colorao
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¿Qué estamos validando?
Clips de escalera
Estrellitas de cartón

Por suerte estamos  
RESEÑA

Por: Jesús Arencibia Lorenzo

¿Puede algún silencio ser revolucionario?, le preguntó un avezado intelectual a Cintio Vitier, en una entrevista del año 2001, y el respetado maestro asintió citando un ejemplo memorable de nuestra historia.   

Pero a continuación distinguió Cintio entre los silencios voluntarios y “la imposibilidad de hablar, o al menos la de publicar”. Y sobre esta última dijo: “Siempre he creído que el acto de pensar no se puede impedir. El pensamiento es libre. Uno puede y debe expresarse, y escribir, así sea para uno mismo”.

Recuerdo este pasaje porque he escuchado y leído más de un criterio cáustico sobre la telenovela Aquí estamos, el espacio que tres veces por semana nos sirve en pantalla chica una ración de la cotidianidad nacional que algunos quisieran sumergir en lo no dicho.

No soy quien para evaluar los aciertos o errores que desde el punto de vista actoral, dramático, de realización audiovisual han marcado la propuesta. Ya vendrán los especialistas a poner los puntos sobre esas íes. Lo que sí quisiera compartir, desde mi silla de televidente, son algunas ideas en torno a los confines arduos en los que, junto a la televisión, aquí estamos.

Mucho se ha reclamado a los dramatizados nacionales que no pinten una nación donde todo marcha bien. En más de un momento los realizadores han cargado con responsabilidades suyas —y con otras que les tocarían a quienes deciden—, ante el ácido criterio de un crítico o del público, acerca del “maquillaje” a las caras feas del día a día.

Pues bien, el polémico seriado de los guionistas Alfredo Felipe Pérez y Hugo Reyes, dirigida por este último junto a Rafael “Cheíto” González, desanda con meritoria valentía los trillos del diario amar y sufrir en esta latitud.

Y si alguien puede tildar de vulgares o poco loables los paradigmas juveniles que arman la gran historia, podría responderse que en ellos alientan no pocas de las cualidades, motivaciones, angustias y esperanzas de cualquier muchacho cubano ahora mismo.

¿O acaso Usted y yo, y el de más allá, no conocemos jóvenes que como Adonis lloran a mares un amor y después, en la calle, y a su forma, tratan de conservar su imagen de “tipo duro”, “hombre a todo”, tan caros al machismo del patio? Ojo con los valores y la hondura sentimental de este muchacho: quien se quede en la “talla fula” de su lenguaje y no vea la solidaridad, la bonhomía que profesa y practica, no sabrá distinguir entre la piel, a veces rugosa, y el músculo cardíaco, latiendo y hermanando allá adentro.          

¿Para cuándo íbamos a dejar el tratamiento explícito de la droga, que sigilosamente y a contrapelo de los ingentes esfuerzos del país se ha colado en ciertos intersticios de la circunstancia más próxima? Shidarta, que lee a Martí y es “amigo y es amante”, resulta de complejidades que le trascienden y en las que ha tenido responsabilidades la sociedad toda...      

¿Por qué no abordar sin tapujos que dos mujeres se pueden querer, “como tú y como yo”, y que en ese aspecto “no somos Dios, no nos equivoquemos otra vez”?

¿No hay en el Barrio Cuba madres que —impulsadas por penurias económicas u otros motivos— yerran los caminos y asumen posturas como la que interpreta Alina Rodríguez, cuyo personaje prácticamente empuja a su hija a prostituirse? Como también las vemos al cariz de la mamá de Raquel, capaz del esfuerzo entrañable por comprender hasta lo que no comprende, en aras de la felicidad de su prole.       

¿Y qué decir de muchachos al estilo de Denis, entrampados ante la encrucijada de renunciar a su realización profesional, a lo que más placer de espíritu le provoca, por ganar más dinero?

De todo existe en nuestra viña. Y los autores han eludido con maestría el desequilibrio redondo y aburrido de personajes de una sola pieza, de extremos maniqueos. Por eso también está Pedro, con un sentido férreo de la dignidad; y Yoyi, que es un nuevo caballero de tierna madurez.

En fin, que, por fortuna, y en sintonía con su propia trama, la telenovela nos está invitando a escribir y actuar una obra emocionante sobre nosotros mismos. Con matices. Sin más silencios que los revolucionarios. Irreverente. Comprometida. Terrible. Amable.

© Asociación Hermanos Saíz. 2012.