
Juego de niños…
Por: Alejandro Rodríguez Rodríguez
Me impacta la imagen. Detengo el paso frente al catre y lo miro con cierta melancolía: un juguete, por su utilidad social a ratos desestimada, no debería verse así.
Tenía forma de camión, del tamaño de un puño, completamente plástico (incluyendo los ejes de las rueditas); un plástico bruto como si lo hubieran fundido al trozo en una cocina píker, y unas ruedas que, supongo, hará cualquier cosa menos rodar. Semejante cosa, tareco amorfo, me pareció incapaz de entretener al más aburrido parvulito.
A poca distancia del catre con el juguete feo, la colección completa de Power Rangers y sus complementos bélicos adornaban la vidriera de una TRD. No cuestiono la calidad estética o el potencial lúdico de los juguetes que venden en divisa, pero sí me parece preocupante el contenido y la forma de algunos juegos modernos.
Barbie, la muñeca blanca
Contrario a lo que puede indicar la lógica, los infantes de hoy prefieren juguetes deformadores de la conducta a una caja de crayolas, un trozo de plastilina, las herramientas del médico, o el clásico pito de jugar al policía.
Y están vendiendo masacre en pequeños iconos, al modo de sociedades de consumo donde importa más cuánto se vende que lo que se vende en cuestión. Son más los juguetes que incitan al comportamiento agresivo: monstruos descuartizadores, ametralladoras, espadas; que los educativos y sanos para la mente. La educación familiar no lo es todo. Alguna institución debe tomar cartas en el asunto.
Pobre muñeca negra de Martí, porque las niñas actuales, a pesar de todo, prefieren la Barbie, cuyos modelos recientes tienen celular. Clara manera de vender un estereotipo y sembrarlo en la mente de las niñas: quieren ellas ser rubias, delgadas, de ojos azules, cinturas de avispa y, por supuesto, tener el celular…. Los varones no se conforman ya con aviones y carritos, quieren ser Superalguien y “matar” al Capitán Fulano para quedarse con toda la gloria del Universo. ¡Quieren la pistola que “tire de verdad”!
¿Dónde está escrito que los varones deben jugar a la guerra? ¿Por qué la hembras a las amas de casa? ¿No contribuye esto a la validación de estereotipos superados ya por la educación moderna? No es que mi infancia haya sido la más inocente -yo también maltraté a los reptiles del barrio-, pero tampoco estuvo limitada a las ráfagas de un M-16.
Cuando en mis años de primaria el apagón era la principal fuente de imaginación infantil, se nos ocurrieron travesuras que nunca llegaron a conceptuarse como delitos. Ahora, y a toda luz de la Revolución Energética, es de lo más común que un niño juegue al asalto del tren a pedradas, en los alrededores de la línea del ferrocarril. En varios años de viajes semanales he visto correr la sangre dos veces, y conozco historias de supremo dramatismo, por obra y desgracia de esta “inocente chiquillada”.
El cielo está encaranublado, quién lo desencaranublará…
En las postrimerías de su vida, el matancero José Zacarías Tallet, exponente del movimiento intelectual cubano de inicios del siglo XX, se lamentaba de la “casi extinción total” de algunos entretenimientos infantiles que él conoció durante su niñez. Y eso que desde 1989 (año en que pereciera Tallet, víctima del último de sus catarros) hasta la fecha ha llovido a raudales en materia de evolución de las costumbres. Reflexionaba Tallet acerca de la pérdida, al menos como actividad frecuente, de juegos como las canciones infantiles y los trabalenguas, que, además de saludables, tienen una función didáctica, por lo mucho que ayudan en cuestiones de dicción.
¿Cuántos niños ve usted a diario jugando al trabalenguas o a las canciones? Seguro que no muchos. Más usual es la imagen de la pequeña, de tres o cuatro años, bailando reguetón del grosero, y alguien al lado, quizás la madre, diciendo: “mira cómo baila la niña, va a ser candela cuando crezca”, como si “ser candela” fuera cosa de broma.
Nadie dudará algo que ya es axioma: los pequeños prefieren la música de los mayores. Quizás por el ritmo; pero junto con este llega inseparable la letra, generalmente pletórica de lenguaje de adultos. Y no se trata de imponer viejas tradiciones -si es que así se puede catalogar al Barquito de papel-, sino de elaborar de otra manera los productos dirigidos a los niños. No lo invento yo, que por demás bien poco sé de sicología infantil, lo garantiza, por ejemplo, la canción “Don Lagartijo (dale pa’l hospital)”, que, fusionando el texto educativo con un ritmo pegajoso, ha logrado colarse en el hit parade de los más pequeños.
Otro de los entretenimientos mencionados por Tallet en la evocación de su edad primera es el chucho escondido, juego que evidentemente sobrevivió al huracán del posmodernismo porque lo recuerdo presente, y de qué manera, en mi niñez de inicio de los 90. Tampoco abunda hoy en nuestras calles del siglo XXI.
¿Y la lectura infantil? Bien, gracias. Si Charles Perrault, Astrid Lindgren o Lewis Carroll reviviesen, habría que decirles con toda sinceridad, que los niños de hoy conocen sus cuentos gracias a adaptaciones cinematográficas, casi siempre producidas en Hollywood. Pregúntele usted a un niño por estos autores y ya verá…; sin embargo hágalo refiriéndose a La Cenicienta, Pipa Mediaslargas o Alicia en el país de las maravillas, y las respuestas serán otras.
Las edades juveniles, a las que pertenecen la rebeldía y el irrespeto, cada vez se manifiestan más tempranamente. El mal hábito de fumar, por ejemplo, hoy se inicia entre los 10 y 15 años, según el colega José A. de la Osa, del diario Granma. Este no es un fenómeno natural e inevitable, como el cambio de las aguas del río, por si alguien se le antoja tildarme de antidialéctico: es un fenómeno sociocultural originado a la sazón del cambio de los tiempos. A nosotros nos toca, por tanto, “desencaranublar” el cielo de los niños, que, inconscientes, repiten y finalmente aprenden malas costumbres, estilos insanos de vida.
Creo que se impone mejorarle la cara al juguete feo del catre cuentapropista: ser camionero es más digno, y por supuesto mucho más útil, que ser Superalguien, atracador de diligencias, o rubia tonta y descerebrada.
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