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Tablas para las críticas
Mirada a la escena cubana III

La crítica cultural, periodística o especializada, puede jugar un papel importante en el ordenamiento y exigencia de la escena cubana actual. Pero la homogeneidad de los discursos, junto a la escasez de espacios que la fomenten o propicien, la convierte a veces en un simple trámite comunicativo, del que se desentienden hasta los implicados. 

Por: Dainerys Machado Vento

Si la crítica fuese teóricamente encasillada entre la diversa nomenclatura de géneros periodísticos, sin dudas se incluiría entre los de opinión. Como el comentario, la crónica o el artículo periodístico, se deriva de un suceso o fenómeno concreto, pero se produce desde el conocimiento y la visión mediadora de quien la escribe y por supuesto, de la política editorial del medio de comunicación que la acoge.

Según Vivaldi, “criticar es valorar algo a la luz de la razón”, y como información orientadora no posee necesariamente un matiz negativo1. En los años en que se pautaba la política cultural de la Revolución, en sus Palabras a los intelectuales, Fidel alertaba sobre la necesidad de no asumir la crítica mediática como un arma destructiva. Y aunque no es pretensión de este trabajo sistematizar la historia de ese comentario especializado en esta Isla, lo cierto es que la advertencia del líder cubano no fraguó a nivel de conciencia en los espacios donde debía hacerlo. En la década de 1970 la crítica, tanto social como cultural, emergió de los polémicos años 60, reconocida por muchos justamente como eso que no debía: un arma que podía ser empleada por los enemigos del proceso cubano.

Los medios cubanos, tanto nacionales como especializados, asumieron en su mayoría una posición acrítica, que si a nivel económico, político y social alcanzó los saldos más perjudiciales, a nivel cultural2 por supuesto no quedó exenta de dicho sesgo, debido a las relaciones sistémicas que se desarrollan en toda sociedad actual.

Desde entonces –y partiendo desde finales de la década de 1980 -los conceptos de la crítica cultural en el país afortunadamente se extendieron y diversificaron, conservando en todos los casos, al menos, una esencia: es un ejercicio determinado por la subjetividad, pero también por la seriedad y el conocimiento de quien lo ejerce.

Dentro de todas las formas que asume, probablemente es la crítica teatral una de sus expresiones más complejas. Cuando se produce sobre una puesta en escena, debe considerar que valora cada vez una función diferente en sí misma, a pesar de las pautas comunes. Los ejercicios de opinión de ese tipo están mediados tanto por las condiciones de quien la disfruta como por el contexto inmediato, el día a día, de quien representa lo evaluado, y hasta el clima exterior puede convertir la línea de un personaje en comentario o burla de la realidad.

El dramaturgo cubano Amado del Pino, en entrevista aún inédita, declaró que “siempre se dice que los literatos anhelan la crítica teatral cubana, porque hay opinión diversa, abundante, y somos envidiados a nivel de diálogo, de pensamiento. Pero la crítica teatral es insuficiente y venida a menos. A veces llegamos a decidir los Premios Villanueva, que nuestros teatristas respetan tanto, y en ese espacio te das cuenta de que los críticos no han visto suficientes puestas. Las puestas, las actuaciones que vieron y evalúan como buenas, lo son en relación a cuáles, a qué totalidad”.

En un Ojo por Ojo anterior cuestionábamos, desde este portal, ¿hasta dónde juega la crítica teatral su papel como testimoniante y dinamitador del teatro del presente? ¿Cuánto puede hacer la crítica y cuánto hace verdaderamente por conmocionar desde su posición de espectador-especialista el papel y el espacio del teatro en la sociedad actual?

“El crítico es sobre todo memoria”, repite una y otra vez el especialista Omar Valiño en su faceta como formador de nuevos especialistas. Entonces, a las interrogantes y tesis planteadas, debemos agregar otra, en total concordancia con las ideas de Del Pino: ¿a cuánta memoria pueden apelar nuestros críticos teatrales más asiduos?

Los espacios de crítica seria y sistemática se reducen en el presente prácticamente a las revistas especializadas, y afortunadamente a espacios de periodismo digital que se han dedicado a cultivarla a pesar de no tener un perfil exclusivamente teatral (La Ventana, La Jiribilla o esta misma publicación).

Casi siempre son recurrentes los nombres de quienes la ejercen, rasgo más o menos comprensible, porque si algunos niegan la especialización como condición necesaria para el crítico, es cierto que en el caso de las manifestaciones artísticas implican al menos un mínimo de conocimientos.

El riesgo mayor por ello no es la recurrencia de esos nombres, sino la repetición de los discursos y estilos de escritura, sobre todo de los estilos. 

Como prueba: Cuando en los últimos años se ha sistematizado la crítica teatral ejercida en Cuba, se ha hecho según el trabajo de algunos críticos y no por espacios: Amado del Pino compiló sus textos publicados en la sección Acotaciones del diario Granma, pero cuando Miriam Martínez Tabares y Abelito González Melo juntaron sus trabajos individuales en dos volúmenes diferentes como Pensar el teatro en voz alta y El festín de los Patíbulos, permitieron constatar una marcada diversidad en sus espacios de publicación. Lo mismo sucede cuando se rastrean los trabajos de otros asiduos como Omar Valiño u Osvaldo Cano, que van desde el habitual En Proscenio del primero, en La Jiribilla digital hasta críticas espaciadas en medios nacionales como Juventud Rebelde.

Una nueva hornada de críticos sobresale principalmente en los espacios de las revistas especializadas, desde donde se pueden mencionar algunos nombres que ya despuntan como valiosos, pero que en algunos casos también son responsables de reproducir con fruición ciertos estilos y fórmulas, de los que anteriormente hablábamos.

Como resultado, los criterios especializados a veces son desoídos por los implicados, sean dramaturgos, actores, directores y, en el peor de los casos, hasta por el público. Más allá de la dosis de autosuficiencia en la que algunos se puedan escudar, lo de mayor peso en esta ruptura, lo verdaderamente cierto es que la crítica teatral cubana a veces es tan ligera y escasa que no se gana el derecho de hacerse escuchar o leer. A veces es tan estrictamente personal -atravesada incluso por las relaciones individuales del crítico con los criticados- que no valora en su real medida aquello que cuestiona para bien o para mal.

La seriedad y diversidad de la crítica son condiciones inalienables a su papel dinamitador. La crítica debe juzgar no solo a la puesta en escena, sino a esta desde lo que representa para el conjunto del teatro, porque cada obra es también parte de una realidad y porque cada puesta vale más o menos también según su aporte o concordancia con el contexto en el que nace.

El público advierte esas reiteraciones, cuestiona esas miradas aún sesgadas en muchos casos. Siempre el de la crítica será un oficio desagradecido, de desencuentros y tragos amargos, pero cuando se hace respetar a través del conocimiento de quien la ejerce, de su legitimidad y lealtad a lo que escribe, cumple al menos su función de dialogante. La responsabilidad del crítico es inmensa.

1 Tellería Toca, Evelio: Diccionario Periodísticos, p. 80

2 “¿Comprenderemos la «cultura» como «las artes», como «un sistema de significados y valores» o como un «estilo de vida global» y su relación con la «sociedad» y la «economía»?” . A la cultura que aquí hacemos alusión es a la que las políticas oficiales de la Revolución cubana asumieron como tal, y a la que Raymond Williams, en su ensayo Cultura, define como «nombre del proceso «interno» especializado en sus supuestos medios de acción en la «vida intelectual» y «las artes»”

© Asociación Hermanos Saíz. 2012.