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¿Qué estamos validando?
Clips de escalera
Estrellitas de cartón

¿Qué estamos validando?

Por: Julio Martínez Molina

La tendencia a la promoción desmedida, sin criterio de valoración acompañante, de proyectos del mercadichiflismo artístico mundial en algunos espacios de los medios de comunicación nacionales y provinciales, no logra menguarse del todo pese a valiosos iniciativas en tal enfile.

Se expresa de muchos modos. Por ejemplo: bajo el erróneo supuesto de que lo que se destine a la juventud debe despojarse de cualquier tipo de densidad, la ligereza anodina campea sin moderación en determinados espacios.

Tanto que los teleespectadores adolescentes de programas como Somos multitud conocen lo mismo o más de porristas, fiestas de graduación y coleccionismo sexual de sus contemporáneos norteamericanos, que sobre cuanto sucede en una secundaria básica cubana.

Resulta lastimero apreciar también con cuanto entusiasmo ciertas revistas juveniles de las radio-emisoras provinciales, ensalzan el último chisme del mercado discográfico, en desmedro de la aparición en los mismos micrófonos de un aparato crítico que contextualice y emita determinado juicio de valor sobre lo que se está hablando.

La diferencia no es mucha con lo que se valida en espacios de foráneas radioemisoras, sitios webs hospedados por promotoras musicales internacionales o las páginas de entretenimiento más insulsas de medios en español.

El problema fundamental estriba en que abrevan de tales fuentes —regidas por poderosos intereses de mercado—, de una manera primaria, acrítica, sin distanciamiento y filtro. La epifanía del «corta y pega» oratorio. Cuanto leen allí, lo creen santificado e indiscutible; de modo que incurren en un gravísimo error de concepto cuya extensión más lamentable radica en amplificarse luego.

Si bien, visto el fenómeno en toda su extensión, no se circunscribe solo a tal sector, pues en otros espacios de adultos y perfil general opera igual.

La lluvia de epítetos ponderativos abalanzada desde algunas radio revistas musicales variadas de provincia a los «famosos» de las listas de éxito (casi siempre inmutables en gustos que, guionistas o escuchas, no lo sé, mantienen exactos por tres o cuatro meses) se convierten en una granizada con saña a la cabeza del sentido común.

Si buscamos en los informativos radiales, de tanta audiencia en las cadenas provinciales, el ejercicio del criterio artístico asoma de forma harto esporádica. La crítica de cine y literaria, básicas ambas por atender a manifestaciones de recepción masiva… apenas se difunden allí. Sólo la alusión, el fenómeno de la referencialidad.

La cuestión tampoco se reduce solo a la música o la radio. La programación fílmica de varios telecentros no reconforta mucho: pocos autores de talla mundial, limitado cine cubano, exiguas muestras de la pantalla latinoamericana, ausencia de ciclos sistemáticos de seriedad, escasa documentalística…

Sí, en cambio, mucho terrorcito y acción de la peor ralea.

¿Qué queda entonces para el papel formativo del medio sobre el espectador? ¿Se reduce su función al cosmético rol del entretenimiento más ramplón? Y su alcance intelectivo, ¿hacia dónde se dirige?

La selección —no solo la fílmica, también la musical— depende a veces de las preferencias de los productores de los diferentes canales, quienes aseguran no disponer de muchas posibilidades para obtener los materiales, pues su stock es limitado.

A fin de salvar estas lagunas (no siempre a causa de la falta de materiales, lo aclaro, sino debido a malas decisiones o desconocimiento) los programadores pudieran auxiliarse del talento de los subutilizados especialistas que abundan en cada provincia. O podrían propiciar mayores vínculos interinstitucionales, así como recabar el respaldo de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC) o la Asociación Hermanos Saíz (AHS), como sucede en otros telecentros caracterizados por su correcto hacer.

El problema es que si seguimos pasando las cosas así, sin filtro, cualquiera podría pensar, como lo he escuchado más de una vez al aire, que Chayanne, Daddy Yankee, RBD o Cristian Castro son «fenómenos» de la música. O que también lo sean las peliculitas de descuartizadores mutantes en los bosques de Virginia.

El verdadero fenómeno es que así lo hagan creer.

© Asociación Hermanos Saíz. 2012.