
Las malas «artes» del voluntarismo
Por: Ricardo Ronquillo Bello
El voluntarismo puede impulsar tantas cosas como las que deforma. No lo hemos aprendido pese a chocar infinidad de veces con sus piedras. Su terca persistencia en la sociedad cubana, incluyendo los espacios de la cultura, parecen convertirlo en un «mounstrico» clonado, más feo mientras más recurrente.
¿Cómo lograr que hacer y promover cultura, recreación entretenimiento...; elevar, en fin, el espíritu humano, sea como el agua de un río, con un cauce labrado a su naturaleza, sin necesidad de la intervención de las «divinidades»?
Claro que nada se alcanza sin esa dimensión mágica, tan honda y espiritual como tremenda, que se llama voluntad. Ella impulsa o doblega el alma de los hombres y de los pueblos, en dependencia de las fuerzas que intentan enamorarla o desvanecerla.
Un individuo o una sociedad con su voluntad lastrada son como una inopia, a expensas de lo que venga. Por eso es preciso labrarla, tallarla como artesanos, cual hermosa y distinguida pieza del ardor y la consecuencia humanas.
Pero de ahí a dejar que la voluntad se trastoque en voluntarismo; apostar a que las potencias espirituales dominen cualquier tipo de «razón», y por supuesto razonamiento, puede derivarnos hacia un camino tan escabroso como indeseable.
Debía meditarse en ello tras los importantes debates de un Consejo Nacional Ampliado de la AHS; cuando en los análisis de las bases de la agrupación se escucha con demasiada frecuencia la urgencia de despojarse del eventismo, de encontrar un camino más natural, perdurable y duradero para el vigor y la expansión de los proyectos del arte joven cubano.
Tal vez debía aceptarse mejor que lo «eventual», aunque no siempre casual o fortuito, es contingente, ocasional, esporádico, aleatorio; tiene muy poco de eso que tanto demandamos en esta Isla: la existencia de “fijador”.
El verticalismo, ese mal nuestro de tantas ramificaciones, es también una “sombra” posada sobre la sustancia de la cultura nacional, incluyendo la que hacen los jóvenes.
Podría incluso agregarse el “institucionalismo”, la dependencia de lo que viene y se organiza de arriba, cuando el estado natural debería ser el de la horizontalidad. O tal vez el de la “abajobilidad”; proyectos nacidos y defendidos desde la base que encuentran su apoyo en la superestructura.
Las instituciones, y su categoría superior, la institucionalidad, son ineludibles, aunque nunca debería interpretarse como sinónimo de anulación de lo de abajo, sino de su exaltación, pues la esencia de la voluntad es la libertad.
No faltan quienes se cuestionan por qué un cuerpo tan especialmente estructurado como el de la sociedad cubana, deja en ocasiones tantos vacíos inexplicables. La interrogante se ajusta perfectamente al campo cultural, donde un engranaje institucional envidiable no siempre dejó “dividendos” espirituales de parecida dimensión.
Aunque no puede ignorarse la precariedad material en que el período especial dejó esa “maquinaria”, no faltan zonas donde pareciera haber más estructura que cultura, aunque nos ciñéramos tan solo al sentido artístico de la palabra.
Tal vez la única forma de deshacernos de ese mounstrillo clonado del voluntarismo sería extender la “voluntad” de “involucrar”. Para que la voluntad alcance su verdadero y sublime estado de libertad.
Envíe su comentario |