colorao
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Los tambores de Kong

Por: Julio Martínez Molina

En Pas de Quatre, reciente corto de Eduardo del Llano, la actriz Yuliet Cruz (presentadora del programa televisivo Piso 6) interpreta a una extrovertida endocrina, quien manifiesta “estar hasta los c… del reguetón”.

La frase, certero giro coloquial resumidor del cansancio de muchas personas ante la sobrecarga melódica de los medios de comunicación y, sobre todo, los temibles medios de propagación barriales (grabadoras, amplificadores, el cumpleañitos del niño…) y locomotores (vehículos de transporte masivo o reducido), más que una impugnación directa al género, explicita el hastío provocado por la unidireccionalidad del mapa auditivo de la Cuba actual.

Aunque en tono de humorada (como mejor se dicen las cosas, lo sabemos), dicha expresión del personaje traduce el aburrimiento de no pocos cubanos -y no solo pertenecientes a la comunidad intelectual, quede dicho- ante el monocorde paisaje musical de centros de recreación, instalaciones hoteleras, bocinas de consejos populares, fiestas nocturnas -también diurnas hace mucho rato ya- y domingos: esos pavorosos domingos barriales donde cualquier nivel de concentración en lo que fuera resulta arteramente neutralizado por los toques secos que recuerdan los tambores de los nativos a King Kong.

Gerentes de tiendas, administradores de unidades gastronómicas y colegas suyos de sitios parecidos pudieran ayudar mucho -si contaran con la voluntad y una sugerencia que al parecer no les va a llegar nunca de ente alguno-, en pos no ya de eliminar nada, porque eso no tendría ningún sentido -prohibir es un acto estúpido y no es de lo que se habla aquí,- sino de ensanchar más las propuestas, soltar alguito diferente aunque sea de vez en cuando, para que el usuario frecuentador de esos sitios no deba auditar de forma obligatoria ningún patrón. Para matizar un tilín la banda sonora que acompaña nuestras vidas.

Para que nadie sea forzado a validar el canon sembrado en monopolio, con su consentimiento o no.

La trascendencia, el alcance y la belleza de cualquier manifestación cultural, pasa, entre otros fundamentos, por la diversidad de formas, la producción de sentidos encaminada al blanco plural de receptores múltiples. Desemejante de esos adocenados por las maromas y engaños del mercado.

No obstante, en Cuba se está viviendo ahora el orgasmo de la “mismisidad”, como en San Juan, Ciudad de Panamá; el calco al bruto.

La variante melódica de marras tiene, como todo -y deslindo-, derecho a existir para quien la desee consumir; pero nadie, desde ningún altar público, posee la potestad de entronizarla como monopolio sonoro, como por desgracia está ocurriendo hoy día en el país, a la vista y oído de las autoridades comerciales, culturales, vecinales y todos los ales
.
Al no escuchar la bulla ubicua y típica en el carro, el personaje encarnado por Yuliet en el corto arriba referido se confunde con el tipo de música puesta en la reproductora del vehículo. Sencillamente se queda botada, no sabe lo que oye. La imagen opera como símbolo eficaz de la desorientación campal existente. Ella solo atina a bendecir que el peculiar chófer (Luis Alberto García) del almendrón en el cual viaja, no se decante por la música que reniega.

Si bien, en la concreta, el objeto del disgusto del personaje ya hizo metástasis; no solo en el tejido sonoro de la nación, sino incluso, y como parte esto del proceso de recidiva de sus connotaciones sociológicas derivadas, en la trayectoria volitiva urbanista de determinados estamentos del verde caimán: geografía estrecha pero de ancho margen para la cohabitación de especies de toda laya.

Penetró conformaciones cerebélicas que no distinguen entre la representación escénica, el montaje del show, la aureola mediática siempre revestida de un halo oropélico requerible por las maquinarias todas de promoción, las marcas de identidad del sofisma (“somos del barrio y le cantamos a este”: pura mentira, son millonarios, solo buscan su billete y a la cuartería solo quieren ir en video clips), y la vida real, el camino auténtico en términos de sacrificio para llegar a alcanzar vía sudor una sola de esas, las cadenas que doblegan los cuellos de sus tótems. O el no camino, porque a estos menesteres, a pesar de Antonio Machado, no se hace al andar. No es solo con el género, tampoco distinguen con los antivalores de la telenovelita mexicana u otros subproductos “culturales” de vasto rango expansivo criollo.

Desprovistos los sujetos del mínimo nutriente cultural, pero con notable poder de influencia negativa en costumbres, hábitos, procederes… sobre otra parte de la población que, acrítica e ingenuamente, remeda modos de actuar y obrar, reproduce modos de comportamiento social desde una servil, acomodaticia postura de colonialismo mental. Sin pensar por un segundo que está emulando y dejándose llevar por todo cuanto, en materia de valores, le definieron como muestrario de lo negativo desde los tiempos del preescolar. 

© Asociación Hermanos Saíz. 2012.