
Nuestro lugar en el mundo. Una mirada más a la Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire
Por: Aireem Reyes Rubio
Nuestro lugar en el mundo
Las exploraciones en el mundo de la Educación por el Arte son tan diversas que cuando se intenta un adentramiento en el campo de las ideas o la praxis con deseos de comunicarlo, seguramente cabe preguntarse si lo que se dice es a favor del encuentro, o bien genera una confusión que lo complica todo. Al ser una práctica compleja y polivalente, se hace necesario combinar un conjunto de miradas, y tener en cuenta que no es solo un problema de técnicas, estilos, formas o productos, sino también un problema de ética, de procesos, de seres humanos que deben desarrollar una labor en una sociedad con características propias.
Por tanto, el hombre debe ser el centro del proceso educativo, debe desempeñar un rol de agente transformador de la realidad y esto puede ser posible según las teorías de Paulo Freire. Los análisis y postulados de este pedagogo a veces se miran con recelo, no solo porque rompa con cánones tradicionales de maneras de enseñar, sino porque prevalece una crítica más profunda a políticas culturales que ya están establecidas y se percibe un llamado a la revolución del pensamiento, a la liberación del ser humano en una sociedad que históricamente lo ha esclavizado culturalmente, convirtiéndolo en receptáculo de determinadas doctrinas y confiriéndole una pasividad que no le permite escapar a su condición de oprimido.
En sus relaciones con el mundo, el hombre se vale de toda la gama de facultades que lo caracterizan como especie. Percibe el mundo con sus sentidos, lo somete al examen racional y adopta ante él determinadas actitudes. Si la manera en la que ese hombre es educado se basa en un sistema de enseñanza vertical, con el maestro como figura central del proceso, que solo transmite mecánicamente conceptos, formulaciones, historias y no problematiza, no genera un clima de diálogo, ese hombre estará educado correctamente para asumir una posición de observador, espectador, público, y por consiguiente su actitud ante la realidad será pasiva.
Solo a través del diálogo, y este diálogo debe entenderse en un proceso de comunicación en la que los roles de emisor y receptor, son constantemente intercambiables, el hombre puede tomar conciencia de su lugar en el mundo: (…) no sería posible llevar a cabo la educación problematizadora, que rompe con los esquemas verticales característicos de la educación bancaria, ni realizarse como práctica de la libertad sin superar la contradicción entre el educador y los educandos. Como tampoco sería posible realizarla al margen del diálogo.”1
Para que este diálogo sea posible el educador debe repensar su función en el proceso educativo, debe deshacerse de su batuta y saber que ese ejercicio de poder que implica el enseñar, puede convertirse en un poder aun mayor, en la medida que el educando sea capaz de aportarle otras enseñanzas que también pueden enriquecerlo. En este sentido horizontal del proceso enseñanza-aprendizaje se configura la explotación de la capacidad creadora del ser, que por supuesto no es exclusiva del maestro: Su acción, al identificarse, desde luego, con la de los educandos, debe orientarse en el sentido de la liberación de ambos. En el sentido del pensamiento auténtico y no en el de la donación, el de la entrega de conocimientos. Su acción debe estar empapada de una profunda creencia en los hombres. Creencia en su poder creador.”2
Pensar entonces en la intercambiabilidad de roles entre educador y educando potencia la voluntad del ser para obrar, para desarrollar una actividad, y, finalmente, ese hombre es capaz de fabricar, construir, imaginar, lograr una forma de adaptar el mundo a sus necesidades, haciéndose su dueño, creando su ambiente, su propio «mundo». En todas estas formas, se apropia del universo, convierte los acontecimientos objetivos en realidades humanas y, al mismo tiempo, se integra a sí mismo en la realidad objetiva de manera consciente.
En los modos de apropiación del cosmos, se distingue precisamente esa capacidad transformadora del ser, y es en la medida en que el ser toma conciencia de su realidad concreta, histórica y del lugar que tiene en esa realidad puede surgir la inconformidad o la sospecha. Cuando el ser advierte las contradicciones entonces actúa, y de este modo es capaz de transformarse a sí mismo, de transformar aspectos contextuales de la cotidianidad que indefectiblemente influyen en el orden megaestructural3. Obviamente no se puede pensar este actuar desde la anarquía, porque de ese modo el mundo sería un caos aun mayor de lo que ya es, pero sí una manera de conciencia en la que el ser se sienta parte de un colectivo sin perder de vista su unicidad. En una división de polaridades: los que mandan - los que son mandados, los opresores - los oprimidos, los ricos - los pobres, los cultos - los analfabetos; se advierte históricamente que el ser como individuo de diluye en las categorías de los perdedores, y que quede claro que exacerbar la unicidad del hombre no demerita la noción de colectivo, al contrario, la enriquece. Si se revisa la Pedagogía del Oprimido, se advierte que esta práctica de libertad viene ligada al emplazamiento del ser como individuo, en la dimensión en que este hombre históricamente dominado pueda descubrirse y conquistarse, en forma reflexiva, como sujeto de su propio destino histórico. Sobre todo porque el hombre no es ajeno al momento, lugar y contexto en el que vive, y mediante su conciencia puede aprehender el mundo y así lo está transformando igualmente, cuando se hace consciente de su realidad, deja de contemplarla pasivamente y comienza a edificar nuevos horizontes desde la praxis.
Es así que esta concientización, vista como un abrir los ojos a la realidad de la situación sociocultural, posibilita que el ser se afirme como sujeto creador de su futuro histórico, más allá de las restricciones y enajenaciones a las que esté sometido. Freire vincula este proceso de concientización a la praxis, donde ocurre simultáneamente la acción que reflexiona críticamente y la reflexión crítica estructurada en la práctica y legitimada en ella. La liberación auténtica, que es la humanización en proceso, no es una cosa que se deposita en los hombres. No es una palabra más, hueca, mitificante. Es praxis, que implica la acción y la reflexión de los hombres sobre el mundo para transformarlo. Dado que no podemos aceptar la concepción mecánica de la conciencia, que la ve como algo vacío que debe ser llenado — factor que aparece, además, como uno de los fundamentos implícitos en la visión bancaria criticada —, tampoco podemos aceptar el hecho de que la acción liberadora utilice las mismas armas de la dominación (…)”4
Todo esto es cultivable a través de un tipo de educación que potencie esas ansias de liberación del hombre, y qué mejor compromiso con ello que el que se tiene con la vida, con la existencia concreta. El proyecto educativo de Freire, que parte de la praxis, respalda la humanización, la emancipación del hombre de los instrumentos de poder que le impiden ser un «ser» con posibilidades igualadas a los de todos los demás.
Cabe entonces apuntar que la Educación por el Arte tiene como bases para su sustentación teórica y práctica las nociones de Freire, que por muy utópicas que se vean5 caben en el marco de esta pedagogía. Si se piensa en un mundo basado en el ser, el sujeto y el conocimiento, como categorías fijas, dejamos de lado el entramado vital de relaciones concretas entre los seres humanos; es decir, lo existente para ser comprendido debe ser pensado desde la axiología y la estética.
Frente a la realidad que nos rodea -la naturaleza, los seres humanos y sus destinos-, podemos adoptar una actitud emocional o valorativa, y también podemos juzgarla según su belleza. La apropiación estética es precisamente aquella que permite y supone el despliegue más rico de las facultades humanas. Es un proceso complejo, en el cual participa el hombre entero, íntegro, como ser dotado de entendimiento, sentimiento y voluntad, que son sus potencias esenciales. Es por ello que la creación artística no es un acontecimiento dado e inmutable. Es más bien un proceso, un camino, una diaria mutación. Esa mutabilidad de los procesos creativos, debe ser encausada en la Pedagogía, como un movimiento continuo de pensamiento, como una variación constante del proceso formativo que permita el desentrañamiento de búsquedas, de interrogantes. “Solo existe saber en la invención, en la reinvención, en la búsqueda inquieta, impaciente, permanente que los hombres realizan en el mundo, con el mundo y con los otros.”6
En la Educación por el Arte, el maestro debe saberse también aprendiz de un conjunto de experiencias que le permitan crear mundos, y ver a sus estudiantes cada uno como un mundo distinto, que integrado conforman un universo rico y múltiple de conciencias, de vivencias y de afectos. El carácter transformador de la realidad se puede posibilitar en la medida en que el arte potencia la reflexión del mundo a través del símbolo; por ello el maestro debe ampliar el marco de referencias del proceso de adquisiciones a todo el medio escolar y así establecer nuevas pautas en constante mutación. El marco de referencia debe ser construido por los hombres, sin pretensiones de universalidad ni rigideces, y así el hombre se erige como un sujeto capaz de transformar la realidad.
Mediante la observación participante el educador por el Arte se hace parte del proceso formativo no desde la postura de figura cimera, sino como un factor más del hecho, que contribuye, participa, guía, y también aprehende, porque asimismo como las culturas son diversas entre sí, y es penoso juzgarlas de mejores o peores, los hombres también deben admitir que existen esas diferencias entre ellos, y entre su contexto y el modo de concebir el mundo. Por esto, la manera de traducción en la vida cotidiana de lo aprendido es lo que le brinda al ser la posibilidad de transformar esa realidad que le es contradictoria, una vez que ha tomado conciencia de ella.
No es la única manera, pero sí un camino a recorrer, que implica un gran esfuerzo por desaprender los dogmas históricos de la Educación e implantar un modo humanista de concebir la misma para que podamos defender y afianzar nuestro lugar en el mundo.
1 Paulo Freire (1977), Pedagogía del oprimido, México DF, Siglo XXI.
3 Se entiende en este sentido megaestructuras como las plataformas superiores de poder político, económico y social.
4 Paulo Freire (1977), Pedagogía del oprimido, México DF, Siglo XXI.
5 A veces este humanismo desbordado se ve como algo ilusorio pues la propia praxis nos impone un orden diferente de las cosas
6 Paulo Freire (1977), Pedagogía del oprimido, México DF, Siglo XXI.
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