igualmente, las historias se basan en recuerdos, cartas y fotografías que ha decido recopilar. De nuevo hay un repaso de acontecimientos que tal vez intentan rescatar lo perdido, pero que no pueden ser del todo confiables.

Sobre sus intenciones con este texto, Ahmel Echevarría ha planteado: Esquirlas fue el punto de partida de un viaje. Acaso un viaje hacia mí –a través de otros cuerpos, de cara al vacío, al horror, el miedo, también el dolor... –donde más que la necesidad de encontrar una respuesta fue todo lo contrario: formular preguntas; interrogar e interrogarme; cuestionar y cuestionarme sobre el espacio donde interactúo, donde interactuamos. Ese territorio está surcado por líneas de intensidad y algunas de ellas responden a estados o situaciones límite. Atraviesan nuestro cuerpo y solo lo advertimos cuando apenas hay remedio. (…) ¿En qué territorio estamos? ¿En el paraíso? ¿El infierno? ¿O es, a una misma vez, paraíso e infierno? ¿Espacio real? ¿Acaso también irreal? Es lo que me ha tocado en suerte, lo que nos ha tocado9.

Los espacios en Esquirlas coinciden en gran medida con los de Inventario: el cuerpo, la memoria y la ciudad. Sin embargo, la diferencia fundamental que se observa entre ambos libros, en relación con el espacio, está dada sobre todo por la manera narrar. Constantemente se cruzan los límites de la realidad/irrealidad en las historias. El contexto ficcionalizado se permea también de lo fantástico y de lo absurdo para dar un mundo que sólo existe tangencialmente. El narrador se adentra más en el espacio de la memoria y va uniendo cada fragmento con un fuerte hilo de dolor, de rabia contenida, de rencor tal vez. Esquirlas está por encima de lo visto o lo palpable. Si en Inventario el espacio existía en la piel del sujeto, ahora es el sujeto el que inunda todos los espacios. El desandar las calles de las memorias del primer libro conduce, en el segundo, al encuentro con aquello innombrable que se encuentra en lo más íntimo de nuestro ser.

En este sentido, ha señalado el narrador y crítico Alberto Garrandés: Lo bueno de Esquirlas es que reproduce algo que no se ve, sino que se siente. Reproduce (o reinventa) el filo de la nada. Cuando uno vive creando su propia certeza desde la incertidumbre de lo real (la incertidumbre de lo real puede ser una convención: hay que tener cuidado con eso), la otra realidad tiende al desvanecimiento. Solo quedan el cuerpo y el lenguaje. El problema es que no sé muy bien dónde está uno y dónde está el otro, o si debo separarlos al fin (…) Por eso Esquirlas se transforma en un documento cuya pregunta central es acerca de la pertinencia/no pertinencia de las palabras con relación al mundo. Como si decir/no decir fuera una especie de conmutador o by-pass que organiza, reorganiza o caotiza lo real. (…)9.

Aunque en ambos libros estén presentes algunos hechos similares, existe un tono de narrar diferente, más intenso. Mientras que en Inventario el narrador se detiene en la descripción de todo el espacio por el que transita, porque forma parte de sí, Esquirlas le abre un camino mayor a las interioridades del ser. En ocasiones, estas nociones para el narrador se sostienen en la idea cíclica del eterno comienzo: (…) Teníamos una rutina: Yani cruzaba la bahía más de una vez en la misma lancha para ver la ciudad desde el agua; mi refugio era el mirador de Casablanca, subía la colina del Cristo y golpeaba con el puño ese bloque de piedra que parece bendecir a La Habana, luego aliviaba el dolor sentado con los pies en la nada. Creo que todo mi cuerpo colgaba sobre el vacío (…) 11.Empezar de cero. Una y otra vez. Empezar un nuevo ciclo. Otra y una vez. Aquella frase vibraba entre las paredes del cuarto, la cocina, toda la casa; nos tomaba por sorpresa y nos distanciaba aunque estuviéramos frente a frente, a nada de distancia, se volvía una fuerte carga de energía, al menos yo creía sentirla, era como un muro que impedía tocarnos o intentar el roce12.

La ciudad, aunque sigue siendo la capital habanera, se extiende y alcanza otras significaciones. Está presente físicamente también de manera fragmentada, sin embargo, más que verse, se siente. Se han seleccionado de tal manera los lugares, que la imagen construida es distante e irreal. Predominan aquellas zonas enfocadas hacia el afuera, desde lejos. Se trata de huir de ella. Tanto la ciudad como la isla, se construyen cuales fantasmas. El tren se alejó dando tumbos. No tenía sentido llegar a Matanzas. Con algo de comida, poco dinero y ron, bastaba Hershey. Alguien me había dicho que el pueblo tenía un río limpio, el batey del central merecía un vistazo; si decidíamos hacer un poco de sendero, Jaruco estaba cerca: cuevas, montañas y un río13. (…) Veinticuatro horas antes, en una barra, decidimos salir de la ciudad para escaparnos de todo. Queríamos alejarnos de todo al menos por un fin de semana. Luego de haber recorrido decenas de kilómetros, volvíamos a estar rodeados de gente. Atravesamos el parque, solo el cementerio tenía la tranquilidad que buscábamos.

–Es raro, tal parece que seguimos en el batey de Hershey –dijo Yani.
–Si no fuera por el cansancio, el viaje y el silencio, te diría que estamos en la ciudad (…) 14.

El espacio del cuerpo tiene una gran importancia en Esquirlas y también mayor significación. Él y la ciudad se conjugan por momentos para dotar al texto de una dimensión superior. Es el último círculo, o acaso el inicio, en el descenso a través de la memoria. Ello se debe además, a la utilización de un lenguaje áspero, cortante, que intenta exponer hechos, desentrañarlos y diseccionarlos, sin la aparente presencia de emotividad. Una vez que el narrador se ha adentrado a reorganizar los fragmentos, queda solamente el cuerpo como espacio habitable en el que se hace posible la (ir)realidad. La ciudad le sirve de soporte en una multiplicidad de sentidos, pero cede ante él.

El acuerdo fue hacer una foto en la Plaza da la Revolución, otra en la Colina Lenin (…) Intercambiamos saludos, revisamos la cámara y fuimos a la Plaza. La calle estaba desierta. A esa hora casi nadie está interesado en visitar el inmenso monumento o fotografiar la estatua de Martí (…) 15. Eran dos cuerpos blanquísimos, dos mujeres desnudas sobre el verde intenso del césped. El obturador guillotinó la primera imagen (…) Yo miraba a las dos mujeres y trataba de imaginar el encuadre. Tras el lente, los magnums y las rosas grabados sobre la piel quedaban bajo el abrazo de Edith, detrás de sus dedos, o de su rostro (…), o bajo el roce de toda su piel contra la piel de Vania. Detrás, aparecía un muro de mármol; más arriba un pedazo de la estatua y el gris de las paredes de la torre; cerrando el cuadro, los distintos tonos de un cielo a ratos surcado por pesadas nubes.

Inventario y Esquirlas son dos volúmenes independientes del narrador cubano Ahmel Echevarría Peré, pero conectados espacialmente en un crescendo. Ambos textos son un viaje a la memoria, en los cuales la ciudad tiene uno de los roles más importantes. El narrador ha comenzado a desandar la realidad, para ¿culminar? en la irrealidad habitada por el cuerpo. Tal vez el viaje nunca tuvo principio, sino que se asiste al eterno retorno de armar los fragmentos. La Habana es uno de los protagonistas de Inventario, cubre la piel y los recuerdos al tiempo que los condiciona. La Habana es solo sus partes en Esquirlas, el sujeto se ha colocado ahora en el centro mismo del rompecabezas. Así, el espacio se expande y redimensiona, se hace receptor también de las interrogantes de Ahmel (del Ahmel narrador-personaje y del Ahmel el hombre que escribe).

Cuando se cierran las páginas de estas pequeñas-grandes obras quedan, además, la inquietud y el dolor. Se han mostrado y conocido otras verdades, presentes también en el aire de la isla, y que ya van marcando a toda una generación. Lo que vemos no es necesariamente lo que existe. La capital ha sido desde tiempos inmemoriales escenario de miles de historias. Esta vez, ella también ha decidido contar las suyas en otra piel.

Aunque el tiempo tiene la última palabra, creo que ya se avizora la buena madera de escritor que conforma a Ahmel Echevarría Peré. En este sentido, Alberto Garrandés ha señalado: La narrativa cubana actual cuenta con libros singulares (singulares por sí mismos y porque se desmarcan de la vocación escolástica que ella detenta en relación con lo real-visible del contexto). Libros en los cuales, por simple selección (y ya saben ustedes cuán interesada y maliciosa puede ser una selección), podría hallarse mi idea de lo que es escribir ficciones hoy en Cuba. Mencionaría libros tan dispares como Yo fui un adolescente ladrón de tumbas, de Jorge Enrique Lage; Las ciudades imperiales, de Miguel Mejides; Esquirlas, de Ahmel Echevarría; (…). Si digo que en la resultante de una lectura sucesiva, podría brotar de ellos una imagen bien articulada con mi idea sobre la escritura de ficciones, no estaría exagerando. En términos de física teórica, la resultante es la suma de varios vectores de fuerza. Y los vectores de fuerza que subyacen en esos libros desemejantes, difícilmente concertables (salvo en la mente de un lector compendiador y proteico), convergen en mí gracias a una circunstancia: el tipo de crítica o de ensayo que me gusta hacer es aquel que podría, en términos preceptivos, recomendar la escritura de libros así, suponiendo que estos no existieran17.

1 Ahmel Echevarría Peré (Ciudad de La Habana, 1974). Ha cursado el Taller de Formación Literaria “Salvador Redonet” y el Curso de Técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. En este último obtuvo la Beca de Creación Literaria “El caballo de coral” de cuento en el año 2002. Su libro Esquirlas ganóel Premio Pinos Nuevos de narrativa y fue publicado por la Editorial Letras Cubanas en el 2006. Con su libro Inventario obtuvo el Premio David de cuento en el 2004 y fue publicado por Ediciones UNION en el 2007.

2 Pérez Castillo, Ernesto. Cavar tu propio agujero. Entrevista realizada a Ahmel Echevarría Peré y publicada en el sitio web Cubasí, 2006

3 Echevarría Peré, Ahmel. Inventario. Ediciones Unión, La Habana, 2006 76pp  p. 7

4 Ibídem, p.58

5 Ibídem, p. 21

6 Ibídem, p. 15

7 Ibídem, p. 13

8 Pérez Castillo, Ernesto. Cavar tu propio agujero. Entrevista realiza a Ahmel Echevarría Peré publicada en el sitio web Cubasí, 2006

9 Garrandés, Alberto. Esquirlas: lecturas de ida y vuelta (soliloquios cruzados). Texto digital publicado en el sitio web Cubaliteraria, a partir de una correspondencia sostenida entre Garrándés y Echevarría en el año 2006. http://www.cubaliteraria.com/delacuba/ficha.php (consulta hecha 5/09/08)

10 Ibídem

11 Echevarría Peré, Ahmel. Esquirlas. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005 105pp  p. 15

12 Ibídem, p.42

13 Ibídem, p.34

14 Ibídem, p.35

15 Ibídem, p. 55-56

16 Ibídem, p. 58

17 Alberto Garrandés. La prospección crítica (Breve examen de conciencia). Palabras leídas en el III Encuentro Nacional de la Crítica Literaria, celebrado en la ciudad de Pinar del Río del 27 al 30 de noviembre de 2006 y publicado en el sitio web Cubaliteraria.


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