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| 50 que no se olvidan. Erick Silva |
¿Y tu abuelo dónde está?
Por: Flor de Lis López Hernández
Para los cubanos, preguntar por el abuelo de esta manera no entraña una búsqueda del lugar en el presente, sino una indagación en el origen; el cual por diferentes motivos puede no estar del todo claro, o intencionadamente oculto. No hay familia en nuestro país en la que alguna vez no se haya echado mano a esta sentencia, por lo general en tono jocoso.
Mirando los carteles realizados por las más recientes promociones de diseñadores no puedo menos que pensar en la anterior frase. Son a la misma vez hijos de su tiempo y deudores de las generaciones que los antecedieron. Todo tiene un antes y un después; el antes de estos carteles de hoy está en una rica tradición gráfica en nuestro país.
La historia de los soportes de comunicación en Cuba tiene ya desde el siglo XIX ejemplos brillantes: es conocida internacionalmente la policroma y exquisita gráfica vinculada a la industria del tabaco, tradición que hasta hoy se mantiene viva; en la Feria Internacional de París, en 1900, resultaron premiadas las publicaciones El Fígaro y La Escuela Moderna, lo que demuestra en época tan temprana la maestría y el dominio del oficio por los criollos.
Para la primera mitad del pasado siglo nuestra producción visual se situó a la par de lo que sucedía en Europa o Estados Unidos, referentes obligados para la cultura del mundo occidental. Revistas, periódicos, sueltos publicitarios, concebidos para una existencia efímera por su esencia anunciadora, cincuenta años después aun causan la admiración de coleccionistas y estudiosos del tema. Publicaciones como Social o Carteles crearon patrones modélicos asociados a los criterios de la modernidad, mientras que nombres como Jaime Valls, Conrado Massaguer, Enrique García Cabrera y Rafael Blanco, entre otros, resultan indispensables si se pretende un acercamiento aunque sea elemental a los orígenes de nuestra historia gráfica.
El cartel, asociado sobre todo a temas culturales, también se hizo presente para anunciar verbenas, corridas de toros, espectáculos teatrales y proyecciones de películas. Justo en el cine encontró este medio de comunicación un hacer que abriría el camino continuado hasta hoy con particularidades propias. En los últimos años tuve el privilegio de admirar con detenimiento, y de manos de su propio autor, varios centenares de piezas hechas para anunciar filmes durante las décadas del cuarenta y del cincuenta y aun en los sesenta. Eladio Rivadulla Martínez, quien fuera maestro de la serigrafía en Cuba, constituye sin dudas uno de los pilares del tema en cuestión.
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| V Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Giselle Monzón |
También hubo espacio para la publicidad de productos y servicios en los más variados soportes, para los temas sociales, aunque en menor medida, y por supuesto para los carteles políticos en época de elecciones, abundantes en cantidad y escasos en creatividad, pues casi todos (sin importar al candidato o partido que apoyaran) seguían patrones similares.
La explosión gráfica que vive el país al triunfo de la Revolución tuvo un antecedente rico y diverso, todo el caudal cultural y visual fue puesto al servicio de lograr la comunicación con las masas. La propaganda de bien público se sirvió sin prejuicios de los recursos de la publicidad, los cuales son apreciables en anuncios para revistas. Tal es el caso de Bohemia en los primeros años de la Revolución, que utilizó probadas fórmulas para vender, pero esta vez con una función social. Fueron profesionales con experiencia en las agencias publicitarias quienes asumieron una parte importante de toda la campaña propagandística desarrollada para promover y apoyar la Campaña de Alfabetización, obra sin precedentes en nuestro país, por su alcance social y el corto tiempo en que se proponía llevar a término. Digno de mencionar por su concepción y su gráfica totalmente vanguardista, es el periódico Lunes de Revolución, que aun con su existencia efímera, abrió un camino hasta hoy no transitado por algunas de las publicaciones periódicas circulantes.
El cartel cumplió con creces su papel como medio rápido, directo y barato por aquel entonces, de lograr una comunicación efectiva con el pueblo. Ya para fines de los sesenta varios críticos y estudiosos cubanos comenzaban a valorar altamente este primer decenio cartelístico de la Revolución, al que después se sumó otro, por lo que ya muchos no dudaron en considerar esta como una época dorada para el soporte, que también tendría su pronto reconocimiento a nivel internacional.
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| XX Aniversario del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Giselle Monzón |
No hubo ningún evento importante en nuestro país que no fuera registrado por la gráfica, lo mismo político, cultural, económico, deportivo. Para las más jóvenes generaciones estos documentos, no siempre debidamente conservados, son una fuente indiscutible de conocimiento, no solo visual, sino también histórico. La solidaridad con la lucha de los pueblos hermanos, la Crisis de Octubre, Girón, la Zafra de los Diez Millones, las batallas por alcanzar el sexto y el noveno grados, las campañas de ahorro, las puestas teatrales, el Festival de la Canción Popular de Varadero, el cine europeo... Son tan disímiles las facetas de la vida en Cuba que de esta manera quedaron recogidas, que han situado al diseño en un lugar estratégico en la cultura de nuestro país.
Instituciones y nombres fundamentales marcaron un camino, una manera de hacer: COR, CNC, ICAIC, OSPAAAL, UNEAC, Casa de las Américas, entre ellos. Cada organismo, como cada creador con su propio modo, utilizó diversidad de lenguajes y técnicas, experimentación e inventiva para resolver creativamente los problemas, asimiló influencias estilísticas internacionales y del patio, y sobre todo, otorgó suma importancia a la imagen conceptual para trasmitir ideas.
Todo un terreno generoso y fértil para ser utilizado por generaciones venideras, dotadas estas de nuevas herramientas, mouse en lugar de pinceles o plumas de dibujo, pantallas de luz y color, en lugar de maquetas dibujadas, recortadas y pegadas… Pero al final, persiguiendo el mismo objetivo: lograr una pieza de alto valor estético y comunicativo. Los diseñadores de hoy en gran medida son conscientes del legado cultural que continúan, unas veces con total conocimiento de causa, otras de manera más intuitiva.
La mayoría de los que hoy enfrentan la profesión son egresados del Instituto Superior de Diseño. En sus aulas han conjugado teoría y práctica, han desarrollado habilidades manuales pero también el pensamiento, han utilizado el lápiz y el software, estudiado la obra de diseñadores famosos y han comprendido la necesidad de diseñar con un compromiso hacia el hombre y hacia el medio ambiente, entre otros saberes.
El cartel aunque ha dejado de ser un soporte privilegiado como lo fue décadas atrás, sigue generando una magia particular para los jóvenes diseñadores. Desde el recinto académico, tanto en la esfera docente como extracurricular, incursionan en este medio de comunicación con resultados interesantes. Puede mencionarse de manera particular el proyecto que conjuntamente se realiza con el ICAIC hace ya casi una década, donde estudiantes del ISDI diseñan carteles para los materiales audiovisuales en competencia de las Muestras de Nuevos Realizadores.
La participación en concursos ha sido una excelente vía para canalizar inquietudes. En las primeras tres décadas de la Revolución existieron certámenes de carteles, de manera sostenida, con sus altas y bajas, y se mantuvo el Salón Nacional de la Gráfica 26 de julio. Sin embargo, hacia el segundo lustro de los noventa esta modalidad, y las exposiciones que generó, toman mayor fuerza como vía para promover la creación y materializar la impresión de carteles en una realidad cubana de gran escasez material, producto de la difícil coyuntura económica del período especial.
Diferentes instituciones, organismos y personas han patrocinado y desarrollado estas iniciativas; entre ellas: la Fundación Ludwig de Cuba, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, el ICAIC, el Instituto Superior de Diseño, la Oficina Nacional de Diseño Industrial, la UNEAC, la OSPAAAL, la Editora Política, el Comité Prográfica Cubana, el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, la Casas de las Américas, la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales, el Taller de Serigrafía René Portocarrero, la Biblioteca Nacional José Martí, el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, el Centro Hispanoamericano de la Cultura, el Centro Cultural Wilfredo Lam, el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño… Todos con el interés de mantener viva la tradición cartelística en Cuba. Con el mismo objetivo y coincidiendo con una cierta recuperación económica, algunas instituciones que otrora fomentaron el uso de este medio de comunicación durante la primera década del actual siglo, han hecho un esfuerzo por retomar la práctica de utilizar el cartel al menos para sus eventos fundamentales, dígase la Casa de las Américas, la UNEAC y el ICAIC.
Las nuevas generaciones aceptan el reto; son herederos de un pasado ilustre, hijos de un presente cada vez más dinámico y cambiante. Apuestan por un producto cultural cuyo desafío principal desborda los límites de la comunicación clara y directa. Como antes, se sirven de metáforas y símbolos, pero agregando intencionalmente lecturas múltiples, mensajes polisémicos, tonos humorísticos y hasta irónicos. La apropiación de elementos de la gráfica que los precede, pero también de las artes plásticas y el amplio mundo de la cultura visual -tanto cubano como internacional- puede valer como asidero estilístico. Se privilegia la ilustración, pero no se desdeña la fotografía y sus diversas variantes de manipulación. Sin embargo, también se aprecia un aumento en el interés tipográfico como forma expresiva y ya no solo como texto informativo; se mantiene el tratamiento del color con gran carga simbólica.
En el común de casi todos está presente la intención de confrontación con un espectador activo, y en este punto hay fuertes coincidencias de concepto con sus antecesores. El cartel apuntará a una solución inteligente que demanda reflexión. Por supuesto, el nivel de acceso a su decodificación será diferente, de acuerdo con las posibilidades del espectador. Sucede como en los en los sesenta, cuando Reboiro resolvió magistralmente el afiche para el filme japonés Harakiri; o cuando Olivio Martínez encontró una poética solución en el cartel por el XIV Aniversario del Asalto al Moncada.
Regresando a la idea que dio origen a este escrito, no puedo menos que apreciar los vasos comunicantes que conectan el antes y el ahora de nuestro cartel. Nuestra historia asentada en un continuismo gráfico y en una complementariedad que hasta hoy, generación tras generación, no ha dejado de aportar a nuestra cubanía visual.
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